UN SITIO PARA CARRIE - Caren Lissner - E-Book
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UN SITIO PARA CARRIE E-Book

Caren Lissner

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Beschreibung

No tendría tantos problemas para adaptarme al mundo si el mundo tuviera sentido, pero no lo tiene... A lo mejor es el mundo el que tiene que adaptarse a mí. Carrie Pilby no encuentra su sitio... y casi ha decidido dejar de buscarlo. Recién salida de la universidad de Harvard y residente en la Gran Manzana, esta superdotada de 19 años cree que todos los que la rodean son una pandilla de inmorales e hipócritas obsesionados por el sexo. La única persona a la que ve regularmente es su psicólogo y cuando él inventa un plan para ayudarle a descubrir "los aspectos positivos de las relaciones sociales", Carrie, que preferiría quedarse en la cama, se ve obligada a ver el mundo de otra manera. Mira la vida a través de los ojos de Carrie mientras conoce a personajes inusuales, se mete en situaciones comprometidas y analiza con ojo crítico a los demás. Llena de humor y con una visión perspicaz, Carrie Pilby explora las concesiones que hacemos todos para encontrar nuestro sitio en el mundo. Caren Lissner vive en Hoboken, en Nueva Jersey, y trabaja como editora en un periódico. Sus artículos han aparecido en el New York Times, Harper's y la revista Jane

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Seitenzahl: 341

Veröffentlichungsjahr: 2011

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Hermosilla, 21

28001 Madrid

© 2003 Caren Lissner. Todos los derechos reservados.

UN SITIO PARA CARRIE, Nº 10 - noviembre 2011

Título original: Carrie Pilby

Publicada originalmente por Worldwide Library/Red Dress Ink.

Traducido por Catalina Freire Hernández.

Publicada en español en 2005

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con permiso de Harlequin Enterprises II BV.

Todos los personajes de este libro son ficticios. Cualquier parecido con alguna persona, viva o muerta, es pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Books S.A.

™ Red Dress Ink es marca registrada por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

I.S.B.N.: 978-84-9010-087-5

Editor responsable: Luis Pugni

ePub: Publidisa

AGRADECIMIENTOS

Estoy tremendamente agradecida a las siguientes personas:

Cheryl Pientka, mi agente, por su increíble sabiduría, humor y paciencia; Farrin Jacobs, por su ingenio y su talento como editor; Marc Serges, un sabio literario, por su visión y su persistencia; Matthew Grecco, Jeff Hauser y Stacie Fine, por sus valiosas sugerencias; Dawn Eden, Eileen Budd, Dan Saffer, Jim Damis, Barry Macaluso, Mary Beth Jipping, Julia Hough, Jonathan Blackwell, Michael Malice, Robert Donell y Jodi Harris, por sus consejos y su apoyo; Lucha Malato, Dave Unger y Joe Barry, por vestirme y darme de comer; Jennifer Merrick, por sus ideas artísticas; mi hermano Todd; mis padres y Al Sullivan.

Uno

En las tiendas siempre te dan una bolsa aunque no la necesites; cuando compras un paquete de chicles, un plátano, unas patatas fritas... Yo me siento culpable por desperdiciar un plástico, pero siempre me dan la bolsa antes de que pueda protestar. En el videoclub, por otro lado, siempre me preguntan si quiero una y, aunque teóricamente soy capaz de llevar una cinta en la mano ya que es otro plástico desperdiciado, necesito la bolsa para esconderla. Por razones que pronto comprenderás creo que las cintas de vídeo siempre deben ir ocultas.

Hoy el camuflaje no me ha servido de nada. Estoy a una manzana del videoclub cuando me encuentro con Ronald, el chico que trabaja en la cafetería de la esquina, que es un poco «lento».

–Hola, Carrie –dice, mirando la bolsa del videoclub–. ¿Qué has alquilado?

Otra vez tengo que soltar el discurso:

–No puedo decírtelo. Y hay una razón para que no pueda decírtelo: seguramente algún día querré alquilar algo vergonzoso... y no me refiero a una película porno. Podría ser una película demasiado infantil para una chica de mi edad, algo violento o a lo mejor propaganda nazi... para investigar, por supuesto. Y aunque la película que he alquilado hoy es un clásico y no hay nada de qué avergonzarse, si te la enseño ahora y la próxima vez que me preguntes no pudiera enseñártela, pensarías que he alquilado algo vergonzante. Pero si nunca te lo digo, me sentiré libre de alquilar una película violenta, o porno o propaganda nazi porque siempre te quedarás con la duda. Lo mismo con los libros que saco de la biblioteca. Quiero ser libre de elegir una novelita romántica o un texto de Dostoievski. La gente suele preguntar: «¿Qué estás leyendo?». Entonces les digo el título del libro, pero si no es Moby Dick no saben de qué les hablo, así que tengo que explicarles quién es el autor, de qué va la novela... y acabo dando una disertación de veinte minutos. Así que, como comprenderás, no me gusta hablar de los vídeos que alquilo o de los libros que leo. No es nada personal.

Ronald se queda mirándome durante unos segundos y después desaparece, perplejo.

Mis reglas son perfectamente sensatas, pero a la gente le parecen muy raras. Aun así, yo las necesito para sobrevivir. Este mundo no es fácilmente comprensible y yo tampoco lo soy. La gente piensa que para tener diecinueve años soy un poco peculiar, que no actúo ni como una niña ni como una mujer. En realidad, yo me siento asexual, como un cerebro andante, con gafas y una larga trenza oscura.

Si hablamos de sexo como tal, no como género, yo diría que no pienso mucho en él. En realidad, nunca estuve loca por los chicos cuando era más joven. Y eso me hace diferente. Aunque sí me gustaron dos de mis profesores en la universidad y tuve relación con uno de ellos. Pero esa historia la contaré más tarde.

El caso es que yo me siento confundida. El mundo está tan lleno de sexo que hace falta ser prácticamente asexual para darse cuenta de hasta qué punto es una obsesión absurda para los humanos. Es el mayor motivador de la vida de la gente, el objeto de sus bromas y la fuerza que mueve el arte. Y si tú no tienes la misma obsesión, la gente se cuestiona si deberías existir. Si el sexo es lo que mueve el mundo, ¿debería dejar de moverse para los que somos asexuados?

Terminé la carrera el año pasado, tres años antes que el resto de mis compañeros, y ahora me paso casi todo el día en casa. Mi padre paga el alquiler de mi apartamento en el Village, Nueva York. Podría salir más, incluso podría conseguir un buen trabajo, pero no tengo ninguna motivación. A mi padre le gustaría que trabajase, pero no tiene derecho a protestar. Cuando lo hace, le recuerdo que fue idea suya que me saltara tres cursos en el colegio, colocándome por tanto en clases donde mis compañeros eran mucho mayores que yo y, por supuesto, mucho más altos.

Fue también mi padre quien me contó algo que yo llamo La Gran Mentira. Pero eso, como la historia con mi profesor, es mejor dejarlo para más tarde.

Cuando llego a mi portal, Bobby, el conserje, me pregunta cómo estoy y aprovecha la oportunidad para mirarme el trasero.

Es demasiado mayor como para llamarse Bobby. Hay nombres que una persona debería dejar de usar a los doce años. Kimmy, por ejemplo. Si te llamas Kimmy, deberías cambiarte el nombre al llegar a la pubertad. No debería haber nombres como Cory, Joey, Bobby, Billy o Jamie. Un hombre puede llamarse Jimmy hasta los diez y después de los cincuenta. Se puede llamar Mike, Joe o Jim toda la vida. A los diez años, nadie se puede llamar Bob. Stewart o Jonathan no son nombres para un homosexual. Christian es inaceptable para un judío. Herbert no es aceptable para nadie. Buddy es buen nombre para un perro, Fox para un zorro, Dylan es demasiado pijo.

Cuando por fin llego al quinto –en este edificio no hay ascensor– dejo escapar un suspiro. En Nueva York los apartamentos son como ratoneras, igual de pequeños e igualmente peligrosos.

Voy al psicólogo, el doctor Petrov, una vez a la semana. Mi padre y él crecieron juntos en Londres. Petrov tiene el pelo gris, perilla y rastros de acento británico. En realidad, no necesito un psicólogo, pero voy cada semana porque mi padre paga la consulta.

Hoy está lloviendo. El aire fresco acaricia mi cara y las ramas de los árboles se vencen bajo el peso de las gotas de lluvia, que se sujetan a las hojas antes de caer al charco que hay justo frente al portal.

Hay algo que me gusta de estas visitas a Petrov: el edificio donde tiene la consulta es uno de esos edificios antiguos, preciosos, que te hacen olvidar lo horribles que son algunos barrios de Nueva York. En su calle las casas son todas de piedra, con balcones llenos de flores. Es un barrio idílico. Pero los únicos que pueden vivir aquí son los que han heredado una casa de sus abuelos.

El vestíbulo de la consulta es un agradable cuarto de estar, con moqueta dorada y sillones tapizados con ricas telas. En una de las paredes hay una estantería de roble llena de novelas clásicas; absurdo porque los pacientes no tienen tiempo de leer Ulises mientras esperan. Una persona tendría que hacerle más de trescientas visitas para terminar ese libro, lo cual prueba que hay que estar muy loco para leer el Ulises de cabo a rabo. Además, la sala de espera de una consulta no es el lugar más apropiado para leer. Cada libro tiene su sitio y su momento. Cualquier cosa de Henry Miller, por ejemplo, debe ser leída donde nadie pueda verte. Carson McCullers debe ser leído en el alféizar de una ventana durante una noche cálida. Sylvia Plath debe leerse cuando quieras suicidarte o quieras que la gente piense que vas a hacerlo.

Sobre la mesita de café hay revistas y periódicos: Psicología de hoy, el Wall Street Journal, el New York Times, el catálogo de Ikea, revistas de moda... En fin, hay para todos los gustos.

Se abre la puerta de la consulta y un tío bajito pasa a mi lado sin mirarme, con la cabeza agachada. Nunca he visto los ojos de ningún otro paciente. Supongo que da corte salir de la consulta de un psicólogo y encontrarte con alguien que va a hacer exactamente lo mismo.

–¿Cómo estás, Carrie? –pregunta Petrov, haciendo un gesto con la mano para que entre.

Hay libros sobre su escritorio y diplomas colgados en las paredes, que están forradas de madera.

–Estoy bien –contesto yo, sentándome en un cómodo sillón de orejas.

–¿Has hecho nuevos amigos esta semana?

Creo que es mi padre quien le ha metido eso en la cabeza. No tengo muchos amigos, pero hay una buena razón para ello... que explicaré próximamente.

–Esta semana ha llovido, así que no he salido mucho de casa.

Petrov anota algo en su cuaderno. ¿Qué puede estar anotando? Ha llovido durante toda la semana, es verdad.

–Así que no has salido de casa. ¿Tienes algún plan para la semana que viene?

–Hoy tengo una entrevista de trabajo.

–¡Ah, eso es estupendo! ¿Qué clase de trabajo?

–No lo sé. El que me entrevista es un amigo de mi padre y estoy segura de que será una pérdida de tiempo.

–Si vas pensando que es una pérdida de tiempo, lo convertirás en eso.

–¿Intenta hacerme creer que tengo capacidad profética? Si le digo que la entrevista será una pérdida de tiempo es porque seguramente será así, pero puede que no. El resultado no tiene nada que ver con lo que yo crea.

–Pero has sugerido que será una pérdida de tiempo –insiste Petrov, apoyando la cabeza en el respaldo del sillón–. Creo que a menudo te limitas a ti misma, Carrie. Tus amistades, por ejemplo. Cada vez que conoces a alguien, me dices que esa persona no era inteligente o que era un hipócrita. Quizá tienes una definición de inteligente muy limitada... o una definición de hipócrita muy amplia. Hay gente inteligente que no ha pasado por la universidad, que se ha educado en la calle.

–No se puede tener una discusión inteligente con alguien que ha aprendido en la calle. Y aunque pudiese encontrar gente verdaderamente inteligente, seguramente serían hipócritas y deshonestos.

Estoy convencida de ello. Fui a la universidad con gente supuestamente inteligente que racionalizaba las cosas estúpidas, peligrosas o hipócritas que hacían: emborracharse, acostarse con todo el mundo, probar las drogas... Nadie hacía eso al principio, pero en cuanto se veían enfrentados con la tentación se dejaban llevar y empezaban a inventar excusas. Incluso los chicos más religiosos inventaban racionalizaciones ridículas. Si quieren creer en ciertas cosas, bien, y si no quieren creer, bien también, pero no deberían mentirse a sí mismos. Fuera de la universidad existe la misma hipocresía, claro. La hay por todas partes.

–Quiero que me digas algo positivo –dice Petrov–. Sobre cualquier cosa. Dime algo que te guste. Por ejemplo: me encanta un amanecer, me encanta Miami Beach.

–Me encanta que la gente repita frases que conoce todo el mundo, añadiendo la coletilla: «como yo digo siempre» –murmuro, irónica.

–Por favor, Carrie...

–Muy bien. Me encantan la paz y la tranquilidad.

–Sigue.

–Me parece que no me ha entendido.

Petrov suspira.

–Dame otro ejemplo.

–Me encanta estirarme en la cama sin oír los ruidos de la calle, ni la tele del vecino. Pero a veces me gustan los ruidos de la calle... cuando estoy de humor.

–Eso está bien. Ahora dime algo que te ponga triste. Algo que no sean los hipócritas o la gente poco inteligente. Háblame de la última vez que lloraste.

–Hace tiempo que no lloro.

–Lo sé.

Odio que Petrov crea saber cosas sobre mí que yo no le he contado.

–¿Cómo lo sabe?

–Porque eres muy reservada. Porque te metieron en la universidad a los quince años y todo el mundo tenía cuatro o cinco más que tú. En la universidad hay comportamientos muy diversos; la gente bebe, fuma, pierde la virginidad, experimenta con todo... Algunas personas responden intentando ser como los demás, pero tú elegiste ser diferente, lo cual es comprensible. Pero llevas un año fuera de la universidad y sigues igual. Ser inteligente no tiene nada que ver con saber relacionarse, Carrie. Y nadie ha dicho que ser un genio sea fácil.

Está empezando a llover con fuerza. Petrov se levanta, cierra la ventana y vuelve a su sillón.

–Has mencionado un par de veces La Gran Mentira de tu padre. Creo que deberíamos hablar de ello.

–Sí...

–Pero hoy no. Hoy tengo una tarea para ti.

Yo miro la alfombra, que tiene un dibujo oriental.

–¿Qué tarea?

–Quiero que te relaciones un poco más. Para que veas el otro lado, para que busques un lugar en el que te sientas cómoda. No quiero que hagas nada peligroso o inmoral, pero sí que vayas a una fiesta, que te apuntes a alguna asociación... Después, quiero que me digas qué te ha parecido. No tienes que empezar inmediatamente, puedes esperar hasta que te apetezca hacerlo.

–¿Qué tal si esperamos hasta el año que viene?

Petrov sonríe.

–No es mala idea. Nochevieja sería un buen momento para pasarlo con los amigos. Podrías ir a una fiesta.

–O podría vomitar en Times Square. Así sería como todo el mundo.

Él sacude la cabeza.

–No estoy sugiriendo que hagas nada peligroso, pero quiero que aprendas a relacionarte con los demás. Lo que debes hacer es prepararte para pasar la Nochevieja con gente. Aunque no hace falta que sea una fiesta multitudinaria –dice, moviendo el bolígrafo–. Y quiero que me hagas una lista de diez cosas que te gustan. Los ruidos de la calle son un buen principio, pero tienen que ser diez cosas. Luego quiero que te apuntes a algún grupo, así podrías conocer a alguien con intereses similares a los tuyos, incluso gente inteligente. También debes salir con un chico...

–Muy bien.

–Y quiero que le digas a alguien que te gusta. Y que no sea de forma sarcástica.

–¿Sarcástica yo?

Petrov, que ha estado escribiendo mientras hablaba, arranca la hoja y me la da.

1) Hacer una lista de 10 cosas que te gusten

2) Apuntarte a algún grupo, club o asociación

3) Salir con un chico

4) Decirle a alguien que te gusta

5) Celebrar la Nochevieja

–El objetivo es que establezcas relaciones con los demás, no que hagas nada malo. Pero para eso debes descubrir que relacionarte con los demás tiene cosas buenas.

–No tendría tantos problemas para adaptarme al mundo si el mundo tuviera sentido –replico yo–. Pero no lo tiene. A lo mejor es el mundo el que debería adaptarse a mí.

–Ya veremos –murmura Petrov.

Me encanta que me den la razón. Me encanta que me den la razón y los atardeceres en Miami Beach. No te fastidia.

Cuando salgo de la consulta, me cubro la cabeza con la chaqueta para no mojarme el pelo mientras corro hacia el metro. Ojalá pudiera irme a casa, meterme en la cama y dormir un rato. Pero no puedo porque tengo una entrevista de trabajo.

Cuando estoy llegando a la estación, un tipo con gabardina me espeta:

–¡Sonríe!

Eso, por supuesto, me hace sentir fatal. Yo iba perdida en mis pensamientos, a lo mío, y alguien ha decidido que tenía derecho a molestarme. ¿No se da cuenta de que llamándome la atención sólo consigue quitarme las ganas de sonreír?

Es como darle una torta a un niño para que deje de llorar... y eso lo hemos visto todos.

Además, no sé qué le importa a él. Yo no voy por ahí exigiéndole a los demás que sonrían. ¿Por qué todo el mundo me dice lo que tengo que hacer, pero no me dejan que yo haga lo mismo con ellos?

El café donde he quedado con Brad Nickerson está a dos estaciones de metro. Cuando entro, él ya está sentado. Tiene el pelo rubio y una cara mediocre. Es más joven de lo que yo esperaba y empiezo a pensar que esto podría ser una cita preparada por mi padre y no una entrevista de trabajo.

Brad se levanta, sonriendo.

–Encantado de conocerte.

–Lo mismo digo.

Nos sentamos. Se cruza de piernas –tiene las piernas largas– y saca un cuaderno.

–Sólo voy a hacerte un par de preguntas sobre tu currículum.

–Muy bien.

–Tu padre me ha dicho que sabes usar un ordenador.

–Claro.

–¿Qué procesador de textos?

–En la universidad usábamos Word Perfect 4.0, 4.1, 5.0, 5.1, 6.0, 6.1, 7.0, 7.1, Microsoft Word, 4.0, 4.1, 5.0, 5.1... ¿Tú qué crees que significan esos números? Para mí: «hemos mejorado un poquito del 5 al 5.1, pero todavía no hemos llegado al 6. Cuando lleguemos ahí, te avisaremos.

Brad me mira sin entender, pero esto es algo que yo me he preguntado muchas veces.

–¿Cuántos años tienes?

–Diecinueve.

–Pareces muy seria para tener diecinueve años.

No sé qué decir. Ahora me siento mal, como cuando el tipo de la gabardina me dijo que sonriera. Como si estuviera haciendo algo malo simplemente por existir.

Brad tampoco dice nada, sólo me mira y espera. Y espera. Si una empresa envía a alguien a hacer una entrevista de trabajo, al menos deberían asegurarse de que fuese la mitad de competente que la persona a la que va a entrevistar.

–Podrías, si quisieras, decirme de qué va el trabajo.

–Ah, claro. Bueno, al principio sería como auxiliar administrativo. Ya sabes, escribir cartas, archivar, ayudar al jefe en la oficina... pero luego podrías hacer tareas de más responsabilidad. ¿Qué te parece?

Supongo que no querrá una respuesta sincera.

–No está mal.

–Ya –murmura él, tomando un sorbo de café–. ¿Por qué no me dices cuál es tu fuerte y cuáles tus puntos débiles?

Una pregunta relevante, por fin.

–Intento averiguar qué está bien y qué está mal. No me dedico a actividades peligrosas para otros o para mí misma e intento no juzgar a la gente.

–Yo no estaba juzgándote –dice Brad, a propósito de nada.

–No he dicho que lo hicieras.

Otra vez estamos en terreno baldío.

–¿Cuántas pulsaciones tienes?

–Sesenta o sesenta cinco palabras por minuto.

Él no dice nada.

–¿Quieres que lo traslade al sistema métrico decimal?

–Sí.

–Sesenta o sesenta y cinco palabras por minuto –sonrío yo. Pero Brad no sonríe. Aparentemente, no le ha parecido una broma satisfactoria.

–Bueno, encantado de conocerte –dice por fin, levantándose–. Seguramente te llamaremos.

–Genial –suspiro yo. En realidad, le estoy felicitando por terminar la entrevista.

Cuando por fin llego a casa me siento increíblemente aliviada. Cierro la puerta del dormitorio, tiro el bolso al suelo y me quito la ropa mojada. Después, me meto en la cama para dedicarme a mi actividad favorita: dormir.

Mi cama es un vasto océano con tres almohadas grandes y un edredón de plumas. Lentamente, me meto entre las sábanas, desnuda. El algodón acaricia mi espalda. Cierro los ojos y dejo que se relaje mi espina dorsal...

Tengo la mente en blanco. No quiero pensar en nada, no quiero oír nada, sentir nada, preocuparme por nada.

El techo podría caerse, las paredes podrían agrietarse, me da igual. Yo puedo quedarme aquí para siempre si quiero.

En la cama no hay psicólogos, ni entrevistas de trabajo ni hipócritas. No tengo que hacer una lista con diez cosas que me gusten, no tengo que sonreír, no tengo que justificar mis creencias. No tengo que ponerme zapatos de tacón, no tengo que jurar lealtad a la bandera, no tengo que leer la letra pequeña de un contrato, no tengo que vender cincuenta cajas de galletas, no tengo que hacer nada.

Es cierto que estar en la cama no es una actividad intelectual. Es cierto que es improductivo.

Pero cuando el noventa y cinco por ciento de las actividades que se realizan fuera de la cama son potencialmente dolorosas, no sentir dolor es la sensación más agradable del mundo.

Estoy en la cama durante una hora, escuchando el repiquetear de la lluvia en las ventanas. Cuando la tormenta afloja un poco levanto la cabeza.

Huele a coca-cola. No sé de dónde viene el olor, de la calle seguramente. Me acuerdo entonces de una fiesta de Año Nuevo que dio mi padre cuando yo era pequeña. Había un niño llamado Ted que echaba cacahuetes en su vaso de coca-cola porque, según él, así sabía mejor.

Tomo un cuaderno que hay encima del tocadiscos y empiezo a hacer la lista que me ha pedido el doctor Petrov:

1) La coca-cola

2) Los ruidos de la calle

3) Mi cama

La mejor cama fue una con dosel azul que tuve a los ocho años. Entonces mi habitación era preciosa. Tenía una alfombra enorme con el diseño del parchís, una tabla de los elementos gigantesca, todos los volúmenes de La caída del Imperio Romano, los de En busca del tiempo perdido de Proust, un sistema solar, una brújula, un par de cuadros abstractos, un sextante...

4) El color verde azulado del agua de una piscina

5) Las estrellas de mar

6) Los escritores victorianos

7) Los ositos de goma

8) La lluvia durante el día (para dormir mejor)

Sigo pensando, pero no se me ocurre nada más.

Podría escribir una lista de las cosas que odio. Y llenaría tres cuadernos. Eso sí sería divertido, una lista de las cosas que me ponen enferma.

Podría empezar por una pareja que vive al otro lado de la calle.

Deben tener veintitantos o treinta años. Son altos y los veo en la cocina desde mi ventana. Siempre están pellizcándose y haciendo tonterías. Deberían tener más respeto por los vecinos y evitarnos el espectáculo, pero esa no es la razón por la que los odio.

La razón por la que los odio es porque cada vez que nos cruzamos en la calle no me saludan. Tienen que saber que soy su vecina, llevo aquí casi un año.

Pero claro, tampoco yo los saludo.

Lo intento, pero no me salen el número nueve y el número diez. Dejo el cuaderno y me tumbo de lado, con una mano sobre la otra, como las zarpas de un gran danés.

Pienso en el plan de Petrov: apuntarme a un grupo, club o asociación, salir con un chico... Petrov debe pensar que soy incapaz de hacer esas cosas. Pero no es que no pueda, es que no quiero.

Estar sola puede ser aburrido, pero ¿por qué debo conocer gente que ha degradado sus valores morales, éticos e intelectuales para poder relacionarse con gente que no tiene valores morales, éticos e intelectuales? Eso es todo lo que encontraré si salgo a la calle.

Podría probarle a Petrov que se equivoca. Podría demostrarle que no soy yo quien tiene el problema, sino los demás. Así probaría lo ridícula que es su teoría.

Salir con un chico o apuntarme a un grupo es hacer lo que hace todo el mundo. No puede ser tan difícil. Y aunque Petrov crea que hay un 0,1% de posibilidades de que conozca a una persona que me entienda, puedo hacerlo sencillamente para decirle que lo he intentado.

Un rollo, pero no será difícil. Seré como una espía y podré probarme a mí misma, además de a Petrov, que estar sola es mucho mejor que estar mal acompañada.

Esa noche suena el teléfono. Podría ser una mala noticia. Podría ser mi padre para decir que no he conseguido el trabajo. O peor, podría ser mi padre para decir que he conseguido el trabajo.

Aunque también podría ser el comité MacArthur para informarme de que me han dado la beca Genius.

Pero es mi padre.

–He hablado con Brad. Según él, no estabas interesada en el trabajo.

–Ah, Brad. Un tío soso e inmaduro.

–Tengo la ligera impresión de que no has sido muy amable con él.

–Yo no pedí la entrevista.

–Tienes que hacer algo, Carrie.

–Hago muchas cosas.

–Carrie...

–He visto al doctor Petrov esta mañana.

Eso parece alegrarle.

–¿Y qué te ha dicho?

–Quiere que haga un experimento de socialización. Salir con un chico, apuntarme a un club, grupo o asociación...

–¿Y qué has dicho tú?

–Que lo intentaré.

–Eso es lo que yo quería oír –suspira mi padre.

–Me debes una, papá.

–¿Por qué?

–Tú sabes por qué.

Silencio.

Sabe que me refiero a La Gran Mentira.

–Es verdad.

–Pues eso.

–¿Qué clase de trabajo te interesaría, Carrie?

–Uno en el que pueda usar mi inteligencia. Donde no tenga que trabajar doce horas al día, donde pueda dormir mientras los demás están despiertos y estar despierta mientras los demás duermen. Algún sitio donde la gente no sea condescendiente...

–Ya...

–Un trabajo que no me ponga enferma.

Dos

–¿Ha estado aquí antes?

–No.

La mujer que hay tras el escritorio me mira por encima de sus gafas. No sé cuál es su problema. Todo el que ha venido aquí ha venido en algún momento por primera vez.

Me da tres documentos para cumplimentar, incluyendo una cláusula de confidencialidad, y con eso pierdo veinte minutos. Después me da dos paquetes de folios escritos a máquina.

–Los abogados necesitan que compare estos documentos palabra por palabra. Debe leerlos de arriba abajo. Podría tardar horas.

Mi padre me ha conseguido un trabajo como correctora en un bufete porque, según él, pagan bien, es un trabajo esporádico y puedo trabajar de día o de noche. Como soy más lista que el noventa y nueve por ciento de los abogados, será muy fácil.

En mi cubículo hay un escritorio sin cajones. Esto es más bajo en la jerarquía mobiliaria que un tablero de dibujo. Detrás de mí, un tío con gafas cuadradas lee dos documentos, sus ojos viajando constantemente de uno a otro.

Parece demasiado mayor como para considerarlo una posible cita. Pero, ¿quién sabe? Es calvo y de aspecto inofensivo. A lo mejor puedo coquetear con él para que me invite a cenar y así habré satisfecho la petición de Petrov. Y, de ese modo, sólo me quedarán tres.

Mi mesa está llena de bolígrafos y folios. Alguien se ha tomado la molestia de pintar uno con rayas rojas, como las de un cuaderno. Y esa misma persona, supongo, ha pintado un perfecto cubo azul en una esquina. Supongo que habrá tardado media hora en hacerlo.

Un supervisor se acerca para explicarme mi tarea: el primer documento que debo revisar es el original, el segundo es una copia. Pero a veces esas copias aparecen con comas, acentos o letras de más, de modo que mi trabajo es leer ambos documentos para comprobar que son exactamente iguales. Y se supone que debo hacer esto con doscientas diez páginas.

Estamos en la era de la tecnología, de modo que tiene que haber una forma más rápida de hacerlo. Pero ahora entiendo que los abogados cobren cuatrocientos dólares por hora; con ese dinero pagan a sus correctores de pruebas.

Me apoyo en el respaldo de la silla y cierro los ojos. En un minuto, tengo la respuesta. Pero no puedo usar mi sistema fácil hasta que el de las gafas se vaya a tomar café. Y tarda diez minutos en hacerlo. Mi padre cree que no quiero trabajar, pero la verdad es que nadie trabaja. Es una estafa. Nadie dice nada porque todo el mundo hace lo mismo. En realidad, la jornada laboral de cualquier norteamericano es de tres horas. Sigue habiendo toneladas de secretos en el mundo a los que empiezo a tener acceso.

Cuando el de las gafas se levanta, tomo la primera página del documento original, la coloco sobre la copia y pongo ambas bajo la lámpara. Son completamente iguales; ni una palabra de más, ni una coma de más. Sigo con la página siguiente; lo mismo. De este modo tardo un 98% menos de tiempo en hacer el trabajo. Y me pagan lo mismo.

Cuando termino, dejo el documento abierto en la página veinte, como si estuviera leyendo.

Y uso el tiempo que me sobra para pensar.

Por ejemplo, me pregunto por qué si el límite de velocidad en todas las autopistas es de ciento veinte kilómetros por hora, se venden coches que alcanzan los doscientos.

Me pregunto si el líquido que hay dentro de un coco debe ser llamado leche o zumo.

Pienso en el punto de vista de Michel Foucault sobre la modalidad panóptica de poder y si es lo suficientemente exhaustiva o podría llegar a serlo.

Detrás de mí, el de las gafas levanta el teléfono y pregunta por una tal Edna. Pensando en el 1% de posibilidades de que esto no sea completamente aburrido, pongo la oreja.

–Llamé a Jackie esta mañana, pero no estaba en casa –le dice–. Raymond sí. Por lo visto, está de baja e iba a aprovechar para irse a esquiar. Prácticamente alardeaba de ello. Y yo le he dicho: Raymond, lo que haces es mentir. Si estás de baja por enfermedad, deberías estar enfermo... Sí, lo sé, está engañando a todo el mundo. Y él me dice entonces: sólo lo hago de vez en cuando. Y yo le he dicho: Raymond, sé que lo has hecho muchas veces porque sueles ir a esquiar los viernes. ¿Tú entiendes por qué nuestra hija se ha casado con una persona así? Yo tampoco. Le he dicho: la falta de ética en el trabajo es lo que está haciendo que la economía norteamericana se vaya al garete. Todo el mundo intenta escaquearse...

Cuelga unos minutos después.

Y yo tengo que darme la vuelta.

–Perdone, pero tengo que decírselo: está enfadado porque su yerno ha hecho novillos, pero usted acaba de mantener una conversación personal cuando debería estar trabajando. ¿No le parece un poco hipócrita?

No hay nada más satisfactorio que ver a alguien atrapado en la espesa red de su hipocresía.

El de las gafas se ha quedado atónito.

–Tenemos derecho a descansar un momento –dice con voz temblorosa.

–Entiendo eso como un sí.

–Además, no es asunto suyo –murmura él, escondiendo la cara en los papeles.

Un tipo de pelo oscuro y tupido asoma la cabeza en el despacho como buscando a alguien. Cuando está a punto de desaparecer se fija en mí.

–Ah, hola. ¿Eres estudiante?

–No, ya he terminado la carrera. Estoy aquí como correctora.

–¿Sólo por hoy?

–Que yo sepa, sí.

–Douglas P. Winters –dice, ofreciendo su mano. Después, hace un extraño ruido con la nariz y se limpia con la manga de la camisa. Me da la impresión de que es listo. Puedo descubrir a una persona inteligente y mal pagada en cualquier parte.

–Carrie Pilby.

–¿En qué universidad estudiaste?

Esta pregunta es siempre un dilema. Todo el que ha estudiado en Harvard tiene que pasar por ello. Si dices que has estudiado en Harvard, la gente cree que te estás dando aires... mientras otros piensan que es una broma. Muchos licenciados en Harvard dicen que han estudiado en Boston, simplemente. Si la otra persona insiste, dicen que han estudiado en la ciudad de Cambridge. Sólo cuando los presionan admiten haber estudiado en Harvard.

Yo decido terminar con esa tortura lo antes posible.

–Harvard.

–¿En serio?

–En serio.

–A ver, di algo inteligente.

Ya estamos. Es como cuando te presentan a alguien de Moscú y tú le sueltas: «di algo en ruso». Que yo haya estudiado en una de las universidades más prestigiosas del mundo no significa que siempre tenga un axioma matemático en la punta de la lengua. O sea, lo tengo, pero no porque haya ido a Harvard.

Sin embargo, decido seguirle el juego.

–Creo que la influencia de Kierkegaard en Camus está subestimada. Creo que Hobbes es Rousseau en un espejo oscuro. Creo, junto con Hegel, que la trascendencia está en la pura contemplación.

Doug me mira durante unos segundos sin pestañear.

–Jolín.

No le digo que he robado esas citas de un libro de David Foster Wallace, La broma infinita, que leí un día que tenía tres horas libres.

El de las gafas nos mira fijamente.

–¿Me dejan trabajar?

–¿Por qué no llama a los informativos y se chiva de su yerno? –replico yo. Él me fulmina con sus cuatro ojos y luego sigue a lo suyo.

–Vamos a mi mesa, está en la entrada –dice Doug.

Supongo que si me meto en algún lío, podré culparlo a él. Lo sigo a través de unas puertas de cristal hasta el vestíbulo, que tiene sillones tapizados en terciopelo y un cartel dorado con el nombre del bufete.

–¿Estás buscando un trabajo fijo?

–Algún día –suspiro. Esta conversación está durando demasiado sin que yo sepa si es importante–. ¿Dónde estudiaste tú?

–En Hempstead.

En fin, parece que no es tan listo después de todo. Pero quizá lo estoy juzgando a la ligera. Al menos, Petrov piensa eso.

–No me apetecía ir a Harvard.

–Ya.

–¿Tienes novio?

No sé si pregunta porque le gusto o se está riendo de mí porque sabe que nadie querría ser mi novio.

–No.

Doug saca una bolsa de pistachos.

–¿Estás buscándolo?

–No, en realidad me paso el día durmiendo.

Él suelta una carcajada.

–Yo también lo haría si pudiera. Las horas que uno pasa en la cama son las mejores del día.

Nos quedamos callados un momento mientras Doug se traga el pistacho.

–¿Sabías que los pistachos son como los orgasmos?

Eso no me hace gracia. Vuelvo la cabeza y miro un cuadro; creo que es de Edward Hopper.

–¿Por qué?

–El primero sabe salado, el siguiente casi a mantequilla, el tercero está un poco agrio... Son como los orgasmos. Cada uno completamente diferente del otro. Pero todos geniales.

–Fascinante.

–¿Te da corte hablar de esto? –ríe Doug–. Perdona. Toma uno.

Yo alargo la mano.

–No, un orgasmo –dice él entonces, apartando el pistacho. Irritada, levanto los ojos al cielo–. Era una broma, mujer. Toma.

No puedo creer que hable sobre algo tan íntimo como si fuera perfectamente normal, así que le doy las gracias y vuelvo a mi mesa.

El resto de la noche lo dedico a leer un diccionario de términos legales hasta que me duelen los ojos. Al menos ahora puedo salpimentar mi conversación con ex aequo et bono y de minumus non curat lex.

El turno termina cuando los primeros rayos de sol entran por las ventanas de cristales oscuros. Supongo que habrán puesto cristales oscuros para matar lo único bueno que tiene este despacho: la panorámica de Nueva York.

Hay cierta conmoción cuando un grupo de trabajadores entra mientras el otro se marcha. Entre los cotilleos, los cafés y los comentarios sobre los titulares de los periódicos, el trasvase dura casi media hora. Puede que haya subestimado la falsedad que existe en un sitio de trabajo.

Cuando uno ha estado despierto toda la noche, además de tener un raro sabor de boca, empieza a ver las cosas borrosas. Además, me duelen los huesos.

Me echo la mochila a la espalda y salgo del bufete. En el vestíbulo me encuentro con Doug, que me da la mano a modo de despedida. En el ascensor hay un tío con un carrito lleno de donuts que huelen de maravilla. Algunos tienen chocolate por encima, otros azúcar en polvo, otros están rellenos de fresa... Si me comiera uno se me quitaría este extraño sabor de boca. Pero el tío de los donuts se baja en la tercera planta. Yo sigo hasta la primera y salgo a la calle.

Parece que hoy hará buen tiempo. En el parque, los vagabundos empiezan a salir de sus cajas de cartón. Son «cajas adosadas». Paso por debajo de un intrincado laberinto de andamios y carteles anunciadores. Hordas de empleados salen del metro, vestidos casi todos de azul marino o gris, y todos ellos –como suele ocurrir– caminando en dirección contraria a la mía.

En una esquina, un hombre calvo está repartiendo folletos de algo. Nadie le hace caso. Intenta darles un papel amarillo, pero la gente vuelve la cabeza. Yo juro tomar el folleto cuando me lo ofrezca. Debe ser horrible estar ahí, en medio de la calle, y que todo el mundo te rechace. Pero el tío me mira y le da el folleto a una persona que está a mi lado.

Indignada, me paro delante de él.

–Ah –dice entonces, ofreciéndome el papel.

Es un panfleto de la Iglesia de los Primeros Profetas, con una larga explicación de cómo un tal Joseph Natto tuvo una visión en 1998: «a sus sermones les faltaba algo». Entonces en su cabeza apareció una lista de diez reglas...

Qué historia tan original.

Cuando levanto la mirada, el calvo le está ofreciendo el folleto a una señora de aspecto extranjero que tiene los ojos muy abiertos. Me he dado cuenta de que los fanáticos religiosos siempre buscan extranjeros.

Me dan ganas de acercarme al tío y preguntarle por qué sólo parece interesado en alguien que no habla nuestro idioma. Últimamente, me dedico a decir todo lo que se me pasa por la cabeza, particularmente a la gente que me saca de quicio. Desgraciadamente, con los fanáticos religiosos es imposible. Cuando alguien discute sus ideas, sonríen beatíficamente y sueltan: «Debes tener fe y una vez que aceptes a (inserte el nombre del salvador aquí) en tu corazón, lo entenderás todo». Luego dicen que una vez ellos eran como tú... hasta que tuvieron un momento de inspiración que cambió sus vidas para siempre.

La clave de toda religión es simplemente creer lo que te dicen y no permitir que en tu cabeza entre una sombra de duda. Ninguno de nosotros estaba vivo hace dos mil años (o hace 173,5 años, si eres mormón) para saber lo que pasó en realidad, así que la gente decide qué historia elige y qué principios le parecen válidos basándose en criterios tan importantes como en qué los obligaron a creer sus padres desde pequeños.

Al menos los mormones bautizan a sus hijos cuando tienen siete años. Aunque, ¿un niño de siete años va a poner más pegas que un recién nacido?: «Muy bien, Tucker John, como tú quieras. No te bautices. Tu madre y tu otra madre y tu otra madre y tu otra madre están muy disgustadas contigo». Bueno, me disculpo, la poligamia está prohibida por la iglesia mormona desde 1896 y lo sé. No debería perpetuar el mito. Era una broma.

Sigo observando al calvo, que intenta convencer a la señora extranjera, y espero para ver si intenta convertirme a mí también. No estaría mal que pudiera contestar a mis preguntas sobre religión. Si lo hace, le daré una oportunidad.

De repente, siento una emoción extraña, algo que me ocurre de vez en cuando. Es una sensación de frío por dentro. Miro al calvo y me pregunto quién soy yo para reírme de él. A lo mejor de verdad cree en lo que está contando. A lo mejor se siente solo.

Hay algo más que me pone triste, pero no sé qué es exactamente.

La sensación desaparece en unos segundos. Afortunadamente.

Sigo esperando que el calvo me hable, pero no me hace ni caso. Quizá porque él no se daría el panfleto a sí mismo. Qué hipócrita.

Abandono, me llevo el folleto y lo pego en el armario de la cocina con una chincheta. En la parte inferior veo la dirección de una iglesia.

Una iglesia es una organización y si me apunto estaré cumpliendo el segundo deseo de Petrov. Pero si voy a uno de los servicios, mi verdadero objetivo será infiltrarme en la secta y desenmascararla ante los ojos del mundo. No quiero que se aprovechen de nadie, de modo que me convertiré en la protectora de los más crédulos.

Varios días después, por fin tengo el placer de llevar la lista de diez cosas que me gustan a Petrov. Aunque, en realidad, es una lista de ocho cosas.

Antes de que pueda dársela, Petrov me pregunta si he hecho nuevos amigos. Le digo que no, pero menciono mi conversación con Douglas P. Winters.

–Podría haber estado coqueteando contigo.

–Ya.

–¿Estarías interesada?

–Él parecía un poco... obsesionado por el sexo.

–Sé que piensas que la mayoría de la gente está obsesionada por el sexo –suspira Petrov, apoyando la cabeza en el respaldo del sillón–. Aunque eso es cierto en muchos casos, creo que si fueras mayor y tuvieses más experiencia sexual, no te parecería tan extraño.

Por supuesto, piensa que soy virgen. Todo el mundo cree que si uno piensa que la gente está obsesionada por el sexo es porque no ha tenido relaciones sexuales. Como si el sexo fuera algo tan increíble que, una vez conocido, pudiera justificar el hecho de que los seres humanos piensen en ello veinticuatro horas al día. Además, la gente en general piensa que si expresas una crítica perfectamente lógica sobre la sociedad, eso significa que eres «una estrecha» y «necesitas que te echen un polvo». Como si el sexo pudiera curarlo todo.

A Petrov no le he hablado sobre mi experiencia con el profesor Harrison.