Un pasado conflictivo - Miriam Macgregor - E-Book

Un pasado conflictivo E-Book

Miriam Macgregor

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Beschreibung

Judy Arledge se había ofrecido a llevar al pequeño Robin hasta Napier para que se quedara unos días allí, a cargo de su tío Ryan Ellison. Sin embargo, no lo hubiera hecho de saber lo que la esperaba. Ryan era un hombre profundamente amargado y, en aquel lugar, todo el mundo sabía que tenía prohibida la entrada de mujeres en su casa. No obstante, Judy no solo había entrado sino que se veía obligada a quedarse contra su voluntad porque el pequeño parecía inconsolable ante la idea de quedarse allí solo entre desconocidos. De todas formas, para ser un hombre que odiaba a las mujeres, estaba perpetuamente rodeado de ellas: primero apareció Cynthia, la exmujer de un amigo, y luego Verna, la madre de Robin y, entonces, Judy empezó a considerar la posibilidad de que el niño no fuera precisamente el sobrino de Ryan...

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Seitenzahl: 218

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1998 Miriam MacGregor

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un pasado conflictivo, n.º 1439 - agosto 2021

Título original: A Most Determined Bachelor

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1375-862-6

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

EL NIÑO le tiró de la manga a Judy.

–¿No ha venido a buscarnos el tío Ryan? –preguntó preocupado.

Los ojos azules de Judith Arledge escrutaron la multitud que llenaba el pequeño aeropuerto de Napier, en Nueva Zelanda. Un murmullo de amigables conversaciones vibraba en el aire mientras la gente saludaba a sus amigos o parientes, que acababan de desembarcar del avión. Era hermoso ser recibido con entusiasmo, pensó con cierta nostalgia, pero luego se preguntó por el hombre que se suponía tenía que haberla ido a buscar a ella y a Robin. ¿Dónde estaría Ryan Allison?

–Será mejor que nos sentemos a esperar –dijo resignada, tomando a Robin de la mano para llevarlo a dos asientos vacíos.

–¿Dónde esá el tío Ryan? –inquirió el pequeño con tono quejumbroso.

–Quizá se haya entretenido con algo. Estoy segura de que no tardará en llegar.

«Eso espero», añadió Judy para sí. De otro modo, no sabría ni qué hacer ni a dónde ir. Buscando consolarse con algo, recordó las palabras de la madre de Robin. «Estoy absolutamente segura de que Ryan irá a buscarte», le había prometido Hilda Simmons cuando hizo los preparativos con Judy para trasladar al pequeño de Christchurch, en la isla norte, a Napier, en la isla sur.

–Pero… ¿cómo lo reconoceré? –le había preguntado Judy, dubitativa. No estaba del todo contenta con la tarea que le habían encomendado, y no por primera vez se preguntó si no se habría sentido obligada a aceptarla. Pero al menos eso le había proporcionado un corto período de alejamiento de Chirstchurch, algo que realmente necesitaba.

Hilda Simmons había sido muy explícita con ella. Y había esbozado una sonrisa burlona cuando le respondió:

–No te preocupes, lo reconocerás enseguida. Ryan Ellison entrará en el aeropuuerto como si fuera su propietario. Todas las mujeres se volverán a mirarlo. Es un hombre que destacaría en medio de una multitud. Supongo que será su éxito el culpable de ese aire de autoconfianza que tiene.

–Pero… ¿cómo es? –había insisitido Judy.

–Alto, de hombros anchos, cabello castaño rojizo. Pero no necesitas preocuparte de que no te reconozca… es a Robin a quien buscará. El hijo de Verna… ¿entiendes?

En aquel preciso instante, la voz de Robin interrumpió sus reflexiones.

–Judy… ¿el tío Ryan es tío mío de verdad, o es como el tío Alan?

La chica se movió incómoda en su asiento.

–Puedes olvidarte del tío Alan –le dijo con firmeza–. Ya no volverás a verlo.

–¿Por qué? –inquirió sorprendido.

–Porque no es una persona de fiar –se obligó a permanecer tranquila–, así que, por favor, no vuelvas a mencionar su nombre… nunca más. En cuanto al tío Ryan… no estoy segura de que sea tu tío de verdad –se daba cuenta de que el niño sabía muy poco de sus parientes, y de que por alguna razón su madre y su abuela le habían educado en un ambiente demasiado protegido, a salvo de todo riesgo–. Es posible que «tío» sólo sea un título de cortesía –añadió.

–¿Qué es «cortesía»?

–«Cortés» significa «educado», «amable» –le explicó con tono paciente–. Como tú sólo tienes seis años, y él es un hombre maduro, es más cortés que le llames «tío».

–¿Tú también eres madura, Judy?

–Con veintitrés años debería serlo –sonrió–, aunque estoy empezando seriamente a dudarlo –se preguntó entonces cómo una persona madura habría podido dejarse engañar por un hombre como Alan Draper. Debería haberlo previsto desde el principio.

–¿Iré al colegio en Napier?

–No, querido. Estamos en julio. Los colegios siguen cerrados por las vacaciones de invierno. Tu abuela dice que últimamente has tenido bronquitis, y como Napier es un lugar más cálido que Chirstchurch, pensó que sería prudente alejarte de los vientos de la fría isla. Por eso le pidió al tío Ryan que te dejara pasar algún tiempo con él.

–¿Qué es «bronquitis»?

–Una tos de pecho muy fuerte. ¿No la has tenido?

El crío negó con la cabeza, y Judy frunció el ceño, pensativa. Veía mucho a Robin. Prácticamente todos los días se escabullía por el agujero de la valla que dividía la propiedad de su abuela y la de los padres de Judy, y sin embargo ella no había percibido en ningún momento que tuviera bronquitis. Por el contrario, parecía disfrutar de una salud excelente aquel chico que devoraba las galletas y los zumos de naranja que tan a menudo Judy le ofrecía. De hecho, era su amabilidad hacia aquel chico lo que la había colocado en su presente situación.

Un día, sentado en la cocina con ella, Robin le había dicho con toda naturalidad:

–Mi abuela está muy, muy enfadada. Está tan enfadada que está a punto de llorar.

Judy lo había mirado asombrada. Podía imaginar a Hilda Simmons enfadándose, pero que estuviera al borde de las lágrimas era algo imposible de concebir. ¿Debería ofrecerle su ayuda? Al mismo tiempo vacilaba, temiendo que Hilda lo interpretara como una intromisión en sus asuntos privados. Y sin embargo la idea de que estuviera tan disgustada la afectaba mucho, sobre todo cuando era una viuda de edad avanzada cuya hija, la madre de Robin, se hallaba ausente.

–¿Por qué está así tu abuela?

–Porque la señora Fulton no va a hacer lo que ella quiere que haga.

–¿Podría ayudarla yo de alguna manera?

–No sé…

Judy tomó una decisión en aquel momento. En un impulso, le dijo a Robin:

–Termínate el refresco, que vamos a ir a ver a tu abuela.

Robin no había exagerado sobre el grado de disgusto de su abuela.

–Robin me ha dicho que quizá necesite que la ayuden… –empezó a decir Judy.

–¡Oh, desde luego que necesito ayuda! –exclamó Hilda Simmons. Era una mujer alta y fuerte, de dominante aspecto. Habitualmente la gente terminaba por hacer lo que ella le exigía, pero en aquel caso no parecía haber tenido mucho éxito–. Esa Fulton me ha dejado en la estacada –continuó con tono dolido–. Es una de mis compañeras de bridge. Iba a ir a Napier y me había prometido que se llevaría a Tony con ella. Iba a dejarlo con Ryan… pero ahora ha tenido que cancelar su viaje.

Judy se había preguntado quién era aquel Ryan, justo cuando Hilda pasaba a descargar su ira sobre su hija:

–Verna ha sido muy egoísta al irse a esquiar al comienzo de las vacaciones –se quejó–. No tiene ningún derecho a cargarme con la responsabilidad de Robin. Ella sabe que su comportamiento me está sobrepasando. Sabe que no puedo permitirme que mis actividades resulten afectadas a causa de un crío tan sumamente travieso…

Aquellas últimas palabras fueron acompañadas de una sombría mirada hacia Robin, que la escuchaba con gesto hosco.

–Sería horrible que le diera una de sus rabietas delante de mis compañeras de bridge –añadió Hilda, realmente horrorizada ante aquella perspectiva.

Judy no respondió. Tenía a Hilda Simmons por una mujer capaz de enfrentarse a cualquier cosa. Ni siquiera encontraba difícil imaginársela descargando la responsabilidad de Robin sobre cualquier otra persona. En cuanto a sus «actividades», apenas abarcaban las partidas vespertinas de bridge que reportaban unos pocos dólares a obras de caridad. Pero incluso así, las siguientes palabras de Hilda no pudieron menos que impresionarla:

–Bueno… antes me preguntaste si había algo en que pudieras ayudarme. Pues sí, hay algo. Podrías llevarte a Robin a Napier y dejarlo con Ryan Ellison.

–¿Yo?

–Te pagaría, por supuesto. Eso te vendría bien, teniendo en cuenta que ahora mismo no estás trabajando. Me sentiría muy tranquila sabiendo que está a salvo con Ryan.

–¿«A salvo»? ¿De qué?

Pero Hilda ignoró su pregunta:

–No le dejes que hable con desconocidos. Hay gente tan peligrosa por ahí…

–Creo que se está preocupando de manera innecesaria, señora Simmons. Las azafatas harán ese trabajo. Hoy día viajan muchos niños solos a su cuidado. Son de toda confianza y…

–Pero Robin no las conoce, mientras que a ti sí –replicó Hilda, apretando sus finos labios y haciendo gala de una maternal preocupación que en ella resultaba insólita.

–Muy bien, me lo llevaré –suspiró Judy–. No empezaré a buscar trabajo hasta que vuelva a Christchurch.

–Gracias, querida –repuso aliviada Hilda–. Y no te olvides de advertirle a Ryan de lo que pasa cuando el chico se pone así… Ya sabes lo que quiero decir…

Hilda ya se había levantado y miraba pensativa a Judy, recorriendo con sus ojos oscuros su encantador rostro, con su nariz recta y sus labios gruesos. La melena rubia que se le rizaba alrededor de los hombros la hacía parecer aún más joven, con los escasos veintitrés años que tenía, y casi como si hubiera sido consciente por primera vez de su belleza, la mujer mayor le dijo con firmeza:

–Por supuesto, no habrá ninguna necesidad de que te quedes en Napier. El ama de llaves de Ryan se hará cargo de Robin tan pronto como él se acostumbre a ella. Así podrás regresar al día siguiente.

–¿Sí? Pero… ¿quién traerá a Robin de vuelta a casa?

–Verna, naturalmente. Ya es hora de que reanude el contacto con Ryan. De hecho, hace «años»que debería haberse casado con ella –en los ojos de Hilda chispeó un brillo de furia–. ¿Pero lo ha hecho? No; para nada. Según su ama de llaves, está absolutamente dedicado a su negocio agrícola y se ha convertido en un auténtico terrateniente. Me dijo que es difícil saber si es él quien posee la tierra, o si la tierra lo posee a él. También me dijo que su casa tiene tanta vida social como la cueva de un ermitaño. Pero, por supuesto, Verna se encargará de cambiar todo eso.

Robin interrumpió en aquel momento los recuerdos de Judy:

–No creo que el tío Ryan se alegre de que vayamos a quedarnos con él. Por eso no ha venido a buscarnos.

–¿Por qué dices eso? –lo miró curiosa.

–Porque la abuela puso muy mala cara cuando habló con él por teléfono. Estaba enfadadísima. Y creo que el tío Ryan también. Judy –la miró suplicante–, ¿podríamos volver a casa… ahora?

–No, querido, me temo que eso es imposible. Al menos, hoy no. Pero si el tío Ryan sigue enfadado con nosotros, regresaremos muy pronto –le prometió.

Pero ya para entonces el aeropuerto se estaba vaciando de gente. Los equipajes ya habían sido recogidos, y fue en ese momento cuando Judy empezó a ser consciente del hombre que permanecía de pie observándolos. Debía de tener unos treinta años, mediría más de un metro ochenta y tenía los brazos cruzados sobre su ancho pecho. Sus miradas se encontraron durante varios segundos mientras el instinto le decía a Judy que aquel tipo era Ryan Ellison: un hombre que habría destacado en medio de una multitud, según Hilda Simmons. Aun así, no había esperado que fuera tan guapo, y mientras lo veía avanzar hacia ella, de pronto sintió que le flaqueaban las piernas. Sus ojos verdes barrieron su figura, y cuando habló, lo hizo con un tono vibrante, profundo:

–¿No será usted la señora Fulton, y este pequeño Robin Bryant?

–¿Yo la señora Fulton? No… me llamo Judith Arledge. Pero éste es Robin… supongo que usted será el señor Ellison –mientras él asentía, Judy continuó explicándole–: La señora Fulton no podía venir a Napier, así que convine con la señora Simmons en que yo traería a Robin. ¿No le informó del cambio de planes?

–Desde luego que no –respondió con tono tenso.

–¿Hay algún problema con eso? –preguntó Judy, observando preocupada su gesto ceñudo.

–Es posible… a no ser que tenga usted amigos en Napier en cuya casa pueda quedarse. Sin embargo, ya hablaremos de ello después. Supongo que habrá traído maletas –recogió el maletín de Judy y se dirigió luego a la sala de recogida del equipaje.

Tomando a Robin de la mano, Judy lo siguió, deprimida. La señora Fulton habría dejado al niño con aquel hombre y después habría seguido su camino, mientras que se esperaba que ella se quedara con él al menos la primera noche. Su depresión no hizo más que acentuarse mientras identificaba sus dos maletas, pero intentó sobreponerse diciendo que estaba exagerando las cosas.

Poco después se hallaban a bordo de su todoterreno, y apenas hablaron mientras Ryan los llevaba a través del puerto, donde estaba anclado un buen número de yates. Tras pasar por una pequeña zona comercial, continuaron por la carretera de la costa, bordeada por una estecha fila de casas.

Ryan detuvo el vehículo frente a una blanca mansión de dos pisos, situada frente a la bahía. Un garaje ocupaba gran parte del piso bajo, y en vez de jardín contaba con una zona de aparcamiento suficiente para dar cabida a varios coches. La austeridad de su diseño contrastaba con el colorido de las flores que decoraban las ventanas.

Ryan apagó el motor, pero en vez de salir del todoterreno se volvió hacia Judy:

–Señorita Arledge… todavía no me ha explicado su situación –le recordó con tono suave–. ¿Tiene o no sitio donde alojarse en Napier?

–No, me temo que no…

–¿Quiere decir que espera quedarse en mi casa? –le preguntó él, apretando los labios–. ¿Es eso lo que está intentando decirme? –al ver que asentía, añadió–: Bueno, debo decir que esto supone un inesperado giro de acontecimientos.

–Soy consciente de que supongo una molestia para usted, señor Ellison –le dijo Judy con franqueza– pero, sinceramente, me gustaría saber qué es lo que he hecho para ganarme su hostilidad.

–Por favor, comprenda que no se trata de nada personal. Es sólo que no pensaba que tendría que ofrecerle mi hospitalidad a una joven como usted.

–¿Se puede saber qué es lo que le molesta de mí? –preguntó con un brillo de indignación en sus ojos azules.

–Muchas cosas –le espetó él–. Es usted demasiado atractiva para quedarse en una casa a solas con un hombre y un niño pequeño. No hay mujeres jóvenes viviendo en mi casa… y no quiero que eso cambie.

–Entiendo –repuso Judy con tono suave–. Eso podría molestar a su novia, ¿no?

–No exactamente.

–Pero de todas formas no estaríamos solos –argumentó ella–. Usted tiene un ama de llaves. La señora Simmons me lo dijo.

–Hilda Simmons, o «el ogro», como yo prefiero llamarla, estaba equivocada. Kate Coster, la señora que se encarga del mantenimiento de mi casa, vive aquí al lado. No vive conmigo.

–Oh, comprendo…

En ese momento oyeron la voz triste de Robin, sentado atrás.

–¿No quieres que nos quedemos contigo, tío Ryan?

Ryan dirigió una mirada de alarma sobre su hombro, como si por un momento se hubiera olvidado de la presencia del niño.

–Claro que sí –se apresuró a decir–. Lo que pasa es que hay veces en que surgen invonvenientes y…

–Tío Ryan, ¿tienes cuarto de baño en tu casa?

–Claro, amiguito. Vamos dentro –y volviéndose hacia Judy, le dijo–: Continuaremos luego con esta conversación… antes de que se marche. Quizá pueda usted arrojar alguna luz sobre uno o dos temas que me han estado preocupando.

Judy no hizo ningún comentario. Mientras bajaban del todoterreno y se dirigían hacia la puerta principal, advirtió que Ryan llevaba la maleta de Robin, pero que había dejado la suya dentro del vehículo; resultaba más que evidente que no deseaba que se quedara en su casa y que tenía intención de buscarle otro alojamiento. Aquello le provocó una punzada de decepción, pero se las arregló para disimularlo mientras lo seguía escaleras arriba, hacia las habitaciones.

Una vez satisfecha la urgente necesidad de Robin, Ryan lo llevó a la más pequeña de las cuatro habitaciones que se abrían al pasillo. Tenía una cama individual con mesilla, tocador y un armario empotrado.

–Tío Ryan… ¿tienes juguetes?

–¿Esperabas encontrarlos aquí? –le preguntó a su vez Ryan, algo sorprendido.

–Pues sí…

–Mañana visitaremos algunas tiendas a ver lo que podemos encontrar.

–¿Y Judy… vendrá con nosotros? –inquirió Robin, ansioso.

–Ya veremos. La señorita Arledge probablemente esté ocupada haciendo otras cosas.

Judy se volvió para hacer que miraba por la ventana. No tenía ninguna duda sobre lo que aquel hombre esperaba que hiciera al día siguiente: tomar el primer avión para Christchurch. Se mordió el labio, torturada por aquella sensación de rechazo que no podía evitar. Por supuesto, si volvía a Christchurch con tanta rapidez no haría más que lo que la dictatorial Hilda Simmons había decretado. Pero nunca antes había estado en la ciudad costera de Napier, y ya que estaba allí sentía muchas ganas de conocerla.

Se apresuró a decirse que aquello nada tenía que ver con Ryan Ellison. Su reciente experiencia con Alan Draper la había vacunado contra los hombres. Aunque tenía que admitir que había algo en aquel hombre en particular que la interesaba: algo que le hacía sentir que sería agradable llegar a conocerlo un poco mejor, eso si lograba superar su inicial hostilidad. Pero Ryan interrumpió sus reflexiones:

–Puedo oír a la señorita Coster en la cocina. Probablemente esté preparando el té –guió a Judy al salón, que tenía un comedor contiguo comunicado con la cocina a través de un arco.

Kate Coster salió a conocer a Judy. Era una mujer alta y enjuta, de cabello cano y aspecto austero. Una expresión de sorpresa se dibujó en su rostro cuando reparó en la juvenil apariencia de Judy, con sus grandes ojos azules y su melena rubia y ondulada, de reflejos dorados.

–No es la señora Fulton, Kate. Es la señorita Judith Arledge.

Judy sonrió y le tendió la mano.

–Todo el mundo me llama Judy.

Pero Kate Coster ignoró su mano tendida y pronunció con tono cortante:

–Bueno, debo decir que no esperaba encontrarme con alguien como usted, que parece estar todavía en sexto curso de instituto, o haberlo acabado hace poco.

–Kate trabajaba de profesora antes de jubilarse –explicó Ryan, sonriendo levemente.

–Sí. Y sé perfectamente cómo tratar a los niños, sobre todo a los traviesos –lanzó una fría mirada a Robin, que a su vez la miraba con aprensión–. Así que ha venido aquí a pasar las vacaciones escolares. Espero que sea un buen chico.

–Sí, claro que lo es –repuso Judy, consciente de la creciente tensión del niño.

–Ven y habla conmigo, Robin –le ordenó Kate con tono autoritario.

–No… no quiero –replicó el niño, escondiéndose detrás de Judy y enterrando el rostro en su falda.

–Simplemente ignórelo hasta que llegue a conocerla mejor –le advirtió Ryan a Kate, algo impaciente–. El caso es que tengo un problema. No había pensado en ello antes, pero es obvio que necesito a una mujer que cuide de Robin mientras esté aquí. Alguien más madura que la señorita Arledge que, como bien ha advertido, parece recién salida del instituto.

Sus palabras surtieron su efecto sobre Judy:

–Señor Ellison –lo miró furiosa–, soy perfectamente capaz de cuidar de Robin.

–No he dicho que no lo fuera.

–¿Entonces qué está usted diciendo? Por favor, explíquese.

–Ya se lo he dicho –le espetó él–. Sin embargo, se lo repetiré. La situación es ésta: no tengo ningún deseo de tener a una joven como usted viviendo en mi casa. ¿Está claro?

–Perfectamente claro… aunque sigo sin comprender qué es lo que puede temer de mí –repuso Judy con fría dignidad, y suspiró profundamente–. Entonces, ¿qué es lo que va a hacer respecto a Robin?

–Supongo que le pediré ayuda a la señorita Coster –respondió Ryan, volviéndose hacia ella–. ¿Querrá hacerlo, Kate? Puede quedarse aquí o llevárselo a su casa.

Kate Coster pareció tan asombrada de su sugerencia que por un momento sólo pudo mirarlo fijamente. Luego frunció el ceño, en silencio.

–La compensaré adecuadamente, Kate –intentó persuadirla Ryan–. Ya sabe que puedo llegar a ser muy generoso.

–Oh, sí, desde luego –admitió Kate–. Oh, bueno, yo… supongo que lo haré –dijo reacia–. pero tendrá que ser un niño muy bueno y hacer todo lo que yo le diga al momento. No toleraré la más mínima desobediencia. ¿Entiendes, Robin? –y miró al niño con expresión amenazadora.

Judy estaba consternada de las maneras y de la actitud de Kate. Podría haber trabajado de profesora, pero aquella no era forma de tratar a los niños, sobre todo a Robin, y ni por un momento pensó en dejarlo a su cuidado. Pero el niño había quedado a cargo de Ryan; ella misma se lo había entregado. Y como Ryan no tenía deseo alguno de que se quedara en su casa, la situación se había tornado ciertamente problemática.

–Yo no quiero que me dejen con ella –sollozó en aquel momento Robin.

–Bueno, todo arreglado, entonces –dijo Ryan con tono satisfecho, ignorando sus protestas–. Kate se encargará de él. Estoy seguro de que todo saldrá bien. Bueno, Kate… es todo tuyo.

–No…no…no… –gritaba Robin agarrándose a Judy.

–Deja inmediatamente de hacer tonterías –le espetó Kate.

–No me dejes, Judy –susurraba entre sollozos–. Por favor, Judy… no me dejes con ella.

Judy había empezado a desesperarse mientras abrazaba al niño en su esfuerzo por reconfortarlo. Sintiéndose terriblemente impotente dirigió una mirada a Ryan por encima de la cabecita del niño, que no dejaba de llorar.

–Señor Ellison… ¿sería demasiado pedirle que me dijera qué planes tiene en mente para mí? Sabiendo que tiene intención de echarme de su casa, ¿piensa lanzarme a la carretera o directamente al agua?

–Nada tan drástico, señorita Arledge –repuso con frialdad–. Si se acerca a la ventana podrá ver dónde dormirá esta noche. No está lejos de aquí –atravesó la habitación y esperó a que se reuniera con ella.

Judy ya había advertido que la mayor parte de las ventanas daban al mar. Sin dejar solo a Robin, se acercó a donde estaba Ryan. Él le señaló dos anchos edificios situados cerca del muelle y rodeados de jardines.

–El primer edificio es un motel –le explicó–, y el segundo es su restaurante. Si el motel no tiene habitaciones libres encontrará una en otra parte, y mañana me encargaré de que regrese a Christchurch. No hay necesidad de que se preocupe por nada. Robin estará perfectamente con Kate.

Al oír aquello Robin empezó nuevamente a sollozar.

–Quiero estar con Judy, no quiero estar con… esa otra. No me gusta. Es mala y gruñona.

–¿No te dije que dejaras de decir tonterías? –le gritó Kate–. Ven conmigo para que te lave la cara y las manos –atravesó la habitación y lo agarró de un brazo, con la intención de separarlo de Judy.

Pero su acción tuvo directos resultados. Robin dio comienzo a una de sus famosas rabietas, algo que Judy había temido desde el principio. Sus sollozos se convirtieron en terribles gritos mientras se retorcía convulsivamente para liberarse de Kate. La golpeó con sus pequeños puños, y le propinó además una fuerte patada en la espinilla con su pesado zapato de invierno. Kate chilló entonces, horrorizada:

–¡Pequeño monstruo! Nunca había visto antes una rabieta parecida.

–Es verdad –le informó Judy tranquilamente–. A Robien se le dan muy bien las rabietas. Y yo he visto bastantes.

–Diablos… ¿es que no puede hacerlo callar? –gritó Ryan, pero su tono terminó por agotar la paciencia de la joven.

–Ahora escúcheme bien, Ryan Ellison –se las arregló para hacerse oír por encima de los sollozos del niño–. Robin está bajo mi responsabilidad, y no voy a abandonarlo si no está contento. Si me voy a un motel, él vendrá conmigo. ¿Está claro? Encárguese usted de explicárselo a su abuela –se ruborizó mientras estrechaba a Robin contra su pecho.

Como si fuera un truco de magia, sus palabras lograron acallar de inmediato al chico.

–Prométemelo, Judy. ¿Me prometes que no me abandonarás? ¿Me lo prometes, me lo pro…?

–Sí, querido, te lo prometo –abrió su bolso para sacar unos pañuelos de papel–. Límpiate las lágrimas y suénate la nariz… así, buen chico. Y no vuelvas a montar una escena.

–Al menos usted parece capaz de controlarlo –comentó Ryan sin disimular su alivio.

Kate se miró la espinilla, y preguntó con tono agresivo:

–¿Con cuánta frecuencia le dan esas rabietas?

–Sólo cuando se siente en peligro. Si me disculpa mi franqueza, tengo que decirle que su actitud hacia Robin ha sido dura y autoritaria sin ningún motivo ni excusa. Eso le ha hecho sentirse inseguro y asustado. Cualquiera que esté acostumbrado a tratar con niños pequeños se habría dado cuenta de que ha tenido un día largo y difícil. Después de todo, sólo tiene seis años.

–Es verdad; la criatura ha tenido un día muy ajetreado –murmuró Ryan con un tono mucho más suave, pero Judy continuó disculpando a Robin:

–Y eso no es todo. Usted, señor Ellison, no ha ocultado en ningún momento que no me quiere en su casa. Eso lo ha molestado profundamente, porque yo soy el único lazo seguro que tiene. Si acepto su plan y me marcho de aquí, el niño seguirá llorando durante la mayor parte de la tarde. Y cuando se agote y se meta en la cama, es seguro que la mojará… ¡y no me estoy refirendo a las lágrimas!

–¡Oh, Dios mío, eso sí que no podré soportarlo! –exclamó Kate, horrorizada, mirando a Ryan con patética expresión–. Lo siento, creo que no podré hacerme cargo del niño; soy demasiado mayor. Me temo que tendrá que buscar otra solución…

–Vale, vale, Kate –repuso Ryan con tono irritado–. Supongo que la señorita Arledge tendrá que quedarse aquí, después de todo –añadió suspirando.

Judy lo miró desdeñosa mientras se preguntaba qué diablos podría haberle inducido a pensar que le gustaría llegar a conocer mejor a aquel hombre.

–Muchísimas gracias por el encanto y calidez de su invitación, señor Ellison. Sin embargo, puedo asegurarle que quedarme aquí es lo último que desearía hacer.

Ryan la miró ceñudo, esbozando una mueca.

–Entonces… ¿cuáles son sus intenciones?

Sintiéndose repentinamente agotada, Judy respondió: