Una mosca que no deja dormir - Carlos de la Hoz Albor - E-Book

Una mosca que no deja dormir E-Book

Carlos de la Hoz Albor

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Beschreibung

"Cobo piensa con nostalgia en ese personaje de ojos tristes que, abandonado en el rincón de la sala, parecía implorarle que le permitiera llegar con vida al final de la historia". Con espíritu zen, cada uno de estos 23 cuentos breves retrata una escena cotidiana que conduce a una revelación, a una comprensión espiritual. Curiosos, a veces divertidos o inquietantes, estos relatos están protagonizados por personajes del día a día: un escritor, el hombre que está tirado en una esquina, el trompetista, el lector… Como su personaje Manuel Cobo, el escritor de ficciones cortas, Carlos de la Hoz se lanza a la difícil tarea de armar historias breves, eliminando lo superfluo y conservando lo esencial.

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Seitenzahl: 59

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Carlos Adolfo De La Hoz Albor

Una mosca que no deja dormir

 

Saga

Una mosca que no deja dormir

 

Copyright © 2004, 2022 Carlos de la Hoz Albor and SAGA Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788728167168

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

 

www.sagaegmont.com

Saga Egmont - a part of Egmont, www.egmont.com

A los habituales de aquel entonces de la Calle Manga de Oro

También protesto contra las explicaciones excesivas. Me refiero al hábito de comenzar desde muy atrás y luego avanzar lentísimamente hacia el único hecho que en realidad nos interesaba.

Alejandro Rossi

Un trompo que da vueltas

Un trompo que da vueltas es sólo eso: un trompo que da vueltas. Nada más. Este sencillo y minúsculo artefacto (así lo habría llamado Julito Cortázar, un vecino de esta cuadra en la que habito) no podría alterar ninguna existencia ni trastocar ningún mundo. Bastaría con contemplar cada uno de los actos que preceden su girar para comprobarlo: una cuerda que se enrolla a su alrededor, una mano que lo lanza y... ¡zas! se inicia su armónica danza.

 

Lo dicho: un trompo que da vueltas es sólo eso... ¿De dónde provienen, entonces, la ansiedad y el extravío que se apoderan de mí con cada nuevo giro?

Metamorfosis

Con no poca frecuencia, la mano suele convertirse en puño. Deja de intentar una caricia o no ofrece como antes una dádiva y se convierte en puño. Es una metamorfosis breve y exacta: bastan sólo unos instantes para que se olvide de su habitual calidez y vaya a estrellarse contra el rostro de ése que ha hecho enfadar a su dueño.

 

¡Ahí va la mano! A esta altura ya resultan vanos los intentos del sujeto para disuadirla: va y viene con exacerbado encono. Derriba cuerpos, magulla rostros que al tiempo la injurian y le temen.

 

En esos momentos en que alguien la saca de quicio y se torna agresiva, quienes padecen las consecuencias de su transformación suelen echar de menos su primera y natural condición de instrumento para expresar ternura y cariño.

 

Y no falta incluso el que, queriendo hacerse el trascendental, se le dé por parodiar a don Antonio Machado y decir: “La mano que ves ahora no es mano porque la estreches, sino porque te puede golpear”.

Miedo

Un hombre cualquiera le señala en la calle. Es apenas un gesto, tal vez fortuito, pero lo cierto es que no puede evitar cierto temor.

 

Visiblemente preocupado, regresa en seguida a casa, y allí se encierra sin atender a nadie. Asegura puertas, ventanas, descuelga el auricular.

 

Por las noches, la imagen del hombre que le señala se hace más nítida, lo obsesiona, no le permite conciliar el sueño.

 

El miedo se apodera de él, y lo lleva a una desesperación tan insoportable que toma, entonces, la decisión de quitarse la vida.

 

Otro día, en medio del espeso rumor de cuerpos que van y vienen por la calle, el hombre vuelve a señalar a alguien, que le responde con una sonrisa. Mientras camina, este último piensa: “Aún queda gente simpática por estos lados de la ciudad”.

La escoba nueva

He aquí la historia, un poco triste, de una escoba nueva que, desvirtuando lo que sentencia la trillada frase, barría mal. En realidad, “muy mal”.

 

No realizaba con eficacia la labor para la cual la había inventado la humanidad. De manera que aquellas superficies que intentaba limpiar –– por muy diestra y diligente que fuera la mano que la dirigiera –– quedaban, inevitablemente, con la misma cantidad de basura acumulada.

 

Y como si ello no bastara para contrariar a la sufrida ama de casa que la utilizaba, parecía haber renunciado a su postura erguida y con frecuencia había que levantarla del suelo.

 

Decepcionada, la mujer no dejaba de renegar y maldecía la hora en que se le había ocurrido comprar esa escoba inútil. Hasta que un buen día no soportó más y decidió arrojarla a la calle.

Un niño que pasaba por ahí la recogió, la llevó a casa y le dio la forma de un alado caballo de madera, con el que comenzó a pasearse, mañana y tarde, galopando –– ¡clac, clac, clac! –– por las vastas praderas de la imaginación.

 

Ésta es, en apenas unas pocas palabras, y con la ayuda de una mujer y un niño casuales, la que podría tomarse como el acercamiento a una nueva teoría sobre por qué algunas personas han llegado a aborrecer de manera definitiva los lugares comunes.

La otra acera

Para contrariar la costumbre, nuestros gobernantes han decidido que las calles de esta ciudad no tengan más que una acera. De manera que, invariablemente, tendremos que desplazarnos siempre por el mismo lado.

 

Se podría esperar que dicha medida provocara grandes escándalos y que suscitara uno que otro levantamiento entre nuestros conciudadanos, pero no ha sido así. Con buen ánimo, cada uno de nosotros ha sabido habituarse a la particularidad de estas calles.

 

Como una muestra cabal de nuestro respeto por las leyes (se equivoca quien hable de sumisión), hemos comenzado por suprimir ese ligero movimiento de levantar la mano y saludar a quien camina en frente.

 

Con el correr del tiempo y llegado el momento de escribir la historia, no habrá quien recuerde que un día, todos a una, acordamos de buena gana suprimir también ese brazo que nunca más volveríamos a levantar. Después de todo, no era más que una extremidad inútil que ya no tenía cabida en el paisaje de nuestra amada ciudad.

Breve historia

Hay un hombre sentado en una esquina cualquiera de la ciudad. Ha permanecido allí durante horas y horas. Nadie advierte, al pasar, su cuerpo recogido. Tal parece que a él eso es lo que menos le importa: no reclama una mirada, no pronuncia una sola palabra, no tiende la mano. Simplemente sigue allí, impasible, y hasta se diría que, sin ver, sin oír.

 

Poco a poco el hombre se ha ido sumando al paisaje de la esquina. Ahora apenas se nota. No hay un gesto de asombro, no hay sorpresa entre los transeúntes. Es como si la esquina, con sus paredes manchadas por el tiempo, hubiera concertado con él hacerle parte suya. En adelante, este punto del vasto universo sólo existirá con el hombre. Si se levantara, si diera unos cuantos pasos y se perdiera por la primera calle, echaríamos de menos su presencia, comenzaríamos a preguntar en seguida hacia dónde ha marchado. Pero no hay aquí lugar para los sobresaltos: su figura sigue allí, como agregada a la porción de oscuridad que empieza a cubrir la esquina.