Un ramillete de nubes - Vidal Gurrola R. - E-Book

Un ramillete de nubes E-Book

Vidal Gurrola R.

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Beschreibung

Un ramillete de nubes es una colección de 14 cuentos cortos de las más diversas temáticas y donde resaltan dos entornos rurales: uno, de montaña, hacia el norte de México; y otro, de selva Maya, hacia el sur del país, en la península de Yucatán. Este libro es una recopilación de experiencias vividas, relatos costumbristas, personales y profesionales, producto de un viaje de casi 60 años por todo el país; con magia, folclor, mitología, tradiciones y consignas de una generación del siglo XX y su dolorosa transición a la realidad sorprendente de un nuevo y hasta incierto siglo XXI.

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Seitenzahl: 157

Veröffentlichungsjahr: 2022

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UN RAMILLETE

DE NUBES

Vidal Gurrola R.

UN RAMILLETE DE NUBES

©2022, VIDAL GURROLA R.

©Primera edición 2022 por Indie Media Editores, S.A. de C.V. Guanajuato 224, Interior 205, Colonia Roma Norte,Ciudad de México, C.P. 06700

Portable Publishing Group LLC, 30 N Gould St, Ste R, Sheridan, WY 82801, Estados Unidos de América.

www.editorialportable.com

Grupo Editorial Portable ® es una editorial con vocación global que respalda la obra de autores independientes. Creemos en la diversidad editorial y en los nuevos creadores en el mundo de habla hispana. Nuestras ediciones digitales e impresas, que abarcan los más diversos géneros, son posibles gracias a la alianza entre autores y editores, con el fin de crear libros que crucen fronteras y encuentren lectores.

La reproducción, almacenamiento y divulgación total o parcial de esta obra por cualquier medio sin el pleno consentimiento y permiso por escrito del autor y de la editorial, quedan expresamente prohibidos. Gracias por valorar este esfuerzo conjunto y adquirir este libro bajo el respeto de las leyes del Derecho de Autor y copyright.

ISBN: 978-1-958053-09-6

Impreso en México – Printed in Mexico

índice

Amanecer lluvioso en la sierra madre

Boca abajo

El bazar

El señor sin palabras y la carabina encantada

Igual, pero más bonito

La caja de cartón

La máquina maravillosa

La silla vieja

Morar en el cielo para siempre

Sueño

Un romance de otro mundo

Un día de julio del 2045

Un lonche viejo y una manzana podrida

Xbalan-nah

Amanecer lluvioso en la sierra madre

He vivido por mucho tiempo en una antigua ciudad con más de cuatrocientos cincuenta años de fundada, en donde la tradición y la leyenda van tan de la mano que parecen hermanas mellizas, y la historia —cotidiano ingrediente que llega a hacerse familiar— se confunde, sumándose en cada hogar y en cada edificio colonial al rico acervo cultural que aquí nace, dando, en síntesis, un tono singular a la sinfonía histórica de esta abundante región; rica en historia y tradición; sin embargo, ahora, empobrecida por la golpeante situación climática, política y económica; constituyéndose más en una penitencia que en un incierto y obscuro futuro, ahora que hasta los más resistentes árboles y arbustos caen calcinados por el sol y la más prolongada sequía nunca antes vista.

Nadie puede precisar con certeza la fecha del último aguacero. Por ello, se confunden las ansias de lluvia, y se interpreta cualquier gota de rocío como un premonitorio símbolo del chaparrón que quizás nunca llegará.

En esta ciudad de trazo perfecto, los barrios viejos conviven con los modernos como si se tratara de dos irreconciliables parientes. Viven bajo un mismo techo, pero distantes. En la ciudad vieja, aún ahora, la historia casi puede tocarse o rebanarse cual pastel de añejo sabor afrutado, con dulces y cristalizadas vivencias en lugar de frutas.

Es en esta zona y su ciudad en lo que pienso cuando a mí llegan relatos e historias de hechos sobrenaturales, pasados y presentes, que a veces estremecen hasta a los más hombres; y les recuerda que el sexo poco tiene que ver con el valor cuando, al enfrentar tales miedos, estos se transforman en voces que han de surcar las gargantas de los atrevidos juglares de lo tenebroso y sus neblinas. El misterio fortaleció siempre relatos y anecdóticas vivencias de nuestra gente, sea en el campo o en la ciudad, acreditando todo lo inexplicable a entidades perversas o gentiles, pero traviesas.

Mi padre, nativo de las montañas de la región, hace muchos años me dio la explicación que busqué, casi siempre, con más morbo y menos verdad de la que realmente poseían las cosas de las tinieblas. Me lo explicó con una decepcionante sencillez que dejó agotado por un buen tiempo mi afán de buscar aquellas cosas que no sé si existan, pero que no se dan fácilmente con cualquier mortal, santo o pecador.

Seguramente, en el siguiente hecho real que a continuación relataré, la ciencia tendrá su versión apoyada en conceptos científicos; en contraste con la de la iglesia y la tradición. Pero, hasta ahora, es este relato lo único que ha despejado las dudas que pude haber tenido al respecto, sin empobrecer mi concepto de la fe.

Aquel día llovía en la sierra —así empezó la narración de mi padre—, cuando, al escampar, las nubes, en su amodorrada carrera, filtraron la ansiada luminosidad de los temerosos y apenas tibios rayos del sol, que ese día se asomaron como miedosos presagios de una pálida mañana y un tardío amanecer. El exceso de humedad hacía, como siempre, muy difícil el tránsito por toda la región en época de lluvias. Vehículos y camiones troceros dedicados al transporte de troncos y madera, con cadenas en sus ruedas para aumentar la tracción en los enlodados terrenos, iban y venían hacia todas las direcciones del estado. Se dirigían desde los más variados y agonizantes aserraderos hacia las diferentes industrias que requerían madera como materia prima, necesaria y cada vez más escasa.

Al inicio de aquel día, a lo lejos se escuchaba el rugido del viejo motor de un camión, único testigo, como peleando con la cumbre y su propia antigüedad en la subida, dando lástima y pena en su esfuerzo cuesta arriba. A esa temprana hora, yo caminaba pensativamente, cuando, al doblar a la izquierda de un peñasco, casi de frente, salió ante mi tambaleante paso, torpe y somnoliento, una nebulosa silueta que, en grotesco intento por hacerme a un lado del camino, estrelló su cuerpo contra el mío sin hacerme daño alguno, traspasándolo suavemente. Me dejó frío de pavor y bruma, solo una densa bruma tras de sí.

No sé qué distancia, cuánto tiempo o hacia qué dirección corrí. Solo puedo suponer que fueron varios kilómetros, cuando el cansancio dio paso a la calma que a veces viene con él; y, tras caer abruptamente sobre la húmeda barbasca de los muchos pinos del monte, luego de reflexionar y obviamente descansar, de recuperar el aliento y la vida que instantes atrás creí perdida, decidí determinadamente regresar para enfrentar a ese ser que probablemente deseaba, buscando el encuentro. Según mi alocada y desaforada imaginación e interés, hacerme la entrega de algún valioso secreto o escondido tesoro. Así, entonces, ya más calmado, estaría en condiciones de recibir resignadamente tal distinción.

Volví al camino que me llevó hasta ese sitio durante mi fuga, no sin antes sufrir un poco para ubicarme en ese monte que yo bien conocía; pero que, por ahora, me resultaba extraño y lejano. Al regreso, después de mucho camino, llegué nuevamente al punto y, después de vencer varias veces el insuperable deseo de retirarme, olvidando así valientes afanes, llegué a la cumbre del espantoso contacto. Localicé, acechando desde la distancia y siguiéndolo cuidadosamente, al vaporoso ser, quien se volvió a materializar a lo lejos. Se notaba —según pude apreciar— como un meditabundo, acuclillado y suplicante ser de otro mundo. Como si rogara a Dios encontrarme nuevamente para entregar su doliente confidencia.

Al punto y en el lugar, el sol por fin brilló, y la luz, con su clara y simple dosis de sarcasmo, descubrió ante mí lo que de vergüenza me llena todavía…

El nebuloso ser, cual bulto de ilusión o alma en pena, no era otra cosa que una tenue columna de humo gris, emanando apenas del grueso tronco de un pino centenario que había sido, en la noche previa de tormenta, acariciado por un rayo.

Junio de 1996

Boca abajo

Ante la incredulidad de la gente, el francotirador se acercó a su víctima, como para estar seguro de la consumación del encargo. Bajó de su escondite en el viejo campanario de la iglesia abandonada, el cual se distinguió, por muchocss años, como la edificación más alta de la región; extrañamente localizada en el pueblo más lejano de la cabecera municipal, y siempre, el menos importante.

Aun con el estruendo en sus oídos y el fogonazo punzando en sus pupilas, trataba de reconstruir el panorama que dejó de ver por el aturdimiento del disparo. En el pequeño espacio entre las paredes —agrietadas por el paso del tiempo y el sol quemante— y debajo de las enormes campanas, la unión de cada piedra podía ser traducida en una remota posibilidad de vida. Pues este infierno era el único sitio en el que se encontraba un poco de humedad; quizá producto del nocturno sereno, donde alguna planta, aferrada a la piedra, aparecía como alentando a las grietas a continuar con su paso arrollador por entre los bloques de cantera que fueron color de rosa algún día, y que daban forma a esta parte del campanario. Lo remataba, cual corona, un majestuoso nopal que en un tiempo fue verde, y ahora, en su agónica existencia, parecía de un oscuro indefinible. Igual que tantas otras estructuras que aquí se ven vivas, pero que no lo están.

Desde el marco de piedra de la torre, por debajo del arco de la misma, alcanzó a distinguir el bulto sangrante que a lo lejos se balanceaba grotescamente, de un lado a otro, como amenazando con caer. Ello provocaba pánico en él, como el victimario que era. No el atentado criminal, tampoco el hecho de matar, ¡no! Nada le aterraba tanto como la posición final que guardaría el cuerpo de su víctima al caer, pues este simple hecho marcaría su destino desde ahora y para siempre.

Este temor sobrenatural estaba bien fundado. La tradición de la región registraba, desde las más primitivas generaciones en ese pueblo de muerte y orfandad, una enorme cantidad de casos similares con finales poco o nada esperanzadores. Venían unos tras otros a su memoria, y todos ellos agolpados en su cabeza. Hacían tanta presión que nadie hubiera podido resistirlo, incluso él; ya que, por más obtuso y demencial, era lamentablemente para el género humano, aunque poco inteligente, algo instintivo y muy animal.

Este pueblo que, al decir de los gobernantes, en vez de dar, quitaba al municipio enormes recursos económicos y materiales —constituyendo así una sangría para la administración—, nuevamente se hacía notar en el plano regional. No por sus aportaciones, sino por los violentos acontecimientos que en él se sucedían de manera cotidiana. No en la lucha por el poder, ni por la posesión de grandes predios, no. Esto era sencillamente algo que aquí se daba generosamente y de modo natural. Este pueblo solo prodigaba violencia, venganza y rencor. Un rencor eterno.

El campo estéril que dio lugar, desde quién sabe cuándo, a este asiento poblacional nunca fue visto verdear; ni se recuerdan detalles o crónicas que denotaran fertilidad en esta tierra gris de solo piedra, cardo, nopales y cenizas. Los habitantes más antiguos, en constantes y silenciosos reproches mentales —rascando sus calvas pecosas, resecas y arrugadas— buscaban pensativamente, igual que todo el mundo ahí, una y solo una razón que les ayudara a digerir y asimilar resignadamente el porqué de la fundación de esta negada ranchería; en donde, ahora, cimientos y tejas negras quedaban como absortos testigos de la desgracia que aquí, suponen, llegó un día y se quedó para siempre.

Del agua nada se supo. El meandro de piedras que quedó cruzando el poblado presumía de haber sido, en alguna era geológica, el noble cause de un río abundante y caudaloso; antes, lleno de vida, y hoy, muerto vestigio lleno de basura. Depósito de lo inservible casi desde la fundación misma del pueblo, hacia donde irremediablemente todo iba siempre a parar.

La cuota de agua que exige la tierra, decían los pobladores, al no tenerla, la tomará siempre de sangre. Esta fue siempre la automática explicación que dieron a todo aquel que preguntó el porqué de la violencia reinante. La respuesta fue igual que la receta de algún filtro, pócima o elixir oscurantista; siempre la misma, mecánica e inútil, pero constante.

Los gritos de la gente reunida ahí en la plaza, escenario del crimen, hicieron reaccionar al asesino, sacándolo del abismo de la muerte, hasta donde, como escolta, sintió haber llevado de la mano al condenado. Para asegurarse de que no regresaría y, en tal caso, para rematarlo ahí mismo. Así ahorraría al difunto distancia y más distancias de regreso, de senderos inciertos y de espinos; trocándolos por los de cielos claros y sin nubes, flores y paz, mucha paz que algún incierto día, probablemente, el finado agradecería.

Al reaccionar, volvió por segundos a revivir la angustia en la definición de la muerte de su víctima. El temor de verlo caer, guardando una cierta posición final de muerte a la mitad de la plaza, hizo automáticamente resonar las consejas populares en su atormentada cabeza. Suponer que, tal como lo planteaba la tradición de la vida y la muerte en ese pueblo, un cadáver en posición boca arriba presagiaba la elegante impunidad y el crimen perfecto, en tanto que un cuerpo boca abajo, por el contrario, aseguraba una condena absoluta, ya que, en esos casos, el destino se cobraba, en los desafortunados asesinos, las cosas pendientes que resultaban de los favorecidos con un muerto boca arriba. Aquí, cual extraña ley, siempre se dijo que bastaría al menos un caso en donde alguien pagara las culpas de todos los asesinos. No importaba mucho quiénes fueran; si salían en franca fuga; o si por el contrario se quedaban, permaneciendo cautivos del circunstancial hechizo.

Cuando esto último ocurría, el asesino, fuera de sí, como si hubiera sido hipnotizado, giraba desesperadamente en torno al cadáver, dando fe, en cada vuelta, del hecho consumado. Quizá para asegurarse de la muerte del sujeto o, tal vez, para ayudarlo a caer en la posición anhelada; o por lo que fuera. El hecho era que, por una u otra razón, la autoridad aparecía siempre a tiempo, haciendo buena la conseja y efectuando la aprehensión.

Así, sin saber exactamente cómo ni a qué hora bajó, el tirador se hallaba junto al cuerpo inerte, esperando —no obstante haberlo visto caer— que algún inmaculado milagro obrara sobre el hecho, y el muerto no quedara finalmente en esa posición, sino en la posición por él deseada. Entonces, alguna postema, convulsión post mortem o estertor final le hizo concebir vanas esperanzas. Sin embargo, y tristemente, la realidad era una sola: Estaba bien muerto y boca abajo.

Un cadáver boca arriba nunca fue problema. Incluso medio de lado, o en posición de tres cuartos, hubiera resultado más que suficiente para brincar el pequeño obstáculo que parecía más de temerse que el propio hecho de arrebatar a un ser humano la vida. El asustado asesino empezó a sentirse impedido para la fuga, como preso ya desde ese momento a consecuencia del delito. Como arrestado aun antes de la llegada de la autoridad. Entonces empezó a percibir una rara sensación de frío, como algo que lo sujetaba con una fuerza que no era de este mundo, algo que resultaba nuevo para él, pues, en su larga trayectoria criminal y vasta carrera delictiva, era esta la primera ocasión que vivía algo semejante. Era, por tanto, su primer muerto boca abajo.

Fue en ese momento cuando se vio ya perdido, cuando asimiló conscientemente la reciente tragedia de su vida. El cadáver quedó, para su desgracia, en la única posición que le garantizaba castigo: boca abajo y con las manos cruzadas sobre el pecho, como si se aferrara a algo, sujetándolo entre sus brazos; o como si con la cruz de sus brazos intentara tapar la herida por donde instantes atrás se le escapara la vida.

El tirador nunca pudo, mientras vivió su condena y aun en la libertad de su propia muerte, explicarse por qué exactamente la posición más absurda en la caída de un muerto era precisamente la que atrapaba y detenía a un victimario; lo mismo que el mecanismo que operó en su caso y detención.

Siempre dijo que en su caso no se castigó el homicidio en virtud de que con este sumaba más de diez; y ni por todos ellos juntos llegó a ser condenado. Pensaba que en su caso se juzgó, y en consecuencia se castigó, no el crimen, sino lo que le escuchó decir al anciano profesor del pueblo; algo así como un principio elemental de física: La caída libre de un cuerpo. Y siempre se sintió un incomprendido y no ignorante cómplice; ligado más a un principio científico, y no a un homicidio lleno de agravantes.

5 de octubre de 1996

El bazar

En el ejercicio de la posesión de las cosas,

nunca se sabe cuándo se es dueño, cuándo

nos pertenecen estando vivos o cuándo les

pertenecemos ya estando muertos, porque

unas permanecen y los otros fenecemos.

Cuando el joven empresario, llegado del extranjero, vio el enorme lugar cerca del muelle, éste lucia desolado. Los derruidos muros parecían frágiles mantas atadas a tristes columnas que, columpiándose con cualquier ventisca, anunciaban sin lugar a dudas su estrepitosa caída. Cada una de ellas estaba plantada estratégicamente, intercalada en los muros, y otras aparecían ancladas en las esquinas. Fueron hechas de gruesas varillas de fierro que en aquel tiempo se pensaron indestructibles. Las columnas que se localizaban en las esquinas del estadio, especialmente, semejaban tristes Quijotes balanceándose, como ebrios de amor, por una gorda y pesada Dulcinea de casi noventa años de construcción y varias centenas de toneladas de peso.

Ese solar, desocupado desde el último huracán devastador que se vio en el estado, se sintió desde entonces resignado a morir. Ahora, ya casi nadie recordaba lo que fue, ni la euforia desatada que corrió por sus graderías, como adrenalina en torrentes y a chorros desmedidos durante los miles de emocionantes eventos y encuentros deportivos, en donde el estado llegó a lucir un esplendor que quisieron confundir con multitudinarias concentraciones políticas tricolores, aunque no lo fueron en verdad. Una irrealidad que presumía a una sociedad burocrática en decadencia, con las bondades de una política social que nunca existió.

En esta antigua ciudad deportiva podía recordarse casi de todo, como cuando sirvió de centro de usos múltiples y dio lugar a diversas obras de teatro de todos los géneros; las singulares pastorelas, donde el ejército de Dios siempre perdió. También los espléndidos y regios funerales de líderes, políticos o delegados sindicales; en un sitio que confundió arteramente el sindicalismo con el cooperativismo empresarial, olvidando que los sindicatos son de obreros y jodidos en general, y no de insípidos patrones. Además, ricos de ocasión, tuertos buscando entre las sombras, solo guiados por su oído, a unos cuantos ciegos para constituir sus imperios.

El deportivo también fue usado como hospital y hasta como morgue, cuando las explosiones de los pozos petroleros de la sonda cercana marcaron la región. Lo hicieron dejando un recuerdo indeleble que fue, probablemente, el inicio del rumor que maldijo este noble complejo.