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Clayton McKinley era el tipo de hombre sobre el que las madres advertían a sus hijas. Con su piel bronceada por el trabajo al sol y una sonrisa que hacía temblar a las mujeres, ninguna podía resistirse a sus encantos. Lucy Warner era una mujer independiente y cariñosa que había decidido darles a sus hijos adoptivos la oportunidad de empezar de nuevo en Cable Creek. No había contado con que su atractivo vecino iba a sembrar la confusión en su vida al provocarle sueños a los que no creía tener derecho. Pero, cuando surgieron los problemas, Lucy encontró en los brazos de Clayton el refugio y la ayuda que tanto necesitaba. Sin embargo, el verdadero milagro sería que aquella mujer luchadora consiguiera conquistar el corazón del soltero más solicitado...
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Seitenzahl: 201
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2001 Mary Kathleen Holder
© 2015 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Un refugio para el corazón, n.º 1236 - noviembre 2015
Título original: McKinley’s Miracle
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Publicada en español en 2001
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-7351-3
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Si te ha gustado este libro…
CLAYTON McKinley estaba a punto de pedir su segunda cerveza cuando la puerta del bar se abrió y ella entró. No la había visto nunca, pero en Cable Creek, Australia, no había desconocidos sino simplemente gente con la que uno no había hablado antes. Ella avanzó, abriéndose paso lentamente a través de la multitud. Estaba vestida para pasar desapercibida. Pantalones vaqueros, una sudadera gris y el pelo recogido en una coleta. Los vaqueros estaban algo deslucidos, pero se le ajustaban al cuerpo, realzando sus estrechas caderas. La sudadera destacaba unos pechos altos y redondeados. El pasador que le sujetaba el pelo, de color castaño era dorado y muy sencillo.
De repente, se detuvo, apretando los puños y, segundos más tarde, se movió con la velocidad del rayo hasta la barra. Clayton la observó, con los músculos de su cuerpo tensos y alerta, mientras ella cuadraba los hombros y se dirigía directamente al tipo más infame de toda la ciudad.
—¿Gerry Anderson?
Todo se detuvo a su alrededor. Las conversaciones se hicieron susurros para acabar acallándose completamente. Todos los ojos de aquel bar estaban puestos en la esbelta y menuda mujer y el corpulento vaquero, de más de metro ochenta, con el que ella se enfrentaba. Gerry se dio la vuelta, lanzándole una mirada de desprecio. A Clayton le pareció que aquel fue el primer error de Gerry.
—Así me llamo, cielo. ¿Qué puedo hacer por ti?
La mujer dio un paso al frente, acercándose más a su colosal oponente sin ni siquiera echar una mirada a los dos hombres que le flanqueaban.
—He venido a decirle lo que le haré la próxima vez que se atreva a intimidar a uno de mis niños.
—¿Tus niños? —respondió Gerry, riendo—. Había oído decir que eran unos mocosos callejeros que no quería nadie. Deberíais volver al lugar de donde habéis venido. No queremos a los de tu clase aquí.
—Están a mi cuidado, señor Anderson. Eso les convierte en mis hijos —replicó ella, contemplándole con frialdad—. Max solo tiene trece años y gracias a usted, se ha pasado las dos últimas horas en urgencias.
—No sé de lo que estás hablando —dijo Max, poniéndose por primera vez muy serio.
—Usted, deliberadamente, acercó demasiado el coche al arcén de la carretera, haciendo que saltara la grava que por allí había. Eso asustó al caballo del muchacho de tal manera que lo tiró al suelo.
Aquellas palabras despertaron la ira de Clayton. Gerry era un hombre muy malvado, pero meterse con un niño era un acto muy bajo, incluso para él. Clayton pensó en su sobrina. Si Molly hubiera estado montada en ese caballo, Gerry habría sido el que hubiera terminado en urgencias.
—No tienes pruebas de que fuera yo —contraatacó Gerry, sonriendo de nuevo.
—No conozco a nadie más en esta ciudad que tenga una matrícula con la palabra SEMENTAL o con la arrogancia suficiente para llevarla.
—Ese muchacho está mintiendo —dijo él, volviéndose de nuevo hacia la barra. A Clayton le pareció que aquel fue su segundo error—. Yo ni siquiera estaba allí.
—Es usted un cobarde.
Aquellas palabras resonaron en aquel silencio con el impacto de una bomba. Gerry se volvió de nuevo a mirarla, con la mirada llena de veneno. Clayton se levantó muy lentamente.
—No empieces nada que no vayas a poder terminar, muchachita.
—Me llamo Lucy Warner, no muchachita.
Clayton la miró muy sorprendido. ¿Era aquella su nueva vecina? Lo primero que pensó fue que aparentaba al menos diez años más joven que los veinticinco que sabía que tenía. Lo segundo fue que quería conocerla... mucho mejor.
—Y llamar mentiroso a ese muchacho te convierte en un cobarde. Si yo hubiera estado allí, hubieras sido tú el que hubiera ido al hospital.
Alguien se echó a reír. Otro empezó a aplaudir. Sin embargo, la mayoría de los demás parecían satisfechos con observar el enfrentamiento con evidente interés. Gerry miró a sus amigos y se echó a reír, aunque Clayton observó perfectamente cómo apretaba el puño de ira. Levantarle la mano a aquella mujer sería su tercera equivocación aquella noche. Clayton se aseguraría de ello.
—¿Ese muchacho no sabe cómo mantenerse encima de un caballo y me echas la culpa a mí? Vuelve a la ciudad de la que has venido y llévate contigo a esos delincuentes.
—¿Por qué? ¿Porque si no me intimidarás también a mí?
—A una mujer le pueden pasar muchas cosas —le espetó Gerry, encogiéndose de hombros.
—Tal vez creas que eres el tipo más duro de esta ciudad, señor Anderson. Tal vez sea meterse con niños lo que usted necesita para sentirse como un hombre, pero la próxima vez que vea a uno de mis niños ocupándose tan solo de sus cosas, es mejor que usted haga lo mismo.
Cuando ella se dio la vuelta para marcharse, todo el mundo se apartó a su paso. Alguien silbó para darle animo. Cuando ya estaba en el umbral de la puerta, lista para marcharse, se dio la vuelta y miró fríamente a su oponente.
—Este va a ser el único aviso que pienso darle, señor Anderson. Déjenos en paz.
Antes de aquella noche, Lucy había estado así de enfadada al menos una vez en toda su vida. Sin embargo, en aquellos momentos no podía recordar exactamente cuándo había sido. Una ira ciega la había empujado a aquel bar. La adrenalina pura había impulsado sus palabras y había logrado salir de allí gracias a su propia dignidad.
No recordaba haberse metido en el coche ni dejar el aparcamiento a sus espaldas. Momentos después, en la oscuridad, su nivel de adrenalina bajó y empezó a temblar. En toda su vida, nunca había levantado la mano a nadie, ni hombre ni mujer y, sin embargo, Gerry la había tentado a hacerlo. La mirada pagada de sí misma que había visto en sus ojos, la arrogancia de su gesto, el comentario que había hecho sobre que sus niños fueran unos mocosos callejeros... No obstante, físicamente no hubiera podido con él. Las palabras habían sido su única arma.
Según Gray Harrison, la mayoría de la gente que vivía allí eran sencilla y trabajadora, con un espíritu de comunidad y el sentido de colaboración que hace que las personas se ayuden en tiempos de crisis y él lo había creído. Después de todo, él había crecido allí.
La primera vez que Lucy había puesto sus ojos en la granja había sabido que aquel era el lugar donde sus sueños debían hacerse realidad. A veces, seguía pareciéndole imposible que el viaje que había empezado por Megan le hubiera llevado tan lejos. Todo había empezado como una promesa, el único modo en que a Lucy se le ocurría que podía compensar a su hermana por todo lo que le había negado en un momento de imprudencia.
Ser una madre adoptiva y tener un título de asistente social le había dado crédito para empezar con el proyecto. La amistad de Gray y el patrocinio de la empresa de este lo había convertido en una realidad. Había conseguido tener un lugar en el que adolescentes con problemas pudieran crecer lejos de las calles, de los lugares que les habían privado de una vida normal. Los años que ella había pasado trabajando con aquellos muchachos le había mostrado un lado de la vida que los niños no deberían ver nunca. La idea de la granja había sido el sueño que su hermana había perseguido durante mucho tiempo y ahora estaba a su alcance. Lucy no iba a permitir que Gerry Anderson, o que nadie como él, se interpusiera en su camino.
Aunque solo era madre adoptiva para Katie y Max, los poderes que le habían concedido le permitían tener también la custodia de los otros dos, más mayores. Para los burócratas, aquello solo era un experimento y Lucy debía tener éxito para conseguir que les dieran la oportunidad a más niños.
Estaba completamente perdida en sus pensamientos cuando el coche empezó a dar tirones. Agarró con fuerza el volante. Cuando el motor empezó a hacer ruidos extraños, Lucy se echó hacia el arcén pero, antes de que pudiera desconectar el motor, este se apagó. Extendió una mano y se puso a rebuscar en la guantera para sacar una pequeña antorcha que llevaba allí para las emergencias. Sola en una oscura y solitaria carretera, Lucy miró el indicador del depósito de gasolina y lanzó una maldición a la profundidad de la noche.
Clayton se marchó del bar unos veinte minutos más tarde de que Lucy lo hubiera hecho. Había recorrido poco más de un kilómetro cuando vio un vehículo en el arcén de la carretera, con las luces de emergencia encendidas. Rápidamente, se dirigió al arcén y aparcó a pocos metros detrás del primero.
Vio que la puerta del conductor se abría y que el ocupante salía a toda prisa del coche. Era Lucy Warner.
—No debería estar aquí detenida a estas horas de la noche —dijo Clayton, mientras salía de su vehículo.
Lucy no oyó censura en aquellas palabras, sino consejo. A la luz de los faros del coche, pudo admirar su corpulencia y, como el sombrero que llevaba le oscurecía el rostro, su curiosidad se incrementó.
—Solo tenía la opción de parar a alguien o pasar la noche aquí —respondió ella—. Prefiero una cama al asiento trasero de un coche. Cuando usted se detuvo, supuse que tenía que arriesgarme.
Clayton se echó el sombrero un poco hacia atrás. Él también prefería una cama al asiento trasero de un coche, pero no creía que se conocieran lo suficientemente bien como para tener aquella discusión.
—¿Y si yo estuviera planeando hacerle daño?
Lucy sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal y levantó la barbilla. Aquello no se le había ocurrido... Gerry no había sido el único hombre en aquel bar. ¿Y si ese tipo era uno de sus amigotes?
—En ese caso, tendré que echar mano de las clases de defensa personal que tomé hace unos años.
Era un hombre fuerte, de anchos hombros y de al menos un metro ochenta de alto. Todas las posiciones defensivas del mundo no la hubieran salvado si él hubiera tenido intención de hacerle daño. Le pareció que, mientras se dirigía al coche, aquel hombre sonreía.
—¿Qué es lo que le pasa, señorita Warner?
—¿Cómo sabe mi nombre? —preguntó, sintiendo que el miedo se apoderaba de ella.
—Más o menos, se presentó a todo el mundo en ese bar. Yo me llamo Clayton McKinley. Soy su vecino en Cable Downs.
—¿Tiene alguna relación con el veterinario?
—Es mi hermano mayor. Bueno, uno de ellos.
Lucy había conocido a Joshua McKinley hacía una semana. Le había parecido un hombre reservado, concepto que le parecía que no podría aplicar a su hermano pequeño.
—Gracias por detenerse.
—De nada.
—¿No será usted un amigo de Gerry Anderson?
—Si Gerry fuera la única alternativa, preferiría no tener amigos. Los matones bocazas con más fuerza muscular que mental se merecen todo lo que les pase.
—Entonces, espero que tenga razón y que haya algo muy gordo esperándole en un futuro.
—No me queda duda alguna al respecto. Bueno, ¿qué le ocurre al coche? —preguntó él.
—Según el mecánico que lo revisó la última vez, de todo —contestó Lucy—. Me dijo que si fuera un caballo, hubiera hecho que lo pegaran un tiro. Por ahora, simplemente me he quedado sin gasolina y me estaba preguntando si era posible que hiciera tanto frío en agosto.
—Claro que puede —comentó Clayton—. No hay nada como un invierno australiano para poner a prueba el temple de una persona. Métase en mi furgoneta y ponga la calefacción. Se calentará enseguida.
—No será necesario —replicó Lucy, aunque la oferta le resultaba de lo más tentadora—. Si tiene un teléfono móvil, puedo llamar al taller y hacer que Rick me traiga algo de gasolina.
Clayton sonrió. No podía culparla por ser tan cuidadosa. Después de todo, él mismo le había advertido contra los desconocidos. Había conocido esa clase de mujeres antes. En realidad, había conocido a todas las clases de mujeres. Desde la pubertad, las féminas le habían fascinado y el hecho de que no se sintiera capaz de conocer a ninguna mujer ni aunque viviera cien años le intrigaba aún más.
—Lo siento, no tengo teléfono móvil.
—¡Pero bueno! Si hoy en día todo el mundo tiene móvil. Se podría decir que hasta los perros lo tienen.
—Bueno, pues a mi perro y a mí nos va bien sin uno. Por cierto, ¿dónde está el suyo?
—En casa —admitió ella, arrepintiéndose de haber hecho comentario alguno. Se lo había olvidado al salir como una fiera una hora antes. Había mantenido la tranquilidad mientras habían estado en la sala de urgencias, pero cuando había visto a Max sano y salvo en casa, había sentido la necesidad de soltar su ira.
—Tengo una lata de gasolina en la furgoneta. La pondremos en su depósito y luego la seguiré hasta la gasolinera. Así, no tendremos que volver a por el coche.
—Gracias. Se lo pagaré cuando lleguemos a la gasolinera y pueda cambiar.
—No importa.
—No me gusta aceptar obras de caridad.
—Señorita. Estamos hablando de una cantidad de combustible que no supera los dos dólares. Esto no es una obra de caridad. Se trata simplemente de ser amable con los vecinos.
—A pesar de todo, insisto en pagarle.
—No voy a ser yo quien le pida que no insista —replicó Clayton, encogiéndose de hombros.
En aquel momento, Lucy se puso a temblar de frío. Clayton se quitó su abrigo rápidamente y se lo entregó.
—Póngaselo. Póngaselo —reiteró él, al ver que Lucy no mostraba intención de aceptarlo—. O se lo pone o la meto en la furgoneta.
—Y cuando usted se quede congelado como un bloque de hielo, ¿qué se supone que voy a hacer con usted?
—No creo que corra peligro alguno, pero si eso ocurriera, puede llevarme a su casa, descongelarme y tratarme con mimo. Lo que hagamos después de eso depende de usted, dado que estaré a su merced.
—Esto es serio. Piense en la hipotermia. En la congelación. ¡Incluso en una neumonía! —protestó ella.
—Si prometo no morirme, ¿se pondrá el abrigo? —preguntó él. Lucy dudó—. Escuche, usted tiene niños esperándole en su casa. Cuanto antes se ponga esto, antes echaremos ese combustible a su coche y antes nos marcharemos de aquí.
Lucy no pudo decidir lo que menos le gustó, si el hecho de que él acabara de decir algo muy sensato o el tono de seguridad que tenía en la voz. Sin embargo, tomó el abrigo, dado que se había dado cuenta de que él no iba a escucharla y deseaba de todo corazón regresar a su casa. Por ello, se enfundó el chaquetón, forrado con un borreguillo que todavía conservaba su calor corporal. Le llegaba casi hasta las rodillas, pero en aquellos momentos era más importante el hecho de que pudiera abrigarla que el estilo.
Clayton se dirigió a la parte posterior de su vehículo y sacó una lata de combustible y un embudo de plástico. Entonces, a la luz de los faros del coche se puso manos a la obra.
—Ese muchacho al que Gerry hizo que se cayera del caballo, ¿se pondrá bien?
—Estará algo dolorido durante unos días.
—Joshua me dijo que tiene cuatro niños viviendo en esa granja.
—Bueno, a Thomas no le gusta que le digan que es un niño, pero sí. Así es.
Cuando Clayton terminó de verter la gasolina en el depósito, colocó de nuevo la tapa y cerró el pequeño compartimiento.
—No deje que lo que haga Gerry le afecte.
—Nosotros no le hemos hecho nada.
—Su problema es que había pensado en la casa en la que usted está viviendo, por lo que no se puso muy contento cuando Gray decidió alquilarla.
—Esa casa está preparada para una familia y no me pareció que ese Gerry fuera del tipo familiar precisamente. No creo que ninguna mujer lo aceptara.
—Ninguna de por aquí, pero esa granja tiene los mejores pastos de esta zona. Además, linda con las Granjas Anderson al sur, donde está el arroyo.
—Entonces, no me extraña que quiera que me vaya.
—Hay un lado bueno a todo esto.
—¿Cuál es?
—No todos somos como Gerry. Los de su clase son de una minoría muy pequeña por aquí.
—En ese caso, supongo que lo conoce muy bien.
—Lleva toda su vida viviendo aquí. Le gusta beber, pelearse y hacerse notar. Era así incluso en el colegio.
—Bueno, pues si no sigue mi consejo de dejarnos en paz, se verá muy pronto en el hospital.
—Tenga cuidado de todas maneras —le advirtió Clayton—. Dudo que Gerry se haya visto desafiado de ese modo por una mujer... y en público.
—Gracias por el aviso.
—Bueno, veamos ahora si arranca el coche — dijo él, mientras iba a dejar la lata y el embudo en su propia furgoneta. Para cuando volvió, Lucy ya se había metido en el coche y había arrancado el motor—. Usted vaya delante. Yo la seguiré.
Clayton volvió a su vehículo antes de que ella pudiera protestar y esperó a que volviera a incorporarse a la carretera. Entonces, arrancó él su vehículo y la siguió. Durante el último mes había estado ocupado en la granja y no había tenido tiempo de socializar. Sin embargo, recordaba que su hermano Josh le había dicho que había tenido que ir para una urgencia en la granja de Harrison. Su hermano se había olvidado de mencionar lo guapa que era la nueva inquilina. Y tenía valor... o eso, o había dejado que su ira se le escapara del pecho y no se había parado a pensar en lo que estaba haciendo. Pensó en lo protector que sus hermanos y él eran con Molly. Si Gerry hubiera considerado a Lucy como un blanco fácil, alguien a quien le resultaría fácil echar de allí, había recibido el primer aviso en contrario.
Cuando se había corrido la voz de que la granja Harrison iba a estar de nuevo habitada, todos temieron que se convirtiera en una zona de desarrollo urbanístico. Cuando Lucy Warner llegó pocas semanas después, el miedo al cambio se reemplazó por el miedo a lo desconocido. En menos de un día, todo el mundo se familiarizó con sus planes de convertir la granja en un hogar para niños que necesitaban una nueva vida, niños que no tenían otro sitio al que ir.
Clayton y sus hermanos estuvieron en favor de la idea desde el principio y, aunque una buena parte de los habitantes de la ciudad había tenido recelos al principio de lo que no comprendía, la mayoría de ellos se dejaba llevar por la filosofía de vive y deja vivir. Todos excepto Gerry.
Cuando Lucy hizo una indicación con el intermitente para entrar en la gasolinera, él la siguió. Entonces, ella detuvo el coche al lado de uno de los surtidores y le dio las llaves al empleado, indicándole cortésmente que llenara el depósito. Luego, se dirigió al lugar en el que Clayton había aparcado. Él ya había salido del coche y se dirigía hacia ella.
Se había imaginado ya que él sería muy atractivo. Sin embargo, a la luz de los fluorescentes, la realidad de Clayton McKinley la sacudió de arriba abajo. Medía aproximadamente un metro ochenta y cinco y tenía un aire muy seguro de sí mismo. Caminaba con gracia, mientras los vaqueros que llevaba puestos se movían con él como si fueran una segunda piel y las botas aplastaban la grava con desafío mientras se acercaba a ella. Tenía el pelo rubio oscuro, muy corto y los ojos de un azul muy profundo, salpicados con una ligera expresión de picardía. Clayton McKinley era el hombre sobre el que las madres previenen a sus hijas, sobre el que los padres tienen pesadillas. Lucy casi volvió a sentirse como una colegiala. Sintió que las palmas de las manos le sudaban y que le costaba respirar. Por fin, consiguió apartar los ojos de él y empezó a quitarse la chaqueta.
—Ni lo pienses, señorita.
—No respondo bien a las órdenes —replicó ella, mirándole fijamente.
—Ya lo veo —dijo él, una con una sonrisa capaz de fundirle el corazón a una mujer y acelerarle el pulso. Aquel hombre resultaba peligroso de un modo para el que ella no tenía defensas—. No piense en devolverme el abrigo todavía. Y discutir conmigo no le servirá de nada.
Ella estaba muy bonita embutida en aquella chaqueta tan grande. Era una mujer frágil, que despertaba sus instintos de protección. La sutil, pero rotunda forma de su cuerpo hacía que el resto de las mujeres, en su mayoría delgadas como un palo, se le desvanecieran de la cabeza. Tenía la piel pálida, con hermosos pómulos y el rostro ligeramente redondeado. Sus labios gruesos y rosados le hicieron preguntarse si serían tan dulces como parecían. Llevaba el pelo recogido en una coleta y tenía un aspecto de quinceañera, tan tentador como el mismo pecado. Desde el momento en que ella había aparecido en el bar, Clayton se había preguntado de qué color serían sus ojos. Por fin había conseguido la respuesta. Eran de un color parecido al whisky de malta, grandes y expresivos, mostrando una ávida inteligencia.
Lucy se arrebujó más en la chaqueta y trató de ignorar la intensidad con la que él la estaba mirando. Ella se sentía como si la estuviera memorizando, poro a poro, pero se negaba a sentirse intimidada por aquella observación tan descarada. Para conseguirlo, se dirigió a la tienda de la gasolinera.
—Tengo que comprar unas cosas.
—Le acompañaré.
—¿Acaso cree que me voy a perder entre los yogures y las revistas?
—Me estoy divirtiendo —respondió él, sonriendo de nuevo y mirándola de arriba abajo.
—Si ir a la compra es la idea que usted tiene de la diversión, entonces debe llevar una vida muy aburrida —replicó ella, algo incómoda ante aquella inspección.
—¿Cómo supo que Gerry estaría en ese bar?
En aquel momento, Lucy estaba entrando en la tienda y agarrando una de las cestas de plástico.
—No lo sabía —contestó, metiendo una barra de pan—. Max me dijo que ese tipo tenía un puñado de vaqueros con él en el coche. Me pareció que ese bar en la carretera era el lugar en el que unos cuantos vaqueros pasan los sábados por la noche. Y seguí mi instinto. Estoy decidida a que Harrison House sea un éxito —añadió ella, metiendo un caja de cereales de chocolate en la cesta.
—¿Es así como va a llamar a su centro de acogida para niños?
—Sí. Hicimos una votación —explicó ella, mientras seguían andando por los pasillos—. Los chicos decidieron que, dado que el hijo de la señora Harrison nos ha donado la casa para utilizarla para nuestro proyecto, el nombre resultaba más que apropiado. Los constructores le ofrecieron una fortuna, pero él no quería que demolieran la casa.
—¿Gray Harrison hizo eso?
—Sí. Se imaginó que los chicos necesitaban tener algo por lo que trabajar, una finalidad. Hacer que la granja vuelva a funcionar como antes les da un incentivo. Gray ha sido un ángel para nosotros.
A Clayton le costó un poco imaginarse a Gray con alas y halo. Cable Creek nunca había sido un sitio lo suficientemente grande para él y se había convertido en un hombre a tener en cuenta dentro de círculo financiero de Australia, aunque tenía cierta reputación de ser un hombre sin piedad. Sin embargo, a Clayton no le importaba nada de eso. En lo único en lo que podía pensar era en la dulce sonrisa que veía en el rostro de Lucy mientras ella hablaba de otro hombre.
