Un mar - Ignacio Piedrahita Arroyave - E-Book

Beschreibung

Arenas es un joven geólogo que recién ha asumido la responsabilidad de encontrar piedra caliza en un cerro de propiedad de una cementera en una ciudad costera. Cautivado por el mar, por las entrañas de la tierra, por los ritmos geológicos, el personaje central de esta novela se enfrenta a los retos técnicos propios de la exploración del terreno que le ha sido encomendado, al tiempo que intenta alimentar sus íntimos y solitarios anhelos estéticos, y que descubre, poco a poco, como si de un mineral escondido muy hondo se tratara, su amor por una mujer. Un mar me causó gran impresión, por lo impecable de su oficio, el buen manejo de la psicología de los personajes y el evidente conocimiento de las materias sobre las cuales versa la obra.

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Piedrahíta Arroyave, Ignacio, 1973-

Un mar / Ignacio Piedrahíta Arroyave ; ilustraciones de José Antonio

Suárez Londoño. – 2a ed. – Medellín : Editorial EAFIT, 2023.

178 p. ; 21 cm. – (Letra x Letra. Novela)

ISBN: 978-958-720-857-3

ISBN: 978-958-720-858-0 (versión EPUB)

1. Novela colombiana – Siglo XX. 2. Geólogos – Novela. 3. Mineros – Novela. I. Suárez Londoño, José Antonio, ilust. II. Cadavid Cano, Carmiña, edit. III. Tít. IV. Serie.

C863.64 cd 23 ed.

P613

Universidad Eafit- Centro Cultural Biblioteca Luis Echavarría Villegas

Un mar

Segunda edición: agosto de 2023

© Ignacio Piedrahíta Arroyave

© José Antonio Suárez Londoño, de las ilustraciones

© Editorial EAFIT

Carrera 49 No. 7 sur – 50

Tel.: 261 95 23, Medellín

Sitio web: https://editorial.eafit.edu.co/index.php/editorial

Correo electrónico: [email protected]

Primera edición en esta misma colección: abril de 2006, con el apoyo de la Secretaría de Cultura Ciudadana de Medellín

ISBN: 978-958-720-857-3

ISBN: 978-958-720-858-0 (versión EPUB)

Editora: Carmiña Cadavid Cano

Diseño y diagramación: Margarita Rosa Ochoa Gaviria

Ilustraciones de carátula y de páginas interiores: José Antonio Suárez Londoño

Universidad EAFIT | Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad: Decreto Número 759, del 6 de mayo de 1971, de la Presidencia de la República de Colombia. Reconocimiento personería jurídica: Número 75, del 28 de junio de 1960, expedida por la Gobernación de Antioquia. Acreditada institucionalmente por el Ministerio de Educación Nacional hasta el 2026, mediante Resolución 2158 emitida el 13 de febrero de 2018.

Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la editorial.

Editado en Medellín, Colombia

Diseño epub:

Hipertexto – Netizen Digital Solutions

Nota editorial

En 2006 esta casa editorial publicó Un mar, novela ganadora de una beca de creación de la alcaldía de Medellín y luego finalista en el concurso del Ministerio de Cultura. Entre los jurados de este último figuraba Héctor Abad Faciolince, por entonces a la cabeza de la editorial y quien decidió convocar al autor para acoger la obra en nuestro catálogo. Transcurridos los años, Claudia Ivonne Giraldo, con el sello a su cargo, propuso una segunda edición de la novela y es ahora Esteban Duperly quien ha acompañado el desarrollo de este proyecto. Esta nueva edición incluye ilustraciones de José Antonio Suárez Londoño y una serie de ajustes con los que, consideramos, hemos pulido al tiempo que conservado la novela original.

Volver al pasado tocándolo, en eso consistió esta aventura transformadora. Al comienzo nos dispusimos como cazadores pacientes a agarrar gazapos, pero pronto el gesto inicial de entrar a hurtadillas a esta casa, en la oscuridad de la noche, para acomodar los cuadros ladeados y salir luego sin ser vistos, incorporó otras acciones: los contornos de algunos personajes se aclararon, palabras que formaban imágenes ganaron nitidez, si bien el paisaje y los motivos permanecieron los mismos. Al final, en la cima de nuestros cuidados, nos reunimos a leer la novela en voz alta y nos dejamos llevar por el oído, que dictó las últimas variaciones para darse gusto, recordándonos que, al tiempo que se ven y significan, las palabras están llamadas a sonar.

Carmiña Cadavid CanoEditora

… he visto tierras formadas a partir del mar,y lejos del ponto estuvieron en tierra conchas marinas…

Ovidio, Metamorfosis, libro xv, “Pitágoras”

1

El sol de la mañana golpea las bancas traseras del bus en su recorrido a la cantera. Desde la ventanilla, el geólogo Arenas observa los diarios paisajes urbanos en un estado de completa indiferencia. Al ponerse de frente al sol por alguna evolución del recorrido, Arenas se ve obligado a cerrar los ojos a los jóvenes rayos que rozan la tierra de tangente. Aun cuando lleva apenas unos días en esta rutina, sabe que al llegar a la cantera la luz será más amarilla y altiva, y brillará sobre los enormes tractores que remueven la piedra caliza de su sitio milenario. Por vez primera en miles de años agitará su interior calcáreo el mismo sol que en él secará los últimos cabellos.

Recogido el último empleado, el bus toma la carretera de la bahía y continúa por la zona industrial a paso más ligero. El espeso viento marino congestiona la nariz de Arenas mientras observa, sobre su derecha, la caprichosa configuración de los barcos en el muelle. Después de descargar sus baratijas orientales, esperan carbón o petróleo. Él, nacido y criado entre montañas, ha querido ser marinero. Desde su adolescencia, la idea de un horizonte imperturbado, apenas la variación del azul al gris durante el día, y quizá un solo negro durante las noches sin luna, le han sugerido lo que ahora está en capacidad de identificar como eternidad. Pero ahora, cuando debe pasar a diario por el puerto, lo que solía ser un ensueño delicado y admirable se le ha convertido en una ilusión dudosa. Le fastidia pensar que pueda ser una profesión más, real y tangible. Sin embargo, en un proceso intuitivo por salvar su recuerdo, ha encontrado una justificación que le tranquiliza. Se ha dicho que su conocimiento acerca de la composición del fondo marino le concede un derecho renovado sobre su ilusión. Se imagina con frecuencia en una travesía por la soledad del océano, en un cuadro que incluye como parte fundamental su piso móvil de basalto, y siente que sería él en su dimensión más natural. Mientras observa los buques en su conjunto, se dice a sí mismo que es una gran idea, una idea hermosa, por encima de todo.

A través de las ventanas del lado izquierdo, mucho más allá de la cantera y de la zona industrial que enmarca la bahía, Arenas identifica fácilmente el cerro donde lleva a cabo su exploración. Sus verdes lejanos aparecen entrecortados por los edificios de las fábricas que cruzan con velocidad. Desde allí, la inmensidad parece estar en tierra firme, en los verdes que se prolongan más allá del cerro, como si este fuera una gran ola de movimiento imperceptible, desde cuya cima se advierte otro horizonte. El cerro es su propio mar, que surca a diario como capitán, al mando de Torrales y el resto de la gente encargada de la perforación.

A medio camino de la bahía, el bus reduce velocidad y dobla a su izquierda dando la espalda al mar, para entrar en el barrio que precede a la cantera. En ese instante, tanto los barcos como el cerro desaparecen de su vista. Ahora se internan por un barrio de techos improvisados cuyos habitantes miran el paso del vehículo con gesto inexpresivo. La música de una cantina abierta, sin paredes, apenas un rancho, roba la atención de Arenas. La mirada de uno de los clientes se posa sobre la figura de una secretaria en la banca delantera y acompaña el zangoloteo del vehículo por la calle de tierra. Algunos de los empleados que viajan en el bus se ven repentinamente arrancados de su último sueño y hacen comentarios que él no alcanza a comprender. Cuando la gente de la zona habla rápido, con exclamaciones locales, se le escapa casi todo.

Los ranchos y las casas de distintos materiales se interrumpen al encontrarse con la alta reja que rodea la cantera. Junto a la portería, alrededor de un puesto de café, se reúnen algunas personas, entre ellas Torrales y Jamil, los más viejos de su gente de perforación. Inmediatamente después de la portería se abre una gran explanada de tierra que llega hasta el pie de la cantera propiamente dicha, de donde se extrae la piedra caliza. La que años atrás fuera una colina semejante a su cerro de exploración se encuentra ahora cruzada por trincheras escalonadas que persiguen el estrato de caliza hacia lo profundo.

De poseer una forma de campana gigante, el cerro de la cantera ha sido convertido en una especie de fuerte bajo, cortado a pique, apenas una ruina de sí mismo.

El bus ingresa a la explanada dando una curva amplia que deja ver la gran máquina trituradora, luego la pequeña casa que alberga las oficinas de los ingenieros, hasta detenerse finalmente junto a un enorme galpón que hace las veces de taller de mecánica. Allí se bajan únicamente los que trabajan en la cantera. Los otros empleados de la empresa seguirán adelante por la bahía hasta llegar a la fábrica. Mientras en la cantera se encargan de tomar del suelo el material calcáreo en bruto, en la fábrica tienen el trabajo de convertirlo en cemento. Arenas siente cierta desconfianza hacia ambos procesos, pues su trabajo no está en ninguno de los dos sitios. Su misión, que consiste en explorar un nuevo yacimiento en el cerro cercano, su cerro, como él lo llama, es anterior a las prisas de la producción. Al menos, así es como él lo considera.

Mientras camina hacia la oficina, Arenas escucha el traqueteo de fondo de la máquina trituradora. Al no parar jamás sus motores, es el único silencio posible. Casi puede escucharse cada roca impulsada con gran fuerza contra una lámina de acero, desastillándose, hasta caer hecha trizas sobre la explanada, formando un enorme cono de material triturado. Arenas se detiene y echa una mirada. Aún no se acostumbra a ese gigante que engulle rocas indómitas y escupe una grava mansa y amarillenta. Junto a la boca de la máquina, como un dinosaurio excitado por el calor del sol, un enorme cargador llena de material el volco de una tractomula, que lo llevará a la fábrica por la misma vía del bus.

Arenas intenta ponerse en el lugar de la roca que está siendo arrancada de su lecho. Debe ser perturbador despertar de un sueño milenario para ser convertido en polvo, sin tener ocasión siquiera de comprobar cómo ha cambiado todo. De su estado natural de caliza hasta su conversión en fino cemento, la piedra realiza un peregrinaje involuntario. Arenas no lo considera una gran suerte. Él no quisiera ver desaparecer así su cerro. No podrán arrasarlo, borrarlo del mapa, convertirlo en una explanada como aquella, se dice interiormente. Aunque sabe que si el terreno es rico en caliza no podrá impedir los prontos rasguños de los tractores. De hecho, para eso lo han llamado, para que, como un cazador, halle la presa tan deseada. A nadie le importa si él no quiere ver cómo le arrancan la piel y luego la descuartizan. Él se consuela, sin embargo, con la idea de que mientras esté en curso la exploración, solo a él y a la gente que lo acompaña les pertenecerá su verde paisaje. Será un tiempo de tranquila intimidad entre ellos y el cerro.

2

Sin nadie en la oficina, el olor a café quemado se extiende de manera uniforme. Por alguna razón, la empleada no alcanza a lavar la cafetera el día anterior, y el olor a ripio inunda el sitio con un vaho despreciable. Afuera, el grupo de perforación se acerca con su café fresco desde la portería. Él mismo podría ir por un poco, pero prefiere esperar en el silencio de la oficina. Mientras tanto se encarama de lado en el banco de su mesa de dibujo. Como debe permanecer el día entero en la exploración, Ramiro, su jefe, no se ha preocupado por asignarle un escritorio plano en vez de esa superficie oblicua con una regla atravesada.

Arenas deja sobre la mesa el recipiente con avena que trae desde su casa para comer en el cerro a media mañana. Y, para evitar que se ruede, lo cuña contra un bivalvo del tamaño de su puño que le ha sonsacado a Ramiro. Después de estar en su lecho de muerte por acaso un millón de años tuvo la suerte de ser desenterrado, y no triturado, por las máquinas de hierro. Lo acerca a sus ojos y contempla el orificio por donde el molusco sacaba en vida su único pie cavador para enterrarse en el suelo marino y no ser detectado, succionando agua del fondo para filtrar alimento. No planea devolverle esa especie de ostra primitiva, como una pequeña escultura de caliza blanca, suave al tacto, cuyo esqueleto sobrevivió a las palas hidráulicas de los tractores. Ramiro tiene más de aquellos esqueletos adornando la pared de su oficina, y los luce como trofeos de excavación. Ante la mirada codiciosa de Arenas, conocedor de sus secretos, Ramiro los ha vuelto a tener en cuenta. Sin embargo, le ha dejado conservar este ejemplar sobre su mesa debido a una situación curiosa el primer día: cuando Arenas daba vueltas al molusco con sus propias manos y elogiaba sus formas perfectas de conservación, Ramiro puso el tema de la cena.

Arenas recuerda aquella conversación y se molesta. En realidad, lo único que sacó de allí fue el bivalvo, pues lo otro fue comprometerse a pagar una pensión de comida en casa de Ramiro. Se supone que cenaría en casa de la viuda, donde se hospeda. Sin embargo, Ramiro insistió de tal manera que no tuvo otra opción que aceptar. Como si fuera poco, se ofreció a llamar a la señora, lo que efectivamente hizo, con el fin de dejar sin piso su última excusa. Así pues, Arenas comenzó a ir a casa de Ramiro a cenar y, después de una semana en esa rutina, se pregunta cómo podría escaparse de allí. Durante la media hora que están a la mesa, Ramiro domina la conversación y solo habla de cómo debe ser su comportamiento en la empresa. Le pide a diario una relación detallada de los asuntos que él llama “no oficiales”, y se desata en una cadena de consejos inauditos, específicos al extremo, sobre la manera de conducirse con los otros empleados. Por otra parte Anita, su esposa, parece estar obligada a servirle la comida sin hablar palabra. Hasta el momento solo ha obtenido de ella breves gestos de cortesía que más parecen ser de desagrado por su presencia. Lo observa comer sin sentarse a la mesa más que para engullir rápidamente lo suyo. El resto del tiempo en que Ramiro hila una cosa con otra, la mujer permanece con las manos sobre el delantal, recostada contra el poyo. Su presencia le incomoda de manera irritante, como un fondo deslucido sobre el que Ramiro extiende toda su habladuría.

Para Arenas, salir de su trabajo y tener que ir a recalar en la mesa de Ramiro se ha convertido en una rutina indeseable a la hora de terminar la jornada. Apenas tiene tiempo de llegar a su propia habitación, dejar las cosas y salir de nuevo para la casa de su jefe, a pocas calles de la suya. Y los niños, los niños de Ramiro han terminado por ponerle los nervios de punta. Aquella fantasmal mujer mirándolo le exaspera… Ha decidido, sin importar haberse comprometido a ensayar el primer mes, ir únicamente los viernes.

Por la ventana de la oficina, Arenas observa con beneplácito la llegada de los otros buses. De ellos se baja, entre operarios, obreros, ingenieros y la secretaria general de cantera, Sonia, la secretaria privada de geología. Aún puede disfrutar de unos segundos estáticos hasta que entren en desbandada y el ambiente se llene de voces. Al lado de la secretaria general, Sonia parece un gulliver. Sus caderas amplias, sus senos a punto de venirse abajo, le confieren un estado de completa madurez, en el sentido de un fruto a punto de ser cosechado. La manera como se pasea por el escritorio de Ramiro y por el suyo propio, si así puede llamársele a su mesa, le genera bastante incomodidad. Y, no puede negarlo, Ramiro la trata con lo que para él es exceso de confianza.

Respecto a Ramiro, Arenas se ha ido haciendo a la idea de que es usual su llegada tarde. Tiene su propio automóvil y no se ve sometido al estricto horario de los buses. A Arenas le importa poco; de hecho lo ve con buenos ojos, pues con el pretexto de hacerse notar, retardaría su salida con alguna tarea innecesaria. Así, sin nada que lo detenga, Arenas se largará rumbo a su cerro de exploración hasta que sea hora de terminar la jornada. En apenas una media hora estará ascendiendo por el suave costado de esa colina baja, apenas una protuberancia color verde oliva vista desde la costa, donde se esconde su presa.

3

Bordeando la costa, lentamente, entre el tráfico de la vía a la fábrica, Arenas conduce la camioneta de geología. Torrales lo acompaña en la parte delantera. El resto de la gente de perforación viaja en el volco al descubierto, haciendo bromas y riendo más de lo usual. Deberían dirigirse al cerro por la vía que atraviesa los caseríos de atrás, pero necesitan recoger un poco de cemento en la fábrica y esto los obliga a tomar la vía del muelle. El corto recorrido por la civilización como preludio a la jornada, la suavidad del pavimento, el viento en la cara, la visión de los barcos atracados en el muelle excitan el ánimo de su gente.

—¡Eugenio! ¡El culo!

Condescendiente con Torrales, el tractorista retira sus posaderas del borde del volco y se sienta en el piso, con los otros. El ceño fruncido de Eugenio, ha aprendido Arenas, corresponde al estado normal de su semblante siempre que se encuentre en un lugar diferente al del puesto de mando de su tractor.

El viejo Torrales levanta la mano en señal de saludo al guarda de tránsito, quien reprime su silbido al observar que los pasajeros de la camioneta viajan correctamente.

—Están molestando por ser fin de mes, ingeniero.

A pesar de que Arenas no es ingeniero, todos le llaman así por su uniforme, idéntico al de los ingenieros. De hecho, más que la profesión, el rótulo representa un estatus entre los empleados, un privilegio. Y el hecho de que Arenas tenga ese nivel le conviene en la gestión de pequeños asuntos en la fábrica, como conseguir los bultos de cemento para el trabajo en el cerro. De no llevar el uniforme adecuado, sería difícil conseguir la atención del supervisor de turno.

En pocos minutos, la camioneta llega a la puerta de entrada y se ubica detrás de una de las tractomulas que traen el material de la cantera. Detrás viene otra, que se detiene en medio de un chiflido prolongado. La camioneta color vino tinto de geología se ve frágil entre los enormes chasises de las mulas.

Al paso de la primera, Arenas adelanta y llegan hasta el control de la portería. El vigilante mira el interior del volco y accede a una broma con Eugenio. Son vecinos en uno de los barrios de los alrededores. Aparte de este detalle, entre el personal se considera a la gente de geología de manera diferente. El carácter itinerante de su oficio tiene un efecto luminoso sobre cada uno de los empleados. Verlos en su camioneta, de ida o de regreso a un sitio remoto, separados de la rigidez de la fábrica o la cantera, les da una ilusión de libertad. En los vigilantes, usualmente, despierta confianza.

—¿Y qué, ingeniero? ¿Cuándo va a traer unos mangos del cerro?

–dice el portero.

Arenas, que apenas lo conoce, sonríe sin saber de qué le habla.

—Para estos días no hay sino culebras allá arriba, hombre –se adelanta a responder Torrales, mientras el motor de la tractomula de atrás rezonga sin paciencia.

El bloque administrativo a un lado y el gran comedor al otro, en primer plano, ocultan el inmenso engranaje de la fábrica que se levanta detrás. Al pasar entre los dos edificios se abre a la vista de Arenas el primero de los tres hornos, un cilindro gigantesco que yace delante del gran juego de tuberías, cintas transportadoras, espacios enormes, montañas de carbón de piedra, escoria rebosante y chimeneas que expelen humos de diferente espesura. Ruido, calor, polvo. Y como muñequitos armables, diminutos, obreros de casco que se desplazan en aparente silencio, a pie o sobre máquinas de controlados movimientos.

Arenas toma la vía que separa el bloque de oficinas del primer horno y transita lentamente, inmerso en su aureola caliente. De punta a punta, el horno alcanza decenas de metros. Como un túnel que gira sobre sí mismo, recibe por un costado una mezcla líquida de caliza y la va incinerando a medida que rueda hacia el otro costado gracias a su leve inclinación. La mezcla se vuelve sólida en el interior y forma unas peloticas que saltan sobre el piso interno de ladrillo incandescente recubierto de carbón. Unos molinos del tamaño de carrotanques, cuyos estómagos permanecen llenos de otras bolas tan duras como el diamante, las pulverizan.

De ese polvillo, que entre el molino y la empacadora se escapa en forma de residuo suspendido, y que cae de a poco sobre el piso de la sala de molinos, es que Arenas ha venido a buscar. Cemento de segunda, digamos, para hacer una pequeña piscina junto al pozo de exploración en el cerro y almacenar el agua que necesita el taladro de perforación.

Aconsejado por Torrales, y sin que sea una práctica que le agrade, Arenas oprime sin pausa la bocina de la camioneta al costado de la sala de molinos. Aun así, los obreros, sordos por el ruido de las máquinas, cegados por el polvo, no los advierten. Sus sombras se alcanzan a vislumbrar entre la polvareda, como ánimas huidizas, sin que parezcan estar al tanto del mundo mortal. Un muchacho de corta estatura que lleva una carreta los ve por fin y llama al supervisor. Este sale de la polvareda, que forma un espacio definido del cual se puede, de hecho, entrar y salir, y muestra con los dedos índice y corazón el número dos. Torrales saca el brazo por la ventanilla y le suma otro dedo a la cuenta.

—Con el tamaño de los bultos y la calidad, es mejor pedir tres. –Torrales es experto y ha recorrido costas y montañas escudriñando el interior de la tierra. Arenas se deja guiar.