Una bofetada de realidad - Russ Harris - E-Book

Una bofetada de realidad E-Book

Russ Harris

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Beschreibung

ENCUENTRA TU CAMINO Y FLORECE EN ÉPOCAS DE CRISIS Una 'bofetada de realidad' adopta muchas formas distintas. En ocasiones se asemeja más a un puñetazo: la muerte de un ser querido, una enfermedad grave, un divorcio, la pérdida de un empleo, un terrible accidente o una traición inesperada. A veces es un poco más suave. La envidia, la soledad, el resentimiento, el fracaso, la decepción y el rechazo también pueden doler mucho. Pero cualquiera sea la forma que tome tu bofetada de realidad, una cosa es segura: ¡duele! Y la mayoría de nosotros no sabe muy bien cómo lidiar con el dolor. Una bofetada de realidad ofrece un camino de cuatro partes para sanar de las crisis basándose en la terapia de aceptación y compromiso. En estas páginas aprenderás a: ' Encontrar la paz en medio de tu dolor. Redescubrir la calma en medio del caos. Convertir las emociones difíciles en sabiduría y compasión. Encontrar satisfacción, incluso cuando no puedas conseguir lo que quieres. Sanar tus heridas y emerger más fuerte que nunca.

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Seitenzahl: 314

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RUSS HARRIS

UNA BOFETADA DE REALIDAD

***

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Puede consultar nuestro catálogo en www.edicionesobelisco.com

Colección Psicología y Autoayuda

UNA BOFETADA DE REALIDAD

Russ Harris

1.ª edición en versión digital: octubre de 2020

Título original: The Reality Slap

Traducción: Verònica d’Ornellas

Maquetación: Marga Benavides

Corrección: M.ª Ángeles Olivera

Diseño de cubierta: Enrique Iborra

Maquetación ebook: leerendigital.com

© 2011, Russ Harris & Exisle Publishing Ltd.

(Reservados todos los derechos)

© 2020, Ediciones Obelisco, S.L.

(Reservados los derechos para la presente edición)

Edita: Ediciones Obelisco S.L.

Collita, 23-25. Pol. Ind. Molí de la Bastida

08191 Rubí - Barcelona - España

Tel. 93 309 85 25 - Fax 93 309 85 23

E-mail: [email protected]

ISBN EPUB: 978-84-9111-637-0

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada, trasmitida o utilizada en manera alguna por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o electrográfico, sin el previo consentimiento por escrito del editor.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Índice

 

Portada

Una bofetada de realidad

Créditos

Dedicatoria

Introducción. La bofetada y la brecha

Parte 1. Después de la bofetada

Capítulo 1. Los cuatro pasos

Capítulo 2. Presencia, propósito y privilegio

Parte 2. Sé amable contigo mismo

Capítulo 3. Una mano bondadosa

Capítulo 4. Volver al presente

Capítulo 5. La voz de su amo

Capítulo 6. Pon la película en pausa

Capítulo 7. Vivir y soltar

Capítulo 8. La tercera forma

Capítulo 9. Una mirada curiosa

Capítulo 10. Quítate las gafas

Capítulo 11. La sabiduría de la amabilidad

Parte 3. Echa el ancla

Capítulo 12. A unas anclas de distancia

Capítulo 13. Regresar al hogar

Parte 4. Posiciónate

Capítulo 14. ¿Cuál es mi propósito?

Capítulo 15. Propósito y dolor

Capítulo 16. ¿Qué es lo que realmente importa?

Capítulo 17. Los cuatro enfoques

Capítulo 18. Sostener las brasas

Capítulo 19. Nunca es demasiado tarde

Parte 5. Encuentra el tesoro

Capítulo 20. Es un privilegio

Capítulo 21. Detenerte y mirar

Capítulo 22. Transformar el dolor en poesía

Apéndice 1. Técnicas de defusión y neutralización

Apéndice 2. Consciencia de la respiración

Apéndice 3. Clarificación de valores

Apéndice 4. Establecer objetivos

Apéndice 5. ABA, TMR y desarrollo infantil

Recursos

Agradecimientos

DEDICATORIA

A mi precioso hijo. Mientras escribo este libro sólo tienes cinco años de edad y, sin embargo, eres de lejos mi mayor maestro. Gracias por enseñarme tanto sobre la vida y el amor; por ayudarme a crecer y a desarrollarme; por traer tanta alegría y tanto cariño a mi vida. Te quiero más de lo que las palabras pueden expresar.

Introducción

LA BOFETADA Y LA BRECHA

¿Cuándo fue la última vez que recibiste una bofetada de realidad? Todos hemos recibido muchas en nuestras vidas: son esos momentos en los que, repentinamente, la vida nos da un golpe doloroso. Es una conmoción, y duele, y nos desequilibra. Nos esforzamos por mantenernos en pie y a veces nos caemos.

La bofetada de realidad puede adoptar muchas formas. En algunas ocasiones es tan violenta que se asemeja más a un puñetazo: la muerte de un ser querido, una enfermedad o lesión grave, un terrible accidente, un crimen violento, un niño discapacitado, una bancarrota, una traición, un incendio, una inundación o un desastre. En otras ocasiones, la bofetada es un poco más suave: ese repentino instante de envidia cuando nos damos cuenta de que alguien tiene lo que nosotros queremos; esas punzadas agudas de soledad cuando nos damos cuenta de cuán desconectados estamos de los demás; esa explosión de ira o resentimiento ante algún tipo de maltrato; esa conmoción breve y punzante que experimentamos cuando divisamos nuestro reflejo y no nos gusta lo que vemos; y esas dolorosas puñaladas de fracaso, decepción o rechazo.

A veces, la bofetada se convierte rápidamente en un recuerdo: un momento fugaz, un breve «despertar brutal». En otras ocasiones, nos deja inconscientes y deambulando aturdidos durante días o semanas. Sin embargo, con independencia de la forma que adopte, una cosa es segura: la bofetada de realidad duele. No la esperamos, no nos gusta y definitivamente no la deseamos. Y, por desgracia, la bofetada es sólo el comienzo. Lo que viene después es mucho más duro. Porque una vez que la bofetada nos ha despertado, nos enfrentamos a la brecha.

La llamo una «brecha en la realidad» porque, por un lado, está la realidad que tenemos y por el otro, está la realidad que deseamos. Y cuanto más grande es la brecha entre esas dos realidades, más dolorosos son los sentimientos que surgen: envidia, celos, miedo, decepción, conmoción, pena, tristeza, enojo, ansiedad, indignación, terror, culpa, resentimiento, y quizás incluso odio, desesperación o repugnancia. Y, aunque la bofetada normalmente se acaba pronto, la brecha persiste durante días, semanas, meses, año, e incluso décadas.

La mayoría de nosotros no estamos preparados para lidiar con grandes brechas en la realidad. Nuestra sociedad no nos enseña a manejarlas, o mejor dicho, no nos enseña a manejarlas eficazmente, de una forma en que podamos crecer y hallar una satisfacción duradera. Cuando nos encontramos con una brecha en la realidad, nuestro primer instinto es intentar cerrarla; tomamos medidas para cambiar la realidad de manera que se adecúe a nuestros deseos. Y si tenemos éxito, la brecha se cierra y nos sentimos bien. Nos sentimos felices, satisfechos o tranquilos, con una sensación de logro o alivio. Y eso está muy bien. Después de todo, si hay algo que podemos hacer para obtener lo que deseamos en la vida –y si no es una actividad criminal y no va en contra de nuestros valores, y no nos va a crear mayores problemas–, entonces tiene sentido hacerlo.

Pero ¿qué ocurre cuando no podemos conseguir lo que queremos? ¿Qué hacemos cuando no podemos cerrar esa brecha en la realidad; cuando un ser querido muere, o nuestra pareja nos deja, o nuestros hijos se mudan al extranjero, o no podemos tener hijos, o nuestro niño tiene una discapacidad grave, o no le caemos bien a alguien con quisiéramos tener una amistad, o perdemos la vista, o nos diagnostican una enfermedad incurable o crónica, o no somos tan listos o talentosos o guapos como nos gustaría? ¿Y qué ocurre cuando podemos cerrar la brecha en la realidad, pero nos va a llevar muchísimo tiempo? ¿Cómo le hacemos frente entretanto?

En una ocasión leí un artículo que afirmaba que todos los libros de autoayuda podían agruparse en dos categorías: aquellos que afirman que puedes tener todo lo que siempre has deseado en la vida si te lo propones, y aquellos que dicen que no puedes tener todo lo que deseas, pero aun así puedes llevar una vida enriquecedora y gratificante. Este libro pertenece, de hecho, a la segunda categoría.

Sinceramente, me asombra ver cuánta gente compra libros de la primera categoría. Si observas con detenimiento la vida de cualquier persona, desde Bill Gates hasta Brad Pitt, desde Buda hasta Jesús, desde los ricos, famosos y poderosos hasta los guapos, fuertes y listos, verás que nadie consigue todo lo que quiere. Es imposible. Durante el tiempo que pasemos en este planeta, todos vamos a experimentar decepciones, frustraciones, fracasos, pérdidas, rechazos, enfermedades, lesiones, el envejecimiento y la muerte.

Si la brecha en la realidad es pequeña, o si nos parece que la podemos cerrar con relativa rapidez, entonces la mayoría de nosotros la maneja razonablemente bien. Pero cuanto más grande se hace y más tiempo permanece abierta, más solemos a tener dificultades. Y ése es el motivo por el cual la «satisfacción interior» es tan importante. La satisfacción interior es una profunda sensación de paz, bienestar y vitalidad que puedes experimentar incluso ante una gran brecha en la realidad: incluso cuando tus sueños no se hacen realidad, cuando no logras tus metas y tu vida es dura, cruel o injusta.

Esto es muy distinto a la «satisfacción exterior»: esos sentimientos agradables cuando logramos adecuar la realidad a nuestros deseos; cerrar la brecha, lograr nuestros objetivos y conseguir lo que realmente queremos en la vida. La satisfacción exterior es importante: a todos nos gusta lograr metas y satisfacer nuestras necesidades. Pero la satisfacción exterior no siempre es posible. (Si crees que siempre es posible, definitivamente estás leyendo el libro equivocado. Deberías leer uno de esos libros que afirman que puedes tener cualquier cosa que desees tan solo pidiéndoselo al Universo y creyendo que te la dará).

En este libro, entonces, como ya te habrás dado cuenta, vamos a centrarnos en nuestra satisfacción interior: una profunda sensación de bienestar y de paz que cultivamos dentro de nosotros, en lugar de buscarla fuera. Y la buena noticia es que los recursos que nos permiten tener una satisfacción interior están siempre a nuestro alcance; son como un pozo sin fondo dentro de nosotros, al cual podemos recurrir siempre que tengamos sed. Sin embargo, esto no significa que por el mero hecho de estar centrados en esto tengamos que renunciar a los placeres, deseos, necesidades y objetivos mundanos; ciertamente veremos cómo cerrar la brecha en la realidad, siempre y cuando se pueda hacer. Lo que sí significa es que ya no dependeremos de cosas externas para tener una sensación de bienestar y vitalidad; que incluso en medio de un gran dolor, o miedo, o pérdida o privación, podemos hallar una sensación de paz y consuelo en nuestro interior.

Veintidós hombres ciegos

Probablemente conoces la vieja historia sobre los tres hombres ciegos y el elefante. Sólo para refrescar tu memoria: tres hombres ciegos se acercan al maestro de ceremonias de un circo. «Queremos saber cómo es un elefante –le dicen–. ¿Nos permitiría tocar a uno?». El maestro de ceremonias accede y les deja tocar a su elefante campeón, el cual, afortunadamente, es muy amigable y complaciente. El primer ciego agarra la trompa del animal y la siente con detenimiento. «Caramba –afirma–, un elefante es exactamente igual a una pitón». Entretanto, el segundo ciego está acariciando con sus manos la pata del elefante. «No es para nada como una pitón –protesta–. Es como el tronco de un árbol». Al mismo tiempo, el tercer ciego está sintiendo con el tacto la cola del elefante y dice: «No sé de qué estáis hablando. Un elefante es como un trozo de soga».

Ciertamente, las observaciones de los tres hombres fueron correctas, pero cada uno de ellos tocó sólo una pieza del puzle. Y este libro se asemeja a eso. Yo lo comparo con veintidós hombres ciegos examinando a un elefante. Cada capítulo te pondrá en contacto con un aspecto del elefante: en algunas ocasiones será una parte grande, como la trompa, y, en otras, un detalle más pequeño, como un párpado. Al final del libro, el elefante será revelado en toda su gloria. (Incluso pensé en llamar a este libro El elefante interior, pero no sonaba tan bien).

El elefante en cuestión se llama Terapia de Aceptación y Compromiso o TAC. La TAC es un modelo de base científica para enriquecer y mejorar las vidas humanas creado por el psicólogo estadounidense Steven C. Hayes, y se basa en los conceptos de mindfulness y valores. Si no conoces estos conceptos y cómo nos ayudan a crecer ante las dificultades de la vida, entonces este libro te proporcionará una introducción amable pero muy completa. Pero si ya estás familiarizado con ellos, este libro te ayudará a obtener nuevos conocimientos, a recordar las cosas que habías olvidado, o a volver a visitar viejos lugares y descubrir algo que no habías percibido antes.

Los capítulos de este libro no sólo están diseñados para abrir tu mente, sino también tu corazón. En algunos de ellos seré entretenido y divertido, y en otros me mostraré sumamente serio y contaré historias muy personales que incluso pueden hacer que te emociones. Me gusta pensar que son ventanas que se abren a un magnífico paisaje: te permiten apreciar el lugar en que te encuentras; amplían tu visión, permitiéndote ver más allá y con mayor claridad; y abren posibilidades de tomar nuevas direcciones.

Así que tómate tu tiempo y disfruta del viaje. No hay prisa. Cada vez que toques a un elefante, disfruta del contacto; cada vez que abras una ventana, aprecia la vista. De esta manera, paso a paso, momento a momento, aprenderás a hallar satisfacción cuando la realidad te duela.

Parte 1

***

DESPUÉS DE LA BOFETADA

Capítulo 1

LOS CUATRO PASOS

No lo vi venir. Cuando estaba a punto de cumplir cuarenta años, la realidad me estaba tratando tan bien que pensé: «¡Quizás la vida realmente empieza a los cuarenta!». Todo parecía estar saliéndome bien. Después de haber pasado veinte años escribiendo, y con cinco novelas inéditas, finalmente estaba a punto de publicar mi primer libro. Me encantaba mi trabajo como terapeuta y coach de vida, y mi carrera estaba avanzando en nuevas y emocionantes direcciones. Tenía una salud excelente, un matrimonio sólido y unos amigos maravillosos. Pero todo eso palidecía en comparación con la mayor alegría de mi vida: mi hermoso bebé, que tenía entonces once meses. Nunca he conocido nada semejante a esos abrumadores sentimientos de cariño, alegría y ternura que siente un padre hacia su hijo.

Como la mayoría de padres primerizos, pensaba que mi hijo era el más bebé más hermoso e inteligente del mundo, y a menudo fantaseaba sobre su futuro. Sería mucho más inteligente que yo en todos los sentidos –y a diferencia de mí, destacaría en los deportes, sería muy popular entre sus compañeros de colegio y, cuando fuera un poco mayor, tendría mucho éxito con las chicas–. Luego, naturalmente, iría a la universidad y desarrollaría alguna carrera importante. Ahhh, las maravillas del «mundo de fantasía».

Cuando nuestro hijo tenía dieciocho meses, mi mujer y yo empezamos a preocuparnos porque veíamos que estaba un poco atrasado en su desarrollo. Entre otras cosas, no caminaba y decía muy pocas palabras, de modo que lo llevamos al pediatra para que lo evaluara. El pediatra lo examinó con detenimiento y nos aseguró que simplemente era un poco «lento» en su desarrollo, «como muchos niños». Nos dijo que no nos preocupáramos y que volviéramos a verlo si teníamos más dudas.

Bueno, tres meses más tarde, nuestras preocupaciones habían aumentado muchísimo. Nuestro hijo seguía diciendo sólo unas pocas palabras, todavía no caminaba y parecía entender muy poco de lo que le decíamos. De modo que lo llevamos otra vez al especialista. Le hicieron más pruebas: dos horas de evaluación intensiva. Y una vez más, el médico nos dijo que no le pasaba nada: nuestro pequeño simplemente era lento en su desarrollo; pronto recuperaría terreno; no había nada de qué preocuparse.

En los dos meses siguientes estuvimos muy preocupados. Nuestro hijo parecía estar «ido», en su propio mundo. Ya casi tenía dos años y todavía no caminaba. Se movía arrastrándose sobre su trasero; era una imagen adorable y graciosa, pero nos consternaba. Y había empezado a tener algunos comportamientos extraños, como poner los ojos en blanco, rechinar los dientes y mirar fijamente, por el rabillo de los ojos, las líneas paralelas en las paredes y en el suelo. Apenas hablaba, y ni siquiera parecía conocer su propio nombre.

De manera que solicitamos una segunda opinión. El nuevo pediatra se mostró muy preocupado y, de inmediato ordenó una evaluación exhaustiva, la cual incluía a un terapeuta de lenguaje y a una psicóloga. Y tan solo cinco días antes de que mi precioso niño cumpliera dos años, fue diagnosticado de autismo.

Mi mundo se vino abajo. Nunca había sentido tanto dolor en toda mi vida. «Autismo» es una de esas palabras como «cáncer» o «sida»: cuando la oyes en una conversación cotidiana, no puedes evitar estremecerte. Y cuando la oyes como un diagnóstico aplicado a tu propio hijo, es como si clavaran un cuchillo en tu estómago y lo giraran, y luego te extrajeran lentamente los intestinos a través de la herida.

Lloré, sollocé y gemí. No sabía que era posible sufrir tanto. Me había roto huesos, había estado gravemente enfermo y había visto morir a seres queridos, pero el dolor de esos hechos era minúsculo comparado con éste.

***

La Dra. Elisabeth Kübler-Ross describió las «cinco etapas del duelo» como negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Aunque se estaba refiriendo específicamente a la muerte y a morir, estas etapas también se aplican a todos los tipos de pérdida, conmoción, crisis y trauma. Sin embargo, no son etapas separadas y bien definidas, y muchas personas no experimentan todas. Además, no hay un orden fijo en el cual se presentan. Con frecuencia ocurren simultáneamente; tienden a fluctuar y a mezclarse unas con otras; y a menudo parecen «terminar» y luego «volver a empezar».

Con las bofetadas de realidad menos violentas o dramáticas, es posible que no experimentes ninguna pena, pero en el caso de grandes crisis y pérdidas, casi con toda certeza pasarás por al menos algunas de estas etapas, de modo que las comentaremos brevemente.

La «negación» se refiere a una negativa o incapacidad, consciente o inconsciente, de reconocer la realidad de la situación. Esto podría manifestarse en la forma de negarte a hablar o pensar sobre el tema; o esfor­zarte por fingir que eso no está ocurriendo; o como una sensación dominante de irrealidad (deambulando como aturdido, sintiendo que sólo ha sido una pesadilla).

En la etapa de «ira», es posible que te enojes contigo mismo, o con los demás, o con la vida misma. Y, ciertamente, la ira tiene muchos parientes cercanos que la visitan con frecuencia: el resentimiento, la indignación, la furia o una intensa sensación de injusticia, iniquidad o traición.

«Negociación» significa intentar hacer tratos que alteren la realidad. Esto podría incluir cualquier cosa, desde pedirle a Dios un indulto hasta solicitarle al cirujano que nos garantice que la intervención quirúrgica será un éxito. Con frecuencia esto incluye hacerse muchas ilusiones y fantasear acerca de realidades alternativas: «Ojalá ocurriera esto», «Si esto no hubiera pasado».

Desgraciadamente, la etapa de «depresión» no tiene el nombre correcto. No significa experimentar el trastorno clínico común conocido como una «depresión». En su lugar, se refiere a las emociones normales de tristeza, pesar, arrepentimiento, miedo, ansiedad e incertidumbre, que son reacciones humanas naturales ante una pérdida y un trauma.

Por último, la etapa de «aceptación» se refiere a estar en paz con la brecha en la realidad, en lugar de luchar contra ella o evitarla.

En los meses posteriores al diagnóstico de mi hijo descubrí que pasé por todas estas «etapas» muchas veces. En el momento en el que estoy escribiendo este libro, ya han transcurrido más de tres años desde esa bofetada de realidad, y durante ese tiempo he aprendido y crecido mucho. Y aunque la bofetada es ahora un recuerdo lejano, la brecha en la realidad que reveló sigue estando abierta. Por lo tanto, mientras avancemos en este libro, iré explicando mi experiencia para ilustrar muchos de los principios que aparecen en estas páginas. Debo decir, aunque quizás sea un cliché, que aunque mi camino ha sido largo, duro y doloroso, también ha sido del todo gratificante. A lo largo del camino ha habido muchísima tristeza, miedo e ira, pero también ha habido alegría, amor y asombro en abundancia, y espero que tú encuentres lo mismo en tu propio camino.

Ciertamente, tu brecha en la realidad puede parecer muy distinta a la mía, y también a la de otras personas que conoces. Divorcio, muerte o discapacidad; enfermedad, lesión o invalidez; depresión, ansiedad o adicción: todas esas cosas parecen ser distintas unas de otras, pero debajo de la superficie son todas muy similares.

En cada caso nos enfrentamos a una gran brecha entre la realidad que tenemos y la que deseamos. Y cuanto más grande es la brecha, mayor es el dolor. Y cuanto más grande es el dolor, menos efectiva es nuestra forma de lidiar con él.

De manera que en este libro voy a trazar una estrategia que te ayudará a lidiar con cualquier tipo de brecha en la realidad, por muy grande o pequeña que sea, y sin importar si es temporal o permanente. Esta estrategia te ayudará a cerrar la brecha, si es que puede ser y cuando pueda ser cerrada, y a encontrar satisfacción interior cuando no pueda ser cerrada (temporal o permanentemente).

En líneas generales, esta estrategia consta de cuatro pasos:

• Sé amable contigo mismo

• Echa el ancla

• Posiciónate

• Encuentra el tesoro

Echemos un vistazo a estos pasos.

Paso 1: sé amable contigo mismo

Cuando sufrimos, debemos ser amables con nosotros mismos. Desgraciadamente, es más fácil decirlo que hacerlo. Para la mayoría de nosotros, la configuración predeterminada de nuestra mente es ser severos, exigentes, indiferentes o autocríticos (esto es en especial probable si crees que has creado tu propia brecha en la realidad).

Todos sabemos que la autocrítica no nos ayuda, pero eso la detiene. Y los enfoques populares de autoayuda, como desafiar a nuestros pensamientos negativos, o repetir afirmaciones positivas, o practicar la autohipnosis, no funcionan para la mayoría de nosotros a largo plazo; nuestras mentes continúan siendo severas, exigentes y autocríticas. De manera que necesitamos aprender el arte de la autocompasión: cómo apoyarnos y consolarnos, y cómo manejar nuestros pensamientos y sentimientos de manera eficaz, para que tengan un menor impacto y menos influencia en nuestras vidas.

Paso 2: echa el ancla

Cuanto más grande es la brecha en la realidad, mayor es la tormenta emocional que se desata en nuestro interior. Olas de sentimientos dolorosos rompen en nuestros cuerpos, y vientos de pensamientos dolorosos soplan en nuestras cabezas. Cuando nos dejamos llevar por esa tormenta de pensamientos y sentimientos nos sentimos impotentes; no hay nada que podamos hacer, excepto intentar desesperadamente no ahogarnos. Entonces, cuando la tormenta nos golpea, debemos echar el ancla y centrarnos, para poder tomar medidas efectivas. Echar el ancla no hace que nos libremos de la tormenta; solo nos mantiene estables hasta que pasa.

Paso 3: posiciónate

Siempre que nos encontremos con una brecha en la realidad, es útil hacernos esta pregunta: «¿Qué es lo que quiero representar al enfrentarme a esto?». Podemos representar renunciar a la vida, o algo mucho más significativo. Podemos representar algo que importa, algo profundo en nuestro corazón: algo que dignifica nuestro sufrimiento y nos confiere la voluntad y la valentía para seguir adelante.

Obviamente, no podemos retroceder en el tiempo. No podemos desha­cer lo que ya ha ocurrido. Pero podemos elegir la actitud que tendremos hacia ello. En algunas ocasiones, cuando nos posicionamos, podemos cerrar la brecha, y, otras veces, obviamente, no podemos hacerlo. Pero en cuanto nos posicionamos, experimentamos la vitalidad. Quizás no tengamos la realidad que deseamos, pero tenemos la satisfacción de vivir con propósito.

Paso 4: encuentra el tesoro

Una vez que hayamos puesto en práctica los primeros tres pasos, estaremos en un espacio mental muy distinto. Y desde ese espacio podremos encontrar y apreciar los numerosos tesoros que la vida nos ofrece. Este último paso puede parecer imposible, especialmente si en la actualidad estás experimentando una gran ansiedad, tristeza o desesperación, pero no lo es. Para darte un ejemplo dramático, hace unos años una amiga mía sufrió una pérdida trágica: su hija de tres años murió de manera repentina de septicemia. Fue el funeral más triste al que he asistido jamás: un gran dolor infinito.

Lo que me asombró y me inspiró en los meses siguientes fue la forma en que mi amiga siguió encontrando satisfacción. En medio de su inimaginable tristeza, atormentada y destrozada por su pérdida, no perdió contacto con todo lo que seguía estando en su vida. Al mismo tiempo que le daba un espacio a su pena, se acercaba y conectaba con sus familiares y amigos, con su trabajo, su religión y su creatividad. Y al hacerlo encontró amor, alegría y consuelo. Su dolor no desapareció; dudo que alguna vez lo haga. Su brecha en la realidad no se cerró; ¿cómo diablos iba a cerrarse? Pero ella fue capaz de apreciar la realidad que había alrededor de esa brecha, de apreciar todo lo que la vida todavía podía ofrecerle.

Si no tienes hijos, quizás no te des cuenta de lo extraordinario que es esto. Personalmente, no se me ocurre nada peor que perder a un hijo. Bajo esas circunstancias, muchos padres caen en una profunda depresión o tienen pensamientos suicidas. Pero no tiene que ser así. Tenemos elección, a pesar de que a menudo nuestras mentes nos dicen lo contrario.

Este, entonces, es el último paso de nuestro camino: encontrar el tesoro que está enterrado debajo de todo nuestro dolor. Esto no significa negar el dolor que está ahí, o intentar fingir que no nos duele. Más bien significa reconocer el dolor que está ahí y, además, apreciar todo lo que la vida nos ofrece.

Llegado este punto, quizás notes que tu mente está protestando; es posible que insista en que tu caso es distinto al de todos los demás; que tu vida seguirá sin tener sentido, vacía, triste o insoportable a menos que se cierre tu brecha en la realidad. Si es así, ten la seguridad de que ésos son pensamientos perfectamente naturales que muchas personas tienen cuando este enfoque es nuevo para ellas. Y si intentas convencer a tu mente de que sus comentarios son errados, lo más seguro es que pierdas. Por ejemplo, podría empezar a hablarte de un gran número de estudios sobre la TAC (Terapia de Aceptación y Compromiso), publicados sobre todo en las principales revistas de psicología, que muestran que es efectiva para todo, desde la depresión hasta la adicción, para reducir el estrés en el trabajo y para lidiar con un diagnóstico de cáncer terminal. Pero tu mente podría desechar con facilidad todo esto con un solo comentario: «Eso no significa que vaya a funcionar para mí». Y yo no puedo discutir eso. Es muy probable que este enfoque te ayude, pero no puedo garantizarlo. Sin embargo, sí puedo garantizar que si dejas de leer simplemente porque tu mente te dice: «Esto no va a funcionar», entonces ¡no vas a obtener ningún beneficio de este libro!

Así, ¿qué te parece si dejamos que tu mente se pronuncie? Deja que te diga lo que quiera, pero no permitas que eso te detenga. Deja que hable como si fuera una radio que suena en el fondo mientras tú sigues leyendo, y fíjate si tienes la curiosidad de saber hacia dónde te conduce esto. Porque aunque a nuestras mentes les gusta pensar que pueden predecir el futuro, en realidad… ¿quién sabe lo que puede ocurrir?

Capítulo 2

PRESENCIA, PROPÓSITO Y PRIVILEGIO

Burrhus Frederic Skinner, uno de los psicólogos más influyentes de la historia de la humanidad, se encontraba en su lecho de muerte y tenía la boca seca. Cuando un asistente le dio un poco de agua, Skinner la bebió a sorbitos, agradecido, y luego dijo sus últimas palabras: «Maravillosa».

Inspirador, ¿no? Pensar que incluso en su lecho de muerte, cuando sus órganos estaban fallando, sus pulmones estaban colapsando y la leucemia se propagaba por su cuerpo, B. F. Skinner pudo disfrutar de uno de los simples placeres de la vida.

Esta historia real contiene tres temas importantes que son relevantes para todos los seres humanos que buscan la satisfacción interior. No importa cómo transites por este camino, ya sea a través de propuestas científicas occidentales modernas como la TAC, o a través de antiguos enfoques espirituales orientales como el budismo, el taoísmo o el yoga, te encontrarás con tres temas centrales. Yo los llamo las tres P: presencia, propósito y privilegio.

Presencia

Si deseamos encontrar una satisfacción duradera, debemos desarrollar la capacidad de vivir completamente en el presente. Sin embargo, no es fácil permanecer del todo presentes, participando en nuestra experiencia del aquí-y-ahora y abiertos a ella. ¿Por qué? Gracias a ese maravilloso regalo con el que todos nacemos: la mente humana. La mente es una cosa maravillosa (sin ella estaríamos en problemas), pero si tienes una, habrás notado que nunca deja de pensar. La mente produce pensamientos durante el día entero, y a menudo éstos nos «enganchan» y nos extraen de nuestra vida. La mayoría de nosotros pasamos gran parte del día perdidos en nuestros pensamientos, sin estar presentes en nuestra experiencia en ese momento. Y muchos de nosotros ni siquiera somos conscientes de ello.

Por ejemplo, ¿alguna vez has hecho lo siguiente? Entras en la ducha, el agua tibia cae sobre tu cuerpo y, durante uno o dos minutos, estás completamente presente: disfrutando por completo de la rica experiencia sensual de la ducha. El agua resbala por tu espalda, el calor relaja tus músculos y tu cuerpo canturrea de placer. Y entonces… en el espacio de unos pocos segundos, te dejas arrastrar por tus pensamientos: «¿Cuál es la lista de cosas que tengo que hacer hoy?», «Ay, tengo que acabar ese proyecto», «Oh, no, olvidé hablarle a Susana de nuestra salida de chicas», «¿Qué preparará Timmy para el almuerzo hoy?», «Sólo faltan tres días para que nos vayamos de vacaciones, ¡yeeee!», «Mmmmm… Estoy un poco rellenita en la zona de la cintura, tengo que empezar a hacer ejercicio otra vez».

A medida que vas entrando más y más en tus pensamientos, la ducha empieza a pasar progresivamente a un segundo plano. Sabes que la ducha todavía está en marcha, pero ya no estás participando plenamente en ella. Es como si tu cuerpo estuviera ahí, dándose una ducha en piloto automático, mientras tú estás aquí teniendo una conversación fabulosa en tu cabeza. Y entonces, antes de que te des cuenta, la ducha ha terminado.

La mayoría de nosotros, si somos sinceros, pasamos grandes períodos del día perdidos en nuestros pensamientos, deambulando en un velo de «niebla tóxica psicológica» y, en consecuencia, nos perdemos gran parte de la riqueza de la vida. Es mucho más probable que esto ocurra cuando nos enfrentamos a una gran brecha en la realidad; nuestras mentes producen infinitos pensamientos dolorosos y nos dejamos «absorber» fácilmente por ellos. Por ejemplo, si la realidad nos trae algo dramático e inesperado (una muerte repentina, un divorcio o un desastre), podemos deambular aturdidos, incapaces de «pensar correctamente» o de recordar cosas, o incluso de realizar nuestras tareas rutinarias de manera adecuada.

Además, la capacidad de participar en plenitud en lo que estamos haciendo, y mantener la atención en la tarea, es esencial para dominar cualquier habilidad o actividad, y fundamental para una acción efectiva de cualquier tipo. Entonces, si queremos responder con eficacia al golpe que la vida nos ha dado, tenemos que estar «presentes».

(Nota: la «presencia» es más conocida comúnmente como mindfulness y a lo largo de este libro usaré ambos términos de un modo indistinto. En la actualidad, el mindfulness es un tema candente en la psicología occidental, y en los libros de texto y de autoayuda encontrarás que sus orígenes se atribuyen casi siempre al budismo. Sin embargo, esta es una idea equivocada. El budismo sólo tiene 2600 años de antigüedad, mientras que el mindfulness es mucho más antiguo. Podemos encontrarlo en el judaísmo, el taoísmo y el yoga aproximadamente 4000 años atrás. De hecho, las escrituras del budismo dejan claro que Buda aprendió el arte del mindfulness ¡de un yogui! En este libro enfocaremos el mindfulness, o la presencia, desde una tradición científica occidental [la TAC] que tiene numerosas similitudes con esas perspectivas antiguas, pero también muchas diferencias).

Propósito

«Sí, sí –dice la gente a veces–. Eso de estar presente está muy bien, pero, ¿qué hago con mi vida?». Ésta es una pregunta muy importante. De la misma manera que una flor necesita luz solar, la presencia precisa un propósito; de lo contrario, corremos el riesgo de estar completamente presentes en una vida que no tiene sentido.

Uno de los mayores desafíos, a los que todos nos debemos enfrentar es descubrir lo que queremos en nuestras vidas. ¿Qué tipo de seres humanos deseamos ser? ¿Qué queremos apoyar en el poco tiempo que pasaremos en este planeta? ¿En qué deseamos invertir nuestro tiempo y nuestra energía?

Ciertamente, algunas personas son felices aceptando el propósito que su religión, su familia o su cultura les han impuesto, pero ése no es el caso para la mayoría. La mayoría de nosotros tenemos que crear ese sentido de propósito para nosotros mismos; una tarea que es más fácil de decir que de hacer. Cuanto más podamos conectar con un propósito que guíe nuestros actos ahora y en el futuro, más experimentaremos una sensación de satisfacción. Sentiremos que estamos aprovechando al máximo nuestro tiempo en este planeta.

Para algunos de nosotros, cuando se abre una gran brecha en la realidad, lo que nos ayuda realmente es clarificar nuestro propósito en la vida: nos ponemos en contacto con «el panorama general», reflexionamos acerca de lo que es la vida, conectamos con nuestros valores centrales, y crecemos y nos desarrollamos. Incluso podemos descubrir una causa o crear una misión que encienda nuestra pasión y nos dé una sensación de vitalidad. Para otros, sin embargo, tiene el efecto opuesto: nuestras mentes pueden reaccionar con fuerza contra la brecha y afirmar que la vida no tiene sentido, que es inútil o insoportable. Y si nos quedamos enganchados en esos pensamientos, perdemos todo propósito; la vida se vuelve una carga; no tiene sentido. De modo que si queremos posicionarnos ante esta brecha, tenemos que estar en contacto con lo que en realidad importa; tenemos que saber cuáles son nuestros valores, para poder crear un sentido de propósito y recurrir a él.

Privilegio

Cuando la madera y el fuego se combinan en una chimenea, nos proporcionan una maravillosa experiencia de calor. Y cuando el propósito y la presencia se combinan en nuestro corazón, nos proporcionan una maravillosa experiencia de privilegio. Privilegio significa un beneficio especial, o una ventaja concedida sólo a unos pocos. Cuando experimentamos la vida como un privilegio, como algo que debe ser apreciado y disfrutado –en lugar de darla por sentado o tratarla como un problema que debe ser resuelto–, entonces, naturalmente, es mucho más satisfactoria. Todos hablamos de boquilla sobre las ideas de que la vida es «corta», «valiosa» o «un regalo», pero con demasiada frecuencia nos perdemos en nuestros pensamientos, nos alejamos de nuestro propósito y no apreciamos en realidad lo que tenemos en este momento.

Esto es en especial probable durante las épocas de gran sufrimiento. Nuestras mentes pueden protestar: «¡No es justo!», «¿Por qué yo?», «No soporto esto», «¿Por qué es tan dura la vida?», «¡No debería ser así!», «Ya no puedo continuar así», o incluso, en los casos severos, «Me quiero morir». Y, sin embargo, aunque no lo creas, incluso en medio de una gran adversidad, es posible tratar a la vida como si fuera un privilegio y sacar el mayor provecho de ella. (Y, como dije en el capítulo anterior, si tu mente protesta diciendo que eso no es posible en tu caso, simplemente deja que hable como una radio que sueña en el fondo, y continúa leyendo).

El lecho de muerte de Skinner

La historia de la última palabra de Skinner ilustra claramente las tres P. Incluso en el umbral de la muerte (y hay pocas brechas de realidad más grandes que ésa), él estuvo del todo presente, siendo capaz de saborear ese último sorbo de agua fresca. En cuanto al propósito, toda la vida de Skinner estuvo dedicada a ayudar a los seres humanos a tener una vida mejor. (Esto fue algo que logró en gran medida: sus teorías e investigaciones revolucionaron la psicología occidental e influyeron muchísimo en diversos modelos contemporáneos de terapia, coaching y desarrollo personal).

¿Ese mismo sentido del propósito estuvo presente en su lecho de muerte? Bueno, sólo podemos especular, pero a mí me parece que el mismo propósito (ayudar a los demás) estuvo presente su última palabra. Después de todo, ¿qué sentido tenía decir «maravillosa», si no era para inspirar y consolar a sus seres queridos durante un momento de gran sufrimiento?

Y en cuanto a la tercera de las tres P, ¿acaso no fue un bello ejemplo de lo que significa tratar a esta vida como si fuera un privilegio y sacar el máximo provecho de las oportunidades que nos brinda?

Esta historia es relevante para todos nosotros. ¿Con cuánta frecuencia no apreciamos lo que tenemos? ¿Con cuánta frecuencia damos la vida por sentada? ¿Con cuánta frecuencia nos perdemos las maravillas y los milagros de la existencia humana? ¿Con cuánta frecuencia transitamos por la vida en piloto automático, sin que un sentido del propósito claro guíe nuestros actos? ¿Con cuánta frecuencia nos quedamos tan atrapados en nuestros problemas, miedos, pérdidas y arrepentimientos que nos olvidamos de todas las cosas buenas que hay en nuestras vidas?

Pero no te preocupes, no voy a ser absurdamente idealista y pretender que la vida es toda dulzura y rosas, y que podemos vivir felices para siempre. El hecho indiscutible es que la vida es difícil y que en ella hay mucho dolor. Y no importa lo bien que vayan las cosas; si vivimos lo suficiente, tarde o temprano nos enfrentaremos a una inmensa brecha en la realidad. Sin embargo, así como hay dolor y dificultades; también hay mucho que disfrutar, apreciar y celebrar, incluso cuando estamos sufriendo una gran pena o un inmenso temor. No obstante, no podremos hacer esto sin aplicar primero los principios de presencia y propósito. (Y es por eso que es muy poco probable que el «pensamiento positivo» –decirte que no hay mal que por bien no venga– te ayude si es tu principal estrategia para lidiar con el dolor; de hecho, como veremos más adelante, ¡es muy probable que a largo plazo haga que tu dolor aumente!).