Una mujer en casa - Ashley Summers - E-Book
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Una mujer en casa E-Book

Ashley Summers

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Beschreibung

Cuando Clint Whittfield volvió a su casa de Texas después de dos años de ausencia, no esperaba encontrar una bella pelirroja en su cocina. Después de sufrir una tragedia, Clint solo deseaba un poco de soledad, pero lo que encontró fue a Regina Flynn, una mujer llena de carácter que se había encargado, por propia voluntad, de cuidar la casa de Whittfield. Clint se veía incapaz de dejarla marchar; Regina era la primera mujer que conseguía volver a despertar su alma. Regina no había previsto el regreso de Whittfield y, mucho menos, la atracción que iba a surgir entre ellos. ¿Podría esperar de él algo más que pasión?

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Seitenzahl: 218

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2001 Faye Ashley

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Una mujer en casa, n.º 1108 - febrero 2018

Título original: Beauty in His Bedroom

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-9170-753-0

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Capítulo Once

Capítulo Doce

Si te ha gustado este libro…

 

Capítulo Uno

 

 

Regina Flynn puso el pie en el elegante vestíbulo de la casa con algo absurdamente parecido al miedo. Como empleada de la Agencia Lamar de servicios de seguridad y mantenimiento domésticos, estaba plenamente justificada su presencia en aquella casa deshabitada. Pero lo que su razón le decía no convencía a sus oídos, sobresaltados por el repiqueteo de los tacones en el suelo ajedrezado de mármol blanco y negro, ni a su corazón, que latía aceleradamente.

Regina no dio un solo paso más. Se detuvo, estrechando la pequeña maceta de violeta africana que traía contra el pecho, como si fuera su talismán. Tenía frío, en pleno mes de agosto texano. Cerró la puerta y se recostó contra ella. Dio un hondo suspiro.

–Lo he hecho –murmuró–. He robado una casa.

De inmediato sacudió la cabeza, rechazando tan ridícula versión de los hechos. ¡La subdirectora regional de Lamar no robaba casas! Su área de responsabilidad era precisamente la zona norte de la ciudad de Houston y la magnífica casa en la que se encontraba, propiedad de un cliente, un tal Clint Whitfield, formaba parte de su cartera profesional.

–Lo único que has hecho –se corrigió con suma precisión– es asignarle un cuidador residente a la casa. Estás autorizada para hacerlo. Lo único que sucede es que tú eres la cuidadora.

Molesta consigo misma por aquella hiperactividad de su conciencia, Regina buscó a tientas el interruptor. En la penumbra del crepúsculo, las cajas que contenían sus escasas pertenencias formaban un montoncito penoso, pero, una vez encendida la magnífica araña, aún parecían más deplorables. Seis cajas de cartón no demasiado grandes. No era gran cosa para veintinueve años de existencia.

Al verse la cara de desolación en un espejo de la pared, Regina se apartó los rizos de la cara.

–Flynn, eres un desastre –le dijo al reflejo de ojos verdes y pelo cobrizo. Y su voz resonó por toda la casa.

Enarcó las cajas y avanzó entre los muebles enfundados. El aire acondicionado funcionaba durante los meses de calor, para combatir la humedad de Houston, incluso con la casa vacía. Regina se amonestó por pusilánime: esa corriente helada y silenciosa, en contraste con el calor del pleno verano, era la que le había puesto la carne de gallina, y no los espíritus tutelares de la casa.

Se detuvo bajo un elevado arco, que daba acceso al mayor espacio de la casa, amplio y luminoso, que comprendía las zonas de almacenamiento, cocina, comedor de diario y comedor de invitados, separado del cuarto de estar y el invernadero por una pared de cristal. Aun sintiéndose un poco ridícula al traer una cosita tan modesta a un entorno tan opulento, Regina avanzó hasta la ventana de la cocina y, con mucho cuidado, colocó el pequeño tiesto azul centrado con toda exactitud y, ¡oh, magia!, la plantita se fundió con el emplazamiento.

–Como nacida en el propio castillo –bromeó, dándole unos toquecitos a las velludas hojas–. Tú eres lo que le estaba haciendo falta a esta casa.

Pulsó un nuevo interruptor y se quedó sin aliento ante la belleza revelada por la suave iluminación. Clint Whitfield había creado algo fuera de lo corriente. ¿Por qué lo habría dejado luego abandonado tanto tiempo? No tenía forma de responder a esa pregunta, que ya se había planteado más de una vez. No conocía al señor Whitfield, porque ella trabajaba en otro departamento cuando él se puso en contacto con la agencia. Al ascender, se hizo cargo de ese cliente, entre otros muchos, y había hecho varias visitas a la encantadora casa de las columnas blancas, cumpliendo su obligación de supervisar las intervenciones de los jardineros y las limpiadoras.

Con el paso de los meses y después de los años, Regina experimentó un fuerte sentimiento de desaprobación por la situación de abandono de la casa, con el dueño permanentemente fuera del país. Naturalmente, se guardó su opinión y siguió cumpliendo sus obligaciones.

Hasta que se quemó su casa.

El único hogar que Regina había conocido, donde habían vivido siempre su hermanita y ella, primero con su madre y luego solas, ardió, con todo lo que poseían. Hacía ya tres meses y su corazón seguía oprimiéndose cada vez que lo recordaba. El único consuelo era que la niña no había visto nada: estaba en el colegio, interna. El colegio para niños con necesidades especiales, que se llevaba una parte tan considerable de los ingresos de Regina, le había ahorrado a Katie un buen disgusto, aunque, al enterarse la chiquilla, tan impresionable a sus quince años como un niño de seis, había llorado por su pérdida. Y Regina había llorado con ella. Después, como siempre, se secó las lágrimas y, con ánimo firme, empezó a reconstruir sus vidas.

No era fácil, a pesar del excelente sueldo que Lamar le pagaba. Seguir pagando la mensualidad del colegio no le dejaba a Regina más que dinero suficiente para alquilar un estudio más bien sórdido, si quería ahorrar algo.

Y, entre tanto, ahí seguía la bellísima casa de Clint Whitfield, completamente equipada, echándose a perder poco a poco, mientras él zascandileaba por África.

Regina suspiró. Antes del incendio, la indiferencia del señor Whitfield era irritante, pero, después, se había convertido en una injuria. ¡Ser dueño de semejante tesoro y no cuidar de él lo más mínimo!

Se dijo que seguramente habría circunstancias que lo explicaran. Pero, por esas fechas, el cliente envió a la agencia la orden de renovación del contrato por un año más y Regina, tras breve pero intensa deliberación, tomó una decisión. Dada la prolongada ausencia del señor Whitfield, estaba claro que su casa necesitaba un cuidador residente. Y, si ella se ofrecía a desempeñar esa tarea, los dos verían resueltas sus respectivas dificultades.

Hizo las cosas como es debido. Le comunicó por escrito la medida que la agencia iba a adoptar, pero transcurrieron dos semanas sin recibir noticias de él, que era lo habitual, por otra parte. Lo único que se realizaba a fecha fija y con diligencia era la renovación anual, con el consiguiente pago por talón. Las demás comunicaciones eran escasas e imprevisibles.

«Así que decidiste acallar tus últimos escrúpulos y mudarte».

No quería hacerse reproches, así que se dedicó a observar a placer su nueva residencia. Lo sorprendente de la casa era que, estando totalmente amueblada y decorada, no había en ella ni un cuadro ni una fotografía. El señor Whitfield era una persona rara, de la que Regina no disponía de más datos que los que figuraban en su ficha de cliente. La verdad, tampoco era el único lo bastante adinerado como para cambiar de mansión como quien cambia de sábanas.

Seguro que de mujeres, también. Regina se encogió de hombros. Sabía que no estaba casado, porque eso era lo que figuraba en la ficha, pero lo principal acerca del señor Whitfield era su planificación anual. Y él acababa de renovar el contrato con Lamar por un año.

Resuelta al fin a sentirse lo más cómoda posible, Regina se quitó las horquillas y se pasó los dedos por el cabello, ahuecando sus rizos. Ya estaba bien de agobiarse. En cuanto Whitfield notificara a la agencia que pensaba volver a ocupar su casa, ella empaquetaría sus seis cajas de nuevo y saldría disparada de allí. Entre tanto, se consideraría…

–En casa –dijo, en un susurro, que se convirtió a continuación en un tono alto y claro–. Estoy en casa.

 

 

Eran las ocho de una hermosa tarde de septiembre cuando Clint Whitfield llegaba de vuelta a casa. No estaba haciendo precisamente lo que le pedía el cuerpo, pero no iba a pasar más que una noche en la ciudad y le parecía absurdo ir a un hotel. Aparcó el coche de alquiler que conducía en la parte enlosada del jardín, pero no se bajó de él.

Era justamente la hora de uno de los extraordinarios atardeceres que de vez en cuando ofrece la ciudad de Houston. La luz era exquisita, tierna y dorada, y el césped, perfectamente cuidado, parecía de terciopelo. La belleza le dolía, más que complacerlo. En otra vida, ese era el momento que prefería del día. En su actual existencia, lo odiaba. Como odiaba septiembre. La razón de su vida había desaparecido para siempre una oscura noche de septiembre.

Aún siguió sentado un rato más en el coche, contemplando la mansión que se recortaba contra el alto cielo texano. La casa que construyó para el amor de su vida.

Le hacían falta esos momentos, para reunir fuerzas ante todo lo que tenía que hacer frente. Sentía ira ante la tensión que se había apoderado de todo su cuerpo, ganas de maldecir. ¿Por qué tenía que costarle tanto entrar en su propia casa, al cabo de casi tres años de abandonarla? Deseó salir huyendo, para ser preciso, aunque no fuera más que consigo mismo. Claro que de la propia memoria no se puede huir.

Y, donde se encontraba, la vista se sumaba a la memoria. Vio la rosaleda plantada a la derecha de la casa. Las rosas de Barbara. Le pareció casi una inmoralidad que las rosas siguieran resplandecientes de belleza cuando la mujer que las plantó ya estaba muerta.

Cómo le habría gustado a Barbara poder hacer ese trabajo físico personalmente. Pero se había acostumbrado a tener un cuidado extremo con sus manos. La esposa de Clint era una magnífica cirujana pediatra. Alguien que le hacía falta al mundo, se dijo con amargura, no como él, que no era más que un veterinario del montón. Pero ella había muerto y él seguía vivo.

Ya había vuelto a darse contra el muro de piedra de siempre. Con fatiga, Clint se decidió a salir del coche que, dada su estatura y corpulencia, le resultaba bastante incómodo.

–¡Vaya cacharro canijo! –exclamó, dando un portazo. Cómo echaba de menos su monovolumen.

Pero, al instante, tuvo que volver a abrir la puerta, para rescatar su sombrero vaquero del asiento del copiloto. El sombrero, de cuero natural que se había quedado casi blanco, decolorado por el sol de las selvas y las sabanas, había dado con él la vuelta al mundo y era una especie de talismán para Clint. Se lo encasquetó sobre el cabello oscuro, más largo de lo que nunca lo hubiese lucido en Texas y le dio una inclinación jactanciosa, para animarse, porque sentía absurdamente débiles sus largas piernas.

Dio un nuevo portazo, preguntándose por qué había regresado. Allí no quedaba nada que él pudiera reconocer como suyo. Desde luego, esa no era su casa. Por él, como si la partía el rayo. Y, con una rigidez cada vez mayor, se puso en marcha hacia la puerta principal. Con cada paso se iba consolidando la decisión de no volver a ver aquella casa. La pondría en venta. Subastaría hasta el último objeto. Se liberaría de todo. No podía aspirar a volver a ser feliz, pero, al menos, quizá pudiera hallar un poco de paz para su espíritu.

El ruido de sus pasos era desproporcionado en la quietud del atardecer. También en la casa despertarían ecos, se dijo, mientras abría. No le cabía duda de que el interior estaría tan bien conservado como el jardín, pero lo espantaba recorrer las habitaciones desiertas, con olor a humedad. Allí estarían todos los muebles, en sus fundas. Pero no por eso dejaría de estar la casa vacía. Tan vacía como su corazón, concretó Clint. Empujó la puerta y dio unos pasos. No muchos, antes de detenerse en seco.

Por unos instantes su visión se volvió borrosa y le pareció que su corazón se detenía también. Había flores frescas y plantas y, ante todo, aromas fantásticos procedentes de la cocina que flotaban en un aire que no olía para nada a humedad. ¡Había algo al fuego!

Algo, precisó olfateando, italiano. Aceite, tomate, ajo… las cosas que más le gustaban. El salto de regreso al pasado era insoportable. Esa atmósfera era exactamente la que le daba la bienvenida a casa al volver del trabajo.

Hubo un ruido de cacharros en la cocina que lo devolvió al presente. No había nadie para darle la bienvenida a casa al volver del trabajo, y jamás lo habría. Después de disciplinarse, se quitó el sombrero y siguió unos momentos en el vestíbulo, dudando, hasta que la realidad se impuso. ¡Alguien estaba, en efecto, guisando en su cocina!

La irritación lo dominó. ¿Era una broma? ¿O qué? Sin hacer ruido, se dirigió hasta el arco de acceso a la zona de cocina y comedor. Allí volvió a paralizarlo la sorpresa: el rincón de lectura que él había creado junto a las puertaventanas estaba lleno de plantas en macetas. La lámpara que había junto a su sillón de cuero estaba encendida, en el asiento se había quedado un libro de bolsillo, abierto, boca abajo, y en el suelo un par de zapatillas rosas.

–Pero, ¿qué demonios es esto?

Soltó el sombrero, que aún llevaba en la mano, sobre el sillón, y buscó con la vista el punto de procedencia del ruido que había oído antes. La cocina propiamente dicha parecía vacía, hasta que, al cabo de un momento, una joven salió de la despensa, llevando una cacerola.

Clint tuvo una serie de impresiones casi simultáneas, todas vívidas y algo inconexas. Llevaba vaqueros, una camiseta rosa, gafas redondas de color malva; carita de ángel, pies descalzos, con las uñas sin pintar, y un ramillete de rizos de color dorado-cobrizo recogidos en lo alto de la cabeza. No tenía ni idea de quién podría ser.

Cuando ella lo vio, abrió sus ojazos verdes de par en par tras los cristales de las gafas. Dio un grito y soltó la cacerola, que cayó al suelo con estruendo.

–Tranquila. No pasa nada –dijo Clint. Tratando de tranquilizarla, tendió una mano hacia ella.

Retrocediendo, la joven tenía la espalda pegada a la encimera. Estaba muy asustada.

–No se asuste, por favor. Soy Clint Whitfield, el dueño de esta casa –dio un paso hacia ella–. Perdone, no quería asustarla. Lo único que pasa es que, al entrar, he oído… –Clint recobró la conciencia de la situación–. Un momento, ¿quién es usted, a todo esto? ¿Y qué está haciendo en mi casa?

–Re-Regina. Regina Flynn. Gina –poco a poco, iba rehaciéndose–. ¡Qué barbaridad! –exclamó, con una risa un poco trémula–. Tendrá que disculparme, señor Whitfield. Es evidente que me ha sorprendido usted.

–Es evidente.

–Sí. Y estoy aquí… –se inclinó para recoger la cacerola y depositarla en la encimera, todo con movimientos suaves y precisos.

Ganando tiempo, observó él para sí, aguardando.

–¿Por qué está aquí? –insistió.

Ella se hizo fuerte. Sin prisas, se quitó las gafas.

–Porque debo estar aquí. Trabajo para la Agencia Lamar de servicios de seguridad y mantenimiento domésticos y, entre otras funciones, soy cuidadora residente. Me ocupo de su casa –precisó–. Forma parte del servicio prestado por la agencia –sus miradas se encontraron–. Un momento, usted no debería estar aquí. ¡No me ha notificado su regreso!

–No sabía que tenía que notificárselo –contestó Clint destempladamente–. Y no recuerdo haber encargado a la Agencia Lamar –hablaba con marcado sarcasmo– tales servicios.

–Pues entonces no recuerda bien.

–¡Lo que faltaba por oír! –a Clint se le estaban hinchando las narices, en parte por aquella desfachatez y en parte por los irresistibles efluvios que emanaban de la sartén puesta sobre la placa vitrocerámica. Su sartén y su vitrocerámica. Y, por lo tanto, su salsa de tomate. Su irritación se estaba convirtiendo en cólera, que aplastó gracias a un formidable dominio de sí mismo. Estaba furioso, pero no pensaba perder el control.

–De eso, nada –prosiguió, con voz suave e inflexible–. Lo único que no está bien es su presencia en mi casa. Dudo mucho de que trabaje usted para la agencia. Sospecho que, al descubrir una casa deshabitada, se ha instalado en ella por las buenas. Y quizá haya vendido unas cuantas cosas para ir tirando –añadió, mirando en derredor. No parecía faltar nada, pero la verdad era que él no podía responder a ciencia cierta–. Tal vez debería llamar a la policía.

–¡La policía! Pero eso es un disparate: no soy ninguna ladrona. ¡De su casa no falta absolutamente nada! –replicó ella, agitada por la indignación.

Su respiración agitada producía unos efectos perturbadores en su anatomía, como Clint registró, reprochándose a continuación por fijarse en ellos. La camiseta revelaba sus pequeños pechos a la perfección y la mirada de él se deslizó insensiblemente hacia la estrecha cintura y las esbeltas caderas enfundadas en los vaqueros. Tenía las piernas largas: era alta, cerca del metro ochenta, calculó. Esbelta, pero con curvas, concluyó tras el breve pero intenso escrutinio.

–Si deja de hacer esas estúpidas acusaciones y me permite explicarme, estoy segura de que podremos aclarar la situación –dijo ella, con firmeza–. Trabajo para la agencia y soy la cuidadora residente de su casa, ¡no una «ocupa»! Y debo añadir que debe considerarse agradecido porque yo esté aquí, velando por sus intereses. He atendido su casa a la perfección, señor Whitfield, como podrá comprobar.

E hizo un gesto amplio con la mano, que abarcaba la cocina, inmaculada, y el rincón de lectura, acogedor con sus plantas.

–Le ruego que inspeccione la casa. Naturalmente –se apresuró a añadir–, ahora que ha regresado, haré inmediatamente el equipaje y me marcharé. Yo misma comunicaré a la agencia que ha regresado: es un trámite que puedo ahorrarle y lo haré encantada.

Y le dedicó una sonrisa tan deslumbrante que Clint sintió que la cabeza le daba vueltas. Dio un paso para apartarse de ella.

–Sí, seguro que estaría encantada. Pero, ¿por qué no voy a hacerlo yo? –y dio un paso más, en dirección al teléfono.

–¡Adelante, no se prive! –saltó ella, y luego se mordió los labios– Pero tengo que advertirlo de que eso no lo librará de mí. Al final, le dirían que tenía que hablar conmigo. Yo estoy a cargo de usted. Quiero decir, de su expediente –desvió un poco la mirada, pero sin apartar la vista de los ojos de Clint–. Y este servicio figura en su contrato.

Él se recostó contra la encimera, observándola. No quería escuchar sus explicaciones. Lo único que quería era seguir enfadado y dar rienda suelta a su ira. Y, además, aunque las explicaciones sonaban convincentes, el nerviosismo de ella era incuestionable. No era exactamente mentir, no habría podido mentirle. Con esos ojos, verdes y llenos de chispitas doradas, claros y hondos a la vez, no se podía mentir.

Sobresaltado, Clint apartó la mirada.

–¿Cómo va a figurar en mi contrato? No recuerdo haberlo solicitado. De hecho, cuando lo firmé, al marcharme, esta casa me importaba un pimiento. Dejé las llaves a Lamar para poder olvidarme de todo, sin tener mala conciencia. Ah, sí, fui muy concienzudo –añadió, con áspera ironía–. Protege tu inversión, Whitfield, me recomendé. Valiente inversión –dijo, mirando la magnífica habitación y recordando las broncas ocasionadas por el soberbio suelo de gres italiano, los muebles artesanales, los gigantescos ventanales…

Y de nuevo volvió contra sí mismo aquel arma formidable, su autodominio, cortando el flujo de la memoria.

–¿Y bien? ¿Qué explicación tiene? –preguntó a la irritación de ojos verdes.

Pero su hostigamiento no sirvió para hacerla confesar, sino que la puso en pie de guerra.

–¡Pues bien, sí! ¡Me gustaría explicarle unas cuantas cosas, Clint Whitfield! ¡A usted y a los de su calaña!

–¿De mi calaña?

–¡Sí! Gente con dinero suficiente para construir casas maravillosas como esta, llenarlas de cosas bellas, poner una piscina fantástica y un espléndido jardín; crear las cosas con las que los demás solo pueden soñar. Y que luego se largan y las dejan abandonadas, vacías. Y así años y años, señor Whitfield, vacía, privada de vida, desposeída de la posibilidad de ser un hogar… –su apasionamiento tenía asombrado a Clint.

–¿Abandonada? –repitió él, con una viveza no mucho menor que la de ella–. ¡No puede decirse que esta casa haya estado abandonada, señorita Flynn!

–Sí, es cierto, pero tampoco era un hogar –hizo un alto para respirar–. ¡Y no me mire con esa cara! –exclamó con ardor–. Para eso es para lo que fue construida, señor Whitfield, y es cruel no permitirle cumplir su misión. Pero a usted, ¿qué más le da, verdad? Bien claro ha dicho que esta casa le importa un pimiento. No significa nada para usted. Le da una ventolera y la abandona, por las buenas, como un trapo pasado de moda.

Avanzó hacia él, apuntándolo con el dedo índice.

–Es usted un desconsiderado, señor Whitfield, y no hay nada peor, en mi opinión.

Furioso y confuso, Clint se apartó del dedo acusador.

–Su opinión me trae completamente al fresco, señorita Flynn –replicó, con una vehemencia tan injustificada como la de ella–. En cambio, hay algo que puedo conseguir: ¡que la despidan, joven! Así que usted sí debería preocuparse por la mía.

Y, después de ese exabrupto, dio media vuelta y se marchó por donde había entrado, dando un portazo.

 

 

Regina Flynn se quedó pegada, con los ecos de la furia de Whitfield retumbándole en los oídos.

–Pero, ¿qué he hecho, Dios mío? –susurró, tapándose la cara con las manos–. Ponerte como una fiera, apuntarlo como si fueras a dispararle con el dedo, insultarlo… todo lo que no se debe hacer a nadie, ¡y menos a un cliente! ¡Eres imbécil, Gina!

Con las rodillas temblándole, se dirigió al sofá. Se sentía fatal, y no sabía si lo peor era la amenaza a su empleo o el fatal atractivo que el amenazador ejercía. Cerró los ojos y apareció su rostro, duro, desafiante, surcado de cicatrices… ¡Qué susto le había dado al principio! Hasta que, sin saber cómo, en aquella cara que parecía de cuero, apareció una sonrisa. Había despertado algo en ella, una resonancia que nunca se había producido hasta entonces.

Sin darse cuenta, también ella se encontró sonriendo. Era extraño y magnífico hallarse junto a Clint Whitfield. ¿Quién hubiera podido adivinarlo?

–Flynn, empieza a pensar con el cerebro, en lugar de otros órganos. Será todo lo atractivo que quieras, pero puede provocarte un conflicto muy gordo. «¡Que la despidan, joven!» –parodió, solo medio en broma.

Y no era imposible. Acobardada, Regina se abrazó a un almohadón. Aún se sentía indignada por cómo la había tratado… ¡No había hecho nada malo!

«No es culpa mía que no lea las cartas que se le mandan».

Rompió a llorar. Sabía que no debería haber explotado de ese modo. Tenía que haber conservado la calma, para explicarse, razonar con él. Sin levantar la voz, con sensatez… En lugar de gritarle como una verdulera.

«Seguramente, a estas alturas irá camino de la agencia, furioso, a pedir mi cabeza. O mi despido».

No estaba segura de que no fuera la clase de hombre capaz de algo así. Y seguía sin estar convencida de haber hecho algo malo. A él le hacían falta los servicios que podía prestar un cuidador residente, y ella los había prestado. No era la primera vez que tomaba decisiones que afectaban a la propiedad de Clint Whitfield y se las comunicaba después, por escrito. Cierto que no se había dado por enterado, pero había sido debidamente notificado. Eso debería bastar, se dijo Regina, como siempre que la conciencia le desmontaba lo construido por la lógica.

Se secó los ojos y se levantó. Por lo menos, a ver si podía salvar la salsa de sus espagueti. De acuerdo, tal vez hubiera sobrepasado un poco las instrucciones del cliente. ¿Quién podía suponer que a ese cliente concreto le iba a hacer falta tan súbitamente la casa en la que no había puesto el pie en tantos años?

Y, sobre todo, ¿quién podía suponer que ese cliente concreto tendría los ojos azules, con semejantes pestañas negras? Y la cara cruzada por una cicatriz. Y una voz profunda y sexy. Y las manos largas…

Tratando de no pensar, Regina empezó a remover la salsa con una cuchara de palo. La verdad era que el cliente no tenía demasiada base para quejarse. Pero estaba muy, muy enfadado, y podía crearle problemas. Apagó la placa y apartó la sartén. Se le había quitado el apetito.

–Vamos, Flynn, no pienses estupideces. No te van a despedir.

Clint Whitfield tenía poca paciencia, pero, seguramente, no iría tan lejos.

Probablemente, pero ¿seguro?

Capítulo Dos

 

 

A varias millas de distancia, Clint Whitfield reflexionaba mientras esperaba a que un semáforo se pusiera verde. O, al menos, trataba de reflexionar. Pero, ¿qué le había sucedido? No conseguía razonar. Y ni siquiera veía demasiado bien. ¿Cuándo había caído la noche? Había una enorme luna flotando entre las nubes. Debía de llevar un buen rato en marcha, sin saber adónde se dirigía.

Se frotó los ojos y dio un largo suspiro. Estaba muy cansado: eso era todo. Llevaba casi cuarenta y ocho horas viajando, entrando y saliendo de una serie de aeropuertos, subiendo y bajando de aviones.