Un remordimiento - Marina Cox Stuven - E-Book

Un remordimiento E-Book

Marina Cox Stuven

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Beschreibung

Una joven mujer narra cómo luego de pasar años muy tranquilos en un idílico hogar rural, es visitada de repente por un adolescente en medio de un viaje. Con este encuentra un nuevo mundo, donde comparten, entre otras cosas, largas conversaciones que van desde la música hasta los últimos trabajos filosóficos de Nietzsche. Luego de compartir unos meses juntos, el joven parte y deja una gran huella en la narradora, un remordimiento. Este relato se entreteje con composiciones musicales y distintas entradas de un diario íntimo, proveyendo al lector de reflexiones, poemas y pequeñas historias que nos permiten entender los más profundos pensamientos de una mente femenina al final de siglo.

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Seitenzahl: 113

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Marina Cox Stuven

Un remordimiento

(Recuerdos de juventud)

Saga

Un remordimiento

 

Copyright © 1909, 2021 SAGA Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788726642667

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

This work is republished as a historical document. It contains contemporary use of language.

 

www.sagaegmont.com

Saga Egmont - a part of Egmont, www.egmont.com

A la mémoire de mon Père, ce volume et toute mon œuvre sont tendrement dédiés.

AU LECTEUR

Lecteur, tu me fais un grand honneur en lisant ces pages écrites par un cœur qui bat depuis longtemps, et faites dans une volonté de travail et de profit .. Mais cette gloire que tu me donnes, n’est un bienfait sinon quand elle est méritée... et je n’ose croire que quelques pages dictées par l’émotion et la sincérité soient un titre glorieux…….

Je ne veux qu’une seule chose: je n’ai qu’une aspiration; c’est que ce livre arrive à tes mains, quand tu seras disposé de croire à la vérité d’une âme.

M. C. S.

“Les ormes”

avril-mai, 09

UN REMORDIMIENTO

(Recuerdos de juventud)

L’esprit souffle où il veut.

I

He de recordar siempre la primera tarde en que aquella alma joven se presentara en mi camino. No fué en el mundo, ni entre los vanos que se divierten en medio de las fiestas en que mueren las verdaderas alegrías, ni en medio del ruido del hablar ocioso en donde se marchita la flor del alma y pierde la frescura de su aroma; ni en medio de la danza, ni entre los acordes del arte delicioso de la música que une los corazones, ni en el teatro en que se juega la misma comedia ó tragedia de la vida de los humanos.

Fué en el campo, que habitábamos desde hacía algun tiempo—después de un gran duelo—perdidos entre las montañas, ante una naturaleza salvaje, por momentos muy hermosa, en donde yo vivía tardes de silencio y de soledad, envueltas en luz de tonos casi sobrenaturales. Ningún ruido, sino la sordina de los insectos escondidos entre la hierba, y el batir de alas de los pájaros tímidos ó apresurados que buscaban su alimento, su placer de danzar en la flexible rama, el abrigo de su nido... todo lo que puede encantar el corazón de un pájaro.

A veces, hacia el crepúsculo, grandes, inmensas nubes agrupábanse en la bóveda azul, arrojando sus sombras sobre las altas colinas verdes, obscuras de vegetación. Y estas imágenes figuraban extraños, fantásticos perfiles.

Eran árboles, peces monstruosos, delgadas columnas de base anchurosa, pájaros enormes con las alas abiertas, perfiles de brujas, cabezas de soldado con antiguo casco; eran banderas sin gloria, sin color nacional, cruces sin redentor, tenues velos de blanquecina gasa. Arroyos de oro y fuego... un número infinito de creaciones cambiantes que atraían mis miradas y que un momento después ya no existían, deformadas, transformadas en simples nubes que se teñían un instante de rosa, bajo la acción del sol poniente, luego después de violeta, de gris claro, y que acababan por desaparecer tras el manto de sombra, que caía lentamente sobre la obra maestra.

A la hora del crepúsculo, recuerdo que una flecha sonora rasgaba el aire: era la campana que anunciaba el término del trabajo. Poco después de entre la ver dura de la joven viña, de los campos sembrados y de los aserraderos subía el grito alegre del trabajador, avanzando por el ancho camino blanco, tras los bueyes pensativos y graves. Las aldeanas entonaban canciones tristes, agudas, en forma de amorosa queja que no salía sino de sus labios; los muchachos corrían persiguiéndose, y en las casas las esposas y las madres, hacían hervir la desabrida sopa, dormitando en la espera... Por fin los ruidos cesaban poco á poco, y la hora se hacía solemne y grandiosa, era el momento de la partida del día y de la llegada de la noche... Las dos potencias se encontraban sobre el mismo camino hemisférico y se saludaban mostrándose cada una en todo su esplendor misterioso.

Para mí era el momento muy dulce del día, en que mi alma abierta á la potente sugestión de la naturaleza, se dejaba impregnar de sus voces sutiles, de sus perfumes, de su belleza; en que abandonaba mi memoria al recuerdo de mis muertos... de los seres bien amados que vivían sobre la tierra, de los que había querido tanto! y que ya no respondían á la voz de mi corazón... de los ausentes que me amaban y de quienes yo sentía el pensamiento afectuoso envolverme como un manto de felicidad, tibio y dulce...

Luego después era la llegada de los astros, silenciosos en la paz de la naturaleza adormecida... Se les habría podido contar, estos astros que venían uno á uno como los hombres á una asamblea. Brillaban todos sobre nuestro mundo; miraban con una misma mirada altiva é indiferente á los que vivían la vida loca y agitada de las ciudades... A los que trabajaban cantando para arrancar á la tierra su secreto, regándola con el sudor de su frente: á los que oraban en los claustros, y á los que blasfemaban de Dios; á los que palidecían encerrados en los laboratorios en busca del misterio del alma, de la vida y de la muerte, y á los que se unen, corriendo las calles, para sitiar la virtud de la mujer… A los que el remordimiento mataba, á los que gemían en las prisiones, á los que meditaban crímenes y á las almas buenas que cerraban los ojos al mundo exterior para abismarse en la oración… Brillaban sobre todos igualmente, obedeciendo á leyes eternas... Pero mi grande amiga era Venus que llegaba á la altura la primera... Parecíame que el astro altivo que brillaba entre las franjas doradas del cielo, miraba con una especie de interés y de curiosidad aquellas dos almas que habían plantado valientemente su tienda en la gran soledad, patria de los fuertes... quería yo creer que este astro viejo, mucho más viejo que los tiempos y que el mundo, era el mismo que iluminara el alma de los Magos y la frente pálida de los pastores que velaban... y que Venus al llegar cada noche me decía en nombre de los ángeles retardados en la lejana noche divina: «Paz en los corazones de buena voluntad».

II

Nuestro jardín que se extendía á espaldas de los edificios de vivienda, y cuya reja le separaba del gran bosque, embellecíase por aquel tiempo de primavera. La juventud del año veíase allí por todas partes: algunas flores respondían á mi interés con una sonrisa de oro... Otras inclinaban dulcemente las campánulas de su cabeza, ó bien abrían admirables ojos azules... Las había que temblaban sin que un soplo de aire las rozase... esas eran blancas, con pétalos delicados como gasa. Luego, innumerables labios abríanse, frescos y rosados como un grupo de niños que se maravillasen... y más allá sentía la mirada de algunos ojos que levantaban penosamente pesadas pupilas de cera y desde abajo miraban tristemente con sus párpados violetas... y más lejos veía flores que agitaban sus pétalos como mariposas que van á emprender el vuelo...

Me parecía que yo caminaba en medio de un país habitados por almas que no hablaban, pero que comprendían y sentían... Aspiraba esta alma universal esparcida en la creación y sentía agitarse á mi alrededor vívido y potente ese fluído inteligente, que penetra al mundo y que actúa misteriosamente y en forma diversa según el grado de ductilidad de los organismos que visita...

III

Los días se parecían entre sí de tal modo que, en la inconciencia que crea la costumbre, hacíamos los mismos gestos, experimentábamos las mismas sensaciones, y las mismas almas vivían delante de los mismos problemas... Yo vagaba todas las mañanas y todas las tardes por entre los rosales cargados de flores... veía las largas varillas floridas inclinarse las unas hacia las otras bajo la brisa ligera, como corazones humanos movidos por una misteriosa simpatía... Asistía al lento desarrollo de las semillas que la tierra regada guardaba en su seno... me inclinaba cada día ante el misterio de esos gérmenes apenas visibles que debían transformarse en planta, en flor, en fruto... y así las horas, los días y las semanas pasaban.

Comenzaba á sufrir de la necesidad de un cambio cualquiera; por de pronto no supe lo que deseaba... Me era necesario para retemplar mi espíritu de sociabilidad, dejar esa soledad que me era cara, y en la cual me sentía libre como el pez en el seno de los mares? Nó! Yo no lo quería... Y sin embargo, la idea de permanecer en el campo Dios sabe hasta que día, me hacía mal... La inquietud de nuestro espíritu exige que la vida de viaje y de movimiento sea más bella y más atrayente... y yo soy de tal naturaleza que si llegase no importa á donde, y supiese que allí debía permanecer para siempre, la estadía en un paraíso me parecería el infierno...! La idea de abandonar pronto un sitio me seduce y me hace amarle… y así voy sepultando cada vez un rápido ensueño, para suspirar por el que ha de venir...

IV

Una tarde, una cualquiera,—ya no recuerdo la fecha—vi llegar á nuestra casa un viajero, casi un adolescente, muy pálido, muy fatigado y muy silencioso. Llegaba como una esperanza.

Desde luego su esfuerzo y trabajo debían establecer un medio de comunicación viable entre nuestra lejana mansión y la ciudad vecina: en seguida debía ser el agente del destino misterioso de cada cual, para dar un trabajo de estudio á mi ociosidad, y tratar de hacerlo descifrar el problema de un espíritu lleno de lo que en matemáticas se llamaría incógnitas...

Por otra parte la vocación de un es critor, ¿no se manifiesta siempre por esta necesidad de tener el bosquejo de una intimidad, una curiosidad que satisfacer, una voluptuosidad completamente espiritual que gustar, un perfume de alma que respirar, ó un modelo que reproducir?... Este pensamiento no es mío: está en no sé qué libro de no sé qué escritor... pero pertenece á todos porque encierra una gran verdad.

A la primera pregunta aquel joven me hizo la impresión de un ser de verdad, sobrio de imaginación y cuya vida interior debía basarse principalmente en la rigidez de las matemáticas. Personificaba este pensamiento del viejo Shakespeare:

This above all: «to be thee own sélt true. And it will follow, as night follows day, that you will never be false to any man». (Hamlet).

Se callaba ó se encerraba en los límites del diálogo profesional: describía el camino y con un lápiz en la mano, hacía el cálculo de la suma colosal de su empresa. Nos decía cómo todo era difícil en esa región de montañas, accidentada y peligrosa: pero la sobriedad de su palabra y el acento tranquilo é inalterable de su voz no habrían expresado jamás lo que revelaban sus infantiles facciones fatigadas, extenuadas, casi dolorosas por la larga travesía. Comía, sin embargo, con un espléndido apetito de 23 años, una sencilla comida preparada á prisa (eran las 9 de la noche). Sus huéspedes parecían serle perfectamente indiferentes; quería comer, descansar en seguida, y á las primeras luces del día iniciar sus trabajos... Comió, pues, se recogió á su habitación... pero al día siguiente lo encontré instalado sobre la verandah cerca del jardín, sufriendo los horrores de una temperatura de 30°, insoportable. No se hizo cuestión siquiera de abandonar la casa.

Para el que vive ya el Otoño de la vida hay un misterio conmovedor en la gracia singular que se desprende de la primavera humana. La juventud lleva en sí no sé qué encanto de simplicidad y de frescura que le es propio mientras dura, aun cuando el espíritu haya explorado mucho en los campos del pensamiento, y los estudios profesionales hayan hecho palidecer el rostro en veladas de árida labor y el corazón del hombre, perdida su virginidad, haya bebido en las fuentes ardientes de la pasión... Quedará siempre en la frente de la juventud «ese sello regio de un tiempo que aún no ha pasado», según la palabra de un poeta. Los ojos son claros, la mirada recta y simple, la frente nueva, sin líneas de preocupación... las manos con una fisonomía infantil en sus gestos; todo este conjunto de frescura seduce delicadamente, como seduce el botón de flor que guarda todavía entre sus pétalos frescos y finos, la gota de rocío caída de los cielos.

Hablamos... hablamos de todo! Yo sembraba, él recogía. Cada cual queria penetrarse un tanto y estudiar al otro. Yo esperaba sus respuestas siempre breves y concluyentes como la verdad misma: él deseaba conocer mis impresiones y mi pensamiento... Pasamos por de pronto en revista nuestra sociedad tan estrecha, tan poco civilizada en el fondo, bien que lo parezca en sus hábitos recientes de lujo y de confort...