Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Inolvidables como las buenas canciones, los doce cuentos que integran el debut literario de Santiago Featherston tienen el raro don de establecer una inmediata y feliz complicidad con el lector. No importa que transcurran en una biblioteca, un gimnasio o en la glorieta de una casona venida a menos, ni que sus personajes parezcan seres grises, con ocupaciones más o menos convencionales, fáciles de pasar por alto en esquinas y plazas de una ciudad. Toque lo que toque, la mirada cálida, ligera y un poco melancólica de Featherston convierte a sus protagonistas en criaturas casi legendarias y a las circunstancias que viven, en escenas llenas de gracia e invención. Algo más tienen en común los cuentos de Una canción que dure para siempre: la ciudad de La Plata y sus alrededores. Es allí donde se producen las despedidas y los encuentros, las derivas narrativas que terminan en situaciones extraordinarias, las historias que contienen otras historias y los «momentos mágicos» que Featherston, como pocos, sabe crear.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 241
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Para Ama,
que dice que la muerte no existe.
Para Pablo Ohde,
si me disculpa.
Y para Juan Forn,
siempre.
También había en nosotros un deseo de apropiarnos
de algo más allá del mundo que conocíamos, más allá de [nosotros,
más allá de nuestra capacidad de imaginar; algo en
[lo que, no obstante,
pudiéramos vernos reflejados.
Mark Strand
Y descubrimos, con profundo estupor, que hasta de nuestra ciudad gris, pesada y nada poética, se podía hacer poesía.
Natalia Ginzburg
Una noche de xenofobia, risas falsas y limoncello conocí a Muriel Leroi, pronúnciese «Leruá». Ella vestía falda escocesa y medias de lana azul, y cada tanto se sacaba un rulo pelirrojo de la frente. En la cena estaban su padre y mi madre, que eran empleados del Ministerio de Obras Públicas y se habían reunido a discutir acerca de la cantidad de desagotes que deberían realizarse con el fin de evitar nuevas inundaciones en la ciudad. Y había alguien más en la cena, un asesor cordobés con un ojo más grande que el otro, cuyo nombre Muriel y yo decidimos esa noche. Pero eso pasó más adelante. Por ahora digamos que yo todavía usaba mi célebre raya al costado, bien delineada a fuerza de afirmarla ante el espejo cada vez que salía de bañarme, y que el cordobés se ganó un enemigo desde que me saludó apoyando su mano sobre mi cabeza, arruinando mi peinado, mientras su ojo más chico se burlaba de mí y el más grande le sonreía a mi madre y al resto de las madres divorciadas del mundo.
Durante la cena me dediqué a esparcir pedazos de corteza de pan sobre los cuadrados del mantel y a responder con monosílabos. Ya en la sobremesa, mi madre recordó el viaje a Córdoba que yo había hecho con mi padre cuando él decidió instalarse definitivamente allá. Y en lugar de contentarse con recordarlo, mi madre preguntó:
–¿Qué te pareció Córdoba?
Yo presioné una corteza de pan, que se desintegró.
–¿Qué fue lo que más te gustó? –volvió a decir ella.
–El cielo –murmuré–. Porque ahí seguro que no hay cordobeses.
Muriel soltó una carcajada que le voló un rulo. Descolocada y torpe, mi madre cambió de tema y preguntó qué pasaría con el posible recorte de fondos que, según los rumores, el Presidente anunciaría en cuestión de días. Probablemente su pregunta haya sido más breve, ridícula y desordenada: no importa. Lo que sí importa es que mientras el padre ofrecía una dosis de limoncello casero a mi madre y al cordobés, Muriel se levantó de la mesa y desde el pasillo que conducía al baño y a los cuartos y sin que nadie más la viera, me señaló y movió la punta del dedo índice; creo que una sola vez fue suficiente para que yo dejara la servilleta sobre la mesa y dijera:
–Disculpen, alguien me llama desde el baño.
Mi madre y el padre de Muriel creyeron que se trataba de un chiste. El único que dudó fue el cordobés, que amagó con girarse en dirección al baño para ver de quién se trataba, pero al ver la sonrisa de mi madre rápidamente hizo como que se estaba rascando la espalda; yo le estudié los ojos en busca de algo que me permitiera disculparle nuestro mal comienzo, pero no encontré nada.
–Vení –susurró Muriel, dándose vuelta para asegurarse de que la seguía.
Llegamos a un cuarto que supuse era el escritorio del padre. Había una computadora, estantes llenos de libros y, sobre una mesa, algo con forma de huevo que llamó mi atención. Le pregunté a Muriel de qué se trataba.
–Es una cosa para guardar cosas. Esperá –dijo ella, y siguió buscando lo que quería mostrarme entre los estantes, hasta que sacó un libro de tapas rosas, pasó un par de páginas y me lo dio–. Leé.
Yo leí:
Llevaba mucho tiempo deseando hacer lo que había visto realizar a mi madre en ese día inolvidable dondeprovocó en mi padre repetidos goces. Primero la mano, volviendo tímidamente los ojos, luego la boca todavía vacilante, luego gustando cada vez más y, por último, el placer entero y sin vergüenza (risa contenida de Muriel). No sé qué sienten los hombres cuando se atreven a acariciar todos los objetos de sus deseos. Pero si me atrevo a deducir por lo que sentí mirando, acariciando, besando ese miembro maravilloso de la fuerza viril, y luego chupándolo y provocando el chorro impetuoso (otra risita de Muriel) de la savia vital, la voluptuosidad del hombre es verdaderamente formidable.
Cerré el libro y miré la tapa rosa. Su título era Memorias de una cantante alemana, lo había escrito una señora de nombre impronunciable y formaba parte de una colección llamada La sonrisa vertical. Pregunté una obviedad:
–¿Qué es esto?
Muriel me sacó el libro de la mano.
–Era de mi mamá. ¿En tu casa no hay libros así, escondidos? –dijo dándome la espalda, con el brazo estirado para guardar el libro. Desde atrás, los rulos que le caían sobre los hombros parecían flotar alrededor de su cabeza. Ella se esforzó por dejar el libro en el mismo lugar de donde lo había sacado, pero era demasiado alto para ella y en el esfuerzo se le cayeron varios libros de oratoria y retórica justo encima de un pie. Sin quejarse, Muriel los usó para improvisar una plataforma, pararse encima y devolver el libro de tapas rosas a su lugar. Bajó de un salto y señaló la silla que había frente a la computadora.
–Sentate –dijo–. Yo soy muy lenta para escribir.
Pasé una mano por mi pelo y supe que más tarde tendría que pedir prestado un peine.
–Lo primero –dijo Muriel, apoyando una mano sobre mi hombro– es decidir cómo nos vamos a llamar. Nosotros y ellos –aclaró–. Yo soy Muriel Leroi, se escribe L-e-r-o-i. A tu mamá no le cambiemos el nombre. O sí. Sí –Muriel empezaba a entusiasmarse–, que se llame…
–Esther –dije yo–. Y tu papá, Freddy.
A Muriel no le gustó:
–Me hace acordar a Freddy Krueger…
–No, porque él se va a llamar Freddy el Nada. Y al cordobés le ponemos Miembro.
–Miembro Maravilloso –concluyó Muriel, divertida–. Me gusta.
Estaba todo listo, pero faltaba mi nombre.
–¿Y yo quién soy?
–Vos sos… Darío Lopérfido.
Protesté; ese nombre me parecía una mierda.
Muriel se rio y dijo:
–Chiste. Vos no tenés nombre porque vas a ser el protagonista que cuenta la historia.
Eso alcanzó para convencerme.
Muriel se paró detrás de mí y empezó a dictar el comienzo: «Esther y Freddy el Nada estaban preparando la cena en su cabaña de Córdoba cuando de repente apareció Miembro Maravilloso sosteniendo toda su fuerza viril y los amenazó con destruir el escritorio y las habitaciones de su cabaña si no le enseñaban a hablar bien». Yo tecleaba a toda velocidad pese a las cosquillas que me provocaba la respiración de Muriel contra mi oreja.
Los adultos no parecían extrañarnos en la sobremesa. Podíamos oír cómo discutían por la ubicación de los desagotes que habría que terminar antes de la próxima caída importante de agua. La voz del cordobés se distinguía por el uso indiscriminado de localismos, con exceso de «guasos» y «culiaos». Por lo bajo, el padre de Muriel argumentaba que antes habría que terminar la obra del arroyo Rodríguez, y mi madre, ¿qué hacía mi madre? No lo sé. Pero nosotros tuvimos tiempo de terminar nuestra historia de una sola página. Terminaba con Muriel y yo arriba de un puente, desde el que echábamos cortezas de pan a los pececitos del arroyo. Punto final.
Muriel imprimió la historia, borró el documento y dijo que esa única copia la guardaría en su mesa de luz, al lado de las cartas que se enviaba con sus amigas. A mí me pareció que nuestra historia merecía un escondite más distinguido, apartado de sus amigas y de todos los aspectos de su vida que yo no conocía.
–¿Y por qué no en la cosa para guardar cosas?
Muriel dijo que esa caja –así la llamó– era de su padre. Dobló la hoja y antes de salir corriendo a su cuarto, bajo el marco de la puerta, levantó el dedo índice como si quisiera un segundo más de mi atención:
–¿Vos a qué colegio vas?
Ella iba a una de esas privadas con nombres como Sagrado Corazón, Corazón Eucarístico, Nuestra Señora Inmaculada.
–Voy a la 29 –le dije–. Pero el año que viene me voy a anotar en el Nacional.
Al Nacional se entraba por sorteo, y mi madre decía que si teníamos –desde su divorcio le gustaba usar el plural para hablar de mis asuntos– la mala suerte de no salir sorteados, ya veríamos qué hacer; supongo que por eso nunca cuestioné su decisión: siempre me gustó jugar a los plenos.
–Yo también me voy a anotar en el Nacional –dijo Muriel, y cuando pensé que ya se había ido, asomó la cabeza llena de rulos y dijo–: Escribís rápido para ir a una escuela con número.
En el viaje de vuelta a casa, cuando mi madre preguntó qué habíamos estado haciendo Muriel y yo –aunque mi madre usó otro nombre para referirse a Muriel–, le dije que nada y miré pasar las luces de los faroles del alumbrado público por la ventanilla.
Poco después hubo una nueva reunión en casa de Muriel. El cordobés no se cansaba de explicar cómo debían responder ante posibles preguntas de los periodistas, la manera de pararse y gesticular. Después el padre de Muriel se levantó a comprobar la cocción de una carne al horno y el cordobés y mi madre salieron al jardín a fumar un cigarrillo. Muriel y yo aprovechamos para escabullirnos al escritorio. Ella me sentó frente al monitor, volvió a ubicarse a mi espalda y empezó a dictarme al oído: «Miembro Maravilloso sorprendió a Esther en el establo con toda su voluptuosidad, y enojado porque todavía no había aprendido a hablar bien, con la boca todavía vacilante, le chupó el cuello y extrajo su savia vital. Pero Esther arrancó la fuerza viril de Miembro Maravilloso de un manotazo y huyó a su cuarto y la guardó en una cosa para guardar cosas que escondió bajo la almohada. Freddy el Nada paseaba con su caballo por la campiña y nada supo. Sin embargo, Muriel Leroi pudo ver todo lo que había pasado desde el techo y llamó a una paloma mensajera para avisarme a mí, el protagonista de la historia, que debíamos reunirnos urgentemente».
Ya éramos un equipo.
Sin embargo, creo que recién empezó a considerarme un par cuando le hablé del libro que había encontrado en el cajón de la mesa de luz de mi madre: se llamaba Historia del ojo. Muriel y yo teníamos la ilusión de conseguir todos los libros que nos faltaban para completar la colección de tapas rosas, más de cien, y aunque ahora me pregunto por qué no robábamos alguna tarjeta de crédito y comprábamos a mansalva por internet, la verdad es que nos divertía encontrarlos de a uno en sitios recónditos, en las casas de los padres de nuestros amigos, donde fuera.
–¿Y no lo trajiste?
Me levanté la remera y saqué el libro que hasta entonces había estado guardando.
–Pequeño marrano –dijo Muriel y me sacó el libro de la mano sin dejar de mascar su chicle con la boca abierta, incorporando el vocabulario de los libros de tapas rosas en nuestro diálogo, ayudando a construir, quizá sin saberlo, nuestro propio mundo secreto. Al darme cuenta de eso me dieron ganas de tener un chicle en la boca. Le pregunté a Muriel si tenía otro.
Ella sonrió con los ojos, arrugando las pecas de su nariz. Se llevó una mano a la boca y sacó el chicle. Después lo acercó a mi boca y yo lo aplasté con mi lengua contra el paladar, pero ya no tenía gusto a nada. Eso me hizo pensar en Freddy el Nada.
–Tiene gusto a tu papá –le dije.
Muriel se lanzó de un salto sobre mí, rodeando mi cintura con sus piernas de lana azul. Le dije que nos íbamos a caer, pero ella ordenó que la sostuviera de las piernas, abrió mi boca con la suya para recuperar su chicle y desde su nueva altura me miró triunfal hasta que ya no pude más y me dejé caer al piso. Muriel, arrodillada sobre mí, sacándose los rulos de la cara, tiró del chicle hasta partirlo en dos.
–La mitad para cada uno –dijo con la cara todavía más colorada que los rulos que le cubrían la frente.
Después escribimos un cuento en el que por primera vez Muriel se detuvo en medio de un párrafo y preguntó cómo creía yo que debía continuar la historia; yo solo pude pensar en la muerte de Miembro Maravilloso o en nuestra huida hacia una nueva provincia. Según Muriel, había que unir ambas opciones: le pareció más real.
La reunión siguiente fue en mi casa, y el cordobés llegó una hora antes de la cena y ayudó a mi madre a cocinar. Cada tanto tiraba algún chiste.
–Yo soy como Vaca Muerta –decía mientras acomodaba la pizza en el horno–. Tengo mucho potencial, pero hay que hacer fracking para sacarlo.
A mi madre no le causaba mucha gracia.
Muriel bajó del auto a los gritos, diciendo que traía un postre que ella misma había preparado y que era solo para ella y para mí.
–Es una chocotorta –gritaba–. Los grandes no pueden probarlo.
–¿Por qué no? –dijo alguno de los grandes.
–Porque están gordos –contestó ella.
Llevaba una bolsa verde de residuos del supermercado Carrefour colgando del brazo, dentro de la cual había un repasador que envolvía un tupper, dentro del cual estaban los Diálogos de cortesanas, otro libro de la colección de tapas rosas. Nunca voy a olvidar cómo empezaba el diálogo preferido de Muriel:
–Querida, ven a cagar.
Muriel había ideado la continuación de la historia, pero no tuvimos tiempo de escribir; apenas terminamos de cenar, el cordobés dijo que era tardísimo –aunque las otras veces se había hecho más tarde aún y nunca había dicho nada– y que estaba cansado. Muriel y su padre se fueron con él y mi madre se quedó fumando sola, en la cocina.
No hubo reuniones durante las fiestas y el verano; la siguiente fue poco después de haber empezado las clases. Por eso no puedo hablar de los cambios cotidianos de Muriel en ese lapso: recién pude verlos cuando ya habían ocurrido. Digo esto porque me hubiera gustado estar ahí cuando aquel cambio empezó a gestarse en ella, me hubiera gustado mirarla a los ojos en ese momento y ver qué era lo que aparecía, detenerlo y salir corriendo a algún otro cuarto de la mano de Muriel Leroi.
Su padre había pasado el verano en La Plata, pero Muriel lo había hecho con la familia de una amiga en Villa Gesell. Por esa época yo era un dedicado coleccionista de piedras y Pujol, un compañero de la 29, me había contado que el mar de Villa Gesell a veces traía unas piedras lisas y gastadas que calzaban justo en la palma de la mano y las esparcía a lo ancho de la costa, así que le había pedido a Muriel que me trajera alguna. En cuanto a mí, el verano había consistido en juegos de computadora, algunos partidos de fútbol 5, varios tatuajes de los que venían en el envoltorio de los chicles y un par de salidas al cine con un grupo de amigos con los que siempre terminábamos en alguno de los McDonald’s del centro armando oleoductos de Coca-Cola con pajitas de plástico.
Al llegar, lo primero que advertí fue que Muriel no llevaba puesto su uniforme del colegio. Pero claro: ella había entrado al Nacional. En lugar de su falda escocesa y sus mocasines, ahora usaba unas zapatillas que yo sabría que estaban de moda cuando ya habían pasado de moda y un jean ajustado. En la parte de arriba, una camisa celeste y el pelo tal como las piedras que a mí me gustaban, es decir, casi completamente liso; por último, en la frente tenía esa capa de sudor grasoso que destilan los adolescentes. Nada de eso me importó. Además, yo también estaba distinto: ahí estaba la marca en la pared de mi cuarto, con los tres centímetros y medio de más para demostrarlo.
La saludé y le dije al oído que tenía el final de nuestra historia. Muriel se acomodó un mechón de pelo rojo detrás de la oreja y sonrió. Eso fue todo lo que hizo.
Le pregunté si había conseguido buenas piedras en Villa Gesell, y dijo que no, que no había tenido tiempo.
Pasamos al living y hubo una discusión interminable acerca del recorte de fondos que había anunciado el Presidente y de cómo harían para reasignar las partidas del presupuesto. Mi madre discutía desde afuera, con la ventana abierta, estirando el cuello cada tanto para alejar el humo de su cigarrillo; el cordobés no vino esa noche. Yo me pasé la cena dando patadas a Muriel por debajo de la mesa, pero ella parecía más interesada en seguir el tema de conversación o revisar su nuevo teléfono con la misma compulsión con la que mi madre le decía al padre de Muriel:
–Olvidate, nos soltaron la mano.
Siete cigarrillos y unos fideos con tuco aguado y lleno de especias que preparó el padre de Muriel después, hice un bollo con la miga de un pedazo de pan y sin que nadie me viera apunté al pelo de Muriel. La miga rebotó en su pelo lacio y cayó al mantel. Ella levantó la miga y dijo que iba al baño.
Esperé a que se levantara y se perdiera por el pasillo, y la seguí disimuladamente.
Como de costumbre, nadie preguntó nada. Solo mi madre habló (y me di vuelta apenas la oí), levantando su encendedor:
–¿Tenés fuego? El mío ya no anda.
Esperé a Muriel al lado de la puerta del baño. Golpeé la puerta. La entreabrí; no había luz. ¿Habría vuelto a la mesa sin que me diera cuenta? ¿Pero cómo? Solo por costumbre se me ocurrió asomarme al escritorio de su padre. Encendí la luz y lo primero que recibí fue una miga de pan en medio de la cara.
Muriel se sentó en el piso.
–A ver, ¿qué trajiste?
Saqué la hoja doblada en cuatro del bolsillo trasero de mi pantalón y leí una historia que ocurría en el pasaje Dardo Rocha; habíamos huido a otra provincia y estábamos todos en La Plata. Muriel y yo habíamos dado muerte a Miembro Maravilloso con un lanzallamas y liberado a Freddy el Nada, a quien Miembro había convertido en objeto de sus deseos. Al final, Muriel y yo subíamos a la terraza del pasaje Dardo Rocha y mirábamos la ciudad a la luz de la luna.
Cuando terminé de leer y levanté la vista, Muriel se estaba acomodando el pelo en el reflejo del monitor de la computadora y dijo algo que nunca, estoy seguro de que nunca antes le había escuchado decir:
–Es lindo.
Me miró desde lo alto –yo seguía sentado– y pasó una mano por mi pelo.
–Queda mejor desordenado –dijo, y antes de que pudiera defender el honor de mi raya al costado, sepultó cualquier resto de aquel mundo nuestro de tapas rosas y agregó–: ¿Volvemos?
Esa fue la última palabra que le oí decir a Muriel Leroi. O mejor dicho, la primera palabra que una desconocida con el pelo lacio, pantalón ajustado y camisa celeste pronunció en lo que yo llamaría su funeral. Ella salió del cuarto y me quedé un rato ahí, con el cuento que había leído en la mano. Lo guardé en la cosa para guardar cosas del padre de Muriel y volví a la mesa. No sé si alguna vez su padre le habrá dicho algo acerca de ese cuento; quizá no lo encontró nunca; quizá aquella no fuera una cosa para guardar cosas, sino para olvidarlas.
Las reuniones siguieron, pero yo perfeccioné mi técnica de fingir enfermedades y no volví a ir.
Esas noches mi madre me dejaba en lo de mi abuela; a veces mirábamos alguna película, pero siempre que aparecía algún desnudo, algún rastro de aquel mundo que Muriel y yo habíamos construido en secreto, mi abuela se apuraba a cambiar de canal y era como si alguien cerrara rápidamente un libro delante de mis ojos. Al principio hasta podía sentir en la boca cierto gusto a chicle; después me acostumbré y mi abuela, en lugar de cambiar de canal, tapándose con una mano y entreabriendo cada tanto los dedos, empezó a decir:
–Ay, nene. Las cosas que me hacés mirar.
Mi madre renunció a su trabajo, algo que, me confesó, siempre había querido hacer. Yo devolví a su cajón de la mesa de luz los libros que le había sacado, dejé de peinarme y hasta pasé varios veranos en Córdoba en la casa de mi padre. Como todo el mundo sabe, la ciudad se inundó de nuevo; yo terminé la secundaria y no supe qué hacer. Estuve de viaje y volví a La Plata con una barba de tres meses y de alguna manera –un poco más alto y sin raya al costado– olvidé a Muriel Leroi, hasta que hoy a la mañana, en los pasillos de una vieja librería de usados de diagonal 77, una adolescente de falda escocesa y medias de lana azul me dijo: «Permiso, señor». Y como si alguien me dictara, después de todos estos años, el final de nuestra despedida, como si recién ahora fuera mi turno de arrojar esas palabras como flores en la tumba de algún funeral, yo le respondí: «Querida, vete a cagar». Y volví a casa cuidándome de no pisar ninguno de los dos o tres chicles de colores que desde la vereda se despedían de mí.
Una persona que conozco detesta la palabra «sudor», y no soy yo, porque yo no me conozco. Alguna vez me conocí, pero cuando me di cuenta y empecé a enorgullecerme de haberme conocido, cambié y ya no supe qué decir; ni siquiera sabía si me gustaba la palabra «sudor» o no. La persona de la que hablo sabe, sin lugar a dudas, que la detesta, y por esa razón nos conocimos. Fue en spinning, una disciplina que empecé a practicar cuando, el primer día de ir al gimnasio, la recepcionista me dijo que era lo único disponible para el horario que yo buscaba. Podía elegir entre martes y jueves, o lunes y miércoles. Claro que podría haber ido martes y miércoles, lunes y martes, o hecho cualquier otra combinación a mi antojo, pero eso hubiera atentado contra mi propósito de ser constante por una vez en la vida. Probé el miércoles, pero no me gustó, así que el martes siguiente empecé en las clases de Mati.
En la primera clase, Mati se acercó a mi bici y me enseñó a ajustar la altura del asiento y su distancia con el manillar, lo cual es fundamental y el otro profesor no me había enseñado. Después me enseñó a tomarme el pulso y a pedalear de pie, que no es tan fácil como podría creerse y si no se lo hace con la debida técnica uno puede terminar haciendo mucho más esfuerzo del necesario y cansarse al divino botón.
Empecé a ir todos los martes y jueves y pronto me hice habitué de un lugar al fondo, no demasiado cerca del aire acondicionado, con una vista panorámica del salón.
Como nunca éramos más de cuatro o cinco, podía prestar atención al resto de mis compañeros, que casi siempre eran los mismos. El viejo que iba de pantalón buzo y musculosa negra y tenía un bigote como el del Polaco Goyeneche. La chica rubia que se ponía muy colorada al transpirar y acostumbraba retirarse pocos minutos antes de terminar la clase; usaba remeras blancas, holgadas, sobre un corpiño deportivo que jamás dejaba al descubierto, y pedaleaba apretando los labios. La señora que se sentaba adelante de todo con el asiento bien bajo, acomodaba una cartera enorme de plástico transparente al lado de su bici de la que, cada tanto, sacaba el celular, y durante toda la clase mantenía una velocidad crucero de dos o tres pedaleadas por minuto; más que en el gimnasio, ella parecía estar en el lago del bosque, a bordo de uno de esos botes a pedal en primavera, disfrutando de la brisa y el descanso de aquello que no había subido con ella y la esperaba en la costa. El tipo de los auriculares –o el Auricular, como me gustaba llamarlo–, que no iba todas las clases pero cuando iba se hacía notar; su ropa era negra y al sentarse en la bici empezaba a tararear estribillos en voz alta, a mover los dedos contra el manillar como si tocara la batería y a levantarse cada tanto la remera para que se le vieran los abdominales y mirar a los costados. Por último, en la segunda o tercera fila y de la mitad tirando un poco hacia la izquierda, sin hablar jamás con nadie, estaba el Francés, que se vestía con ropa de algodón y siempre llevaba una botellita con bebidas que parecían un menjunje con ramas adentro; pero su remera de manga larga, sus medias tres cuartos y su short de algodón –incluso su bebida–, en lugar de resultar inadecuados, exudaban sofisticación: cada uno de sus movimientos era armónico, cada gesto austero. Mientras los demás podíamos disfrazarnos de ciclistas, él era la personificación del ciclismo.
Lo que más me gustaba de las clases de Mati era que se tomaba en serio lo que hacía, y que no era ningún relajado ni le prestaba más atención a las mujeres lindas como otros que he conocido. Para Mati éramos todos iguales, y si no iguales, al menos éramos todos lo mismo: partes de un todo cuya armonía solo él podía apreciar. Y eso también valía para el Auricular, que llegaba siempre tarde y se sentaba al fondo y se la pasaba con los auriculares puestos, desoyendo las indicaciones de Mati, llevando a cabo una rutina indiferente a la planeada por él; lo sé porque cuando Mati veía que el Auricular estaba sujetando mal el manillar –Mati le decía así a lo que yo llamaba «manubrio»–, de manera que podía llegar a dolerle la muñeca después de clase, caminaba hasta su bici y muy sigilosamente, en voz tan baja que solo quien conocía a Mati podía saber qué le estaba diciendo, le indicaba cómo debía acomodar la mano.
Pero hay algo más que quisiera decir: durante la clase, cada tanto Mati nos pedía que nos tomáramos el pulso, y al terminar nos preguntaba cuál había sido el número más alto de pulsaciones al que habíamos llegado en esos cuarenta minutos de subir y bajar montañas imaginarias, o enfrentar vientos leves o tan fuertes que según él estaban a punto de levantarnos por el aire y tirarnos para atrás, o incluso de andar por los caminos más complicados que, en su opinión, son los caminos llanos y rectos, aquellos en que lo más importante es no pensar cuánto falta ni cuánto hicimos y ni siquiera qué estamos haciendo: simplemente hay que pedalear y pedalear hasta perdernos en el movimiento. Lo que, en cierto sentido, vendría a ser como olvidarnos de nosotros mismos. Pero Mati no se olvidaba de nosotros, y si al final le decíamos que nuestro pulso había sido superior al máximo previsto para la clase, nos aconsejaba que la próxima bajáramos un poco la carga y no nos exigiéramos de más, porque el hospital quedaba lejos y los conductores de ambulancias estaban mal pagos, mal dormidos y odiaban los gimnasios. Eso último lo decía muy serio.
Si llegábamos temprano, esperábamos en el pasillo, al lado del bufet. Los que no miraban el televisor, sintonizado siempre en algún canal de deportes, se dedicaban a pasear el dedo índice arriba y abajo por la pantalla de sus celulares.
La clase empezaba en punto. Mati abría la puerta del salón y de a uno íbamos pasando, acomodábamos la botellita de agua en la bici, dejábamos la mochila o el buzo, y mientras Mati ponía música –jamás algo con letra porque podríamos cantar y distraernos (Mati no lo decía pero el Auricular era un claro ejemplo de ello)–, nosotros ajustábamos las correas de los pedales, fijábamos el asiento, subíamos a la bici y empezábamos a pedalear. Ligeros, hasta que entrábamos en calor y comenzaba la clase.
–Hoy tenemos dos ascensos –anunciaba Mati–. Primero una colina, que vamos a subir a noventa pedaleadas por minuto, luego una meseta y al final la montaña; en el medio vamos a tener algunos saltos y un poco de viento que nos hará redoblar el esfuerzo antes de alcanzar la cima.
Luego Mati apagaba las luces, y durante los siguientes cuarenta minutos los autos que podían verse en la calle a través del ventanal, a nuestra izquierda, el bufet a nuestra derecha y el piso de madera de a poco iban alejándose de nosotros, volviéndose más y más periféricos.
