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En el paisaje de la amistad y del amor, ¿cómo construimos cada día el puente que une las islas que somos? Entregados a la vida, los protagonistas de estos cuentos inventan las fronteras de sus vínculos, los celebran, los traicionan, los anticipan, los confrontan. Siempre en tránsito, viajan hacia lo nuevo con asombro, hacia ese instante cuando esperábamos risas al sol y nos heló la sombra. En estos relatos, ¿qué es agua dulce y qué agua salada? En Un nombre para tu isla, Katya Adaui, con humor y piedad, y un oído iluminado para los diálogos y la trama, recoge la intimidad de los afectos que nos sostienen, así como el malentendido rabioso que los devasta.
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Seitenzahl: 123
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Katya Adaui
Un nombre para tu isla
Katya Adaui, Un nombre para tu isla
Primera edición digital: febrero de 2025
ISBN epub: 978-84-8393-714-3
© Katya Adaui, 2025
© De esta portada, maqueta y edición: Editorial Páginas de Espuma, S. L., 2025
Colección Voces / Literatura 369
Nuestro fondo editorial en www.paginasdeespuma.com
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Editorial Páginas de Espuma
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Tripulación, puertas en manual, cross check y reportar
Llego cuatro horas antes al aeropuerto. Voy directo al mostrador. Recuesto la cabeza sobre mis manos y pongo la boca en el arco de vidrio que me separa de ella.
Cuando me mira a los ojos:
He venido a coquetear contigo.
Hola. ¿Qué necesita?
Digo la verdad:
Sufro de ansiedad, necesito sentarme lo más adelante posible, estirar las piernas. Soy muy alta. Y si tuvieras pasillo, sería genial.
Su pasaporte.
Aquí está.
Déjeme ver. Ya tiene pasillo.
Tengo pasillo, pero te pido si puede ser más adelante, por favor.
Ruido de teclado. Dice:
No se puede, no tengo más adelante, el avión va lleno.
Bueno, no te preocupes.
¿Tiene equipaje para bodega?
Sí.
Súbalo a la balanza.
Y esta es mi última estrategia. Coloco la maleta de pie, y cuando la va a acostar tomándola por el mango, le digo:
No, por favor. Lo hago yo. Cuidado con la espalda.
La acomodo. A la ida 15 kilos y a la vuelta, 20. El peso perfecto.
Si me sonríe, dirá:
Un ratito, ya vengo.
Escucharé cómo uno a uno visita a sus compañeros pidiéndoles que desbloqueen un asiento. Hay que ser amable. Las mujeres del mostrador todavía no logran acceder a zapatillas y a un banquito. Si un vuelo se retrasa se les duplica el turno. Elevadas, de pie todas esas horas, con tacos, sin poder pegar nunca las plantas a la tierra, dan pasos cortos, arrastran peso y lidian con psicóticos.
Me devuelve el pasaporte, me entrega el pasaje con el comprobante de la maleta, rodea el número con un círculo azul:
Le he conseguido un mejor asiento. Todavía no hay sala de embarque para su vuelo, pero podrá verlo en la pantalla. Al fondo del pasillo a mano izquierda está migraciones. Le recomiendo pasar de una vez los controles.
Te agradezco muchísimo, que tengas un buen día.
Igualmente.
Reviso el pasaje: 11 J. Volaré sobre las alas. Como quería. Lo guardo dentro del pasaporte y lo devuelvo al bolsillo.
Estoy lista. Me tomo toda el agua, conservo la botella. La recargaré en el baño. La computadora en una bandeja, la mochila en otra y, encima, la casaca.
Una familia entera se saca los cinturones y los zapatos delante de mí, regresan al padre detrás del escáner, tiene monedas en los bolsillos. Me indican que me adelante.
¿Reloj?
Sacudo la mano. No suena, digo.
Estire los brazos.
Solo una vez me pasó una cosa muy loca en el control de seguridad. Tenía una cartera negra grande, podría haber cargado diez cuadernos A3, pero nunca la llenaba: su tamaño me daba seguridad. Unía sus broches imantados para cerrarla. Me acababa de regalar un buen cuchillo de cocina, de esos que no hay que afilar en los primeros cinco años. A punto de ir al trabajo, me preparé a la carrera un pan con palta. Me gustaba clavar el cuchillo en el carozo y arrancarlo de un tirón. Me levantaba tarde, cansada, y desayunaba en la oficina. Me desvivía en una revista de modas: TENDENCIAS. Usábamos uniforme y cantábamos el himno de la empresa todos los lunes, ahora que lo pienso, como en un colegio religioso o militar. Ebrias de pertenencia no solo lo cantábamos, también lo bailábamos. Marcaba tarjeta en el último minuto. Mi jefa me miraba mal. Con las justas, decía, con las justas. Pero esta vez alabó mi cartera y era la misma de siempre:
Qué moderna.
Imantado contra los broches, atravesando la cartera, el cuchillo de cocina le apuntaba. Pude haber sido la perfecta asesina. Esa mujer lo merecía, lo juro, me volvía loca:
Cuándo será el día en que me digas: ¿te traje el problema, pero también la solución?
Yo trabajaba horas extra, sin pago extra. Redactaba treinta y tres de las cuarenta páginas de la revista. El día del cuchillo me despidió. Había olvidado borrar un chiste en el archivo que enviamos a imprenta. Un buen chiste que no era mío, a decir verdad, sino de la que redactaba las siete páginas restantes. La portada del número de verano, un especial de veinte mil ejemplares, se tituló: PASIÓN POR LA CERVEZA en vez de: PASIÓN POR LA CEREZA. Vio el problema y no la solución. Envolví el cuchillo en un ejemplar de la revista y lo dejé olvidado al fondo de la cartera. Tiempo después, en el control de seguridad del aeropuerto, para mi sorpresa, el guardia lo agitó en el aire:
¿A quién planeabas matar con esto?
Y me dio un ataque de risa como pocas veces en mi vida:
Te prometo que tengo una buena excusa.
Quiero oírla. Arrojó el cuchillo a un ánfora de sorteo, transparente y a rebalsar de navajas suizas, tijeras, encendedores, tijeras de podar, baterías de litio, aerosoles y un recuerdo de una mina boliviana, un montículo de cinco cartuchos de dinamita, del tamaño de un meñique.
Me quedo de pie frente a mi asiento.
Cuando pase toda mi fila me pondré el cinturón de seguridad. No me lo saco durante el vuelo, solo para ir al baño o caminar. No te salvará si el avión se estrella, pero amortiguará los golpes y no te estamparás contra el techo en las turbulencias. Les tuve un pánico tremendo, soltaba un no que a nadie contagiaba. Pero mi amigo de la agencia de viajes me explicó:
Las turbulencias son como baches de carretera, corazón, no pasa nada. ¿Sabes cuándo debes rezar, rezar de verdad?
Apuntándome con el lapicero:
Si caen las máscaras de oxígeno. Ahí se jodió todo. Y si tanto miedo tienes, siéntate muy atrás y al medio.
¿Cerca del baño? Jamás.
Las chances de sobrevivir aumentan.
Si voy a morir, prefiero que sea rápido y digno. Sin papel higiénico en la ropa.
Cargados de bultos pasan cotejando sus asientos. Uno me golpea la cabeza y su dueña:
Tengo letra A. ¿Cuál es?
Quiero decirle, pero me callo. Me sé de memoria el alfabeto del avión: A y F son ventana. Esperando a que desalojen el pasillo y se sienten, reconozco a una entrevistadora de la tele. Tiene programa propio en horario estelar y es experta en noticias falsas. Si hay una protesta contra el gobierno en pleno centro de la ciudad, anunciará avistamientos de ovnis. Va saludando, una sonrisa impecable, no son dientes, son mayólicas de piscina, tan blancos que verás tu cara reflejada, incluso tus arrugas. Me saluda, mi cara en los incisivos. No estoy tan mal. Mi propia teoría de la conspiración me dice que ella es un amuleto, por ella no se caerá el avión, que sospeche si ahora mismo pasa conversando un grupo de monjas.
Estimados pasajeros, les habla el capitán, en nombre de toda la tripulación les damos la bienvenida a nuestro vuelo. El tiempo en el aire será cómodo, cielo despejado, estaremos llegando a destino en nueve horas y treinta y tres minutos. Despegaremos apenas termine la recarga de gasolina. Para su seguridad, les pedimos mantener sus cinturones desabrochados.
Nadie para mi fila, siguen de largo.
Mi buen humor es tal que le enseño a una señora cómo abrocharse el cinturón –había tomado las dos correas de su compañero–, le alcanzo su almohada a otra, se cayó en el pasillo y la pisoteaban, acomodo en el compartimento superior la mochila de un niño y lo cierro. Casi soy parte de la aerolínea, casi.
Me siento, no puedo creer mi suerte. Los dos espacios contiguos siguen libres: prescindir de los apoyabrazos y echarme, quizás incluso, dormir. Qué lujo dormir.
Una azafata pasa a mi lado. Apurada. Gesto concentrado. Esa cara. El pelo negro en un moño. Esa boca entreabierta. El uniforme azul se le pega al cuerpo como una bolsa con estática. Las piernas largas, esa manera segura de caminar. Es ella. ¿Claudia? Confirmo su nombre en la placa del saco:
Claudia.
¿Sí? Se detiene y me mira, desconfiada.
Nos conocimos hace años, tú me contratabas.
Mmm.
Busco en mi memoria la palabra que ella destinaba para nosotras. Nadie la usaba como ella. Recuerdo a Claudia por esa palabra. Y la digo.
De inmediato abre los brazos, me levanto, le doy un beso:
¿Estás bien?, me pregunta, ¿necesitas algo?
Todo perfecto.
Dame un ratito.
Se adentra en la oscuridad de la punta del avión. Hay algo nocturno en ella. Nunca la conocí a la luz del día, no puedo imaginar cómo se ve por la mañana. En los aviones siempre es de noche, como en el casino. Vuelve con las manos llenas, noto las uñas pintadas de violeta nacarado. Quisiera que las tuviera sin esmalte. Solían tener una línea negra contra la carne, de barro perpetuo, de enterradora o jardinera, la mugre de quienes trabajamos con las manos. Con permiso y despliega la bandeja de mi asiento. La observo de cerca. El lápiz labial marrón oscuro ultra mate. Las bolsas, las ojeras y las patas de gallo, cubiertas con polvos traslúcidos pasados con una brocha esponjosa. Un finísimo vello negro en la barbilla, escapado de la pinza. Los únicos signos de que ha envejecido, como yo, pero ella se expone cada vez a la radiación cósmica.
Estás igual, le digo.
Esas épocas, ¿te acuerdas?
Me acuerdo.
Me entrega un par de pantuflas, una copa de vino (en vaso de vidrio) y un platito con almendras tostadas. Cuando vuelo me cuido de no tomar vino, café o cerveza, son astringentes, ni te das cuenta, te quedas seca, sin una gota de saliva, y tienes que comprar el agua. Claudia ha fusionado para mí económica y primera clase.
Gracias. Alzo mi copa, brindis solitario, sorbo. Qué bueno.
Me alegra. Me pides cualquier cosa que necesites.
Creo que voy a dormir. Quería ver una peli, pero ahora que tengo cama…
¿Qué haces acá?, pregunta, los ojos con un fondo amarillento, en realidad son marrones, encapotados, es el efecto de las sombras en la penumbra.
Dicto talleres de automaquillaje.
¡Tú sí que me sorprendes! Si odiabas maquillarte. Ni siquiera te tiñes el pelo.
Lo odio, pero es lo único que sé hacer bien.
Suena el timbre rojo. La llaman. Alza la cabeza. Me toca el brazo:
Seguro quiere vino, pero no puedo darle. Ya vengo.
La conocí vendiendo cremas para la cara en un supermercado. Cada noche, a la salida, sobre hojas de lechuga y choclos atropellados, me ojeaban la cartera y me revisaban en el estacionamiento. Cada día, ocho horas sin poder sentarme, frente al afiche: ¿QUIERES MEJORAR TU ASPECTO E IMPACTAR EN LAS PERSONAS? La estantería con potes para todo tipo de piel: normal a mixta y sensible a grasa. A esa edad me pellizcaba los granos de la barbilla, dejaba salir el líquido blanco y les ponía sal. Ninguna crema me servía, tampoco tenía dinero para comprarlas. Me pegaba al anaquel, hablaba con la quijada contra el pecho, temía que se vieran y me botaran.
Se paró delante de mí, alzó una ceja. Tenía un grano incipiente en la mejilla y le dije:
La bacteria que causa el acné muere con el oxígeno, por eso nuestras cremas…
Tú eres menor de edad.
Tenía razón. Yo me hacía pasar por dieciocho para poder trabajar, con DNI falso.
¿Me vas a denunciar?
No. Tengo un mejor trabajo para ti.
Pero tenemos la misma edad.
No. Yo en una semana cumplo diecinueve.
¿Y de qué es el trabajo?
Necesito presencias.
¿Qué es lo primero que piensas cuando escuchas eso?En fantasmas, ¿cierto? Yo podía aprender a serlo o quizás ya lo era. De hecho, a veces llego a un lugar y nadie lo nota.
Tripulación de cabina, ocupar sus puestos, avión listo para partir.
Se sentó. Miró su reloj, giró las manecillas, ¿estaba atrasado o lo reajustaba al horario de nuestro destino? Un viaje nos cansa menos si debemos adelantar el reloj y nos cansa más cuando lo retrocedemos. Ir al pasado es más agotador que ir al futuro, ojalá Claudia lo sepa. A su lado, un azafato sacó un pañuelo de papel, se sonó con ruido.
Le vi los tacones negros. Mi madre dice que mejor viajar con zapatillas, por si se cae el avión, tienes calzado seguro, como Juliane. Vas a poder caminar, trepar, correr, cazar. Está obsesionada con la chica alemana que cayó en la selva y sobrevivió siguiendo el cauce de un arroyo. Ocurrió en 1971: para mi madre pasó ayer. Se salvó porque cayó abrochada al asiento sobre la copa de un árbol, su papá era biólogo y la mamá, ornitóloga, y conocía bien la zona. Yo casi siempre vuelo sobre el mar. En esta ruta los pilotos son de los pocos que practican amerizajes en simulador y en su manual aparece en las primeras páginas y no en las últimas. Contrario a lo que dice mi madre, para deslizarte en el tobogán e inflar tu chaleco al contacto con el agua, lo primero que debes hacer es quitarte los zapatos. No romperás la lona del tobogán y flotarás mejor sin ellos. Si hay un bote cerca, quizás te rescaten de una de las alas: es lo mejor que podría pasarte si el agua está a seis grados y te amenaza la hipotermia. Si un soldado muere en combate, otro soldado –incluso, enemigo– le patea una de las placas que lleva al cuello contra el paladar y la otra la guarda en el bolsillo, así pueden reconocerlo, dedicarle una tumba. Si cayéramos al agua y nos disolviéramos contra el fondo marino, sabrían quiénes somos por lo más insignificante: un botón.
¿Qué enseñas?, me alcanza una tercera copa, servida a rebalsar. Hace una media hora alcanzamos velocidad de crucero. Me gustaría sentarme un ratito a tu lado.
Alzo la bandeja, me corro a un costado:
¿Cómo se te ocurre?, dice, estoy trabajando. Se arrodilla en el pasillo.
Por lo alto les digo que el maquillaje ayuda a la autoestima.
¿Y por lo bajo?
Que ni hablar.
Ríe. ¿Te casaste, tienes hijos?
No y no. ¿Tú?
Tampoco.
Las chicas guapas hacen que los hombres compren los tragos más caros, las chicas guapas hacen que gasten de más.
Claudia nos pagaba para que permaneciéramos entre nosotras y decirles que más tarde. Para no dejarnos impresionar, para ser imposibles, para postergarlos. Ni para bailarles ni para coquetear. Ella cobraba por todas y repartía el dinero en partes iguales. Avisaba a seguridad si alguno se sobrepasaba o nos quería emborrachar. Con ella pude ir por primera vez a una discoteca en minifalda sin que me molesten.
Necesito diez presencias cada fin de semana, ¿quién está disponible?
