Una aventura con reglas - Nancy Warren - E-Book

Una aventura con reglas E-Book

Nancy Warren

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Beschreibung

A la organizadora de bodas Karen Petersham le encantan las bodas. Sophie, su última clienta, le ha llevado a su padrino para que la ayude y el padrino no es otro que Dexter Crane, el sexy exmarido de Karen. Sin embargo, hay que seguir algunas reglas para tener una aventura sexual con el ex: 1) No implicarse sentimentalmente 2) Diversión, nada de peleas 3) Hacer lo que te pida el cuerpo 4) Recordar por qué terminó el matrimonio 5) Romper antes de que vuelvas a enamorarte de él…

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Seitenzahl: 235

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

 

© 2011 Nancy Warren

© 2025 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Una aventura con reglas, Elit nº 477 - diciembre 2025

Título original: The ex Factor

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. N ombres, c aracteres, l u g ares, y s i t u aciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9791370008772

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

 

 

Portadilla

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

—Stacy quiere el tema circense —dijo Patricia Grange en un tono casi suplicante.

Era un tono que Karen Petersham conocía bien. Era la petición desesperada de una madre que ha malcriado tanto a su hija, que ya no sabe cómo parar. Karen, una de las organizadoras de bodas más afamadas de Filadelfia, estaba acostumbrada a las novias caprichosas y a sus peticiones estrambóticas, pero ésa superaba cualquiera.

—Una boda de estilo circense es muy… inusitada —replicó Karen con delicadeza—. No se celebran muchas…

—Es por el Cirque du Soleil —le explicó Patricia con un gesto de impotencia.

—¿El Cirque du Soleil?

¿Qué tenían que ver unos acróbatas con una boda?

—Sí. Hudson la llevó a verlo la primera vez que salieron juntos. Creen que sería muy romántico recrear el ambiente circense en su boda.

—Bueno, deberíamos alegrarnos de que no la llevara a pescar por un agujero en el hielo…

—Sí… —reconoció la mujer con una sonrisa vacilante mientras se estiraba la falda de Gucci—. En el Cirque hay acrobacias y payasadas, naturalmente.

—Dos habilidades muy necesarias para que un matrimonio salga bien.

—Efectivamente —la mujer sonrió con agradecimiento—. Además, el Cirque actuó en los Óscar una vez, recuerdo que lo vi por televisión.

Sólo una chica de la flor y nata de Filadelfia podía comparar su boda con la entrega de los Oscar. Karen ya se temía que esa boda iba a ser una pesadilla. La madre de la novia había acudido a la cita, pero la novia, no. Eso siempre era una mala señal. Deseó decirle que se fuera con sus acróbatas a buscar otra organizadora, pero no lo hizo. Aunque le desesperaban algunas de las cosas que le pedían, también exprimía al máximo los encargos más complicados. La verdad era que esas pruebas evitaban que se aburriera.

La luz de octubre entraba por los ventanales del almacén de ladrillo de la parte vieja de la ciudad que había reformado para instalar su floreciente empresa y se reflejaba en el suelo de madera que había restaurado.

—Veré lo que puedo hacer. Elaboraré una propuesta y podemos reunirnos otra vez dentro de dos semanas. A ser posible, con la novia también…

Cuando se marchó la clienta, Karen hizo unas anotaciones en el ordenador, se levantó y cruzó el despacho.

—Voy a ver a Chelsea —le dijo a Dee, su ayudante, mientras se marchaba.

Dee era una joven rubia y británica que la ayudaba a organizar las bodas y a llevar la oficina y no se sorprendió, porque todos los días Karen daba un corto paseo hasta las instalaciones de su buena amiga y proveedora de las comidas. Se acercaba a Hammond & Co. para comentar asuntos de trabajo o charlar con Chelsea Hammond, que se había convertido en una amiga íntima. Además, si andaba esas dos manzanas a buena velocidad, era un ejercicio equivalente a quince minutos en la cinta mecánica.

Se puso las gafas de sol y un chaquetón ligero y se dirigió hacia el local donde Chelsea vendía comida preparada y café, además de llevar la boyante empresa de catering con una enorme cocina industrial que tenía en la trastienda. En el piso de encima había un pequeño apartamento que utilizaba como despacho.

Chelsea estaba dejando un cuenco con ensalada de quinoa en una vitrina cuando Karen entró. Supo que era de quinoa porque lo decía un cartel. Para Karen, al revés que para su amiga, la comida no era una pasión, sino un enemigo, e intentaba pensar en ella lo menos posible. No era nada aficionada a esos programas de televisión en los que unos hombres impresionantes preparaban comidas deliciosas, dos de las cosas que más le gustaban y que peor le sentaban a su figura baja y llena de curvas. Su amiga, a quien la naturaleza había bendecido con un cuerpo alto y esbelto, le dirigió su sonrisa franca aunque algo pícara.

—Perfecto, has llegado justo a tiempo para tomar un café.

—El mío con leche y acompañado por una de tus tartas de chocolate de cuatro mil calorías.

Como Karen estaba permanentemente a régimen, Chelsea arqueó una ceja.

—¿Un día complicado?

—La novia quiere una boda de tema circense. El Cirque du Soleil, nada menos.

Chelsea sirvió dos tazas de café, preparó un plato con distintos manjares y se dirigió hacia alguien que estaba en la cocina.

—Me subo un momento. Echa una ojeada a la tienda y llámame si me necesitas.

—De acuerdo —contestaron.

Subieron las escaleras al despacho.

—Me pregunto si en la noche de bodas habrá trapecistas y pirámides humanas.

—Te veo muy cáustica.

—Lo sé —Karen suspiró—. Para ti es muy fácil. Tienes un pedrusco resplandeciente en el dedo y el hombre más maravilloso del mundo está enamorado de ti, pero yo soy una divorciada amargada. La organizadora de bodas que no cree en el matrimonio.

—Claro que crees, lo que pasa es que no has encontrado al hombre adecuado.

—Tengo treinta y cinco años y las novias son más jóvenes cada año —Karen miró con melancolía la tarta de chocolate—… y más delgadas. Debería tirar la toalla y engordar tranquilamente. Si no voy a tener relaciones sexuales, por lo menos podría disfrutar comiendo.

—No estás gorda, estás voluptuosa. Te conozco. Si te comes esa tarta de chocolate, sólo te torturarás. Sin embargo, esa barrita de limón es baja en calorías.

—Eres demasiado buena conmigo.

Karen suspiró y casi se abalanzó sobre el dulce amarillo que había en el plato.

—¿Me tomas el pelo? De no ser por ti, no tendría este local tan bueno ni la mitad de actividad. Me alegro muchísimo de que me dieras una oportunidad.

Karen, mientras daba un mordisco a ese trozo del paraíso con sabor a limón, pensó que era verdad. Cuando se conocieron, Chelsea acababa de volver de una escuela de cocina en París y estaba intentando montar su empresa de catering. Cuando Karen probó su comida y charló un rato con ella, sintió una emoción muy profunda porque supo que había encontrado la pieza que le faltaba en su empresa de organizar bodas. Ningún otro organizador de bodas podría contratar los servicios de Hammond & Co., aunque era libre de servir la comida de cualquier otra celebración. Chelsea, a cambio, se llevaba todos lo caterings de Si Puedes Soñarlo, la empresa de Karen, y eran muchos.

—¿Cuándo está programada la boda circense? —preguntó Chelsea mientras abría un archivo de su ordenador portátil.

—Depende del calendario del Cirque du Soleil —contestó Karen.

—¡Caray! —exclamó Chelsea mirando a su amiga.

—Sí. Al parecer, alguien por parte del novio conoce a alguien que puede conseguir que actúen en la boda —Karen sacudió la cabeza por la cantidad de trabajo que se avecinaba—. Vamos a necesitar un espacio inmenso y muy alto. La novia piensa que a lo mejor quiere una carpa de circo como Dios manda.

—Pensaré algunas ideas para la comida —Chelsea hizo una mueca—. Aunque el circo no inspira mucho. Tendré que trabajar la decoración y la presentación —tecleó unas palabras—. Laurel sí que va a emocionarse.

Laurel era una repostera de un talento tan extraordinario, que sus tartas eran verdaderas obras de arte y arquitectura que, además y asombrosamente, estaban deliciosas. Una boda de Si Puedes Soñarlo destacaba por estar minuciosamente organizada, por una comida excelente y por una tarta sorprendente y deliciosa.

—Tienes razón. Va a encantarle. No puedo imaginarme lo que se le ocurrirá —comentó Karen.

—Eso es, precisamente, lo maravilloso de sus tartas.

—Esta mañana me ha llegado otra oferta. Ella quiere casarse en mayo o junio del año que viene, ¿tienes algún inconveniente?

Chelsea la miró con cierta perplejidad.

—No, ¿por qué iba a tenerlo?

Karen había intentado tener tacto para enterarse de cuándo pensaba casarse esa mujer que estaba prometida al hombre de sus sueños. Sin embargo, hasta el momento, la sutileza no había dado resultados.

—Me pregunto cuándo pensáis casaros David y tú. Necesitarás algunos días libres, ¿no?

Chelsea agitó la mano y el anillo de compromiso resplandeció como un arco iris.

—No te preocupes. Ya lo arreglaremos. Los dos estamos muy ocupados por ahora.

—Ese hombre tiene que decidirse —soltó Karen tajantemente.

Karen todavía no le había perdonado del todo a David Wolfe que llegara a un trato con Chelsea para que ella fingiese ser su prometida y él conseguir así un ascenso en el trabajo. Naturalmente, se enamoró perdidamente de Chelsea. Era impresionante, una cocinera excepcional y una de las mujeres más encantadoras que Karen había conocido. Entonces, ¿se había comprometido inmediatamente con esa mujer increíble? No, claro que no. Era un hombre y no se enteró de que tenía delante de las narices a la mujer más maravillosa de Filadelfia. En cambio, estuvo a punto de perderla. Karen nunca se olvidaría de esa mujer con el corazón partido que se refugió en ese sitio que usaba de despacho mientras luchaba para sacar adelante su empresa y olvidar a David.

Afortunadamente, él recuperó el juicio y ya estaban prometidos y vivían en la impresionante casa que él tenía en el centro de la ciudad. Sin embargo, ella estaría mucho más feliz cuando el compromiso se convirtiera en matrimonio. ¿Qué frenaba a David? ¿Quería perderla otra vez?

—Él está bien, de verdad. Los dos estamos bien.

Ella no se lo creyó, pero también sabía que Chelsea no era de las que se confesaba fácilmente. Hablaría cuando le pareciese bien.

Decidió que ya tenía bastante con los números de circo y las propuestas que le llegaban cada día como para preocuparse de por qué su amiga no se casaba con el hombre al que estaba prometida y, sin ganas, se bebió la taza de café.

Cuando volvió a su despacho, Karen se sentía más tranquila. Sus labios todavía sabían a limón y la idea de organizar un circo para una boda le pareció más divertida que fastidiosa.

—Los Swenson han pedido retrasar su cita media hora y han llegado dos mensajes nuevos —le comunicó su ayudante—. Los he dejado en tu mesa con el correo.

—Perfecto. Gracias.

Entró en su despacho. Sobre la mesa antigua no había nada excepto su ordenador portátil, la agenda de cuero que seguía utilizando a pesar de la tecnología, el pequeño montón de correo y los mensajes telefónicos. Tenía diez minutos hasta su cita con Sophie Vanderhooven, una clienta nueva, y ojeó la revista de bodas más reciente. Era importante estar al tanto de las últimas tendencias, aunque después de diez años en esa actividad, las tendencias le parecían bastante predecibles. Por ejemplo, con tanta incertidumbre en el mundo, las bodas estaban siendo muy tradicionales. Cuando la economía estaba en alza y las guerras en otra parte, había más parejas que se casaban en la playa o gritaban «sí, quiero» desde parapentes. Estaba leyendo un artículo sobre ramos de flores hipoalérgicos cuando su ayudante la llamó por el interfono.

—La señorita Vanderhooven y su novio han llegado.

—Gracias. Ahora mismo salgo.

Una ojeada en el espejo que guardaba en el cajón superior le confirmó que no tenía migas de pastel de limón en los labios, que el pelo rojizo estaba perfectamente recogido con un moño y que tenía el maquillaje inmaculado. Se pintó levemente los labios y volvió a ponerse los zapatos con tanto tacón que la ayudaban a creerse cerca de la altura que le gustaría tener. Ensayó una sonrisa y salió a saludar a los clientes. Cuando llegó a la recepción, se quedó petrificada con la mano medio extendida y la boca abierta para hablar, pero no dijo nada.

Normalmente, se fijaba primero en la novia porque solía ser la verdadera clienta, mientras que el novio participaba de forma secundaria. Sin embargo, el hombre que se levantó del asiento de la sala de espera no podía pasar desapercibido.

Tenía una autoridad serena, era impresionante, pero despreocupado, como esos hombres tan acostumbrados a la atención femenina, que casi no se dan ni cuenta. Unos ojos grises e inteligentes la miraron con un brillo burlón en lo más profundo de ellos. Era moreno aunque unos pequeños mechones plateados le adornaban las sienes. Ninguno de los dos habló, hasta que una voz femenina rompió el hechizo.

—Hola —la saludó tomándole la mano con frialdad—. Me llamo Sophie Vanderhooven. Encantada de conocerla. Él es Dexter Crane.

Karen, automáticamente, movió la mano arriba y abajo e intentó poner un gesto lo más parecido posible al normal.

—Encantada de conocerla —miró hacia el hombre que seguía con los ojos clavados en ella—. Señor Crane… Mmm… ¿Les gustaría pasar a mi despacho?

Se dio la vuelta y empezó a andar. Notó sus ojos en su espalda y lamentó amargamente todas las calorías que había engullido neciamente durante esos cinco años desde que vio por última vez a Dexter Crane. Tenía su orgullo y lo que menos le apetecía del mundo era parecerle gorda a su exmarido aunque fuese a casarse próximamente. Sobre todo, desde detrás.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

—¿Cuándo tienen pensado casarse el señor Crane y usted? —preguntó Karen en tono profesional.

Se había sentado detrás de la mesa y había invitado a la feliz pareja a que se sentara en dos preciosas butacas que tenía enfrente.

—No voy a casarme con Dexter —contestó ella entre unas risas muy educadas—. Es mi padrino, pero mi novio está en el extranjero y le he pedido a Dex que me acompañe para que no me deje llevar por el entusiasmo.

Ella levantó la mirada y se encontró con la de Dexter. Efectivamente, era una mirada burlona. Era un canalla y estaba disfrutando.

—Entiendo. Una escapada afortunada para usted —añadió Karen en voz baja.

—¿Cómo ha dicho?

—He dicho que ha sido afortunada al venir pronto. Hay muchas reservas. ¿Qué tiene pensado, señorita Vanderhooven?

Las ideas de la joven estaban todas sacadas de revistas de bodas.

—También he pensado que el ramo debería ser hipoalérgico por si alguien tiene alergia, pero estoy abierta a cualquier propuesta.

Se hizo una pausa y Karen la dedicó a tomar notas para poder pensar en las preguntas que la ayudarían a descubrir lo que la novia podía querer de verdad y que no cambiara de idea con cada revista nueva que viese en los quioscos.

—Yo no voy a casarme —intervino Dexter—, pero siempre he pensado que estaría bien algo menos envarado. Por ejemplo, una boda en el jardín.

A Karen se le resbaló la pluma y se dio cuenta de que tenía las manos sudorosas. Dex y ella se habían casado en un jardín con rosas y lirios, su flor favorita. Se sintió transportada a aquel día mágico en el que, necia de ella, había creído que empezaría su felicidad para toda la vida.

—Estoy segura de que la señorita Vanderhooven tiene grandes ideas para su propia boda.

—La verdad es que no —reconoció la novia—. Estoy abierta a todas las ideas y Andrew siempre hace caso a Dexter. Por eso hemos pensado que, si venía él, sería mejor.

—Dexter es un nombre poco frecuente —Karen frunció el ceño—. Me recuerda a un asesino en serie de televisión.

Dexter le dirigió una mirada ligeramente amenazante y explicó que Dexter era el apellido de soltera de su madre, como si ella no lo supiera perfectamente. Entonces, se levantó.

—Creo que prefiero estar de pie. Señorita Petersham, ¿le importa si la llamo Karen? Se llama Karen, ¿verdad? —él, naturalmente, no esperó a que contestara—. Verás, Karen, casi todo el mundo quiere sentir que el matrimonio es para toda la vida y por eso quiere algo que vaya a significar algo durante cincuenta años. Quiere una boda que puedas recordar con agrado.

Ella notó que se ponía roja al mirarlo a los ojos.

—¿De verdad?

 

 

Karen tuvo un dolor de cabeza espantoso durante el resto del día. Sabía que no era sólo por la tensión de haber vuelto a ver a Dexter, sino, también, por no haber comido. Naturalmente, sabía que privarse de unas calorías no iba a conseguir que de repente fuese delgada y tan alta que pudiese mirar a Sophie Vanderhooven directamente a los ojos… y escupir a los de Dexter. Aun así, no comió aunque sabía que eso le sentaba mal y que todos los libros de dietas lo desaconsejaban.

Como no tenía más citas, se puso a trabajar con las cuentas del mes, algo que no tenía mucho sentido porque no podía concentrarse. Sólo podía revivir el momento en el que Dexter había vuelto a entrar en su vida. Peor aún, estaba claro que él, Sophie y el novio ausente habían decidido nombrarlo novio suplente y ayudante de la organización de la boda, algo que hizo que sacara el frasco de analgésicos y se tomara dos con un sorbo del agua sin calorías que tenía en la mesa.

Dee asomó la cabeza por la puerta unos minutos antes de las cinco.

—¿Te importa si me marcho? —le preguntó con una sonrisa—. Tengo que pasar por casa y cambiarme para la cita de esta noche.

Claro, Dee era delgada, joven, guapa y tenía un acento británico que gustaba mucho, pero tenía más citas de las que le parecían justas.

—¿Dónde conoces a tantos hombres?

—En Internet —contestó la joven con un brillo de emoción en los ojos azules—. Es divertidísimo. Deberías intentarlo.

—¿Citas por Internet? Parece muy desesperado…

—No lo es. Lo hago a menudo. Nuestro problema es que trabajamos en una actividad que sólo atiende a mujeres y los hombres que vienen por aquí ya están pillados. Sinceramente, deberías intentarlo.

—No sé…

—Haremos una cosa. Mañana te prepararé un perfil y te enseñaré cómo se hace. Es muy fácil y te da la posibilidad de conocer cosas de alguien antes de perder el tiempo quedando con él.

—Supongo que no debería tener prejuicios…

Normalmente, se habría burlado, pero haber visto a Dexter había hecho que se sintiera más soltera de lo habitual y levemente desesperada.

—Te divertirás, te lo prometo.

Una mujer delgada con el pelo de muchos colores apareció por detrás de Dee, parpadeó y miró alrededor como si no supiera dónde estaba ni qué hacía allí.

—Hola, Laurel —le saludó Dee.

—Hola.

—¿Qué te parece Plenty of Phillys?

—¿La página de citas por Internet?

—Exactamente.

Laurel sacó un cuaderno de dibujo de un bolso con el símbolo de la paz.

—No me parece nada, ¿Por qué?

—Sinceramente, Laurel, ¿cómo puedes moverte por el mundo real? No te pregunto si ves la página como cuando meditas sobre la paz mundial con las piernas cruzadas, te pregunto qué te parece que Karen se cite con alguien por Internet.

—Ah… —la repostera desvió sus ojos enormes hacia Karen—. ¿Quieres conocer hombres por Internet?

—Claro que sí, está desesperada —aseguró Dee—. Además, tú también deberías intentarlo —Dee sonrió de oreja a oreja—. Bueno, hasta mañana.

—Que te diviertas esta noche.

Dee se marchó y Karen se dirigió a Laurel.

—No es que vaya a hacerlo, sólo estoy pensándolo.

—Creo que deberías hacer lo que te haga feliz.

Lo más asombroso de Laurel era que, cuando decía cosas tan disparatadas como ésa, las decía en serio.

—Sé que lo crees. Bueno, ¿qué me has traído?

Laurel tenía la costumbre de llevarle los bocetos de las tartas para que les diera el visto bueno. No hacía falta porque todo lo que había hecho era increíble, pero Karen sospechaba que agradecía tener la tranquilidad de su aceptación. Sin embargo, habría preferido que no le llevara los dibujos de esos manjares porque se le hacía la boca agua sólo de verlos en el cuaderno. Sobre todo, al final de una jornada que le había dejado con la fuerza de voluntad bajo mínimos.

Después de haber aprobado media docena de dibujos y de haber repasado la coordinación y el reparto de las tartas de ese fin de semana, Laurel se marchó y ella volvió a las cuentas.

Después de ceder al hambre y de haber devorado una comida preparada baja en calorías, siguió otro par de horas luchando con la contabilidad. Cuando oyó el timbre que anunciaba una visita de última hora, no se sorprendió. En cierto sentido, lo había esperado. ¿No hacía caso o abría la puerta? Suspiró, se subió a sus tacones de aguja y fue muy despacio hasta la puerta de la oficina.

En la penumbra, le pareció casi un desconocido. Era muy alto y elegante y, además, ya no era suyo, se recordó implacablemente.

—Tienes buen aspecto, Kiki.

Ella sonrió sin querer.

—Hacía años que nadie me llamaba así.

—Perfecto. ¿Puedo entrar?

Hacía frío y, entonces, ella se dio cuenta de que estaban en la puerta. Retrocedió para dejarle paso.

—Claro.

Él volvió a seguirla hasta el despacho y miró alrededor como si no hubiese estado allí.

—Está bien este sitio. Te ha ido bien por tu cuenta.

Nada comparado con él. Después de que se separaran, se había convertido en unos de los mejores arquitectos de Nueva York, el arquitecto al que acudir para devolver el esplendor desvaído a lo mortecino. Era un entusiasta de recuperar y modernizar el patrimonio histórico y de proyectar edificios nuevos o ampliaciones para adecuar zonas viejas. Le gustó que aprobara su forma de aprovechar ese edificio antiguo a la vez que había conseguido instalar aparatos ultramodernos.

—¿Eres la propietaria del edificio?

—No es de tu incumbencia, pero sí, lo soy.

—Una chica lista.

—Demasiado lista para que me cameles —Karen suspiró—. ¿Qué quieres, Dex?

—No lo sé —él se rascó la cabeza y ella clavó la mirada en ese pelo moreno y tupido que recordaba tan bien—. Evidentemente, sabía que ésta era tu oficina, pero me pareció que sería divertido darte una sorpresa.

—Efectivamente, me has dado una sorpresa.

Aunque no le pareció tan divertido que casi le diera un infarto.

—No le has contado a Sophie nada de nuestro pasado —comentó él con sus perspicaces ojos grises mirándola fijamente.

—No me ha parecido conveniente para mis intereses sacar a colación mi divorcio cuando ella ha venido a organizar su boda. ¿Se lo has contado tú? —le preguntó ella con sarcasmo.

—No —contestó él, tomando la pluma Montblanc de oro que ella tenía en la mesa—. Decidí dejártelo a ti.

Él le regaló la pluma en los buenos tiempos y, en ese momento, se sintió molesta consigo misma por ser tan sentimental de usarla todos los días.

—Entonces, ¿no vamos a contarle a la feliz pareja que la organizadora de su boda y el padrino estuvieron casados?

—No, creo que no.

—¿Y por qué nos odiamos el uno al otro?

Él dejó la pluma y se puso muy recto.

—Nunca te he odiado. Ése es tu negociado.

Ella apretó los labios para no gritar que lo añoraba y consiguió hablar de otra cosa.

—¿Qué haces aquí, Dex? En esta ciudad, quiero decir. Trabajas en Nueva York…

—Sí, pero estoy preparando un proyecto aquí, en Filadelfia. Es un notable edificio antiguo que ha sido vivienda, almacén y casa de huéspedes entre otras cosas —sus ojos brillaron con entusiasmo—. Es como una señora mayor y cansada, pero con un esqueleto asombroso. Sus mejores rasgos arquitectónicos originales están intactos y el cliente quiere aprovecharlos además de actualizar el edificio. Va a ser un hotel exclusivo con tiendas.

—Suena muy bien y, además, es precisamente lo que te gusta hacer.

—Sí, quiero que me lo den. Si lo consigo, vas a verme muy a menudo.

Ella arqueó una ceja.

—Ayudando a Sophie y Andrew a organizar la boda —aclaró él.

Le pareció tan sincero, tan bueno y sexy, que por un momento olvidó el motivo por el que se divorció de él. La rubia alta y escultural que encontró medio desnuda y enroscada a su marido. Lo más triste de aquel chasco fue que se dio cuenta de que Dexter y la exmodelo parecían hechos el uno para el otro; eran dos personas altas, glamurosas y extraordinarias.

—Se te da bien organizar bodas, aunque no tanto permanecer fiel —replicó ella con saña.

—Como he dicho, el odio siempre ha sido tu negociado.

—Bueno, ya lo he superado. He aceptado que nuestro matrimonio fue un error.

Gracias a muchas sesiones de llantos con amigas y a otras bastante más caras con un psicólogo.

—Tampoco luchaste mucho por él.

Esa ira tan conocida empezó a abrasarla por dentro, pero se mordió la lengua y contó hasta diez, hasta doce, y se tranquilizó.

—¿Por qué iba a luchar para conservar a un marido infiel?

—No sé por qué me molesto, pero te repito que nunca me acosté con esa mujer. Estaba borracha y fuera de sí.

—No me pareció que estuvieras haciendo gran cosa para quitártela de encima…

—Estaba intentándolo, te lo aseguro, y esa noche me habría venido muy bien tu ayuda si no te hubieses dado la vuelta para abandonarme.

Cuánto le gustaría poder creerlo, haberlo creído hacía seis años, cuando pasó, pero no lo creyó, y no pudo imaginarse viviendo con un hombre que tenía un concepto tan bajo de ella.

—Supongo que nos equivocamos el uno sobre el otro.

—Supongo.

Él se metió las manos en los bolsillos y se apoyó en la mesa. Parecía ridículamente masculino en contraste con las líneas femeninas del mueble, como si pudiese partirse bajo su peso. Sin embargo, el mueble, como ella, era más fuerte de lo que parecía.

—Sigues siendo la mujer más sexy que he conocido.

—Por favor… —replicó ella con un resoplido.

—Quizá fuese que nos compenetrábamos muy bien. Echo de menos muchas cosas de ti, pero, sobre todo, te echo de menos en mi cama.

Él la miró con tal intensidad, que la sangre empezó a bullirle. Claro que se acordaba. Cuando no maldecía a ese hombre por su infidelidad, lo maldecía por haberle un dado un placer sexual como no había conocido ni antes ni después. Era devastador; una veces tierno y otras obsceno, pero siempre muy íntimo. Le agradaba que él tampoco hubiera vuelto a encontrarlo… o, al menos, eso decía. ¿Cómo iba a saberlo? Hizo un esfuerzo para mirarlo a los ojos con frialdad. Tomó aliento y dijo la mayor mentira de su vida.

—Yo no te he echado de menos.

Debería haberse acordado de que no había nada que despertara tanto los instintos competitivos de Dexter como un desafío. Captó un destello en sus ojos, una mezcla de furia, lujuria y otras emociones que no supo distinguir.