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¿Qué harías si tuvieras un poder absoluto?, ¿si fueras capaz de acceder a los secretos más íntimos del resto de las personas, si pudieras ser cuanto quieras ser en un abrir y cerrar de ojos? ¿Lo mantendrías en secreto?, ¿lo contarías al mundo? Sebastián hereda el método científico de su tío Julián, por el que puede obtener los conocimientos y recuerdos de cualquier persona, editarlos e instalarlos indistintamente en cualquier otra. Ello le convierte en una especie de Dios. Pero todas esas aparentes facilidades y ese control casi absoluto sobre los demás se vuelve repentinamente en su contra demostrando que ser Dios no está al alcance del hombre. Sebastián puede acceder a infinidad de conocimientos, pero nunca aprenderá tanto como para administrar un poder casi infinito. De repente, como un giro inesperado del destino, se ve sometido a sus designios y a las inesperadas consecuencias de sus propias decisiones. Ahora todo está en peligro, incluso su propia vida.
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Seitenzahl: 255
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Una especie de Dios
Héctor Rial
Rial, Héctor
Una especie de Dios II : ese maldito destino / Héctor Rial ; editado por Analía Noemí Martínez. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Deldragón, 2024.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-8322-65-0
1. Novelas. 2. Ciencia Ficción. 3. Delitos Relacionados con la Identidad de las Personas. I. Martínez, Analía Noemí, ed. II. Título.
CDD A860
Diseño de interior y armado de cubierta: Laura Restelli
Diseño de cubierta: Ian Sabanes
© 2024, Héctor Rial
© 2024, Ediciones Deldragón
www.edicionesdeldragon.com
@edicionesdeldragon
Primera edición en formato digital: marzo de 2024
Versión 1.0
Digitalización: Proyecto451
ISBN edición digital (ePub): 978-987-8322-65-0
Queda hecho el depósito que prevé la ley 11.723
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.
Agradezco, antes que nada, a la vida, por permitirme repetir la maravillosa experiencia de escribir. A Judith, mi inseparable compañera, quien nuevamente repasó a mi lado los recovecos de esta historia aportando su genio y, sobre todo, su inagotable paciencia. A mi “pequeña” Sofía, a quien Dios nutrió con varios dones maravillosos, entre otros el de tener siempre a mano la corrección exacta y en su exacta medida. A mi querida amiga Ana Lerman Matonte, por tantísimas horas dedicadas a enriquecer esta humilde obra y otras tantas para intentar domar a este tozudo autor, quien siempre, y por naturaleza, va por libre. Cosa, esta última, que entendió perfectamente el grandísimo Gabriel Lerman apoyando mi curiosa identidad de “literato” inusual. A Analía, mi genial editora, quien hizo un trabajo minucioso, delicado y profundo. A mis queridos primos Gustavo y Fabián porque, con su aliento, que me es muy querido, importante y cercano, me hicieron sentir que no fue en vano lanzarme a la aventura de escribir y contribuyeron a convertirme en escritor reincidente. Y también, ¿por qué no?, a mis hijas Lucía, Johanna y a mi nieta Luana, de quienes espero se dignen algún día a leer algún párrafo de su padre/abuelo. Por supuesto, además, ¿y cómo no?, una caricia a mi querida vieja, quien me aseguró que mis libros son maravillosos, aun sin haberlos leído.
A mi amado viejo Alfonso Rial Suárez, mi único y mayor héroe, a quien recuerdo y extraño todos los segundos de mi vida y que, desde el cielo, sé que festeja conmigo este nuevo y humilde logro.
Ya se sabe que las cosas no siempre salen como uno las planea. Buena prueba de ello es el propio hilo de la historia que se esconde en estas páginas. Los que saben más que yo insistieron con que el libro debía ser autónomo y, sinceramente, comprendí que tenían toda la razón. La idea inicial fue escribir una segunda parte de la primera novela, Una especie de Dios. Traficante de conocimientos, pero a la luz del resultado de esta obra, creo que es recomendable empezar por este libro, para luego profundizar en el porqué y el cómo, volviendo a los orígenes, como si el que le precede fuese una precuela. Este libro, Una especie de Dios II. Ese maldito destino, es un paso más, por completo autosuficiente e independiente, de una inevitable saga. Debo confesar que cuando escribí aquella primera parte, ya tenía en mi cabeza esta segunda, y con esta segunda, desde luego, ronda la tercera. Los relatos no se contradicen, se complementan y hablan de etapas diferentes de los personajes siguiendo un mismo e intercambiable hilo conductor. Les invito a sumergirse de lleno en esta historia trepidante que podría tacharse por algunos como de ciencia ficción, aunque probablemente se equivoquen, ya que es perfectamente posible que algo parecido esté ocurriendo ahora mismo en algún lugar del mundo.
El tiempo es elástico. Los segundos pueden convertirse en horas y las horas en segundos dependiendo de las circunstancias. ¿Cuándo empieza a ser tarde? Tarde para volver a empezar, para volver a intentarlo… El tiempo es un tirano que se escurre entre las manos, reza un tango que me es muy cercano. Un puñado de arena finísima imposible de contener. Sin embargo, se presenta de un caprichoso modo “slow motion” cuando, sin remedio, está a punto de detenerse para siempre el reloj de nuestra historia, como si lo empujase débilmente el último rastro de energía vital. Nos trasciende persistiendo valiente en los débiles chisporroteos desordenados, pululando nervioso por los recovecos de nuestra condenada mente. Creo que realmente todo reside allí, todo sucede allí. Qué sentido tendría el tiempo, si no fuéramos plenamente conscientes de su existencia…
¿Cómo he llegado hasta aquí?, es lo que me dispongo a narrar.
Sebastián Medina, me llamaron. Nací en Buenos Aires, Argentina, en el mismísimo instante en que mi madre abandonaba este mundo. Mis primeros años fueron un párvulo calvario del que apenas fui consciente. Hasta el infierno, con ser habitual se convierte en normalidad. Un padre ausente, lejano, y el constante maltrato de una hermana que proyectó en mi pequeña persona la culpa de la muerte de su amada madre. Para María fui el asesino sin importar lo involuntario de la autoría.
Poco después, y con apenas cuatro años, un violento robo se llevó por delante la vida de mi padre y, aquella hermana, decidió abandonarme definitivamente trasladándose al campo para recluirse en la explotación ganadera de nuestra familia. En mi mundo adulto recuperarla pasó a ser el objetivo primario. Esa obsesión de sanar las heridas sería, como ninguna otra causa, el origen mismo de todos mis males.
María me llevaba dieciocho años. Casi simultáneamente, terminó su carrera de Economía y tuvo un hijo, mi sobrino Joaquín, a quien convirtió en su rehén manteniéndolo oculto hasta bien entrado en edad. Por suerte, la naturaleza se abrió camino y mi sobrino rompió sus ataduras maternas ni bien se sintió con fuerzas para ello. Acudió a mí. María interpretó mi adquirida y esperada posición de tío como una nueva traición.
Fue mi tío Julián, el único hermano de mi padre, quien se ocupó de mí. Él era un eminente neurocirujano, un inventor, un estudioso. Una suerte de genio y la persona más dulce y tierna que ha pisado este mundo. Su laboratorio fue mi patio de juegos, y mi querido tío, el único padre que conocí. Crecí en una mansión isabelina de una isla del delta del Tigre, franqueada por canales del río Paraná y rodeada de una vegetación exuberante. Un paraíso. Mi tío Julián era un hombre muy rico. Sus inventos y desarrollos médicos le habían reportado enormes ganancias, que convenientemente vinieron a engrosar las ya apreciables sumas heredadas de nuestros abuelos. La vida transcurría plácida en Isla Estelita.
Cuando yo estaba a punto de entrar en la adolescencia lo convocaron de Galicia, más precisamente de Santiago de Compostela, para dirigir el área de neurología del hospital y asumir la cátedra de la misma materia en la Universidad. Y de repente, allí estábamos los dos, al otro lado del mundo, en otro paraíso natural, diferente, pero igual de hermoso.
Yo crecía irremediablemente, y el tío cada vez más inmerso en sus investigaciones.
Aunque yo era un mujeriego irremediable, me sorprendió el amor en medio de mi alocada juventud y no pude más que sucumbir ante lo inevitable. La hermosa Teresa y yo nos casamos una mañana soleada de mayo y nos creímos dueños del mundo. Aquel idilio duro poco. Un coche me la arrebató cruzando una avenida mientras tiraba besos al aire y me sonreía. Esa es la última imagen que tengo de ella, soltarse de mi mano y caminar sin quitarme ojo hacia aquel lugar desde nunca más regresó. No fue fácil superar su pérdida.
En el 2019 y sin aviso previo, mi tío Julián decidió abandonar todo para volver a Buenos Aires. Quería dedicarse por completo a su investigación. Pensé en irme con él, tuve el impulso, pero no me invitó.
Dos años más tarde, llegaba a Buenos Aires, ya era tarde. Sí, tarde, porque si bien acudí de inmediato a la llamada de mi tío reclamando mi presencia la distancia y el tiempo jugaron sus fichas y llegué cuando él ya había dejado este mundo.
Con aquel viaje mi vida cambiaría radicalmente. ¿Por la muerte del tío?, ¡por supuesto!, pero por sobre todas las cosas, por aquello que el tío me había legado. No solo recibí millones e innumerables bienes sino que también heredé el fruto de su investigación de cuya existencia, evidentemente, no tenía la menor idea. De repente, todo aquel enorme poder estaba frente a mí y no podía rechazarlo. Oculto, adrede, me había dejado un método para descifrar el lenguaje utilizado por el cerebro para guardar datos, tanto los de conocimiento como los de memoria. Con él podía leerse textualmente el pensamiento, obtenerse el contenido íntegro de la mente de una persona, guardar esos datos, editarlos y lo más increíble, transferirlos a otro cerebro. También era posible borrar por completo la mente de cualquier individuo dejándolo virtualmente en blanco, o manipular su memoria, o convertirlo en otro sujeto completamente distinto, o con capacidades diferentes. Sencillamente increíble, pensé. Y aceptando de buen grado semejante regalo lo puse en práctica de inmediato. De la noche a la mañana me convertí en un versado neurólogo y un eximio pianista, sin leer un solo libro. Todo aquello parecía idílico. Algo así como ser el genio de la lámpara y, a la vez, aquel simple mortal que pide el deseo. Una especie de Dios. El mismísimo dueño de la barita mágica.
Por esa misma época, el amor volvió a golpear mi puerta. Mónica, una preciosa isleña que venía a postularse para un puesto de servicio me sorprendió en medio de toda aquella locura. Me enamoré perdidamente.
Entre tanto, y poniendo en práctica las facilidades del método, me dispuse a obtener nuevos paquetes de conocimiento de donantes “involuntarios”. Así, sometí a diferentes personas con habilidades especiales. Un ingeniero, un economista, y algún que otro desprevenido profesional. En aquella vorágine, decidí que Juan Mosquera, abogado de la familia, podría ser un buen espécimen atento a su reconocida prestancia profesional. Un gran jurista, pero a la vez un indeseable. Con Juan solo nos unía el interés. De hecho, nunca nos soportamos; pero a mí solo me interesaba su conocimiento para sumar a la insipiente biblioteca y, sin más, lo llevé a la práctica.
La vida claramente me sonreía. Hasta que el pasado de Mónica apareció sin aviso. Ella había estado casada con Alfredo, un temporero de una isla vecina, que la maltrataba bestialmente. Cansada del castigo al que la sometía, se había marchado a casa de su padre abandonando definitivamente aquella tóxica relación. Como era de esperarse, un personaje tan siniestro no iba a aceptar el abandono de su mujer, con lo cual, no solo intensificó el acoso regular hacia Mónica, sino que ahora tenía un nuevo “target”: yo.
Ante la imposibilidad de una solución física, creí que mi mejor opción sería la de utilizar el método. Fue entonces que tracé un plan. Mario, el loco del pueblo, era un pobre hombre atormentado por su horrible pasado que deambulaba día y noche por los muelles del Tigre malviviendo de la limosna de los viandantes. Sin demasiado tiempo para detenerme en detalles, me pareció buena idea servirme del contenido íntegro del cerebro de aquel loco, para transferirlo al de Alfredo… Ese mismo día el tal Alfredo se presentó para cumplir su promesa de acabar conmigo. Nos trenzamos en un forcejeo agónico en las que llevaba todas las de perder. Y casi con el último aliento, pude aplicarle un vial de adormecimiento. Lo arrastré hasta la camilla y luego de borrar todos los datos de su cerebro y dejar un “lienzo en blanco”, transferí a su cabeza aquellos datos… los datos del Loco. Incluidos sus recuerdos.
Así, Alfredo pasó a ser El Loco; el portador de toda aquella carga emocional y, sobre todo, de aquellos recuerdos indigeribles de un pasado que no era el suyo, y que, aparentemente, su naturaleza no pudo soportar. Un par de días después de la transferencia Alfredo aparecía sin vida colgando de un árbol. A pesar del resultado luctuoso, me convencí de que resultaba aceptable haber provocado aquella circunstancia, en cierto modo indeseada, comprendiendo que no tenía otra forma diferente de resolver el problema. En aquel momento, Alfredo amenazaba seriamente nuestra vida, y en puridad, todo hay que decirlo, tampoco yo le arrebaté la suya. Tal maniobra, la de intercambiar el contenido de sus cerebros, y aparentemente, había resultado ser la adecuada o la única posible, en el peor de los casos.
Pero claro, cuando uno se cree Dios siente que tiene licencia para intervenir, para cambiar la realidad, para campar a sus anchas. Durante la transferencia de Mario, El Loco, y mientras ese pobre hombre yacía dormido en mi camilla, no pude más que apiadarme de su miserable vida. Condenado a vagar eternamente en busca del magro sustento que le permitiese malvivir un día más. Fui plenamente consciente de su nula posibilidad de futuro. Y me dije: ¿Por qué no regalarle uno? Ese regalo “de Dios”, personificado ahora en mi persona, no suponía en la práctica ningún esfuerzo. Busqué entonces entre los conocimientos disponibles en la biblioteca y no tuve mejor idea que transferir a su cerebro los conocimientos de Juan Mosquera, el abogado. Y ello no hubiera tenido mayor relevancia, si no fuera porque también decidí transferirle los recuerdos completos de su donante. Terminada la operación, cargué al Loco en mi lancha y lo abandoné en una apartada isla, dejándole un fajo de billetes para que pudiese iniciar su nueva vida, esa que yo le había regalado. Me sentí bien conmigo mismo y con mi decisión. Me sentí bueno y piadoso…
Los meses siguientes fueron de calma. Seguí con la labor de incrementar la biblioteca de conocimientos y mejorando la técnica del método. Mientras tanto, Mónica y yo vivíamos un idilio maravilloso que un embarazo terminó de coronar. Nuestro hijo sería gallego y así, con un octavo mes de embarazo cumplido preparamos las valijas.
La Noche Vieja de aquel mismo año, decidí pasarla solo en la mansión de la isla para ordenar mis pensamientos y dejar todo resuelto antes de nuestra partida. Mónica, respetando mi decisión, pasó la Nochebuena con su padre a modo de despedida.
En la soledad de aquella noche me di cuenta de que no tenía prevista la sucesión del método, que esperaba un hijo, legatario natural del descubrimiento. Y tal y como lo hizo mi tío conmigo, sentí que tenía la obligación de dejar detallado su funcionamiento y la forma en que podía aprovecharse. En el silencio de la casona, sentado a oscuras en el sillón preferido de mi tío, me dispuse a grabar en audio con lujo de detalles, ya no solo el funcionamiento, sino también toda la historia de mi vida, incluyendo las circunstancias recientes de transferencias a sujetos, entre las cuales, por supuesto, se encontraba la que había practicado con el Loco Mario y con el infame Juan Mosquera.
Nada de esto fue planeado, tampoco lo fue la presencia física de Juan Mosquera y Mario en aquella habitación. Inmóviles y como espectadores invisibles escucharon la práctica totalidad de mi relato. Juan y Mario se dieron cuenta de su posición compartida y mutua de “alter ego”.
Ningún entrenamiento me habría preparado para lo que vendría después de todo aquello. Estaba claro que tenía la posibilidad de cambiar la mente de la gente, incluida la mía propia, el orden natural de las cosas… sin reparar en que todo cambio traería necesariamente una consecuencia imprevisible. Había olvidado detenerme en el inevitable curso del destino.
La que sigue es mi historia más reciente…
Viernes 23 de julio de 2023. Hoy amaneció nublado en la invernal y enigmática Buenos Aires. Mi ciudad sigue tan hermosa y hechizante como siempre. Llovizna insistentemente. Garúa.
La gente va y viene llevando paraguas de los más variados colores y estilos luchando con el viento que intenta arrancarlos de sus manos. En mi cabeza resuena en bucle “Otoño Porteño” de mi adorado Astor Piazzola. Cada nota del bandoneón, cada roce sobre las cuerdas del contrabajo, encaja como un guante en el ir y venir de mi gente. Podría jurar que esa maravilla fue compuesta teniendo a la vista una imagen parecida a la que tengo enfrente, lluvia, viento, taxis, colectivos y la fría y mágica Buenos Aires.
Me asomo por una de las tantas ventanas de la Facultad de Medicina. Por un hueco accidental del edificio, veo pasar los colectivos abarrotados de gente y la interminable caravana de taxis que se afanan por acertar en su cálculo para coincidir con alguna mano levantada en señal de reclamo.
La Facultad de Medicina es un colosal edificio de quince pisos inaugurado allá por 1944 en pleno barrio porteño de la Recoleta. Su fachada, impone. Y como si toda esa estructura no fuese ya de por sí sola atemorizante, flanquean la entrada seis serias efigies de grandes personalidades de la ciencia que parecen interrogarte en masa sobre el motivo de tu visita.
Hace frío. Me recuesto por enésima vez contra el respaldo de este maldito banco con la cabeza erguida para estirar los músculos, aunque no lo consigo... ¡Hay músculos que decididamente no se pueden estirar! El viejo banco de madera ha logrado entumecerme por completo. Aun así, acepto mansamente seguir esperando cuanto haga falta. Lo que importa, al fin y al cabo, es llevarme lo que vine a buscar.
De repente, una atenta señorita abre la puerta del despacho y con una voz aguda, casi infantil, me invita a que la siga para reunirme con la decana, que finalmente me va a recibir.
Toca esperar ahora en la antesala y de pie, como un soldado. Levanto mi pierna dormida para intentar recuperar la circulación y la golpeo contra el suelo para matar esas malditas hormigas que me recorren irremediablemente. A la par que suelto un incontenible y sonoro bostezo. Y así, en esa actitud poco educada, descubro que una elegante señora me observa atentamente desde una puerta. Le sonrío, dibujando mi mejor cara de imbécil, mientras ella permanece seria e impávida mirándome fijamente sin entender muy bien de qué va la cosa. Me incorporo lo más dignamente que puedo y le pregunto:
—¿La doctora Martínez, verdad?
Asintió con la cabeza junto con un suspiro de evidente resignación.
Mi tío ya me había hablado del intelecto de la doctora Martínez, de su sabiduría, y de su inigualable formación académica. La admiraba sinceramente y por ello, es de entender, que se hubiera convertido, sin quererlo, en una maravillosa candidata para engalanar mi biblioteca de conocimientos.
En un rincón cercano a la puerta, y mientras seguía a la decana, me sorprendió descubrir el retrato de mi tío Julián. Quedé obnubilado; asombrado por tan inesperado encuentro. Mi tío lucía joven y apuesto, serio, e impecablemente trajeado. Una imagen en blanco y negro de otra época, como de otra época fue tenerlo a mi lado. Allí me detuve, abrumado por la avalancha de emociones que me provocó aquel simple retrato. La decana no conocía nuestro parentesco y al observarme absorto frente al retrato, volvió sobre sus pasos y no pudo evitar comentar:
—Ese es el doctor Julián Medina, un eminente neurólogo de esta facultad, uno de los más grandes profesionales que salieron de esta casa y mucho mejor amigo. Fue mi inseparable compañero de carrera y también titular de cátedra durante muchos años. Hasta que finalmente se marchó a España a mediados de los noventa. Hace pocos años supe que había fallecido en extrañas circunstancias, sin haber tenido la oportunidad de despedirme.
La escuché atentamente mientras ella insistía en presentarme al honorable neurólogo casi de manera panfletaria, hasta que cayendo en la cuenta preguntó:
—Usted lleva su mismo apellido, ¿lo conocía?
En algún punto creí prudente informarla de mi parentesco.
—Mucho. Tengo la suerte de ser su sobrino. No solo lo conocía, lo adoraba —respondí sin quitar la mirada del retrato.
—¿No será usted aquel sobrino del que siempre hablaba? “Su único hijo” le llamaba, cuando salía apurado de la facultad para regresar a su casa con los bolsillos llenos de golosinas…
—Creo que ese era yo. Antes que nada, porque soy su único sobrino varón y, más propiamente, por el dato de las golosinas —le aseguré con la garganta cerrada por la emoción y por la alegría de escuchar aquel hermoso comentario que me evocó imágenes y sensaciones familiares que creía olvidadas.
Aquella gentil señora me conocía. Mi tío le había hablado infinidad de veces de “su único hijo”. Inmediatamente su tono cambió tornándose cercano. La emoción me invadió, y la decana, delicadamente apoyó su mano en mi hombro llevándome al interior de su despacho.
La doctora se sentó en su amplio sillón y mirándome fijamente acomodó los codos en su escritorio, mientras comentó:
—El doctor Pérez González me llamó por teléfono hace unos días pidiéndome por favor que lo recibiera. No conozco al doctor personalmente, pero su prestigio le precede desde la publicación de su monografía. ¡Una obra verdaderamente impresionante que está revolucionando la ciencia médica!
Aquel comentario sobre mi monografía me llenó de orgullo. Si supiera esta señora la identidad de su verdadero autor… Por supuesto, el doctor Pérez González, solo era un seudónimo, y quien había escrito aquellas letras no era otro que un servidor.
Y qué decir del origen de todos esos conocimientos plasmados en las páginas de la monografía, producto del intelecto de su antiguo compañero Julián Medina, quien residiendo en mi cabeza logró convertirse en el primer autor en escribir un texto póstumo.
—Traslade mi enhorabuena al doctor por su trabajo y mi admiración por su investigación.
Mi visita tenía un objetivo, supuesto: lograr su autorización para cursar la Carrera de Medicina a distancia. De más está decirlo, una tontería sin paliativos. Sin embargo, la decana no me interrumpió hasta que terminé mi deplorable exposición. Esperé su reacción, que no tardó en llegar. Se levantó de su silla y soltó una carcajada ostensible que me incomodó bastante. Antes usé la palabra “supuesto” porque, como es de prever, mi real objetivo no era otro que sumar un ilustre y nuevo archivo a la biblioteca de conocimientos.
—Quizá, dentro de unos años pueda cursar Medicina a distancia, nunca se sabe, pero por lo pronto no puedo ayudarle —culminó educadamente.
Estreché su mano y, mientras sonreía, le inyecté la solución de adormecimiento.
Una vez hizo efecto la droga, sostuve a la decana en mis brazos y la senté en su sillón suavemente. Le coloqué los sensores y los auriculares.
La nueva versión mejorada del software de transferencia ahora solo necesita mi smartphone, los datos se guardan directamente en la tarjeta de memoria del teléfono para luego volcarlos y decodificarlos cómodamente en el ordenador del laboratorio. Mi viaje previo a Silicon Valley resultó muy fructífero, tantos conocimientos extraordinarios donados gentilmente por los más prestigiosos expertos informáticos facilitaron y mejoraron enormemente el método.
En apenas cinco minutos el proceso de transferencia había terminado. Además, en la configuración del programa incluí el borrado automático de recuerdos de la hora inmediatamente anterior, cosa que venía de perlas. La decana tenía suficiente con recordarme como “el devorador de golosinas”, desde luego.
Dispuesta y preparada la escena, corrí a llamar a la secretaria para avisarle que la decana se había desmayado. Aproveché el revuelo para escabullirme, no sin antes detenerme un momento frente al retrato de mi tío Julián, quien parecía observarme serio desde la distancia, y juraría que resignado, asumiendo que su querido sobrino no tenía remedio.
Durante el viaje de regreso a la isla pensé en Mónica y en mi pequeño Julián, quienes me esperaban en Galicia.
Habíamos decidido trasladar nuestra residencia de manera permanente a Compostela; y finalmente, por una cosa y por la otra, no habíamos podido emprender el viaje hasta que Mónica estuvo a punto de dar a luz.
Mi otro amor, Santiago de Compostela, me estaba esperando con los brazos abiertos. Nos abrazamos, nos reencontramos. La piedra con la que se erguía seguía allí. Bloque sobre bloque, como desde hacía siglos, inalterable, valiente y desafiante.
Al llegar, Mónica no dijo una sola palabra, se limitó a suspirar, a digerir tanta maravilla; a procesar tanto asombro. Yo preferí no interrumpirla, observaba de tanto en tanto por el rabillo del ojo la emoción que dibujaban sus rasgos. Mónica no había salido jamás de su pequeño entorno, nunca había explorado más allá de los canales del Delta. El sol de aquella mañana primaveral se reflejaba en el granito de las calles y edificios, resplandecía y la encandilaba.
Dejamos las maletas y con todo a medio terminar nos escapamos a recorrer las callejuelas rebosantes de vida. Ella se bebía la atmósfera, se guardaba cuánto ambiente podía en los pulmones, mientras escuchaba atenta mi relato sobre secretos milenarios que muy pocos conocen. Se movía casi danzando, como flotando sobre la losa. Comprendí de esa manera que la magia de mi Santiago la había embrujado, y que nunca más sería capaz de desprenderse de aquel sentimiento profundo e inexplicable que solo puede sentir quien caminó sus calles.
Llegamos hasta mi local del anticuario, que permanecía cerrado desde mi partida. Nos detuvimos al frente y mientras Mónica se descocía hablando de futuros proyectos y reformas comunes, me quedé observando que la tienda de Cristina ya no estaba abierta. Me sentí como si me hubiesen robado algo. Se me cruzaron imágenes de otros tiempos, charlas interminables y el inolvidable aroma a incienso y mirra de su piel. Me perdí por un instante.
—¡Sebastián! ¿Me estás escuchando? —gritó Mónica mientras me miraba.
Entramos en el anticuario y destapamos los muebles victorianos, los vintage, y diversos adornos que había logrado atesorar con el transcurso de los años. Descubrimos cuidadosamente aquellos cuadros únicos que colgaban de los muros. Candelabros de plata, cuberterías del mismo metal... Jarrones asiáticos de diseño. Las lámparas de cristal de Murano colgaban sobre nuestras cabezas. Nuestros proyectos, todo aquello de lo que habíamos estado hablando durante tanto tiempo, estaban a punto de materializarse.
Nos marchamos abrazados por entre las callejuelas hablando y pensando en el futuro hasta que en la Plaza de la Quintana nos sorprendió el mediodía, apostados como dos soldados al pie de la Berenguela para estremecernos con sus doce campanadas.
Cruzamos el túnel del Palacio de Xelmírez donde tuve la certeza de que esa estridente gaita era la misma que había quedado resonando desde mi partida. Sentí que nunca me había marchado de mi Santiago, que estaba en casa. Estaba claro, una parte de mí se había quedado allí.
En pleno éxtasis, avanzamos lentamente hasta el centro de la Plaza de Obradoiro y sin más nos quedamos abrazados. Y así permanecimos un rato, yo estaba feliz de que mi amada ciudad fuese ahora de los dos. Descansé mi cabeza sobre su hombro y la abracé con la mayor fuerza que pude, con los ojos cerrados sentí que era el hombre más afortunado de la Tierra. Cuando los volví a abrir, de manera casi caprichosa, la vida me enfrentaba a Cristina, quien llevando un carrito de bebé me había descubierto entre la multitud que colmaba la plaza.
Me costó reconocerla, estaba muy delgada y bastante desmejorada. Se detuvo y me miró fijamente y se quedó inmóvil como esperando comprobar mi reacción. Yo, sin saber muy bien qué hacer, me separé levemente de Mónica, quien no tardó en percatarse de que mi atención nuevamente no estaba con ella. Quedamos todos en una situación algo incómoda:
—Hola, Sebastián.
—Hola, Cristina —respondí.
Ella no separaba la vista de aquella panza ingrávida de Mónica. Hacía dos años que no nos veíamos, y por lo visto, nuestras vidas habían cambiado mucho. Quizá, habían cambiado demasiado como para digerir semejante situación de un solo golpe. ¿Ella tenía un bebé? y yo, a la vista estaba, esperaba otro.
—¿No vas a presentarnos, Sebastián? —preguntó Mónica y tomó la iniciativa—. Hola, Cristina, mucho gusto… ¿Eres amiga de Sebastián?
—Sí, amigos, desde hace mucho tiempo —comentó titubeante, descubriendo así que Mónica nada sabía de nuestra relación.
Mónica se fijó inmediatamente en la niña que descansaba en el carrito. La pequeña miraba atentamente a su alrededor, moviendo sus bracitos y revoleando unos maravillosos y bien abiertos ojazos azules. Mónica tardó nada en tomarla en sus brazos. Mientras, Cristina y yo, permanecimos al margen, incómodos y sin saber cómo reaccionar ni cómo comportarnos.
La pequeña Alma sonreía y sin razón aparente, estiró sus bracitos hacia mí a lo que no pude resistirme. Los ojos de Cristina se llenaron de lágrimas y rompió en llanto. Mónica la abrazó en un acto casi reflejo. Yo me mantuve todo lo alejado que pude, para no dar pie a ningún comentario que pudiera soltar Cristina sobre nuestra relación pasada. Había preferido no contar nada de lo nuestro a Mónica y aquel no parecía el momento más oportuno para ponerla al tanto. Mónica invitó a Cristina a tomar un café del que quedé excluido.
Me quedé observando cómo se alejaban. Di por hecho que aquello no acabaría bien y lamenté no haber sido más sincero con mi propio pasado. Sin otra opción que esperar el resultado de la reunión volví a casa. Mónica regresó unas horas después, tan cariñosa como la había dejado, por lo cual interpreté que aquella larga charla no había tenido el resultado que esperaba, por suerte, o quizá por desgracia.
—Hablamos mucho con Cristina —comentó Mónica quedándose pensativa y cambiando el ceño.
Me senté algo temeroso frente a ella para escuchar lo que tenía para contarme.
—Tuve que sacarle las palabras con una pinza al principio —continuó Mónica—, pero pronto conectamos y comenzamos a hablar como si nos conociéramos de siempre. Me contó que no estaba pasando un buen momento. Al parecer no tuvo un embarazo fácil, y por causa del parto se vio obligada a cerrar su tienda. El padre de la niña se marchó y las dejó a su suerte… ¿Podés creer?, ¡Qué hijo de puta! Me di cuenta de que Cristina está muy sola y que apenas puede sostenerse a ella misma y a la pequeña. Como te digo, hablamos mucho, aunque los detalles, por supuesto, son cosa de mujeres, y no viene al caso que los revele…
Mónica siguió hablando, y terminó por descolocarme por completo cuando propuso, o para ser más exacto, casi me impuso que la empleáramos en el anticuario.
