Un solo destino - Zena Valentine - E-Book

Un solo destino E-Book

Zena Valentine

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Beschreibung

En otro tiempo, Jessica Caldwell y Kale Noble habían soñado con casarse y tener hijos. Pero eso había sido antes de que la tragedia separara a sus familias, tan unidas hasta entonces. De repente, su amor adolescente se convirtió en algo prohibido y los secretos condujeron a las traiciones. Trece años más tarde, Kale Noble apareció en la vida de Jessica de nuevo y todavía tenía el poder de despertar su pasión como nungún otro hombre. Pero esa vez Jessica sabía lo que había en juego aparte de su frágil corazón. Una hija pesaba en la balanza. Una niña con la sangre de los Noble...

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Seitenzahl: 212

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 1999 Zena Valentine

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un solo destino, n.º 935 - abril 2020

Título original: Star-Crossed Lovers

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1348-120-3

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

Capítulo Trece

Capítulo Catorce

Capítulo Quince

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo Uno

 

 

 

 

 

Jessica Caldwell Morris sintió una oleada de furor cuando alzó la vista desde su mesa y vio el brillo del bimotor blanco aterrizar en la pista como un gigante pájaro de porcelana.

Ingeniería Noble, se leía en brillantes letras azules en el fuselaje.

Pasaron varios momentos antes de que se diera cuenta de que había dejado de respirar mientras seguía desde su oficina, del segundo piso, el avance del aparato hacia el final de la pista. Mientras el piloto frenaba, el avión aminoró suavemente como dirigido por una mano invisible casi parándose antes de pivotar hacia los surtidores de fuel.

¿Una parada de repostaje? Jessi esperaba que no.

¿Un accidente del destino?

Los Noble no tenían ningún asunto que tratar en Kenross.

–¡Oh, Dios, oh, Dios! –gimió, tapándose la cara con las manos. Sintió que la frente se le perlaba de sudor al despertarse los antiguos recuerdos. Muy malos recuerdos. Doce años de malos recuerdos.

Gracias a Dios que Chaz estaba abajo en el recibidor y podría encargarse de quienquiera que llegara en aquel avión. Desde luego, no debía haber ninguno de los Noble dentro o no hubiera parado.

A menos que no supiera que una Caldwell poseyera la base.

¿Pero como iban a saber que ése era su negocio? Su apellido era Morris ahora y el logotipo decía Aviación Kenross. En los mapas venía identificado como aeropuerto Kenross aunque ella poseyera la pista y toda la tierra, los edificios, equipamientos y negocios particulares incluyendo el servicio de reparación, la nueva escuela de vuelo, aviones y hangares de alquiler. Hasta poseía un helicóptero.

Se sintió momentáneamente asombrada por la parada del avión ante los surtidores de fuel. Vio la forma esbelta de Chaz trotando ya por la acera hacia la pista.

El bimotor se detuvo de forma brusca con un leve respingo y ambas puertas se abrieron. El piloto permaneció en su asiento estirándose y flexionando los hombros mientras hablaba con Chaz, que permanecía en la pista.

Jessi desvió la mirada hacia la otra puerta donde divisó la cabeza de otro hombre, de pelo tan negro y liso como el azabache saltar al suelo con gracia. Se dio la vuelta para cerrar la portezuela y entonces vio ella su cara.

Kale Noble.

–¡Oh Dios, no! –susurró en la oficina vacía apretando las uñas dentro de las palmas.

Incluso aunque había sido un chico de diecinueve años y habían pasado doce años, lo reconoció al instante. El delgado atleta de colegio había madurado en un hombre musculoso de anchos hombros; su cara ya no era huesuda y alargada, sino llena y sólida. Las cejas que antes parecían fuera de lugar y demasiado gruesas, ahora se intercalaban en una cara atractiva y dura.

Se movía con la misma gracia atlética que ella recordaba aunque con más rapidez y agresividad, con el poder que ella sentía que provenía del enfado y la impaciencia.

Rodeó la parte trasera del avión a grandes zancadas llevando un maletín de color caoba e interrumpió a Chaz, que estaba subiendo la corta escalera para echar el fuel en el depósito del ala.

Chaz asintió y se retiró, colgó la manguera de nuevo y salió corriendo detrás de Kale hacia la planta baja del edifico donde se encontraba ella.

Era alto y delgado, tenía el vientre liso y estrechas caderas. Llevaba unos pantalones oscuros y una camisa blanca de manga corta abierta al cuello para aliviarse del húmedo calor de junio. Parecía ocupado e importante. Intimidante. Avanzó hacia la oficina como si pudiera arrastrar todo a su paso.

¿Qué estaba haciendo él allí?

Jessica suplicó que aquella visita fuera breve, fuera cual fuera la causa. Él estaba abajo, directamente bajo su oficina. Jessi cerró los ojos y escuchó su propia respiración jadeante y entrecortada. Sentía la culpabilidad centenaria aunque sabía que ella no era responsable de la tragedia que había enviado a Paul, el hermano de Kale, a la tumba, había separado a sus familias y conseguido que su hermana viviera un infierno hasta el día de su muerte el año anterior.

Los recuerdos afloraron ahogándola en una bruma densa. Con los ojos cerrados, lentamente bajó los brazos y se abrazó. Kale nunca había dejado de acosarla aunque en los años anteriores, había tenido periodos cada vez más extensos de alivio.

¿Y por qué ahora?

Las cosas estaban yendo bien.

Ella se estaba recuperando gradualmente de las pérdidas de su marido, hermana y cuñado en un accidente de avión el año anterior; estaba satisfecha del progreso en la recuperación de su sobrina Amanda y contenta con el volumen y beneficios de su negocio y como siempre, disfrutaba de sus horas libres volando.

Y ahora se veía asaltada no sólo por los recuerdos. Era la pesadilla de Kale Noble a los diecinueve años, un año después del trágico accidente de Paul, que furioso, había señalado con el dedo a Jessi y a su hermana Charlotte como mujeres de Jezabel, depravadas y causantes de la destrucción y pérdida de los hombres a los que habían manipulado con astucia sibilina. Y alrededor de él había gente familiar, gente a la que ellas habían conocido de toda su vida y que estaban de acuerdo con él.

No fue hasta que Jessi se había casado con Rollie Morris, un primo lejano del marido de Charlotte, tres años después y había descansado cada noche contra su pecho cálido, cuando había podido conseguir cierta paz.

Se concentró ahora de nuevo en la soleada escena que tenía lugar debajo. Las potentes zancadas de Kale se dirigían de la oficina de abajo al aparcamiento de coches de alquiler y Chaz volvía de nuevo a repostar el avión. El piloto se estaba paseando en círculos estirando los pies y manos mientras Kale sacaba marcha atrás el coche de alquiler y en dirección a la autopista.

Entonces desapareció de la pista dejando sólo un leve rastro de polvo en el camino de grava. Jessi volvió la vista hacia Chaz que estaba conversando con el piloto mientras señalaba el restaurante al que se dirigió éste con pereza.

Jessi esperó y enseguida oyó los pasos de Chaz subiendo a su oficina. Cuando se volvió hacia él, encontró apoyada su figura fibrosa contra el marco de la puerta con los brazos cruzados. Tenía la camisa empapada de sudor.

–Bueno, ¿quién diablos es el tal Kale Noble?

Ella inhaló con fuerza dudando qué contestar. ¿Un hombre que odiaba a los Caldwell? ¿Un hombre todavía cargado de resentimiento por algo que había ocurrido doce años atrás?

¿Un brillante y atractivo chico al que ella había creído que amaría para siempre cuando era una ingenua jovencita?

Se preguntó si Kale habría sabido que había aterrizado en su pista. Era evidente que algo se había comentado abajo para inspirar aquella pregunta de Chaz.

–Entonces él sabe que estoy aquí –se aventuró ella–. ¿Sabe que soy la propietaria?

–Ahora sí –señaló Chaz con el ceño fruncido.

Ella tragó saliva.

–¿Qué ha dicho?

–¿De ti? Nada. Fue la forma en que no dijo nada lo que me ha hecho sospechar.

Ella miró por la ventana.

–Dime lo que dijo o lo que no dijo.

–Tú dime quién es –insistió Chaz acercándose a la mesa donde colocó las manos abiertas encima.

Ella bajó la vista.

–Alguien del pasado. El recuerdo de una tragedia familiar.

–¿Quieres decir el accidente de coche que volvió majareta a Charlotte?

–Charlotte no se volvió majareta –lo miró con disgusto–. Y quiero saber lo que te ha dicho Kale Noble. Su hermano murió en ese accidente y nada ha vuelto a ser igual desde entonces. Quiero saber exactamente lo que ha dicho y cómo lo ha dicho.

Lo miró con furia y él titubeó.

–Él estaba mirando alrededor mientras yo rellenaba el contrato del alquiler del coche y vio la fotografía en la pared de ti y de Rollie cuando te regaló tus alas. Yo noté que la estaba mirando fijamente y él me preguntó quién eras.

Ah, sí. La foto en color que Rollie había ampliado con las palabras Enhorabuena, Jessi, grabadas en el marco. Seguía colgada donde él la había puesto diez años atrás con tanta ternura que no se había atrevido a quitarla.

Kale no podía saber que Rollie había sido su marido a menos que Chaz se lo hubiera dicho.

Como si le hubiera leído la mente, Chaz continuó:

–Le conté que el avión de Rollie se había estrellado. Y lo de tu hermana.

Así que Kale sabía que ahora era viuda y que Charlotte estaba muerta.

–¿Y qué averiguaste tú de él?

–Que es le presidente de Ingeniería Noble. Han diseñado el puente sexto sobre los pantanos.

Ella bajó la vista y se frotó las sienes. ¡Maldición! Eso significaba que estaría rondando su pista durante al menos algunos meses. ¿Por qué no se había fijado ella antes en qué compañía había sido la adjudicataria?

El puente había salido en las noticias durante los dos años anteriores. Era un experimento de construcción de carreteras para preservar el medio ambiente. Se suponía que el puente era un diseño revolucionario en su estilo. ¿Por qué ella no había visto antes su nombre?

Todos esos años él había estado sólo a ciento cincuenta millas de distancia.

–Acaban de comprarlo –dijo él mirando el avión–. Su jefe ha decidido no perder tanto tiempo en las autopistas.

–Supongo que podré mantenerme alejada de su vista.

–¿Qué tiene en contra de ti? Era Charlotte la que conducía el coche.

–Es más que eso, Chaz. Todo se complicó una barbaridad.

Lo miró comprendiendo su curiosidad.

–Las dos familias se vieron involucradas.

Chaz no se movió.

–Eso es todo, Chaz –lo despidió.

–¡Maldición! No he dejado de oír hablar del accidente de Charlotte desde poco antes que se casara con Frank. Cada vez que ella cometía alguna locura, la gente decía que era porque había ocasionado la muerte de un chico en un accidente de coche. Nadie me contó nunca los detalles ni nadie se atrevía a preguntarle a Charlotte acerca de ello. A mí me parece que hubo mucho más que en un accidente de coche muriera un tipo.

–Se complicó –replicó ella irritada ante su insensible insistencia–. Pero pasó hace mucho tiempo y desde luego es algo de lo que no quiero hablar ahora. ¿Cuánto tiempo estará usando el coche?

–Tiene una reunión especial con el ayuntamiento. Un par de horas o así.

Jessi alzó la vista para encontrar a su sobrina de doce años, Amanda, acercarse al aparcamiento desde la autopista dando golpes a las piedras distraída. Le recordaba bastante a sí misma a su edad, aunque más fuerte y angulosa.

–Ahí llega Amanda.

Chaz echó un vistazo a su reloj.

–Justo a tiempo. ¿Qué va a hacer hoy?

–Segar el césped entre los hangares. ¿Podrías ayudarle a sacar la segadora del cobertizo?

–¡Claro! –replicó Chaz alejándose hacia la puerta.

Jessi se sintió aliviada al verlo desaparecer por las escaleras. Se negaba a compartir algo tan penoso e intensamente personal con Chaz, que había sido parte del aeropuerto la mayor parte de sus treinta y cinco años, empleado de Rollie desde los veinte y ahora piloto jefe.

Jessi había atesorado valiosos conocimientos de cómo dirigir el negocio durante el último año después de heredarlo de Rollie. Él la había preparado bien y le había enseñado a ir aceptando responsabilidades poco a poco, como si supiera que no estaría para siempre.

¿Para siempre? Había muerto con sólo cuarenta y seis años. Y ahora, con sólo veintiocho años, ella era la dueña.

Echaba de menos a Rollie porque aunque su relación hubiera carecido de intimidad y pasión, él se había convertido en el mejor de sus amigos con los años. ¡Había sido tan repentino! Rollie, Frank y Charlotte habían tomado un hidroavión para ir a pescar a un remoto lago de Canadá. En unos segundos los tres habían muerto y el avión había quedado enterrado bajo varios metros de barro de un lago sin nombre siquiera. Habían tardado varios días en encontrarlos y sacarlos.

Había sido una pérdida catastrófica para Amanda, para Chaz y para ella. Jessi había perdido a su marido, a su hermana y a su cuñado, Amanda a sus dos padres y tío y Chaz a amigos de toda su vida.

Pero la tragedia le había dejado poco tiempo a Jessi para el duelo. No se podía cerrar la única pista de aterrizaje en sesenta kilómetros a la redonda y de la que dependía mucho la industria local. Había necesitado al instante un piloto a tiempo parcial, vender la casa de Charlotte y Frank y poner el dinero en un fondo para Amanda, que ahora vivía con ella.

Para Amanda no había sido un cambio tan traumático considerando que su madre había apuntado muchas veces a Jessi para que la ayudara con la niña y ésta se sentía como en casa en la casa de los bosques de Jessi, en la que incluso tenía habitación desde los tres años.

Amanda se había instalado al principio en amargo silencio y depresión, pero poco a poco había empezado a responder al cariño y cuidados que su tía le dedicaba.

Jessi daba gracias a Dios de que la niña adorara los aviones y le gustara tanto volar como a su padre. Su sobrina se estaba recuperando gradualmente.

Escuchó las zapatillas de Amanda retumbar en los escalones y giró la silla, se levantó y la recibió en sus brazos. Era un ritual que parecía ofrecer tanto consuelo a la niña como a la mujer, porque Jessi la acunaba unos minutos mientras Amanda le contaba todo lo que había hecho por la tarde en la escuela de verano y en la clases de informática. Entonces posó la mochila en la silla y empezó a mirar hacia los hangares.

–¿De quién es ese bimotor?

–De una empresa de ingeniería de Minneapolis. Son los que están diseñando el puente Seis.

Amanda dirigió la vista hacia el aparcamiento.

–¿Y han alquilado un coche?

–Y el piloto está comiendo en el restaurante.

A la niña no se le escapaba nada.

–¿Qué voy a hacer hoy?

–¿Te parece bien cortar el césped entre los hangares del este? Chaz te sacará la cortadora.

–Bien. Eso me gusta –dijo Amanda–. Pelly está haciendo una quinientos en el avión de Oliver y me gustaría verlo.

No había parte del negocio de aviación que no le interesara a la niña, hasta la revisión rutinaria de las quinientas millas.

–Pues disfrútalo –dijo Jessi con una sonrisa.

Amanda le dio un rápido beso en la mejilla y salió trotando mientras Jessi la miraba con ternura. La niña llegaba de la escuela de verano en autobús, como si cada paso que diera le costara un triunfo, se iba siempre a buscar a su tía, absorbía su cariño, examinaba el lugar que amaba y revivida, se aplicaba al trabajo que le hubieran asignado cada día.

Incluso a su tierna edad, Amanda tenía conocimientos muy sofisticados de aviónica y era capaz de pilotar un monoplaza aunque hasta los dieciséis no fuera la edad legal de hacerlo.

Jessi se encerró en la oficina para dejar dar a Chaz las lecciones porque con buen tiempo y en esa época del año eran su temporada de más trabajo.

Hacia las seis bajó al recibidor a buscar a Amanda por las ventanas. Mientras miraba, notó que la puerta se abría y cerraba. Cuando se dio la vuelta, se encontró mirando a Kale Noble tenso y atractivo como una estatua romana, con unos mechones negros sueltos sobre la frente y los ojos tan oscuros que las pupilas se perdían en ellos; su mandíbula rígida le hacía parecer más imponente que desde el piso de arriba.

Si sonriera, la cara se le rompería como arcilla mal cocida, pensó ella. Aunque incluso sin sonreír, era el hombre más atractivo que había visto en su vida.

El corazón se le desbocó como si una carga eléctrica la hubiera sacudido mientras dudaba qué hacer. Esperaba que no la atacara con duras palabras. Deseaba ser educada, decir hola, pero lo veía transformando aquello incluso en alguna sugerencia diabólica y sarcástica.

Así que no dijo nada, pero lo miró fijamente. Él respondió enarcando una ceja, un gesto facial que indudablemente había perfeccionado en la última década.

–Hola, Jessi.

Parecía más un reto que un saludo.

Ella parpadeó dos veces.

–Hola, Kale.

Él se sacó una llave del bolsillo y la tiró por el aire en el mostrador con indiferencia.

–He venido a traerte de vuelta el coche.

–Sí –murmuró ella con las entrañas ardientes–. Eso me imaginaba.

Él estaba muy rígido mientras la estudiaba, entonces le ofreció calmadas condolencias por la muerte de su hermana y de su cuñado y ella le dio las gracias.

La cara de él era impenetrable.

–Bonito sitio –dijo–. Imagínate mi sorpresa al encontrarte aquí.

Ella se acercó a él con las rodillas temblorosas y las palmas de las manos húmedas. Ahora tenía que firmar el documento de devolución del coche. Al acercarse a él, vio las finas arrugas de su piel, demasiadas para un hombre de sólo treinta y un años. Sintió deseos de apartarle aquellos mechones del flequillo, pero por supuesto, nunca lo haría. Todo en él gritaba: prohibido.

Pasó por delante de él y se escabulló tras el mostrador, buscó el documento, rellenó los últimos espacios en blanco y se lo pasó con el bolígrafo. Él se dio la vuelta, lo agarró y lo firmó con sus largos dedos morenos.

–Imagina mi sorpresa al ver el bimotor de tu compañía aterrizar aquí –dijo ella observando sus manos morenas–. Tu negocio debe ir bien.

–Extremadamente bien –dijo él arrancando la copia–. Tenemos proyectos en varios estados.

Ella le cargó la cantidad en la tarjeta de crédito sumando el precio de la gasolina y de los impuestos y le pasó el recibo.

–Felicidades por tu éxito –dijo–. ¿Cómo están tus padres?

Cuando él firmó el segundo documento, Jessi arrancó la copia y la grapó a la del alquiler. Entonces él alzó la vista.

–Mi padre apenas me reconoce y la vida de mi madre es un infierno intentando cuidarle. Le diré que me preguntaste por ellos.

Ella se detuvo de forma brusca sintiéndose culpable.

–Lo siento –le dijo con suavidad–. Debe ser difícil.

Recordaba que Mathew Noble se había encerrado en un caparazón de duelo tras el accidente y Regina había luchado con desesperación por salvarle. Pero parecía que sus esfuerzos habían fracasado.

Kale entrecerró los ojos con hostilidad apenas escondida.

–¿Difícil? –lanzó un bufido–. No tienes idea de lo que esa palabra ha significado para mi familia estos años.

Ella lo miró alejarse hacia la puerta, pararse y girar para echarla un vistazo.

–Así que ahora eres la propietaria de todo esto. Aeropuerto, servicio de vuelos, restaurante.

–El restaurante no –le corrigió ella odiando la aspereza de su voz.

–Bueno, estoy seguro de que sabrás cómo conseguirlo si quieres. Hasta el próximo viaje, Jessi Caldwell.

–¡Es Morris! –gritó ella a sus espaldas–. Ahora soy Jessi Morris.

–¡Como si yo no lo supiera! –contestó él en voz baja antes de desaparecer.

Jessi luchó contra la culpabilidad. Ella no tenía motivos para sentirse responsable de la tragedia que había destrozado a las dos familias. Ella no había sido la malvada manipuladora que él creía.

Simplemente había estado enamorada y todas sus buenas intenciones habían salido mal.

No lo culpaba por su resentimiento, sin embargo. Ella había sido sólo una adolescente inocente de dieciséis años demasiado traumatizada y dolida para defenderse de sus acusaciones. Cuando la rabia por lo que él había considerado una traición se había calmado, ella simplemente había volado y había desaparecido.

Y ahora habían pasado ya doce años y nunca conseguía retroceder el reloj para revisar la historia. Por desgracia, pensó sintiendo de nuevo un agudo dolor. Porque si hubiera tenido una segunda oportunidad habría hecho bastantes cosas de diferente manera.

Capítulo Dos

 

 

 

 

 

Kale Noble miró por la ventanilla del Bonanza mientras Phil Bergerson elevaba el bimotor con destreza. Observó deslizarse a toda velocidad las limpias líneas de los hangares ante él y el segundo piso de cristales tintados del edificio que parecía una enorme torre de control.

Era una próspera base que pertenecía a Jessi Caldwell. Si lo hubiera sabido, se lo habría pensado dos veces antes de pujar por el proyecto del seis. Maldición, aquel proyecto ya iba a tener suficientes dificultades sin la presencia de una de las hermanas Jezabel.

Bajó la vista cuando el avión giró a la izquierda hacia el final de la pista antes de verse de nuevo la pista y los edificios desde la altura.

Debía ser una mujer rica, pensó. Y lo único que había tenido que hacer había sido acostarse con un viejo llamado Rollie Morris y después casarse con él y esperar a que muriera. Era lo único que se podía esperar de una Caldwell.

Era la furia la que le hacía hervir la sangre, se dijo por décima vez en la misma tarde.

Ella había cambiado, eso lo había notado al instante. Había madurado y se había convertido en una mujer suave y voluptuosa. Había algo lascivo en ella, incluso con aquellos pantalones cortos de color caqui y la camisa de estilo militar. Era un atuendo masculino, pero el cinturón no dejaba dudas acerca de sus redondeadas caderas.

Seguía teniendo enormes ojos castaños, ojos de gacela como él los solía llamar, y mejillas de muñeca con profundos hoyuelos cuando sonreía, boca jugosa y pelo de color arena que se rizaba con desafío.

Ella era la primera chica a la que había besado.

¿Por qué le había acosado aquella idea cuando la había visto recortada contra la luz de la ventana? ¿Por qué había recordado que ella se había quedado sin aliento cuando la había besado?

¿Y por qué, cuando se había acercado a él, había recordado cómo su cuerpo adolescente se había inflamado por ella y cómo se había negado a tocarla por haber creído que era demasiado inocente y preciosa y era mejor esperar a casarse con ella?

Pero cuando ella había ido directa al negocio, rellenando los documentos con eficacia, se recordó cómo, a la misma tierna edad, lo había engañado con dulzura en varias cosas muy importantes para él.

Era rabia, se dijo a sí mismo, la que le había hecho sentir como si se hubiera pegado una larga carrera y le empapaba la espalda a pesar del fresco aire del aeroplano. Y una locura de rabia porque le despertaba el deseo y sentía ganas de arrastrarla por los pelos hasta acercarla tanto como para aprisionarla con su cuerpo. ¿Y entonces qué haría? ¿Violarla? ¿Hacerle el amor?

No lo sabía. No la deseaba, se dijo a sí mismo. No era deseo ni atracción. Era alguna loca manifestación del resentimiento que había albergado durante años.

Era insano pensar en Jessi Caldwell.

Maldición. Había llegado por fin a reconciliarse con sus prejuicios contra las mujeres y hasta había llegado a imaginarse que por fin podría casarse. Pensó en Londa, silenciosa, intelectual y fiable y también en el diamante que había estado a punto de regalarle.

Bueno, no había resultado ser la adecuada, pero él sabía ya lo que quería: una mujer e hijos.

Desde luego no había sitio en su vida para una mujer problemática como Jessi Caldwell.

 

 

Jessi oyó sin querer la conversación cuando dos semanas más tarde, Kale llegó en avión y no les quedaban coches de alquiler. Con cierta diversión, Chaz le informó:

–…pero Aviación Kenross no puede dar legalmente servicio de transporte cuando no disponemos de coches de alquiler.

Enojada con la actitud de Chaz, Jessi se secó las palmas sudorosas contra los pantalones y entró en la oficina donde Kale estaba hablando por teléfono con el contratista del puente. Kale dijo:

–Si puede llevarme hasta la oficina del contratista en el parque industrial, podré arreglarlo.