Un paso adelante - Vivienne Wallington - E-Book
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Un paso adelante E-Book

Vivienne Wallington

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Beschreibung

Aquello era una traición en toda regla. Una aventura que había destrozado sus familias y los había dejado a ellos dos con la difícil tarea de recomponerlas después del trágico accidente que les había revelado la verdad. Un viudo y una viuda que no tenían el menor deseo de que hubiera relación alguna entre ellos. Pero sus hijos ya eran amigos antes de... Mardi Sinclair estaba sola y tenía que cuidar de su hijo y de su abuelo, mientras que Cain Templar luchaba para conseguir salir adelante como padre soltero. Acabaron casándose solo para satisfacer las necesidades de sus hijos. ¿Harían sus propias necesidades que se dieran cuenta de que lo que había entre ellos era amor?

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Seitenzahl: 177

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2002 Vivienne Wallington

© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un paso adelante, n.º 1733 - enero 2016

Título original: Kindergarten Cupid

Publicada originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres.

Publicada en español en 2002

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-8015-3

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

DESDE la cocina, Mardi Sinclair miraba a su hijo Nicky, que estaba en el jardín trasero jugando con Scoots, el labrador negro al que adoraba. Ella se preguntaba cómo podría soportar el hecho de apartar a su hijo de la casa y del jardín en el que siempre había vivido. Pero no tenía más opciones. Había vendido la casa y tenía un mes para encontrar otro sitio donde vivir, un sitio más pequeño, en una zona más barata. Una casa o un piso para alquilar, no para comprar.

Con un hijo de cinco años, un abuelo enfermo y un perro enorme, no iba a resultarle fácil.

Al ver que las gafas de su hijo salían despedidas mientras el pequeño se revolcaba por la hierba con el perro, Mardi contuvo la respiración:

«¡Oh, no, otro par de gafas rotas no!»

Mardi se apresuró a salir al jardín.

Pero Nicky ya estaba poniéndose las gafas otra vez.

–No se han roto, mamá –la miró con una sonrisa triunfal. En un principio, el pequeño odiaba llevar gafas, pero después se acostumbró y comenzó a llevarlas con orgullo.

Y Mardi estaba orgullosa de su hijo. Lo adoraba. Su astigmatismo había mejorado mucho y, según el oftalmólogo, en unos años podría dejar de necesitar gafas. Y quizá también las infecciones de amígdalas pasaran a la historia.

Lo tomó en brazos y lo abrazó con fuerza.

–Muy bien, cariño. Eso es magnífico.

–Mamá... –Nicky le preguntó con mirada de súplica–. ¿Podemos invitar a Ben mañana?

Mardi sintió que se le encogía el corazón. Había perdido la cuenta de las veces que Nicky había preguntado por su amigo Benjamin Templar. Lo hacía desde que su padre murió y la guardería había cerrado durante las vacaciones de verano. Cada vez que preguntaba por él, ella inventaba una excusa. Y esa vez hizo lo mismo.

–Tenemos que buscar una casa nueva –había intentado explicarle que, puesto que su padre se había ido al cielo, ya no podían mantener una casa con jardín. Pero era algo difícil de comprender para un niño de cinco años–. Intentaremos encontrar una casa cerca de un parque, donde Scoots y tú podáis correr.

–¿Y Ben podrá venir al parque con nosotros? –preguntó Nicky.

Mardi suspiró. Ben, siempre Ben. Desde el día que comenzó a ir a la guardería Saint Mark’s, después de que se mudaran a la casa nueva el pasado agosto, los dos niños habían sido inseparables. Ben, que era tres meses mayor y un poco más alto que Nicky, había tomado un papel protector hacia él y lo defendía de las bromas y burlas de los otros niños. Y Nicky, que era muy avispado, a menudo había evitado que Ben se metiera en problemas. Los niños mantenían una sólida amistad y ambos esperaban con nerviosismo el momento de ir juntos a la escuela. ¿Quién cuidaría de su hijo cuando lo cambiara de colegio?

–Mira, ¿por qué no vas a preguntarle al abuelo si quiere jugar contigo antes de cenar? –Mardi había descubierto que, a veces, entretener a Nicky servía para que dejara de pensar en Ben Templar.

–El abuelo se ha quedado dormido.

–Bueno, de todos modos es hora de darte un baño –dijo ella, y frunció el ceño al oír el timbre de la puerta–. Oh, cielos, ¿quién será a estas horas? –esperaba que no fuera el agente inmobiliario. No era el momento de hablar del precio de las casas de alquiler, tenía que sacar del horno la tarta de zanahoria y el pastel de queso–. Vigila a Scoots, Nicky. Voy a ver quién es.

En lugar de entrar en la casa para abrir la puerta, la rodeó por el jardín y subió las escaleras que llegaban al porche delantero. Llevaban menos de seis meses en aquella casa y ya tenían que marcharse.

Al ver que el que había llamado a la puerta no era el agente inmobiliario sino un apuesto hombre de cabello oscuro vestido con un elegante traje, se sorprendió.

El hombre se volvió para mirarla y ella se percató de que tenía unos bonitos ojos azules y un mentón prominente.

Era él.El hombre con el que estuvo a punto de chocarse hacía unos meses en la guardería... «Otro padre que ha venido a dejar a su hijo», había pensado. ¿Cómo iba a olvidarse de esos ojos y de ese rostro? ¿O de la reacción que había tenido al verlo?

Cuando él se echó a un lado, sus miradas se cruzaron y, en ese mismo instante, ella sintió una fuerte atracción sexual. Algo que nunca había sentido antes, ni siquiera en los días más felices que pasó con Darrell.

Se sonrojó al recordar ese momento.

Y allí estaba él, en su casa. Tenía el mismo aspecto que aquella inolvidable mañana, una mirada fascinante, las cejas espesas, la boca sensual y las espaldas más anchas que había visto nunca. Estaba muy sexy y vestía un traje de diseño, con mucho estilo.

¿Qué estaba haciendo allí? Mardi trató de buscar respuestas a esa pregunta. Esa vez tampoco iba acompañado de ningún niño. Quizá, después de todo, no fuera el padre de uno de los niños de la guardería, sino un profesor de Saint Mark’s. No podía ser un profesor de la guardería porque ella los conocía a todos, pero sí uno de la escuela de primaria, a la que Nicky debería asistir en unas semanas.

Mardi todavía no había informado a la escuela de que había vendido la casa ni de que iban a mudarse a otro barrio, demasiado lejos como para que Nicky continuara en el mismo colegio.

La amarga realidad era que no podía permitirse que su hijo continuara asistiendo a un colegio privado. Tendría que enviar a Nicky al colegio público de la zona a la que se mudaran, y Mardi tendría que buscarse un empleo a jornada completa... No podían sobrevivir con lo que ella ganaba el año anterior, trabajando dos días a la semana en la secretaría de una escuela para niñas.

–¿Señora Sinclair? –dijo él rompiendo el silencio.

Mardi tragó saliva. Deseaba no estar tan nerviosa ni tan desastrada, con los pantalones llenos de harina. Era posible que también tuviera harina en las mejillas y el pelo.

Asintió, tratando de mantener la dignidad. Al parecer, aquel hombre no la reconocía después del fugaz encuentro que habían tenido el pasado septiembre. No era de extrañar, aquel día ella iba bien vestida y aseada, preparada para ir al trabajo.

–Mardi –dijo ella con voz un poco temblorosa.

Él asintió. Mardi pensó que su mirada transmitía algo de ternura, a pesar de que el tono de su voz había sido cortés, pero no amistoso. Tenía la sensación de que el hombre hacía un esfuerzo por ser agradable.

–Soy Cain Templar –dijo él. Era lo último que ella podía imaginar–. He venido por mi hijo, Benjamin.

Ella lo miró. ¿Era el padre de Benjamin Templar? ¿Ben, el mejor amigo de su hijo Nicky? O el que había sido su mejor amigo antes de que la tragedia afectara a los dos niños a finales de noviembre, separándolos y sacando a la luz unos hechos que hicieron que a Mardi se le derrumbara el mundo. Quizá también podía haberle partido el corazón, de no ser porque su marido ya se había ocupado de borrar todo lo que ella sentía por él durante los meses previos a su muerte.

Antes de que ninguno pudiera decir nada más, Scoots subió las escaleras del porche delante de Nicky y recibió al extraño con mucho entusiasmo. Tanto, que después de mover el rabo de un lado a otro, se puso en dos patas y apoyó las delanteras en los hombros de Cain Templar, para después lamerle la cara.

–Ya vale, ya, ¡ya puedes bajarte! –dijo el hombre con exasperación. Dio un paso atrás, pero Scoots no le hizo caso.

–¿No le gustan los perros? –dijo Mardi, preguntándose si sería como su marido, Darrell. Él solo había soportado a Scoots por su hijo Nicky.

–Los perros bien educados –dijo él tratando de evitar el lametazo de Scoots–. ¿Nunca ha pensado en llevar a este chucho a un centro de entrenamiento para perros?

–A Scoots lo he entrenado yo –dijo Mardi alzando la barbilla–. Se tranquilizará dentro de un momento. Solo está comprobando cómo es usted. Debe de caerle bien. No salta sobre todo el mundo. Si no le cayera bien, estaría gruñendo –dijo, y después se dirigió al perro–. ¡Ya basta, Scoots! Nicky, llévalo a la parte de atrás antes de que le estropee el traje a este señor –tuvo cuidado de no mencionar su nombre–. Y cierra la verja cuando salgas.

Sintió cierta satisfacción al pensar que el perro podía arruinar el traje de Cain Templar. Quizá porque le recordaba a los trajes caros que usaba Darrell y a muchas otras de sus extravagancias. Extravagancias que habían dejado a su viuda y a su hijo sin un centavo y llenos de deudas.

–Estoy seguro de que puedo recuperarlo –dijo Cain Templar sacudiéndose el traje.

«Y estoy segura de que puede comprarse otro igual», pensó Mardi. Aunque se preguntaba si realmente podría permitirse comprar trajes tan caros, o si era como Darrell, que vivía por encima de sus posibilidades.

Claro que él no era así. Él era Cain Templar, el auténtico y adinerado ejecutivo de un banco cuya esposa había tenido una aventura con su marido, Darrell. Y la casa de los Templar, a la que Darrell, el abogado ambicioso e insaciable, había ido muchas veces y de la que hablaba maravillas, era una magnífica mansión situada junto al mar en uno de los mejores barrios de Sidney.

Mardi se volvió para mirar cómo Nicky y Scoots desaparecían por el lateral de la casa. Aquel hombre era un insensato por ir allí. Su esposa había arruinado su vida, ¡y la de su hijo!

Mardi frunció el ceño. ¡Si no se hubiera puesto enferma con la gripe el pasado mes de septiembre! La primera vez que Darrell vio a Sylvia Templar fue la mañana en que llevó a Nicky a la guardería por primera vez. Mardi recordaba que Darrell le había contado que el marido de Sylvia se había marchado de viaje de negocios por dos meses. ¡Qué propicio resultó ser!

Desde el momento en que la vio, Darrell hablaba abiertamente de lo guapa que era la madre de Benjamin y de la esposa tan perfecta que demostraba ser... una gran ayuda para su marido y para su profesión de ejecutivo de banca.

–Debería ser el modelo para otras esposas. Siempre va impecable y bien vestida, es la anfitriona perfecta... y conoce a todo el mundo. A todo el mundo importante, claro está. Podrías aprender mucho de ella.

«Sí..., como por ejemplo la manera de coquetear con los maridos de otras mujeres.»

Darrell había fomentado que su hijo tuviera amistad con Ben, el hijo de Sylvia, y los fines de semana invitaba a Benjamin a la casa y permitía que Nicky fuera de visita a la de los Templar.

Por el bien de su hijo, Mardi había intentado ser amable con Sylvia en las pocas ocasiones en que se habían visto, bien cuando Benjamin iba a jugar a su casa, o en las raras ocasiones en las que Darrell celebraba una cena en casa e invitaba a Sylvia y a otros amigos influyentes o compañeros de trabajo. Pero por lo general, preferían cenar fuera de casa. Sin su esposa.

¡Qué ingenua había sido! Ni siquiera cuando Darrell comenzó a ofrecerle a Sylvia asesoramiento legal. Aquello significaba que tenía que verla más a menudo, para comer, o para una cena íntima, o para asistir a los actos benéficos que Sylvia celebraba. Mardi no sospechó nada... o, al menos, intentó no hacerlo. Odiaba la imagen de esposa celosa y, puesto que el marido de Sylvia estaba de viaje, era comprensible, o de eso trataba de convencerse, que Darrell se ocupara más de ella. Al fin y al cabo, era su abogado.

Mirando atrás, era evidente que Darrell se había quedado prendado de la fortuna, glamour y estupendos contactos que tenía Sylvia Templar. Por no decir de su lujosa casa y estilo de vida.

¡Mardi había sido tan inocente! Aún no sabía cuándo la relación amistosa que Darrell mantenía con Sylvia se había convertido en una aventura amorosa. Solo sabía que el último domingo de noviembre, un par de meses después de que ambos se conocieran, su marido y la esposa de Cain Templar habían fallecido juntos en un accidente de coche en Blue Mountains. Una noche en la que supuestamente Darrell regresaba de pasar el fin de semana en una conferencia acerca de la ética en el mundo laboral.

El lujoso BMW que Darrell se había comprado dos meses antes, gracias a un crédito bancario, quedó destrozado y sin posibilidad de reparación.

Ni Mardi ni el padre de Benjamin Templar habían enviado a sus hijos a la guardería en la última semana de curso, ni tampoco habían tratado de reunir a los niños durante las vacaciones de verano. Mardi, por su parte, no quería saber nada de la familia Templar.

Y suponía que Cain Templar debía de sentir lo mismo hacia ella y su familia. Quizá él quisiera mantenerse alejado de ellos, pero su hijo lo había vencido, igual que Nicky había intentado hacer con ella.

¡Pero permitir que los niños volvieran a verse sería un gran error! Pronto Nicky y ella se mudarían de casa, así que ¿por qué hacérselo más difícil?

A regañadientes se volvió y dijo:

–Ha dicho que había venido por Benjamin –lo miró.

–Así es. Mi hijo... –se calló y miró hacia la ventana que estaba abierta–. ¿No huele a quemado?

–¡Oh, diablos! –exclamó ella–. ¡La tarta! ¡El pastel!

Capítulo 2

MARDI tiró los restos quemados de la tarta y del pastel en el fregadero. ¡Se le había estropeado la cena! No podía permitirse desastres como ese.

Corrió a abrir la ventana para que saliera el humo.

–Ha sido culpa mía –Cain Templar se disculpó desde atrás y ella se volvió al percatarse de que la había seguido hasta la cocina.

–Sí, lo es –convino sin amabilidad–. Pero no hay mucho que pueda hacer –se volvió hacia el fregadero. La tarta estaba completamente seca, pero quizá podía quitarle los bordes y ver si el centro todavía estaba comestible.

¡Pero no iba a hacerlo delante de Cain Templar! A alguien con tanto dinero le parecería ridículo tratar de salvar un poco de pastel.

–Oh, seguro que puedo hacer algo –dijo Cain–. Mira, le había prometido a Benjamin que lo llevaría a McDonald’s esta noche –hizo una mueca de desagrado–. No es que me guste el sitio, pero lleva pidiéndome una hamburguesa desde hace mucho y ya no puedo decirle que no. ¿Por qué no nos acompañáis? Ben no deja de hablar de Nicky –añadió cuando ella comenzó a negar con la cabeza–. Sé que el año pasado se hicieron muy amigos en la guardería.

Mardi suspiró.

–Así fue –dijo ella–. Y gracias, señor Templar, pero...

–Llámame Cain –murmuró él.

–Cain. Gracias, pero no tiene por qué sentir lástima de nosotros. Ha sido culpa mía por no sacar a tiempo las cosas del horno. Y de veras, no creo que... –hizo una pausa y movió la mano para quitar el humo–. Mira, aquí no se puede hablar. Vamos a la parte delantera de la casa.

Con suerte, Nicky se quedaría junto a Scoots en el jardín hasta que Cain Templar se hubiera marchado. No era necesario que se enterara de que la persona que había llamado a la puerta era el padre de su mejor amigo.

Cuando se disponían a salir de la cocina, apareció el abuelo de Mardi apoyándose en un bastón.

–¿Qué se está quemando? –preguntó con su débil tono de voz.

–Solo es la tarta y el pastel que tenía en el horno, abuelo. Oh... este es Cain Templar, abuelo. Ha venido a hablar de... negocios. Mi abuelo..., Ernie Williams.

–¿Cómo está, señor?

El hombre soltó una carcajada.

–Hacía mucho tiempo que no me llamaban señor. No me suena bien. Llámame Ernie.

–Vale, Ernie.

Mardi imaginaba que a Cain no le apetecía quedarse allí manteniendo una conversación con su abuelo. A ella tampoco le apetecía que se quedara.

–Abuelo, ¿te importaría llenar la bañera y decirle a Nicky que entre cuando esté lista? –le dijo–. Y por favor, ten cuidado en el baño– lo último que necesitaba era que su abuelo se cayera y se hiciera más daño en la cadera.

–Claro, querida.

Mardi le hizo un gesto a Cain Templar para que saliera de allí. Lo guió hasta el salón y lo hizo pasar. La habitación estaba muy bien amueblada; Darrell se había asegurado de que fuera así. Pero, después del funeral, Mardi se había enterado de que ni los muebles ni la casa le pertenecían. Darrell nunca había llegado a pagarlos y, por tanto, la casa y el mobiliario no le pertenecían.

No invitó a Cain a que se sentara.

–No creo que sea buena idea que Ben y Nicky se vean otra vez –dijo ella sin más preámbulo–. Nos marcharemos dentro de un par de semanas... o menos, si encuentro un sitio antes. Nuestra casa ya la hemos vendido... –pero el dinero se lo había quedado el banco, no ella.

Cain entornó los ojos y la miró durante un largo instante.

–¿Demasiados recuerdos amargos? –preguntó.

Ella se encogió de hombros. Era mejor dejarle creer que ese era el motivo por el que se marchaba. Se aproximaba bastante a la verdad. La casa le evocaba malos recuerdos. Sobre todo la cama de matrimonio de la habitación principal. Darrell había dejado de hacerle el amor en el momento que comenzó a salir con Sylvia Templar. Le daba todo tipo de excusas, como que tenía que trabajar hasta tarde o debía asistir a una cena de negocios. Al principio se disculpaba por dejarla sola tanto tiempo, pero insistía en que lo hacía por ella... por ella y por Nicky. Pero, a medida que pasaron las semanas, Darrell comenzó a estar irritable y a encontrar fallos en todo lo que ella hacía.

Cuando comenzó a compararla con Sylvia Templar, ella perdió la paciencia... y el genio.

–Si es tan perfecta, ¿por qué no te vas a vivir con ella?

Él se llevó las manos a la cabeza.

–Cielos, Mardi, a veces desearía hacerlo. ¡Al menos ella y yo estamos en la misma onda!

Mardi se estremeció y sintió el dolor de la verdad. ¡Su marido se había enamorado de Sylvia Templar! O de lo que ella representaba: dinero, lujos y buenos contactos.

–Así que ¿ya no soy lo bastante buena para ti? –soltó.

–Oh, Mardi, no seas tan ingenua. Te estás volviendo rezongona y aburrida. No necesito ese tipo de fastidios. Necesito una esposa que me apoye, no que me deprima o me controle.

–¿Cuándo he intentado controlarte? Siempre he permitido que hicieras lo que querías para conseguir el éxito en tu vida. He cuidado de la casa y del jardín, y prácticamente he criado a Nicky yo sola. He hecho casi toda nuestra ropa y busqué un trabajo para llegar a fin de mes. Todo con la intención de dejarte el tiempo y el espacio necesarios para que pudieras convertirte en un abogado importante.

–¡Bruja desagradecida! Si no fuera por Nicky... –se calló de pronto y la miró–. ¡Me voy! Un hombre ya no puede ir a casa buscando paz y tranquilidad.

Fue dos semanas después cuando él se marchó a Blue Mountains para la conferencia. Nunca regresó. Y fue entonces cuando la verdad acerca de su doble vida salió a la luz.