Una Aldea - I.A. Bunin - E-Book

Una Aldea E-Book

I.A. Bunin

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Beschreibung

"Una Aldea", es uno de los libros más controvertidos y conocidos de Iván Bunin, el primer autor ruso en ser galardonado con el premio Nobel de Literatura. La novela transcurre a principios del siglo XX, en una pequeña aldea rusa, lugar de nacimiento del propio Bunin, durante la Revolución de 1905. Los protagonistas son Ijon y Kuzma dos hermanos campesinos, uno, pequeño comerciante borrachuzo, y otro aspirante a escritor, son el reflejo de la Rusia de la época.  A través de estos hermanos, Bunin retrata de forma bella e implacable los tiempos convulsos por los que pasaban millones de habitantes del Imperio Ruso, y de las tremendas dificultades para sobrevivir en una tierra fía y dura. La narración amarga, realista e incisiva de Bunin conviertieron a "Una Aldea" en una de las novelas más controvertidas entre los escritores y políticos rusos después de su publicación.  * Iván Bunin (1870, Voroneje, Rusia Central - 1953, París), fue el primer escritor ruso en ser galardonado con el premio Nobel de Literatura. Cursó estudios en la Universidad de Moscú y en el año 1903 recibió el Premio Pushkin de la Academia rusa por sus traducciones del poeta estadounidense Henry Wadsworth Longfellow y de los poetas ingleses Lord Byron y Lord Alfred Tennyson. En los años que precedieron a la primera guerra europea, viajó por Italia, Turquía, Palestina, Egipto, Grecia, Algeria, Túnez. Tras la Revolución bolchevique de 1917, se estableció en París. En 1933 recibiría el Premio Nobel de Literatura. Entre sus obras más destacadas se encuentran "El señor de San Francisco y otros cuentos" (1916) y las novelas "Una aldea" (1910) y "El amor de Mitya" (1925). 

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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Tabla de contenidos

Primera Parte

Segunda Parte

Tercera Parte

Sobre el Autor

Notas

Lo

UNA

ALDEA

*

Iván Bunin

*

Derevnia (Деревня)

Una Aldea

© 1910 Iván Alekséyevich Bunin

Traducción: Natalia Kuskova

Corrección: Javier Laborda López

Diseño y desarrollo de portada: Aroa Graphics

*

Está totalmente prohibida la reproducción total de la presente traducción sin el permiso expreso del editor y traductor. Se podrá distribuir libremente hasta un 10% de la obra, citando siempre la procedencia y editorial.

Biblioteca Amazonia Nobel #7

Otros Títulos Publicados:

Tierra Ignota. Patrick White

Quo Vadis? Henryk Sienkiewicz

El libro de las Tierras Vírgenes. Rudyard Kipling

El Maravilloso Viaje de Nils Holgersson. Selma Lagerlöf

El Peregrino Kamanita. Karl Gjellerup

El Pozo de Santa Clara. Anatole France

ÍNDICE

Primera Parte

Segunda Parte

Tercera Parte

Sobre el Autor

Primera Parte

E

l bisabuelo de los Krasov, apodado el Gitano por los otros criados, muri? v?ctima de los galgos de su amo y se?or, que era el capit?n de caballer?a Durnovo, a cuya amante aqu?l hab?a seducido.

Durnovo orden? que lo llevaran al campo, m?s lejos que Durnovka y le permitieran que se sentara en la loma. A continuaci?n, lleg? ?l all? con los galgos y, a gritos, les indic?:

??A ?l! ?T?menlo!

El Gitano que, cansado, se hab?a detenido, comenz? a correr; pero una vez m?s result? evidente que, para no ser presa de los galgos, correr no es lo m?s indicado.

Al abuelo de los Krasov, sin que mediara motivo conocido, lo liberaron de su condici?n de esclavo. Con su familia se traslad? a la ciudad, donde pronto se lo conoci? como ladr?n famoso. En el Arrabal Negro arrend? una casucha para su mujer a quien le indic? que se pusiera a hacer encajes para venderlos y ?l, junto con un sujeto llamado Bielokopitov, se dedic? a ladr?n de iglesias del interior. Al cabo de dos a?os, lo apresaron. En las audiencias del Tribunal se comport? de tal manera que persisti? por largo tiempo el recuerdo de sus contestaciones a los magistrados: actuaba igual que si llevara caft?n de terciopelo, reloj de plata y calzado de cabritilla; dramatizaba sin reparos, revolv?a los ojos, confesaba con reverencia sus infinitos hechos ilustres, hasta los m?s insignificantes: ??S?, se?or!? ?S?, se?or!

El padre de los Krasov era un vendedor que se pas? viajando por toda la zona algunas temporadas. En otra ?poca se instal? en Durnovka con un bodeg?n y un negocito; pero se fundi?, comenz? a beber y regres? a la ciudad, donde muri? al poco tiempo.

Sus hijos, Tijon y Kuzm?, que ten?an casi la misma edad, tambi?n entraron en el comercio despu?s de haber trabajado como dependientes de tiendas. Andaban en un carro en cuya parte delantera hab?an colocado un ba?l, desde el cual voceaban r?tmicamente:

??Se?oras?! ?Tenemos mercader?a?! ?Mujeres?! ?Tenemos mercader?a?!

Las mercader?as eran peque?os espejos, jabones, anillos, hilos, pa?uelos, agujas, rosquitas, etc?tera, que llevaban en el ba?l, en tanto el carro lo usaban para poner todos los objetos que resultaban del intercambio: cad?veres de gatos, huevos, telas, trapos?

Pero en una ocasi?n, despu?s que hab?an pasado varios a?os comerciando, con motivo de las ganancias casi se mataron a cuchilladas y, para evitar que las cosas pasaran a mayores, se separaron. Kuzm? se puso a trabajar para un ganadero y Tijon arrend? un local en el camino, junto a la estaci?n ferroviaria de Vorgol, distante cinco kil?metros de Durnovka. Instal? una posada y un peque?o almac?n donde vend?a t?, az?car, tabaco, cigarros y otras cositas.

A los cuarenta a?os Tijon ten?a barba blanca, con unas pocas hebras negras, todav?a era buen mozo, alto y delgado: ten?a un rostro serio, trigue?o y algo pecoso; hombros anchos y flacos y hablaba con aspereza y altaner?a, gesticulando en forma r?pida y significativa; pero encog?a las cejas con m?s frecuencia y sus ojos ten?an un brillo m?s incisivo. ?Se lo requer?an sus ocupaciones!

En el oto?o se presentaba sin excepci?n en la comisar?a, cuando se cobran los impuestos y en el pueblo continuamente se realizan remates. Siempre compraba el centeno a sus due?os antes de la cosecha y alquilaba tierras a los se?ores y a los agricultores.

Por largo tiempo convivi? con una cocinera muda, comentando:

??La muda no dir? palabra!

De esta uni?n naci? un ni?o, pero la madre lo ahog? sin querer mientras dorm?a con ?l; despu?s Tijon se cas? con la mucama, ya mayor, de la anciana princesa Chajova. Cuando estuvo casado y hubo recibido la dote de su esposa, aniquil? al hijo de los ya deca?dos Durnovo, un caballero obeso, cordial y pelado desde que ten?a veinticuatro a?os, aunque con una hermosa barba casta?a.

??Un progresista! ?dec?an, en broma, los se?ores, refiri?ndose a la progresiva par?lisis que lo atacaba. Cuando finalmente Tijon adquiri? la heredad de los Durnovo, los campesinos se enorgullecieron much?simo. Es preciso observar que los Krasov constitu?an casi todo el pueblo. Los admiraba que ?l estuviera en todo: vender, comprar y concurrir casi todos los d?as a la finca, vigilando como un buitre cada metro de tierra? Se admiraban y comentaban:

??Es sabido que con buenos modos no se ha de conseguir nada de nosotros! ?Pero qu? patr?n! ?Nadie es m?s justo que ?l!

El mismo Tijon Illich trataba de que pensaran eso. Cuando estaba de buen talante les dec?a:

?Vivamos, pero no malgastemos. Cuando podamos, se lo sacaremos todo, pero siempre con justicia. ?Para eso soy un ruso!

Y cuando estaba de mal talante exclamaba con aspereza con ojos centelleantes:

??Chancho! ?Yo soy el m?s justo!

?Eso de chancho no es por m? ?pensaba el campesino, desviando la vista. Y, vacilante, sumisamente, respond?a:

??Pero, por Dios, eso es sabido!

??Es sabido, pero no lo recuerdas! ?No quiero nada tuyo, ni regalado, pero te aseguro que no te dar? nada! Conoces a mi hermano; estamos peleados, es un borracho y, no obstante, lo habr?a perdonado si me hubiera pedido ayuda o techo. ?Juro por Dios que lo habr?a perdonado! Pero si se trata de hacer regalos, de ning?n modo, no lo olvides. Yo, amigo, no soy un imb?cil ucraniano.

Nastasia Petrovna, que caminaba como los patos, con las puntas de los pies para adentro y contone?ndose hacia un costado y hacia el otro, alternativamente, debido a que continuamente estaba embarazada, lo cual indefectiblemente culminaba en el alumbramiento de hijas muertas, y ten?a siempre la piel amarillenta, abultada, con unos pocos cabellos gris?ceos, agregaba, quej?ndose:

??Oh, eres un bobo! ?Para qu? te preocupas tanto por ese est?pido? ?Es tu camarada? ?Le dices lo que tiene que hacer y a ?l no le interesa! ?F?jate c?mo est?, despatarrado; parece un jeque de Bujara!

A ella le encantaba criar cerdos y aves, y Tijon Illich adquiri? lechones, pavos, gallinas y gansos para un corral de la empresa de ferrocarriles, ubicado detr?s de la estaci?n; pero lo que m?s le gustaba era ver c?mo almacenaban el cereal. En el oto?o, junto al patio de su casa, que estaba entre la estaci?n y el camino, d?a y noche se o?a el ruido de los carros que llegaban de uno y otro lado. En el patio dorm?an viajantes, comerciantes, polleros, vendedores de rosquitas y viajeros.

A cada momento se o?a el ruido de la puerta de la posada donde atend?a Nastasia Petrovna o el ruido de la puerta del sombr?o almac?n, inmundo, con intenso aroma de jab?n, arenques, rosquitas de menta, collares de caballos y queroseno y a cada momento se escuchaba en la posada:

??Qu? fuerte es este aguardiente, Petrovna! Se me sube a la cabeza. ?Por todos los demonios!

??Un aguardiente que en la boca parece az?car!

??Lo mezclas con tabaco molido?

??Eres un bobo!

El almac?n estaba todav?a m?s atestado.

?Illich, ?me vendes una libra de jam?n?

?Gracias a Dios, mi amigo, este a?o tengo muy buenos jamones.

??Cu?nto cuesta?

??Barat?simo!

?Escucha, maestro ?es bueno el alquitr?n?

??El alquitr?n que tengo es tan bueno que es mejor que el que tu abuela us? para su casamiento!

??Cu?nto cuesta?

Parec?a que Krasov no pod?a hablar sino de cu?nto costaban el jam?n, las galletas y los cereales?

Darse cuenta de que no habr?a de procrear y la disposici?n de que deb?an cerrar las posadas constituyeron dos sucesos fundamentales en la existencia de Tijon Illich. Avejent? a ojos vistas cuando se convenci? de que no ser?a padre. Al comienzo lo tomaba en broma, comentando con los conocidos:

??No hay que apresurarse: ya los tendr?! El hombre sin prole no es un hombre: es como una espiga in?til?

Despu?s empez? a preocuparse. ?Qu? suced?a? ?Una hab?a asfixiado a su hijo y la otra s?lo par?a ni?as muertas! El proceso de la ?ltima pre?ez de Nastasia Petrovna fue dificultoso. Tijon Illich estaba enojado y afligido: Nastasia Petrovna oraba y lloraba a escondidas y daba l?stima cuando, por la noche, pensando que su marido estaba dormido, se bajaba a hurtadillas de la cama y bajo la luz de la lamparita se arrodillaba con gran trabajo, murmurando rezos, doblada hasta el piso, observando con aflicci?n las im?genes y despu?s, penosamente, se ergu?a con un sacrificio propio de una anciana.

Antes de acostarse se pon?a las chinelas, un blus?n, oraba sin prestar atenci?n y despu?s empezaba a hablar mal de todas las conocidas. Pero ahora, ante los iconos, s?lo era una campesina com?n, con su camis?n corto de franela, medias blancas de lana y una camiseta que le dejaba al descubierto el cuello y los brazos, rollizos y viejos.

A Tijon Illich desde que era chico le disgustaba la luz oscilante de las lamparitas, aunque no lo quer?a reconocer, ni siquiera ante s? mismo. Nunca pudo olvidarse de una noche de noviembre en la estrecha e inclinada choza del Arrabal Negro. Hab?a una lamparita prendida, tan melanc?lica y tranquila que tan s?lo se mov?an las sombras de las cadenitas de las que colgaba. Reinaba un silencio de sepulcro y, sobre el banco, debajo de los iconos, su padre estaba acostado y quieto, con los ojos cerrados, la delgada nariz hacia arriba, sus enormes y moradas manos cruzadas sobre el pecho; y muy cerca, del otro lado del ventanuco cubierto con un trapo rojo, marchaban los soldados gritando salvajemente, entonando tristes y conmovedores c?nticos, al son de acordeones discordantes. Ahora la lamparita estaba constantemente prendida y Tijon Illich pensaba que Nastasia Petrovna se comunicaba misteriosamente con el m?s all?.

Cerca de la posada se detuvieron, para pasar la noche, dos mercachifles de Vladimir y trajeron a la casa El nuevo y completo Or?culo M?gico, que adivina el futuro y responde a lo que se le pregunte, adem?s de mostrar la mejor manera de tirar las cartas o profetizar el porvenir con los porotos o el caf?. Y Nastasia Petrovna, a la tardecita, poni?ndose los anteojos, moldeaba una bolita de cera y la arrojaba en la hoja del or?culo. Tijon Illich la miraba de costado; el or?culo siempre dec?a cosas aviesas, imb?ciles o que lo incomodaban.

??Mi esposo me ama? ?interrogaba Nastasia Petrovna. El or?culo respond?a:

?Te ama como el perro al poste.

??Cu?ntos hijos tendr??

?El Sino dispuso tu muerte; hay que extirpar las alima?as de los sembrados.

Entonces Tijon Illich dec?a:

?Dame a m?; yo preguntar?. E interrogaba:

??Le debo iniciar juicio a fulano?

Pero a ?l tambi?n le contestaba una tonter?a:

? Mira cu?ntos dientes tienes.

El or?culo fue reemplazado por Chugunok.

Este era un campesino de Durnovka, achaparrado, macizo, con estern?n grande y fuerte y ojos negros y vivaces en su rostro amplio y trigue?o. Era un aldeano bonach?n y trabajador, pero un poco extravagante. Era tenor, pero casi siempre cantaba acompa?ando a las mujeres y remed?ndolas. Ten?a mucha chispa, era gracioso, curaba por medio de conjuros, le gustaba correr y pod?a llegar a la ciudad sin que un trineo lo alcanzara y trataba con las brujas descendientes de las que hac?a cientos de a?os habitaron en Basovka, pueblito que quedaba a unos tres kil?metros de Durnovka. Algunas veces Tijon Illich encontraba a Chugunok hablando misteriosamente con Nastasia Petrovna, conversaciones que cesaban cuando llegaba ?l, quien siempre se hac?a el desentendido, sin advertir las botellitas con agua milagrosa que Nastasia Petrovna recib?a constantemente de Chugunok. En el fondo de su coraz?n conservaba la ilusi?n de que todo eso fuera eficaz. Pero Chugunok no se qued? all? mucho tiempo. En una ocasi?n en que entr? en la cocina vac?a, Tijon Illich vio a Nastasia junto a la cuna donde estaba el ni?o de la nueva cocinera. Un pollo gris que andaba piando por el alf?izar de la ventana daba golpecitos en los vidrios cazando moscas. Su mujer, sentada, acunaba al beb? y cantaba con voz vacilante y triste:

?D?nde duerme mi nenito?

?En d?nde est? su cunita?

Est? en una torre alta

en una cama pintada.

Donde nadie puede entrar.

?No hay que hacer ruido en la torre!

Se ha dormido suavemente

debajo del mosquitero

de seda multicolor.

Y la cara de Tijon Illich se trastorn? tanto en ese instante que Nastasia Petrovna, en lugar de turbarse o asustarse, se puso a llorar y, son?ndose, le pidi?, bajito:

?Haz el favor de llevarme al santo de los milagros?

Y Tijon Illich la llev? a Zadonsk. Mientras marchaban pensaba que Dios ten?a que castigarlo porque ?l, ocupado con su trabajo y dem?s tareas solamente iba a la iglesia para semana santa; o sea que viv?a como un endemoniado y adem?s dos por tres se le ocurr?an sacrilegios; pensaba si no ser?a como los padres de los santos que durante mucho tiempo no procrearon. Por supuesto que esto era una zoncera; pero ya hac?a mucho que hab?a notado que adentro de ?l hab?a uno m?s tonto de lo que ?l era habitualmente. Antes de salir hab?a recibido una carta de Af?n:

? Mi venerable benefactor Tijon Illich: La paz y la bienaventuranza lo acompa?en y tambi?n la voluntad de Dios, de la Sant?sima Virgen y del monasterio de Af?n. He tenido la dicha de saber de sus buenas acciones y de que usted, con generosidad, distribuye donaciones para que se levanten iglesias del Se?or y para las celdas de las hermanas. ?ltimamente mi caba?a, por su antig?edad, ha quedado destruida??.

Y Tijon Illich mand? diez rublos para que arreglara la caba?a. Ya hac?a mucho que con vanidad inocente pensaba que su celebridad hab?a alcanzado el monasterio de Af?n y sab?a que la cantidad de casas que se estaban viniendo abajo era demasiado grande; por lo tanto, mand? los diez rublos.

Pero no sirvi? para nada y la pre?ez termin? como un verdadero tormento antes de que naciera un var?n muerto. Al dormirse, Nastasia Petrovna empez? a temblar, quejarse, gritar y lanzar alaridos y sollozos. Comentaba que hab?a advertido que mientras dorm?a era presa de un j?bilo feroz junto con inefable terror; o bien ve?a que llegaba hasta ella, desde el campo, la Reina del cielo, refulgente con sus ropas doradas y o?a un canto suave que iba aumentando en volumen; o bien sal?a un diablo de abajo de su cama, que en la obscuridad no se pod?a ver pero que pod?a captar perfectamente con la imaginaci?n, que tocaba una arm?nica con tal maestr?a, arranc?ndole sonidos tales que le desgarraban el coraz?n y le parec?a que se ca?a en un precipicio infinito. Habr?a preferido no dormir en el cuarto cerrado de la vivienda, con los colchones de pluma, sino afuera, bajo el tejado de los locales; pero Nastasia Petrovna se atemorizaba.

?Vendr?n los perros y me olisquear?n la cabeza.

El monopolio del aguardiente obr? como la sal en la herida. Despu?s que se dio cuenta de que nunca tendr?a hijos, a menudo se encontraba pensando lo siguiente: ?El que lleve esta vida de galeote, que se vaya al diablo?, y las manos le temblaban de ira; encog?a y estiraba las cejas lastimosamente y torc?a el labio de arriba, especialmente cuando dec?a, a cada momento:

?Tenga en cuenta?

Conservaba un aire juvenil; llevaba lindas botas de piel de ternera y camisa bordada debajo del saco cruzado, con doble hilera de botones. Pero la barba se le estaba haciendo escasa y blanca y se le enredaba? Como para que todo fuera peor, el verano se present? muy caluroso y seco, se hab?a perdido casi totalmente la cosecha de centeno y disfrutaba quej?ndose delante de los clientes:

??Cerraremos! ?Cerraremos! ?exclamaba Tijon Illich alborozado, modulando cada palabra, refiri?ndose a su negocio?. ?Por cierto! ?El ministro quiere entrar en tratativas!

??Oh, f?jate! ?se quejaba Nastasia Petrovna?. ?Charla! ?Charla! ?Te mandar?n a un lugar donde ?ni siquiera el cuervo ha llevado los huesos?!

??No me dan miedo! ?contestaba ?speramente Tijon Illich encogiendo las cejas?. ?A todos no se los puede amordazar!

Y despu?s, modulando todav?a m?s las palabras, continuaba, dirigi?ndose al cliente:

?Tambi?n el centeno me da mucho gusto. ?T?ngalo en cuenta: a todos nos da mucho gusto! Oiga, se lo ve hasta de noche; es suficiente con salir a la puerta y mirar el campo iluminado por la luna. ?Est? claro como la cabeza de un clavo! ?Sales, miras y brilla!

??Hazle juicio! ?le grit? una vez Trif?n de Durnovka, que estaba presente cuando se conversaba de esta suerte.

Era un anciano famoso por su insolencia y su perversidad y porque, sin fatigas, durante su existencia iniciaba juicios contra el que fuera por la m?s m?nima causa. Era delgado, alto, con verdes ojos taimados y una rala barbita gris; llevaba una camisa larga y grandes zapatos de l?ber, ajustados con fuerza sobre las medias con las que cubr?a sus flacos pies. Su indicaci?n fue tan sorpresiva que Tijon Illich se qued? algo asombrado. ??Y a qui?n he de hacerle juicio? ?pregunt? estirando las cejas.

??A los que te incomoden! ?vocifer? Trif?n mientras daba golpes en el piso con su bast?n?. ?A los delincuentes, a los campesinos?!

Tijon Illich movi? la cabeza.

??Poco te han castigado, sinverg?enza! ?le dijo como con pena.

??No es cierto! ?exclam? Trif?n?. ?Mucho! ?Como a diez! ?Pero no me rindo! ?Llegar? hasta el zar! ?Haz lo mismo?!

El d?a de San Pedro, Tijon Illich fue a la ciudad, donde hab?a feria, y permaneci? en ella cuatro d?as, con lo que se le excitaron a?n m?s los nervios por las preocupaciones, el calor y las noches sin dormir. En general, le gustaba ir a la feria. Al atardecer preparaba los carros y los llenaba de pasto; al carro del capataz le ataban los caballos y las vacas que pensaban vender; en el carro destinado al amo, a quien acompa?aba un viejo pe?n, colocaban las almohadas y el capote. Sal?an tarde y los carros chirriaban hasta el nuevo d?a. Al principio charlaban con entusiasmo, fumaban, se intercambiaban cuentos de terror sobre viajantes asesinados en la carretera y en los albergues; despu?s Tijon Illich se dorm?a y le gustaba o?r entredormido las voces de los pasajeros con quienes se cruzaban. Se sent?a como acunado y, como si el carro anduviera constantemente cuesta abajo, percib?a c?mo la mejilla se frotaba sobre la almohada, c?mo se le ca?a el gorro y ten?a fr?o en la cabeza por el fresco de la noche. Le gustaba despertarse antes de que el sol apareciera, en el h?medo y rosado amanecer, en el campo cultivado, de color verde apagado; percibir en la lejan?a, en la planicie azul, la jubilosa ciudad y el resplandor de sus iglesias, bostezar con br?os, hacerse la se?al de la cruz ante el sonido lejano de las campanas y tomar las riendas que llevaba el viejo, muerto de sue?o y de debilidad por el fr?o de la ma?ana y blanco como el yeso a la luz del amanecer? Pero en esta ocasi?n Tijon Illich mand? los carros con el capataz y ?l viaj? en la droshki [1].

La noche era templada, di?fana, rosada y con luna; iba muy r?pido y le result? muy cansador; diez kil?metros antes de llegar, todav?a sobre la estepa, ya se ve?an las luces de la feria, de la prisi?n y del hospital; pero parec?a que jam?s llegar?a hasta esas titilantes lucecitas lejanas.

En el albergue de la plaza era tan intenso el calor, las pulgas picaban con tal frenes?, se gritaba tanto ante la puerta, hac?an tanto ruido los carros sobre el pavimento del patio, tan pronto iniciaban su canto los gallos, el arrullo de los pichones y el d?a resplandec?a tan de prisa a trav?s de las ventanas, que no pudo dormir ni un sue?o. Tampoco durmi? bien la segunda noche, en que se qued? en su carro, en la feria. Los caballos relinchaban, las luces fulguraban en las carpas, caminaban y conversaban unos hombres cerca del carro y, a la madrugada, cuando ya se dorm?a, comenzaron a sonar las campanas de la c?rcel y del hospital, y arriba de ?l una vaca lanz? un mugido terrible?

??Qu? vida de galeote! ?pensaba continuamente en esos d?as y noches?. ?Me canso, me inquieto, me sumerjo en pavadas y sinsentidos!

La feria, ubicada en el campo, abarcaba un kil?metro y, como siempre, era estrepitosa y desorganizada. Hab?a cantidades de escobas, guada?as, jarros, palas y ruedas. Se o?an los gritos alborotados, el relincho de los caballos, los pitos de los chicos y las marchas y polcas de los organitos de las calesitas. Una multitud inactiva y conversadora de campesinos y campesinas se mov?a como una ola, de la ma?ana a la noche, en los callejones llenos de tierra y de esti?rcol depositado entre los carros, los caballos, las vacas, las barracas, las carpas y los cobertizos, de donde llegaba un hedor repugnante de grasa frita. Como de costumbre, hab?a muchos vendedores que aumentaban el nerviosismo en todas las discusiones, compras y ventas de caballos. Circulaban inagotables grupos de ciegos, pordioseros y baldados, unos utilizando muletas, otros ubicados encima de las carretas, cantando todos con voz nasal. Entre la multitud circulaba despacio el coche del comisario tirado por trece caballos que ten?an campanillas en los cuellos y era conducido por un cochero que llevaba una capa de terciopelo sin mangas y un gorro con una pluma de pavo real.

Hasta Tijon Illich llegaban muchos clientes, pero s?lo hablaban; no compraban realmente. Acud?an gitanos trigue?os; jud?as del sudoeste, con rostros gris?ceos y pelo rojo lleno de tierra, con blusas largas de lana y botas arruinadas de tanto andar; peque?os propietarios tostados por el sol vestidos con casacas y casquitos; polic?as; el rico comerciante Safonov, anciano, gordo y sin barba, adentro de su capa y con un permanente cigarrillo en la mano; se arrimaba el elegante h?sar pr?ncipe Bajtin con su se?ora, que ten?a puesto un traje sastre; Ivostov o el arruinado h?roe de Sebastopol, alto, flaco, de rasgos grandes y marcados y cara sombr?a, cubierto de arrugas, con una chaqueta larga, pantalones anchos que se le frunc?an sobre las botas de punta ancha y un casquite con borde amarillo debajo del cual aparec?a el pelo te?ido de un color incierto, peinado sobre las sienes? Todos aparentaban inteligencia, disputando sobre la capa y el aspecto de los caballos o contando maravillas de los propios. Los due?os ment?an y se ponderaban; Bajtin no le hizo a Tijon Illich el honor de dirigirle la palabra, a pesar de que cuando aqu?l se acerc?, ?ste se levant? y le dijo con respeto; ?Este caballo ser?a bueno para Su Excelencia. Bajtin tir? hacia atr?s la cabeza, observ? el caballo y sonri? apenas perceptiblemente debajo del bigote? y coment? con su esposa, sacudiendo una pierna, ajustada por un ce?ido pantal?n cereza. Y cuando Ivostov, arrastrando los pies, se aproxim? al caballo, que lo miraba con su mirada bizca y encendida, se par? en tal forma que parec?a que se habr?a de caer y, muleta en ristre, pregunt? por d?cima vez, con voz opaca y mon?tona:

??Cu?nto quieres?

Y hab?a que responder a todos. Para entretenerse, Tijon Illich compr? un librito: Ay Shmuyle y Rivke: colecci?n de modernas an?cdotas, cuentos y aventuras de nuestros jud?os. Y, acomodado en el carro, varias veces intent? leerlo; pero en cuanto empezaba alguien lo reclamaba. Tijon Illich, levantando la vista, respond?a, pero dificultosamente y apretando los dientes.

Se fue obscureciendo y se puso flaco y descolorido; se llen? de tierra y comenz? a experimentar una intensa aflicci?n y sinti? el cuerpo muy debilitado. Se le arruin? tanto el est?mago que le vinieron calambres y tuvo que acudir al hospital. All? esper? dos horas que lo atendieran, sentado en un corredor adonde llegaban todos los ruidos, sintiendo el olor insoportable del ?cido f?nico y con la impresi?n de que no era Tijon Illich sino un miserable campesino esperando a su se?or o jefe. Y cuando el m?dico, que parec?a un cura, de cara roja, ojos claros y con un ordinario abrigo negro con olor a cobre se puso a escucharle el pecho, Tijon Illich le dijo en seguida que ya casi no le dol?a el est?mago y s?lo por cortedad acept? tomar el aceite de ricino.

De regreso a la feria se tom? un vaso de aguardiente con sal y pimienta y otra vez comenz? a comer salchich?n y pan negro, a beber agua sin hervir y a tomar sopa ?cida de repollo. Pero nada le pod?a calmar la sed. Los conocidos lo invitaban a beber cerveza y los acompa?aba. El rengo vendedor de kvas gritaba:

??Vendo kvas [2]fresco y bueno! ?Un c?pec [3]! ?El vasito! ?La mejor limonada!

Y Tijon Illich deten?a al vendedor de kvas.

??Vendo helado! ?vociferaba con voz de tenor un pelado sudado, anciano, barrig?n, que ten?a puesta una camisa roja.

Y Tijon Illich, como un ni?o, tomaba con una cucharita de hueso un helado fr?o como la nieve, que le ocasionaba un horrible dolor en las sienes.

El campo polvoriento, hollado por pies, ruedas y cascos, lleno de barro y esti?rcol, se quedaba vac?o; terminaba la feria. Pero Tijon Illich segu?a metido en el carro, entre la tierra y el calor, con los caballos que no hab?a podido vender. No parec?a que estuviera abatido por causa de la enfermedad, sino por ver la pobreza y estrechez que reinaban en la ciudad y en toda la zona desde hac?a siglos.