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ROSA MONTERO: "Con engañosa ligereza, esta emocionante novela nos hace descender a los abismos familiares y enfrentarnos al incesto y a otras oscuridades que no queremos ver y en las que el amor se confunde con la violencia". Rosa Montero. OTRAS VALORACIONES: "Es un libro que atrapa". "Bien escrito". "Se atisba luz y esperanza". "Deja huella". "Prosa cristalina, como si nos hablara al oído". "La novela construye puentes de comprensión". "Ofrece compañía a quienes han transitado caminos similares". "La novela logra abrir resquicios de esperanza sin caer en el optimismo ingenuo". "Novela escrita con mucha delicadeza". "Una historia profundamente humana". "Novela valiente". "Necesaria y recomendable". Dos mujeres coinciden por azar en un tren. No se conocen, pero algo en una de ellas despierta una atención inesperada, casi íntima. Cuando el destino vuelve a cruzarlas, una confesión irrumpe y lo cambia todo. A partir de ahí, Ana y Justi comienzan un recorrido profundo por sus propias vidas: la maternidad, los vínculos, el peso de cumplir las expectativas del entorno, las heridas que no siempre se nombran y la necesidad de sostenerse cuando el suelo tiembla. A través de conversaciones honestas y delicadas, la novela se adentra en el impacto del abuso sexual infantil, en las violencias invisibles que atraviesan la infancia y a las mujeres, en el trauma y en el silencio que marca una vida entera. Una historia íntima y humana sobre los recuerdos, el dolor y la fuerza transformadora de la palabra.
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Seitenzahl: 284
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Cubierta y diseño editorial: Éride, Diseño Gráfico
Dirección editorial: Ángel Jiménez
Edición eBook: febrero, 2026
Un silencio de plomo
© Ana Inclán
© Éride ediciones, 2025
Éride ediciones Espronceda, 5 28003 Madrid
ISBN: 979-13-87643-68-3
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
...es coach personal, empresarial y social. En ámbitos relacionados con su profesión tropezó con mundos desconocidos y oscuros que solo reconocía de lejos, como la violencia sexual infantil. Esta realidad le empujó a hacerse muchas preguntas para las que no encontraba respuestas, como por ejemplo, ¿cómo conseguían los agresores sexuales a la infancia no ser vistos, la mayoría de las veces? O ¿se hacía como que no se había visto? Las preguntas aumentaban y las respuestas se ausentaban. Comenzó a tirar de notas de los casos que le habían contado y a documentarse al respecto. Con la llegada de una enfermedad, que le impedía continuar su profesión se encontró escribiendo y escribiendo, a pesar de no ser escritora. Se lanzó al vacío durante varios años que duró la creación de Un silencio de plomo. Es su primera novela. Está basada en hechos reales, sin embargo, tanto la historia como los personajes han sido creados. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
DEDICADO A...
...las niñas y niños que han sufrido agresiones sexualesy/o, cualquier violencia
Es una alegría y un miedo publicar esta novela. Es una realidad que nunca hubiera pensado que llegaría a suceder. Esta publicación existe gracias a muchas personas que me han empujado a seguir adelante, que han creído en su contenido y en su autora, que la han visto necesaria, incluso imprescindible. Que me han dicho, que la veían como libro de autoayuda o guía para quienes desgraciadamente han vivido situaciones que aquí se narran…Sin todas estas personas esta novela no existiría. Son tantas… que temo no nombrar a alguna. Hay personas de las que recuerdo su ayuda, sin embargo no recuerdo su nombre. Disculpad que no recuerde vuestro nombre, pero el apoyo lo recuerdo y lo agradezco de corazón. Han sido varios años recogiendo información y escribiendo.
En primer lugar quiero agradecer a mi familia: A mi hija y a mi marido, que ha sido mi primer lector y mi primer crítico.
A mi editorial por su cercanía conmigo, por su disposición para ir de la mano y sobre todo por querer publicar una novela con un tema del que nadie quiere hablar y a una autora que es nadie en el mundo editorial.
A mis talleres de escritura y lectura, grupo de Alegre, grupo: reunión Luz, AMEIS.
A: Judit Monfort, Idoya, Merche Benito, Irene Martínez, Ana Martín, M.ª Jesús Navarro, Belén Álvarez, Gloria H. Castaño, M.ª Eugenia Calvo, Luis León, M.ª José Naranjo, María Gómez, Carmen Sarmiento, Charo Mármol, Raúl Sánchez, Antonio Quirós, Tamara Acosta, Daniel López, Jorge Ruiz, Lia, Carmen Pomar, Raquel y Fran Sevilla. Raúl, Lourdes Barranco, Miguel Ángel González, Alicia Bermejo, Charo Valencia, Rocío Barrios, AMTAES y un agradecimiento muy especial a Rosa Montero.
«Con engañosa ligereza, esta emocionante novela nos hace descender a los abismos familiares y enfrentarnosal incesto y a otras oscuridades que no queremos ver y en las que el amor se confunde con la violencia».
Rosa Montero
Querida lectora y querido lector, te agradezco que hayas tenido el atrevimiento y la valentía de leerme. Yo también soy un poco atrevida al querer contarte una historia como la de Justina Márquez y de paso reflexionar y hacerte partícipe de la mía.
Me refiero a tu atrevimiento, porque vas a leer una novela narrada por una mujer que no es escritora.
Esta es mi primera novela. Valentía, por el tema central que aborda, del que se habla poco…
Durante el desempeño de mi trabajo como coach (acompañar a personas a mejorar o cambiar algún aspecto de su vida), me encontré con sucesos cuya existencia creía lejana y ajena… En realidad, esa percepción era producto de mi ignorancia y de no haberme interesado nunca por ese problema espinoso y doloroso que tenemos como sociedad, y que está aparcado y tapado: el abuso sexual infantil.
Según iba tomando más conciencia de la existencia real y del número escalofriante de casos que existe, mi indignación, junto al asombro e incomprensión por la inacción social, comenzó a empujarme a in-vestigar e involucrarme más y más…
Sentí la necesidad y la obligación de revelarme ante el silencio cómplice que envuelve a los abusos sexuales infantiles. Me preguntaba cómo nadie se daba cuenta de estas agresiones, por qué a la mayoría de las criaturas no se las cree, por qué a las pocas a las que sí se cree, ni siquiera lo hace toda su familia, sino un porcentaje muy pequeño.
Mi manera de expresar mi indignación fue juntando palabras; el resultado: Un silencio de plomo.
Tengo fe en las palabras. Confío en que podamos, más pronto que tarde, no mirar hacia otro lado, no callar.
Confío en que seamos capaces de transformar el encubrimiento al agresor en un grito fuerte. Confío en que tomemos conciencia de nuestro silencio de plomo, en que creamos a nuestras niñas y niños cuando dicen lo que les han hecho. Confío en que la infancia no tenga que guardar ese secreto. Confío en que pueda revelar-lo la primera vez que lo sufre. Confío en que, más pronto que tarde, nuestra sociedad esté libre de esta violencia a la infancia.
Gracias por llegar hasta aquí. Me alegra que este tema no te pare en seco y por el contrario estés conmigo… También he de decirte que no es de lo único que se habla en esta novela.
Mi ordenador y mi enfermedad fueron mis compañeros al principio de este proceso de escribir. Con el paso del tiempo la novela comenzó a seguir sus propios senderos y Ana y Justi me sorprendían… En muchas ocasiones tenía apremio por sentarme delante del ordenador; me decía; «vamos a ver qué sucede hoy en… Un silencio de plomo». Mi novela, la siento como si fuera mi hijo o hija.
Justina Márquez me ha mostrado muchas cosas, me ha hecho ser una mujer diferente… He aprendido de ella, aunque, ella no haya tenido ninguna intención pedagógica conmigo. Me vi en la necesidad de acompañarla, quizás, para acompañarme a mí.
Pero todo esto, lo descubrirás si te animas a continuar leyendo. La novela está estructurada en capítu-los que se pueden leer separados, aunque es más recomendable leerlos en su orden. Si te adentras en ellos, podrás pensar conmigo otros muchos aspectos de la vida. Nuestra sociedad es muy individualista, ¿o no?, ¿cómo vivimos el embarazo? A las mujeres se nos da bien cuidar… ¿Y cuidarnos a nosotras? ¿Qué es el amor en una pareja? ¿Y en la relación madre-hija? ¿Diferenciamos el amor de la necesidad y el buen trato del mal trato? Me viene al pensamiento la frase que me inocularon: «Quien bien te quiere, te hará sufrir» cuyas consecuencias desconozco, pero es una frase dañina que, como poco, induce a equiparar amor con sufrimiento y no alude a un amor sano.
Te voy a contar uno de mis cambios fruto de estas reflexiones. Me refiero al lenguaje sexista. Hasta ahora, me consideraba dentro de un equilibrio, es decir, no era de las que hacía bromas ni tampoco me obsesio-naba por emplearlo. Pues bien, no recuerdo en qué momento de la novela, al utilizar el genérico; por ejemplo «mis padres» para aludir a padre y a madre, me empezó a crujir la palabra. Empecé a ver muy injusto que las madres hayan dejado de ser nombradas en tantas ocasiones; El genérico «padres» las incluye, pero qué boba-da es esa… No me siento incluida en la palabra «padres». ¿Por qué ese ahorro en palabras?, ¿por qué el genérico es siempre en masculino? Esto, aunque no te lo creas me ha entorpecido la escritura al intentar no emplear «el genérico masculino». Pero me alegro del esfuerzo; ya alguien dijo: «Que lo que no se nombra, no existe».
Entre Justi y yo ha nacido una unión, que no es muy habitual. Gracias, por permitirme narrártela.
En la actualidad se vive muy aislado del resto de las personas.
Ahora Justi no está sola: estamos las dos, contigo ¡somos tres!
Ana Inclán
«El lenguaje es el depositario de nuestros prejuicios, creencias y presunciones»
(Chimamanda Ngozi)
Recuerdo muy bien la tarde de aquel domingo de junio de 2017 y el tren AVE que me llevaría a Barcelona, incluso puedo sentir la caricia de la brisa al bajar del taxi en la estación de Atocha. Caminaba deprisa, aunque iba sobrada de tiempo, era un recorrido que hacía de manera automática. Ya estaba viendo la vía del tren, en breve me acogería. Al día siguiente, otra vez, tenía procesos de coaching para la multinacional.
Mi trabajo cada día era otro. La misma vía del tren y el mismo destino de los últimos años me acercarían a conocer a nuevas personas, que traían sus propias historias, parecidas, pero muy diferentes.
Saber que cada día conocería nuevos nombres y apellidos que emprenderían conmigo algún cambio de mejora en sus vidas, me hacía sentir ligera, útil, renovada.
Ese domingo, además de llegar a la estación de Sants, me acercaría a un destino nuevo para mi vida, desconocido, cuyo recorrido me obsesionaría. No fue un día cualquiera: fue aquel en el que coincidí con una mujer en el tren para emprender viaje a un destino sin nombre.
Ya en el AVE acomodo mi ligero equipaje: volveré mañana por la noche, todo lo que llevo son libros, carpetas e informes.
En cada viaje procuro suprimir peso. «He de cuidarme», me digo. Quiero mitigar las alertas de dolor que mi cuerpo enciende; debo prestarles atención. No les hago el caso que debiera. Me propongo hacérselo a partir de ahora. Además de acompañar a personas para que mejoren o cambien algo en su vida, atenderé mis alertas, aunque los gramos que he rebajado en equipaje no dan resultado. El dolor sigue fiel a mí y me acompaña día y noche.
En mi vagón, ya sentada, empiezo a repasar lo que puedo quitar en los próximos viajes. Tengo la fijación de llevar los informes que me adelantan en la consultora para presentarme los perfiles de quienes me han asignado; los imprimo por si las nuevas tecnologías me fallan, además, me resulta más cómodo leer en papel que en la tablet, aunque bien pensado, podría dejarme todo en casa. En realidad, lo único que miro son los nombres. Prefiero ir sin revisar esos test con sus clasificaciones y etiquetados, así me aseguro librarme de sombras de prejuicio sobre las personas que conoceré mañana. Me gusta mirarlas por primera vez a los ojos sin el recuerdo de esos test en mi retina que me informan, aunque también juzgan.
Mientras estoy enfrascada en este asunto del prejuicio, y recordando debates al respecto con mis colegas, me golpea algo en el pie; miro y me encuentro con un teléfono móvil, es de mi compañera de asiento que lo recoge con rapidez, pareciera tener miedo a que se lo quite. «¡Madre mía —me digo—, esta sí está estresada!, ¡vamos, que ni me ha visto! Y eso que casi se me echa encima para recuperar su teléfono».
El tren está en marcha, los edificios aparecen y desaparecen de mi vista como relámpagos. De pequeña, cuando veía un tren me preguntaba por el mundo de las personas que viajaban dentro. Ahora también me interrogo por el que me mostrarán las que conoceré mañana. Veo de reojo a la mujer que tengo sentada a mi lado, por la conversación que mantiene podría ser colega. Esta vez, María no pudo comprarme el billete en el Coche en Silencio, tampoco en pasillo. Me siento encajonada entre la ventanilla y mi compañera.
Dudo si ponerme a leer un libro o un artículo de la profesión. El tren continúa su marcha.
Varias viajeras organizan a sus hijos por teléfono, sin pudor ni respeto hacia quienes las oímos; las miro con complicidad, bastante tienen con ir de viaje de trabajo a la par que realizan tareas maternales y domésticas. Me fijo en mi vagón y veo más hombres que mujeres, ya lo observé cuando buscaba mi asiento.
A ninguno escucho organizando cenas ni tareas escolares. El de enfrente amonesta a una pasajera que insiste por teléfono a su hijo para que meta el chándal en la mochila.
También a mí me molesta la del chándal, podría hablar más bajo o salirse al pasillo. Hace años, yo también ayudaba a resolver dudas escolares a mi hija o la consolaba cuando quería que volviera en ese instante a casa. Ahora toca jubilarme, el tiempo pasa tan rápido como los edificios que el tren deja atrás.
Parece que fuera ayer cuando mi hija quería estar siempre conmigo, ahora soy yo la que pide vernos más a menudo. El mundo está hecho al revés.
Me fijo en las personas de alrededor e imagino sus vidas; la que está sentada a mi lado —la del móvil— atrae toda mi atención cuando la veo ponerse gafas oscuras, justo cuando el sol se está apagando. A continuación, se levanta y, pasillo adelante, camina como si estuviera mareada; no veo si se dirige hacia el baño o hacia el bar. Decido salir de dudas y la sigo, me ha conmovido el movimiento de su vientre como si le dieran espasmos, me di cuenta en el momento de ocultarse los ojos.
Siento frío al ver que la pasajera llora y que el llanto le sale del ombligo y le tiembla la tripa, ese desconsuelo es de pérdida y te arranca la vida. Lo recuerdo en mi madre cuando mi hermana murió, también yo he sollozado así alguna vez.
La pasajera entra al aseo. Mi primer impulso es volver a mi sitio, pero no lo hago. La mujer creo que padece, viajaba a mi lado y yo había percibido que atravesaba un mal momento. Podía hacer como si nada, aprovechando las justificaciones que mi cabeza me ofrecía: «ha sido muy antipática cuando se le ha caído el móvil, no es asunto tuyo, no la conoces», si bien algo más fuerte me empujaba a ir tras ella y simplemente la seguí.
Me quedé pegada a la puerta del aseo. Se la oía sollozar. En ese instante, se acercó un hombre que dijo llevar unos minutos viendo mi espera. Decidió golpear la puerta, ella contestó: «¡Un momento!», si bien tardaba en salir. Me inquietó que el pasajero oyera ese llanto lacerante que ella intentaba ocultar y tosí para proteger su intimidad, en segundos abrió. Me encontré con los ojos más tristes y miedosos que jamás había visto. No sé si tropezó o se mareó, lo cierto es que cayó sobre mí, suspiraba con un sonido que apenas se oía, tan doloroso que sentí yo dolor. Fue muy rápido, aunque me dio tiempo a poner mi mano en su hombro y decirle:
—¡Tranquila!
Creo que no llegó a oírme; con brusquedad se puso recta, dejó de llorar y me dijo:
—Disculpa, creo que me he mareado.
—¿Estás mejor?
—Sí —me respondió y sacando del bolso una botella de agua y el teléfono se alejó con torpeza por el pasillo hasta regresar a su asiento.
Me quedé inquieta, me conmocionó su manera de sollozar, de moverse. Parecía perdida, enferma. No se me ocurría nada que yo pudiera hacer. Me dirigí a mi sitio y allí, sentada en su lugar, miraba a través de mi ventana las luces que al instante de aparecer morían en nuestros ojos.
—¿Quieres sentarte en mi sitio? —le pregunté.
—¡Me gustaría!, de hecho, me suelen comprar el asiento de ventanilla.
—Pues, entonces, ambas estamos en el asiento equivocado, porque yo prefiero pasillo —le dije.
Se levantó agarrando su bolso y el móvil, este se le cayó de nuevo al suelo rebotando en mi pie. Me agaché a cogerlo y mis ojos quedaron atrapados en una línea de conversación que ponía: «¡Siento no haberte protegido de un lobo feroz, que no vi!». Le di el teléfono.
—¡¡Gracias!! —dijo y se acomodó en mi asiento con la cara casi fundida en el cristal.
El tren ya estaba parado en Sants, quería despedirme de mi compañera de viaje, ella recogía deprisa su equipaje mientras hablaba por teléfono. De pronto se dio la vuelta para salir y vi que se colaba para adelantarse por el pasillo hacia la puerta. Se fue sin más.
Bajé despacio del vagón. Buscaba con la mirada entre los pasajeros que me encontraba, como si alguien me fuera a recibir.
Tomé un taxi. La mujer del tren rondaba en mi cabeza: quería saber qué le pasaba y me desagradaba no haberla podido despedir. Unía lo que leí en su móvil con el sufrimiento que mostraba, sin encontrar explicación. Repasaba todo y empezaba a tener dudas de mi recuerdo y a confundir lo que había leído.
Decidí no darle más vueltas, por lo menos ahora.
Mi taxi se dirigía hacia la avenida Diagonal para dejarme en el hotel. De lejos, por una calle oblicua, se oían gritos de manifestantes y veía lazos amarillos; no estaba segura de entender lo que gritaban, no sé catalán, aunque me pareció: «España nos roba».
El taxista me preguntó si venía mucho a Barcelona y qué pensaba de lo que expresaban los manifestantes. Yo no tenía ganas de entablar conversación. Continuó dando por hecho que era necesario hablar durante el recorrido —otras veces me había ocurrido— y, aunque contestes con monosílabos, insisten. Le respondí:
—La frase que gritan es muy corta, aunque con un significado muy largo, tanto que logra adhesiones y aversiones vehementes.
—¿Qué quiere decir? —me volvió a preguntar
—La palabra «robar» tiene unas connotaciones que no dejan indiferente a nadie.
—Usted, ¿no cree que nos roban?
—Yo le estoy hablando del poder de la palabra.
—¿Es de Madrid?
—¿Es importante para usted conocer mi procedencia para conducirme a la avenida Diagonal?
—Disculpe si la he ofendido, solo quería saber su opinión respecto al conflicto catalán.
—No me ha ofendido. Estoy cansada, eso es todo. Como quiere mi parecer se lo digo: Las frases tan oídas de «España nos roba» y «quieren romper España» tienen en común que a nadie dejan impasible, las dos tienen mucho peso emocional. ¿Sabe quién dirige el efecto que producen ambas frases?
—Ni idea —me contestó, encogiendo los hombros y mirándome por el retrovisor.
—Es el miedo —aclaré y le pregunté—: ¿Usted cree que alguien puede permanecer impertérrito al escuchar que le están robando o que rompen el país al que pertenece?
Me miró a través del espejo y no dijo nada. A estas alturas, el taxista había perdido el interés que tenía al inicio por la conversación. No me hizo gracia haber tenido que hablar cuando no me apetecía y ahora callarme a mitad. Volví a argumentarle:
—El miedo y la objetividad son como el agua y el aceite: si se quieren mezclar no se puede. Lo que quiero decir es que las palabras, además de describir realidades y emociones también las generan.
Bajé el cristal de la ventanilla para respirar el aire fresco de la calle. Ahora solo oía los sonidos del tráfico. El taxista conducía ensimismado; mis argumentos no le habían interesado. Recordé el libro que acababa de leer de Éric Vuillard, El orden del día, pensé en lo que esconde la humanidad y lo atroz que puede llegar a ser.
Ya en el hotel, intento encontrar la comodidad de la habitación que me ayude a conciliar el sueño, voy organizando pequeños detalles que me proporcionen compañía. No puedo evitar recordar lo que leí en el teléfono.
¿Qué quería decir con «siento no haberte protegido de un lobo feroz, que no vi»? Sigo dando vueltas al tema, me conviene dejarlo y descansar.
Me descubro sentada en la cama con la tablet sobre mis rodillas. Entro en Internet, aunque no sé realmente lo que busco, tengo la sensación de que he encontrado en Google un hilo del que tirar relacionado con la mujer del tren, pero se me olvida cuál es ese hilo. Miro el cuadro Habitación de hotel de Edward Hopper que ocupa la pantalla del dispositivo, levanto la vista y lo imagino en la pared color vainilla que tengo enfrente.
Desde el día en que lo vi en una exposición, me suelo acordar de él cuando viajo; sin embargo, en mi casa no lo miro, aunque me gusta tenerlo en el despacho donde trabajo. Allí está la litografía de Edwar Hopper. No soy experta en arte, no es eso lo que me hace volver a mirarlo, creo que me veo a mí con unos años más: melena corta y ondulada que apenas me cubre las orejas, ni gruesa ni delgada, en un hotel con poco equipaje sobre el suelo, leyendo algo —como ahora— y las manos apoyadas sobre las rodillas. Con poca ropa, lo cual indica que la temperatura es buena. Si la mujer del cuadro se viste con atuendo cómodo y formal, o deportivo —siempre pantalones—, podría ser yo.
Se dice que el cuadro evoca soledad y frialdad, a mí me produce sensaciones difíciles de explicar, pero me atrapa, quizás es lo que me ha transmitido la mujer del tren.
Mañana pensaré más. Ahora me conviene dormir, pero el sueño está lejos. A la hora recurro al somnífero, más tarde vuelvo a tomar otro.
Son las 8:20 de la mañana, me encuentro en la sala donde recibiré a mi primer coachee.
Acaba de entrar un empleado de recepción para verificar si el espacio está bien acondicionado. La sala es una habitación del hotel a la que le han sustituido el mobiliario por otro idóneo para celebrar las sesiones de coaching. Suena mi teléfono.
—Hola, buenos días, ¿Ana Inclán?
—Sí, buenos días, soy yo. ¿Quién es?
—Me llamo Justi, bueno Justina Márquez. Tenía sesión contigo a las 10, pero la he cambiado con la persona de las 8:30, espero que no te importe.
—No, no me importa, en un momento nos conocemos, gracias por avisarme. Hasta ahora.
Faltan tres minutos, paseo por la habitación volviendo a revisar que todos los medios están preparados para ayudarme en mi trabajo. Siento la euforia y la inquietud de conocer a las personas que van a trabajar conmigo unos meses, para cambiar algún aspecto de su vida laboral; esto da sentido y energía a mi vida.
A las 8:30 en punto aparece una mujer de unos cincuenta años, melena lisa negra y muy cuidada sobre los hombros. Lleva una falda corta y chaqueta a juego gris; al asomar la cabeza, se detiene un instante. Yo le sonrío con sorpresa y agrado. Como si llevara tiempo esperándola, me escucho diciéndole:
—¡Me alegro de que seas tú!
Ni ayer tarde ni hoy se me pasó por la cabeza que mi compañera del tren pudiera ser una de mis coachees. Ahora no entiendo mi lentitud al no asociarla con el programa. «Deben de ser los años, que, además de otras cosas, me quitan agilidad mental», pienso.
Me había sucedido anteriormente. Es normal, ya que María es quien compra todos los billetes.
Incluso una vez coincidí con un vecino del segundo piso de mi portal: este encuentro sí fue raro, él no sabía a lo que yo me dedicaba, ni yo dónde trabajaba él; aquello fue gracioso, claro que hablamos con el coordinador para cambiarlo con otra coach. No era cuestión de encontrarnos en el ascensor de nuestra casa y ser yo depositaria del plan de acción que estaba ejecutando para mejorar en su trabajo.
Justi y yo nos saludamos. A continuación, nos sentamos mientras comentamos la casualidad de venir juntas en el mismo vagón y, además, en asientos contiguos, hablamos del hotel donde ambas también coincidimos.
—Bueno, Justina… ¡Ah!, creo que me has dicho Justi, ¿es así?, ¿preferías esta primera hora en lugar de venir a las 10?
—Sí, me llaman Justi, y quería empezar la primera, ya me viste como estaba en el tren, es por eso que quiero volverme cuanto antes. Ayer me enteré de algo… y no fui capaz de organizarme de otra manera.
Justi se mueve en el asiento y mira hacia el suelo como si algo se le hubiera caído, y continúa hablando.
—Ayer tarde tomé el tren a Barcelona porque estaba previsto, también porque me faltó capacidad para encontrar los argumentos que me posibilitaran anular mi proceso de coaching. Dudo que pueda trabajar la comunicación con mi equipo, que es mi peor valoración en los test. No estoy para trabajar nada.
Al terminar esta frase comenzó a suspirar, a temblar.
Me asusté, parecía que Justi tenía dificultades para respirar. En ese momento apoyó la cabeza en la mesa sobre sus brazos, toda ella temblaba.
No sabía si proponerle llamar a un médico o dar un paseo; mi mano se acercó a la de ella mientras le decía:
—Sea lo que sea, pasará.
Justi levantó la frente, mirándome con los músculos de la cara apretados.
—¡Esto no pasará! Sucedió algo espantoso, un tsunami que ha vapuleado mi vida; no lo entiendo ni lo entenderé.
Mi larga experiencia no me ayudó en ese momento. La persona que tenía delante, no estaba en condiciones de iniciar ningún proceso de coaching, así que opté por dejarme llevar por mi instinto y olvidarme de mi papel de coach.
—¡Perdona mi estado! —me dijo.
—No hay nada que perdonar.
Justi se secó las lágrimas, bebió agua y al dejar el vaso en la mesa la golpeó, como si no tuviera noción de la altura de esta o tuviera rabia; a la vez retomó la palabra para decir:
—Ayer, por ser domingo, no pude solicitar la demora del programa hasta el próximo año y digo ayer porque me enteré de algo que provocó el estado en el que me ves, que, dicho sea de paso, no se parece a la persona fuerte y resolutiva que todo el mundo ve en mí. Mi marido me aconsejó aprovechar esta sesión para tratar lo que me ha venido… caí en un pozo oscuro, profundo y sin salida.
A continuación, se quedó en silencio mirando al vacío, con la vista perdida y el cuerpo como una estatua temblorosa sin respirar.
Intervine:
—Justi, me gustaría entenderte bien, confírmame por favor si estoy en lo cierto, ¿te parece?
—De acuerdo.
—Por un lado, has adelantado la sesión conmigo para después volverte a Madrid, dado que no te encuentras en condiciones de hacer el resto del programa.
—Sí, cuando termine contigo, me vuelvo a Madrid sin asistir a los talleres que completan este programa de liderazgo y supongo, Ana, que no entiendes mis titubeos respecto a iniciar el proceso, dado que estoy aquí.
—Justi, yo no lo llamaría titubeos. Me produce un profundo pesar verte así. No sé lo que te ha sucedido, pero estás aquí, incluso has adelantado la hora.
Era la primera vez que me encontraba con alguien tan aparentemente fuerte y frágil a la vez, que venía su primer día, incluso adelantaba la hora de su sesión, pero su discurso estaba anclado a algo horrible que le había sucedido, y como consecuencia la bloqueaba. Estaba sentada frente a mí, intentando explicarme, pero sin aclarar verdaderamente el motivo de su tormento.
Dudaba el camino a seguir, y opté por decirle:
—¿Qué te gustaría hacer en esta hora?
Se levantó, me dio la espalda para mirar por la ventana y de pronto se volvió hacia mí.
—En realidad estoy aquí para contarte lo que ayer me ocurrió, de lo contrario, igual que voy a postergar el resto de programas, podría haberte avisado de que no tendríamos la sesión.
Al escucharla ahora encontré esa Justi resolutiva, incluso distante y fría, que había visto en el tren cuando se le cayó el teléfono por primera vez. Antes de darme opción a decirle nada, estaba sentada otra vez a mi lado para explicarse.
—Lo que pensé es aprovechar esta oportunidad de coaching que me ofrece mi compañía, bueno, solo esta primera sesión; el resto, si hoy llegamos a un acuerdo, correrá por mi cuenta.
—Justi, me encantaría ayudarte, no sé si podré hacerlo, no trabajo en paralelo a tu empresa, lo que te ofrezco aquí y ahora es escucharte, con confidencialidad y respeto. No te voy a juzgar.
—Por eso estoy aquí, por la confidencialidad, también por las referencias que tengo tuyas: yo necesito ayuda y me cuesta pedirla, contigo ya no tengo que ponerme a buscar más.
—Lo que hablemos aquí, quedará en esta habitación. Si te parece, dime en qué puedo ayudarte.
—De acuerdo, te diré lo que me pasó ayer…, buf, no sé si podré, es difícil. Mi problema es algo terrible que sucedió en el pasado, en mi familia, y al saberlo ha colapsado mi persona. Resulta que he convivido con las secuelas y consecuencias de un suceso que desconocía. No sé por dónde empezar a ordenar, ni cómo aminorar mi dolor.
Volvió a aparecer una Justi frágil, insegura. Se calló y nuevamente sollozaba con espasmos en la tripa.
Poco a poco se le pasaron, me miró y su mirada desprendía gran debilidad interna. Suplicante, me preguntó:
—¿Puedes ayudarme, por favor?
Esta vez la situación me superaba, veía que ella necesitaba una ayuda distinta a la habitual de mis sesiones. Los problemas de mis clientes suelen ser claramente personales o claramente profesionales; en este caso el problema tenía tanta intensidad e importancia que afectaba sin piedad a todos los ámbitos de su vida. En mi cabeza resonaba la palabra «secuelas» y «algo que sucedió en el pasado». El coaching está enfocado al presente y al futuro.
Volví a guiarme por mi intuición y seguir mi olfato personal. Justi estaba expectante a mi respuesta, observé que le temblaba el pulso. Vi su ansiedad y su necesidad de tomarse un respiro. Le expliqué:
—Justi, yo quiero ayudarte, me ofrezco hasta donde sea posible, aunque ignoro si como coach podré acompañarte.
—¡Gracias! Lo que necesito en este momento es ayuda para levantarme de mi caída, cuando lo haga podré ocuparme de mejorar en mi empresa.
Le acerqué un vaso y le ofrecí ponerle agua, mientras le dije:
—Me gustaría comentarte algo que vi ayer en el tren. —Justi me miró sorprendida y aliviada. Me sonrió y asintió.
—Anoche, cuando cogí tu móvil del suelo, leí una frase dirigida a tu hija que no pude evitar leer. Te pido disculpas y digo tu hija porque es el nombre que figuraba en la conversación.
—Sí, a mi hija en lugar de poner su nombre la tengo como «hija». ¿Lo leíste? ¡Qué vergüenza!, pero no te disculpes, fue accidental, me sorprende que me lo digas, yo me habría callado. Agradezco tu sinceridad. Pero ¿qué leíste? —me preguntó.
—Que le pedías perdón a tu hija por un lobo feroz.
Y al decirle esto, la frase en sí, no me pareció de envergadura y casi me arrepentí de haberle pedido disculpas. En realidad, era el comportamiento de Justi el que había llamado mi atención por el sufrimiento que emanaba y lo había unido a la frase que leí en su teléfono.
—¡No puede ser cierto lo que estoy viviendo!, parece una pesadilla, pero lamentablemente es real, una realidad monstruosa que cuesta nombrar.
Otra vez hablaba de algo infernal, me conmovía verla y escucharla. Cuando me formé como coach había una práctica para ponernos en los zapatos de nuestros clientes. En esta ocasión no quería sentirme tan cerca de ella, lo que quería era distanciarme en sensaciones.
—¿Tienes hijas? —me preguntó.
—Sí, tengo una.
—Siendo así, me resulta más fácil contártelo, incluso debo contártelo, aunque no sé…
Cruzó los brazos como abrazándose y los sollozos se oían más que sus palabras:
—Tengo una hija de 26 años, Lara, es economista y vive entre España y Bélgica. Ayer le pedí que esta semana fuera a visitar a mi padre a la residencia, porque este viaje lo enlazaba con otro. Me contestó que únicamente le llamaría, pero que no iría a verlo y, además, no iría nunca.
Justi hizo algunas respiraciones profundas y a continuación me propuso abrir la ventana porque le faltaba aire. Abrí y respiré el aire fresco que entraba. A mí también me hacía falta oxígeno. Miré a Justi, que había hecho una pausa, esperaba a que yo estuviera sentada para seguir hablando. Los pocos segundos que tardé en acercarme a mi asiento bastaron para que retomara la palabra.
—En la adolescencia, la relación con mi hija se resquebrajó y desde entonces ella no está por la labor de ayudar a la familia. Que se negara a visitar a mi padre no me sorprendía, pero la manera en que Lara dijo «nunca» y los pucheros al expresarlo me indujeron a insistir en el motivo y encendieron una luz roja inesperada.
Justi paró de hablar para beber agua, parecía que su garganta era demasiado estrecha para tragar; respiró, suspiró y retomó la palabra:
—Lara me dijo que el motivo por el cual se negaba a visitar a su abuelo no me lo iba a decir. Le pregunté si era debido a una fuerte discusión que había tenido con mi padre en una época en que ella vivió en su casa. «No, mamá, eso fue una tontería», me respondió.
El calificativo de tontería a esa discusión que mi madre había calificado como «conflicto grande entre nieta-abuelo», y el padecimiento que transmitía Lara al decir que nunca lo visitaría, me sumieron en un miedo tembloroso que jamás antes había sentido. Le dije: «Lara, ¡me lo tienes que contar!». «No, porque a ti te va a afectar mucho». «Entonces, con más razón tienes que decírmelo, ¡tú no eres quien ha de protegerme!, ya lo hiciste con tu padre y las consecuencias cayeron sobre nosotras y nuestra relación».
Justi hablaba deprisa. No dejaba espacio ni lugar para que yo hiciera ninguna intervención, ni me miraba. Parecía un monólogo que le contaba a la sala donde nos encontrábamos. De pronto dirigió su mirada hacia mí, como si acabara de descubrir que yo la escuchaba y continuó:
—Le insistí a Lara porque estaba recogiendo y caminaba hacia la salida de casa. Ya nos habíamos despedido y sabía que, si se marchaba, no me lo diría quizá nunca. Fueron unos instantes difíciles, Lara estaba cerrada como una ostra, no recuerdo qué argumento utilicé en el último momento en que ya estaba con la puerta abierta para salir, cuando dijo: «Yo era pequeña, la abuela dormía la siesta, el abuelo me dijo que le tocara».
En mi trabajo de coach y en mi vida personal había oído historias duras que me habían afectado, pero esta me dejó en un estado para el que no tenía palabras. No me cabía en la cabeza que un abuelo hiciera algo así, me sorprendía que la hija de Justi hubiera guardado silencio tantos años. Siempre había pensado que el abuso infantil sucedía a otras personas muy lejos de mí, en otras culturas, en otras sociedades. Lo único que me alivió un poco fue decidir que algo tenía que hacer, aunque no sabía el qué. Esta historia ya no era algo anónimo que leía.
¿Cuántas historias habría de estas? Internet me confirmó que demasiadas. Me costaba imaginar tales cifras en una sociedad avanzada como la española, tanto del 2017, que es cuando Justi se entera, como alrededor del año 2000, que se habría producido el delito.
Las estadísticas de abuso en el entorno familiar me parecieron espeluznantes, y aún peor saber que pocas víctimas revelan el secreto. Lara fue de esa minoría que constituyen excepción.
El relato de Justi me estremecía.
