Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Gernika, 26 de abril de 1937. La Legión Cóndor, con la ayuda de la aviación italiana y el beneplácito de Franco, bombardea la villa vizcaína hasta reducirla a cenizas. El principal artífice de la masacre, el teniente coronel y mariscal del Aire Wolfram von Richthofen, el más joven del Reich, ha culminado su monumento a la muerte, su gran obra maestra. Alemania, 1945. Durante los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, Richthofen agoniza en un hospital militar acompañado por su hija, Hellen, quien lee su diario e intenta comprender quién fue su padre y quién es ella… Alemania, 2001. Hellen, atormentada por sus dilemas morales, confiesa a su hijo el papel que su abuelo desempeñó en la Guerra Civil española. Una novela histórica y bélica que nos habla de hasta qué punto la herencia recibida de los padres puede marcar la vida de los hijos. Una historia de batallas militares, políticas y personales. Una novela que pone de manifiesto que las guerras nunca las gana nadie. Porque la culpabilidad, los remordimientos y los fantasmas convierten a todos en víctimas, incluso a los verdugos.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 470
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
UN REGALO PARA HITLER
Bitartean ibillico dira becatutic becatura amilduaz; oraiñ pensamentubatean, gueroseago itz loyak gozotoro aditzean: oraiñ escuca, edo queñada
batean, guero musu edo laztanetan: oraiñ ipui ciquiñac contatzen, guerodantzan, edo dantza ondoan alberdanian.
J.B. Agirre
1ª edición: septiembre de 2021
Este libro ha recibido una ayuda a la edición del Departamento de Cultura
y Política Lingüística del Gobierno Vasco.
© 2021, Alberto Irigoyen Artetxe / Xabier Irujo Ametzaga
© De la presente edición: 2021, ALBERDANIA, SL
Istillaga, 2, bajoC - 20304 Irun
Tel.: 943632814
www.alberdania.net
Portada: Junkal Motxaile, a partir de un retrato del mariscal Richthofen de autor desconocido y una fotografía de Gernika tras el bombardeo (Everett Colletion, en Shutterstock).
Impreso en Ulzama (Huarte, Navarra)
ISBN digital: 978-84-9868-694-4
ISBN papel: 978-84-9868-693-7
Depósito legal: D. 963/2021
V
UN REGALO PARA HITLER
ALBERTO IRIGOYEN
XABIER IRUJO
ALBERDANIA
novela
Al lector
El arte se describe a menudo como una representación de la realidad, lo que lleva implícito un ámbito de separación entre el autor y la realidad que lo rodea. En ocasiones, no obstante, la línea entre la realidad y la expresión artística es prácticamente imperceptible. La presente novela está basada en el diario de Richthofen y la cronología de los hechos, así como los sucesos narrados, son fiel representación de los hechos históricos que tuvieron lugar en abril de 1937 y que condujeron al bombardeo de Gernika. Los datos sobre la campaña de bombardeos, así como los detalles y las relaciones concretas sobre operaciones de guerra incluidas en esta novela, son todos fieles a la realidad, tomados directamente de los materiales de archivo consultados.
También los coloquios de Richthofen son en la mayor parte de los casos adaptaciones de su diario, de cartas y de otros documentos escritos por el coronel. Particularmente, los diálogos entre pilotos de la Luftwaffe son esencialmente reproducciones fieles –en la mayoría de los casos prácticamente textuales– de los originales que se encuentran en archivos británicos y norteamericanos, algunos de los cuales han sido parcialmente publicados.
Los textos en cursiva, por lo general transcripciones de documentos, son textos históricos, en ocasiones ligeramente modificados para adecuarlos al formato de la obra.
Todos los personajes principales son históricos con excepción de Martha Uligh, Julián y algún otro personaje secundario, todos los cuales personifican a diferentes grupos humanos a quienes las circunstancias de la guerra condenaron a sufrir una realidad que ni eligieron ni deseaban vivir.
El lector notará que algunos de los personajes están parcialmente caricaturizados. El tono y el enfoque que Richthofen imprimió a su narración no han sido alterados, de modo que el lector está expuesto a la representación fiel de algunos de los protagonistas de esta historia tal cual las transmitió el coronel en sus escritos durante la campaña de la primavera de 1937. Esta desfiguración de los caracteres, así como sus opiniones sobre españoles e italianos en general, son fiel reflejo de su ideología y sus prejuicios. Es la llave que nos permite penetrar en la mente del protagonista y acercarnos a su creación: el bombardeo perfecto.
También los personajes femeninos de esta historia están desfigurados. La imagen de la mujer en los diálogos de los pilotos de la Luftwaffe a los que hemos tenido acceso queda reducida, sin prácticamente excepción alguna, a un mero objeto sexual.
Esta forma de escribir, conocida como hiperrealismo, ha sido a menudo descrita como ejemplo de una habilidad extraordinaria para desdibujar la línea entre la realidad y la ficción, pero no hay que olvidar que el ámbito de lo hiperreal trasciende la sola representación. Es más bien un intercambio entre ambos ámbitos, la realidad y la literatura, y una estimulación artística que conduce al lector a una nueva realidad hiperartística, superrealista. Quien quiera conocer en detalle qué ocurrió en aquel mes de abril de hace casi un siglo, tendrá que escudriñar en más de un archivo o leer el libro de alguien que lo haya hecho.
Los autores
V
UN REGALO PARA HITLER
1
Alemania
26 de abril de 2001
Ellen acababa de colocar los pastelillos que había preparado sobre la mesa. Llenó el hervidor con agua y lo dejó sobre el fuego. Luego esperó unos minutos. El vapor comenzó a fluir precipitadamente a través de la boquilla originando pequeñas espirales de vaho. En contacto con el aire, los remolinos se rompían fundidos en gotas de agua dulce que se deslizaban suavemente por el cuerpo de metal de la vasija hasta caer sobre el fuego del hornillo, y así desaparecían en una instantánea combustión. Todas estas inestabilidades eran generadas por ese mismo fuego, aquel que se había fundido con la gota en un último beso. El mismo fuego que forzaba al vapor de agua a golpear la boquilla y que había provocado, como un director de orquesta, el pulso de presión que producía esas olas de sonido tan agradables a sus oídos. Ella había aprendido a dar tiempo al fuego y a esperar su silbido. Era aquel un momento que aguardaba a diario con devoción, como un ritual.
Era una liturgia de invitación y de bienvenida a alguien que en ese momento se acercaba para ser abrazado junto a ella bajo un mismo techo. La soledad había hecho mella en su carácter y cada día que pasaba se reencontraba más intensamente con su pasado, con los años de su infancia y con el fuego que a todo da forma. Cada día miraba más y más dentro de sí misma, y cada día tenía más tiempo para meditar sobre lo que era, y sobre lo que había sido y, especialmente, cada día que transcurría le traía a la memoria su origen, el origen de su vida.
Pero el día no era cálido, y la combustión no era sino una mera chispa en el contexto de un día húmedo, azul y algo plomizo, pero muy luminoso. Había invitado a comer a su hijo y ahora disfrutaban de una acogedora sobremesa frente a la enorme vidriera desde donde se veía el conjunto de la ciudad. La habitación era muy amplia y estaba sobriamente decorada. El papel de la pared, con estampados de flores y filigranas en diversos tonos de blanco, arropaba una atmósfera decorada con flores de color naranja y muebles de madera natural. Aunque era un día lluvioso, la habitación estaba llena de luz. Había preparado marillenknödels, deliciosas bolitas de albaricoque cubiertas de pan rallado, y un aroma afrutado les envolvía a los dos.
–Sé que te gustan –dijo ella.
–Probablemente, esto es lo mejor que le podía suceder a este albaricoque, madre –respondió el hijo mientras se servía.
–Me gusta mirar por la ventana, hijo. Mira allá abajo. Se ve una ciudad bullente, industrial, en constante movimiento, repleta de vida. Con un gran futuro.
–Tú siempre has sido muy optimista. Ahí afuera hay muchas cosas, y no todas son buenas.
–Lo son hoy, pero estoy de acuerdo contigo, no siempre ha sido así. Precisamente por eso quería verte.
–¿Ha ocurrido algo? –preguntó él levantando la cabeza.
–No, no pasa nada especial. Supongo que tan solo es el paso del tiempo. Me hago vieja, hijo, y cada vez cuesta más arrastrar todos los años que he dejado tras de mí.
–Estás muy bien, madre. No digas eso.
–No me refiero a mi cuerpo, sino al enorme peso del sufrimiento.
Ellen se levantó y se apoyó en el marco de la ventana, con una suave sonrisa en los labios.
–¿Te pasa algo? –preguntó él.
–Sí, hijo, me duelen los recuerdos, y necesito contarte algo. Algo que te va a doler, pero es algo con lo que tienes que aprender a vivir porque forma parte de ti, como ha formado parte de mí durante toda mi vida.
–¿De qué se trata? –volvió a preguntar él con preocupación, dejando los cubiertos sobre la mesa y acercándose a ella.
–No te levantes, por favor.
Él obedeció y ella abrió una caja de mimbre adornada con unas flores de tela verde que tenía a su lado. Tomó de la misma un viejo diario, algunas hojas sueltas profusamente garabateadas, fotografías y recortes de prensa amarillentos por el paso de los años.
–Lo que te voy a contar ocurrió hace mucho tiempo.
–¿Qué guardas en esta caja? –preguntó él.
Ellen tomó uno de los recortes de prensa, se volvió hacia su hijo y leyó en voz alta:
–Desde el lugar en que nos hallábamos, vimos caer las bombas. Los aviones daban vueltas y vueltas por encima de nosotros. Parecía que nos buscaban. Y era verdad: buscaban a cuatro mujeres. Había allí cerca una casa. Corrimos hacia la entrada. Estaba cerrada. Entonces nos pegamos materialmente al quicio de la puerta intentando protegernos unas con otras. Yo quedé en medio, abrazando a mis dos hijas. Un avión dio la vuelta a la casa, ametrallando sin cesar. Saltaba la tierra delante de nosotras. De pronto oímos un rugido espantoso: había caído una bomba. La explosión me lanzó al suelo en medio de piedras y ladrillos. Mi hija mayor, que tenía veintisiete años, murió instantáneamente. Había trozos de ella esparcidos por todas partes, delante de mí. La otra, la más joven, que se iba a casar dentro de un mes, tuvo tiempo de cogerme la mano y apretarla suavemente. Dio un suspiro y, con los ojos clavados en mí, murió. No sé cuánto tiempo estuve allí entre mis dos hijas muertas. La sangre me corría por el cuello. Al cabo de un rato me recogieron.
Ellen puso el recorte sobre la mesa y pasó su mano sobre el mismo con suavidad mientras se enjuagaba las lágrimas.
–Perdóname, hijo, no puedo evitar llorar cada vez que lo leo.
–No te preocupes por eso, madre. Es una historia terrible. Pobre mujer… ¿La conocías?
–No, no, ellas murieron en otro lugar, muy lejos de aquí. –Se giró hacia la ventana y dijo en voz baja–: Eran solo dos niñas.
Ellen tomó otros recortes de la caja y leyó para sí misma algunos de ellos. Durante varios minutos guardó silencio mientras pasaba a su hijo algunas de las fotografías:
–Mira, lee esta en voz alta –dijo Ellen a su hijo. Se echó hacia atrás en la silla y miró hacia el ventanal.
Él se puso las gafas y leyó:
–Nunca podré olvidar aquel cuadro trágico en el que una mujer llevaba entre sus brazos a un niñito y lo estrechaba contra su pecho. El niño gritaba: «Madre, voy a morir», y la madre, envolviendo a su hijito con sus cabellos desgreñados, mientras corría inconscientemente, al azar, le respondía: «No te asustes, hijo mío, moriremos juntos». Apenas había terminado de hablar la madre, un avión, descendiendo a veinte metros, los ametralló y los mató.
Se quitó las gafas, dejó pasar unos segundos y dijo:
–Todo es terrible, madre. ¿De dónde procede? ¿Qué es lo que quieres contarme?
–Sus voces me persiguen, me acompañan en sueños y me susurran cánticos de ascuas y lumbre. Me transportan a las mismas puertas del infierno, de donde yo procedo. Porque soy hija del demonio, hijo mío. –Se giró hacia él–. Esta es la historia que quiero contar. Siento la necesidad de recordar cómo empecé a ser yo misma y cómo he llegado a ser lo que soy, tu madre. Siento que tengo que transmitirte todo esto, porque también forma parte de ti. No podré estar en paz conmigo misma hasta que no lo haga. La historia de la paz aún no ha brotado en esta casa, no lo hará hasta que todos nos reconciliemos con nuestro pasado.
2
Afueras de Linz, Austria
Viernes, 15 de diciembre de 1944
Soy una anciana que nunca fui niña. La guerra me robó la juventud. Aprendí a marchar antes que a bailar. Aprendí a gritar antes que a hablar y a obedecer antes que a pensar. Me enseñaron a odiar, y tuve que aprender a querer y a comprender. Me ordenaron idolatrar a un hombre que nunca conocí, y a sentir orgullo de algo que nunca comprendí. Y llegué a ser alguien que nunca supe si quería ser. Pero esa era la persona que ellos querían que yo fuera, la que yo debía ser. Y tuve que aprender a ser yo misma otra vez, tuve que aprender a aprender, tuve que hacer un esfuerzo para hacerme a mí misma, para hacerme otra vez. Incineré todo lo que había empezado a ser, partiendo de la nada de una existencia, la mía, que me era ajena, y que era del todo absurda.
En agosto de 1944 Hitler declaró que nuestra ciudad, Breslau, sexta de Alemania en cantidad de habitantes y reducto político del Partido Nacionalsocialista, se convertiría en una fortaleza inexpugnable. Aquella orden convirtió nuestras calles en un formidable caos y todo bullía de actividad. Frente al aplastante avance de las tropas soviéticas, teníamos orden de que hasta el último hombre defendiera nuestro suelo. Miles de personas, militares y también civiles, porque ya no había ninguna diferencia, se afanaban en desplegar un cinturón defensivo, con la vacua esperanza de posponer lo que, aunque para la mayoría parecía un desenlace inevitable, pocos se atrevían a expresar por miedo a ser acusados de derrotismo: el tercer Reich, el de los mil años, se desmoronaba recién nacido en medio de un baño de sangre.
Pero yo tenía 17 años y era, como todas nosotras, muy ingenua. Nos habían enseñado a serlo. En mis 17 años de vida nunca había salido del recinto de nuestra ciudad natal, no conocía el mundo que se elevaba más allá del jardín botánico… Y ahora contemplaba con asombro la transformación que la guerra le había provocado en el transcurso de los últimos meses, desde que las hordas rojas amenazaban las fronteras del imperio. Éramos poco más de medio millón de habitantes y habíamos sufrido la invasión de otros tantos refugiados rumanos, polacos, finlandeses y húngaros, en su mayoría mujeres y niños, que huían espantados por las noticias de asesinatos y violaciones que la radio, y los refugiados procedentes del este, nos hacían llegar.
Sin servicio de trenes de pasajeros porque las vías habían sido destrozadas por los bombarderos, sin combustible para los escasos coches que aún continuaban en manos de particulares y con la totalidad de las bestias de carga requisadas por el ejército, miles de personas deambulaban por los caminos arrastrando sus escasas pertenencias en coches de bebé, carretillas, bicicletas y carros enganchados a mujeres y ancianos. Otros tantos yacían sobre las aceras, allí donde sus fuerzas los habían abandonado o haciendo interminables colas ante las cocinas de campaña instaladas por las autoridades y la Cruz Roja, con la esperanza de obtener un tazón de caldo y un poco de pan negro.
Miles de soldados, voluntarios y prisioneros habían sido destinados a cavar trincheras y fosos antitanque en torno a la ciudad, mientras que las principales arterias del centro habían sido obstruidas por vehículos en desuso, desde camiones y autobuses hasta vagones de tranvía.
Ese día yo no era sino una más en medio de la multitud, y de nada le había valido a mi madre suplicar al comandante de la plaza un medio de locomoción para que la hija del mariscal de campo Wolfram von Richthofen pudiera viajar a Bad Ischl para visitar a su padre enfermo.
–La defensa del Reich no admite distracciones –manifestó sarcásticamente el Gauleiter Karl Hanke, conocido por el pseudónimo de «el ahorcador de Breslau», que despreciaba a los aristócratas como nosotros.
–¡Pero si es apenas una niña! –insistió Jutta von Selchow, mi madre.
–Querida señora Richthofen –le interrumpió Hanke–, permítame señalarle que muchos jóvenes menores que su hija son ahora la última línea de defensa del Reich, y junto con los ancianos se han alistado en el Volkssturm y están defendiendo esta ciudad con armas en la mano. Además, usted me ha dicho que la niña… ¿cómo me dijo que se llama?
–Mi nombre es Ellen –respondí.
–Eso mismo, Ellen –dijo girándose un momento hacia mí–, usted me ha dicho que Ellen integra la Liga de Jóvenes Alemanas de las Juventudes Hitlerianas y debo decirle que muchas de ellas están colaborando ahora mismo atendiendo a los heridos que llegan a la estación de tren desde el frente oriental; los reciben y los distribuyen entre los distintos centros hospitalarios… y hasta hacen algunas curaciones.
–Pero… –procuró decir mamá.
–Aquí no hay peros, señora. Escúcheme bien: las escuelas del estado han templado en cuerpo y alma a nuestros hijos para afrontar situaciones como la presente y no veo ninguna razón para que su hija no pueda llegar por sus propios medios a Bad Ischl.
–¡Pero si son quinientos kilómetros! –protestó mamá.
–Le extenderé un salvoconducto y su hija podrá ir en bicicleta. Porque tiene bicicleta, ¿verdad? –añadió el Gauleiter con una disimulada sonrisa.
–Sí –me apresuré a responder.
–Pues agradece, hija, que no te la hayamos confiscado.
–Apenas es una niña, no puede viajar sola –insistió mi madre.
–¿Sola? No, señora, no estará sola. Miles de refugiados transitan nuestras carreteras. Miles, señora, miles. Por la noche una verdadera caravana de vehículos militares obstruye la carretera. No estará sola…Y ahora, si me disculpa…
En mi marcha comprobé que el Gauleiter nos había dicho la verdad y durante las dos semanas que consumí en el viaje los vehículos militares no dejaron de pasar por la atestada carretera, convertida de noche en una nueva torre de Babel a fuerza de refugiados de diferentes orígenes. Tras unas jornadas de viaje llegué a notar que estos caminaban en ambas direcciones y me preguntaba quién huía de qué. Tras hablar con algunos desconocidos descubrí que, si bien muchos europeos del este buscaban la relativa seguridad de las fronteras alemanas, no pocos alemanes huían de Breslau, pues, tras haberse decretado la lucha a muerte, todos preveían que allí se libraría una atroz batalla cuando llegaran los rusos. También supe que muchos intentaban llegar a Austria con la esperanza de que los ejércitos aliados conquistaran el país antes de la llegada de las hordas rojas.
El agotamiento, el hambre y el miedo dotaban de alas a las habladurías y corría el rumor de que en ciertos pueblos la población se suicidaba en masa para no caer en manos de los invasores. Entre la gente se contaban espeluznantes escenas de madres ahorcando a sus niños para luego suicidarse ellas… o arrojándose a los ríos para evitar ser violadas. Pero para mí estos eran solo rumores sin fundamento, pues no creía que el ejército alemán pudiera ser superado tan fácilmente. Mi familia, constelada de personajes célebres de la historia alemana, entre los que se contaba el as de la Gran Guerra, Manfred von Richthofen, el Barón Rojo, y mi propio padre, también as de la misma contienda y mariscal de campo de la Luftwaffe condecorado con hojas de roble de la Cruz de Caballero, sabía mucho sobre los entresijos de la política del Reich. Yo tenía sobradas razones para confiar en la promesa de Hitler de que la guerra se ganaría con las nuevas armas que se estaban desarrollando. ¿Acaso no llegaban a Breslau miles de tropas y largas caravanas de vehículos de la Wehrmacht? Cierto, me decía a mí misma, viajan solo de noche para ocultarse de los bombarderos aliados, pero todo eso va a cambiar pronto cuando Göring haga regresar a los pilotos del frente oriental. Qué razón tenían las líderes de la Liga de Jóvenes Alemanas cuando nos advertían de que la peor traición a la patria era el derrotismo… Y se ahorcaba sin piedad a quienes eran acusados de este delito.
Aunque por educación no había expresado mi opinión cuando el Gauleiter hablaba con mi madre, a pesar de que no me había gustado en absoluto su condescendencia, compartía las razones esgrimidas por aquel en cuanto a que no se debía distraer a ni un solo hombre de la defensa para atender a una niña, por más que yo fuera la hija de un héroe. Yo apenas conocía a mi padre, a quien en los últimos diez años solo había visto en las raras ocasiones en las que, disfrutando de contados permisos, nos visitaba. Pero, a pesar de todo ello, estaba segura de que mi padre pensaría igual que yo. Él no había dudado en luchar desde España hasta Grecia y desde Italia hasta Rusia. Todos los cielos de Europa conocían su heroísmo y los enemigos de nuestra patria habían sufrido amargamente su ira. Sentía que debía ser capaz de caminar a su encuentro cuando él más nos necesitaba.
«¿Una niña? –me decía mientras pedaleaba con resolución–. No, soy una Richthofen. Ya no quedan niños en Alemania, la guerra nos ha hecho a todos adultos».
Pero, a pesar de mi determinación, tuve que dar por ciertos los relatos sobre las ciudades arrasadas por los bombarderos aliados, ya que muchos refugiados procedían de ellas y sus miradas apagadas eran elocuente testimonio del horror que habían sufrido. Sus relatos eran horribles y muchos habían sido heridos o habían perdido familiares en los bombardeos. Como Breslau nunca había sido sometida a ataques aéreos, no llegué a comprender la magnitud de su desgracia, hasta que, en mi décimo día de viaje, fui testigo del bombardeo de Linz.
Circulando en dirección al frente este, largas hileras de camiones de transporte de la Wehrmacht comenzaron progresivamente a ocupar la carretera, por lo que tuve que bajarme de la bicicleta. La columna de refugiados se dividió en dos, flanqueando ambos lados de la carretera, cuyo centro fue rápidamente ocupado por el interminable paso de tropas a pie, camiones, tanques y todo tipo de vehículos que discurrían en dirección contraria al de la masa de refugiados.
Sumida en esa monotonía de ruidos mecánicos, polvo y desesperanza, el súbito estruendo de las explosiones sumieron a los refugiados en un incontrolable estado de terror. La larga caravana que abarcaba más de diez kilómetros se rasgó completamente, en un desorganizado estertor de histeria, gritos y angustia.
Yo no supe reaccionar y me quedé petrificada junto al camino, aferrada nerviosamente a mi bicicleta, absorta ante las densas columnas de un grueso humo negro que avanzaban sobre mí.
–¿Qué haces? ¿Estás loca, niña? –gritó alguien, empujándome al suelo y arrastrándome bajo el carro del que tiraba perezosamente un caballo blanco, que, acostumbrado a las bombas y demasiado viejo para correr, permaneció en su sitio a pesar del maremágnum.
–¿Qué te pasa? ¿Es que acaso quieres que te maten? –me recriminó.
–No… No lo sé… –Apenas atiné a decir y me aferré a él, que me abrazó mientras intentaba adivinar el número de aviones que trazaban extrañas siluetas en el cielo de Linz.
Yo solo podía escuchar los roncos motores de los aviones cada vez más cerca y mantenía los ojos fuertemente cerrados. Me agarré aún más fuerte a él, quien, procurando tranquilizarme, me pidió que no llorara, porque todo iba a estar bien. Pero el ruido de los aviones se hacía cada vez más fuerte y no podía dejar de llorar convulsivamente. Ya no había tiempo para pensar en nada, ni para correr. Hubo un fuerte rugido de motores. Los bombarderos estaban justo encima de nosotros cuando lanzaron las bombas que explotaron en medio de un horrible estrépito que me dejó por un tiempo totalmente aturdida.
Poco a poco fui recuperando los sentidos y entonces todo fue mucho más horrible. Desde debajo del carro solo se podía ver el caballo que, aunque aparentemente sin heridas, pendía muerto de sus arreos. Una densa humareda negra lo cubría todo y un intenso olor a aceite y a carne quemada lo abarcaba todo. Gradualmente comencé a percibir los gritos de dolor y de angustia, y a distinguir informes restos humanos desparramados por todas partes.
–Nunca habías visto uno, ¿verdad? –me preguntó él, mientras me limpiaba la cara con su pañuelo ensangrentado.
–¿Estoy herida? –inquirí, irguiendo la cabeza y observando mis ropas.
–No es tu sangre, es la de ellas –respondió él señalando hacia arriba.
–¿Ellas?
–Sí. Los muertos no lloran, por eso sangran sobre nosotros –respondió él.
–Las conducía a casa de Hugo, que limpia sus cuerpos y las entierra… en su jardín.
No pude reprimir un grito de terror.
–No te asustes. No han muerto hoy. Yo cargo sus cuerpos en el carro y las conduzco desde el campo de concentración hasta el pueblo. Murieron ayer y su sangre debería estar seca.
–Pero… pero… ¡es horrible! –grité–. ¡Quiero salir de aquí ahora! –y prorrumpí en un llanto nervioso sin poder reunir las fuerzas suficientes para huir de aquel infierno.
–No, no podemos salir aún, los aviones pueden volver en cualquier momento. Agárrate fuerte a mí.
Hasta bien entrada la noche, los primeros supervivientes no se atrevieron a abandonar los refugios que habían podido hallar a la vera del camino; y aunque los lamentos de los heridos y los gritos desesperados pidiendo ayuda me aturdían, parecía que nadie hacía nada por ellos.
Habían pasado muchas horas y no quería dejar de abrazar a quien me había salvado la vida. Y, sin saber por qué, lo besé. Lo abracé suavemente y él me desvistió. Quería quererlo y sentirme querida. Necesitaba que me abrazara y me hiciera el amor porque, aun en aquel remolino de gritos, humo, llanto y destrucción, había una razón para querer y ser querida. Hicimos el amor y permanecimos callados, sin decirnos nada, bajo aquel carro, hasta el amanecer.
–No sé tu nombre –le dije cuando despertamos.
–Yo no tengo nombre. Tío Hugo me llama Bruno. «Bruno el glotón», dice él.
–¿Perdiste a tus padres? –inquirí.
–No lo sé, siempre he sido Bruno. No recuerdo a mis padres… No recuerdo nada –respondió tratando visiblemente de reprimir una profunda tristeza, y de mostrarse fuerte y sonriente ante mí.
–Yo soy Ellen. Y tú me has salvado la vida.
–Eres muy dulce, Ellen.
–Pero, dime –pregunté con curiosidad, cuando los primeros rayos de luz comenzaron a iluminar las facciones de Bruno–, ¿qué edad tienes?
–Tío Hugo dice que tengo doce años.
Lo abracé y él me besó de nuevo. Y esa fue la última vez que lo vi.
Centenares de habitantes de Linz se habían sumado ahora a la interminable caravana de refugiados. Los bombardeos habían sellado el mito de la seguridad en las fortalezas del Reich. Breslau, como Linz y tantas otras ciudades, no era ya una opción para nadie. La huida hacia el oeste, al encuentro de las tropas aliadas era el único camino para todos. Pero yo estaba determinada a acudir junto a papá, quien, recuperado, pronto ayudaría a expulsar a los invasores de Alemania y a sus bárbaros aviones.
3
Hospital de la Luftwaffe
Bad Ischl, Austria. Diciembre de 1944
El hospital militar de la Luftwaffe estaba instalado en el antiguo hotel Haus Bauer, donde fui recibida por el doctor Wilhelm Tönnis, pionero en el campo de la neurocirugía.
–Estimada señorita –me dijo tras hacerme pasar a un consultorio con maravillosas vistas al río Traun–, esté usted tranquila. Su señor padre está en las mejores manos que existen para el tratamiento de su dolencia. Aunque las exigencias de la guerra nos han obligado a todos a tratar a los heridos que, afectados de todo tipo de dolencias, no cesan de llegar del frente, tenemos aquí a un magnífico equipo de neurocirujanos. Contamos con los profesores Karl Dussik y Hans Meyer, quienes están desarrollando una nueva técnica de diagnóstico con ultrasonido en la que tenemos puestas nuestras esperanzas…
–Pero ¿cuáles son las expectativas reales de mi padre? ¿Se recuperará pronto? – interrumpí, ignorando las palabras del doctor.
–No lo podemos saber. En los próximos días le haremos una intervención exploratoria que probablemente confirmará nuestras sospechas de que el tumor cerebral que tiene es operable. Si resultara ser benigno, que es lo que todos esperamos, se lo extraeremos y se recuperará. El proceso de rehabilitación será lento, pero lo superará. En caso contrario… –Se interrumpió abriendo los brazos en un expresivo gesto de impotencia–. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos –añadió el médico, que se puso de pie y dio por terminada la consulta–, por ahora piense que pronto estará bien y procure que se siente lo mejor posible durante los próximos días, que serán los más difíciles. Su padre sufre actualmente fuertes dolores de cabeza, por lo que le estamos medicando con analgésicos que lo mantienen adormecido. Vaya y atiéndalo con todo el cariño que un padre y un héroe se merecen. Tendrá mucho trabajo, ya que no damos abasto y apenas podemos atender a todos los heridos. Cuando esté un poco, mejor podrá acompañarlo a la terraza y disfrutar de este maravilloso lugar que fue balneario de emperadores.
El caos que rodeaba al hospital era una elocuente señal de que el doctor Tönnis no había exagerado. Transformado junto al hotel Kaiserkrone en hospital en el año 1943, los tres nuevos pabellones del complejo médico y el antiguo hotel Bauer no eran suficientes para albergar la cantidad de hombres que requerían atención médica. Una larga fila de vehículos aguardaba en la calle paralela al río para descargar soldados lisiados y mutilados, todos ensangrentados, que no cesaban de llegar del frente, donde se decía que las tropas soviéticas avanzaban unos setenta kilómetros diarios ante la impotencia de la Wehrmacht, que solo era capaz de replegarse. Al ver aquello, y tras más de tres semanas de marcha compartiendo el sufrimiento de los refugiados, comencé a cuestionar mis convicciones sobre el triunfo de Alemania.
Tras atravesar corredores y pasillos atestados de médicos, enfermeras y pacientes tendidos en catres improvisados, llegué al sector del tercer piso destinado a los oficiales superiores de la fuerza aérea. Allí hallé la habitación de mi padre. Al lado de la puerta había un pequeño cartel que daba cuenta del grado y nombre del paciente: Generalfeldmarschall Wolfram von Richthofen. El amplio apartamento, originalmente reservado a adinerados turistas, no había perdido aún su marcado carácter hostelero, a pesar de haberse destinado desde el inicio de la guerra a escuela de gestión de la fuerza aérea alemana y llevar ya más de dos años cumpliendo funciones de hospital militar. La pintura blanca que sustituía el anterior empapelado no había logrado cubrir totalmente los dorados del artesonado del techo y apenas lograba disimular su antiguo esplendor, claramente expuesto en el intrincado dibujo de las tablas del piso, que reflejaban el sol que entraba a raudales por la ventana. No obstante, los asépticos muebles de metal y el paciente vestido con pijama de rayas y con la cabeza vendada que se hallaba tendido en la cama eran indicativos de su nuevo destino.
Cuando mamá me envió a Bad Ischl nadie podía imaginar la situación a la que me iba a enfrentar. El personal era tan insuficiente que en muchos casos los propios heridos colaboraban en la atención de los recién llegados. Y así me convertí en la enfermera del mariscal de campo más joven del Reich.
–Hola, padre –saludé tímidamente, sin que él pareciera percatarse de mi presencia.
Pero, suavemente, con dificultad, elevó su mano y tomó la mía. La apretó con docilidad y vi cómo una lágrima corría por su mejilla. Me abracé a él y lloramos un largo rato.
Él pasaba la mayor parte del tiempo en un estado de semiinconsciencia, de modo que durante los primeros días de mi estancia en el hospital me entretuve observando por la ventana el incesante movimiento de vehículos militares y asistiendo al personal médico cuando me requerían; pero al fin, aburrida, curioseé en el ropero de la habitación donde se encontraban las pertenencias que le habían acompañado durante sus campañas.
Observé con detenimiento su uniforme: una guerrera azul con los distintivos propios de su condición de mariscal del aire, en los que lucía los bastones de mando bordados con hilo de oro. En el pecho, numerosas condecoraciones, entre las que destacaba, sobre el bolsillo derecho, una gran cruz de Malta en oro con una esvástica orlada de diamantes en el centro y rodeada de espadas adornadas con águilas. Recordaba el día que, aún niña, había viajado junto a mis hermanos y mi mamá hasta Hamburgo para recibir a nuestro padre, que regresaba de la guerra en España. Nunca podré olvidar la emoción que sentí aquel día y mi orgullo al ver aproximarse los barcos que transportaban a las tropas. Unos buques enormes flanqueados por decenas de pequeñas embarcaciones que habían salido a recibir a los héroes que habían combatido contra el comunismo. En aquella ocasión el mismísimo ministro Göring condecoró a papá con la medalla que ahora sostenía en mis manos.
Recuerdo también cómo, algunos días más tarde, en la plaza Lustgarten de Berlín, el Führer presidió el desfile encabezado por nuestro padre. ¡Qué orgullosa me sentí observando a miles de personas vitoreando a los héroes del pueblo alemán! Recordaba claramente que, cuando Hitler explicó las razones por las que hasta entonces se había mantenido en secreto la participación de Alemania en aquella guerra, mamá nos dio un fuerte beso a cada uno y nos dijo:
–Ahora ya sabéis por qué os tuve que mentir. El propio Führer os lo ha hecho saber: vuestro padre no estaba en una base en Baviera, sino que luchaba para expulsar de nuestro continente a los bolcheviques.
Entretenida estudiando sus pertenencias, entre las que se encontraba la cruz de hierro con hojas de roble y el bastón de mando que había obtenido cuando fue nombrado mariscal del aire, el mariscal más joven del Reich, descubrí su diario. Una puerta abierta al alma de mi padre y a la de un héroe del Reich.
4
Tetuán, Marruecos español
Jueves, 23 de julio de 1936
Aunque el propietario de la pequeña oficina, ubicada en la populosa calle del Comercio de Tetuán, se había esforzado en que esta aparentara prosperidad, su empeño solo lograba convencer a la clientela local que le visitaba y a algún español despistado, pero en manera alguna a los desacostumbrados visitantes, que, sentados frente al escritorio, miraban disimuladamente hacia el techo en su afán de convencerse de que el ventilador que giraba apáticamente sobre sus cabezas sí estaba cumpliendo su propósito. Si bien el zarzo de la calle y el toldo extendido frente a la ventana apenas conseguían refrenar los rigores de la canícula, sumían la habitación en una penumbra que parecía acentuar la mediocridad del decorado: un par de cuadros con sus marcos desportillados, una lámpara de escritorio estilo art déco con el niquelado cascado y un par de sillones que conocieron mejor época estratégicamente colocados para cubrir el desgaste de una alfombra Beni Ouarain de color indescifrable. Sobre la pared, tras la butaca del escritorio, presidía todo el conjunto la fotografía de Adolf Hitler, y pintado en el cristal de la ventana, el nombre apenas perceptible de una vieja empresa.
Johannes Bernhart, entrecerrando los ojos, como pretendiendo calibrar las intenciones de sus visitantes, observaba atentamente las reacciones del más pequeño, que, enfundado en su traje de general del ejército español, sudaba copiosamente mientras que con una incongruente voz atiplada pretendía calmar al representante de la aerolínea alemana Lufhtansa.
–Tranquilícese, por favor, señor Bertram, que todo se va a solucionar porque…
–¿Solucionar? –le interrumpió airadamente Otto Bertram, que se encontraba tan nervioso que no lograba permanecer sentado–. Es que esto ya no tiene solución. ¡Es que en las Canarias el general Orgaz me ha requisado un trimotor que es de mi responsabilidad!¡Para arrojar octavillas! ¿Se da cuenta de lo que le digo? ¡Por Dios! ¡Arrojando octavillas golpistas desde una aeronave alemana! ¡Es un escándalo! ¿Acaso no se dan cuenta de que nos está poniendo en una situación muy comprometida? Y cuando el Gobierno español se entere, porque sin duda lo hará, quedaremos expuestos a que nos retiren los permisos de navegación… ¡Y todavía se atreve a solicitar mi complicidad! ¿No comprende que es impensable que yo, como representante de una empresa extranjera radicada en España, pueda intervenir en una acción contra el Gobierno de la República? Y ahora trasladan al general Orgaz hasta aquí. Discúlpeme, general, pero yo no tengo por qué obedecer sus órdenes… y Lufthansa no es una compañía del ejército español. Pero no crea que esto quedará así, protestaremos y pediremos responsabilidades.
–No se ofusque usted –insistió Franco en tono conciliador–. No podrá negar que el general Orgaz ha pagado, y con bastante generosidad me atrevo a añadir, el uso de su aeronave, ¿verdad?
–¿Pagado? –se sorprendió Bertram–. ¿Qué valor cree usted que puede tener un vale extendido por militares sublevados? ¡Papel mojado! Eso es lo que son sus dichosas 90 000 pesetas que seguramente nunca podremos hacer efectivas si la aventura que han iniciado fracasa, que es a todas luces lo que va a suceder…
–Nos subestima usted –señaló Franco–. Ya verá usted que somos capaces de sorprender al mundo con nuestra gesta contra el comunismo. Y ustedes nos lo agradecerán. Precisamente por ello es por lo que le hemos rogado al señor Bernhart que nos recibiera hoy y que invitara a esta reunión a Adolf Langenheim, que, como usted sabe, es el jefe del Partido Nacionalsocialista en Marruecos.
–Ya hemos conversado largamente sobre nuestras intenciones con el señor Bernhart, y este a su vez se las ha comunicado al señor Langenheim. Ambos han aprobado nuestro proyecto. Ahora solo necesitamos su visto bueno a esta pequeña aventura –sonrió Franco–, que sin duda redundará en beneficio de todos, porque, cuando nosotros seamos gobierno, no olvidaremos a quienes nos han ayudado desde la primera hora: su empresa conocerá una prosperidad que, me atrevo a decir, hasta ahora le ha sido esquiva; su aerolínea podrá ampliar sus destinos en la península, y el Partido Nacionalsocialista contará con un importante respaldo en España. Su Führer sin duda aplaudirá con entusiasmo nuestro acuerdo. Como usted sabe –prosiguió Franco–, el pasado 17 de julio nuestro glorioso ejército ha decidido dar fin a la corrupción judeo-masónica-bolchevique. Por ello nos hemos alzado contra la República, para reconstruir lo que esta ha mancillado: crearemos una política de redención, de justicia y de engrandecimiento de la patria. Las masas españolas que se rindieron a los fáciles halagos del extremismo izquierdista, del socialismo y del comunismo verán con meridiana luz que es aquí, en la España que les legaremos, en el nuevo régimen que estamos creando, en el nuevo sistema que proponemos, donde la aplicación de los principios y de las normas auténticamente justas van a tener amplia realización. –Se volvió hacia Langenheim–. ¿Es que se puede consentir un día más el vergonzoso espectáculo que estamos dando al mundo? Yo mismo me apresuro a responderle: ¡no! Pero para lograr nuestros objetivos debemos superar obstáculos, como el transporte de nuestras tropas a través del estrecho de Gibraltar, porque, plegada a los comunistas, la Marina republicana no se ha adherido al alzamiento. Contamos con cincuenta mil hombres dispuestos a servir a España con valor y sacrificio, que solo esperan la hora de pisar el suelo patrio para iniciar su lucha contra la barbarie roja. Y por esto necesitamos el auxilio de Alemania, pues, solo por vía aérea, en aviones alemanes, podremos transportar a nuestros hombres de Tetuán a Cádiz. Por todo esto –finalizó Franco–, señor Bertram, hoy su aeronave será fundamental para el éxito de nuestra misión. Solo le pedimos un esfuerzo más, y es que lleve a estos caballeros y a un representante mío hasta Alemania. Luego usted podrá disponer de su aeronave con total libertad…
–¡No pretenderá requisarla nuevamente! –exclamó Bertram.
–Permítame un segundo –le interrumpió Franco–, y le ruego que me preste atención hasta el final de mi exposición antes de sacar conclusiones.
–Si me disculpa, general… –intervino Bernhart–. Creo que llegó la hora de que nos entendamos entre compatriotas. Créame que solo lo hago para aportar una solución a este conflicto que usted cree insoluble. Antes de que usted compareciera ante nosotros, hemos cambiado impresiones con el general Franco y con el señor Langenheim. El general nos ha planteado las necesidades del ejército español para enfrentarse a la horda judeo-comunista que amenaza España y, considerando que sus principios son plenamente compartidos por el Gobierno alemán, creemos que debemos secundar su esfuerzo aportando lo que esté en nuestra mano. Además de ello, y discúlpeme si me inmiscuyo en sus asuntos, no debe perder de vista los evidentes beneficios económicos que reportarán en nuestras empresas. Usted representa a una aerolínea alemana, el señor Langenheim es representante del Partido Nacionalsocialista y yo tengo una empresa de transportes. Todos saldremos beneficiados de esta situación. El general jamás olvidará el servicio que Lufthansa, el partido nazi y ustedes le han brindado.
–Por supuesto –respondió Langenheim–, tan cierto como que ya he cablegrafiado al secretario del partido nazi y me ha dicho que él, personalmente, los presentará ante el Führer.
–¿Habló usted con Rudolf Hess? –preguntó sorprendido Bertram.
–Sí –respondió rápidamente Langenheim con una sonrisa que no supo disimular–, y me ha respondido que, en su opinión, el Führer simpatizará con nuestro movimiento.
–Es más, general –añadió dirigiéndose a Franco–, me ha sugerido que sería de sumo interés que usted escriba de puño y letra su solicitud de ayuda.
–Si con ello logramos convencer al señor Bertram de que nos ceda su avión para volar hasta Berlín… –respondió con una meliflua sonrisa el general.
Inmediatamente un asistente le entregó un sobre, que este extendió a Bernhart, donde se leía:
Excelencia,
Nuestro movimiento nacional y militar tiene como objeto la lucha contra la democracia corrupta en nuestro país y contra las fuerzas destructivas del comunismo, organizadas bajo el mando de Rusia.
Me permito dirigirme a V.E. con esta carta, que le será entregada por dos señores alemanes, que comparten con nosotros los trágicos acontecimientos actuales.
Todos los buenos españoles se han decidido firmemente a empezar esta gran lucha para el bien de España y de Europa.
Existen severas dificultades de transportar rápidamente a la península las bien comprobadas fuerzas militares de Marruecos, por falta de lealtad de la Marina de Guerra Española.
En mi calidad de jefe superior de estas fuerzas ruego a V.E. me facilite los siguientes medios de transporte aéreo:
Diez aviones de transporte de la mayor capacidad posible; además solicito:
Veinte piezas antiaéreas de 20 mm.
Seis aviones de caza Heinkel.
La cantidad máxima de ametralladoras y de fusiles con sus municiones en abundancia.
Además, bombas aéreas de varios tipos, hasta 500 kilos.
Excelencia, España ha cumplido en toda su historia con sus compromisos. Con Alemania se siente más unida que nunca en estas horas de su cruzada en la lucha contra el comunismo.
Francisco Franco Bahamonde
Jefe Supremo de las Fuerzas Militares en Marruecos
–Permítanme añadir una cosa –expresó Franco–: el avión debe partir de inmediato, pues no hay tiempo que perder. Les acompañará, como representante mío, el capitán Francisco Arranz, jefe del Estado Mayor de nuestra fuerza aérea y hombre de toda confianza.
5
Bayreuther Festspielhaus
Bayreuth. Sábado, 25 de julio de 1936
Como venía sucediendo desde que el partido nazi hizo suya la ópera wagneriana como epítome de la expresión musical del Tercer Reich, el Bayreuther Festspielhaus se encontraba a rebosar. La villa estaba de fiesta, y no solo por la celebración de una nueva edición del festival que había sido instaurado en el año 1876 por el propio Richard Wagner, sino porque la flor y nata del Gobierno alemán había asistido acompañando al Führer. Este solía pasar los diez días que duraban las funciones en el hogar de Winifred Wagner, viuda del hijo del compositor, lo que supuso un inesperado impulso al por entonces decaído Bayreuther Festspiele.
A pesar de la penumbra propia del teatro, en el palco oficial, fácilmente identificable por la esvástica flanqueada de hojas de roble y águilas que pendía del balcón, se distinguía la presencia de Winifred, el comandante de la Wehrmacht Werner von Blomberg, el ministro de Propaganda Joseph Goebbels y el canciller Adolf Hitler.
Winifred observaba de soslayo las tres diferentes actitudes de sus acompañantes: al primero no le interesaba la obra y en lugar de prestar atención a su desarrollo observaba sin disimulo al Führer; en cambio, el segundo no perdía detalle. El canciller seguía embelesado por la actuación de Heinz Kraayvanger, que, en el papel de Sigfrido, hacía sonar su cuerno para romper definitivamente el hechizo del círculo mágico de fuego y salvaba a Brunhilda, representada por la soprano María Müller, del maléfico encierro al que la habían condenado los dioses. Visiblemente emocionado y con los ojos brillantes, estrujaba el programa entre sus manos y movía los labios en silencio, acompañando al tenor en su épica lucha contra los designios del enano nibelungo.
Hitler veía en Sigfrido el paradigma del espíritu germano, los atributos de la raza aria, la supremacía teutona y la inagotable capacidad de su pueblo de superar las adversidades a las que injustamente había sido sometido por el judaísmo internacional y el infame tratado de Versalles.
Ella admiraba al Führer y le estaba sinceramente agradecida por el impulso que su presencia había dado al festival que su suegro había instaurado hacía ya sesenta años. Su apoyo y el de su partido le habían otorgado su antiguo esplendor porque, como Hitler le había confesado, adoraba a Wagner desde que, siendo aún adolescente, su música le había hecho comprender su destino, que no era otro que fortalecer y unir al pueblo alemán para devolverle su antiguo esplendor.
Al terminar la obra, y tras agradecer los largos aplausos con que el público había apoyado su presencia, Hitler abandonó el palco exultante, comentando con sus acompañantes los pormenores de la obra. Quienes le conocían sabían que tras estas experiencias se encontraba en un desacostumbrado estado de euforia porque, trascendiendo lo meramente musical, asociaba la trama con el devenir de Alemania.
–¡Ah, Sigfrido! –exclamó–. ¡Qué ejemplo para nuestra juventud! Así defenderán el Reich cuando llegue la hora. Con ciego valor. ¿Temor a la muerte? ¡No! Su único temor será a la cobardía. ¡Maravilloso país! Yo haré sonar el cuerno de Sigfrido y toda nuestra juventud se alzará como un solo hombre.
En ese momento se acercó un oficial con un mensaje para Hitler.
–¿Un mensajero? ¿Aquí? –se sorprendió este al ver a un motorista avanzando por el pasillo en compañía del enviado español.
–Sí, mi Führer. Un asunto de suma urgencia le ha traído hasta aquí –explicó Goebbels– y he creído necesario que lo resuelva ahora mismo.
El capitán Francisco Arranz no lograba ocultar su incredulidad, pues, desde el inicio de la aventura en la que involuntariamente se había visto envuelto, la había creído condenada al más estrepitoso de los fracasos. Es más, a lo largo del viaje había sentido que perdería su vida en esa aventura, como cuando, sobrevolando aún tierras españolas, un caza republicano se les había aproximado en misión de reconocimiento: todos se creyeron perdidos, pero el piloto se limitó a saludarles creyendo tal vez que se trataba de un vuelo comercial de Lufthansa. O cuando el aviador, Alfred Henke, había tenido que realizar un aterrizaje de emergencia en el aeropuerto de Sevilla para reparar una avería en uno de los motores del Junkers Ju52.
Ahora que se encontraba frente a lo más granado del partido nazi, no cabía en sí de gozo al escuchar la traducción que Bernhart le hacía de las palabras de Hitler, que se dirigía directamente a él trasladándole el resultado de la reunión que instantes antes había mantenido con Göring, Hess y el almirante Wilhelm Canaris. Aunque no podía entender las palabras del canciller alemán, le escuchaba fascinado por el poder que irradiaba: su indiscutible carisma, sus ojos encendidos, su capacidad retórica y teatral, con una gestualidad que parecía invitar al espectador a participar de la verdad que creía revelar.
Después de un rato discutiendo con los presentes, Hitler dijo:
–Capitán, mis generales me advierten sobre los peligros a que expondríamos a nuestro país si nos involucramos en una guerra extranjera y violamos tratados internacionales. Pero el jefe de nuestra Luftwaffe y el almirante Canaris, jefe de nuestro servicio de inteligencia, que conoce bien España, están conmigo. Alemania no puede permitir que la confabulación judeo-bolchevique se siga extendiendo por Europa, haciendo peligrar la estabilidad de todo el continente. ¡Detendremos el avance comunista allí donde asome la cabeza! La cultura europea y la esencia de nuestra civilización está en juego, y Alemania va a tomar partido en esta lucha entre la España nacional y los bolcheviques que intentan destruirla. Y, empuñando la petición de Franco y sin poder disimular su entusiasmo, agregó–: Veo en la lista que me ha entregado que piden diez aviones para transportar sus tropas a través del estrecho. Esto es insuficiente, de modo que duplicaré esa cifra. –Visiblemente excitado, agitando la nota y dirigiéndose ahora a todos los presentes, exclamó–: ¿Lo ven, caballeros? El propio Wagner marca nuestro destino… ¡Alemania será el Sigfrido de España y España será la Brunilda de Alemania! Nuestra espada romperá el anillo mágico de fuego del judeo-bolchevismo que oprime a este país amigo… ¿No lo ven? Llamaremos a esta misión Operación Fuego Mágico. –Dirigiéndose nuevamente al capitán Arranz, le dijo–: Capitán, me han contado que los españoles son buenos soldados, que han demostrado valor en el campo de batalla; ha llegado la hora de hacer justicia con la historia. Dígale al general Franco que el Tercer Reich le ayudará en su lucha. Ya he dado la orden.
Arranz, sobreexcitado, no atinó sino a vociferar un incomprensible «HeilHitler!», al tiempo que extendía el brazo con demasiado rigor para hacer el saludo nazi, sin tener en cuenta que se encontraba a tan solo tres pasos del Führer. Este, algo sorprendido por la vehemencia del capitán, se dio la vuelta elevando ligeramente la mano y haciendo sonar sus tacones:
–Heil!
6
Ministerio del Aire
Berlín. Viernes, 6 de noviembre de 1936
De espaldas a su visitante, que permanecía en silencio, el voluminoso ministro del Aire, enfundado en su uniforme gris perla, contemplaba por la ventana de su despacho la gran explanada de acceso al nuevo edificio del ministerio, custodiado por dos inmensas águilas de bronce sobre sendas esvásticas rodeadas de coronas de laurel. Entre la inmaculada blancura de la nieve recién caída y el cielo encapotado, la única nota de color era la enseña nazi flameando impulsada por la ventisca.
Hermann Göring se sentía orgulloso de ese edificio que él mismo había ayudado a diseñar, así como de la naciente fuerza aérea del Tercer Reich que el Führer, con tenacidad implacable y aun trampeando los tratados internacionales que lo prohibían expresamente, había hecho renacer de sus propias cenizas tras la derrota de la pasada guerra. Göring sentía que el edificio en sí mismo representaba la inquebrantable voluntad aria, el palpable testimonio de irreductibilidad alemana; porque, si bien habían perdido una guerra, sus enemigos no habían logrado doblegar el espíritu del pueblo germano, que, tras el armisticio del dieciocho, se venía preparando en cuerpo y alma para un enfrentamiento definitivo que ya sentían cercano.
De probado valor durante los combates en la escuadrilla del famoso Barón Rojo, de la que llegó a ser líder y por cuyas acciones le fue concedida la cruz de hierro, Göring amaba los aviones tanto como amaba el lujo y el poder; y tras su afianzamiento en el partido nazi veía en la fuerza que comandaba la punta de lanza para sortear las infinitas trampas que se le tendían en su ascendente carrera política y obtener su más preciado galardón: convertirse en sucesor de Hitler.
Su progreso en el escalafón del Partido Nacionalsocialista había sido tan exitoso como el de la misma flota que ahora encabezaba. Apenas un año después de su firma y lejos de atenerse a lo establecido en el Tratado de Versalles, que prohibía al Gobierno de Weimar organizar una fuerza aérea, Alemania había creado una división secreta de investigación aeronáutica que actuaba en el seno de la sección de armamentos del ejército, entre cuyos primeros colaboradores se contaba el general Hugo Sperrle. Desde entonces transgredió sistemáticamente cuantos acuerdos le habían sido impuestos por los vencedores. Así, cuando en el año 1922 las potencias aliadas levantaron el veto y permitieron la fabricación de aviones no destinados a uso militar, restringidos en sus especificaciones de peso, potencia y velocidad, su departamento se las ingenió para poner en marcha un programa de desarrollo de modernas máquinas militares.
También había logrado sortear la prohibición de entrenar una fuerza de combate mediante un acuerdo con el alto mando de la aviación del ejército ruso por el que se permitía el uso conjunto de una base aérea cercana a Moscú, en la que se dictaron cursos para los futuros pilotos, observadores y personal técnico de la naciente Luftwaffe. Allí se realizaron las primeras pruebas a los aviones Fokker, Dornier, Arado y Heinkel, ya adaptados a su destino militar.
A partir de 1927 y disimuladas como asociaciones civiles dedicadas a la aeronáutica, el Ministerio de Defensa inició el desarrollo de una fuerza aérea propiamente dicha, que contó con quince escuadrillas de caza y bombardeo, y que, apenas ocho años después, cuando Hitler anunció oficialmente su creación, ya contaba con treinta y cuatro unidades operativas con quince a veinte aparatos cada una y con bases en veintitrés aeródromos diferentes. Entonces, con el fin de equipar rápidamente la naciente fuerza, se llevó a cabo una conversión de naves civiles en aparatos militares: el Junkers Ju52 y el Dornier Do17 se transformaron en bombarderos y el biplano Heinkel He51 se convirtió en caza tras la instalación de potentes ametralladoras. Además, le fueron asignadas unidades de artillería antiaérea y compañías de comunicaciones.
Sin dejar de mirar a través de la ventana, Göring continuó hablando:
–Pues sí, Sperrle, usted sabe tan bien como nadie que nuestra Luftwaffe ha nacido del espíritu de los aviadores de la Gran Guerra y que está inspirada por su fe en nuestro Führer. Así es la fuerza aérea alemana de hoy, que está preparada para obedecer cada orden con la velocidad del rayo y un inimaginable poderío… Por ello no podemos tolerar el desprestigio por el que ahora se ve amenazada. Usted recordará que, así como en agosto el Führer ordenó apoyar material y militarmente de la forma más amplia posible al general Franco, también recalcó que debería excluirse toda participación activa en la lucha, pues de ninguna manera podríamos correr el riesgo de que nuestro país se viera involucrado en una nueva guerra ni, por supuesto, que se supiera que contamos con una fuerza aérea consolidada. Pero la situación ha cambiado radicalmente. Nuestro encargado de negocios en la península ha comparado la situación del ejército de Franco con una barca que lentamente se va a pique y que solo aplicando toda nuestra fuerza logrará permanecer a flote. ¡La metáfora es tan gráfica como intolerable la situación! No enviamos nuestra fuerza aérea para apoyar las erráticas estrategias de ese inútil. Y no toleraré el desprestigio que representaría una derrota del ejército español si mi Luftwaffe está involucrada en ello. Mire usted –añadió Göring, que se giró hacia su visitante y cogió un folio del escritorio–, la semana pasada me llegó este informe del alto mando de la Armada: Situación en tierra extremadamente seria. Ningún plan, dirección inaccesible, ningunas reservas. Rojos muy superiores en el aire. Opinión Sperrle, situación solo salvable mediante envío división alemana y toma de mando. En caso de ser políticamente insoportable, se precisa retirada inmediata. Por este informe es por lo que le ordené regresar de España.
–Pero si me permite, Herr ministro… –le interrumpió Sperrle revolviéndose incómodo en su asiento.
–Oh, no se incomode usted –le interrumpió a su vez Göring, sonriendo por primera vez–, coincido plenamente con usted. Como usted mismo ha planteado, la situación es insostenible. He consultado directamente al Führer y le he hecho saber su opinión, la cual, debo añadir, ambos respetamos y compartimos. Hitler, a pesar de las protestas procedentes del Ministerio de Exterior, que aconsejan dar carpetazo a la aventura española, ha estado en todo de acuerdo con sus sugerencias y, como dicen los españoles, está dispuesto a coger el toro por los cuernos. Los españoles –prosiguió Göring– han demostrado que no dan la talla, y ni siquiera la tecnología y la potencia de nuestras aeronaves han sido capaces de inclinar la balanza en su favor. Pero, puestos ante la disyuntiva de retirarnos, lo que supone un desprestigio que, por injusto, Alemania no está dispuesta a asumir; o involucrarnos directamente en esta guerra, el Führer
