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Nunca los negocios habían sido tan apasionantes... Azure O'Connor, hermana de Karma, estaba en la ciudad mezclando los negocios con el placer: para asistir a la boda de su hermana y visitar a un importante empresario. Pero no sospechaba que ese hombre era ni más ni menos que Leonardo Santori, también conocido como Lee Sanders, el guapísimo caballero que había conocido en la boda de Karma y que ahora la perseguía incesantemente. ¿Sería aquello una aventura de verdad?
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Seitenzahl: 145
Veröffentlichungsjahr: 2016
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Pamela Browning
© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Una aventura de verdad, n.º 1429 - octubre 2016
Título original:A Real-Thing Fling
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Publicada en español en 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-9006-0
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Notas para hoy:
Acudir al banquete y volver a Boston antes de que esta familia de desequilibrados me vuelva loca. Mi madre gritando que la boda no debería celebrarse en la playa, mi padre pavoneándose… Mi hermana Isis, para variar, perdió las maletas y a su hijastro durante dos horas. Mi hermana Karma también parece haber perdido algo; la cabeza, seguramente. ¿Cómo se explica que vaya a casarse con un vaquero y a vivir en un rancho lleno de vacas? Mi otra hermana, Mary Beth, está pasando un año en Israel, así que no podrá acudir a la boda porque tiene muchas obligaciones como rabino.
Afortunada Mary Beth…
Azure O’Connor guardó la agenda en el bolso e intentó poner cara de póquer mientras el sacerdote que unía a Karma y a su querido Slade en santo matrimonio hablaba de las maravillas del amor. Aunque, en su opinión, el amor no existía.
Existía el deseo, existía la ilusión, existía…
Pero allí estaba su tío Nate, de setenta y cinco años, mirando con ojos de cordero degollado a Leah Rothstein, una mujer de edad indeterminada que, casi seguro, había pasado más de una vez por el quirófano para estirarse la cara. Se habían casado dos meses antes, cuando su tío se recuperó del infarto.
Azure apartó la mirada. No le apetecía ver más tortolitos de los necesarios.
—… puede besar a la novia —estaba diciendo el sacerdote.
Descalza, con flores en el pelo, Karma se volvió hacia Slade con los ojos brillantes. Él la tomó en sus brazos y la besó apasionadamente, mientras los invitados aplaudían.
Azure sintió que sus tacones de aguja se hundían cada vez mas en la arena de Miami Beach. Ella no se había quitado los zapatos, como la mayoría de los invitados. En eso le daba la razón a su madre: una boda en la playa era un desastre. Al aire libre, con la gente mirando… Además, ella era una persona muy ordenada y la molestaban tanto el viento que deshacía su recogido francés como la arena que se le metía en los ojos.
Eso tenía que ser, la arena. No estaba llorando por aquella tonta boda.
Azure parpadeó varias veces pero notó, horrorizada, que una lágrima rodaba por su mejilla. Esperando que nadie la hubiese visto, la apartó de un manotazo repitiendo su mantra favorito: «El amor no existe, el amor no existe, el amor no existe».
Cuando su visión se aclaró, vio a un hombre que la miraba con expresión divertida.
Era una mirada extraña. La mirada esperanzada de un hombre que intuía la posibilidad de… ¿de qué? De darse un revolcón, seguramente. Y ella, desde luego, no era una candidata.
La pareja feliz se volvió hacia los invitados, frente a un mar de color azul amatista. En ese momento, alguien soltó un montón de pájaros… ¿palomas, gaviotas?, que salieron volando hacia el horizonte, sus alas teñidas de color rosa por el sol. Karma besó a su marido en la mejilla y él la estrechó entre sus brazos.
Azure volvió a cerrar los ojos: «el amor no existe, el amor no existe».
Su prima Paulette le dio un golpecito en el brazo.
—Qué romántico, ¿verdad? Nunca había visto a Karma tan feliz. Hasta parece más bajita, ¿verdad?
Azure O’Connor levantó los ojos al cielo. Paulette tenía unas ideas muy raras sobre lo que era un halago. Karma era muy alta, sí. Y también era preciosa.
Cuando se volvió para observar al resto de los invitados volvió a fijarse en el hombre que la miraba con interés. Era muy alto, de pelo rubio y hombros como el marco de una puerta. Y tenía una expresión… casi diría que tenía expresión de cachorro.
Maniobrando para que Paulette quedase entre ellos, Azure se quitó una motita de arena del traje de chaqueta gris, que no pegaba nada con el atuendo medio hippy del resto de los invitados. Las palomas que acababan de soltar debieron de pensar lo mismo porque una de ellas soltó su regalo de boda… precisamente en su solapa.
«Genial», pensó Azure. «Karma se casa y a mí me tiran la porquería».
Podría haber sido ella quien se estuviera casando aquel día si su novio, Paco, no se hubiera vuelto loco por un par de pechos. Un par de pechos que iban pegados a una de sus mejores amigas.
Seguramente era mejor haber descubierto a tiempo que Paco era un mujeriego. Al menos, eso era lo que llevaba seis meses diciéndose a sí misma. Pero después de muchos años besando ranas con la esperanza de que alguna se convirtiera en príncipe, esa desilusión la había afectado más de lo que quería admitir.
Azure se volvió. El hombre con expresión de cachorro era tan alto que destacaba entre todos los invitados. Y seguía mirándola.
Pero ella no le hizo ni caso. Además, no pensaba quedarse mucho rato en el banquete. Estaba deseando volver al apartamento de Paulette y meterse en la cama. Entre el cansancio del viaje y el mareo de los invitados empezaba a tener sueño.
Por supuesto, Karma eligió música de cítaras para el banquete. Ella, tan original como siempre. Quizá la música de una cítara era agradable para hacer el amor, pero para un banquete de boda…
Además, Azure no tenía ninguna intención de hacer el amor. Después de Paco, no quería saber nada de los hombres.
El banquete se celebró en la terraza del apartamento de Karma, una monstruosidad de color rosa. Blue Moon se llamaba el edificio. Bajo la luz de las primeras estrellas, Azure se limpió la solapa del traje con soda, besó a su hermana en la mejilla y estrechó la mano del novio. Su madre, mientras tanto, le estaba contando a Goldy, la extravagante conserje del edificio, que se dedicaba a hacer pasteles con formas anatómicas.
Azure saludó a la última novia de su padre, una viuda rica a la que conoció mientras le enseñaba a bailar tangos en un crucero, escuchó la interminable charla de su abuela sobre su última visita al fisioterapeuta y luego encendió el móvil para ver si tenía algún mensaje.
—Azure, necesito ayuda —le dijo su hermana Isis. Detrás de ella había una amiga de su abuela que parecía muy angustiada.
—Es que se me ha roto la hebilla del zapato —suspiró la señora Hockleburg—. Los jóvenes pueden ir descalzos, pero yo…
Azure sintió pena por la pobre mujer, que había llevado a su abuela en coche desde Connecticut.
—¿Quiere que intente arreglarla?
—Sí, por favor.
La señora Hockleburg se dejó caer en una silla para quitarse el zapato.
—Mire, no está rota —sonrió Azure—. Solo se ha movido… así, ¿ve? Ya está.
Mientras le estaba poniendo el zapato a la anciana, vio por el rabillo del ojo que el hombre de la playa seguía atentamente todos sus movimientos.
—¡Azure, por fin te encuentro! —exclamó su madre—. Casi no te he visto y mi avión sale a las nueve de la mañana. Me habría gustado que fuéramos a comer todos juntos mañana, pero…
—No te preocupes, mamá. Ya nos veremos en otra ocasión.
—Tienes que ir a verme a Sedona. Prométemelo.
—Te lo prometo.
—Cuando vayas a verme, te haré tu plato favorito: ensalada de queso de cabra.
Azure no tuvo valor para decirle que la ensalada de queso de cabra jamás había sido su plato favorito. Y que, como sus tres hermanas, ya no era vegetariana. Su madre no lo sabía y era mejor que no lo supiera.
—Me marcho, mamá. Te llamaré mañana, antes de que salgas para el aeropuerto.
—Muy bien, cariño.
Azure se dirigió a la puerta, haciendo un quiebro para evitar al camarero que le ofrecía una bandeja de canapés macrobióticos. Se despidió de su padre, saludó a la viuda y rechazó la invitación de ir a verlo a Key West.
—Tienes que venir, hija.
—No puedo, de verdad. Tengo mucho trabajo.
Estaba muerta de sueño después de aquel banquete caótico. Aunque debía reconocer que la panorámica de Miami Beach desde la terraza era memorable. Desgraciadamente, su prima Paulette la estaba esperando en la puerta de la terraza, con su sonrisa más luminosa. Una sonrisa que le recordaba la dentadura de un tiburón.
—Azure, cariño…
¿Desde cuándo la llamaba cariño? Paulette siempre se había llevado mal con sus primas, que solían hacerle la vida imposible cuando eran pequeñas.
—Dime.
—Te presento a mi cliente, el señor… —antes de que Paulette terminara la frase, Azure se había dado cuenta de que el susodicho cliente era el tipo con ojos de cachorro.
—Lee —dijo él, mirándola de arriba abajo. Y ella tuvo la impresión de que la imaginaba en ropa interior… o con menos ropa todavía.
—Encantada. Bueno, me voy a dormir. Adiós.
Afortunadamente, en ese momento la gente se apartó de la puerta y Azure se dirigió hacia ella como si la persiguiera una manada de perros salvajes.
Una vez en el apartamento de Paulette, se tumbó en el sofácama del salón, suspirando. Se quedó dormida oyendo las risas en la terraza.
Resumen de la boda al día siguiente: Nunca me casaré. Es un fastidio para todos los miembros de la familia. Odio Miami Beach. Hace calor, es muy húmedo y hay bichos. Estoy deseando meterme en uno de los famosos atascos de Boston para respirar el olor a humo mientras voy a la oficina. Además, tengo que ir al gimnasio porque estoy perdiendo los abdominales. Y me ha engordado el trasero. Lo noté, horrorizada, cuando iba de la playa al banquete.
Azure guardó su agenda bajo la almohada y se estiró, bostezando. Paulette estaba haciendo mucho ruido en la cocina.
—¿Azure? —su prima apareció en la puerta, con la cara lavada—. Me alegro de que te levantes temprano. Sabía que nos llevaríamos bien.
Azure no estaba tan segura. En realidad, no se habría despertado tan temprano si Paulette no hubiera estado haciendo ruido en la cocina, pero prefirió no decir nada.
—Buenos días.
—He hecho café.
—Ah, qué bien.
—Después de desayunar, puedes ir a Haulover Beach. Hay menos gente que en Miami Beach y yo no necesito el coche.
Traducción: Paulette quería estar sola en el apartamento. Pero ir a dar una vuelta por la playa sonaba bastante bien.
—Muchas gracias —murmuró Azure, levantándose—. ¿No quieres venir conmigo?
—No puedo, tengo muchas cosas que hacer. ¿Quieres que te haga unos huevos revueltos?
—No, gracias.
—Las llaves del coche están al lado de la puerta. Haulover Beach está en el sur, por la carretera… ¿cómo se llama? Bueno, no sé, pero está muy bien indicado.
Azure llamó a su madre para despedirse y luego a Isis, cuyo hijastro pequeño le recitó un largo y aburrido poema sobre un cangrejo. Media hora después, se dirigía hacia la playa en el Volkswagen amarillo de Paulette… un coche tan raro para ella como la música de cítaras.
Estaba deseando volver a Boston, a su elegante apartamento, su coche, su música clásica… Además, en Boston nadie la llamaba Azure. La llamaban A.J., aunque nadie sabía que la J era por Jonquille, el segundo nombre que sus estrambóticos padres le habían puesto. Llevaba toda su vida rebelándose contra ese nombre… y contra sus padres.
La playa de Haulover era enorme y había muy poca gente, lo cual le resultó extraño. Pero no tardó mucho en encontrar un lugar solitario para tomar el sol. Después de colocar la toalla, se puso crema, se tapó la cara con una gorra y cerró los ojos.
La despertaron las risas de un grupo de gente que jugaba al volley playa. Azure no se quitó la gorra de la cara, intentando así que los invasores la creyesen dormida y se fueran a otra parte, pero no funcionó. Y cuando, por culpa del jueguecito, empezaron a llenarla de arena, tuvo que incorporarse.
Lo que vio la dejó perpleja. El grupo de jugadores de volley estaba justo a su lado… e iban completamente desnudos. Ellos y ellas. Absolutamente desnudos, como si tal cosa.
Iba a matar a Paulette. ¿Por qué no le había dicho que Haulover era una playa nudista? Quizá era una forma de vengarse por las bromas que le hacían cuando eran pequeñas. De todas formas, le diría un par de cosas en cuanto la viese…
En ese momento, vio a un hombre saliendo del agua. Era un hombre muy alto, de hombros anchísimos, muy bronceado. Y tenía un cuerpazo. El desconocido se acercó a ella.
—Vamos. Necesitan un par de jugadores más.
¡Oh, no! No lo había reconocido de momento porque llevaba el pelo echado hacia atrás y… porque iba completamente desnudo. Aquel era el tipo que la miraba en la boda, el tipo que Paulette le presentó cuando se marchaba. El cachorro.
¿Cachorro? Ja, ja. A juzgar por sus… en fin, no tenía nada de cachorro. Pero no podía seguir tumbada allí, mirando… en fin. Aunque debía reconocer, ella, una persona que admiraba la simetría, que aquel hombre era simétrico. Dos ojos grises, dos orejas bien formadas, dos… en fin. Y llevaba un tatuaje bajo el ombligo… una rana. ¿Una rana?
Azure se levantó de un salto, nerviosa. Él pareció entender el gesto como de asentimiento y la tomó de la mano.
—Pero oiga…
—¡Cuidado! —gritó alguien.
Había una pelota volando por el aire y, para evitar una conmoción cerebral, Azure la agarró al vuelo. Solo lo había hecho en defensa propia, pero los jugadores empezaron a aplaudir.
Curiosamente, el gesto de aprobación no le resultó desagradable después de dos días soportando las preguntas de su familia sobre su vida amorosa, su vida profesional y su falta de aficiones… ninguna de las cuales había contestado satisfactoriamente. Pero de todas formas… ¡aquella gente iba desnuda!
—¿No quieres relajarte un poquito? —le preguntó el tal Lee, con una sonrisa en los labios.
Traducción: «¿Por qué no te quitas el bañador?»
Pero Azure no pensaba hacerlo. No quería que viese su falta de abdominales y su trasero blando.
—En realidad, tengo que irme —dijo, volviéndose para guardar la toalla.
—¿Adónde vas? —preguntó él, plantando su tatuaje y el resto de sus considerables atributos directamente frente a ella.
—Pues…
Absurdamente, pensó que aquel tipo no debía de preocuparse por tener nada blando. Y cuando miró hacia abajo, sin querer, ese pensamiento se confirmó del todo. Colorada como un tomate, Azure se volvió.
—Podríamos quedar más tarde para tomar algo —sugirió él, tan tranquilo.
—Me temo que no, señor Lee.
—Lee es mi nombre, no mi apellido.
En ese momento, Azure vio el cartel que avisaba de que aquella era una playa nudista. Demasiado tarde, evidentemente.
Había sabido desde el principio que habría gente muy rara en la boda de Karma. Como por ejemplo, el tal Lee. Y por eso iba a matar a su prima, pensó mientras se dirigía al aparcamiento sin despedirse siquiera del Adonis.
Cuando llegó al apartamento, dispuesta a poner a Paulette de vuelta y media, la susodicha estaba hablando por teléfono.
—Sí, la pobre tiene una enfermedad que hace que se le caiga el pelo… pero es muy atractiva —Paulette hizo una pausa—. Sí, a la cliente 1799 le encanta la jardinería. Le daré su número de teléfono —añadió, antes de colgar—. Uf, qué pesados son algunos…
—¿Cómo has podido mandarme a una playa nudista? —le espetó Azure—. ¡La gente estaba jugando al volley sin nada encima!
Paulette sacó una botella de Evian de la nevera.
—¿Era una playa nudista?
—Te lo aseguro. Pechos desnudos, traseros desnudos…
—Ya, ya, entiendo. ¿Has conocido a alguien?
—Me he encontrado con el tal Lee. ¡Y además de ir completamente desnudo tenía un tatuaje! ¡Una rana!
—Ah, ya veo. O, más bien, no lo he visto. ¿Cómo iba a saber yo que era una playa nudista? —replicó su prima, como si no pasara nada.
—¿No me has mandado allí para vengarte?
—¿Vengarme de qué?
—De las bromas que te gastábamos de pequeña —contestó Azure.
—Pensé que ya habíamos olvidado eso —suspiró Paulette.
—Sí, bueno…
—¿No irás a pedirme que ponga la lengua en la cubitera? —rio su prima.
—¿Te dolió mucho? —preguntó Azure, sin mirarla.
—Pues sí, me dolió. Pero es que entonces era un poco tonta.
—Lo siento mucho, de verdad. Nos portábamos fatal contigo.
Era cierto. Una vez le dieron un bocadillo con comida de gato. En otra ocasión, la convencieron para que fumase en los pasillos del colegio, diciéndole que era bueno para la salud… Y, sin embargo, Paulette nunca se chivó, nunca le dijo a nadie que sus primas eran las culpables de todo.
—No te preocupes, estás perdonada. Además, debo confesarte que te he buscado una cita.
—¿Cómo?
—Una cita con mi cliente número 1851.
