Una mujer distinta - Sandra Paul - E-Book
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Una mujer distinta E-Book

Sandra Paul

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Beschreibung

Lauren no podía creer que su jefe creyera que estaba embarazada, pero lo que realmente le había molestado era que Rafe parecía aliviado al enterarse de que no era así; era como si pensara que nadie podría quererla lo suficiente como para desear querer tener un hijo con ella. Así que, para superar la ofensa, Lauren decidió hacer todo lo posible para dejar con la boca abierta a su irresistible jefe. En cuanto viera a la nueva Lauren Rafe, no dudaría que cualquier hombre se moriría por estar con ella.

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Veröffentlichungsjahr: 2014

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Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2001 Harlequin Books S.A.

© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.

Una mujer distinta, n.º 1334 - julio 2014

Título original: The Makeover Takeover

Publicada originalmente por Silhouette® Books

Publicada en español en 2002

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-4650-0

Editor responsable: Luis Pugni

Conversión ebook: MT Color & Diseño

Capítulo 1

Vamos, Lauren.

–No.

–¿Por qué no? Nos sobra tiempo...

–No, no nos sobra –erguida en el sillón, Lauren Connor evitó los ojos de su jefe del otro lado de la amplia mesa de roble. Con la vista clavada en el horizonte de Chicago, visible por la ventana más allá de los anchos hombros de él, añadió–: El señor Haley podría venir en cualquier momento, y lo último que quiero es que el presidente de la compañía nos sorprenda tonteando.

–No llegará hasta dentro de treinta minutos...

–Veinte.

–Veinte. Es tiempo suficiente –Rafe Mitchell estudió la expresión inflexible de su secretaria–. Vamos, Lauren, me ayudará a relajarme. La operación Bartlett me está estresando mucho.

Incapaz de evitarlo, Lauren lo miró a la cara. Los ojos oscuros de él se encontraron con los suyos, y el estómago le dio un vuelco que no tenía nada que ver con los nervios que habían estado dominándola toda la mañana. Apartó la vista de esa mirada intensa, se subió las gafas sobre el puente de la nariz y lo observó, tratando de evaluar la verdad de la afirmación que acababa de hacer.

La verdad es que no parecía estresado. Como de costumbre, estaba reclinado en su sillón con las piernas extendidas y las manos metidas en los bolsillos de su traje gris a medida. Aunque quizá sí sintiera la presión. Nadie mejor que ella sabía lo tenso que podía ser trabajar en la empresa contable Kane Haley, S.A., y a Rafe, como vicepresidente de Fusiones y Adquisiciones, se le planteaban suficientes retos.

Por otro lado, nadie mejor que ella sabía lo bueno que era Rafe para salirse con la suya. Ni siquiera la expresión absurdamente esperanzada que había puesto podía ocultar la obstinada determinación marcada en las líneas de su rostro. Rafe Mitchell era duro, y lo parecía... desde la complexión musculosa y compacta de su cuerpo de un metro ochenta hasta la inteligencia astuta y cínica que brillaba en sus ojos castaños.

Al captar un destello divertido en sus profundidades, Lauren se puso aún más rígida.

–Pues a mí no me relaja –intentó que su voz suave sonara firme e implacable–. Yo solo termino con un montón de frustración.

–No pasará esta vez... lo prometo –afirmó él con celeridad.

Ella miró el bloc de notas y volvió a subirse las gafas que se habían deslizado por su nariz. Se concentró en el papel, fingiendo que añadía más cosas a la lista que había confeccionado.

–Incluso te dejaré salir.

Le tembló el bolígrafo. Para su propio disgusto, sintió que se ablandaba. Se mordió el labio mientras trataba de no ceder.

–Por favor, Laurie... –la voz profunda de él se tornó persuasivamente ronca.

Los últimos vestigios de resistencia se desmoronaron. En los tres años que llevaba trabajando para Rafe, jamás había sido capaz de resistir ese tono entre exigente y suplicante. No supo por qué creía que ese día iba a ser diferente.

Plantó el bloc de notas sobre el escritorio.

–De acuerdo... tú ganas. Jugaré una partida... ¡pero solo una! Y por el amor del cielo, que sea rápida.

Rafe se puso de pie de un salto con expresión de triunfo en la cara.

–¡Estupendo! Siéntate a mi escritorio. Prepararé las cosas.

Lauren fue a ocupar el sillón de él. La piel magnífica aún retenía la calidez del cuerpo de Rafe; suspiró cuando el calor la ayudó a desterrar los pequeños escalofríos de sus extremidades. Ni siquiera el grueso jersey marrón ni la larga falda de lana que llevaba ese día la ayudaban mucho a estar templada.

Cruzó los brazos sobre el estómago cuando otro aguijonazo de dolor le tensó los músculos. No podía ser la gripe... no en ese momento. Desterró el inquietante pensamiento de que pudiera tratarse de otra cosa, algo más serio. No tenía tiempo para encarar ningún problema personal. Había demasiado trabajo. La reunión con el señor Haley esa mañana, las futuras reuniones que debía arreglar para preparar la adquisición Bartlett. Los contratos, la decoración para la fiesta de Navidad... la lista era interminable. Y por encima de todo tratar de manejar a un jefe que insistía en perder un tiempo precioso.

Observó a Rafe mientras se alejaba unos dos metros sobre la mullida moqueta para depositar la papelera metálica vacía en ese punto. Luego volvió hacia ella y de un cajón del escritorio sacó una pequeña canasta anaranjada con red.

Lauren movió la cabeza al ver la satisfacción en su rostro mientras se ponía en cuclillas para acoplarlo al borde de la papelera.

–¿No te cansas nunca de estos juegos tontos?

–No –respondió sin molestarse en alzar la vista de lo que hacía–. Me gusta ganar.

–Lo más probable es que termines con una úlcera –le informó, y el pensamiento le provocó otra oleada de náuseas–. Eres demasiado competitivo.

Rafe miró a su secretaria con expresión divertida. Lauren era casi más competitiva que él, lo que pasaba era que ella no lo sabía.

Tampoco muchas más personas lo descubrirían a primera vista. Llevaba puestas unas gafas que siempre se le resbalaban por el puente de la nariz. Los cristales gruesos le daban a sus ojos gris azulados una expresión de leve sorpresa... como un topo pequeño y ansioso que parpadeaba a la luz del sol. Tenía una boca corriente, y el rostro delgado y las mejillas pálidas estaban enmarcados por un pelo castaño y liso.

Era de movimientos precisos y actitud estricta. Hablaba poco de sí misma, pero Rafe sabía que su padre había muerto cuando ella tenía unos cinco años. Como resultado de eso, no estaba acostumbrada al estilo de hablar de los hombres, menos aún a comprender la manera en que pensaban. Tampoco tenía idea del objetivo, las reglas o incluso quiénes eran las estrellas de los juegos que les encantaban a los hombres. Ni de fútbol, hockey, béisbol... en definitiva, de ningún juego. Rafe había descubierto ese hecho asombroso a la semana de que empezara a trabajar para él. Le había mencionado a Michael Jordan y había quedado completamente aturdido cuando con absoluta sinceridad ella le había preguntado si Jordan trabajaba en el departamento de correo de la empresa.

En ese mismo instante había sabido que su nueva secretaria necesitaba ayuda. Necesitaba salir más, dejar de ser tan seria y tan correcta en todo momento. Relajarse un poco, potenciar su seguridad y aprender a sobrevivir en la gran ciudad. Y por encima de todo, como integrante de su equipo de adquisiciones, necesitaba desarrollar un poco de espíritu combativo. Y no había nada mejor para lograr esos objetivos que un poco de competencia sana.

¿Acaso la práctica del fútbol y del béisbol no lo había mantenido lejos de los problemas en el instituto? El boxeo, las prácticas de combate cuerpo a cuerpo, las partidas de póquer toda la noche, ¿no le habían mantenido la mente aguda y una actitud agresiva, por no mencionar la solvencia económica, durante su servicio con los marines? Por supuesto. Y en cuanto se licenció del ejército, su capacidad para jugar bien en el mundo corporativo, para no abandonar un trato hasta no haber conseguido los términos que buscaba, ¿no habían concluido por ayudarlo a conseguir el trabajo con Kane Haley, S.A.? Desde luego.

Y al ser el gran tipo que era, había tomado a Lauren bajo su protección. Más o menos cada dos meses la había introducido en un juego nuevo, para ampliarle la experiencia y ayudarla a adoptar una actitud más relajada. Habían visto las reglas del hockey, del tenis, del fútbol y del béisbol, pero su juego favorito, de lejos, era el baloncesto con la papelera. Ese sí que requería destreza.

No es que Lauren tuviera alguna. Su percepción de la profundidad era nula y su coordinación dejaba mucho que desear. No obstante, al ir a recoger la pelota de gomaespuma que guardaba en la maceta de un helecho próximo a la ventana, supo que no podía evitar pensar que debía tener potencial para algo. Era esbelta para su altura de un metro sesenta y cinco aproximadamente y tenía piernas bonitas. Era de complexión bastante atlética... hasta que se la ponía a prueba.

Le arrojó la pelota y movió la cabeza cuando ella alargó los brazos con gesto torpe y falló en recogerla. «Patético... simplemente, patético».

Pero Rafe sabía que su falta de talento no le impedía entregarse al máximo. Lauren siempre era reacia a participar al principio... tenía unas ideas anticuadas acerca del comportamiento correcto en el trabajo; pero después de que Rafe la hubiera instigado, tentado o forzado a participar, su naturaleza competitiva surgía con toda intensidad. Odiaba perder, y entraba en cada una de las ridículas competiciones con la fiera determinación de ganar.

Rafe ocultó una leve sonrisa al ver que ya fruncía el ceño por la distancia a la que había puesto el cubo.

–¿No está más lejos que la última vez? –preguntó dubitativa, subiéndose las gafas.

–No.

–Pero... ¡Rafe! –frunció más el ceño al verlo quitarse la chaqueta–. ¿Qué haces? El señor Haley...

–Le importa un bledo cómo me vista mientras cumpla con mi trabajo... y lo hago. Siempre –enarcó las cejas ante la expresión reprobatoria cuando comenzó a remangarse la camisa–. ¿No esperarás que juegue un partido serio con el traje?

–¿Por qué no? Sabes que me ganarás con o sin chaqueta.

Ese último comentario fue un susurro, pero Rafe lo oyó de todos modos. Igual que la coordinación, tenía un oído excelente. La miró con expresión de reproche.

–Eh, ¿no te doy siempre una oportunidad deportiva? –ella fue a responder, pero antes de que pudiera hacerlo, añadió–: Claro que sí. Yo tiraré desde el doble de distancia.

–Como si eso fuera a importar –gruñó Lauren, pero sabía que estaba enganchada. Hizo un movimiento de práctica con la pelota hacia la canasta antes de continuar–: Creo que te gusta hacerme jugar porque de esa manera siempre puedes ganar.

Rafe contuvo otra sonrisa. No era típico de Lauren quejarse tanto. Por lo general participaba en resignado silencio.

Con prudencia mantuvo la boca cerrada, aunque podría haberle dicho que no era ganarle lo que lo hacía disfrutar tanto, sino observar la fiera determinación que ella proyectaba en el juego. Como en ese momento, olvidada por completo la inminente llegada de Kane Haley y abandonada la expresión grave y distante que últimamente parecía considerar como la apropiada. Le dio unos minutos para que estudiara la distancia que había hasta la canasta, luego preguntó:

–¿Lista?

–Lista –asintió.

Alzó la pelota. Justo cuando iba a soltarla, él dijo:

–¡Espera!

Lauren estuvo a punto de salir disparada del sillón. Jadeó, los ojos muy abiertos por la alarma, las gafas torcidas sobre su pequeña nariz.

–¿Qué? ¿Qué sucede? –se enderezó las gafas y miró nerviosa hacia la puerta–. ¿Viene el señor Haley?

–No. Hemos olvidado hacer una apuesta.

–No quiero apostar –lo miró con ojos entrecerrados–. No paro de recordarte que las apuestas son ilegales.

–¿Crees que sería capaz de sugerir algo ilegal? –la expresión de ella dijo que sí, pero Rafe respondió por Lauren–. Claro que no. Solo pensaba en una apuesta sencilla, amistosa... quizá de un pequeño intercambio de servicios.

–¿Qué servicios? –aún se mostraba suspicaz.

–Oh, no sé... –fingió meditarlo unos instantes–. Si ganas tú, ¿qué te parece que realice un donativo navideño al refugio de mujeres para el que recaudas fondos? Un donativo «generoso» –no hacía falta decirle que el cheque ya estaba hecho y listo para ser entregado, con o sin partida. Eso la incentivaría.

Se le encendieron los ojos, pero al instante volvió a mostrarse cauta.

–Y si pierdo...

–Si pierdes, entonces solo tendrás que hacer unas pequeñas compras navideñas por mí. Elegir algo para algunas de mis amigas.

–¿Qué amigas?

–Oh, no sé. Quizá Amy. Y Maureen. Y decididamente Nancy.

En ese momento sí que mostró su desaprobación... e indecisión. Rafe necesitó un esfuerzo para mantener la seriedad. La semana anterior le había pedido que eligiera unos regalos para las mujeres con las que salía en ese momento, y ella le había respondido con una indignada charla sobre lo personal que era hacer regalos y que no le parecía adecuado hacerlos por él. Él había escuchado su argumentación y le había dado la razón, pero no tenía ni idea de qué regalarle a una mujer y además odiaba salir de compras.

Sería mucho mejor que Lauren los hiciera por él. Y sabía que en realidad no le planteaba mucha elección; el refugio de mujeres significaba mucho para ella. Se metía a fondo en cosas de ese estilo. Beneficencia, la iglesia. El nuevo servicio de cuidados infantiles que Maggie Steward, la asistente administrativa de Kane, estaba añadiendo a la corporación. Cualquier cosa que considerara que mejoraría la vida de alguien captaba siempre la atención de Lauren. Bajo ningún concepto sería capaz de rechazar un posible donativo.

–¿Qué dices? –se obligó a preguntarle–. Solo tendrás que comprar algo que le guste a una mujer. Todo cargado en mi tarjeta de crédito.

–Bien –respondió con los pequeños dientes blancos apretados.

Rafe supo que la había provocado de verdad. Lauren tomó un bolígrafo y escribió una línea en su bloc de notas, e incluso se tomó el tiempo de garabatear algo en el margen.

Cuando al fin terminó, soltó el bolígrafo. Lo miró con ojos centelleantes, luego clavó la mirada furiosa en el cubo. Se acomodó las gafas, apretó la mandíbula delicada y se subió las mangas del jersey marrón. Incluso se adelantó hasta situarse en el mismo borde del sillón, mientras se ajustaba el bajo de la falda marrón a cuadros que se le había subido unos centímetros por encima de las rodillas.

Volvió a levantar el brazo. Con un movimiento de la muñeca, soltó la pelota.

El misil anaranjado salió disparado hacia el cubo y cayó... a un metro de distancia.

Rafe tuvo ganas de aullar ante la frustración que vio en su cara. Estaba rígida como un bate de béisbol, con los puños cerrados a los costados. Pero en vez de reírse, movió la cabeza en falsa conmiseración.

–Ah, diablos. Es una pena –comentó con simpatía. Recogió la pelota de la moqueta–. Veamos si yo consigo mejorarlo.

Duplicó la distancia desde la que había tirado Lauren. Luego, con un movimiento casual, arrojó el balón. Cuando se hundió justo por el centro de la canasta asintió satisfecho. Tuvo que reconocer que era bueno. Al mirarla para ver si apreciaba en su justa medida la proeza que acababa de realizar, la sonrisa le desapareció de la cara.

Lauren parecía enferma. La piel pálida se le había puesto macilenta, y mientras la observaba, la vio hacer una mueca y cruzar los brazos sobre el estómago.

–¿Te encuentras bien? –le preguntó.

–Claro –repuso, pero la palabra terminó con un pequeño jadeo–. Me duele un poco el estómago.

Él frunció el ceño al verla juntar más los brazos.

–¿Qué quieres decir con dolor? –quiso saber–. ¿Como una apendicitis?

–No. En serio... estoy bien.

–Hay un virus muy fuerte de la gripe...

–No es nada –insistió, desterrando su preocupación con un movimiento de la mano.

Sin embargo, un segundo más tarde se llevó la misma mano a la boca, con los ojos muy abiertos por la alarma. Se levantó de un salto, miró en la dirección del cubo, que aún seguía recubierto por la estúpida red, y salió corriendo por la puerta.

Capítulo 2

Cuando unos minutos después Lauren salió del aseo de señoras, se sentía mucho mejor. Se había refrescado la cara con agua fría, limpiado la boca y estaba segura de que podría terminar el día. Pero entonces vio a Rafe apoyado en la pared con el abrigo negro puesto. Sobre un brazo sostenía el abrigo y la bufanda marrones de ella, y en la otra mano el bolso.

Se irguió al verla.

–Muy bien, vámonos –indicó antes de que ella pudiera hablar–. Estás enferma y te llevo a casa.

–No estoy enferma –contradijo, y de forma automática alargó la mano hacia su bolso.

Él se lo entregó y la ayudó a ponerse el abrigo. Luego la tomó con firmeza del brazo y la guió por el pasillo en dirección a los ascensores.

–Rafe... ¡aguarda! Ya estoy mejor –le dijo tratando de plantarse.

–Me alegra oírlo –respondió, pero no dejó de andar.

Cuando llegaron a los ascensores, siguió sin darle oportunidad de discutir, ya que la introdujo en uno antes de que a Lauren se le ocurriera un modo de convencerlo de que estaba bien.

Las puertas se cerraron y él la miró.

–Estás blanca como un fantasma, Lauren –soslayó las protestas que opuso y le pasó la bufanda por el cuello–. Te llevo a casa. No quiero que conduzcas.

–¡No hace falta! –se bajó los bordes de lana de la boca–. El señor Haley...

–Lo entenderá. Le dejé un mensaje en el que le explicaba que no te sentías bien. Como es viernes, dispondrás de todo el fin de semana para descansar.

Lauren abrió la boca para volver a protestar, pero la cerró al mirar la cara de Rafe. El tono sonaba amable, pero la expresión en los ojos le indicaba que hablaba en serio.

Suspiró y decidió volver a intentarlo.

–Puedo tomar un taxi. O el autobús. O quizá Jay pueda llevarme.

–¿Quién es Jay? –la miró con las cejas enarcadas.

–Jay Leonardo, me trajo esta mañana. Vive al lado de mi casa.

–¿Qué le pasa a tu coche? –preguntó mientras el ascensor se detenía en la planta catorce. Las puertas se abrieron para dar entrada a otro pasajero.

–No estoy segura –informó Lauren–. Tardó en arrancar y Jay se ofreció...

–Vaya, hola, Rafe –interrumpió una voz sensual.

Lauren alzó la vista. De pie ante las puertas abiertas había una rubia que miraba a Rafe con expresión encantada.

Él esbozó una sonrisa.

–Hola, Nancy –saludó.

La rubia entró en el ascensor y de inmediato se pegó a él. «Como una serpiente», decidió Lauren. «Con bastante busto».

Cuando las puertas se cerraron, clavó la vista al frente. Trataba de evitar mirar en los espejos que los rodeaban. Al final bajó la vista a sus uñas sin pintar, hasta que no le quedó más remedio que ceder. Miró los reflejos en el espejo y pensó que era como si fuera invisible.

Rafe se hallaba a su lado, pero no la miraba. Toda su atención se centraba en la mujer que tenía del otro lado... y la de la rubia estaba clavada exclusivamente en él.

Ninguno de los dos casos la sorprendió. La mujer estaba preciosa en su caro y ceñido traje azul. Unos tacones de aspecto frágil exhibían sus diminutos pies y del brazo llevaba una piel. Esbelta, sofisticada, tenía por lo menos diez años más que los veinticuatro de Lauren e irradiaba la seguridad que sin duda le habían dado esos años. Y en cuanto a Rafe...

Lauren lo estudió. Le sonrió brevemente a la recién llegada y los dientes perfectos le brillaron. Unas arrugas seductoras se formaron en sus enjutas mejillas... También él estaba... bien.

Apartó la vista para clavarla en su propia imagen. Con su aburrido abrigo de paño, la bufanda a rayas y los cómodos zapatos bajos, parecía un tocón. Un tocón peludo y marrón.

–¿Qué haces por aquí? –le preguntaba Rafe a Nancy.

–Tenía una cita con mi contable en la planta catorce y pensé en pasar por tu despacho para preguntarte si querías que comiéramos juntos. Hace un tiempo que no sé nada de ti –murmuró con tono reprobatorio y párpados entornados.

«Mal jugado», pensó Lauren. Rafe no animaba a sus citas a visitarlo en el despacho. En una ocasión le había explicado que eso las volvía territoriales. Como si fuera la señal, la expresión de sus ojos se enfrió. Pero respondió con tono amable:

–Sí. He estado bastante ocupado.

–Aún tienes mi número, ¿verdad? –insistió la rubia. Le tocó levemente el brazo.

–Lo tengo en la memoria del teléfono –le aseguró.

Lauren trató de convertir el súbito bufido en algo parecido a una tos.

–Lo siento –se disculpó cuando ambos la miraron por el espejo.

Los ojos de Rafe permanecieron sobre ella.

–Te presento a mi secretaria –anunció de repente, como si acabara de recordar que también ella iba en el ascensor. Rodeó los hombros de Lauren con un brazo y la giró hacia ellos–. Creo que has hablado con ella por teléfono. Lauren, Nancy. Nancy... Lauren.

Lauren extendió educadamente la mano. La rubia la había estrechado con renuencia cuando Rafe añadió:

–Me temo que hoy no voy a poder comer contigo. Me llevo a Lauren a casa. Ha estado enferma... vomitando y todo eso.

Lauren se ruborizó y la otra mujer apartó la mano. Nancy dio un paso atrás, miró hacia los lados como si buscara una salida y luego tocó el panel de botones.

El ascensor se detuvo en seco.

–He de... ah, bajar aquí –la rubia esquivó a Lauren–. Nos vemos, Rafe. ¡Llámame! –dijo antes de desaparecer por el pasillo.

Rafe apretó un botón y las puertas volvieron a cerrarse. Lauren miró con ojos centelleantes la expresión de inocencia de él en el espejo.

–Te agradecería que no me usaras como repelente de rubias –dijo con tono helado.

–¿Crees que haría algo así? –preguntó con mirada risueña y voz seria.

–¡Sí! –irritada por su actitud, se volvió hacia los botones–. Y tengo mejores cosas que hacer que tontear, así que si no te importa, me gustaría regresar a la oficina y...

Le tomó la mano antes de que pudiera apretar el botón justo en el momento en que el ascensor volvía a detenerse. Las puertas se abrieron en la planta baja. Rafe se aferró a su brazo. La hizo marchar por el vestíbulo y por la salida al frío aire de diciembre.

Las bocinas y el tráfico rugieron en la calle. Rafe se detuvo un momento para subirle la bufanda alrededor de los oídos, y le apartó las manos cuando ella trató de detenerlo. Luego, satisfecho con sus esfuerzos para mantenerla abrigada, la tomó otra vez del brazo para conducirla hacia el aparcamiento.

A Lauren le resbalaban los pies sobre el pavimento helado. El apretón de Rafe se acentuó para equilibrarla.

–Deberías haberte puesto botas –murmuró él.

–¡No me diste la oportunidad! Las tengo debajo de mi escritorio –era típico de Rafe culparla cuando la precipitación había sido suya.

Le tomó la mano al verla resbalar otra vez y le pasó el brazo por la cintura. Casi cargó con ella por la acera helada.

–¿Y qué me dices de tus guantes? –enarcó las cejas y le apretó los dedos fríos para recalcar la pregunta–. ¿También están en tu escritorio?

Lauren apretó los labios. Él sabía que no era así; aquella mañana la había reprendido por no llevarlos. Decidió no responderle y concentrarse en intentar mantener el equilibrio.