Una mente en blanco - Antonio Ríos Luna - E-Book

Una mente en blanco E-Book

Antonio Ríos Luna

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Beschreibung

¿Hay alguien que esté preparado para perder la salud? La enfermedad la puede padecer una adolescente que es acosada en su colegio, un matón profesional un poco hipocondríaco, una mujer que lucha contra un enemigo implacable o el mismo médico que los trata gracias a un don que le puede costar caro. La vida hace coincidir sus destinos en una sala de espera, sus caminos discurrirán paralelos, en una espiral de acontecimientos que sellarán un vínculo inquebrantable. Una mente en blanco trata de personas que pelean por sus sueños, por su felicidad pero, sobre todo, por su vida, intentando derrotar a la enfermedad que ha llamado a su puerta sin avisar.

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Antonio Ríos Luna

Edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes.

Diseño de portada: Abel Fdez.

ISBN: 978-84-17608-68-2

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

«No ames lo que eres sino lo que puedes llegar a ser».

Miguel de Cervantes

«Nunca llegarás a tu destino si te detienes a arrojarle piedras a cada perro que te ladre».

Winston Churchill

«La inteligencia es la habilidad para adaptarse a los cambios».

Stephen Hawking

Para Ana, Lucía y Paloma por lo vivido y lo que queda por vivir.

CAPÍTULO 1

Había terminado la consulta como un día cualquiera.

Era tarde pero no tenía ninguna prisa por volver a casa. La enfermera se había marchado hacía unos minutos. La fiesta del colegio de su hijo fue la razón que esgrimió para solicitar marcharse nada más concluir con la última cita.

El doctor Sotelo no puso ninguna pega. De hecho, le gustaba ese rato para él mismo, con su despacho en silencio, solo roto a veces por alguna canción de Wim Mertens, que sonaba de fondo en su iMac. La música le ayudaba a pensar. Además podía hacer algo que casi nadie sabía: fumarse un puro. No estaba bien visto que un médico fumara. Él lo hacía muy poco, solo a modo de premio, sobre todo si el día había sido especialmente duro, como ese viernes. «Demasiados dramas, demasiado dolor y sufrimiento», rumiaba el médico. Era su trabajo y lo seguía adorando, pero a veces necesitaba dejar la mente en blanco, no pensar, poder colgar los problemas con la bata; de lo contrario le costaría dormir, otra vez.

Estaba sentado hacia atrás con los ojos cerrados y los pies descalzos sobre la mesa, el volumen de la música ni alto ni bajo, mientras daba caladas profundas al Montecristo n.º 5, dejándose llevar lejos, muy lejos de donde se encontraba ahora. El dolor de cabeza con el que últimamente terminaba la jornada casi había desaparecido. Relax total. Se acordaba de sus primeros días en la Facultad de Medicina. Vestía bermudas y una camiseta roja del Pato Lucas disfrazado de cirujano, con la mirada inyectada en sangre, en una mano sujetaba una jeringuilla de contenido verdoso y en la otra un bisturí del que goteaba sangre. No había pasado desapercibida para sus compañeros ni, por supuesto, para el profesor de Anatomía, célebre por su mal carácter, que los había recibido el primer día.

—Usted, el de la camiseta roja —gritaba mientras lo señalaba con su dedo índice deformado por la artrosis—, en esos bancos se han sentado grandes médicos, cirujanos de referencia nacional y mundial. Y viene usted de esa guisa… Esto no es el instituto, esto es la Facultad de Medicina. Deben actuar y vestir como lo que serán: el futuro de la salud de este país. No vuelva a mi clase así —sentenció como solo una persona que manda puede hacer.

Los seis años de carrera los había disfrutado mucho, con luces y sombras, pero muy positivos. Moldearon su carácter y personalidad como médico. Sin embargo, pronto sus profesores se dieron cuenta de que Miguel Sotelo poseía algo que no se enseña en la facultad, algo que es innato: el ojo clínico. Tenía un sexto sentido para dar con el diagnóstico, por muy enrevesado que éste pudiera serser. Le bastaba un vistazo, una exploración para apuntar por dónde iban los tiros. Eso le había granjeado fama de gran estudioso entre sus compañeros y docentes, pero las notas no acompañaban. Si bien recuerda ser capaz de aprenderse el tratado entero de Medicina Interna, no entendía para qué debía saber que la vida media de un hematíe son ciento veinte días. Las preguntas tipo test eran su talón de Aquiles y le había costado la misma vida aprobar algunas asignaturas que se basaban en dicho formato. En cambio, en las prácticas era sobresaliente. Destacaba claramente en lo que le apasionaba y aprobaba a duras penas aquello que no.

Una vez terminada la universidad, el MIR supuso otra prueba de fuego. Pudo escoger una especialidad mezcla de todas las demás y para la que el paciente sus análisis, radiografías y demás pruebas, constituían un puzle sin sentido hasta que todas las piezas encajan perfectamente y dejan ver el dibujo llamado diagnóstico: Medicina Interna. Una sonrisa recorre la cara de Miguel cuando recuerda su primer regalo como médico. Una paciente lo había obsequiado con un grabado que aún cuelga de su despacho. Lo único que había hecho era llevar en mano la petición de la ecografía y hablar con el radiólogo para que se dieran prisa, ya que él creía que si se demoraba mucho la paciente moriría. Así había sido, la prueba confirmaba su sospecha: una infección en la vesícula era la responsable del mal estado de la mujer. De Radiología fue directamente al quirófano. Eso le salvó la vida.

En mitad de estos pensamientos sonó el timbre de la puerta de la consulta, además no lo hizo una vez, sino varias seguidas, como si el que pulsaba el botón tuviera una urgencia vital. Lo percibió con tanta fuerza como si el interruptor estuviera conectado a su cerebro. Sotelo dio un brinco y se levantó de la silla como un resorte.

—Se han equivocado —murmuraba el médico mientras miraba el reloj que adornaba su muñeca derecha—. Es muy tarde, seguro que es un error. —Volvió a cerrar los ojos mientras daba una nueva calada al habano.

Volvió a sonar y ahora con más urgencia, si cabe.

Esto lo sacó del letargo. Estaba realmente mosqueado. Su único momento del día se había ido a la porra.

Volvió a calzarse y abrió la ventana mientras agitaba las dos manos con energía, intentando disipar la nube de humo azulado que se había formado en el despacho. Se acercó raudo a la puerta mientras el timbre no paraba de sonar.

Cuando abrió, casi lo arrolla una mujer que no mediría más de metro cincuenta y empujaba un carrito de la compra. El médico tuvo los reflejos de un tigre de Bengala y se apartó justo a tiempo para no ser arrollado por la anciana.

—Menos mal que aún no se ha marchado a casa —dijo la señora con tono firme, como las que están acostumbradas a mandar en su hogar, mientras se dirigía presta al despacho principal. Contempló las sillas delante de la mesa, hizo una mueca de asco y decidió tumbarse en la camilla, no sin dificultad.

El médico siguió estupefacto a la paciente, que parecía que conociera a la perfección la distribución de la consulta, pero a él no le sonaba su cara.

—¿Ha estado usted aquí antes…? —preguntó el doctor Sotelo con cierta incredulidad—. ¿No quiere sentarse mejor en la silla?

La anciana arrastraba unos cuantos kilos de más, con esa joroba llamativa que poseen las personas con osteoporosis, cuyas vértebras se comban al igual que el tronco de una palmera. Su rostro estaba marcado por mil arrugas, cada una debida a una historia amarga, y su cabello era blanco, ligeramente húmedo por el sudor y sin signos de haber pasado por la peluquería en meses. El aspecto era el de una persona afrontando los últimos años de su vida, pero con la mirada digna de una pantera y el apetito digno de un adolescente.

—Encarna, mi nombre es Encarna. Nunca he estado aquí antes. Es la primera vez —respondió la anciana—. No se ofenda, pero prefiero la camilla. La última persona que se ha sentado ahí tiene fibromialgia y si me siento en ella seguro que yo también la contraigo. Mejor la camilla —explicó mientras se sentaba más cómodamente, aunque los pies le colgaban casi medio metro—. Me han hablado de usted algunos de mis… Digamos pacientes —dijo mientras apartaba el carrito no sin dificultad.

El doctor Sotelo asistía estupefacto al espectáculo que provocaba aquella anciana. ¿Cómo sabía que Puri López había sido la última paciente del día y además que el diagnóstico había sido fibromialgia?

—¿Es usted médico?

La anciana lo miró con una sonrisa picarona y le dijo:

—Digamos… Digamos que tengo un don. Desde pequeña soy capaz de sanar —dijo mientras se miraba las manos, como si desprendieran energía—. Recuerdo el día en que lo supe. Mi hermana Carmen y yo jugábamos cerca de casa. Mis padres tenían una casa grande en el pueblo y nos divertíamos yendo por los cerros en busca de piedras para adornar nuestra habitación. Como habíamos hecho tantas veces, ella levantó una de las piedras de la ladera, sin darse cuenta de que había un escorpión pegado a la cara húmeda de la roca, resguardándose del calor. Sin darle tiempo a soltarla, este le clavó su aguijón en la mano. Gritó como jamás he oído chillar a otra persona.

»A pesar de bajar al pueblo lo más rápido que pudimos, la mano se inflamaba por momentos, pero conseguimos llegar a casa a duras penas. No tendría más de siete años. Mi madre en cuanto vio la picadura y el estado febril de mi hermana salió corriendo a la casa del médico en busca de ayuda. Le tapamos la mano con un paño de agua fría y barro, para ver si el veneno era absorbido por la tierra. No funcionó. La hinchazón iba extendiéndose por los dedos y hacia el antebrazo. No sé por qué lo hice, quizá por mandato de una voz dentro de mi cabeza, el caso es que empecé a frotar mis manos contra la suya, notando como si me saliera fuego de las palmas. Repetí la maniobra durante minutos que me parecieron horas mientras rezaba todo lo que sabía. Me quedé dormida. Me despertó mi madre, que había venido con el boticario del pueblo. Cuando destaparon la mano, ésta estaba deshinchada, sana, sin un rasguño. Ambos me miraron de forma muy rara, sin entender lo que había pasado. Cuando mi hermana despertó solo recordaba haber levantado aquella roca, después oscuridad. Se corrió la voz y empecé a recibir visitas de personas que llegaban de todas partes buscando mi poder, mi don. Y así hasta hoy.

El doctor Sotelo permanecía al lado de la camilla, completamente absorto mientras escuchaba el relato de la paciente.

—¡Es usted curandera! —dijo mientras la miraba con sorpresa e incredulidad.

—Digamos que sí. Le he mandado a algunos de mis pacientes —respondió con modestia la sanadora—. Sé perfectamente cuando una dolencia no es para mí y cuando hay que mandarla al médico.

Sotelo observaba con atención a la paciente sin saber a dónde llevaría esta situación.

—¿Son garrafas de agua lo que lleva ahí dentro? —preguntó señalando con la barbilla un ajado carrito de compra.

La anciana sonrió.

—Me ha pillado. Es un viejo truco que uso. El bastón es para los viejos y yo, como aún me considero joven, utilizo el carrito a modo de apoyo. Con ese peso dentro no hay peligro de que pudiera resbalarme sobre él. Además, el color lila hace juego con el de la montura de las gafas. ¿No se ha dado cuenta? —explicaba la anciana mientras mostraba las gafas de presbicia que descansaban sobre su cuello.

—¿En qué la puedo ayudar, señora?

—Mi rodilla, la derecha. Verá —dijo mientras se pasaba la mano sobre la articulación enferma como si eso provocara alivio—, me duele mucho. Llevo varios días que la noto hinchada. Me cuesta trabajo doblarla. Reconozco que me he pasado de la raya estos días caminando. Además, mi marido está enfermo, es dependiente y debo cuidar de él, y no es un gorrión, precisamente. Creo que todo eso me ha traído hasta aquí.

El médico escuchaba con atención a la anciana, con una mezcla de admiración y pena. Ese discurso lo escuchaba con demasiada frecuencia. Gente mayor que vive sola y se tiene que sacar las castañas del fuego sin ayuda de nadie. Rápidamente se puso en modo on y procedió a examinar la rodilla. Con movimientos y maniobras mil veces realizadas se hizo una idea del problema de la paciente.

—Parece que la rodilla no puede seguir su ritmo. La tiene completamente atestada de líquido. Eso pasa a veces cuando se mezcla el exceso de actividad, unos cuantos años y artrosis. El resultado es que la rodilla se inflama. Voy a sacarle el líquido que se ha derramado dentro y mejorará. Incluso le diría que no va a necesitar el carrito durante una temporada, si me hace caso.

La paciente asintió mientras se tumbaba sobre la camilla. Sotelo comenzó a prepararse. Se colocó los guantes con pericia y roció de Betadine en la zona donde alojaría la aguja. Un pinchazo de nada. Un, dos, tres y ¡pam! Un movimiento de muñeca como si lanzara un latigazo fue suficiente para perforar la piel y llegar a la articulación sin que la paciente prácticamente lo notara. Comenzó a aspirar mediante el émbolo y como si de una tubería se tratase, empezó a fluir un liquido opalino más parecido a orina que a otra cosa. El doctor Sotelo fue cambiando las jeringas conforme estas se llenaban hasta que la rodilla dejó de «llorar».

—Hemos terminado —afirmó mientras colocaba un apósito sobre la zona de punción. Había repetido ese gesto un millón de veces, por lo que se quedó expectante a ver la reacción de la anciana. Siempre parecía que había hecho magia.

—A partir de ahora debe cuidarse un poco —explicó el médico mientras la ayudaba a incorporarse—. Ojo con lo que come. Evite los fritos, los dulces, el pan…

La anciana asentía como si la hubieran pillado in fraganti mientras permanecía sentada por si se mareaba.

—¡Si yo no tengo la culpa, doctor! —se quejaba amargamente—. La culpa es de esos anuncios de la televisión, que deberían estar prohibidos. ¿Cómo pueden mostrar esos helados, los bizcochos… y encima los parten y muestran cómo se derrama el chocolate…? Pues claro, en cuanto veo eso me tengo que levantar y excursión al frigorífico. Pero últimamente mis hijos son crueles y no me compran nada dulce. Así que cuando miro lo que hay: verduras, pescado, leche… Ruina… Menos mal que le doy unas monedas al hijo de mi vecina y me consigue unos heladillos de la tienda de debajo de casa… Es que una no es de piedra —dijo casi relamiéndose al recordar el último que se había tomado.

—Pero ¿cuántos helados se toma? —preguntó Sotelo.

—Siempre dos, doctor. Uno por el deseo y el segundo para quitarme el sabor del primero —sonreía con cara de inocente—. Además, no he engordado tanto desde la semana pasada. Estoy en ochenta y medio.

«Eso debe ser si se pesa con una sola pierna», pensó Sotelo, cuyo ojo clínico la acercaba más a los noventa kilos.

Ella se dio cuenta de que el médico no la creía y matizó.

—Bueno, la verdad es que uso un truquillo. Le he quitado tres kilos a la báscula… Total, tres kilos no son nada… Igual peso un poco más… —y rió con estruendo.

La paciente comenzó a doblar la rodilla de forma algo temerosa al principio, pero se dio cuenta de que la presión que atenazaba la articulación había cedido por completo. Recuperar el control sobre su pierna la hizo dar un brinco, saltando de la camilla al suelo.

—Mire que me han dicho cosas buenas sobre usted, pero se han quedado cortos. Gracias. Muchas gracias. Me ha devuelto mi rodilla —agradeció la anciana mientras enlazaba sus manos con las de él.

El médico asintió y respondió un «de nada» bajito, como si la timidez lo venciera. Algo no iba bien.

La paciente estaba pálida y seria, su rictus había cambiado por completo.

—¿Se encuentra bien, señora? —preguntó Sotelo al ver el cariz que estaba tomando la cosa—. ¿Se ha mareado?

Se apresuró a abrir un cajón en busca de un estuche de color azul. Extrajo el aparato de la tensión y pulsó el botón de start mientras colocaba el brazalete apresuradamente en el orondo brazo de la curandera. A los diez segundos sonó el bip que avisaba con la medición: 160/90 y 120 latidos por minuto. El médico se asustó. La paciente parecía estar realmente nerviosa. La tensión y las pulsaciones así lo atestiguaban.

—Túmbese aquí y tranquila. Ya ha pasado todo. Respire hondo —dijo imitando el movimiento de respirar para ver si ella le hacía caso—. Si se encuentra mal le puedo pinchar un relajante y pronto se pondrá bien.

El médico estaba desconcertado. No podía ser una reacción alérgica ni otra cosa lógica.

La anciana no se estremeció. Permanecía con la mirada firmemente puesta en el portador de la bata blanca. Fue entonces cuando, despertando del letargo, le dijo en medio de un susurro:

—Doctor… Ha sido usted bendecido con un don, una virtud —La boca seca de la anciana dificultaba su dicción, pero aun así el susurro se entendía—. Tiene algo que lo hace diferente, algo dentro de usted. Eso le hará tener éxito en su profesión y ayudar a curar a muchos enfermos, pero a la vez ese don será lo que lo acerque a la tumba. Usted deberá decidir qué hacer.

La expresión de la mujer mezclaba miedo y pena. Entonces empezó a tiritar fuerte, muy fuerte, y sus ojos se cerraron con energía. El médico advirtió la posibilidad de que la anciana estuviera sufriendo un ictus o un ataque epiléptico y corrió raudo hacia el otro despacho donde guardaba bajo llave la medicación más «especial».

Cuando volvió por el pasillo de nuevo a la sala de curas mientras cargaba la jeringa, la anciana había desaparecido. Aquello era imposible, no podía haber ido a ninguna parte. Ni rastro. Notó un pinchazo fuerte en la palma de la mano derecha porque la aguja estaba clavada sobre la yema del tercer dedo.

Fue en ese momento cuando se despertó.

Un fragmento de ceniza del puro se había desprendido del cigarro y le había quemado la mano derecha, lo que había provocado su súbito despertar. Se había quedado dormido sin darse cuenta. Se incorporó como alma que lleva el diablo y se acercó a la sala de exploración, buscando. Nada. La camilla estaba impoluta; la sábana de papel, sin ninguna arruga, tal cual la había dejado su secretaria antes de marcharse; la papelera, vacía. Ni rastro de la curandera. ¿Lo habría soñado? De ser así el sueño había sido real, pero que muy real. «La próxima vez me lo pensaré dos veces antes de fumar otro puro de estos», pensaba mientras miraba con incredulidad al habano.

Se levantó con tranquilidad, moviendo la cabeza de lado a lado, puso el puro bajo el grifo para apagar la llama que se resistía a su extinción y lo lanzó a la papelera. Cuando se dio la vuelta, una garrafa de agua de tres litros se encontraba al lado de la puerta del despacho.

La sangre del médico se heló como si la temperatura de la habitación hubiera descendido veinte grados.

CAPÍTULO 2

Miguel Sotelo se despertó a las tres de la mañana. El llanto inconsolable y desgarrador de un bebé lo arrancó de los brazos de Morfeo. Se asomó a la ventana y resultó que el supuesto bebé no era más que un gato al que su amada había dado calabazas y arrastraba su despecho por toda la calle. «¡Qué rabia! —pensó—. Con lo que he tardado en conciliar el sueño a pesar de la pastilla de melatonina…». Se tomó un alprazolam y se quedó dormido de nuevo en cuestión de minutos.

Se encontraba en un autobús, sentado delante de una mujer a la que le estaba practicando una punción en un pulmón. De repente, un chorro de sangre saltó, igual que al pinchar una tubería, y le empapó la bata y la cara. La paciente se desangraba. El doctor Sotelo se afanaba en vano por comprimir la hemorragia, la paciente palidecía por segundos hasta que entró en estado de shock…

Se despertó sobresaltado; la camiseta de Breaking Bad que usaba para dormir estaba completamente empapada. «¡Qué pesadilla más horrible!», pensó. Le dolía la cabeza como en una resaca y su boca desprendía un sabor ligeramente metálico. No le gustaba la sangre, ni la suya ni la de otros, algo raro en un médico, por eso había decidido centrarse en una especialidad alejada del bisturí. Se había dado cuenta de eso de una manera algo brusca. En la asignatura de Cirugía todos los alumnos debían asistir obligatoriamente a alguna intervención quirúrgica. Miguel Sotelo había tenido suerte, pues le había tocado el quirófano de Traumatología y una intervención dura para un novato, la colocación de una prótesis total de rodilla. Aún recordaba con desagrado el ruido de la sierra y cómo ésta cortaba el hueso desgastado del fémur y de la tibia, como si fuera mantequilla. El ruido y el olor a carne quemada habían sido demasiado para él. Se había caído redondo, con tan mala suerte que se había golpeado la ceja derecha y había precisado varios puntos de sutura. Los cirujanos habían tenido que detener la intervención para socorrerlo, pensando en que había sufrido alguna lesión craneal. Un disgusto enorme, sobre todo para él, porque la anécdota corrió como la pólvora por toda la facultad.

No quería despertar a nadie por lo que decidió ir al salón a ver la televisión. Solo un habitante de la casa estaba tan despierto como el doctor: Ted, el Bichón Maltés de la familia. El animal lo siguió renqueante, moviendo perezosamente la cola y acurrucándose a sus pies, para él también era demasiado temprano. Sherman, Wilson, Kearse o Brady… Acabó por aprenderse los nombres de los jugadores principales de los equipos de fútbol americano que pugnaban por ganar el campeonato a base de golpes y empujones. Después de choques, lesionados y carreras en busca de un balón ovalado, sin poder dormir y con el sol insinuándose entre las rejillas de la persiana, se deslizó con sigilo hacia la cocina a por un café bien cargado. Seguía dándole vueltas a lo sucedido el día anterior en su consulta. Intentaba encontrar algún sentido, pero no era capaz de verlo. No dijo nada en casa, ésa era una de sus normas. No le gustaba llevar las preocupaciones de su trabajo cuando pasaba tiempo con la familia, si lo hacía no podría desconectar y su vida giraría inevitablemente entorno a la medicina. Ya había comprobado cómo eso mismo le había costado el matrimonio a algunos compañeros de profesión. No hay nada peor que varios médicos teniendo una conversación; solo saben hablar de medicina.

—Buenos días, cariño. ¿Desde qué hora estás despierto? No te he escuchado cuando te has levantado —preguntó Daniela con aire aún ausente y ojos medio cerrados debido al déficit de cafeína de su cerebro—. Le dio un beso rutinario en la mejilla y se sentó apoyando los codos sobre la mesa, sin que la mayor parte de su masa encefálica hubiera despertado.

—Hace una media hora. No me apetecía dormir más —mintió Miguel mientras le ofrecía la taza de café Arpeggio recién retirada de la Nespresso. Conforme sorbía el líquido oscuro, sus ojos comenzaron a abrirse, saliendo del letargo, pero muy despacio.

Desayunaron en silencio mientras ambos leían la prensa en sus correspondientes tabletas, ella sentada y él de pie, apoyando la frente contra el armario de la cocina, costumbre que tenía desde muy pequeño. Después de tantos años juntos, casi se tenían todo dicho. Miguel se duchó sin prisa, como si el agua que resbalaba por su cabeza pudiera arrastrar el cansancio y la nube negra que rondaba por encima de su cráneo desde hacía un día. «Necesito ir a la peluquería sin falta», se propuso mientras se atusaba el pelo color castaño, al darse cuenta del terreno que sus entradas le iban ganando al cuero cabelludo. Se recortó la perilla y se aplicó su crema hidratante en las patas de gallo y sobre las arrugas de expresión que con anterioridad habían hecho aparición. Se cuidaba en lo que a la piel se refería. No era un obseso, pero sí un poco coqueto y quería enlentecer el efecto del tiempo en su cara. Le daba importancia a su imagen también porque su trabajo era cara al público. Se aplicó una dosis razonable de Prada Luna Rossa, una fragancia fresca pero que no embriagaba demasiado. Se miró de perfil en el espejo, con cierto disgusto al ver la curva que se dibujaba en su abdomen, fruto de la dejadez en lo que actividad física se refería. Debería apuntarse al gimnasio o salir a correr. De hecho, le habían regalado no hacía mucho un libro que hablaba de eso, de un tipo que se había levantado del sillón para luego correr no sé cuántas maratones, y para colmo era médico. Lo empezaría a leer a ver si se contagiaba de esa actitud.

Se vistió con la ropa de costumbre, una chaqueta Hugo Boss azul marino, camisa de cuadros a juego y corbata azul con estampado de lunares blancos. Su vestir era clásico para su edad, aunque con cierto aire de clase. Como todas las mañanas, el mejor momento era despertar a Sofía, su única hija. Como buena adolescente, era dormilona y precisaba que alguien se encargara de extraerla de entre las sábanas. Él lo hacía con música para evitar que el comienzo del día fuera demasiado tormentoso. Se acercaba con disimulo al umbral de la habitación y colocaba su iPhone en el suelo. Hoy la sorprendería con Lukas Graham y su Seven years. Ponía el volumen bajito pero lo suficiente alto como para que ella comenzara a retorcerse en la cama, sabiendo que era hora de levantarse, lo hacía con una sonrisa. El mejor momento del día para el doctor. Flanqueando el edredón lila que descansaba en el suelo un ejemplar del libro Guinness de los récords permanecía abierto por la página donde se describían las maravillas del cuerpo humano, del cerebro y del sistema nervioso, concretamente. Ella le había insinuado alguna vez, pero muy de pasada, que tal vez estudiaría Medicina, pero no estaba segura de si podría aguantar el tipo o se marearía al ver la sangre o los cadáveres de la sala de disección.

—Buenos días, princesa —le susurró al oído mientras le daba un beso en la punta de la nariz—. Te llaman del futuro. —Era el mantra con el que intentaba activarla cada mañana. Sofía protestó con un gruñido. Nadie quiere madrugar a los catorce.

Salió de la habitación mirando hacia atrás para asegurarse de que Sofía no se daba la vuelta en busca de esos temidos «cinco minutos más». Recogió el teléfono del suelo, su maletín con el portátil y salió de casa despidiéndose de Daniela, que intentaba sin mucho éxito que Ted hiciera la deposición matutina de rigor.

La consulta quedaba a unos veinte minutos andando a buen ritmo. Hoy tenía el día a tope, como todos desde hacía bastante. Intentaba no sobrecargarse, pero en una consulta médica siempre hay urgencias y pacientes sin hora que acuden ante un imprevisto.

—Buenos días, Lucía —saludó a su secretaria.

—Buenos días, doctor Sotelo. Me he dado cuenta de que hay una garrafa en la sala de exploración y me ha parecido raro. No recuerdo haberla visto el viernes antes de irme. —La secre lo contemplaba con aire sorprendido detrás de sus gafas de concha.

—Es una larga historia. Déjala en el almacenillo por si su dueña viene a reclamarla —dijo sin intentar explicar lo surrealista de la situación.

Lucía se encogió de hombros y se apresuró a retirarla para comenzar con las visitas. Dos pacientes se habían presentado quince minutos antes del inicio de la jornada, como es costumbre en aquellas personas que han sufrido un contratiempo y necesitaban ser vistos sin cita.

No se notaba nada diferente, excepto que no se encontraba tan fresco como otros días, nada importante, sobre todo al dormir poco y mal. Estaba acostumbrado a trabajar sin dormir gracias a esas guardias interminables a las que había renunciado hacía tiempo.

La mañana transcurrió como todas con el dolor como protagonista casi siempre: dolor de rodillas, de espalda, de cabeza, de pecho. No hubo ningún caso fuera de lo normal.

«Pasamos al último paciente, doctor. Es un urgente. Me ha llamado desesperado. Lleva varias noches sin dormir y está al borde de hacer una locura. Se llama Jesús Moreno y es la primera vez que viene», le escribió su secretaria por el chat interno.

Sotelo leyó con atención el mensaje. Si una cosa no le gustaba era que un paciente no pudiera dormir debido al dolor. Era una máxima en su práctica médica y así había aleccionado a su secretaria: «No importa lo saturados que estemos, esos pacientes deben ser vistos, sin falta».

Detrás de Lucía entró un hombre más joven de lo que la enfermedad dejaba traslucir en su aspecto. El doctor Sotelo, gracias a ese ojo clínico que había ido afinando con la experiencia que dan los años de errores y aciertos, supo enseguida que esa persona tenía algo grave. «No me gusta», se dijo para sus adentros.

Caminaba realmente despacio y encorvado, como si al acortar sus músculos y vértebras el dolor le diera una tregua. El aspecto pajizo de su tez, las arrugas prematuras que invadían la expresión de su rostro, una barba que no había sido rasurada en semanas, los ojos que le habían ganado terreno a las mejillas y amenazaban con salir de sus cuencas… El resumen del calvario de alguien que no había salido de su casa ni descansado ni comido con la normalidad que cualquier persona sana desearía. El hombre, que no tendría más de cincuenta años, sujetaba con vehemencia y firmeza una bolsa de plástico con el logo de un afamado centro sanitario. Esa bolsa era su tesoro, ya no solo por el dinero que le debía de haber costado la multitud de exploraciones, a cuál más invasiva y desagradable, sino porque reflejan el martirio de pasar meses con un problema que no se resuelve ni alivia.

—Buenas tardes, Jesús. Siéntese, por favor —le dio la bienvenida el médico a su despacho.

—Gracias —dijo el paciente en una voz débil, casi como un susurro, sin fuerzas para hablar.

—Tiene usted cuarenta y ocho años. ¿Alguna enfermedad o tratamiento previo? ¿Alguna operación diferente a lo que lo trae hoy aquí? —preguntó el galeno.

—No. Ninguna. Trabajo… Bueno… Trabajaba en un banco… Llevo meses de baja —dijo con la voz casi rota por la emoción y la desesperación—. No tomo medicación excepto ésta… —Desplegó una decena de solapas de cajas de medicamentos como si fuera un crupier dando cartas—. Todos son analgésicos, y a cual más potente a juzgar por la dosis que rotulaba cada cartón, pero nada me alivia —respondió con amargura el enfermo.

El médico se echó hacia atrás en un asiento al darse cuenta de lo que significaba semejante despliegue farmacológico.

—Cuénteme desde el principio qué lo trae aquí.

—No sé por dónde empezar la verdad, pero intentaré sintetizar. La palabra que resume mi vida en los últimos meses es: ¡dolor! Empezó muy poco a poco. No recuerdo haber hecho ningún esfuerzo ni haberme caído, pero sí que todo empezó a raíz de un resfriado fuerte que tuve y que me hacía toser casi las veinticuatro horas del día. Llegó un momento en que me tenía que sujetar la barriga y las costillas por miedo a que se rompieran con cada golpe de tos. El resfriado mejoró a la vez que el dolor de espalda iba haciéndose cada vez más intenso e insoportable. Fue entonces cuando mi médico de cabecera me pautó unas inyecciones muy fuertes que calmaron ligeramente el dolor, pero a los dos días de haber completado el tratamiento, el dolor regresó y, si cabe, con más intensidad, como si las inyecciones lo hubieran enrabietado —contaba nerviosamente el paciente, sin levantar la vista de la mesa, con la boca seca y pastosa, producto, seguramente, de la medicación que estaba tomando—. Tras esperar dos semanas, me vio el especialista de la Mutua, y en una consulta de treinta segundos en la que casi no me dio tiempo a sentarme, me dijo que lo mío es lumbalgia, como tiene mucha gente y que eso no es para estar de baja —comentaba mientras buscaba con desesperación el informe de esa visita—. Aquí está... —dijo, mientras le mostraba un papel con una mancha de café en una esquina—. Conocía a ese médico. El doctor García era famoso por su mal carácter, su apetencia por el coñac en horas de trabajo y por contar los días para jubilarse, todo ello es una mezcla explosiva en cualquier trabajo pero aún más si eres médico. Después de eso, Seguridad Social, clínicas privadas, resonancias, electromiogramas, gammagrafías… De todo. Al parecer, en una de las pruebas se apreció una hernia discal entre dos vértebras lumbares. Uno de los especialistas me dijo que ésa era la causa del dolor, y confié en él. Me operó de la columna, quitando, según él, la hernia y colocando cuatro tornillos y dos barras de titanio. La tregua duró una semana, mientras los analgésicos que tenía pautados vía suero hacían su efecto; luego la pesadilla se reanudó: los mismos dolores, igual que antes de la operación. La persona que me operó me dijo que lo suyo estaba perfecto y que el dolor venía de otro sitio. En resumen: me duele la espalda, pero no es como una lumbalgia cualquiera; ya he tenido algunas y no es eso. El dolor es profundo, como… Como si algo se estuviera desgarrando dentro de mí. No sé cómo decirlo para que usted se haga una idea —dijo el hombrecillo mirando a la cara al médico por primera vez desde que se conocían, manteniendo los puños apretados sobre la mesa—. Es usted mi última esperanza —suplicó.

El doctor Sotelo contemplaba al paciente con atención y cierto grado de pena, intentando ponerse en su lugar, y a la vez, procesando los posibles diagnósticos que dieran con la clave del dolor de aquella persona. Se levantó de la silla y con el brazo extendido hacia la camilla invitó al paciente a que lo siguiera y se tumbara. El caso se salía ligeramente de sus competencias, ya que no entendía de tornillos y hernias discales.

—Desnúdese, por favor. Puede colgar la ropa en la percha que tiene ahí —dijo, señalando con la barbilla el colgante metálico que sobresalía discretamente de la pared—. El paciente se desnudó a cámara lenta, pero al intentar quitarse los pantalones, una mueca de dolor le retorció el gesto y le hizo palidecer. El doctor Sotelo lo ayudó y entre los dos completaron la maniobra.

El hombre que yacía sobre la camilla era prácticamente un espectro recién salido de un campo de concentración. Costillas y clavículas marcadas, mentón prominente, dientes amarillentos y pelo ralo. Las venas de los brazos y los pies destacaban sobre manera con un intenso color azulado.

Se dispuso a explorar al paciente. Posó su fonendoscopio sobre el pecho mientras cerraba los ojos, escrutando los sonidos que emitían el corazón y los pulmones. Nada anormal, excepto la respiración ligeramente acelerada.

Sin embargo, cuando palpó el abdomen con la yema de los dedos ocurrió algo. De repente, igual que si una espada le hubiera perforado el abdomen, el doctor Sotelo se estremeció sin entender nada. Inmediatamente retiró bruscamente las manos que tenía apoyadas sobre el paciente y retrocedió hasta que la pared lo frenó. Nunca había notado tanto dolor. Era intenso y profundo, como si un alienígena luchara por salir de su barriga abriéndose paso a través de los intestinos. El dolor remitió una vez que las manos se separaron del hombrecillo, el mismo efecto que da la corriente mientras se manipula un enchufe y el calambre cede al soltar el cable.

El paciente no se percató. Permanecía con los ojos cerrados y el entrecejo arrugado. Había pasado por decenas de camillas y conocía el procedimiento, así que intentaba colaborar y dejarse hacer. Con la respiración aún acelerada y con gotas de sudor poblando su frente, el médico se acercó tímidamente a la camilla, aun sabiendo lo que podía pasar. A cámara lenta fue acercando las manos extendidas y se detuvo a cinco centímetros de la piel del abdomen. Inspiró profundamente un par de veces y de nuevo posó las palmas sobre el dolorido paciente. Otra vez, un dolor punzante, hiriente, profundo e intenso recorrió la columna lumbar del médico y se irradió hacia el ombligo. Intentó aguantar estoicamente sin separarse del cuerpo del hombre. La punzada recorría el esternón, el cuello y los hombros. Cuando inspiraba el dolor se incrementaba y se vio obligado a encorvarse. Una sensación nauseosa recorrió su cabeza y notó como si la habitación diera vueltas. Nunca se había sentido tan mal en toda su vida. Se asustó. Salió disparado de la sala de exploración y casi no le dio tiempo a llegar al baño para vomitar.

«¿Qué es lo que tiene ese hombre en su barriga que provoca un dolor tan espantoso?», se preguntó mientras se miraba en el espejo y se limpiaba la cara con toallitas de papel. Su rostro reflejaba enfermedad. Arrugas, color amarillento y mirada de derrota. Su expresión era idéntica a la del hombre que tenía postrado en la camilla. «¿Tendrá algo contagioso que se pueda trasmitir?», terminó por preguntarse, pero era absurdo. Se agachó sobre el lavabo y dejó que el agua fría refrescara su cara. Volvió a mirar al espejo, de reojo, con miedo; su aspecto era el de siempre. Volvía a ser él. «¿Pero qué…? No entiendo nada», dijo para sus adentros.

Volvió al despacho y allí permanecía el paciente, ahora ya sentado y con la mirada perdida. El médico se situó frente al enfermo, escrutando cada movimiento, cada gesto, como si algún detalle le diera la clave del asunto.

—Jesús, quiero que me diga cómo es exactamente el dolor que tiene, con detalle —le pidió el médico.

El paciente puso cara de resignación. Había explicado lo mismo cien veces, pero cogió aire y, como el que pone una grabación en marcha, respondió:

—Es como algo que literalmente se desgarra por dentro, recorre mi tripa y llega al esternón, los hombros… Me pongo a sudar y a veces tengo náuseas. —Realizaba aspavientos para enfatizar aún más su discurso, y al terminar de exponer todo se desplomó agotado sobre el respaldo del asiento.

Conforme los detalles de la sintomatología se revelaban, el médico se iba quedando más perplejo. Era exactamente lo mismo que él había notado mientras posaba las manos sobre el abdomen del tipo. Los mismos síntomas, idénticos. Era como si… como si al tocarlo pudiera notar lo que el hombre padecía, su enfermedad, su dolor. ¿Sería eso posible? «Todo esto debe ser producto del cansancio», intentó convencerse.

Pasaron unos minutos hasta que el enfermo pudo vestirse y sentarse delante del galeno, lo que le costó un esfuerzo sobrehumano. Sotelo lo miraba con una expresión que denotaba máxima concentración. Su cerebro era un hervidero de conexiones entre neuronas; decenas de diagnósticos, síntomas y posibles enfermedades pugnaban por ser los elegidos. Sin decir una sola palabra, revisó despacio cada informe que el paciente le había aportado, mientras se masajeaba el abdomen, todavía dolorido. De repente, una luz se encendió dentro de su cerebro y respiró aliviado.

—Creo que ya sé lo que le ocurre, señor Moreno.

El hombre salió de su letargo, se incorporó en la silla y abrió los ojos con cierta incredulidad mezclada con esperanza, lo mismo que el reo que espera un veredicto de inocencia.

—Su problema no tiene nada que ver con la espalda ni con la hernia, lo siento, pero no estoy de acuerdo con mis colegas. Creo que se ha operado en vano. En mi opinión, lo que le está quitando la vida poco a poco se llama aneurisma disecante de aorta —afirmó el médico con una seguridad no exenta de prudencia, mirando a los ojos al desdichado hombrecillo—. En pocas palabras y para que lo entienda, el aneurisma disecante de aorta es la dilatación de la pared de la arteria principal del cuerpo, que sale desde el corazón y va por delante de las vértebras hasta la zona lumbar, donde se divide. Pues bien, la pared de ese vaso se dilata, se da de sí, como si fuera una pompa, y además, la sangre de dentro de la arteria va erosionando la zona dilatada y se despegan las capas, quedando sangre estancada dentro de la zona que se ha estirado. Conforme la dilatación de la pared se hace más grande, el dolor es como el que nota usted, algo que se desgarra dentro, muy dentro. Posiblemente, esa crisis de tos tan acentuada durante tiempo ha podido provocarlo o acelerarlo. —En ese momento el médico puso las manos encima de la mesa y casi lo levantó de la silla—. Escuche lo que le voy a decir, es urgente que se le haga un TAC toracoabdominal para verlo por dentro. Si estoy en lo cierto habrá que operarlo sin perder tiempo. No bromeo —afirmó categóricamente el galeno. Si acertaba le salvaría la vida a aquel hombre, si erraba se caería con todo el equipo y su credibilidad quedaría en entredicho.

—Me está asustando, doctor… ¿Quiere decir que… voy a… morir? —dijo el paciente con la voz trémula, balbuceando y con miedo a conocer la respuesta.

—Si no actuamos deprisa, sí. Es como si llevara una bomba de relojería en su barriga, y no conocemos cuánto tiempo queda para que detone el explosivo. Voy a hacer un informe y en cuanto salga de aquí quiero que lo lleve directamente a Urgencias —dijo a la vez que tecleaba nerviosamente—. Sin mediar palabra, salió de la habitación haciendo que los folios que descansaban sobre la mesa volaran sin control.

El hombrecillo seguía sentado sin mover un músculo. Por un lado sintió alivio: ya sabía la causa de su dolor, de su agonía; por el otro, la cura parecía complicada. Se rió amargamente maldiciendo su suerte. Mañana tenía cita en Salud Mental, ya que le habían insinuado que su dolencia podría estar en su mente. Menuda ironía. Otra cuestión que le rondaba la cabeza era la idea de la muerte. «¿Cómo no se han dado cuenta antes?», se preguntaba una y otra vez mientras se mecía hacia delante y atrás con un movimiento rítmico que le provocaba cierto sosiego.

La puerta se abrió de golpe y volvió a entrar el médico con el teléfono en la mano.

—Sí… Correcto... Sospecha de un aneurisma disecante de aorta. Ese es mi diagnóstico. —Hizo una pausa—. Tengo al paciente delante. Os lo mando ahora mismo… Gracias. —Colgó—. Dejó el teléfono sobre la mesa y comenzó a garabatear en un pósit, lo dobló y se lo dio al paciente.

—Señor Moreno, lo están esperando. Ahí le he anotado el médico de Urgencias por el que debe preguntar. Ellos se encargarán de todo. Ojalá me equivoque —le dijo mientras se ponía de pie y colocaba su mano en el hombro del paciente, mientras éste recogía toda su documentación—. Si estoy en lo cierto, que Dios lo ayude. Si no… que me ayude a mí —añadió, y se despidieron sin saber si se volverían a ver algún día.

CAPÍTULO 3

Tardó varios minutos en reponerse después de lo acontecido con el último paciente del día. Sentado en su silla, ligeramente recostado y mesándose el cabello de la nuca con su mano derecha, analizaba cómo había experimentado ese dolor, idéntico al del enfermo, cada vez que lo tocaba. Durante la carrera había estudiado casos de lo que los psiquiatras llamaban «transferencia», es decir, después de haber tratado durante meses a una persona, médico y paciente podían padecer un cuadro clínico similar. «Pero esto es otra cosa», se decía para sí mientras negaba con la cabeza. Ni tenía una relación tan cercana con el señor Moreno ni él era el tipo de médico susceptible de esa empatía.