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El 2 de mayo de 1973, la integrante de los Panteras Negras Assata Shakur se hallaba en el hospital en estado crítico y esposada a la cama, mientras las autoridades locales y la policía federal trataban de interrogarla acerca del tiroteo en una autopista de Nueva Jersey que costó la vida a un policía blanco. Objetivo durante mucho tiempo de la campaña de Edgar Hoover para difamar, sabotear y criminalizar las organizaciones nacionalistas negras y a sus líderes, Shakur pasó cuatro años en la cárcel antes de su condena en 1977, sustentada en pruebas poco sólidas. Dos años después de ser condenada, Assata Shakur escapó de la cárcel y obtuvo asilo político en Cuba, donde vive en la actualidad. Esta autobiografía intensamente personal y política desmiente la temible imagen de Assata proyectada durante largo tiempo por los medios de comunicación y el Estado. Con ingenio y candor, relata las experiencias que la llevaron a una vida de activismo, retratando las virtudes, flaquezas y disolución final de los grupos revolucionarios negros y blancos a manos de agentes del gobierno. El resultado es una notable contribución a la literatura negra estadounidense, que ya ocupa un lugar junto a la Autobiografía de Malcolm X y a las obras de Maya Angelou.
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Seitenzahl: 634
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Prefacio
Angela Y. Davis
En los años setenta, mientras Assata se encontraba a la espera de juicio acusada de complicidad en un asesinato, yo participé en un acto benéfico en la universidad de Rutgers, en New Brunswick, Nueva Jersey, con el fin de recaudar fondos para su defensa. En aquel momento, ella se encontraba en la cercana cárcel de hombres del condado de Middlesex. Un profesor de la universidad de Brunswick, Lennox Hinds, me había invitado a participar en el acto como ponente. Lennox era uno de los líderes del Congreso Nacional de Abogados Negros (National Conference of Black Lawyers) y representaba a Assata en un juicio federal para protestar por las atroces condiciones de su reclusión en la cárcel de Nueva Jersey. Anteriormente, él había trabajado en mi caso, y ambos habíamos colaborado en la dirección de la Alianza Nacional contra la Represión Política y Racista (National Alliance Against Racist and Political Repression) desde su fundación en 1973. En el evento se encontraban profesores de la universidad de Rutgers, un número considerable de profesionales negros y activistas locales, que constituían el pilar principal de las numerosas campañas para liberar a los presos políticos de aquella época.
Fue un acto alegre, lleno del optimismo de aquellos tiempos. Mi reciente absolución de los cargos de asesinato, secuestro y conspiración constituía un ejemplo dramático de cómo podíamos desafiar con éxito las ofensivas del Gobierno contra los movimientos antirracistas radicales. Por muy poderosas que fueran las fuerzas desplegadas contra Assata —el programa de contrainteligencia del FBI y las organizaciones policiales de Nueva York y Nueva Jersey—, en aquel momento nadie podría habernos persuadido de que no podíamos construir un movimiento triunfante para su liberación. Aquel acto era un pequeño paso en esa dirección y al salir de él nos sentíamos bastante satisfechos con los tres mil dólares recaudados aquella tarde.
Para entonces, todos los militantes radicales habíamos aprendido a asumir como un hecho que nuestros actos públicos estaban sujetos de manera habitual a la vigilancia de la policía o del FBI o de ambos. Sin embargo, no estábamos preparados en absoluto para lo que parecía una repetición de los hechos ocurridos en 1973 por los cuales Assata se enfrentaba a una acusación por asesinato. Ella viajaba con Zayd Shakur y Sundiata Acoli por la autopista de peaje de Nueva Jersey cuando les detuvo la policía estatal alegando que no funcionaba una luz trasera del vehículo. Como resultado de ese encuentro, Assata quedó herida en estado crítico y dos personas más, el agente de la policía estatal Werner Forster y el amigo de Assata, Zayd Shakur, murieron. Cuando un grupo de nosotros salimos del acto benéfico y nos dirigíamos por una carretera secundaria hacia la casa de Lennox, donde íbamos a hacer una pequeña fiesta, nos sorprendió bastante que un coche de la policía local nos hiciera señales para que nos detuviéramos. A mi amiga Charlene Mitchell, que en aquel momento era la directora ejecutiva de la Agencia, le dijeron que bajara del vehículo, junto con el conductor y el otro pasajero que venía con nosotros. Mientras los policías se burlaban de nosotros llevándose la mano a la funda de las pistolas de manera ostensible, a mí se me ordenó que permaneciera en el automóvil. Lennox, a cuyo coche seguíamos, inmediatamente dio la vuelta y se acercó a la policía con su identificación como abogado en la mano, explicando que era nuestro representante legal. Esto hizo que los agentes se pusieran muy nerviosos, hasta el punto de que uno sacó del vehículo un fusil antidisturbios con el que apuntó a Lennox desde cerca. Todos nos quedamos paralizados. Sabíamos demasiado bien que cualquier pequeño gesto inocente podía ser interpretado como que estábamos intentando sacar un arma y que ese enfrentamiento podía convertirse fácilmente en algo similar al que había terminado en la acusación de asesinato contra Assata.
La justificación espuria que dio la policía para esta emboscada fue que había una orden de arresto contra mí (algo que luego se demostró que era mentira). Aunque se nos permitió irnos, apenas llegamos a la casa de Lennox descubrimos que ya habían pedido refuerzos y que literalmente habían rodeado la vivienda. A pesar de que allí se encontraba una de las primeras juezas negras del Estado y otras personalidades prominentes, nos vimos obligados a contactar con poderes más elevados en Washington, como el congresista John Conyers. Pensamos que pedir una escolta federal para salir del Estado podría aplicar cierta presión a la policía local. Éste era el tipo de medidas y de amistades necesarias en tiempos tan inestables.
Me he detenido con detalle en ese incidente simplemente porque puede ayudar a los lectores de la autobiografía de Assata, no sólo a centrarse en el papel político desempeñado por la policía en los años setenta, sino también a comprender mejor aspectos históricos importantes del frecuente estereotipo racial asociado con las prácticas policiales de la actualidad. Tal perspectiva histórica resulta particularmente relevante hoy en día, cuando expresiones descaradas de racismo estructural, como es el patrón de encarcelamiento en masa al que están sometidas las comunidades de color, se vuelven invisibles por el ambiente dominante de pánico a la delincuencia. Y por si esto fuera poco, nos encontramos con que al mismo tiempo medidas como los programas de acción afirmativa y otras redes de seguridad como el sistema de prestaciones y ayudas están siendo desmantelados de forma sistemática.
Cuando Richard Nixon enarboló el eslogan de «Ley y orden» en la década de los setenta, éste se usó en parte para desacreditar al movimiento de liberación negro y para justificar la utilización de las fuerzas del orden, los tribunales y las prisiones contra figuras clave de éste y otros movimientos radicales de esa época. Hoy en día, el emparejamiento irónico de un índice decreciente de criminalidad y la consolidación de un complejo industrial de prisiones, que hace del incremento de la tasa de internamiento una necesidad económica, ha facilitado el encarcelamiento de dos millones de personas en Estados Unidos. En este contexto ideológico, a presos políticos como Assata Shakur, Mumia Abu–Yamal y Leonard Peltier se les representa en el discurso político popular como a criminales que merecen ser ejecutados o pasar el resto de su vida entre rejas.
A finales de los noventa, la histeria racista centrada en Assata fue reavivada cuando, al parecer, el Cuerpo de Policía Estatal de Nueva Jersey convenció al Papa Juan Pablo II de que aprovechara su primer viaje a Cuba para presionar a Fidel Castro de manera que accediera a extraditarla. Por si fuera poco, la gobernadora del Estado, Christine Todd Whitman, ofreció una recompensa de cincuenta mil dólares, cuyo importe posteriormente se dobló, por el regreso de Assata y el Congreso aprobó una ley en la cual se instaba al gobierno cubano a iniciar el procedimiento de extradición.
En una carta abierta dirigida al Papa, Assata formula una pregunta que debería preocuparnos a todos: «¿Por qué, me pregunto, merezco tanta atención? ¿Por qué represento tal amenaza?». Todos tendríamos que plantearnos seriamente estas preguntas. ¿Por qué se la ha erigido como la enemiga pública número uno de los años setenta, sólo para volver a aparecer a finales del siglo XX como un objetivo particular de gobernadores de estados, del Congreso y de la Orden Fraternal de la policía? ¿Qué se le ha obligado a representar? ¿Qué función ideológica desempeña esta representación?
En los años setenta, su imagen aparecía en pasquines oficiales del FBI y de los medios de masas como prueba visual de las motivaciones terroristas del movimiento de liberación negro. Se asumía que los activistas negros eran enemigos del Estado y se les asociaba con los desafíos comunistas contra la democracia capitalista. La prolongada persecución de Assata, durante la cual se la demonizó de maneras que hoy resultarían impensables, sirvió además para justificar el encarcelamiento de un gran número de activistas políticos, muchos de los cuales permanecen en prisión en la actualidad.
Veinticinco años después, el re–diseño de la imagen de Assata como enemiga pública resulta aún más perjudicial, pues omite el contexto político original y la retrata como una delincuente común, ladrona de bancos y asesina. Desenterrar esa imagen desde el pasado para fines muy contemporáneos sirve para justificar la consolidación de un vasto complejo industrial de prisiones, que la propia Assata ha descrito como «… no sólo un mecanismo para convertir el dinero público procedente de los impuestos en beneficios para las corporaciones privadas, [sino también] un elemento esencial del capitalismo neoliberal moderno». A su modo de ver, esta nueva formación cumple dos propósitos: «uno, sirve para neutralizar y contener a enormes segmentos de sectores potencialmente rebeldes de la población y, dos, para mantener un sistema de sobre-explotación, por el que permanecen encarcelados fundamentalmente presos negros y latinos en comunidades rurales blancas que actúan como supervisoras».
Como muestra la cita de arriba, Assata mantiene totalmente su compromiso con la política radical contemporánea específica de Estados Unidos, aunque no ha podido visitar este país desde su huida de prisión y su decisión de instalarse en Cuba hace muchos años. A medida que se va leyendo su extraordinaria autobiografía, se descubre a una mujer que no tiene nada en común con esas representaciones hostiles que se niegan a desaparecer. Insto a los lectores a que reflexionen sobre lo que debe haber significado para ella no poder asistir al funeral de su madre o conocer a su nuevo nieto. Al ir siguiendo la historia de su vida, se descubre a un ser humano de gran compasión, con un compromiso inquebrantable con la justicia, cualidades que se comprenden sin dificultad a pesar de las diferencias raciales o étnicas, tanto estando dentro como fuera de prisión y que viajan en el tiempo y a través de los océanos.
Assata nos habla a todos y cada uno de nosotros, en particular a aquellos de nosotros que están recluidos en una red global creciente de prisiones y cárceles. En un momento en que el optimismo ha retrocedido en nuestro vocabulario político, Assata nos ofrece regalos de valor incalculable: esperanza e inspiración. Sus palabras nos recuerdan, como una vez comentó Walter Benjamin, que la esperanza se nos ha concedido sólo por el bien de aquellos que no la tienen.
Prólogo
Lennox S. Hinds
La publicación de esta extraordinaria autobiografía ofrece una oportunidad poco común para mirar más allá de las distorsiones de la realidad, cuidadosamente orquestadas, que rodean la vida y motivaciones de Assata Shakur. Con una escritura sencilla y vívida al abordar el racismo que impregnó su infancia y juventud (esas experiencias habituales de las personas negras en los Estados Unidos y que han conducido a muchos a la desesperanza y a bastantes a la rebeldía), Assata nos hace entender mejor a todos la sociedad en la que vivimos. Claramente, fue el racismo que permeaba cada aspecto de las primeras etapas de la vida de esta joven sensible, apasionada por la vida y muy dotada intelectualmente, mientras luchaba por construir su propia identidad, lo que la llevó a buscar soluciones al impacto catastrófico de este fenómeno y de la opresión económica en la vida de todas las personas de color en Estados Unidos. Es la América racista la que proporciona el contexto para el surgimiento de esta revolucionaria negra.
Las luchas por la autodeterminación constituyen un fenómeno del siglo xx. Estas luchas a menudo se entienden y reciben apoyo por parte de las personas de buena voluntad en Estados Unidos cuando tienen lugar en Sudáfrica, El Salvador, Filipinas o en campos de refugiados palestinos. En las propias palabras de la autora, al referirse a sus propios esfuerzos para creer y buscar un sentido en las calles de Nueva York y en el Sur cuando era niña y ya como mujer, presenta un argumento tan claro para la autodeterminación y el desarrollo en Estados Unidos como lo hacen las vidas de sus hermanos y hermanas por todo el mundo. Pues aunque su libro es intensamente personal, también es absolutamente político. Assata escribe sobre sus vivencias no como un símbolo histórico que busca cristalizar la «vida oficial» sino como alguien cuyas experiencias en busca del cambio pueden proporcionar una clave para su propia vida y para la de todos aquellos que, como ella describe de forma tan vívida, «han sido encarcelados por los sin ley. Esposados por los odiadores. Amordazados por los avariciosos», y para quienes «un muro es sólo un muro y nada más que eso. Se puede derribar».
Como abogado, profesor y estudiante de la historia, sé que, aunque la peripecia vital de Assata puede ser única en su energía, creatividad y pasión por la vida y por los principios, también es típica de las formas en que Estados Unidos ha respondido históricamente a individuos a los que el gobierno considera una amenaza política para la paz nacional.
Dado que Assata pasa muy por encima al hablar de los hechos que la llevaron a que se convirtiera en objetivo de los disparos de la policía en la Autopista de Peaje de Nueva Jersey en 1973 y de lo endeble de la evidencia que se usó para condenarla finalmente en 1977, intentaré esbozar algunos de los detalles que contribuyeron a la imagen aterradora generada por el Estado con la complicidad activa de los medios de comunicación.
Conocí a Assata Shakur por primera vez en 1973, cuando ella yacía en un hospital, moribunda, esposada a la cama, mientras agentes de las policías local, estatal y federal intentaban interrogarla. Como director nacional del Congreso Nacional de Abogados Negros, una organización a la que se ha recurrido para defender a activistas políticos de la comunidad negra desde su fundación en 1968, no me resultaban desconocidas las campañas de desinformación cuidadosamente orquestadas que las fuerzas del orden, locales, estatales y federales, bajo el liderazgo del FBI, usaban contra los activistas negros.
Antes de conocer a Assata, habíamos representado a Angela Davis, habíamos iniciado averiguaciones sobre las ejecuciones policiales de los líderes de las Panteras Negras Fred Hampton y Mark Clark ocurridas en 1969 y sobre las acusaciones y el ataque de la policía contra los líderes de la República de la Nueva Áfrika (Republic of New Afrika) en 1971. También habíamos defendido a otros muchos hombres y mujeres negros identificados como objetivos del FBI. La vigilancia sistemática por parte de esta organización de grupos e individuos negros, así como los ataques contra ellos, estaban organizados por su programa de contrainteligencia (COINTELPRO), dirigido de manera específica contra lo que el FBI denominaba «grupos de odio nacionalistas negros». Los primeros objetivos del COINTELPRO fueron Martin Luther King y miles de activistas de los derechos civiles menos prominentes. En otro sitio[1] he escrito de forma extensa sobre este programa de contrainteligencia y sobre la destrucción y el desbaratamiento criminal de los grupos negros y de sus líderes, que constituían sus objetivos concretos. En ese libro se reproducían también documentos relevantes y válidos más allá de toda duda recogidos en el informe del comité Church del Comité Selecto del Senado para el Estudio de las Operaciones Gubernamentales con respecto a actividades secretas de inteligencia. Por otro lado, los descubrimientos del Subcomité de Inteligencia Interior (Domestic Intelligence Subcommittee), encabezado por el Senador Walter Mondale y publicados por la Imprenta del Gobierno de EE.UU. en 1976, proporcionaban pruebas incontestables sobre la conspiración auspiciada por el gobierno contra los derechos civiles y humanos de todo tipo de activistas políticos y, de manera muy particular, de los de raza negra.
Conviene recordar que la decisión de Assata Shakur de unirse a las Panteras Negras tuvo lugar poco después de que J. Edgar Hoover ordenara a las cuarenta y una oficinas del FBI que intensificaran sus esfuerzos «para sacar a la luz, desbaratar, confundir, desacreditar y neutralizar por todos los medios posibles» a las organizaciones nacionalistas negras y a sus líderes. El Comité Coordinador de Estudiantes No-violentos (SNCC, por sus siglas en inglés), el congreso de Líderes Cristianos del Sur (SCLC), la Nación del Islam y, por encima de todos, las Panteras Negras fueron elegidos como objetivos concretos, como lo fueron, entre muchos otros negros, Stokely Carmichael, Rap Brown, Elijah Mohammad, Fred Hampton, Mark Clark y, como veremos, Assata Shakur, también conocida como JoAnne Chesimard.
Como ahora resulta evidente,[2] el FBI, en cooperación con fuerzas del orden a nivel local y estatal, llevó a cabo una campaña cuidadosamente orquestada de inteligencia y contrainteligencia, iniciada al menos en 1971 y diseñada para criminalizar, calumniar, acosar e intimidar a Assata Shakur. Para cuando fue tiroteada y detenida en la Autopista de Peaje de Nueva Jersey el 2 de mayo de 1973, pesaba sobre ella una orden de búsqueda y captura por varios delitos de extrema gravedad.
El FBI y la policía de la Ciudad de Nueva York habían generado un volumen masivo de propaganda pre–judicial con el objeto de crear una imagen de peligrosidad y de que fuera declarada culpable por los medios de masas bastante antes de que hubiera tenido lugar ningún juicio. Se habían emitido órdenes para detenerla, viva o muerta. Ella describe la zozobra y el terror cuando comenta:
Fuera donde fuera, tenía la sensación de que si giraba la cabeza en cualquier momento, me toparía con una pareja de policías que me seguían. Si miraba por la ventana: allí estaban, en mitad de Harlem, delante de mi casa, dos hombres blancos sentados leyendo el periódico. Incluso hablar en mi propia casa me daba un miedo de muerte.
Assata ya no podía volver a casa. Estaba en la Lista de Personas Más Buscadas del FBI, acusada de ir armada, de atracos a bancos y, posteriormente, de secuestro y asesinato. El 10 de julio de 1972 apareció en un anuncio a toda página publicado en el periódico neoyorquino Daily News una fotografía, presuntamente de Assata Shakur, tomada en la escena de un robo a un banco que había tenido lugar en agosto de 1971. Era el duplicado de un póster que se puso en todos los bancos de la ciudad y del estado de Nueva York, en oficinas de correos y en las estaciones de metro. El anuncio que rezaba: «SE BUSCA POR ROBO A MANO ARMADA. Recompensa: 10.000 dólares» aparecía sobre cuatro fotos, una de ellas de una mujer presuntamente tomada durante el robo al banco en 1971. Bajo la foto, en grandes letras mayúsculas, aparecía el nombre «JoAnne Deborah Chesimard».
Durante el juicio por este delito, que concluyó con una declaración de inocencia, el jurado descubrió que no se trataba de una foto de Assata Shakur (JoAnne Chesimard). La foto había sido hecha pública por el FBI y la Oficina del Fiscal General de EE.UU., quienes se la pasaron a la Clearing House Association de Nueva York (una asociación de bancos), que fue quien colocó el anuncio y los pósters. Incluso después de que ella fuera declarada inocente de ese robo en enero de 1976, en marzo de ese mismo año apareció en el Daily News otro anuncio en que se ofrecía la misma recompensa por la captura de ladrones de bancos que seguían en libertad. Esta vez, sin embargo, la fotografía era claramente de Assata, con la palabra «Capturada» escrita claramente en diagonal encima. Este póster apareció dos meses después de la declaración de inocencia por el robo de agosto de 1971, dos años después de que fuera declarada inocente del robo a un banco en septiembre de 1972 y cuando no existía ningún cargo contra ella por atracos a bancos.
El 12 de febrero de 1973, cuatro meses antes de que Assata fuera capturada en la Autopista de Peaje de Nueva Jersey, la revista New York publicó un artículo con el título «Objetivo azul», escrito por Robert Daley, que en realidad era un extracto de un libro con el mismo título. La portada de la revista mostraba a un policía de uniforme. La entradilla era «Lo que hay detrás de los asesinatos de agentes de la ley». El artículo pretendía proporcionar detalles sobre el funcionamiento interno del Ejército de Liberación Negro, cuyas actividades, se afirmaba, consistían en matar policías, robar bancos y tratar de derribar al gobierno de EE.UU. Sobre una foto de Assata Shakur aparecían las palabras «Pistoleros del Ejército de Liberación Negro» y el antiguo vice–comisionado de policía Daley la describía como «la gallina clueca que los mantiene a todos unidos, la que los hace seguir, la que los mantiene en la lucha.» A pesar de estos linchamientos mediáticos, la única acusación contra ella por matar a un oficial de policía fue sobreseída en octubre de 1974 por falta de pruebas.
Como muestra la tabla que sigue a este prólogo, el 2 de mayo de 1973, cuando se produjo el tiroteo en la autopista de Nueva Jersey, Assata estaba «buscada» por estos delitos. La ironía es que ninguno de ellos terminó en condena. Cuando la capturaron y le dispararon en la autopista, lo que llevó a su única condena, ella tendría que haberse beneficiado de la presunción de inocencia que la Quinta Enmienda de la Constitución de EE.UU supuestamente concede a cualquiera de nosotros en caso de que se nos acuse de algo.
Ese día, 2 de mayo de 1973, Assata, Sundiata Acoli y Zayd Malik Shakur viajaban hacia el sur por la autopista de peaje de Nueva Jersey en un Pontiac blanco. Les detuvo el agente de la policía estatal James Harper por motivos acordes con las directrices del programa COINTELPRO del FBI, según las cuales había que arrestar a los activistas políticos por pequeñas infracciones de tráfico. Supuestamente el Pontiac tenía mal las luces traseras. El testimonio del policía, sin embargo, parece sugerir que ese vehículo era simplemente un objetivo.
Harper declaró que la primera vez que vio el vehículo, él se encontraba a unos tres kilómetros al norte del edificio de la administración de la autopista, el cuartel general de la policía estatal. Lo siguió durante esa distancia hasta que se encontraba cerca del edificio, antes de ordenarle que se detuviera porque «había más luz y era más seguro». El Pontiac viajaba a velocidad normal por el carril central. Harper primero lo adelantó por la izquierda, observó al conductor y «tomó nota mentalmente de su descripción». Luego se desplazó al carril de la derecha y dejó que el turismo lo adelantara, al tiempo que «tomaba nota mentalmente del sexo y la raza de los pasajeros». Luego se acercó al vehículo desde la izquierda, le hizo señas al conductor (Sundiata) de que parara y llamó al edificio de la administración para pedir ayuda. Cuando al agente Robert Palenchar se le ordenó que ayudara a Harper, comentó por la radio: «Te veo en el paso, colega» y se dirigió al edificio de la administración a ciento ochenta kilómetros por hora. El agente Werner Foerster también acudió a ayudar en esta «parada», para la cual, según declaró Harper en el juicio, sólo se habría emitido una citación.
Con el paso de los años, me tocaría aprender mucho sobre las formas feroces, selectivas y arbitrarias en que se aplicó la ley y sus procesos contra Assata Shakur desde el momento en que la conocí en aquel hospital en mayo de 1973 cuando ella luchaba por su vida.
Desde luego no puedo mejorar el relato que ella hace de sus experiencias antes, durante y después de sus numerosos juicios, pero debo apuntar que ella atenúa lo horrible de las condiciones en las que fue encarcelada. Como comenta, hasta a un funcionario de la vista (nombrado por el Condado de Middlesex por mandato de uno de los jueces federales ante quien se presentaron nuestras demandas sobre la atrocidad de las condiciones en que se la mantenía) le pareció que esas condiciones eran espantosas.
En la historia de Nueva Jersey, a ninguna mujer detenida a la espera de juicio o presa se la ha tratado como a ella, siempre confinada en una cárcel de hombres, sometida a vigilancia continua durante las veinticuatro horas del día, sin respetar ni sus funciones más íntimas, sin sustento intelectual, sin atención médica adecuada ni posibilidad de hacer ejercicio, y sin la posibilidad de compañía de otras mujeres durante todos los años que pasó en prisión. Interpusimos una demanda de derechos civiles tras otra para protestar por el bárbaro tratamiento que se le infligía de forma selectiva, pero nuestro éxito fue relativo. A medida que se lee su historia, se puede imaginar el efecto que esas condiciones debieron de tener en esta mujer sensible y orgullosa.
El otro elemento tremendamente irónico de su situación es que durante aquellos años en que esperaba a que se celebrara el juicio de Nueva Jersey, los muchos otros cargos que la habían convertido en fugitiva hasta culminar en el tiroteo de la autopista fueron retirados por falta de pruebas, los casos fueron sobreseídos o concluyeron con un veredicto de inocencia, y sin embargo las condiciones físicas en que se la mantuvo fueron empeorando, en el mejor de los casos. Una vez más, la manipulación de los hechos por parte de los medios se convirtió en un sustituto de la realidad: ninguna de las absoluciones o los juicios que fueron sobreseídos recibieron cobertura mediática. Las enormes precauciones de seguridad para el siguiente juicio de Nueva Jersey, que seguía pendiente, eran la noticia principal en las portadas de los periódicos locales, día tras día, en la comunidad donde se debía seleccionar a los miembros del jurado.
Tan sólo el elevado número de esos cargos infundados apoya el punto de vista de mucha gente que piensa que los enormes esfuerzos del estado de Nueva Jersey para condenar a Assata, a pesar de lo endeble de las pruebas, se llevaron a cabo para justificar la imagen fabricada artificialmente de asesina rabiosa que había demostrado, de forma humillante, ser un fracaso en sus intentos de conseguir que la condenaran en los tribunales federales y estatales de Nueva York.
En Nueva Jersey, Assata fue declarada culpable de complicidad en el asesinato del policía estatal Werner Foerster y de agresión contra James Harper con intención de matar. Según la ley del estado, si la presencia de una persona en la escena de un crimen se puede entender como «encubrimiento y complicidad» en ese delito, a esa persona se la puede condenar como autora del delito en sí. El estado de Nueva Jersey condenó a Sundiata Acoli por esos mismos asesinatos cuando Assata fue apartada del procedimiento legal a causa de su embarazo. Al jurado en el juicio de Assata por esas mismas ofensas, se le permitió especular sobre el hecho de que «su mera presencia» en la escena del crimen, con armas en el vehículo, era suficiente para permitir una declaración de culpabilidad, aunque tres neurólogos testificaron durante el proceso que su nervio mediano había resultado cercenado como resultado de los disparos, lo que hacía que le resultara imposible apretar el gatillo, y que su clavícula había resultado destrozada por un disparo que sólo pudo haber sido efectuado cuando ella estaba sentada en el coche con los brazos en alto. Otros expertos testificaron que el análisis de activación de neutrones que la policía le administró justo después del tiroteo mostró que no había residuos de pólvora en sus dedos, lo que implicaba que no había disparado un arma. También se la condenó por posesión de armas, aunque ninguna de ellas pudo ser identificada como que hubiera sido tocada por ella, y por el intento de asesinato del policía estatal James Harper, quien había recibido una herida menor durante el enfrentamiento.
Era, y sigue siendo, mi opinión que fue el racismo en el Condado de Middlesex, alimentado por una publicidad tendenciosa e incendiaria en la prensa local antes y durante el juicio, avivada por el probado carácter ilícito de las acciones del gobierno, lo que hizo posible que el jurado blanco declarara culpable a Assata con el testimonio, no corroborado, contradictorio y en general increíble, del agente Harper, el único testigo de los hechos ocurridos en la autopista de peaje. El testimonio de este agente, como el de los otros testigos de la acusación, estaba plagado de inconsistencias y discrepancias. En tres informes oficiales separados, incluyendo su testimonio ante el gran jurado, Harper declaró que había visto a Assata sacar una pistola de su bolso, mientras estaba en el coche, y dispararle con ella. Al ser interrogado por la defensa, admitió, tanto en el juicio de Sundiata como en el de Assata, que nunca la vio a ella con un arma y que no la vio disparar contra él, es decir, que de hecho había mentido.
Por si fuera poco, el juez se negó a permitir que la defensa presentara ninguna declaración sobre COINTELPRO. La verdad es muy simple. Assata Shakur no tuvo un juicio justo en el condado de Middlesex, Nueva Jersey. Desde el momento en que fue capturada en ese estado, fue declarada culpable por la prensa y por las mentes del público en general, y esto volvió a suceder una y otra vez hasta el juicio. La declaración de culpabilidad en el tribunal fue una mera formalidad.
Querida hermana, gracias por enviarnos tu voz tan vital y por compartir con nosotros tu pasión y tu compromiso. Mientras tanto, nosotros en esta sociedad tenemos que recordarnos una vez más cómo ponemos en peligro nuestros propios intereses y derechos cuando condonamos con nuestro silencio el uso por parte del gobierno de tácticas de vigilancia, ataques contra la legitimidad de los activistas políticos, y el uso del Derecho criminal para suprimir y castigar la disidencia política.
En 1975, el fiscal general Edward H. Levi, siguiendo órdenes del presidente Carter y en consideración a las conclusiones del Comité Church, formuló las primeras directrices para mantener al FBI dentro de la Constitución en su investigación de individuos y grupos supuestamente peligrosos para la seguridad nacional. Las directrices Levi, aunque no fueron celebradas efusivamente por los defensores de los derechos civiles, intentaban poner coto al uso desenfrenado del poder gubernamental para penetrar y desbaratar organizaciones.
Para 1983, el fiscal general William French Smith, bajo el presidente Reagan, había derogado las directrices Levi y cada año desde entonces la protección de la Carta de Derechos se ha ido erosionando progresivamente. Por ejemplo, en la actualidad el FBI tiene libertad para investigar a personas o grupos a quienes se acuse de abogar por la actividad criminal. Claramente, el gobierno federal persiste en ese abuso desmedido de poder por el que intentó destrozar a Assata Shakur y a otros grupos e individuos negros mediante la vigilancia, el rumor, las insinuaciones, las escuchas, detenciones y juicios, encarcelamiento y asesinato a lo largo de los años sesenta y setenta.
En tanto los miembros del Congreso, intimidados aún por ABSCAM, sigan teniendo miedo de enfrentarse al FBI y mientras las directrices de este cuerpo se redacten internamente y mientras el Departamento de Justicia esté sujeto a los imperativos políticos del Presidente, controlado sólo desde dentro del sistema pero sin tener que responder públicamente de sus actos, todos seguimos estando en peligro de sufrir los tipos de represión y secretismo oficial que se cebaron con Martin Luther King, Malcolm X, Viola Liuzzo, Medgar Evers, Fred Hampton, Imari Obadele, Assata Shakur y muchos otros hermanos y hermanas cuyas ideas y actividades suponen una amenaza para el aparato del Estado. Todos somos víctimas en potencia.
Os animo ya a que entréis en el alma y el corazón de Assata Shakur, quien a pesar de todo lo que le ha sucedido, conserva su idealismo original y la confianza en que las personas de principios pueden conseguir juntas el cambio por el bien común de los pueblos del mundo.
[1] Lennox S. Hinds, Illusions of Justice: Human Rights Violations in the United States, University of Iowa, 1978.
[2] La información que aquí se presenta se basa en archivos y documentos judiciales federales y estatales, circulares del FBI, archivos de los servicios secretos, historiales de la policía e información aparecida en medios de comunicación.
Afirmación
Creo en la vida.
Creo en el espectro
de los días Beta y las personas Gamma.
Creo en la luz del sol.
Creo en cascadas y molinos de viento,
en triciclos y mecedoras.
Y creo que la semilla se hace brote.
Y el brote se hace árbol.
Creo en la magia de las manos.
Y en la sabiduría de los ojos.
Creo en la lluvia y creo en las lágrimas.
y en la sangre del infinito.
Creo en la vida.
Aunque he visto el desfile de la muerte
marchar por el torso de la tierra
esculpiendo a su paso cuerpos de barro.
He contemplado la destrucción de la luz diurna,
y he visto rezar y cuadrarse ante gusanos sanguinarios.
He visto a los buenos volverse ciegos
y a los ciegos tornarse ataduras
en una sencilla lección.
He caminado sobre cristales rotos.
He mordido el polvo y he metido la pata
y he respirado el hedor de la indiferencia.
Me encerraron los sin ley.
Me esposaron los odiadores.
Me amordazaron los codiciosos.
Y, si hay algo que sé,
es que un muro es sólo un muro
y nada más que eso.
Se puede derribar.
Creo en vivir.
Creo en el nacimiento.
Creo en el sudor de amar
y en el fuego de la verdad.
Y creo que un barco perdido,
guiado por marinos exhaustos, mareados,
aún puede ser dirigido para que regrese
a puerto.
01
Había luces y sirenas. Zayd estaba muerto. Mi mente sabía que él estaba muerto. El aire era como cristal frío. Se alzaban enormes burbujas y estallaban. Cada una parecía una explosión en mi pecho. Me sabía la boca a sangre y a tierra. El coche daba vueltas a mi alrededor. Poco después, se apoderó de mí algo parecido al sueño. De fondo, me parecía oír algo como disparos. Pero perdía la conciencia y soñaba.
De repente, se abrió la puerta de par en par y me sacaron a rastras a la acera. Me empujaron y me dieron puñetazos, un pie en la cabeza, una patada en el estómago. Había policías por todas partes. Uno me puso una pistola en la sien.
—¿Por dónde se han ido? —gritaba—. Zorra, más vale que abras esa puta boca y empieces a largar o te vuelo la cabeza.
Hice una señal con la cabeza indicando la autopista. Estaba segura de que nadie se había ido en esa dirección. Algunos policías se fueron corriendo.
Uno de los cerdos[3] sugirió:
—Tendríamos que darle matarile.
Pero los otros estaban ocupados en torno al coche, registrándolo. No hacían más que buscar y rebuscar por todos los rincones y ranuras.
—¿Has encontrado la pipa? —se preguntaban todo el rato unos a otros.
Luego, uno dijo:
—¿No tendríamos que meterla en el coche?
—Ná, que se pudra en el puto suelo, que es lo que le corresponde. Sólo quítala del paso.
Noté que me arrastraban por la calzada, tirando de los pies. Me ardía el pecho. Tenía la blusa manchada de sangre. Estaba convencida de que me habían cortado el brazo de un tiro y que me colgaba dentro de la manga, sostenido por unas pocas tiras de carne. No lo sentía.
Por fin llegó la ambulancia y me metieron en ella. Que me movieran era extremadamente doloroso, pero valió la pena por las mantas. Los sanitarios me examinaron. Intenté hablar, pero sólo me salían burbujas. Echaba espuma por la boca.
—¿Dónde está herida? —se preguntaban el uno al otro como si yo no estuviera allí. Terminaron de examinarme. Me sentí aliviada.
—Vámonos —dijo uno de ellos.
—Vale, pero espera un momento —dijo el conductor y bajó del vehículo—. Ha recibido dos balazos —le oí decir—. Tenemos que esperar.
El conductor cerró la puerta de un golpe.
Dijo algo más pero no lo capté. Pasó el tiempo. Yo volví a perder la conciencia. Era algo muy raro, como un sueño, una pesadilla. Pasó más tiempo. Me pareció una eternidad. Perdía el conocimiento y volvía en mí, lo volvía a perder y volvía a despertar.
Una voz áspera preguntó:
—¿Ha muerto ya?
Volví a perder la conciencia. Oí otra voz:
—¿Ya ha muerto?
Me preguntaba cuánto tiempo llevaba allí la ambulancia. Los sanitarios parecían nerviosos. Las burbujas en mi pecho parecían hacerse más grandes. Cuando estallaban, todo mi pecho se estremecía. Me desvanecí una vez más y soñé que estaba en el Sur en verano. Me acordé de mi abuela. «Si sobrevivo», me acuerdo que pensé, «sólo me quedará un brazo».
El hospital es de un blanco cegador. Todas las personas que veo son blancas. Todos parecen estar esperando. De repente todos se ponen en movimiento. Presión sanguínea, pulso, agujas, etc. Entran dos detectives. Sé que son detectives porque lo parecen. Uno de ellos tiene una cara como de bulldog, con las mejillas que le cuelgan por los lados. Supervisan a la enfermera mientras ella me quita la ropa cortándola. Poco después, uno de ellos me frota los extremos de los dedos con lo que parecen bastoncillos de los oídos. Luego me entero de que es el test de activación de neutrones que determina si he disparado o no un arma de fuego. Otro intenta tomarme las huellas, pero le cuesta porque tengo la mano muerta.
—Dame el juego de los muertos.
Me pone los dedos en unas cosas como cucharas que se usan para tomar las huellas de los muertos. Empiezan a hacerme preguntas, pero entra un grupo de médicos. Uno de ellos, que parece el jefe, me examina. Me toca y me mueve, dándome vueltas como a una muñeca de trapo, y luego, como si fuera a matarme, me da la vuelta y me quedo boca abajo. El dolor es como un choque eléctrico. Gimo.
—No grites ahora, bonita —dice—. ¿Por qué le disparaste al policía? ¿Por qué le disparaste al agente?
Me gustaría darle una patada en la cara. Sé que ese hombre me mataría si tuviera oportunidad. Casi puedo ver cómo se le resbala el bisturí. Uno de los otros médicos dice algo de llamar al quirófano. «¡Y una mierda!» es todo lo que se me ocurre pensar, «¡Ni pa Dios!»
Poco después se van todos. Entonces entra en la habitación una enfermera negra. Me da una alegría inmensa verla. Se inclina hacia mí.
—¿Cómo se llama? —me pregunta—. ¿Cómo se llama?
Lo pienso y decido no decir nada. Si les digo mi nombre, sabrán quién soy y entonces me matarán seguro.
—¿Cómo se llama? —repite una y otra vez, articulando cada sílaba como hace la gente que habla con personas con problemas de oído o de entendimiento.
—¿Cómo se llama? ¿Dónde vive? ¿Cuál es su dirección?
Habla cada vez más alto.
—Necesitamos su firma, señorita —dice, agitando una hoja de papel ante mí—. Necesitamos su permiso para tratarla, en caso de que haya que operarla.
Repite lo mismo una y otra vez.
—¿Con quién debemos contactar en caso de emergencia? —(Esto me hace bastante gracia.)— ¿Cómo se llama? ¿Dónde vive?
Cierro los ojos, deseando que se vaya. Ella sigue hablando.
Me adormezco, pensando en el brazo, que sigue ahí.
—Nervios dañados. Paralizados —les he oído decir. Nunca se me hubiera ocurrido. No es tan malo, recuerdo que he pensado. Puedo vivir con eso si hace falta.
Más voces, otras distintas, que me hacen daño en los oídos y en la consciencia.
—Puede hablar —dice uno—. Los médicos dicen que puede hablar. ¿Dónde ibas? ¿Cómo te llamas? ¿De dónde venías? ¿Quién más iba en el coche contigo? ¿Cuántos erais? Sé que puede oírme.
Mantengo los ojos cerrados. Uno de ellos se inclina y se acerca mucho a mí. Siento su aliento en la mejilla. Y lo huelo.
—Sé que puedes oírme y sé que puedes hablar, y si no te das maña y empiezas a hablar, te voy a aplastar la jeta de una hostia.
Sin querer abro los ojos. Al momento se me plantan todos delante, lanzándome pregunta tras pregunta. Yo no digo nada. Poco después, vuelvo a cerrar los ojos.
—Ah, no se siente bien —dice uno de ellos con un tono dulce y burlón—. ¿Dónde te duele? ¿Aquí? ¿Aquí? ¿AQUÍ?
Con cada palabra llega un golpe. Busco con la vista, enloquecida, pero no hay nadie. Más golpes y puñetazos, pero ninguno me hace tanto daño como el pecho. Intento gritar pero al momento me doy cuenta de que es un error. Mi pecho entra en erupción y me parece que me voy a morir. Siguen y siguen. Preguntas y golpes. Creo que no lo van a dejar nunca.
Una voz de mujer.
—Teléfono.
—Gracias —dice uno de ellos, lanzándome una fea sonrisa. Se van.
Entra otro cerdo. Un cerdo negro. De uniforme. Se acerca más y veo que no es un pasma sino un guardia de seguridad del hospital. Se queda de pie no demasiado lejos de donde estoy yo en la cama y me doy cuenta de que no tiene un aire hostil en absoluto. Su rostro se abre en una especie de sonrisa reservada y, muy discretamente, aprieta el puño y me hace la seña del poder. Ese hombre no sabrá nunca lo bien que me hizo sentir en aquel momento.
Los detectives vuelven con una enfermera. Comienzan a mover la camilla. Mi mente intenta pensar a toda velocidad. ¿A dónde me llevan? El único sitio que se me ocurre es el quirófano. Cuando llegamos a la sala de rayos X, me siento aliviada. Como tengo que darme vueltas para que me hagan las placas, me resulta doloroso, pero el técnico del aparato mola. Se acaban los rayos y me llevan por el pasillo mientras yo sigo empeñada en mantener los ojos cerrados. De repente, destellos de luz. Se me abren los ojos de golpe. Esta vez me están sacando fotos.
El fotógrafo de la policía pregunta:
—¿No quieres ofrecerme una sonrisita? Venga, sonríe.
Cierro los ojos de nuevo. Nos movemos. Se detiene la camilla. Uno de los cerdos le dice a la enfermera que le duele la cabeza. Ella se ofrece a buscarle algo.
La camilla se mueve de nuevo. ¿A dónde demonios me llevan? De nuevo cambia la luz y aunque mantengo los ojos cerrados, noto la diferencia. Parece que estoy a oscuras. No puedo soportarlo más y los abro. La habitación está a oscuras pero hay un poco de luz. Lentamente mis ojos se van acostumbrando. Hay algo junto a mí. Veo una silueta. Es algo en un plástico. Ese algo, mi mente se va dando cuenta poco a poco de que es un hombre en una bolsa de plástico. Y ese hombre es Zayd. Mi cuerpo se pone tenso. Y la mente me da vueltas.
Uno de los agentes dice:
—Eso es lo que te va a pasar también a ti antes de que termine la noche a menos que nos cuentes lo que queremos saber.
No digo nada, pero por dentro ardo de rabia: «¡Putos cerdos! ¡Cabrones! ¡Pasmas de mierda! Hijos de puta, cabrones!». Rabio y rabio. «A vosotros no os daría ni la hora», recuerdo que pensé. «No os diría ni que la mierda huele a hostias.»
La noche va pasando muy lentamente. Enfermeras, médicos y agentes. Sigo asustada, pero estoy tan enfadada y de tan mala leche como asustada. Los detectives entran y salen, cuando no hay nadie más que ellos siguen con sus amenazas y golpes. Pero al cabo de un rato, dejo de pensar demasiado en ellos. Pienso en vivir, en sobrevivir, pienso en lo que viene después. Me harán lo que quieran y yo no puedo hacer nada para evitarlo. Lo único que puedo hacer es ser yo misma, mantenerme tan fuerte como me sea posible, con todas mis fuerzas. Eso es todo. No hay forma de huir y yo no estoy en condiciones de intentarlo. Me doy cuenta de lo aislada y vulnerable que me encuentro en este momento. ¿Y qué pasa si realmente necesito cirugía? Necesito ayuda del mundo exterior. Tengo que intentar contactar con alguien. La enfermera negra no ha hecho más que ir y venir, preguntándome todo el tiempo las mismas cosas. Cada vez cierro los ojos hasta que acaba por irse. Decido pedirle que se ponga en contacto con mi gente la próxima vez que venga. Tal vez se enrolle. Es mi mejor apuesta, el guardia hace tiempo que se ha ido.
Me adormezco durante un rato. Cuando me despierto, una enfermera y un sacerdote están de pie a mi lado. El sacerdote musita y parece que me frota algo sobre la frente. Al principio no comprendo lo que hace. Luego me doy cuenta. La extremaunción. La extremaunción es para personas que están a punto de morir.
—Fuera —digo en voz alta. No tengo fuerzas para decir nada más. Pero sé que no quiero la extremaunción de nadie. No me voy a morir, e incluso si me muero no voy a ser una hipócrita.
Vuelve otra vez la enfermera negra y comienza de nuevo con las preguntas. Antes de que se meta a tope con el tema, le hago una señal para que se acerque. No hay nadie más. Le pido que se ponga en contacto con mi abogada (que es mi tía). Le doy mi nombre y le pido que haga la llamada ella misma. Le cuesta entenderme y no hace más que decirme que repita mi nombre. Apenas puedo hablar y cada vez que me pide que repita, me dan ganas de gritar. Luego se me ocurre que el nombre de Assata le resulta totalmente desconocido. Probablemente nunca lo ha oído antes. Así que le doy mi nombre de esclava. Luego le doy el número de teléfono y ella se marcha corriendo.
Dos minutos más tarde los detectives caen sobre mí como moscas sobre la miel. Me amenazan y me ruegan, razonan conmigo y me ofrecen la luna. Me lanzan pregunta tras pregunta, están cada vez más desatados. Uno hace de poli bueno que trata de salvarme del poli malo, sólo con que yo coopere. Me siento cansada y su numerito me cansa todavía más. Puedo ver el agotamiento en sus rostros. La noche entera se me está cayendo encima. Sus voces comienzan a sonar lejanas. Ya no puedo soportarlo. Que se vayan al infierno. Yo me voy a dormir. Esta vez me voy de verdad.
Cuando me despierto, la camilla se está moviendo. Un poco después llegamos a la zona del hospital dedicada a cuidados intensivos. El sitio está lleno de enfermeras. Me encanta. Todo lo que quiero es dormir. Pronto me quedo dormida de nuevo.
Vuelvo a despertarme y es el día siguiente. Los médicos hacen sus rondas. Uno de ellos, un interno, creo, es muy amable conmigo. Me examinan y pasan el resto de la mañana haciéndome analíticas, placas de rayos X, electrocardiogramas, etcétera, etcétera.
Pronto me entero de que me van a trasladar de nuevo. También me entero de que estoy en el hospital del condado de middlesex.[4] Oigo hablar a las enfermeras. Se alegran de que me trasladen porque los policías las están volviendo locas.
Cuando vienen a trasladarme, parece un desfile de la policía. Las habitaciones a las que me llevan se llaman la Suite Johnson. No puedo creerlo. Nunca me imaginé que los hospitales tuvieran habitaciones así. Hay un salón, una enorme habitación completamente equipada para uso hospitalario (donde me mantienen a mí), un estudio, una cocina, un baño completo y otro cuarto pequeño de cuya función nunca llegaré a enterarme. Me pasan a la cama y me esposan una de las piernas a las barras laterales.
No hago más que mirar a mi alrededor. Es un sitio elegante y está destinado claramente a la gente rica. Probablemente soy la primera persona Negra que ha estado en esta habitación. Y la única razón por la que me han traído es por seguridad. Han sellado las puertas y no puede entrar nadie, excepto por la sala de al lado, donde se han emplazado tres policías estatales. Dos de los habituales y un sargento.
La radio de la policía en el cuarto no hace más que cacarear todo el día: «Una carga de coloreados de aspecto sospechoso en un cupé blanco marca Ford». «Un negrata de aspecto sospechoso camina cerca del hospital, lleva chaqueta azul y zapatillas deportivas.» No se habla de ninguna persona blanca de aspecto sospechoso. Escuchando a los policías hablar en el cuarto de al lado y por la radio, me entero de que el hospital está a rebosar de agentes de la policía estatal. Parecen creer que alguien va a intentar sacarme por la fuerza. Me siento mejor. El Demerol me hace volar un poco y hace que me sea más fácil estar tumbada en esa posición torcida a la que me obliga la esposa en la pierna.
Poco más tarde ese mismo día, vuelve a comenzar. Detectives y más detectives. Preguntas y más preguntas. Esta vez son distintas. Ahora quieren saber sobre el Ejército Negro de Liberación, cómo es de grande, en qué ciudades tiene implantación, quién pertenece a él, etc., etc. Pero el objetivo principal de sus preguntas gira en torno al «tipo que se escapó». ¡Yo estoy encantada! Me imagino que Sundiata está a salvo en algún sitio, dejando que el tema se enfríe.
Ahora tienen más cuidado con cómo y dónde me golpean. Supongo que no quieren que queden marcas. Uno me mete los dedos en los ojos. No sé qué tendrá en las yemas, pero sea lo que sea, escuece de la leche. Creo que me voy a quedar ciega para siempre. Dice que lo va a seguir haciendo hasta que me quede completamente ciega. Cierro los ojos y aprieto todo lo que puedo. Me sigue golpeando algunas veces más. Parte de la sustancia se me mete en los ojos a pesar de todo. Las lágrimas me caen por la cara y siento que me estalla la cabeza. Me parece que va a seguir, pero empieza a maldecirme, poniéndome de puta negra para arriba. Por fin, él y los demás se van.
En esos primeros días viene a examinarme un médico blanco. Se porta de manera muy amable, es encantador. Me mira despacio, mientras no deja de mantener una conversación cordial. Me pregunto qué tipo de especialista es pues no lo he visto antes y sé que no es uno de los habituales. Dice que sabe lo mal que me debo sentir y hace muchos aspavientos por el hecho de que me hayan esposado a la cama. No deja de hablar y, en un momento dado, acerca una silla a la cama. Luego empieza a hacerme pequeñas preguntas amistosas. La conversación va más o menos así:
—Esos tipos de la autopista de peaje son duros. Te ponen una multa en cuanto te meneas. Yo cojo esa carretera a diario. ¿Tú vives en Nueva Jersey? Yo vivo en Newark, ¿lo conoces? Te debes de sentir muy sola aquí. Apuesto a que necesitas a alguien con quien hablar. Yo hice Medicina en Nueva York. Tú eres de ahí, ¿verdad?
Me entran las sospechas y no le digo nada. Le digo que quiero dormirme y se va. Nunca lo volví a ver, pero hasta el día de hoy estoy convencida de que era algún tipo de policía o agente del FBI.
Al tercer o cuarto día, casi todos mis problemas se acaban. Bueno, no del todo, pero la parte de mis problemas que tiene que ver con puñetazos, empujones, golpes, etc. se acaba. Me ayudó una enfermera con acento alemán. Era una de las del turno de mañana, muy profesional y exigente, hasta el punto de que podía ser un coñazo. Pero me salvó la vida. Fue ella la que protestó primero por lo apretado de la esposa que tenía en la pierna, que había empezado a hincharse, y ella insistió en que la aflojaran y en que se cubriera la esposa con gasa. Por supuesto, en cuanto se dio la vuelta la volvieron a apretar, pero la gasa ayudó un poco. Por lo poco que decía y por lo que hacía, me di cuenta de que sabía lo que estaba ocurriendo. Una mañana vino como de costumbre y, cuando terminó su rutina habitual, alcanzó por detrás de la cama, tiró de algo y me pasó un botón eléctrico de llamada unido a un cable.
—Si me necesita a mí o necesita algo de las enfermeras, apriete este botón —me dijo—. No tenga miedo de usarlo —añadió, lanzándome una mirada de complicidad.
Me dieron ganas de besarla. Más tarde, cuando volvió al cuarto, después de que los agentes se dieran cuenta de que yo tenía el botón, uno entró detrás de ella.
—¿No hay forma de desconectar eso? —preguntó—. Puede que le haga daño a alguien o que se haga daño a sí misma.
—No —contestó—, no hay forma de quitarlo. Si se arranca, no hará más que sonar en la zona de las enfermeras. La paciente tiene dificultades para respirar y lo necesita.
«¡De puta madre!», pensé. «Das ist richtig.»[5]
A partir de entonces, en cuanto la policía se me acercaba a un metro de la cama, le daba al botón. Al final acabaron renunciando a la idea de darme una paliza y se contentaron con amenazas y otros tipos de acoso. Les ponía mucho colocarse en la puerta y apuntarme con sus armas. Cada día era mi último día en la tierra. Cada noche era mi última noche. Al cabo, me fui acostumbrando. Me hice inmune. A veces, amartillaban una pistola que yo no sabía que no estaba cargada, soltaban un largo discurso exaltado y apretaban el gatillo. Otras veces me invitaban a jugar a la ruleta rusa. Todos me mostraban un odio brutal. Eran policías estatales y yo estaba acusada de matar a uno de ellos.
Cada día había tres turnos de policías. Cuando se cambiaban, los dos policías saludaban al sargento. Algunos hacían el saludo militar, pero otros saludaban al modo de los nazis en Alemania. Levantaban el brazo ante sí y daban un taconazo. No me lo podía creer. Un día uno de ellos entró en mi cuarto y me soltó un rollo sobre cómo él había combatido en la Segunda Guerra Mundial en el lado equivocado. Seguía y seguía y no me cabía ninguna duda de que creía todo lo que estaba diciendo. Hablaba de lo jodido que está el mundo. De cómo la gente decente no puede caminar por la calle. Decía que si hubiera ganado Hitler, el mundo no estaría tan mal como estaba hoy, que los putos negros como yo, los negros de mierda, no andarían por ahí matando a policías estatales de nueva jersey.
Y siguió diciendo que la raza blanca lo había inventado todo porque eran muy inteligentes y trabajaban duro, mientras que las otras razas sólo querían amotinarse y usar el terrorismo para apoderarse de todo lo que a la raza blanca le había costado tanto adquirir. Me costó muchísimo no abrir la boca. Hablaba de imperios, el romano, el griego, el español, el británico. Me dijo que la gente blanca creaba imperios porque eran más civilizados que el resto del mundo. Los blancos crearon el ballet, la ópera y las sinfonías. «¿Has oído alguna vez que algún negro haya escrito una sinfonía?», me preguntó. Cada día me soltaba un discurso sobre el nazismo. Otras veces se unían otros nazis. Le pregunté si había muchos nazis en la policía estatal, pero simplemente se rió y siguió hablando.
Cuando estaba en el Partido de las Panteras Negras, solíamos llamar a la policía «cerdos fascistas», pero yo les llamaba fascistas no porque creyera que fuesen nazis sino por la forma en que actuaban en nuestras comunidades. Por muchas veces que les hubiera llamado fascistas, me impactó la verdad de mi propia retórica. Luego me enteré de que el cuerpo de la policía estatal de Nueva Jersey fue fundado por un alemán, que los uniformes se habían hecho tomando como modelo algún uniforme alemán (muy similares a los que lleva la policía de Sudáfrica), y que son famosos por parar a los Negros, Hispanos y hombres de pelo largo en el peaje y darles palizas, acosarlos y detenerlos.
Los nazis encabezaban la campaña de acoso contra mí. Escupían en mi comida y bajaban el termostato de la habitación hasta que me moría de frío. Durante un tiempo su campaña se centró en impedirme dormir. No hacían más que dar golpes en el suelo con los pies, cantar durante toda la noche, jugar con sus armas, gritar, etc. Yo se lo contaba a las enfermeras, pero no sirvió de nada.
Yo podía encajar todo lo que me hacían, pero ¿durante cuánto tiempo podría prolongarse aquello? No había tenido noticias del mundo exterior, y ni siquiera sabía si alguien estaba al corriente de dónde estaba o de si estaba viva o muerta. Me sentía mejor del pecho, pero seguía teniendo muchas dificultades para respirar. Me parecía que ya no necesitaba cirugía, pero no estaba segura de si era por los analgésicos que me habían dado o porque de verdad me estaba poniendo mejor.
Cada día les pedía que llamaran a mi abogado y cada día me decían que lo habían intentado pero que no contestaba nadie. Sabía que era mentira, porque Evelyn tenía un contestador. Cada día les pedía que llamaran a mi familia. La respuesta a esto era normalmente obscena.
—Ah, así que tienes familia, ¿no? ¿Y tu madre es una puta negra como tú? En este hospital no aceptamos negritos de mierda.
Y seguían insultándome y diciendo cosas de mi familia hasta que encontraban otra cosa con la que distraerse. Quienquiera que dijese que la falta de noticias es una buena noticia tenía que estar como una cabra.
Bueno, hubo noticias, pero no eran buenas. Me contaron que habían detenido a Sundiata. Al principio no les creí, pero se les veía tan desenvueltos y arrogantes que me di cuenta de que había pasado algo.
—Tenemos a tu amigo —me dijeron—, y está cantando como un pajarito. Sí, sí, está cantando como un pájaro y te está echando toda la culpa a ti. Menos mal que no sabía de qué color llevas las bragas, porque si no nos hubiera contado hasta eso. Ya sabemos de dónde veníais. Ya sabemos a dónde ibais. Ya sabemos que os parasteis en una cafetería Howard Johnson. Hasta nos ha contado lo que pedisteis y que a ti te encantan las patatas fritas.
«¿Cómo?», pensé. «¿Cómo han podido enterarse de eso?» Luego me acordé de que habíamos comprado patatas fritas en un Howard Johnson en el peaje. A lo mejor alguien me vio y se acordaba.
—Sí. Clark Squire nos ha contado que cogiste la pistola del agente y le pegaste un tiro en la cabeza. Pero claro, tú no harías una cosa así, ¿a que no? Bueno, JoAnne, estás metida en un buen lío. Si yo fuera tú, no dejaría que se saliera con la suya. Es una cosa muy baja, echarle todas las culpas a una mujer. Te propongo un trato. Tú nos cuentas todo lo que pasó y te prometo que te trataremos con indulgencia. Es sólo que no me gustaría verte metida en un asunto tan chungo, eso es todo. Ya sabes, tal como están las cosas, tienes por delante un mogollón de tiempo en la cárcel, si él testifica contra ti. Podría caerte cadena perpetua o hasta la silla eléctrica, pero todo lo que tienes que hacer es contarnos lo que pasó y nosotros nos ocuparemos de que no te caigan más de dos años y que luego te puedas ir a tu casa. Eres joven. No querrás pudrirte toda tu vida en la cárcel, ¿no? A lo mejor piensas que le debes algo a la causa. ¿Crees que él está pensando en la causa en este momento? No, no, está cantando de lo lindo, cargándote a ti con el mochuelo. Son todos iguales. Todos hablan de todo ese rollo sobre los Negros, que si igualdad de derechos, que si derechos civiles, pero a la hora de la verdad, lo único que les importa es su propio pellejo. Y en este momento él está pensando en su pellejo, así que más te vale que tú pienses en el tuyo. ¿Te crees que le importas una mierda a la causa? A tu propia gente no le importas un pimiento. Para ellos no eres más que una delincuente común. Mira que te estoy dando esta única oportunidad para confesar y salvarte y, si no la aprovechas, es que eres tonta.
Ellos de verdad creían que la gente Negra era gilipollas. Esas bolas que contaban tenían que ser las más antiguas del libro. Allí estaba el tipo como si supiera que su pequeño rollito sensiblero había funcionado. Yo no decía nada. Si no les dices nada, no tienen nada que usar contra ti. Su lema siempre ha sido «Divide y vencerás».
Cuando se dieron cuenta de que yo no iba a abrir la boca, hicieron ademán de irse. Entonces uno se volvió.
—Ah —dijo—. Casi se me olvida leerte tus derechos —sacó una tarjetita y la fue leyendo—. Tienes derecho a permanecer en silencio… Tienes derecho a… etc. No querría que dijeras que no te habíamos leído tus derechos.
