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Este es el cuento que nos deberían haber leído a todos. Caminamos por la vida llenos de muchas dudas y de muy pocas certezas, ¡qué bien nos vendría tener un mapa para aquellos momentos en los que nos sentimos perdidos! Un manual de vida que nos enseñe a gestionar nuestras emociones, a reconocer lo que es una relación sana de pareja, la importancia de encontrar nuestro don, aprender a perdonar, a vencer los miedos, sobre el propósito más profundo de nuestro paso por aquí… En este libro se te entrega ese mapa que anhelabas, para que puedas hallar respuestas a las preguntas de tu alma. «I M P R E S I O N A N T E, esa es la palabra que tras leer y "sentir" este libro se me ha quedado grabada en el Alma. Está hecho de locura, magia, consciencia, verdad y amor, ingredientes de los que para mí está confeccionada la propia Vida. Leerlo te envuelve, te engancha y te resuena en lo más profundo de tu Ser». Alonso Pulido. Formador, escritor y speaker internacional.
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Seitenzahl: 218
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Juan de Mora
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
Nota del autor: las imágenes de este cuento pertenecen a mi baraja de Tarot Elcamino de la vida que fui inspirado por lo divino a crear para dar un sentido más profundo a esta herramienta sagrada.
Las ilustraciones de dicho Tarot fueron diseñadas por Juan de Mora y dibujadas por Lucía Núñez.
Puedes adquirir la baraja en mi página web www.juandemora.com
ISBN: 978-84-1181-990-9
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
Prólogo
I M P R E S I O N A N T E, esa es la palabra que tras leer y «sentir» este libro se me ha quedado grabada en el Alma. Se puede decir más alto, pero no más claro. Leerlo es sentir a su autor en toda su esencia. Cada palabra, frase y párrafo están maridados con la dulzura, consciencia y ternura, que puedes disfrutar si tienes la suerte de conocer a Juan de Mora.
Como Hijo y Padre que soy, este sería el libro que me gustaría que me hubiese escrito mi padre o que me encantaría haber escrito a mis hijos. Está hecho de locura, magia, consciencia, verdad y amor, ingredientes de los que para mí está confeccionada la propia Vida. Leerlo te envuelve, te engancha, te resuena en lo más profundo de tu Alma. Parece que se está dirigiendo a ti directamente, es como un susurro agradable cargado de sabiduría que te hace sentir más cómodo cuanto más lo lees. Te recuerda el héroe que hay en ti, es como si cada línea diera sentido a todo lo vivido, lo que estás viviendo y lo que te queda por vivir, es como un pegamento que une las piezas del puzle de tu propósito.
Si estás leyendo estas líneas es porque lo tienes o vas a tenerlo en tus manos… ¡Felicidades! Siento que la energía que tiene este libro solo va a escoger a personas que estén preparadas para sentir lo que en su interior comparte. Así que enhorabuena, porque te ha escogido a ti, eso indica que tienes un bagaje, que has vivido ya muchas experiencias y que te has cargado de capacidad para digerir y disfrutar de este mapa de vida. Sé que lo que va a hacer es recordarte cosas que ya sabes en tu interior, pero que la «vocecita/ego» se encarga de que olvides para tu mínimo beneficio. Ojalá la vida nos ponga por delante muchos libros como este, muchos Juan de Mora en nuestras vidas, que cumplan su propósito de vida de recordarnos, una y otra vez, la consciencia de quienes somos, de donde venimos y hacia donde vamos, despertando así más y más almas a través de la palabra.
La forma creativa y magistral de utilizar el tarot para transmitir un mensaje consciente y necesario a los que más queremos en este mundo, nuestros hijos, me ha parecido fascinante. Me ha hecho ver lo ignorantes que somos cuando juzgamos lo desconocido. Para mí ha sido un aprendizaje que me reconfirma que no debo ser «estúpido» en referencia a anticipar, dar por hecho o creer que ya sé de qué van cosas de las que no tengo ni p… idea. Este es uno de los muchos aprendizajes que me he llevado disfrutando de este regalo en forma de libro.
Gracias Juan por esta joya, gracias a ti que lees esto, por ser merecedor de haber llegado a este libro. Gracias por ser de mi/nuestro equipo, ese grupo de personas despiertas que va a conseguir darle «la vuelta a la tortilla» y hacer de este mundo un lugar mejor. Gracias a Dios por ofrecernos herramientas, conocimientos y mapas como este, para saber de qué va este «juego de vida» al que accedimos ganando esa carrera entre 300 millones de espermatozoides y en la que cada uno de nosotros quedamos los primeros, para cumplir nuestro propósito de Vida, que no es más que eso que se nos da bien, nos apasiona y con lo que le hacemos bien al mundo.
Pasa la página y comienza la aventura, vas a disfrutar como un niño, abre tu corazón y tu mente para saborear cada una de las reflexiones que nos regala esta obra de arte y no olvides ser feliz y ser tú, pero sobre todo ser tú.
Alonso Pulido Martín.
Empresario, formador y escritor. Creador y director de Ahumor; Amor y Humor en la Educación y Empresa, autor de los libros Amor y Humor en la Educación y La Remontada: Una Vacuna de MotivAcción para tu Vida/Empresa y 365 Reflexiones con Ahumor y coautor del libro El Mundo de los Emprendedores y Risoterapia Global. Speaker internacional, miembro de la Red Mundial de Conferencistas, fundador y presidente de la Red Mundial de Risoterapeutas, docente internacional de Europa Campus, director de la formación en Liderazgo Emocional Inteligente y mentor Ahumor.
La lluvia no daba tregua en aquella noche inhóspita en Sevilla y su sonido repicaba en los ventanales del salón. Al calor de la chimenea y, como cada noche, recibía información espiritual de mis guías a través de los arcanos del tarot. Llegó un momento donde sentí que el tiempo no existía y comenzaron a llegar a mi mente vivencias de toda mi vida, como si pudiese volver a revivirlas en este preciso instante… comencé por el momento de mi nacimiento en el que mi madre, exhausta, se quedó dormida y no pude sentir su calor. Llegar a este mundo desconocido y ser introducido en una fría cuna de plástico no fue el recibimiento que esperaba. La soledad fue el primer sentimiento que experimenté en mi pequeño cuerpo terrenal, una sensación de que había abandonado un lugar donde me sentía mucho mejor, y no, no era el útero materno. Yo echaba de menos a Dios. Es cierto que en la barriga de mamá se estaba más calentito y abrigado, pero sus miedos me atravesaban las entrañas como si fuesen míos propios y bien que sentí esa energía aterradora durante muchos momentos de mi existencia. Y es que fue una madre muy joven y la maternidad la sobrepasaba, realmente la vida no era tarea fácil para una chiquilla que debería estar con sus amigas de fiesta y no cuidando a un bebé. Para colmo su compañero, mi padre, no era precisamente un lugar seguro donde aferrarse sino más bien el caos que provoca un hombre herido desde su más tierna infancia. ¿Cómo culparlos si ellos también estaban aprendiendo? Con el tiempo aprendí que las personas que son heridas si no se curan a sí mismas trasladan ese dolor a otras personas. Así que fui creciendo como un niño travieso y curioso que estaba más pendiente de las estrellas que de lo que sucedía aquí en la tierra. Sinceramente, no me parecía este un lugar agradable para existir. En los demás niños descubrí que existía el juego y me encantaba, pero también la crueldad del rechazo y de la envidia que ya desde muy temprana edad es inherente al ser humano. Mis ojos vieron cosas que nunca debería ver un niño, porque el dolor que se causan dos personas daña su inocencia y más si eso lo vive en su hogar. También hubo momentos bonitos, porque cuando miras el mundo con la visión de que todo está por descubrir el alma se enciende. Llegué a mi adolescencia y empecé a verme en los otros, mejor dicho, en las chicas. Me encantaba el amor, el flirteo y la sensación de gustarle a alguien que no fuese yo mismo. Entonces llegó mi primer beso y sentí que, como ahora, se detuvo el tiempo. Un escalofrío me recorrió el cuerpo desde los pies hasta el último pelo de la cabeza y tuve la sensación de que el resto del mundo en ese momento había dejado de importarme. Allí estaba yo, labio contra labio, experimentando la unión. No estaba mal eso del amor. Hasta que te haces un poco mayor y descubres que las relaciones implican aprendizajes varios y que no es oro todo lo que reluce. Que empiezan con escalofríos y puede que llegue un día donde lo que te apetece es tirarle a la otra persona un trasto a la cabeza, desde el cariño, por supuesto. Quede claro que nunca le tiré nada a nadie, aunque pudiera apetecerme. Casi sin darme cuenta me había vuelto un adulto con todas las connotaciones que ello conllevaba. Ay, qué inocente cuando estaba deseando llegar a los dieciocho años para ser libre, conducir y hacer lo que quisiera. Lo que uno no ve, es que a esa edad dejas de ser un niño y ya tus problemas no se resuelven contándole a tu madre que se han metido contigo en la calle. La vida pasaba entre momentos de diversión y momentos de tensión. Y así hasta que cumples con lo que te han enseñado que está bien visto a nivel social, es decir, te casas, te hipotecas y formas una familia. Y, ojo, adoro el haber formado una familia, no es comparable con ningún tipo de amor la devoción que uno siente por sus hijos y por la persona que te acompaña. Nacieron mis hijos y fueron, sin duda, los dos mejores momentos de mi vida, ver que esas criaturas me habían elegido para ser su papá llenó de amor mi corazón. Pero con el tiempo la responsabilidad, la presión, la seriedad, me llevaron a un punto donde levantarme cada día por la mañana se había vuelto una triste rutina que continuaba hasta la noche. Casa, coche, trabajo, coche, casa, dormir. Eso causó una herida en mi corazón. ¿Tanto camino recorrido para esto? ¿Era esto la vida o había algo más? ¿Qué estoy buscando? Y ahí recordé que cuando nací sentía que echaba de menos algo. Así que me propuse buscarlo y me encontré de nuevo con Dios. No se había ido, simplemente yo estaba tan distraído que había ignorado su presencia en mi vida. Todo lo que parecía gris de repente tomó color y me hizo ver que la vida es una aventura extraordinaria. Un regalo y un privilegio que nos ha sido concedido para que crezcamos y experimentemos. Para que reconozcamos nuestra alma. Con ese gozo en mi corazón me atreví a seguir los pasos que desde lo más profundo de mi ser anhelaba, a seguir los sueños que quería cumplir y a valorar los tesoros que cada día me habían sido prestados para mi felicidad. Me dediqué en cuerpo y alma a…
De repente, escuché pasos en el pasillo de mi hogar. Eso me trajo de vuelta al presente y a los preciosos arquetipos que tenía por delante. Había estado tan ensimismado en mi repaso vital, que no me había dado cuenta de que Daniel, parado frente a mí, me observaba en silencio.
―Papá, ¿qué estás haciendo? ―Daniel tenía once años, pero desde muy pequeño ya era un niño diferente. Sensible. Conectado. Especial. Te miraba fijamente y parecía que te estaba viendo por dentro.
―Estoy usando el tarot.
―Ah, un día vi a un hombre usándolo por la tele. Le decía a la gente lo que le iba a pasar… no me gusta mucho eso, papá.
Ante su respuesta, fruncí el ceño. Sentía el tarot como una herramienta sagrada que me había ayudado mucho en mi vida. La visión limitada del vidente que te predice el futuro me provocaba cierta tristeza.
―Toma, Daniel, coge esta carta ―Le di el arcano de «la Papisa»―. ¿Qué te inspira?
La miró un largo rato antes de dar su respuesta, como si se estuviese recreando en ella. Después, entornó un poco los ojos y respondió rotundo:
―Sabiduría.
―Hijo mío, esa virtud está en ti y la carta solo ha hecho reflejarla. Como un espejo está mostrando la belleza de tu subconsciente.
―Gracias, papá, pero sigo sin entender para qué usas estas cartas tan extrañas.
―Está bien, Daniel. Hace mucho que no te cuento un cuento, valga la redundancia. ¿Te apetece?
Daniel se acurrucó junto a mí, tomé mi baraja y pedí a mis guías espirituales que me acompañaran en el difícil trayecto de explicar a un «maestro» de once añitos lo que su alma ya sabía.
―Bien, escúchame atentamente porque cada parte de este camino es muy especial. Te iré mostrando cada uno de los arcanos mayores del tarot, que son parte de este cuento, al que llamaré El Camino de la Vida.
―¡Gracias, papi! ―respondió entusiasmado.
El Loco
―El camino empieza con este loco que se lanza al mundo sabiendo que olvidará de dónde viene y hacia dónde va. Va muy ligero de equipaje y apenas carga con un hatillo que lleva al hombro y que contiene sus dones y talentos. Va alegre y despreocupado, pues sabe que en el camino de la vida se va a encontrar muchos desafíos, pero también una enorme belleza. Se siente acompañado por una luz divina que aún recuerda, ya que solo está al inicio de su viaje y hace poco que partió. Sabe disfrutar del ahora, del camino y no piensa más allá del momento presente. Disfruta del olor de una flor, del sabor de una comida, de un momento de risas con los amigos…
—¿Y por qué le llaman loco?
—Porque le gusta la libertad y para tenerla necesita ser muy valiente. Lo fácil es quedarse a vivir en lo seguro y tener una vida de «supuesta» comodidad, pero a veces esa seguridad se convierte en una jaula.
—Pero eso está bien, papá. Todo el mundo quiere tener comodidades.
—La comodidad es una trampa. Te conduce a la rutina que es lo mismo que estar muerto en vida. Cada día se vuelve igual al anterior y se pierde la chispa de la vida, la pasión por existir. Las personas caen en ella continuamente y después se preguntan cómo puede ser que, teniendo una vida llena de comodidades, no son felices. Tienen todo, pero sienten un vacío interior.
—Entiendo, pero entonces... ¿ser valiente es estar loco?
—No exactamente. Le llaman «loco», porque se atreve a salirse del redil en el que vive la mayoría. Observa y verás que casi todos viven de la misma manera, llenos de obligaciones y volviéndose excesivamente responsables. Sus mochilas no son como ese hatillo ligero que carga nuestro personaje. Las mochilas de esas personas están cargadas de pesos innecesarios y eso los enfada, los aburre y los llena de rabia. Entonces, cuando ven a alguien que se atreve a hacer cosas diferentes, a vivir la vida sin tanta preocupación, con fe, lanzándose a aquellas cosas que siente en su corazón que quiere hacer y, sobre todo, haciéndolas, pues dicen que está loco.
—Lo que no entiendo es... si la vida del loco parece mucho mejor, ¿por qué la mayoría de la gente no vive cómo él?
—Por dos razones. La primera porque nos enseñan desde pequeños a buscar la seguridad. Cosa que, como te explico, no existe. La vida es cambio, movimiento y riesgo. Buscar la seguridad va en contra de las leyes naturales de la vida. Desde que somos niños se nos enseña a todos a hacer lo mismo: estudia, encuentra trabajo, compra una casa, forma una familia, paga las facturas, trabaja más duro para comprar cosas innecesarias y tendrás un mes de vacaciones al año para disfrutar de ello. Claro, casi todos actuamos como se nos ha enseñado y, por eso, al que se sale de ahí le llaman loco.
»La segunda es por miedo. Si te atreves a hacer cosas que los otros no hacen tendrás que enfrentar muchos desafíos. Te juzgarán, durante el camino te surgirán muchas dudas por lo que de alguna manera te juzgaras también a ti mismo, no te sentirás seguro, perderás amigos que te rechazarán solo por atreverte a hacer lo que ellos no se atreven, tendrás que tener una fe inmensa en lo divino que te guía... no es un camino de rosas elegir la vida de nuestro «loco». En este cuento vas a descubrir cuántas cosas ha de afrontar, pero ten algo por seguro: es el único camino que asegura la satisfacción con uno mismo y con una vida realmente vivida.
—Pues a mí me parece que es mucho más de locos no vivir como él.
—Chico listo, Daniel. Yo también me pregunto quién son los verdaderos locos aquí, aquellos que se llaman cuerdos o los que desafían a la cordura.
—Has dicho que él no busca la seguridad. ¿Qué persigue realmente?
—En realidad está buscando descubrirse a sí mismo, pero a estas alturas de su viaje aún no es consciente de ello.
—¿Y crees que lo logrará?
—Lo conseguirá en la medida en la que permita que la aventura esté presente en su viaje. Si se vuelve rutinario, tedioso y busca una falsa seguridad, se alejará de su esencia y estará lejos de saber quién es. Si entiende que todo viaje entraña un no saber, un abrirse a lo inesperado, un cambio repentino de planes y, sobre todo, una aventura, irá encontrándose cada vez más consigo mismo. Nuestro héroe debe entender que ha venido a jugar y los juegos no son divertidos cuando se vuelven muy serios.
—¿Todo viaje es una aventura?
—Así lo entiendo yo. En todo viaje puedes tener días de lluvia o sol, puede que necesites ir más ligero de equipaje o cargar más cosas en tu mochila, siempre se presentará lo inesperado en forma de personas, de momentos o de retrasos en tus planes.
—Odio que se me retrasen mis planes.
—Creo que a nadie nos gusta eso, Daniel. Cuando queremos algo lo queremos para ya, pero hemos de tener presente que la paciencia es la mejor virtud en un viaje.
—¿Por qué?
—Porque la impaciencia nos quita la paz. Nos crea un anhelo de algo que creemos necesitar y nos angustia. La mayoría de personas no sabe esperar y el viaje tiene sus momentos de accionar, de recibir, pero también de practicar una espera paciente.
—¿Como cuando esperamos al avión en el aeropuerto?
—Exacto. Los aeropuertos nos enseñan a saber esperar.
—A mí no me gusta perder el tiempo.
—Nunca el tiempo es perdido. Mientras esperas a montarte al avión puedes leer un libro, escuchar música, meditar o, mucho mejor, tener una conversación con alguien desconocido.
—Siempre me dices que no me fie de los desconocidos.
—Porque eres un niño, Daniel, y hay personas que pueden aprovecharse de tu inocencia. Cuando seas mayor, si te aconsejo que permitas que se den conversaciones con desconocidos, porque ya sabrás discernir si es algo para atender o para ignorar.
—¿Y por qué hacerlo?
—Porque en tu viaje, muchas veces Dios usará la boca de otras personas para mostrarte su magia. Entonces aparecerán aquellas que te guiarán hacia puntos del viaje que eran necesarios para ti. Esas personas te darán una frase que en ese momento necesitabas escuchar o te conducirán hasta la persona indicada para ello. Si uno se cierra a lo desconocido, se está cerrando a la vida. La vida es expansión no contracción. Si buscas contraerte te haces más pequeño y la vida quiere tu grandeza.
—¿Y si te pierdes en el viaje?
—Te sentirás perdido muchas veces, aunque realmente nunca lo estarás. Perderse no ocurre por accidente, puede que ese camino desconocido que descubriste al perderte te muestre algo importante para tu viaje.
—¿Y si utilizamos una brújula como los boy scout?
—La tenemos que utilizar, pero no es un artilugio que llevarás en la mano. La brújula ha de ser tu corazón.
—Mi corazón no tiene los puntos cardinales.
—Así es, pero conoce el viaje. En él llevas grabado el mapa de todo tu recorrido, incluido los mapas alternativos por si te pierdes.
—Ajá, ¿y cómo miro en ese mapa?
—Escuchándolo. Te está hablando continuamente lo que ocurre es que no le prestas atención. Él te muestra cuando algo le genera una tensión desagradable o cuando se expande con alegría. Nuestro héroe en esta parte del viaje va guiado absolutamente por la luz de su corazón. No utiliza para nada su mente, por eso a los ojos de los otros parece un loco.
—Va vestido como un bufón.
—La alegría es una cualidad divina. Cuando sonríes a alguien, de alguna manera le estás alegrando el día a esa persona. Qué agradable es que las personas con las que te encuentras te regalen una sonrisa. Un gesto tan simple como alargar tus labios y que se guiñen un poco tus ojos crea un mundo mejor. Aunque algunas veces los días en este viaje pueden volverse turbios, él sabe que debe encontrar motivos para sonreír, para jugar, para despreocuparse. Si te detienes un momento a pensar encontrarás esas razones en tu vida. Tu trabajo, tu hogar, tu familia, tu perro, el pan de cada día, la vecina que te pregunta que tal estás, la bella flor que viste en tu paseo, tu amigo de toda la vida… cada cuál puede encontrar su motivo para sonreír hoy.
—¿Y no puede permitirse estar triste?
—Por supuesto que sí, la tristeza acudirá en muchos momentos de su trayecto e incluso es sano que así sea. Porque el conocer la tristeza nos vuelve compasivos con las tristezas de los demás y la compasión también es una cualidad divina. Lo que no puede permitirse nuestro amigo es dejarse vencer por la tristeza. Puede que por momentos tenga que convivir con ella, que sea la testigo de momentos dolorosos del viaje, pero aceptando que está allí no la dejará que lo tumbe. Le dirá: «bien, tristeza, sé que has venido a mostrarme el dolor que llevo en mi interior, te acepto como compañera en esta parte del viaje, pero una vez que sea capaz de entrar en mis heridas y sanarlas, te irás por donde viniste y no quedará rastro de ti. Porque al mirar en mi vida veo que Dios ha sido generoso conmigo en muchos aspectos y que hay gente que me quiere que no se merece verme así».
—No sabía que podía hablar a mis emociones.
—Por supuesto que sí, ¿te imaginas hablar con la alegría? «Oh, querida, hacía tiempo que te esperaba, que bien que estés acompañándome ahora. Tengo tantos motivos por los que sonreír que me levanto cada día con una sonrisa en la boca. Me alegra tanto poder contagiarte a los demás que si lo supieras te quedarías conmigo para siempre. Sé que habrá momentos donde tengas que marcharte, pero te estaré esperando de vuelta para mostrarle al mundo lo bonito de tenerte como compañera».
—Papá, háblale a la rabia.
—«Oye, rabia, estás aquí pidiéndome que me enfade continuamente. Que ataque con mis palabras precisamente a la gente que más me quiere. ¿Por qué eres tan ingrata? Voy a mirar adentro de mí y voy a perdonar a todos aquellos que me hirieron, porque sé que así te irás lejos de mí. También me perdonaré por haber permitido que estés aquí porque yo también estoy aprendiendo a ser mi mejor versión. No como tú que lo que vienes a enseñarme es que guardo adentro un profundo rencor».
—Al miedo, papá, por favor…
—«Miedo. ¿Ves? No me asusta nombrarte. Sé que has venido a protegerme en determinados momentos, porque sin ti podría pecar de imprudencia. Así que permito que en aquello digno de ser temido tú estés presente, porque me enseñas que hay momentos del viaje donde deberé cuidarme a mí mismo. Lo que no voy a consentir es que acudas cuando realmente no hay nada que temer, porque ahí estoy viendo tu peor versión esa que quiere que no logre ser aquel que estoy destinado a ser. Así que, cada vez que acudas sin un motivo razonable, yo miraré en qué cosa me está pidiendo el viaje que me atreva, reuniré todo el coraje que llevo dentro y lo haré. Y tú, cuando yo enfrente esa parte tuya que es tan irreal, te difuminarás como lo hace un espejismo en el desierto».
—Me ha encantado como le has hablado a las emociones.
—Tú también eres capaz de ello, prueba a hacerlo.
―El loco es como si fuese un niño, ¿verdad, papá? ¿Qué le dirías a un niño?
—«Hermosa criatura, estás comenzando tu viaje. Será increíble, vas a descubrir cosas que no imaginabas que existían y que están llenas de belleza. Aprovéchalo, sé valiente, lucha por tus sueños, cuando te enamores entrégate como si fuese la última vez que vas a enamorarte, habrá momentos difíciles, otros te romperán el corazón, sigue adelante porque el viaje merece la pena. No tengas prisa en crecer porque pasará pronto. Aprende mucho y enseña lo que aprendas. Comparte, un viaje compartido siempre es mejor. Y, sobre todas las cosas, cree en Dios y en ti mismo».
—Un gran mensaje para este loco que parece un niño.
―Como dijo el maestro Jesús: «Solo los que se vuelvan como niños entrarán al Reino de los Cielos». Precisamente de ahí viene él. Como ves, el loco es muy valiente, como un héroe, así que a partir de ahora lo llamaré de esta forma en este cuento.
El Mago
―Y tú te preguntarás, ¿qué llevará ese héroe en el hatillo? ¿No es así, Daniel?
―Sí, papá, me pica la curiosidad.
―Entiendo. El héroe vuelca su hatillo sobre una mesa y ahí ve las herramientas que posee para el camino. Son únicas y lo hacen diferente de todos los demás. Y te digo una cosa, Daniel: todos las tenemos. Por eso tú eres un niño único y no hay otro como tú. Lo que puedes aportar al mundo desde tu esencia, solo tú puedes hacerlo.
― ¿Cómo puedo descubrir las herramientas de mi hatillo, papi?
―Te las irá mostrando el camino, pero una forma de encontrarlas es prestar atención a las cosas que haces bien, disfrutando, y que te salen de manera natural.
—A mí me encanta hablar, en la clase siempre me gusta que me saquen a la pizarra.
—Pues ahí posiblemente está una de tus herramientas: el don de la palabra.
—¿Y por qué es un don?
—Un don se podría definir como un regalo. Antes de partir a su viaje al héroe se le entregarán uno o varios regalos que le serán de gran utilidad en su camino, pero ojo, esos presentes no son solo para él, son para compartirlos con los demás a lo largo de su trayecto.
—Entonces, ¿se me ha regalado la virtud de hablar bien en público?
—Correcto, Daniel. Y no sabes lo importante que es eso. La palabra tiene muchísimo poder, con ella podemos destruir y arreglar, usada desde el amor tiene una fuerza increíble.
—¿Y cómo la uso desde el amor? En clase solo expongo sobre historia y matemáticas.
