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Ella estaba sentada observando el sol que entraba por la ventana, los pájaros que volaban cerca, y podía sentir el aire que susurraba entre los árboles. Observar los sauces que alguna vez alguien había plantado mucho tiempo atrás. Veía los grandes jardines que rodeaban la casa, todo la esperaba afuera y ella no podía tocarlo, sentirlo ni oírlo. Llevaba demasiado en este silencio y se había acostumbrado a cargar con él. Lo aceptaba como un castigo, pero no sabía si era un error o si realmente tenía que pagarlo con su silencio y su encierro. Los días se alargaban y la culpa no la dejaba dormir, se había acostumbrado a ese lugar…
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Seitenzahl: 160
Veröffentlichungsjahr: 2019
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© Un profundo silencio
© Urla A. Poppe
ISBN ePub: 978-84-685-3517-3
Impreso en España
Editado por Bubok Publishing S.L.
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ÍNDICE
I
II
III
IV
V
I
—Buenos días, princesa. ¿Cómo amaneció hoy?
Ella estaba sentada observando el sol que entraba por la ventana, los pájaros que volaban cerca, y podía sentir el aire que susurraba entre los árboles. Observar los sauces que alguna vez alguien había plantado mucho tiempo atrás. Veía los grandes jardines que rodeaban la casa, todo la esperaba afuera y ella no podía tocarlo, sentirlo ni oírlo.
Llevaba demasiado en este silencio y se había acostumbrado a cargar con él. Lo aceptaba como un castigo, pero no sabía si era un error o si realmente tenía que pagarlo con su silencio y su encierro. Los días se alargaban y la culpa no la dejaba dormir, solo poco a poco se había acostumbrado a ese lugar.
Aquella mañana no era sino una más de las mismas mañanas de siempre. Magda había entrado con el desayuno y ella la contemplaba tan llena de vida, tan joven y libre. Admiraba su libertad, su felicidad, que ella había perdido hacía mucho tiempo. Estaba encerrada en un mundo de riqueza, de lujos, de todas las comodidades que quizá Magda también hubiese deseado, mas, ¿de qué le servía, si no podía salir y ver el verdadero tesoro que eran los árboles, los animales y tantas otras cosas que para otros eran simplezas, y que para ella eran lo que más deseaba en el mundo?
Magda era su más fiel sirvienta. La conocía desde muy pequeña y la quería mucho. Se habían criado juntas en la antigua hacienda de su padre y eran de la misma edad. Ella era la única persona que la apoyaba y no la juzgaba por el pasado.
Salvador, su marido, nunca le perdonó una traición y la castigó encerrándola tras esas cuatro paredes, tras ese crudo y frío silencio. Él sabía que ella no lo podía escuchar y tampoco responder. Cada mañana entraba en el cuarto y le preguntaba algo, sólo quería molestarla, hacerla sentir mal.
—Veo que todavía no quiere comer. Se está poniendo muy pálida y eso no me gusta. Quiero que hagas algo, Magda, lo que sea para que vuelva a comer. Si puedes, oblígala. Hoy tengo unos asuntos que atender y creo que voy a llegar muy tarde, así que no me esperéis para cenar.
Cuando se fue, María Celeste se sintió aliviada y se lo hizo notar a Magda, quien se rio discretamente. Al principio no había sido fácil lidiar con ella estando encerrada y sin poder hablar, pero ya estaban acostumbrados a que eso fuera así. Trató de escaparse varias veces y gracias a los ruegos de su madre, Salvador no había puesto barrotes a las ventanas. Todo era en vano, no podía salir de ahí y sentía que se volvía loca; no soportaba el vacío, el encierro. Pero a pesar de todo, ella no odiaba a su marido. Trataba de entenderlo, y cada vez que lo veía, le daba pena porque sabía que no era un mal hombre.
No podía recordar su propia voz ni la de nadie más. Solo podía recordar un sonido, un estruendo en sus oídos que la atormentaba a diario sin dejarla dormir. A veces soñaba con una voz, una voz que hacía mucho que se había perdido en el tiempo. Se quedaba horas recordando su vida, su niñez, sus amores y todo lo que tanto quiso alguna vez y que de lo que ahora no quedaba nada.
Cuando era una niña había sido muy traviesa. Jugaba mucho con su hermano mayor y sus amigos, aunque a veces ellos no querían hacerlo con ella, siempre se hacía respetar. Tuvo que recurrir a los golpes varias veces para poder demostrar que ella era una niña muy valiente y tan fuerte como ellos. Su madre sufría mucho con su carácter. Al no comportarse como las niñas de su edad, le decía constantemente que ella solo había nacido para darle dolores de cabeza.
Vivían en una linda hacienda a las afueras de la ciudad de Lima, en un pequeño pueblo, y su padre se había ganado el cariño de la gente gracias a su trabajo como criador de ganado. María Celeste era una niña muy especial, y en el colegio ninguna de sus compañeras quería juntarse con ella. Decían que parecía más un niño que una niña. Ella no se dejaba insultar y a la mínima ocasión les cogía de los pelos y se los jalaba muy fuerte para que no volviesen a fastidiarla. Pero ella a veces se sentía muy sola y miraba a otras niñas, que no dejaban de contemplarse en el espejo y jugar a cosas que normalmente una niña de su edad haría. No se sentía muy bonita y odiaba cada vez que su madre le peinaba el pelo, tenía muchos rulos.
Adoraba los veranos, como cualquiera, y siempre iban a la playa con su padre y se quedaban con su tía Adelaida, la cual era ya muy anciana y vivía sola con sus perros en una casa muy grande. Su madre siempre le decía que terminaría como ella, sola y rodeada de animales. Era muy rebelde, y nadie creía que llegara a despertar el interés de un hombre.
Un año nuevo empezaba, mas esa vez sería diferente. Había una nueva niña en la escuela, muy tímida y callada. Las niñas la molestaban mucho, al igual que los niños. A María Celeste le daba mucha pena cómo la trataban, no creía que se lo mereciera. Así que la defendió e intentó ser su amiga.
—Oye, ¿cómo te llamas? ¿Por qué eres tan callada?
—¡A ti qué te importa! —Pero eso no alejó a María Celeste, que sabía perfectamente cómo debía de sentirse, así que se sentó a su lado.
—No tienes por qué ser grosera, trato de ser tu amiga.
—No te creo, todos dicen que tú eres muy mala y que me vas a pegar.
—Yo no quiero pegarte, solo lo hago a las que realmente son un fastidio, como las que te dijeron eso. Estás sonriendo. Esa es una buena señal. Ahora dime tu nombre.
—Mi nombre es Fabiana, todos me dicen Fabi.
—Yo soy el sargento Pardo. Lo que pasa es que no me gusta mi nombre, es muy cursi. No te rías, es María Celeste.
—Tienes razón, es muy cursi para ti, pero a mí me gusta.
Las dos se volvieron muy buenas amigas, casi inseparables. Todos estaban felices de que por fin María Celeste tuviera una amiga. Fabi tenía un hermano, Eduardo, que se volvió muy amigo de Antonio, hermano mayor de Mari.
Dos años más tarde nació Daysi, su hermana menor, aunque María Celeste no se llevaba muy bien con ella, ya que era muy engreída e inmadura. María Celeste era muy feliz hasta que las desgracias empezaron a llegar, cuando su hermano Antonio enfermó gravemente. Tenía una enfermedad en los pulmones que no le dejaba respirar bien y los doctores no le daban mucho tiempo de vida. Al poco tiempo, su salud empeoró y cuando ella tenía trece años, él murió sin que nada se pudiese hacer.
La muerte de su hermano los afectó mucho a todos, especialmente a su padre, que había puesto muchas expectativas en su único hijo varón. Su padre era mayor y no quería seguir trabajando, se sentía muy cansado. Pero ahora todas las esperanzas se centraban en las dos pequeñas, sobre todo en María Celeste. Eran muchas preocupaciones para él y tras la muerte de su hijo, se volvió más frío y casi no hablaba con nadie. Aquella muerte los había cambiado a todos para siempre.
María Celeste ya era una señorita, por lo que había que ver la forma de que se casase y asegurara su futuro. Así que su madre decidió que tendría que reformarla y educarla para que fuese toda una dama. Tenía que aprender a sentarse, a saludar correctamente, a sonreír discretamente y a no hablar demasiado, si no solo lo necesario.
Fabiana se reía mucho de ese proceso. Ella no lo necesitaba, siempre fue una niña muy educada. Podía comportarse como una dama y jugar con los varones sin ningún problema, aunque casi no lo hacían, les habían prohibido jugar con ellos, ahora tenían que comportarse como todas unas señoritas.
A sus diecisiete años, las niñas habían cambiado mucho, pero seguían llevando dentro su espíritu de libertad. Iban a asistir a su primera fiesta y así serían presentadas ante la sociedad. Estaban muy nerviosas y no podían disimular la emoción que sentían ante tal acontecimiento.
Cuando llegaron, no podían creer lo que veían. Era un lugar muy elegante y hermoso. Había una orquesta y mucha gente bailando en medio del gran salón. Ellas se quedaron ahí, esperando a sus madres, que habían ido a saludar a otras amigas. En ese momento un muchacho muy alto se acercó a Fabi y la invitó a bailar. Ella no quería dejar sola a María Celeste, pero ella le dijo que no se preocupase. Se la veía radiante y feliz mientras bailaba con aquel muchacho.
María Celeste se quedó mirándola por un rato y luego estuvo observando a otras parejas y a otras chicas de su edad. La música era hermosa y ella estaba disfrutando de cada melodía. Fabi se acercó con el muchacho con el que estaba bailando y con un amigo de este. Su nombre era Salvador, y desde que la vio no dejó de mirarla, lo que a ella le incomodaba un poco, nadie antes la había mirado de ese modo. Insistió en bailar con ella y aceptó. Es cierto que ella había estado rodeada de niños, pero esto era diferente y no entendía por qué.
—Tiene un bonito nombre, es muy angelical —le dijo Salvador mientras bailaban.
—A mí no me gusta, me parece muy cursi. Perdone, no debería decir esas cosas, no es propio de una dama.
—Es usted muy graciosa. No se preocupe y sea usted misma, no intente ser otra persona, eso no es bueno.
Ella sentía que la entendía, pero lo que el futuro le traería sería otra cosa y no lo que aparentaba en ese momento.
Salvador la visitaba casi a diario. Paseaban juntos por los alrededores de la hacienda y hablaban de muchas cosas, de viajes, del mundo. Él había viajado mucho y eso interesaba a María Celeste, puesto que ella nunca había salido de su país. Sus padres no creían que fuera una buena idea, con tantos conflictos y guerras en el pasado.
—Usted conoce muchos lugares para ser tan joven. Yo también espero conocerlos algún día.
—De eso estoy seguro.
El tiempo pasaba y Salvador decidió pedir la mano en matrimonio de María Celeste. Estaba enamorado de ella desde el momento mismo que la vio, de su belleza y su inocencia. Cuando estaba con ella no mostraba mucho sus sentimientos, pero cuando estaba a solas, la extrañaba mucho y esperaba con muchas ansias el día en que la volvería a ver.
La hermana de Salvador se interesó un día por su situación.
—Querido hermano, te noto muy extraño estos últimos días. ¿Sucede algo?
—Hermana, puede que no me entiendas, eres una monja y no sabes lo que es estar enamorado.
—Yo estoy enamorada de mi señor Jesús, y eso sí es amor verdadero. Y no se le habla de esa forma tan despectiva a una hermana de la caridad. Llámame sor Elena.
Salvador le habló sin tapujos.
—Entiendo tu punto de vista, pero yo te hablo de un amor real, un amor a un ser humano.
—Es una buena noticia que estés enamorado, pensé que nunca lo ibas a hacer. Siempre fuiste muy especial con las mujeres. Y dime, ¿quién es la afortunada?
—Es una mujer muy distinta a las demás. Es dulce y a la vez agresiva, no se controla al hablar, le gusta correr y montar a caballo. Es muy completa, una mujer íntegra.
—¿Acaso es de por aquí?
—Es hija de Antonio Pardo, el famoso criador de caballos y ganado. Tiene el nombre más contradictorio que hayas visto, es María Celeste Pardo.
—Ya sé quién es. Es la hija rebelde del señor Pardo.
—Sí, es ella, la rebelde, así es como yo la quiero. Es linda e inteligente y no es hipócrita como otras. No sabría qué hacer si alguien más se fijara en ella y me la quisiera quitar.
—No te pongas tan serio. Si estás comprometido con ella es porque te quiere, y sólo te querrá a ti. Eso no va a pasar si realmente te quiere y tú a ella.
—Sí, voy a organizar una fiesta de compromiso para anunciar a todos mi compromiso y así todos lo sabrán.
—No hables en ese tono, Dios te está bendiciendo con una gran mujer y nadie te la va a quitar. Pero eso sé, ámala y respétala por lo que es y no busques sólo la carne.
Por su parte, Fabiana estaba muy contenta por su amiga. Quería que ella fuese feliz, y sabía que Salvador era el hombre para ella; era muy tranquilo, y eso ayudaría a llevar el carácter de María Celeste.
—Esta vez sí que estás de suerte —le dijo Fabi—. Te has conseguido un hombre bueno y muy rico. El señor De Maradiegue es una buena persona y muy respetado entre los nuevos empresarios. Sus padres son muy buenos, al igual que su hermana, que es una hermana de la caridad.
—¿Monja? —respondió María Celeste—. Pobrecita, no sé cómo puede resistir esa vida. Yo soy muy devota, pero le doy gracias a Dios por todo lo que me da, en especial por mi libertad.
—Salvador, en cambio, no es muy religioso, pero adora a su familia y sé que te va a dar todo lo que quieras. Es un hombre muy culto, le encanta leer e ir a ver obras de teatro y música. Es un poco aburrido para tus gustos, pero te quiere. Ya es hora de que te cases, y él está muy interesado en ti.
—Eso es lo que más me extraña de él, que se haya interesado en mí siendo un hombre tan opuesto. A veces dudo si hago lo correcto.
—No digas esas cosas, que sabes que estás haciendo lo correcto. Él te quiere, se le nota en los ojos cada vez que te mira, ya quisiera yo que me mirasen así. Es cierto que lo he visto pocas veces, pero no se ve un hombre malo, además, es muy amigo de Eduardo, cazan juntos.
—¿Es así como sacas información sobre sus sentimientos?
—Mi fuente de información no es lo importante aquí, yo solo me preocupo por ti y tu felicidad.
Salvador era muy atento con María Celeste y con su familia, la cual, por su parte, estaba encantada con el novio de su hija y se sentía muy aliviada al saber que el futuro de María Celeste estaba asegurado. Le gustaban mucho los niños y siempre jugaba con la pequeña Daysi.
María Celeste lo observaba y pensaba mucho sobre lo que ella sentía por él, no sabía si era amor o un cariño especial. Es cierto que le agradaba su compañía y cada vez que no lo veía, lo extrañaba. Ella quería algo más, pero no sabía qué era lo que realmente deseaba sentir. Ella estaba halagada con que él la cortejara y que le hubiera pedido para que fuese su esposa, aunque, a pesar de eso, sentía que algo faltaba, quizás un poco de emoción.
El día de la pedida oficial de mano se había invitado a toda la familia y algunos amigos de ambos. El acontecimiento se realizó en la casa del novio, una casa muy grande, con muchos cuartos, algo que no le gustaba a María Celeste, que estaba acostumbrada a una hacienda más sencilla, más acogedora. La casa estaba rodeada de árboles que no permitían que entrase el sol, por lo que era muy fría y oscura.
El padre de Salvador era un hombre muy serio y eso la asustaba un poco. Casi no hablaba, y sólo se la pasaba mirando cada paso de su hijo. En cambio, la señora Pardo era todo lo contrario, era muy simpática y habladora. Se reía de cualquier cosa y conversaba con todos los invitados. La madre de Salvador trataba de hablar con ella, pero no entendía ni la mitad de lo que decía. Ella siempre fue muy recatada y muy seria para hablar con cualquiera, así que se limitó a sonreír y aparentar estar bien. Alicia, la hermana de Salvador, llevaba años sirviendo al Señor y se había cambiado el nombre por Elena, nadie sabía por qué. Decía que Dios se le apareció y se lo pidió en sueños. Sus padres estaban muy orgullosos de ella, decían que Dios los bendijo dándoles una hija tan buena y noble.
El señor Pardo congenió muy bien con el señor De Maradiegue y ambos estuvieron toda la noche hablando de política, de Napoleón y de las revoluciones industriales.
—Mi hermano me ha hablado muy bien de ti y dice que eres distinta a otras chicas de tu edad. ¿Es por algún motivo? —le preguntó sor Elena a María Celeste.
—No es que sea diferente —le respondió María Celeste—, es solo que no me gusta hablar de cosas que no sé. Mi madre siempre dice que debo callarme cada vez que hablen de temas que desconozco, y sobre todo si no han pedido mi opinión.
—Debes de estar muy nerviosa, hoy van a anunciar tu compromiso en público…
En ese momento, Salvador pedía a todos que lo atendieran, pues iba a decir unas palabras.
—Por favor, quisiera su atención para lo que voy a decir. Primero, quiero agradecerles esta oportunidad, distinguido público, familiares y amigos, y su presencia. Segundo, quiero brindar por una persona en especial, alguien que cautivó mi corazón desde el momento en que la vi. Esa es María Celeste Pardo, mi prometida. Señor Pardo, con todo el respeto que usted y su familia se merecen, quiero, aquí delante de todos, pedirle a su hija en matrimonio.
El padre de María Celeste levantó la copa y brindaron, festejando el compromiso de los dos. Pero fue justo en ese momento cuando ella empezó a dudar. No sabía si realmente lo quería, si lo amaba lo suficiente como para casarse con él. Estaba llena de sentimientos contradictorios y se quedó callada para no preocupar a nadie.
Después del anuncio oficial del compromiso, las cosas empezaron a cambiar entre ellos. Ella no dejaba que se le acercase demasiado y se sentía muy incómoda cada vez que estaban a solas. Ella, en vez de amarlo, le estaba temiendo.
—Creo que lo tuyo no es amor, es obsesión. Ya ni sales, solo estás pendiente de tu novia y de que no salga sola. Pareces un inseguro, y tú no eras así —le aconsejó su amigo Eduardo en una ocasión.
—Eduardo, no me digas eso —le pidió Salvador—. Eso son tonterías. Yo la amo, eso es todo. Es solo que no quiero estar con nadie más y no quiero que nadie se le acerque y la aparte de mi lado.
—¿Acaso te ha dado motivos para que sientas esos celos?
—No, no es eso. Ni lo digas en broma, no sabría qué hacer si eso pasara. Pero eso no va a suceder nunca, porque no lo voy a permitir.
—Será mejor entonces que te relajes, andas muy estresado y eso no es bueno para tu salud.
Lo cierto era que María Celeste estaba muy mal, y cada día que pasaba se ponía peor, a medida que se acercaba el día de la boda. Así que para sentirse mejor decidió hablar con su madre y pedirle algún consejo.
—Perdóname, madre, pero debo confesarte que no estoy segura de lo que siento por Salvador.
—¡Qué me estás diciendo!
