Una góndola para conquistarte - Laura Maqueda - E-Book

Una góndola para conquistarte E-Book

Laura Maqueda

0,0

Beschreibung

La vida de Samantha es un caos y ella ni siquiera lo sabe. Se ha pasado los dos últimos años de su vida escribiendo una columna de consejos amorosos en una revista neoyorquina y odia absolutamente cada faceta de su trabajo. No tiene tiempo ni ganas para el amor, y no tiene abierto su corazón. Para empeorar las cosas, recibe la llamada de Melissa, su madre, con la que lleva años sin verse, para informarla de su inminente boda… nada más y nada menos que en la Toscana italiana. Viajar a Italia y perderse en ese país ha sido siempre el sueño de Sam, y ve en la boda una buena oportunidad para reconciliarse con su madre y poder, al fin, ver mundo. Sin embargo, las cosas no salen siempre como una lo ha imaginado. Al llegar a la Toscana, Sam averigua que ha habido un cambio de planes, que la boda no se celebrará en la villa familiar del que va a ser el marido de su madre, tal y como estaba previsto, y que además… tiene un nuevo hermanastro. Alessandro Martinelli, el hijo de su futuro padrastro, le descubrirá las maravillas de Italia a través de un viaje en coche hasta la bella costa amalfitana, nuevo lugar del enlace, al mismo tiempo que pondrá su corazón en las manos de Sam. ¿Querrá Sam regresar a Nueva York llegado el momento? ¿Será capaz de abrir su corazón al irresistible italiano que conduce a su lado?

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 561

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Primera edición: noviembre de 2024

Copyright © 2024 Laura Maqueda Galán

© de esta edición: 2024, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]

ISBN: 978-84-10070-67-7

BIC: FRD

Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®

Fotografías de cubierta: Freepik

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Índice

Nota de la autora

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

Epílogo

Agradecimientos

Playlist

Contenido especial

Para aquellos que nos encuentran cuando estamos perdidos.

Para las estrellas que alumbran nuestro camino.

Nota de la autora

Todos los lugares y localizaciones que aparecen en esta novela existen en realidad. Es completamente posible realizar la ruta por carretera que recorren Sam y Alessandro, hospedarse en los mismos hoteles, recorrer las antiguas calles y sentarse a comer en los restaurantes que visita la pareja.

En cuanto a la historia de la zia Bianca… Bianca de Médici y Andrea Piccolomini existieron una vez, hace mucho tiempo. Sin embargo, no hay constancia alguna de que ambos tuvieran ningún tipo de relación clandestina, aunque es probable que sus caminos se cruzaran más de una vez. A pesar de que Andrea fue un reconocido arquitecto de su época, la villa Vita Nuova es totalmente ficticia, inspirada en la villa Laura de Cortona, la casona de la película Bajo el sol de la Toscana.

Pero, ¿quién sabe?, tal vez Bianca y Andrea se hayan encontrado en otro tiempo, en otra vida…

1

La llamada que lo cambió todo

«Querida Lady Saint Claire:

¡¡Socorro!! Sé que habrá centenares de cartas esperando una respuesta por tu parte, pero… ¡necesito tu ayuda! Hace seis meses me casé con el hombre de mi vida, un chico absolutamente perfecto en todo. Sin embargo, ahora creo que cometí un error. Unas semanas atrás, al llegar del trabajo, descubrí que mi marido Paul olía a perfume de mujer, ¡y además, del barato! En su chaqueta encontré unos cuantos pelos rubios, y yo soy morena. Lleva días comportándose de manera extraña; noto cómo se pone nervioso cuando me acerco a su teléfono, a veces vuelve a casa mucho después de que yo me haya acostado y… Esto resulta muy embarazoso para mí, así que lo diré sin rodeos: ya ni siquiera me toca. Y lo digo literalmente. El sexo prácticamente desapareció de nuestras vidas después de la luna de miel. ¿Acaso se ha olvidado de nuestro proyecto de formar una familia? ¿Crees que debería insistir en el tema?

Te suplico que me ayudes, querida Lady Saint Claire. Ya no sé qué pensar, y me estoy volviendo loca. Incluso se me ha pasado por la cabeza la idea de que Paul pueda ser una nueva Caitlyn Jenner. Estoy ansiosa por conocer tu opinión. ¡Mi matrimonio se va a pique!

Firmado:

Lily, la esposa desesperada».

«Apreciada Lily:

¡Tu marido te la está pegando con otra! Siento ser tan directa, pero ya es hora de que abras los ojos. ¿De verdad no lo has notado? Mi consejo es: olvídate del tema de Caitlyn Jenner. Tu marido no es transgénero. Se está acostando con una mujer que no eres tú.

Preséntate en su oficina al final de la jornada laboral. ¿Ves a esa rubia de risa histriónica que le toquetea el brazo? Se acuesta con ella.

¿Recibe llamadas a horas intempestivas y escuchas una voz de mujer antes de que Paul se encierre en el baño? Vuelve a ser la misma rubia, y se acuesta con ella.

Espéralo desnuda cuando vuelva del gimnasio. Si te dice que está cansado y ni siquiera te mira, desilusiónate. Es por la rubia. Se acuesta con ella.

Pídele el divorcio y asegúrate de elegir bien la próxima vez. ¡Recuerda que se está acostando con otra!

¡Buena suerte en el futuro!

Lady Saint Claire

Soluciona tus problemas te guste o no».

Firmada la misiva, Samantha dio por concluida la columna semanal de consejos que escribía para la revista en la que trabajaba. Decidida y satisfecha consigo misma, pulsó el botón de enviar sin dudarlo un instante, a pesar de que sabía que diez minutos más tarde le caería una buena reprimenda cuando su jefa leyera la respuesta que le había dado a la pobre Lily; sin embargo, en ese momento le traía sin cuidado.

Aquel jueves del mes de marzo estaba resultando ser uno de esos días en los que una piensa que más le hubiera valido quedarse en la cama dejando pasar el tiempo haciendo… nada. En las veinticuatro últimas horas de Samantha —o Sam, como ella prefería que todos la llamaran si en algo apreciaban sus vidas— todo, absolutamente todo le estaba saliendo mal. Tal era su nivel de hastío que hasta le molestaba cruzar la mirada con cualquier desconocido en el metro o incluso con sus propios compañeros de redacción, por no hablar de lo irritada que se sentía cada vez que alguno de ellos le dirigía la palabra. Lo único que Sam quería era volver a su apartamento, encargar una pizza y si, como pasaba en las películas, un meteorito se estrellaba contra la ciudad de Nueva York, a ella le daría igual con tal de que la dejaran tranquila.

—Solo unas horas más y podrás largarte a casa —se repetía a sí misma en voz baja una y otra vez, como un mantra.

Desde que había abierto los ojos por la mañana todo le había salido mal. Para empezar, el despertador no sonó a la hora que ella creía que lo había programado, algo comprensible para una persona que tiende a olvidar en qué día vive. Para cuando Sam consiguió despegar las pestañas embadurnadas de rímel —porque, una vez más y para no perder la costumbre, no había recordado desmaquillarse la noche anterior—, ya iba, utilizando sus propias palabras, tarde de narices. Ni siquiera le dio tiempo de tomarse un café rápido antes de salir de su pequeño pero coqueto apartamento situado en Brooklyn, porque, obviamente, no se acordó de hacer la compra el día anterior. De modo que tuvo que conformarse con comerse una barrita energética que encontró sepultada en el fondo de su enorme bolso de camino hacia la boca de metro más cercana.

Cuando salió a la superficie en Grand Central, una lluvia de primavera persistente y totalmente inesperada cayó de pleno sobre Sam. A pesar de que en el interior de su bolso podría haberse instalado el mítico circo ruso, en esa ocasión, como no podía ser de otra manera, Sam no llevaba paraguas, por lo que llegó completamente empapada a la redacción de Real Women’s Weekly. Mientras subía en el ascensor, percibió las miradas inquisitivas de varios de sus compañeros; cuando se giró para contemplar su aspecto en el espejo de la pared, su humor empeoró varios niveles al comprobar que su hermosa y larga melena castaña estaba tan encrespada por la humedad que hacía que se pareciera a los pequeños simios del zoo de Prospect Park, en el distrito de Brooklyn. A una mujer bajita y de constitución delgada como ella la frondosa cabellera no le sentaba del todo bien. Los rasgos finos de su rostro lucían demacrados bajo la mortecina luz del ascensor, y eso que su piel era de un bonito tono tostado. ¡Hasta su nariz era como la del reno Rudolph aquella mañana! Definitivamente, estaba hecha un cuadro.

Una vez se hubo recogido el pelo en una coleta informal, ni siquiera escuchar de fondo la banda sonora de Dirty Dancing mientras contestaba las cartas elegidas al azar para el siguiente número de la revista consiguió paliar su mal humor. Llevaba casi cuatro años ocultándose bajo el seudónimo de Lady Saint Claire dando consejos a un numeroso grupo de personas desesperadas que no dudaban en airear sus trapos sucios y sus problemas en un semanario que leía más de la mitad del país. La verdad era que Sam estaba más que cansada de interpretar ese papel.

—Añadamos un motivo más a la lista de la frustración de Sam —tarareó entre los versos de (I’ve Had) The Time of my Life.

Cuando decidió estudiar Periodismo lo último que imaginó fue que acabaría trabajando en una revista que mezclaba temas de moda con reportajes de actualidad combinados con varias secciones de noticias del corazón, asesoramiento por parte de una conocida sexóloga y una columna de consejos de la que ella misma se ocupaba, ya que ninguno de sus compañeros quería. Ella, al ser la última en llegar a la redacción, había sido la encargada de sacarla adelante. A pesar de todo, Sam no solía quejarse; dar consejos a sus lectores pagaba las facturas y le permitía darse algún capricho de vez en cuando, pero después de cuatro años contestando cartas, una vocecita en el interior de su cabeza le decía que era el momento de dar un paso adelante.

Lo que realmente le entusiasmaba era el periodismo de investigación. Ahondar en las tripas de la noticia hasta el fondo y desentrañar toda la información que se podía obtener. Ella era de la opinión de que en una revista como en la que trabajaba existía muy poco de todo eso, a menos que por investigación se considerase las entrevistas a lo más alto de la sociedad estadounidense que ofrecían cada semana. Ninguna de esas personas había buscado sin descanso en un laboratorio la cura contra el cáncer, ni había viajado a un país en guerra como ayuda humanitaria ni tampoco había luchado por la igualdad entre hombres y mujeres.

En una ocasión, durante la última fiesta de navidad de la revista, Sam conoció a un acaudalado matrimonio famoso por sus negocios inmobiliarios. Ambos presumían del gran imperio que juntos habían creado, y cuando ella les preguntó si se planteaban la posibilidad de construir viviendas en lugares necesitados, estos le respondieron que jamás daban limosna y que cada uno debía labrarse su propio futuro tal y como ellos habían hecho en el pasado. Sam sintió tal desagrado que terminó por marcharse a casa. El matrimonio, por supuesto, fue portada del especial navideño, y Sam comprendió entonces que en el día a día, en el mundo real, es el poder y la fama los que toman las riendas de nuestras vidas y que en realidad las cosas que verdaderamente importan dejan simplemente de importar. Tal y como decía su jefa: la popularidad es lo que vende.

Así pues, Sam bien podía olvidarse de sus anhelos por trabajar en una columna seria de actualidad.

—¿Otra vez escuchando la banda sonora de Dirty Dancing, Baby?

Sam se quitó los auriculares de un tirón, y solo cuando el cable de uno de ellos se enrolló alrededor de uno de sus pendientes se arrepintió de su falta de cuidado. Maldijo un par de veces entre dientes mientras intentaba deshacerse del arito de plata que se le estaba clavando en la oreja, y ni siquiera prestó atención a Gillian cuando esta apareció en su campo de visión y plantó su operado trasero en su mesa de trabajo.

Gillian era su fiel aliada, la mujer que le había mostrado su apoyo desde que puso por primera vez un pie en la redacción de Real Women’s Weekly. Ahora, cuatro años más tarde, Sam y ella casi se habían convertido en amigas íntimas. Su compañera se encargaba de entrevistar a las mujeres del momento: actrices, empresarias, cantantes de éxito… Era tan buena en su trabajo que había recibido ya varios reconocimientos gracias a las exclusivas que siempre conseguía sonsacar a sus presas. Muchos consideraban a Gillian una depredadora, y estaba tan orgullosa de su estilo de cazadora sin escrúpulos que no dudaba en presumir de ello. Nadie sabía con exactitud su edad —Sam tenía la teoría de que estaba más cerca de los sesenta que de los cincuenta—, y, a pesar de que ella misma había tratado por todos los medios de echarle un vistazo a su carné de identidad, sus esfuerzos siempre caían en saco roto. Gillian era hermosa; lucía una elegante media melena de color dorado y no le importaba admitir el número de veces que había pasado por el quirófano. Tampoco tenía pelos en la lengua, y Sam la admiraba por ello.

Aquella mañana Gillian iba impecablemente vestida, como siempre. Sus largas piernas torneadas estaban enfundadas en una ajustada falda de tubo de color camel, y llevaba la blusa blanca y sin mangas abierta en el pecho siliconado, insinuando, pero sin enseñar.

Una vez el pendiente dejó de estrujarle la oreja, Sam levantó la mirada y odió de inmediato a su amiga, porque junto a la palabra «perfección» en el diccionario estaba segura de que debía de salir la foto de Gillian.

Apoyando los pies en la pared, Sam tomó impulso y se deslizó unos centímetros hacia atrás gracias a las ruedas de su silla.

—Es lo único que puede levantarme hoy el ánimo —le contestó—. Ya sabes que es mi antidepresivo.

—¿La historia de una chica fea y un guaperas que no tiene dónde caerse muerto?

Sam puso los ojos en blanco. No pensaba molestarse en rebatirle que Dirty Dancing había sido, era y siempre sería una de las mayores historias de amor de todo el cine.

—¿Has venido para algo más que para cargarte mi película favorita y lanzar sapos y culebras por esa boca siliconada?

Mientras se retorcía un mechón rubio entre los dedos, Gillian le dedicó una de sus sonrisas ladinas que tanto efecto causaban en sus entrevistados.

—Me encanta haberte enseñado a sacar las uñas, cariño —comentó, satisfecha—. En realidad, he venido porque te he visto entrar en la oficina hecha unos zorros. ¿Se puede saber qué demonios te ha pasado?

Al recordar su mañana infernal, el humor de Sam empeoró considerablemente. Molesta consigo misma y con el mundo que la rodeaba, resopló tan alto que los pelillos sueltos que se habían escapado de su coleta revolotearon frente a sus ojos.

—Te lo resumiré —murmuró Sam mientras se entretenía en desenvolver una piruleta que acababa de encontrar metida en su bote de lápices—. No me ha sonado el despertador, me he quedado sin café, he olvidado el paraguas en casa y estoy hasta el mismísimo coñ…

—¡Eh, eh, eh! —le advirtió Gillian alzando las manos—. Las damas no decimos vulgaridades cuando estamos alteradas, querida.

Un sonoro chasquido de lengua resonó entre ellas cuando Sam se sacó la piruleta de la boca.

—Ya. Como si eso fuera contigo, querida. —Haciendo girar en círculos el caramelo, Sam continuó—. El caso es que hoy necesito algo más fuerte que un chute de mi banda sonora favorita para mejorar mi día —determinó—. Creo que al volver a casa encargaré una pizza. O comida china. ¡Mejor aún!, encargaré las dos cosas y me pondré la película en modo bucle.

El rictus de Gillian se contrajo tanto como el bótox se lo permitía hasta formar una especie de mueca de desagrado.

—Madre mía, estás peor de lo que me imaginaba. ¿Ya has terminado la columna?

—A decir verdad…

Pero no tuvo tiempo de acabar su frase. Antes de que pudiera mencionar la sincera carta que le había escrito a la pobre Lily, la esposa desesperada, su jefa apareció frente a ellas armada con su mirada más letal y asesina, algo bastante habitual entre los redactores jefe.

—¿Se puede saber qué es esto? —le espetó a Sam, estampándole contra el pecho una copia impresa de la última carta de Lady Saint Claire.

—Vaya, Kate. Yo también me alegro de verte.

—¡No me vengas con esas! —gritó Kate—. Se supone que te pagamos para que aconsejes a nuestros lectores, Samantha.

Al oír su nombre completo, Sam se obligó a cerrar los ojos, contando mentalmente hasta diez antes de estallar. Sabía que había metido la pata escribiendo esa respuesta a la pobre Lily, pero aquello era lo último que le faltaba para explotar delante de su jefa.

—Eso he hecho —se defendió la aludida—. ¿Qué parte de mi carta es la que no te gusta?

—¿Me estás vacilando? ¡No hay por dónde cogerla! Ni siquiera es propia de una novata. ¡Es una completa basura, joder!

La siempre bulliciosa redacción se paralizó de inmediato. Las conversaciones cesaron y todo el mundo dejó lo que estaba haciendo para prestar atención a la bomba de relojería que amenazaba con explosionar de un momento a otro en la mesa de Sam. Cuando la siempre comprensiva Kate gritaba y comenzaba a hablar como un camionero todo el mundo sabía que había que ponerse a cubierto. ¿Estaría el puesto de Sam en peligro? Era lo que le faltaba para terminar de completar su día de mierda.

Kate era una mujer pausada que se tomaba su trabajo muy en serio. Llevaba dedicándose al periodismo más de la mitad de su vida. Empezó siendo la chica de los recados en la redacción de un pequeño periódico; poco a poco consiguió escalar puestos a lo largo de su carrera hasta ostentar el cargo de redactora jefa en el Women’s Real Weekly. Aunque no por mucho tiempo, ya que acababa de aceptar la propuesta de dirigir un importante periódico estatal. Así pues, el cargo de redactor jefe estaba en el aire, y todo el mundo se disputaba ser el sucesor de Kate. En especial Gillian, que siempre deseaba más en todos los ámbitos de su vida.

Ese día, la jefa tenía las gafas de pasta rojas —que a Sam siempre le habían recordado a las de una camarera de los años 60 del siglo xx— colgadas con una cadena sobre el pecho. Sin embargo, con un gesto decidido, se las colocó sobre la nariz para poder leer en voz alta la respuesta mordaz dirigida a la desesperada esposa Lily.

—No puedes decirle a una de nuestras lectoras que su marido le pone los cuernos con otra, Sam.

—¿Por qué no? —protestó esta, airada—. ¿Has leído su carta? ¡Por Dios, Kate! ¡Si hasta ella lo piensa! Tan solo me he limitado a decirle que su marido no es la nueva Caitlyn Jenner. Los hechos son los hechos.

Reconociendo las señales de la tormenta verbal que se avecinaba y sintiéndose en el medio de esta, Gillian trató de escabullirse.

—Casi mejor te espero en la sala común.

—Tú te quedas —le ordenó su jefa; luego volvió a mirar a Sam echando chispas por los ojos—. Reescribe la carta. Invéntate lo que sea. Un marido confundido o hasta transgénero es mejor que un marido infiel.

Sam resopló. Aquella era la peor parte de su trabajo. Odiaba que le dijeran cómo y qué escribir e incluso cuál era la mejor manera de hablar a sus lectores. Se suponía que Lady Saint Claire era famosa por su franqueza a la hora de responder las cartas que las pobres almas desesperadas le enviaban. ¿Por qué no podía ella simplemente decir lo que pensaba?

—Reconozco que puede que me haya excedido con la chica —claudicó al fin; tomó un bolígrafo de propaganda que había sobre el escritorio y comenzó a hacerlo rodar entre sus dedos—. Pero tienes que admitir que tú también piensas lo mismo.

—Lo que tú y yo pensemos no cuenta, cariño. —Kate tomó de nuevo la carta que había imprimido y la dejó sobre el escritorio de Sam—. Reescríbela, ¿de acuerdo? Y asegúrate de tenerla lista antes de que acabe la mañana.

—Sí, jefa.

Kate volvió a quitarse las gafas. Se la veía satisfecha consigo misma y con el poder de convicción que tenía aún sobre sus chicas. Mientras se retocaba el moño improvisado con el que se había recogido su fino cabello rubio, se giró para quedar frente a Gillian.

—¿Has acabado con la entrevista de esta semana?

—Solo nos faltan las fotografías —le confirmó—. Esa cría se cree que por haber vendido más de un millón de copias de su último álbum puede comprar el mundo entero.

—Al menos no nos ha exigido cobrar por la entrevista. ¿Tienes algo para el próximo número?

Los ojos de Gillian brillaron de pura emoción. Llevaba toda la mañana tratando de buscar la mejor forma de abordar a su jefa para proponerle publicar el bombazo que dispararía las ventas de la revista y que, de paso, la catapultaría a ella misma hacia el puesto de redactora jefa que Kate dejaría libre en unas semanas.

—Ahora que lo dices, hay algo de lo que quería hablarte —comentó como si tal cosa, contemplando el esmalte rojo intenso de sus uñas—. Tengo una fuente que acaba de confirmarme el affaire de la esposa del alcalde Cleveland con un guapo hombre latino. Y joven, ya sabes a lo que me refiero. —Al decirlo, Gillian soltó una sonrisa maliciosa—. Imagínatelo, Kate; seríamos los primeros en hacer público que la honorable señora del alcalde tiene un amante al menos diez años más joven que ella. ¡Un toyboy! ¡Todo un escándalo político en plena campaña electoral! ¡El nuevo caso Clinton!

Gillian daba por hecho que Kate aprobaría su proyecto sin dudarlo un segundo, pero no contaba con encontrarse con una rotunda negativa.

—No quiero rumores falsos ni cotilleos que puedan traernos problemas, ¿entendido? Aunque a veces no lo creáis, somos una revista seria para mujeres actuales, y a veces incluso para algunos hombres, no un panfleto de prensa amarilla, Gillian.

—Pero, Kate, incluso podría traerte al amante… Creo que, si lo presiono lo suficiente, estaría dispuesto a concedernos una entrevista. Si me das la oportunidad de ahondar un poco más, te prometo que los tendrás a los dos en portada. El mundo entero hablará de nosotras.

—Basta. No hacemos prensa sensacionalista, Gillian. No quiero oír hablar del tema de nuevo, ¿de acuerdo?

—Sí, de acuerdo —murmuró Gillian apretando los dientes. No estaba nada satisfecha con la decisión de su jefa.

—Bien. Ahora, ¡a trabajar!

Cuando Kate se marchó, Sam, que había sido testigo del intercambio de palabras entre ambas mujeres mientras mordisqueaba lo que le quedaba de piruleta, le lanzó una mirada de solidaridad a su compañera y las dos resoplaron a la vez.

—Se está volviendo gruñona —farfulló Gillian—. Debería salir más. Follarse a alguien más joven. O quizá… ¿Crees que debería pasarle el número de mi cirujano plástico?

—No digas tonterías, Gils. Kate no necesita ningún retoque.

—Lo que necesita es un buen polvo.

Los ojos marrones de Sam se abrieron como platos.

—¡No puedo creer que hayas dicho eso!

—Ya, ya. Sororidad y todo lo demás —masculló Gillian, quien empezaba a contagiarse del mal humor de su amiga—. Es que no me entra en la cabeza que haya rechazado una noticia así.

—A mí me parece bien que no quiera meter cotilleos en la revista.

—¡Pero es lo que vende, Sam! Si yo estuviera en su lugar, te aseguro que no lo dejaría pasar.

Ella se encogió de hombros. En aquel asunto estaba completamente de acuerdo con su jefa, a pesar de que esta le hiciera repetir la última carta de su columna.

—Creo que necesito una copa —determinó Gillian—. Iré a convencer a las chicas de recepción. ¿Nos vemos más tarde en el Cornerstone?

—En realidad… —El teléfono móvil de Sam comenzó a vibrar con insistencia sobre su mesa; quienquiera que la estuviera llamando no pensaba colgar hasta recibir una respuesta—. Espera, dame un minuto.

Al mirar la pantalla, el rostro de la chica se tornó lívido y sus expresivos ojos almendrados se pusieron como platos.

—¿Algo va mal?

Incapaz de hablar, Sam negó con la cabeza. Era lo último que le faltaba para coronar su mal día.

—Es Melissa.

—¿Tu madre? —Sam asintió—. ¿La misma a la que hace seis años que no ves y que vive en Italia?

—¿Cuántas madres crees que tengo? —se molestó Sam—. ¿Qué querrá?

—Si no contestas, nunca lo sabremos. ¡Venga, me muero de curiosidad!

Estaba nerviosa, y las piernas le temblaban como aquella única vez a la que acudió a clase de spinning. Con pasos cortos y seguros, Sam se alejó hasta los ventanales de la oficina para tener un poco de privacidad. Desde el piso veintitrés del edificio había unas bonitas vistas de la calle 51 con la Segunda Avenida.

—¿Ho… hola? —saludó Sam tras aceptar la llamada.

—¡Cariño! —exclamó la alegre voz de su madre—. ¿Eres tú, Sammy? ¿Me escuchas?

Sam cerró los ojos al tiempo que inspiraba hondo y apretaba el teléfono. Odiaba que su madre la llamara de aquel modo, siempre lo había odiado. ¡Casi prefería que usara su nombre completo!

—¿Estás ahí, cielo? ¡No te oigo! Mio Dio! ¡La conexión es malísima! ¡Cielo!

—¡Por Dios, Melissa! —exclamó Sam; empezaba a desesperarse y todavía no sabía qué era lo que su madre quería de ella—. ¡Digo que estoy aquí! ¿Ha ocurrido algo?

—¿Acaso una madre no puede interesarse por su hija?

A pesar de que sabía que no podía verla, Sam levantó una ceja en un gesto cargado de ironía.

—¿Necesitas que te recuerde las veces que hemos hablado en el último año, Melissa?

—Mamá. Todavía soy tu madre —la corrigió—. En mi defensa te diré que se han producido muchos cambios en mi vida. Tengo buenas noticias. ¡Adivina!

Sam nunca había soportado el afán de su madre por envolverlo todo con un halo de misterio que a ella no le interesaba. Cansada, apoyó la frente en el cristal de la ventana y rezó para que realmente fueran buenas las noticias que su madre estaba a punto de darle.

—¿De qué se trata esta vez?

—Ay, Samantha. ¡Mi Sammy! ¡Me caso! ¿Te lo puedes creer? A mi edad volveré a ser una novia, y estoy tan feliz como la primera vez. ¡Me caso! —repitió con voz jovial.

Una vez Sam había visto una película en la que el espíritu de la protagonista abandonaba su propio cuerpo y contemplaba desde fuera lo que acontecía a su alrededor, haciéndolo parecer todo de un modo tan irreal que, de haber estado en su completo ser, jamás habría sido consciente de lo absurdo de la situación. Así era como se sentía Sam en aquel momento, como si no fuera ella misma y no hubiera oído la bomba que su madre acababa de lanzarle.

—Cielo, ¿sigues ahí?

—Espera, es que… Yo… —Cuenta hasta diez, Sam. Cuenta hasta diez—. ¿Qué acabas de decir?

—¿A que es maravilloso, tesoro? —continuó su madre, emocionada como una niña—. La boda será dentro de un mes. ¡En Italia, nada menos! Y por supuesto que quiero que mi única hija esté presente. Te mandaré los detalles por email, ¿de acuerdo? Ahora tengo que dejarte, cariño. ¡Mamá te quiere! Ciao!

Y sin más su madre colgó. Melissa en estado puro, tal y como Sam la recordaba. De entre todas las excentricidades que su madre había cometido a lo largo de su vida, jamás imaginó que volvería a casarse, menos aún de un modo tan precipitado. Entre madre e hija no existía una mala relación, pero hacía años que no se veían, desde que Melissa decidió vivir de las rentas e instalarse en Europa. La noticia de una boda era del todo… imprevista.

Mientras Sam hablaba con su madre, Gillian la esperaba impaciente junto a su escritorio. Su compañera se moría de ganas por saber qué se traía entre manos la madre de Sam, famosa por sus excentricidades.

Cuando regresó a su mesa, a Gillian apenas le quedaban uñas que morder.

—Bueno, ¿qué? —quiso saber—. ¿Qué te ha dicho?

Con el rostro blanco como la nieve, Sam negó con la cabeza y se dejó caer sobre la silla, con tanta fuerza que rodó hacia atrás hasta golpearse contra un pobre cactus de plástico que no tenía la culpa de nada.

—¡Sam! Dime de una vez qué es lo que pasa.

La aludida se humedeció los labios y tragó saliva varias veces antes de hablar.

—Se casa —dijo al fin.

—¿Qué? ¿Quién se casa?

—Mi madre —murmuró Sam, aún incrédula—. Se casa mi madre.

—¿En Italia?

Sam asintió nuevamente y empezó a pensar si no estaría convirtiéndose en un robot, ya que se movía como dirigida por control remoto.

—¿Italia, Europa?

—¿Cuántas Italias conoces? Mi madre se casa en Italia dentro de un mes y quiere que yo esté presente.

—¿Te vas a Italia?

¿Quería ella realmente ir a Italia? ¡Si ni siquiera había salido de Estados Unidos! Tenía treinta y tres años y lo más lejos que había viajado era hasta Colorado para ver el Gran Cañón con sus compañeros de la universidad. ¡Por supuesto que quería ir a Italia! Solo que no había tenido tiempo de procesar toda la información ni de planear la escapada… ¡No sabía si podría permitirse pedir unos días libres en la redacción! Su madre se casaba en la bella Italia, ¿dónde estaba la cámara oculta? ¿Cómo podía Melissa unirse a un hombre al que su hija no conocía y con el que apenas llevaba saliendo unos meses? Después del matrimonio fallido con su padre, ¿cómo estaba segura de que aquella segunda vez sería para siempre?

—No lo sé —dijo al fin, apenas con un hilo de voz—. ¿Puedes creerte que ni siquiera me ha dicho el nombre de su novio?

—Tienes que ir —sentenció Gillian—. No has cogido vacaciones desde que empezaste a trabajar aquí, Sam. Seguro que a Kate le parece bien.

—Es que no sé… Además, Kate se marcha y no sé si será buen momento para…

—Deja de buscarte excusas —la interrumpió su compañera—. Vive, Sam.

Sam se la quedó mirando con los ojos de una cervatilla asustada.

—Entonces, ¿qué? ¿Te vas a Italia?

Ella resopló. ¿Tenía alguna otra opción?

—Me voy a Italia.

2

Babeantes y bobos babuinos

Como cada día al caer la tarde, el Cornerstone rebosaba de actividad. Situada al sur de Park Avenue, entre la Segunda y la Tercera Avenida, la taberna se convertía en el refugio de multitud de oficinistas, trabajadores de banca y hasta repartidores de mensajería que acudían al lugar para disfrutar de unos minutos de distensión después de una larga jornada. Haciendo honor a su nombre, el local se ubicaba en la esquina con la calle 51; a pesar de contar con dos pisos y pese a que sus dimensiones no fueran grandes en exceso, siempre conseguía llenar cada espacio que quedaba libre. El segundo nivel estaba dedicado a las noches temáticas, que solían ser tan variopintas que albergaban desde sesiones de karaoke o emisiones deportivas hasta exhibiciones de magia. La planta baja, en cambio, se centraba en el servicio de comedor y barra. A menudo, como era el caso de ese día, se amenizaba la velada con una noche de micro abierto, donde diversos talentos de todo el país mostraban sus voces a la espera de ser descubiertos por algún cazatalentos que pasara por allí.

En aquel momento, cuando Sam, Gillian y el resto de chicas entraron en el bar, un grupo de música celta lo daba todo encima del improvisado escenario que habían colocado al fondo de la sala. A pesar de lo atestado que estaba el sitio, la banda se hacía oír por encima del murmullo de la clientela cantándole a voz en grito a una tal Molly Malone. Al fijarse en el chico pelirrojo que tocaba de manera rápida e incesante una especie de pandereta enorme sin platillos, Sam se cuestionó si el cuerpo del muchacho soportaría una canción más antes de caer redondo al suelo.

—¡Esto está llenísimo! —comentó Sam haciéndose oír por encima de los gritos del cantante.

Nicole, la secretaria de Kate, que siempre las acompañaba, se aferró a su brazo para no verse separada de su amiga mientras buscaban una mesa en la que sentarse.

—¿Dónde están Gillian y Megan? —logró preguntar Nicole.

Ambas mujeres otearon el local en busca de las dos chicas y a punto estuvieron de tropezar varias veces con los atareados camareros que cargaban sin descanso pesadas bandejas repletas de comida de aquí para allá.

—Es imposible encontrarlas —se quejó la chica.

—¡Allí! —exclamó Sam—. En la barra, junto a los servicios. ¿Las ves?

Les llevó al menos cinco minutos de reloj conseguir alcanzar su destino, y para cuando pudieron sentarse en los taburetes que Gillian y Megan habían reservado, las dos estaban exhaustas.

—Creo que ese niño con el que nos hemos topado me ha roto un dedo del pie con el patinete —se quejó Nicole, quitándose el zapato para comprobar los daños.

Sus compañeras estallaron en carcajadas al verla.

—¿A quién se le ocurre traer a un niño a un bar como este? —protestó Megan, la chica de contabilidad, apartándose el pelo de la cara—. ¡Y con un patinete, nada menos!

—Lo que todas nos preguntamos en realidad —terció Sam— es cómo puede ser que siempre salgas mal parada cada vez que venimos a tomarnos una copa. Por cierto, ¿qué habéis hecho para encontrar un hueco libre? ¡Esto está hasta los topes!

—Ha sido Gillian —se apresuró a decir Megan—. Algo se trae con el camarero. ¿A que sí, Gils?

La aludida puso los ojos en blanco al tiempo que se llevaba los dedos al escote de su blusa para desabrochar un par de botones, hasta que dejó a la vista un poco del encaje de su ropa interior.

—No sé de qué me habláis —comentó con una sonrisa socarrona pintada en los labios. Acto seguido, alzó el brazo para llamar la atención del camarero; el chico, que no debía de tener más de la edad mínima para beber, no tardó ni dos segundos en llegar hasta ellas—. Johnny, mis amigas y yo estamos sedientas. —Su voz sonaba seductora, y para provocar un poco más al joven deslizó un dedo por la piel expuesta de su busto—. ¿Por qué no nos pones algo para refrescarnos?

El pobre Johnny boqueó como un pez fuera del agua y tan solo fue capaz de asentir, sin pronunciar una sola palabra, antes de marcharse a preparar sus bebidas.

Megan y Nicole estallaron en gritos de júbilo animadas por el atrevimiento de Gillian.

—¡Gillian acaba de entrar en acción, señoras! —exclamó Nicole entre risas.

—Eres una auténtica mantis religiosa —proclamó su compañera siguiendo el juego a sus amigas.

—¡Oh, por favor! Exageráis, chicas. No me he acostado con él. Todavía…

Al escucharla, las mujeres prorrumpieron en ruidosas carcajadas, pero Gillian se fijó entonces en Sam. Desde que se había acodado en la barra, su amiga no había hecho otra cosa más que juguetear con su teléfono móvil y ni siquiera parecía consciente del descarado flirteo que se estaba produciendo con el camarero.

—¡Tierra llamando a Sam! —gritó Gillian, chasqueando los dedos frente a los ojos de la chica—. ¿Dónde demonios estás? Deja el móvil de una vez y diviértete.

Sam apartó a un lado la mano de Gillian y se concentró todavía más en su teléfono.

—Es que no me lo puedo creer —murmuró entre dientes, y, a pesar del ruido del local, todas sus amigas la oyeron—. Melissa se ha vuelto completamente loca esta vez.

—¿De qué se trata? —inquirió Nicole—. ¿Melissa va a organizar una despedida de soltera con boys italianos?

La mera sugerencia arrancó grititos obscenos por parte de las chicas.

—Peor —concluyó Sam, y les mostró la pantalla—. Acaba de enviarme un mail con la invitación a la boda. ¡Mi madre se ha convertido en una millennial!

Acercándose a ella, Gillian se hizo con el smartphone para poder leer lo que decía la tarjeta.

—Déjame ver.

Sintiéndose a punto de perder los nervios, Sam se puso las manos en la cabeza y, utilizando la goma que siempre llevaba en la muñeca, se recogió el pelo en un improvisado moño.

—«Il signore Lorenzo Martinelli y la señora Melissa James —leyó Gillian en voz alta— se complacen en invitarles a su próximo enlace matrimonial, que tendrá lugar en la villa Vita Nuova, en Pienza». ¡Nena, tu padrastro tiene una villa! Eso significa que está forrado.

—No sabemos si es de él —protestó Sam—. Dios, Melissa vuelve a utilizar su apellido de soltera.

Inclinada sobre la barra, con una mano sujetándose la frente, Sam estableció contacto visual con el camarero y le pidió que su copa, lo que fuera que le estuviera preparando, fuera doble.

—¿Qué tiene de malo que utilice su apellido de soltera? ¡Es una mujer soltera!

—Tú no lo entiendes, Gils. Melissa es… Es…

—Es un fastidio para ti, lo sé.

—¿Por qué no puede comportarse como una madre normal? —lloriqueó Sam lastimeramente.

—Porque entonces no estaríamos aquí, celebrando que te vas a Italia.

Sam puso los ojos en blanco. La mera idea de pensar en el viaje le daba dolor de cabeza. En un arrebato que aún no sabía muy bien de dónde había salido, acabó pidiéndole a Kate una semana de vacaciones para preparar su partida. Lejos de ponerle trabas, tal y como ella pensaba, su jefa se mostró encantada de que al fin Sam se hubiera decidido a disfrutar de todos los días libres que tenía acumulados y que nunca había querido aprovechar. Así pues, ahora disponía de un mes completo de absoluta e indeseada libertad.

Cuando el camarero colocó frente a ellas unas gigantescas copas con forma de balón cargadas con un licor rosáceo y decoradas con azúcar y sombrillas tropicales, las chicas alzaron los brazos hacia arriba, lanzando grititos de júbilo. Sin esperar al brindis, Sam dio un trago a su bebida, ganándose así el reproche de sus amigas.

—¡Por Sam y su inminente viaje a Italia! —propuso Nicole.

La aludida chascó la lengua en una mueca de disgusto, pero aun así levantó su copa igual que las demás.

—Por un viaje de ensueño que acaba de convertirse en mi peor pesadilla.

Al escucharla, Megan estuvo a punto de espurrear sobre Gillian la ginebra rosa que acababa de beber.

—¡Apunta hacia otro lado, Meg! —se quejó la mujer.

Al girarse, aprovechó que el joven camarero las estaba mirando para lamer el azúcar que adornaba el borde del cristal. El seductor gesto provocó que al chico se le resbalara el vaso que estaba secando, que acabó hecho añicos sobre el suelo.

—¡Menuda femme fatale estás hecha! —exclamó Nicole entre risas—. Oye, Sam, ¿cómo has dicho que se llamaba el prometido de tu madre?

—Mmm… Deja que lo mire. —Echando un nuevo vistazo a la invitación virtual, releyó el nombre de su futuro padrastro—. Lorenzo —dijo al fin—. Lorenzo Martinelli.

Los ojos de Gillian se abrieron desmesuradamente, como si acabara de tener la idea más brillante de su vida.

—¿Y si es el fabricante de zapatos? Ya sabéis, los famosos Martinelli.

—¿No eran una marca española? —cuestionó Sam.

—¡Y yo qué narices sé! Búscalo en Google, Nicole.

Las chicas se pusieron a teclear en sus teléfonos y no tardaron ni un minuto en localizar al tal signore Martinelli.

—¡Joder! —exclamó Nicole.

—¿Qué has encontrado? ¡¿Qué?! ¿Es el de los zapatos? —quiso saber su compañera.

Sam casi se tiró encima de Nicole sin que le importara derramar su bebida sobre la pobre Megan, que no tenía tan buenos reflejos como Gillian, y terminó con medio brazo empapado de ginebra.

—No es el de los zapatos —explicó Nicole—, pero he dado con un tal Lorenzo Martinelli de Pienza y…

—¡¿Y qué?! —preguntó Gillian, cada vez más interesada—. ¡Escúpelo de una vez!

Nicole hizo un barrido con la vista por los rostros expectantes de sus amigas hasta detenerse en el de Sam justo antes de decir:

—Gillian tenía razón. El novio de tu madre tiene viñedos y, por lo visto, es dueño de media Pienza. ¡Tu padrastro está forrado!

—¡Lo sabía! —exclamó Gillian con un gesto victorioso.

Sam, por el contrario, no supo qué decir. Permaneció boquiabierta y tan solo acertó a pedirle el teléfono a Nicole para comprobar por ella misma que se trataba del signore Martinelli con el que iba a casarse su madre y no de otro. Aunque en realidad no tenía ni idea del aspecto de su futuro padrastro.

—Yo tengo una pregunta —terció Megan, que hasta el momento había permanecido en silencio—. ¿Dónde se supone que está Pienza exactamente?

Gillian la miró con los ojos entornados.

—Pues en Italia. ¿Dónde va a estar si no? El país tiene forma de bota, Megan, por el amor de Dios. Tampoco hay mucho espacio para ponerse a buscar en ella.

A pesar de la impresión que le había causado conocer, supuestamente, la identidad del prometido de su madre, Sam no pudo evitar poner los ojos en blanco al escuchar a su amiga. Los estadounidenses no se caracterizaban por su extenso conocimiento en geografía, y la mayoría de las veces ni siquiera ellos mismos eran capaces de ubicar sus propios estados en el mapa, pero aun así le sorprendía para mal la ignorancia de sus compañeras. La verdad era que incluso ella misma era tan ignorante como los demás, aunque no en lo que a Italia se refería. Aquel lugar era uno de sus rincones preferidos del mundo, y siempre había soñado con visitarlo algún día.

—Está en la región de Siena —se oyó decir—. Justo en el corazón de la Toscana.

—¿La Toscana que sale en las películas? —inquirió Megan.

Sam asintió mientras daba buena cuenta de lo que quedaba de su gin-tonic.

—¿Y a quién le importa dónde demonios está ese pueblucho? —terció Gillian—. Ese tío está forrado, Sam. Y eso convierte a tu madre en…

—¿… una cazafortunas? —cuestionó Sam, jugueteando con la sombrilla de su copa. Ni siquiera el alcohol había conseguido mejorar su humor.

—¡Exacto! —exclamó Gillian—. ¡Brindo por Melissa! Esa mujer es de las mías.

Para la segunda ronda decidieron que sería Nicole la encargada de pedirle las nuevas bebidas al camarero. El pobre chico no soportaría otro asalto por parte de Gillian, quien no tenía piedad con los hombres cuando se proponía llevárselos a la cama.

—¿Has pensado ya qué vas a hacer con Peter?

Sam, que estaba pensando si beberse su segundo gin-tonic de la noche, arrugó el entrecejo cuando escuchó a Gillian.

—No tengo nada que hacer con Peter —contestó a la defensiva—. ¿Qué quieres decir?

—Me refiero a si va a acompañarte a la boda de tu madre, chica lista.

Haciendo oídos sordos, Sam se concentró en darle un trago a su copa. No le apetecía pensar en Peter en aquel momento, y, para ser sincera, no se le había ocurrido contarle nada acerca de su viaje a Italia.

Peter era el ligue eventual de Samantha. Y era eventual porque no podía afirmarse que entre ellos se hubiera establecido ningún tipo de relación formal. Se habían conocido dos años y medio atrás, cuando una tarde de otoño Sam paseaba en bicicleta alrededor de la fuente de Bethesda en Central Park. A pesar de que siempre iba con cuidado cuando frecuentaba esa turística zona, Sam no pudo esquivar al chico que, distraído, acababa de levantarse de los escalones que rodeaban la famosa fuente del Ángel de las Aguas y acabó arrollándolo, lo que hizo que los dos acabaran estampándose contra el suelo. El golpe fue tremendo, tanto que Sam todavía recordaba los cardenales que le salieron en las piernas y que tardaron semanas en irse.

El hombre patoso que provocó el accidente era Peter, por supuesto, y aunque muchos pudieran considerarlo como un primer encuentro de película, la verdad era que no fue romántico en absoluto. Las gafas de pasta de Peter se rompieron, los papeles que cargaba volaron por los aires hasta esparcirse por el suelo y el eje delantero de la bicicleta de Sam quedó tan torcido como inclinada estaba la Torre de Pisa. Abochornado por no haber prestado atención, se disculpó tantas veces que ella terminó por perder la cuenta de las veces que le había dicho que lo sentía, y no tuvo más remedio que aceptar la invitación del chico para tomar un café en una terraza cercana, con tal de que el pobre lisiado cerrara el pico.

Con el frapuccino en la mano, intercambió su número de teléfono con el de Peter, que se había ofrecido a pagarle la reparación de la bici, y… ella no tenía ni idea de cómo los dos habían acabado acostándose. ¡Él ni siquiera la atraía! Bueno, no en un principio, claro. Era un chico estupendo, de tiernos ojos azules y una sonrisa tímida que habría ablandado el corazón de más de una khaleesi; resultaba muy difícil no cogerle cariño, pero Sam no estaba enamorada de él, y así se lo había hecho saber desde el primer momento.

Haciendo girar el contenido de su copa alrededor del cristal, Sam miró a Gillian antes de contestar.

—¿Por qué tendría que invitarlo a la boda? ¿Es que acaso una mujer no puede acudir sola a un evento?

Gillian entrecerró los ojos en un melodramático gesto.

—Mira, no me vengas con esas, bonita. Yo inventé esa táctica, ¿sabes? Así que no envíes balones fuera y admite de una vez que te da pánico llevarte a Peter a la boda de tu madre.

—¡¿Que a mí me da pánico?! —la voz de Sam sonó tan chillona que ni ella misma la reconoció como suya—. ¡Ja! Sabes perfectamente que entre Peter y yo no hay nada serio. ¡No es mi novio y punto!

—Ese chico bebe los vientos por ti, Samantha. Si es que una máquina es capaz de tener sentimientos. Despierta de una vez, chica. O te decides a creer en lo vuestro o le das con la puerta en las narices. Es así de simple.

Molesta —no sabía si consigo misma o con las duras y certeras palabras de Gillian—, Sam infló los carrillos y le lanzó a su amiga una mirada letal.

—No, no es tan simple. ¡Y deja de llamarme Samantha, por el amor de Dios!

Gillian quiso replicar y decirle que era una cobarde por no sincerarse con el chico. Sin embargo, la intromisión de una voz masculina le impidió continuar con su asalto verbal.

—¡Tiempo muerto, señoritas! —exclamó el recién llegado al tiempo que se colocaba entre las dos mujeres y cubría los hombros de ellas con cada brazo—. ¿Y si lo declaramos empate? Ahora sed buenas y dadme un besito como dos buenas chicas.

Sam se encogió por dentro y en su rostro apareció una mueca de asco.

—¡Apártate, Freddie!

Riéndose a carcajadas, el aludido las soltó y se acercó a la barra para pedirle al camarero que le sirviera una cerveza.

—No hacía falta que te pusieras así, hermanita. Ya sabes que me encanta pasar tiempo con vosotras.

Gillian ignoró a su hermano y se recompuso la blusa, que, gracias a él, ahora estaba arrugada.

—¿Se puede saber qué narices haces aquí, Freddie?

—¿Qué pasa? ¿No puedo pasarme a ver a mi hermanita y a mi amiga Samantha?

Sam buscó con la mirada a Megan y a Nicole con la esperanza de que estas pudieran salvarla de las atenciones indeseadas de Freddie, pero sus amigas acababan de entrar juntas al baño. ¿Es que las mujeres no pueden ir solas al váter?

Freddie era el hermano menor de Gillian, y debía de rondar los cuarenta. Con el pelo oscuro cortado en un peinado de moda que no hacía sino dejar aún más a la vista sus evidentes entradas y una barba cuidada en la que se apreciaba la presencia de las canas, Freddie era el prototipo de un hombre que tiene una versión más optimista de sí mismo de la que en realidad ofrece. Tras la cinturilla de sus apretados vaqueros se atisbaba la curva de una barriga cervecera muy poco sexi, y cada vez que le sonreía, Sam no podía evitar compararlo con uno de los ratones de la Cenicienta de Disney. Llevaba sufriendo sus intentos de coqueteo desde que Gillian los había presentado, y cada vez que lo veía unas profundas arcadas acudían a ella. Freddie se limitaba a lanzarle comentarios soeces, presumía de sus supuestas proezas sexuales y siempre siempre le miraba el escote en lugar de a los ojos mientras hablaban. Toda una perita en dulce.

—¿Qué hay de nuevo, Sam? —le preguntó Freddie apoyando un codo en la barra, dando un trago a su cerveza—. ¿Alguna novedad?

La mirada de Sam se desplazó hacia los botones de la ceñida camisa de Freddie. Estaban a punto de saltar por los aires.

—Todo como siempre, Freddie. —Y le dedicó una de sus sonrisas falsas—. ¿Y tú? ¿Todo bien por el concesionario?

Freddie trabajaba en un concesionario de coches de segunda mano, en uno de esos que colocan horteras banderitas de colores en el aparcamiento para atraer la atención de los ingenuos clientes.

Antes de contestar, Freddie bebió de su jarra de cerveza y después se limpió la espuma de los labios con la lengua. Al verlo, Sam sintió retortijones en la tripa y se cuestionó si aquel gesto lo llevaban los dos hermanos en los genes.

—Ya sabes que no hay cliente que se me resista. Hoy he cerrado una venta que acaba de llenarme un poco más mi ya de por sí abultada… —y, levantando las cejas, dijo al fin— cartera, no sé si me entiendes.

Sam iba a vomitar.

—Es una suerte, Freddie. De verdad que lo es. Brindo por ti.

¿Dónde demonios estaban Megan y Nicole? ¿Y por qué Gillian no hacía nada para quitarle a su hermano de encima? Echándole un vistazo a su amiga, se la encontró medio recostada sobre la barra del bar susurrándole al oído al camarero. Sam pensaba matarla por haberla abandonado con el baboso de Freddie.

—Estaba pensando, Samantha… —mientras lo decía, Freddie volvió a acercarse a ella y alzó una mano para acariciarle un mechón que se le había soltado del moño—. ¿Qué te parece si nos vamos por ahí a celebrarlo tú y yo? —Cuando sus labios le rozaron la oreja, Sam notó que la bilis le subía a la garganta—. Y si te portas bien, te dejo elegir el postre. ¿Qué me dices?

Ella no se atrevía a respirar por la nariz por miedo a oler el aliento de Freddie y echar hasta la última papilla en el suelo del bar. Intentó retroceder cuanto pudo, pero el tipo la tenía sujeta por los hombros, y su asquerosa mirada permanecía posada en su blusa vaquera. Por instinto, Sam se puso la mano en el pecho para ocultar su escote de él, pero solo consiguió llamar aún más su atención.

Estaba cansada de la actitud de Freddie; estaba cansada de sentirse violentada cada vez que la miraba, de sus bromas sin gracia y su estúpido ego. Estaba cansada de aquel día, y no tenía ánimo, ganas ni fuerzas para soportar a un baboso como Freddie.

Empujándolo con el antebrazo, logró liberarse de sus brazos y lo miró con todo el desagrado que sentía hacia él.

—¿Has visto las películas de Harry Potter, Freddie? —Las cejas del hombre se levantaron sin comprenderla—. ¿Sabes esa escena en la que la Profesora McGonagall dice la frase «babeantes y bobos babuinos»? Pues eso es lo que eres tú. —Y sin pensárselo dos veces, vació lo que quedaba de su gin-tonic sobre la bragueta de Freddie—. Yo que tú me lo hacía mirar, cielo.

Aproximándose al taburete donde había dejado sus cosas, vio por el rabillo del ojo que Gillian se partía de risa y que las otras dos chicas, boquiabiertas, se acercaban hasta ella.

—Me voy —les dijo. Al mirar a Gillian articuló un «Lo siento» antes de darse media vuelta. —Freddie seguía clavado en el sitio, incapaz de apartar la vista de su pantalón mojado y sin atreverse a levantar la mirada. Al pasar por su lado, Sam se atrevió a decir—: Ciao, Freddie.

—¡Lígate a un latino de sangre caliente y acuérdate de nosotras! —le gritó Megan cuando Sam caminaba ya hacia a la puerta—. Mi sueño siempre ha sido tener una tórrida aventura con un griego.

—Se va a Italia, no a Grecia —la corrigió Gillian.

Junto a ella, Megan se encogió de hombros.

—¿Y qué? Es más o menos lo mismo, ¿no?

3

Planear un viaje nunca es fácil

La molesta lluvia que la empapó por la mañana continuaba cayendo sobre la ciudad de Nueva York a aquellas horas de la noche. Sam apretó el paso al cruzar la calle mientras trataba de taparse la cabeza con su gran bolso; no sabía muy bien por qué lo hacía, pues su pelo estaba tan encrespado que no le cabía duda de que se le saltarían las lágrimas cuando intentara deshacer el improvisado moño que recogía sus cabellos. A pesar del mal tiempo, las parejas no cambiaban sus planes, la gente seguía caminando por las calles, apretando un poco el paso para guarecerse en algún bar o bajo el toldo más cercano. Así era Nueva York. Una ciudad que nunca se detenía, que nunca dormía. Sam debía de ser la excepción que confirmaba esa regla, ya que no veía el momento de llegar a casa, darse una ducha caliente y tumbarse en su sofá.

Al entrar en Grand Central, se fijó en el chico rubio que tocaba el violín junto a las concurridas puertas y recordó aquella película en la que Chris Evans hacía de trompetista y conocía a una misteriosa mujer con la que pasaría toda la noche deambulando por la ciudad. Sam se lamentó de que algo así solo sucediera en el cine. Bien sabía Dios que ese día ella necesitaba una buena dosis del Capitán América.

Como siempre, la famosa estación estaba a rebosar de viajeros; algunos cargaban pesadas maletas y otros tan solo el maletín del trabajo. Ella no entraba en ninguna de aquellas categorías. A ojos de un desconocido, Sam bien podría venir de la oficina o dirigirse a casa de su abuelita. Ella era una chica sin nada especial, de lo más simple, de las que pasan desapercibidas. No tenía unos ojos azules que iluminaran su rostro, ni una estatura que la hiciera destacar ni tampoco un cuerpo que llamara la atención. Además, después de todo por lo que había tenido que pasar en las últimas horas, Sam se sentía de lo más insulsa. Estaba cansada y de mal humor y necesitaba lavarse el pelo desesperadamente. ¿No podía parecerse, aunque fuera un poquito, a Gillian? Ella era perfecta, atraía a los hombres y era una fiera en el trabajo. ¿Por qué Sam tenía que ser tan… común?

Por fortuna, su tren no tardó mucho tiempo en llegar y hasta pudo encontrar un sitio libre en el que sentarse, algo que no sucedía a menudo, dado que la mayoría de las personas que trabajaban en Manhattan no podían permitirse vivir allí, como era el caso de Sam, y se veían obligadas a desplazarse en el transporte público. En los últimos años, Brooklyn se había puesto de moda, y era habitual toparse en el metro con bohemios, millennials y hasta un curioso número de esnobs que acababan de adquirir una propiedad en aquel distrito solo porque lo decían un puñado de influencers. Sam era una privilegiada, ya que el piso en el que vivía había pertenecido a su padre, quien antes de desaparecer tuvo a bien dejárselo a ella; aquella fue una de las pocas cosas buenas que Rodrigo Oliveira había hecho por su hija. Al menos no tenía que pagar un alquiler, y Sam se sentía afortunada por ello, dados los desorbitados precios que habían alcanzado las viviendas en Nueva York.

El trayecto no duraba más de media hora, y Sam se negó a darle más vueltas a la noticia del día. Decidió que ya lo haría en casa una vez se hubiera refrescado y puesto su pijama más cómodo, ese que tenía un estampado de gaitas escocesas y que conservaba desde su etapa de instituto. Mientras tanto se entretuvo con el móvil, echando un vistazo a las redes sociales de sus amistades y evitando entrar en el navegador de internet para buscar información sobre ese tal Lorenzo Martinelli.

Por suerte para ella había dejado de llover cuando salió al exterior, de modo que recorrió los escasos metros que separaban la estación de metro de su casa con una actitud mucho más positiva.

El edificio en el que vivía, situado cerca del Cadman Plaza Park, en Monroe Place, seguía la estética de todos los que se erigían en la larga calle. De un cuidado ladrillo rojizo, constaba de tres plantas y su fachada albergaba media docena de ventanas de limpísimos cristales. Un pequeño tramo de estrechos peldaños flanqueado por un par de barandillas de hierro forjado conducía a la entrada principal. Desde la calle podía verse la oscura estructura de las escaleras de emergencia que ascendía hasta la cornisa. Era una construcción con encanto, digna de un escenario de película, pero cada vez que Sam recordaba que tenía que subir hasta el último piso y que no había ascensor le entraban ganas de llorar. Resignada, resopló y se mentalizó de que no le quedaba más remedio que hacer mover las piernas en contra de su voluntad.

Lo único en lo que podía pensar era en soltarse el pelo, abrir el agua caliente y… ¿Qué demonios era eso?

Sobre el felpudo de flamencos rosas que daba la bienvenida a las visitas descansaba un descomunal ramo de flores. Era enorme y recargado, tanto que, cuando Sam lo cogió entre las manos, estornudó un par de veces al inhalar su fuerte olor. ¿Qué clase de persona le mandaba unas flores que eran asesinas? A Sam no le gustaba que le regalaran flores porque le hacían recordar a los funerales; tan solo toleraba las margaritas, las que crecían salvajes en el campo. ¿Cómo se suponía que debía mantenerlas frescas cuando ella misma a menudo se olvidaba de hacer la compra?

Haciendo malabares con el ramo, el bolso y las llaves, consiguió abrir la puerta y entrar en su piso. Como pudo, se las apañó para encender la luz con el codo y, antes de arrojar las flores de forma descuidada sobre la mesa del comedor, se percató de que entre los largos tallos alguien había incluido una nota.

Un suspiro cansado salió de su garganta cuando leyó el nombre de quien se las enviaba.

—«Peter…».

Una vocecita en el interior de su cabeza le decía que tirara el sobre a la basura sin tan siquiera abrirlo, pero entonces no estaría siendo justa con el pobre Peter. Se las había regalado con su mejor intención y…

—¡Por Dios! —exclamó Sam, olfateando a su alrededor—. ¡Menuda peste!

Manteniendo una prudencial distancia de seguridad entre el ramo y ella misma, lo llevó hasta la cocina y lo arrojó directamente al cubo de la basura. ¿Qué tipo de flores había elegido Peter? Sin duda la florista había empleado todo su tiempo en seleccionar las más apestosas, si es que eso era posible.

Pulverizando por todas las habitaciones un ambientador con aroma a frescor del océano, Sam desplegó la nota y la leyó por encima. En ella, Peter le decía que estaría de vuelta en Nueva York al cabo de unos días y que, siempre y cuando ella tuviera tiempo, le encantaría verla. Se despedía pidiéndole que se cuidara y firmaba con su nombre completo. ¿Qué clase de persona terminaba una carta a su supuesta novia utilizando su nombre y apellidos? ¡Ni siquiera eran una pareja! Peter era tan correcto que a menudo olvidaba relajarse.