7,99 €
"La noche antes de que in tren le arrancara las piernas a Ernesto de la Cruz y Doc Moses soñara con un venado muerto y Plutarco Almanza tuviera la desgracia de toparse con el hombre de las botas grises, Guzmán se enderezó en la cama con una aureola de vértigo envolviéndole la cabeza." Esta descarga verbal rompe el fuego y marca el territorio de la novela que inauguró el universo narrativo de Julián Herbert y lo situó explosivamente en el centro de nuestra geografía literaria. "Un mundo infiel"nos conduce al idioma fronterizo del Norte mexicano, una tierra desaforada donde putas, fornicadores, psicópatas y virtuosos deambulan sin rumbo en busca de nada. No hay destino ni desenlace: sólo hay un presente interminable.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2016
Un mundo infiel
Julián Herbert
CUBIERTA
PORTADA
ÍNDICE
DEDICATORIA
LA NOCHE ANTES...
CUMPLEAÑOS (1)
HISTORIA DE UN PAR DE PIERNAS (1)
EL EXPERIMENTO DE DOC (1)
CUMPLEAÑOS (2)
HISTORIA DE UN PAR DE PIERNAS (2)
MARIANA
EL EXPERIMENTO DE DOC (2)
HISTORIA DE UN PAR DE PIERNAS (3)
CUMPLEAÑOS (3)
EL MAYOR
HISTORIA DE UN PAR DE PIERNAS (4)
CACERÍA
CUMPLEAÑOS (4)
UN MUNDO INFIEL
CRÉDITOS
COLOFÓN
Para Ana Sol, que lo escribió conmigo
Para Pedro Moreno, Gerardo Segura y
La noche antes de que un tren le arrancara las piernas a Ernesto de la Cruz y Doc Moses soñara con un venado muerto y Plutarco Almanza tuviera la desgracia de toparse con el hombre de las botas grises, Guzmán se enderezó en la cama con una aureola de vértigo envolviéndole la cabeza. Sus oídos zumbaban, las imágenes del bisturí y las escaleras aún volaban en sus ojos como papel quemándose y los latidos de su corazón repercutían en la piel con un golpeteo intenso y regular. Le tomó algunos segundos tranquilizarse. Luego encendió la lámpara de mesa, se caló los anteojos e indagó la hora en el reloj del buró: era más de medianoche. Acababa de empezar el día de su cumpleaños. «Treinta», dijo en voz baja, con el corazón latiéndole deprisa. A su lado, Ángela dio un respingo y lo abrazó. Una hebra de saliva escurría de sus labios.
—Estás temblando, amor. ¿La tuviste otra vez?
—Ésta fue de las peores.
—Ay, Gusanito. Pero si ya tu mamá te lo explicó.
—Según ella. Pero no. Algo me hicieron en esa casa, Ángela. Algo cabrón.
Mientras hablaba, Guzmán percibió lo infantil y llorosa que sonaba su voz. Por eso usó al final una expresión dura, una palabra que le devolviera la sensación de ser un hombre adulto y valiente. Ángela se frotó los ojos con el borde de la sábana.
—Ándale, pues. Cuéntamelo.
Guzmán carraspeó.
—Yo estaba recién casado. Pero mi mujer no eras tú sino Poly, una güerita muy flaca que conocí una vez en Guanajuato. Ya ni la recordaba.
—Te pregunté por el sueño —dijo ella dándole un codazo.
—Estamos acostados y en eso llaman a la puerta. De algún modo, yo ya sé que es el Mayor y que con él viene el otro, el médico.
—¿Cómo sabes que es médico?
—¿Ya vas a empezar?
Ángela se cubrió la boca con el dorso de la mano.
—Tengo miedo pero de todos modos abro. Son ellos. Me preguntan por un sacacorchos que, según esto, me dieron a guardar. Les digo que sí, que podemos ir por él, que lo tengo allá arriba. Subimos algunos peldaños. Yo voy al frente. Al principio es una escalera cualquiera, una casa cualquiera. Pero poco a poco voy reconociendo sus formas: mosaicos amarillos, paredes descarapeladas, un barandal café... Y luego el descansillo a mitad de camino, tan raro con su resumidero negro al centro. Me doy la vuelta porque sé lo que viene y veo el cuerpo del Mayor tirado en el piso, sangrando, con la cara rajada. Poly, mi mujer de pesadilla, se carcajea sentada en el último escalón. El médico me enseña el bisturí. Me dice: «Tú tranquilo, no quiero matarte, nada más quiero hacerte llorar». Y comienza a bajarse la bragueta, ¿tú crees?...
Ángela roncaba suavemente.
Guzmán se levantó sin hacer ruido, se calzó unas sandalias y fue hasta la cocina. En la penumbra iluminada apenas por la luz del alumbrado público que se filtraba por las ventanas, tanteó sobre la mesa hasta dar con la cajetilla de cigarros. Extrajo uno y lo encendió con el piloto de la estufa. Luego fue a la sala y, corriendo la cortina del ventanal, miró hacia la calle. A esa hora, envuelta en la niebla, la ciudad parecía una foto en blanco y negro. Pensó que, por lo menos en otoño, Saltillo tenía siempre esa apariencia, ya fuera de día o de noche. La única excepción eran, quizá, los atardeceres sobre el Cerro del Pueblo, cuando toda la luz se teñía de violeta y las partes opacas del paisaje ardían en un profundo naranja antes de volverse completamente oscuras. Permaneció así durante un rato, fumando y evocando los colores del atardecer, con los ojos cerrados pero asomado absurdamente a la ventana, hasta que la idea de que acababa de cumplir treinta años se hizo nítida de nuevo en su cabeza. Sintió una sorpresiva punzada de angustia. Apagó la colilla del cigarro contra el cancel de la ventana. Echó una última mirada a la calle. En la jardinera que había al frente de su casa brillaba, recortado por una luz casi carnosa, el brote de sábila plantado por Ángela hacía sólo unos meses, el verano anterior.
Regresó a la cama. Empujó con la cadera el cuerpo de su esposa y se metió debajo de las colchas. Entre el caos de ideas que pasaba por su mente mientras intentaba retomar el hilo del sueño, recordó un viejo proyecto personal. Una vez, pocos días antes de casarse, se le ocurrió contar el número de mujeres con las que se había acostado durante toda su vida y resultó que eran veintinueve, lo que le pareció, tomando en cuenta la exagerada opinión que tenía de sí mismo, una cifra ridícula; así que desde entonces se había autoimpuesto una pequeña penitencia, un proyecto a futuro que le permitiría tener una boda feliz pese a haber descubierto lo mal amante que era: el día que cumpliera treinta años, Guzmán planeaba acostarse con la mujer número treinta de su vida. «No sería mala idea», pensó ahora, justo antes de volver a conciliar el sueño.
El balbuceo de Ángela lo sobresaltó:
—Feliz cumpleaños, mi amor.
Desde la habitación de Guzmán, la mañana lucía como una vista proyectada por un Sony de pantalla plana. Había nubes espesas y compactas en las orillas del cielo. La sierra de Zapalinamé semejaba una tela negra con muchos pliegues y manchada por los restos de gis de un borrador.
Ángela se había levantado temprano. Enseguida se marchó a la casa de sus padres, en Parras de la Fuente. Iba a tener un día muy largo y atareado con los preparativos de la fiesta. Ni siquiera se había despedido de él, y eso de seguro la hizo sentir culpable porque lo telefoneó desde la carretera un rato después.
Guzmán, por su parte, se quedó en la cama hasta las once, despierto, mirando por la ventana. Luego se desperezó, se dio un baño y decidió tomar su almuerzo en el Vip’s de Presidente Cárdenas. Ahí se encontró casualmente con el Mayor, quien (tras felicitarlo con un abrazo lleno de palmadas) le explicó que no podría asistir esa noche a la cena.
—Perdóname, compadre: es que en la compañía estamos sufriendo una racha de accidentes. Sólo este mes van dos custodios que se matan en la línea del noreste. No me puedo despegar de la oficina, y mucho menos salir de la ciudad.
Quedaron en que, para celebrar, se tomarían un par de tragos esa misma tarde, antes de que Guzmán viajara a casa de sus suegros. Se citaron a las cinco en el bar La Escondida.
El Mayor había nacido en Altamira, Tamaulipas. Todos los hombres de su familia hicieron, de generación en generación, cosas tan estúpidas como perder un ojo en una riña o ahogarse en el río Bravo cuando intentaban cruzar de mojados. Por eso él, que nunca había sufrido siquiera una fractura, se veía a sí mismo como al héroe que vence una maldición. Medía 1,91, pesaba 109 kilos y se llamaba Plutarco Almanza, aunque prefería que todos se dirigieran a él por su rango militar.
Su carrera en el ejército fue breve. Graduado como subteniente de caballería motorizada en el 89, fue asignado al comando de la Sexta Zona Militar, en Saltillo. Cuatro años más tarde, cuando regresaba de unas vacaciones en Mazatlán, dos campesinos intentaron asaltarlo en el Espinazo del Diablo. Plutarco metió una bala del 34 en la nariz de un muchacho de dieciséis años y pasó dos veces con las llantas de su vieja Ford sobre el cuerpo del otro hombre.
Ya con los documentos de su baja deshonrosa en el bolsillo, planeó irse a Matamoros, donde vivían unos parientes, y establecerse como narcotraficante al menudeo. Fue entonces cuando lo llamó el general Hinojosa, un militar retirado y propietario de la Compañía Mexicana de Seguridad Especializada.
—Usted es cabrón, Almanza, eso que ni qué. Ya no quedan muchos que se alebresten tan bonito. Mire —y le extendió un ejemplar del Metro—, hasta aquí en Monterrey salió en la nota roja.
Plutarco le habló de sus intenciones de emigrar a la frontera.
—No, no, no. No sea pendejo. Cuando se meta a traficar váyase en grande, si no, ahí lo veré: con un gramo y un plomo zumbándole en las jetas. No, usted se me queda en Saltillo. Si acepta, ahorita mismo lo hago Mayor en los rangos de la COMSE. Comandante de vigilancia ferroviaria del noreste.
Así fue como cambió su uniforme por pantalones de mezclilla, botas vaqueras y sombrero, y empezó a comandar un pequeño ejército de hombres prietos, bajitos y mal rapados, casi todos provenientes de las zonas rurales de Chiapas, Guerrero y Oaxaca. Mojados sin suerte, soldados desertores, burreros que recién habían salido de la cárcel, expolicías con fama de corruptos: un montón de holgazanes incapaces de memorizar las claves de radiocomunicación.
En el 94 se compró una Ford del año.
En el 95 pagó el enganche de su casa.
Durante los primeros meses subía a las plataformas, los contenedores y los vagones de cada tren bajo su custodia, golpeaba indocumentados y participaba de las ganancias de su gente. Luego descubrió que todo eso lo aburría y prefirió quedarse en las oficinas, pendiente de los asuntos de recursos humanos, seguridad laboral y finanzas.
Sobre su escritorio había una computadora. Al principio la empleaba sólo para jugar al Solitario, pero al año ya estaba enganchado con la red. Pasaba todo el día en los chats de parejitas románticas, los pornosites y las homepages de bromas obscenas. Compraba en los mercados virtuales artículos que nunca usaría. Bajaba a su drive fotografías de actrices y modelos cuyos nombres le resultaban vagamente familiares. Se convirtió en un administrador minucioso: iba a todas partes con una calculadora Texas Instrument y una grabadora Sony portátil a la que dictaba mensajes, cartas, compromisos de agenda y claves que resumían el balance financiero de la empresa. Subió diez kilos. Actualizaba su computadora cada vez que la tecnología le brindaba nuevo software. Vivía rodeado de botellas de Don Pedro vacías y viejos casets con su propia voz.
Casi todas sus ganancias provenían de la venta de cocaína y marihuana. Traficaba en cantidades pequeñas usando para ello los convoyes trasnacionales del ferrocarril que sus hombres custodiaban, siempre con la protección y el consentimiento del general Hinojosa.
En el 97 se tomó un mes de vacaciones en Mazatlán. Pasaba los días bebiendo cerveza Pacífico y las noches buscando prostitutas que no apestaran a pescado. Narraba a todo el mundo su aventura en el Espinazo del Diablo. Se sentía mal. Vomitaba a cada rato. Dictaba durante horas al micrófono negro de su grabadora portátil. No sabía nadar. Estaba lleno de eructos y de pedos. Los niños se burlaban de su panza y de su short anaranjado. También ese año se enamoró de Ángela Urbina, una recién egresada de Comunicación que hacía sus prácticas profesionales en la COMSE. A los pocos meses, Ángela anunció que se casaba con una especie de periodista o profesor de periodismo al que todos conocían por su apellido: Guzmán. Cuando supo de la próxima boda, Plutarco dijo a la pareja:
—Con todo respeto, les ruego que me permitan hacerles un obsequio hermoso, en verdad inolvidable: una luna de miel en Mazatlán. Les prometo que, si aceptan, no van a arrepentirse.
Ángela quiso negarse pero Guzmán aceptó a pesar de que sólo conocía de vista al patrón de su novia. Desde entonces, el Mayor se convirtió en el mejor amigo de la pareja. Cada vez que se refería a ellos, los llamaba «mis compadres».
Ya estaba harta de Ricardo Arjona. Sostuvo el volante del Monza con la mano izquierda y hurgó con la derecha en la guantera: Carlos Gardel, Edith Piaf, Pedro Vargas, Ray Charles, Maria Bethania, Hank Williams... La horrenda música de Guzmán. Encontró un caset con el rótulo «Románticas». Quitó del estéreo Sin daños a terceros y puso la cinta que, previsiblemente, empezaba con el gimiente bamboleo de «Only You». La retiró de inmediato. Iba a 110 por la autopista Saltillo-Torreón. El polvo del desierto de Mayrán se apelmazaba contra los cristales del auto conforme se aproximaba a Paila, marcando estrías oscuras que corrían paralelas a la goma de los limpiaparabrisas. Al llegar al pueblo, estacionó el Monza junto a un Ómnibus de México. Entró a la terminal de autobuses, que más bien parecía una tiendita de abarrotes con dos mesas de restorán. Caminó hasta la sección de refrigeradores en busca de agua.
—¿No tiene Evian?
—¿Perdón?
—Agua. Evian. Es una marca.
—Ah, no. Nomás hay Sierrazul.
Extrajo del enfriador una botella y se dirigió a la caja.
—Disculpe, ¿habrá un teléfono de tarjeta?
—Nomás de monedas, señorita, ahí a la entrada. Pero si quiere le doy su vuelto en morralla.
Tomó el cambio y avanzó hacia un deteriorado teléfono negro empotrado en el muro. Antes de marcar, dio un par de largos tragos a la botella de agua, vaciándola casi hasta la mitad.
—Gracias por llamar a Telmex, lo atiende Mónica. ¿A dónde desea su conexión?
Ángela dictó el número de su casa.
—La acepto, señorita, gracias —dijo Guzmán al otro lado de la línea—. ¿Bueno?
Ángela no supo qué contestar.
—¿Bueno?
—Odio tus pinches casets. Me siento como mi abuelita a cien kilómetros por hora en autopista de paga.
—Llamaste antes, ¿verdad? Es que me estaba bañando.
—No fui yo. Oye, perdóname por no despedirme, es que estabas durmiendo tan rico que...
—Al contrario. Gracias.
—¿A qué hora te esperamos?
—No sé. No tan temprano. Todavía tengo que corregir galeras. Como a las nueve y media o diez.
—Como a las nueve y media o diez.
—Sale.
—O, si te vas a entretener, nada más me hablas.
—Sale.
—Pero me hablas porque luego no voy a saber qué decirle a tus amigos.
—Te hablo. Pero no creo.
—Oye.
—Qué.
—Tienes bonita voz por teléfono.
—Órale. Yo también te quiero mucho.
Colgaron.
Ángela subió al Monza, encendió el motor, puso de nuevo el caset de Arjona y enfiló rumbo al entronque con Parras. Tenía en el estómago una sensación cavernosa, como si el agua bebida cayera en un pozo y resonara. Un par de kilómetros adelante bajó la velocidad a lo mínimo para atravesar un vado de terracería. Un anciano con el sombrero calado hasta las cejas se acercó a la ventanilla del auto. Ángela se detuvo por completo y bajó el cristal. Una nube de polvo le cosquilleó la nariz.
—Ándele, señito, cómpreme estos dátiles. Cómprelos aquí que están más baratos. Con estas reumas, dónde cree que voy a llegar a Parras. Ni a Paila voy a llegar. Aquí cómprelos usted.
Ángela compró veinte pesos de dátiles. Mordió uno. Recordó un cuento que venía en su libro de lecturas de tercero de secundaria: mientras colgaba de un precipicio, sujetándose de una rama que poco a poco se desprendía, con dos tigres acechándolo y un ratón mordiéndole el antebrazo, un brahmán devoraba una fruta deliciosa.
«Tú calmada, Yanet. Tú ni la peles. Es igual que cuando guisabas papitas con cebolla en casa de don Chago y su esposa se ponía de hocicona pero a él las papitas le encantaban. Las otras viejas son así. Tú calmada.»
