Una noche con el vikingo - Harper George - E-Book
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Una noche con el vikingo E-Book

Harper George

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Beschreibung

No sabía lo que le estaba haciendo… Gunnar se había sentido toda la vida indigno del amor. Hasta que una noche, Kadlin, su íntima amiga de la infancia, se ofreció a él. Y Gunnar, que sabía que nunca se la merecería de verdad, se marchó a la mañana siguiente... Los recuerdos le tendrían que durar para toda la vida. Kadlin quedó devastada cuando él se marchó. Dos años después, volvió herido debido a sus batallas al otro lado del mar... y Kadlin tuvo que decidir si le contaba la verdadera consecuencia de la única noche que habían pasado juntos…

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Seitenzahl: 335

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2016 Harper St. George

© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Una noche con el vikingo, n.º 599 - septiembre 2016

Título original: One Night with the Viking

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Internacional y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-8683-4

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Dedicatoria

Uno

Dos

Tres

Cuatro

Cinco

Seis

Siete

Ocho

Nueve

Diez

Once

Doce

Trece

Catorce

Quince

Dieciséis

Diecisiete

Dieciocho

Diecinueve

Veinte

Veintiuno

Veintidós

Veintitrés

Uno

Ella era la única mujer que había amado. Se dio cuenta de repente, fue como un escalofrío que le brotó de la yema de los dedos y se extendió por todo el cuerpo. Si la hubiese visto una sola vez durante los últimos años, podría haberse dado cuenta antes. Si se hubiese permitido soñar siquiera que ese sentimiento era posible, se lo habría atribuido a ella. Sin embargo, había intentado olvidarla porque era más fácil fingir que no existía. Si no pensaba en estar con ella, no la añoraría. Si no recordaba lo que sentía al abrazarla, no tendría que sobrellevar que ella no fuese para él, que no volvería a abrazarla, y sus manos no sentirían ese vacío atroz. Gunnar, sin embargo, nunca había dejado de imaginarse su rostro. En la oscuridad de la noche, todas las mujeres que había acariciado se habían convertido en ella.

Desde su escondite en el bosque, observó a Kadlin, quien iba por el sendero que llevaba de su casa al arroyo. Tenía las mejillas sonrosadas por el frío y avanzaba con elegancia y soltura. Saltó un montón de nieve y sus hermanos pequeños la siguieron entre risas cuando uno de ellos se tropezó y cayó en el montón. Su perra ladró y se unió a ellos dando saltos de alegría. Él sonrió y se escondió precipitadamente detrás un árbol cuando ella se dio la vuelta riéndose también. Ese sonido maravilloso le alivió el peso que llevaba en el pecho. Hacía años que no la oía reírse y se había olvidado de lo mucho que le gustaba oírlo. Le recordó a cuando eran niños y jugaban en ese mismo bosque. Se quedó un rato con los ojos cerrados para recrearse con aquellas imágenes. Kadlin le tiraba una bola de nieve. Kadlin que lo esperaba subida en una rama mientras él la buscaba y lo tiraba al suelo. Kadlin que le llamaba de todo porque él había dicho que era una niña pequeña. Entonces, las voces empezaron a alejarse y los siguió para no perderlos de vista.

Si no hubiese estado acompañada por sus hermanos pequeños, se habría acercado a ella cuando estaba en el arroyo. Sin embargo, recordó las palabras tan ásperas que le dirigió su padre la última vez que la visitó y se mantuvo a cierta distancia. Ya tendría tiempo para visitarla esa noche, cuando todo el mundo estuviese dormido. Ya lo había hecho muchas veces en el pasado y sabía cómo entrar sin que lo vieran. Se quedó escondido en el bosque y los observó. Dos trenzas le colgaban hasta la cintura. Siempre le había fascinado su pelo, que era de un rubio plateado que no le había visto a nadie más. De niño, cuando se sentía dolido y no encontraba descanso en su propia cama, se metía sigilosamente en el dormitorio de ella, le soltaba las trenzas y se cubría con la cascada de su pelo. Podía recordar con toda claridad sus ojos azules que lo miraban mientras lo hacía. Esa aceptación que veía reflejada en sus ojos había sido el único refugio que había conocido. Su padre, un hombre amargado y resentido, lo había rechazado y su madre había abandonado a su hijo bastardo para casarse. Solo Kadlin le había dado cariño y comprensión.

Había sido un necio por no haber reconocido entonces lo profundos que eran esos sentimientos, pero también era un niño y ¿qué sabían los niños sobre el amor? Solo sabía que había acudido a ella cuando su vida había llegado a ser insoportable y que ella lo había consolado. No acababa de entender qué le había llevado a alejarse de ella. Quizá hubiese sido porque ella estaba destinada a ser de su medio hermano y que no quería sentir el dolor que sentiría cuando eligiese a Eirik. Sin embargo, en ese momento, se daba cuenta de que llenaba un lugar que había estado vacío sin ella y que su vida sería infinitamente mejor con ella ahí.

Era una desdicha que, al cabo de unos días, su vida lo llevaría al otro lado del mar. Aun así, mientras lo pensaba, también se daba cuenta de que alejarse sería lo mejor para Kadlin. Se merecía a alguien tan íntegro y bueno como ella, alguien que pudiera ofrecerle más de lo que entregaba ella, alguien que pudiera darle una parte de todo lo que ella podía darle a un hombre. Él no era ese hombre y sabía que nunca podría llegar a serlo. Él solo era oscuridad para la luz de ella. Solo recibía de ella, pero esa noche la vería, hablarían por última vez y la abrazaría. Tendría que bastarle para el resto de su vida.

Kadlin se despertó con la desasosegante certeza de que no estaba sola en su dormitorio. Se quedó inmóvil e intentó captar algún sonido que delatara al intruso, pero solo oyó los latidos de su corazón. Las ascuas de la chimenea daban muy poca luz y parpadeó para adaptar los ojos a la penumbra. Notaba una presencia y sabía que no era fruto de su imaginación. Era una presencia que le ponía la carne de gallina y que dejaba sin aire a la pequeña habitación. ¿Dónde estaba su perra? El terror le atenazó y heló el corazón al darse cuenta de que su fiel compañera la había abandonado. Si alguien había podido llevarse a Freyja, entonces…

—Soy yo, Kadlin, no temas.

¡Gunnar! Habría reconocido su voz en cualquier sitio. El fuego se reavivó y un resplandor anaranjado siguió a la cadencia profunda de la voz, acarició sus queridas facciones y sus ojos color ámbar fueron como un destello que la miraban desde bastante cerca. Las llamas resaltaban el color rojo de su pelo e iluminaban, entre luces y sombras, los ángulos de su rostro. Era el dios del fuego personificado. Sin embargo, era Gunnar, un hombre de carne y hueso. El corazón se le aceleró otra vez, pero por un motivo completamente distinto. Hacía más de dos años que no lo veía, había estado luchando al otro lado del mar. Incluso entonces, lo había conocido poco, se habían limitado a miradas furtivas y a comidas incómodas cuando sus padres se reunían. Todavía eran unos niños cuando dieron aquel paseo tan largo por el bosque desde la casa de él a la cama de ella.

En ese momento, tenía los hombros de un guerrero aguerrido y parecían más anchos todavía por la capa de piel que llevaba encima. No podía apartar casi la mirada de su solidez, pero él atizó el fuego y ella se fijó en los grandes y fuertes que eran sus manos. Muy distintas a las manos que la habían abrazado hacía muchos años. Sintió un estremecimiento en un lugar muy profundo de su ser.

—No sabía si volvería a verte.

Lo dijo un poco atropelladamente y tomó aire mientras se sentaba. Quería tocarlo, cerciorarse de que no era un sueño, sentir sus hombros para compararlos con los de sus sueños. Quería abrazarlo antes de que se marchara y no volviera a verlo. Quería zarandearlo por haberse alejado de ella. Sin embargo, había pasado mucho tiempo desde que disfrutaron de aquella camaradería cuando eran jóvenes y él parecía muy implacable, muy distinto al chico que había conocido. Había vuelto en otoño con Eirik y podrían haberse reencontrado durante el invierno. No lo dijo, pero la acusación quedó flotando entre ellos.

—¿Por qué te mantuviste alejado?

Una sombra se movió detrás de él y ella se dio cuenta de que su perra estaba masticando un trozo de carne. Al parecer, Gunnar había ido preparado.

Él tomó aire como si hubiese tomado una decisión y la miró a los ojos tan fijamente que la dejó muda. No había disimulo alguno, solo una energía que parecía decidido a contener y a concentrar en ella. Cuando habló por fin, su voz estaba cargada de añoranza.

—Estabas prometida a mi hermano. Si volvía a verte, sabía que tendría que desafiarlo por ti.

Cuando por fin la liberó de su mirada, sus ojos le recorrieron el pelo despeinado y los pechos, despertando una calidez dentro de ella. Echó un leño más al fuego, se incorporó completamente y fue como si ocupara todo el espacio de la habitación. Se le puso la carne de gallina otra vez por la intensidad de su presencia. Se había imaginado muchas veces esa situación, que se despertaba y se encontraba con él en su dormitorio, pero su presencia real era casi abrumadora. El deseo indisimulado que se reflejaba en la intensidad de su mirada hacía que su cuerpo cobrara vida como nunca había podido imaginarse. Ardía por dentro y lo sentía hasta en el rincón más recóndito de su cuerpo. Cuando dio un paso hacia ella, el vientre se le encogió. Para dominarse, se dirigió a él en tono desafiante.

—¿Habrías permitido que tu hermano se casara conmigo cuando me querías para ti?

La miró sin disimular el ardor. Lo había visto en otros hombres que habían pedido su mano a su padre, aunque a ella nunca le había gustado. Sin embargo, en él era como el sol de la primavera que le calentaba el cuerpo después de un invierno especialmente crudo. Era el único con quien se había imaginado que se casaría.

—Creía que era una elección tuya.

Se detuvo junto al borde de la cama, al lado de ella, que se arrodilló delante de él haciendo un esfuerzo para no tocarlo. Al parecer, él había sentido algún afecto por ella durante todos esos años, pero le costaba creerlo cuando podría haber tenido a cualquier mujer que hubiese querido. O quizá hubiese tenido miedo de creerlo porque nada habría cambiado aunque lo hubiese sabido, él no sería suyo.

—Tienes que saber que Eirik nunca tuvo mi corazón. Es un amigo y lo quiero, pero no como tendría que quererlo para casarme con él.

—Pasé el invierno lejos, en sitios que te espantarían, con gente atroz, porque no quería volver a la casa de mi padre y verte casada con Eirik. Todas las noches te imaginaba entre sus brazos y era una tortura. Cuando volví y comprobé que no te habías casado con él, acudí a ti lo antes que pude.

Él hizo una pausa y esbozó una sonrisa muy atractiva que le iluminó los ojos. Ella pudo vislumbrar al muchacho que había amado. Él alargó una mano y le tomó el extremo de una trenza. Los dos la miraron mientras la luz hacía que los mechones rubios se convirtieran en plateados.

—Dejé que tú frustraras los deseos de dos hombres, los de tu padre y los míos.

Ella sonrió por la broma, pero no estaba dispuesta a eludir el enfrentamiento.

—Él no era el hombre que yo quería —Gunnar contuvo el aliento, pero no dejó de mirar el mechón que estaba acariciando—. ¿Por qué me has dejado de lado todos estos años?

—No, Kadlin, no te dejé de lado. No pasó un instante sin que te tuviera presente. Cuando estabas cerca, te sentía aunque no te viera. Mi cuerpo sabía que estabas allí y no podía evitar oírte u olerte —se llevó el mechón a los labios y cerró los ojos mientras lo olía—. Nunca pude olvidar cómo olías y lo que sentía al dormir con la cara entre tu pelo cuando éramos niños.

—Pero te quedaste muy lejos, ¿por qué?

Él gruñó y se apartó un poco para mirarla.

—El muchacho que conociste murió hace mucho tiempo, Kadlin. No soy lo que necesitas.

Ella tomó aliento para serenarse. Ese hombre, ese guerrero tan amenazador e implacable que tenía delante no era el muchacho que recordaba, pero tampoco era menos atractivo por los cambios que su escabrosa vida había producido en él. Al contrario, tenía algo que hacía que fuese deseable, la tentación de todo lo prohibido. Sin embargo, a pesar de eso, seguía siendo conocido y cercano. No pudo resistir más las ganas de tocarlo y puso las manos sobre las de él. ¿Había sentido él la magia que brotaba cuando se tocaban? ¿Había sentido la llama invisible que se avivaba entre ellos? Subió las manos a lo largo de sus antebrazos. Eran duros como el hierro. Miró su pecho y supuso que todo él sería igual de duro. Una descarga de excitación le recorrió todo el cuerpo, desde las yemas de los dedos hasta el vientre.

—Me da igual, Gunnar. Sí eres lo que deseo.

Nunca había dicho algo más cierto. Él solo llevaba unos minutos allí, pero ella ya había notado que había recuperado algo, que ya no había un vacío donde estaba su corazón. Él estaba hecho para ella y, en ese momento, lo sabía como no lo había sabido nunca. En ese momento, sabía que él, en el fondo de su corazón, sentía lo mismo.

Los ojos de Gunnar dejaron escapar un destello despiadado que la habría asustado unos minutos antes.

—Deberías tener cuidado con las cosas que me dices.

—¿Por qué? —preguntó ella en tono desafiante.

Él sonrió, pero fue una sonrisa maliciosa que reflejaba todas las cosas sombrías que ella deseaba conocer con él. La sonrisa de un lobo. Le soltó el pelo, bajó las manos hasta sus caderas y agarró le fina tela del camisón con un gesto de dominio de sí mismo que hizo que empezara a sentir una palpitación entre los muslos.

—Porque llevo todo el rato, desde que entré en esta habitación, intentando convencerme de que solo he venido a despedirme de ti.

—No creerías que iba a dejarte marchar tan fácilmente…

El cuerpo le ardía por el contacto de sus manos y, por fin, le acarició el pecho. Era muy duro y fuerte, le pasó las yemas de los dedos por todos los salientes y entrantes, pero no era suficiente e introdujo las manos por debajo de la capa de piel para sentirlo más cerca. Había despertado esa palpitación dentro de ella y necesitaba estar más cerca de él. Gunnar sacudió la cabeza por sus palabras provocadoras y la miró con los ojos entrecerrados.

—Eres inocente y no entiendes lo que estás haciéndome.

Ella podría haberle dicho lo mismo. Él había conseguido que se olvidara del decoro. En realidad, había conseguido que se alegrara de olvidarse si eso significaba que fuese suyo. Se inclinó hacia él sin apartar la mano de su acelerado corazón. Él abrió ligeramente los ojos por la sorpresa, pero no se apartó cuando los labios se tocaron. Kadlin cerró los ojos, le pasó la lengua por el labio inferior y, antes de introducirla en su boca, paladeó el hidromiel que había bebido. Cuando encontró su lengua, áspera y suave a la vez, al anhelo se adueñó de ella. Subió las manos por el pecho hasta agarrarlo de la nuca. Él gruñó, pero sucumbió y la estrechó contra sí con las manos alrededor de las caderas.

El beso dejó de ser una exploración delicada y se convirtió en un arrebato de avidez, hasta que él se apartó y tomó aire. Kadlin intentó contener la sonrisa, pero no pudo porque estaba feliz por haberlo besado como había soñado durante años. Había sido mejor incluso que en sus sueños. Desconcertado y excitado, era el hombre más atractivo que había visto. Su atractivo estaba en ese carácter indómito que no podía explicarse. Sin embargo, ella había visto dentro del corazón de esa criatura salvaje y la deseaba.

—Lo entiendo, Gunnar. Tú me provocas lo mismo.

Su mirada ardiente estuvo a punto de abrasarla. La agarró con más fuerza de las caderas y la estrechó contra toda la extensión turgente de su deseo.

—Te mereces más de lo que puedo ofrecerte.

Fue una advertencia que ella no pensaba atender.

—Tú no decides lo que me merezco, como nuestros padres no deciden con quién tengo que casarme. Yo decido por mí misma.

Él apretó los labios con fuerza, pero ella pudo ver en el fondo de sus ojos al niño que había sido. Eso estuvo a punto de partirle el corazón y suavizó el tono.

—Llevo mucho tiempo soñando con la noche que volverías conmigo. Ven… —tiró de él con delicadeza—…túmbate conmigo.

No solo había soñado. Gunnar era el único hombre con el que había pensado pasar su vida. Era suyo y le parecía completamente natural que esa noche hubiese acudido por fin. Lo soltó, se separó y se llevó las manos a los cordones del camisón. Él miró con voracidad todo lo que hacía y se le entrecortó la respiración. Ella se estremeció por dentro al sentir la caricia de su mirada sobre la piel. Se desató los cordones y dejó que la tela le cayera de los hombros para mostrar el arranque de los pechos. Él miró hacia la puerta, pero cuando volvió a mirarla, sus ojos tenían un brillo abrasador. Tembló de excitación cuando él se soltó la correa que le sujetaba la capa de piel y dejó que cayera al suelo.

—Solo te he deseado a ti —le incitó ella—. Ven y reclama lo que te pertenece.

Dos

Kadlin cerró los ojos y se dio la vuelta en la cama para contener las oleadas de náuseas. Se llevó el brazo a la frente y esperó a que pasara. Le había pasado todas las mañanas desde hacía una semana. Se despertaba, abría la puerta para que saliera Freyja y volvía tambaleándose a la cama. Estaba demasiado mareada para mantenerse en pie y dominar la náusea que amenazaba con vaciarle el estómago. Había tenido los pechos doloridos incluso antes de que llegaran las náuseas y el vértigo. Había intentado atribuirlo a las molestias menstruales, pero no había sangrado y ya no podía negarlo. Tenía que reconocer que estaba esperando un hijo de Gunnar.

Se tumbó de espaldas y se quedó mirando al techo. Se llevó una mano al abdomen con la esperanza de encontrar alguna evidencia de su hijo. Era un gesto que había repetido todas las noches desde que empezó a sospecharlo. Hasta ese momento, seguía tan plano como siempre, pero ese día ya podía reconocerse la verdad. Era la séptima mañana con náuseas.

Cuando lo invitó a su cama, pensó que solo se arriesgaba a que le destrozara el corazón, no a que pudiera tener un hijo. Había sido muy ingenua. Una carcajada le brotó de las entrañas y se le escapó por los labios. Freyja, extrañada por el sonido de su dueña, arañó la puerta para entrar otra vez, pero ella no le hizo caso. Edda, su encantadora doncella, era una necia. Ella no sabía por qué estaba al servicio de su familia, pero sospechaba desde hacía tiempo que el padre de Edda, inquieto por la promiscuidad de su hija, la había mandado al cuidado de la atenta mirada de su madre. Su plan no había dado resultado porque la muchacha dejaba un reguero de admiradores a su paso. Ella, que creía que Edda tenía que saber bastante sobre la materia, le había preguntado hacía tiempo si era posible evitar la maternidad y disfrutar de un hombre a la vez. Incluso entonces, había pensado en Gunnar. Había estado convencida de que si conseguía seducirlo, él reconocería que su corazón era de ella. Edda le había asegurado que una mujer virgen no podía quedarse embarazada la primera vez que estaba con un hombre. En su momento, eso le pareció lógico y natural. En ese momento, le parecía espantosamente estúpido e irresponsable.

No debería haberle hecho caso. Frunció el ceño, recordó lo que había pasado aquella noche y se dio cuenta de que quizá estuviese siendo injusta, de que quizá no fuese solo culpa de Edda. Había besado y acariciado a Gunnar hasta que se excitó otra vez. Lo había engatusado con sus susurros para que la tomara otras dos veces. Quizá la hubiese embarazado la segunda o la tercera vez, no la primera.

Aunque daba igual. Él no estaba allí ni lo estaría jamás… y había estado segura de que reconocería que la amaba cuando se hubiese acostado con ella. Se tapó los ojos con las manos para contener las lágrimas e intentó no recordar cómo había acabado aquella noche. Sin embargo, no lo consiguió y el dolor la desgarró otra vez. Cuando se despertó, lo vio de espaldas y vistiéndose. Ella, flotando todavía en una nube de felicidad, le pidió que se quedara.

—Nunca te he prometido nada.

Esas palabras todavía le provocaban una mueca de dolor. Cuando él se dio la vuelta, la miró con unos ojos fríos e inexpresivos, como si fuese una desconocida. Ella no había creído que hiciese falta ninguna promesa. Sabía, en lo más profundo de su ser, que Gunnar estaba destinado a ser su marido y que ella estaba destinada a tener sus hijos. Para ella, era una certeza tan evidente como su propio nombre. Estaba segura de que él también lo sentía y ni siquiera había esperado que intentara negarlo.

—Estábamos hechos el uno para el otro —replicó ella entonces.

Él se limitó a esbozar esa sonrisa irritante que había perfeccionado hacía mucho tiempo.

—No estoy hecho para ti, Kadlin. Voy a marcharme y no volveré. Sigue con tu vida y cásate con un hombre que te quiera.

Lo que pasó después seguía borroso. Estaba segura de que se había quejado, de que había argumentado que él no quería decir lo que había dicho, pero nada quebró ese muro que había levantado entre los dos. En cuestión de minutos, había abandonado su vida tan deprisa como había vuelto a ella.

El rostro le ardió por el recuerdo y un quejido cargado de dolor le brotó del pecho. Ella era la necia. Había estado convencida de que la amaba tanto como ella lo amaba a él. No le había dado ningún motivo para que depositara toda su fe en él, pero, aun así, la había depositado. En ese momento, él había desaparecido y ella tendría su hijo. Cerró los ojos y se imaginó que le daba el pecho a su hijo mientras Gunnar los miraba con los ojos rebosantes de amor y cariño. Daría cualquier cosa por tenerlo allí, por ser su esposa, por darle la feliz noticia del hijo que esperaba y por verlo sonreír mientras la abrazaba. No quería a nadie más como su marido y padre de sus hijos, Gunnar siempre había tenido ese papel en sus sueños.

Tendría que decírselo pronto a sus padres y no quería imaginarse la expresión de su padre. Sin embargo, no tenía que decírselo todavía y podía disfrutar de saber que el hijo de Gunnar dormía en su vientre, debajo del corazón. Más tarde, decidiría lo que iba a hacer.

Sin embargo, más tarde resultó ser antes de lo que había esperado. Solo había gozado tres semanas del embarazo cuando tomaron la decisión por ella.

—Tranquilo… Ya viene tu madre…

Su hermanito se quejaba y se metía el puño en la boca mientras ella lo acunaba para intentar serenarlo hasta que su madre pudiera librarse de sus hijas. Kadlin sonrió mientras miraba a sus cuatro hermanas pequeñas, la menor de solo tres años, que perseguían a su madre por el campo. Eran como unas miniaturas preciosas de la mujer y corrían por orden de estatura. Lo que había sido una excursión para recoger moras se había convertido enseguida en un juego del ratón y el gato. El año anterior, sus dos hermanos también habrían jugado, pero ya se consideraban demasiado mayores para esas bobadas, aunque miraban con detenimiento desde el sitio donde vigilaban las cestas. Ella sonrió a la sombra de un abedul y abrazó al bebé pensando en su propio hijo. Aunque todavía era feliz, no estaba más cerca de haber encontrado una solución. El barco no zarparía hasta finales del verano y hasta entonces no podía decírselo a Gunnar, pero, al pensarlo, se dio cuenta de que no podía hacerlo. Él la había abandonado y había dejado muy claro que no volvería. A él no le importaría un hijo y ella era demasiado orgullosa como para arriesgarse a que la rechazara otra vez. Por mucho que lo intentara, no podía olvidarse de la dureza que vio en sus ojos aquella noche.

—Estás muy guapa con un niño en los brazos, Kadlin.

Ella se quedó sin aliento por la inesperada voz y se dio la vuelta para ver al hombre que se había entrometido en su intimidad. Un hombre con la nariz recta como el filo de una espada y unos ojos muy azules se acercaba a ella. Como muchos de los hombres estaban al otro lado del mar, al señor de esas tierras le había parecido prudente mandar un contingente de hombres para mantener el orden. Su padre había puesto a Baldr al mando y debía de haberlo compensado bien para que se quedara en vez de ir a buscar fortuna como los demás. Baldr la buscaba muchas veces y ella se preguntaba si su padre y él habrían hablado de su mano como parte del acuerdo. Aunque era apuesto, su rostro tenía una expresión despiadada que hacía que contuviera la respiración cada vez que le hablaba.

—Hola, Baldr. No sabía que habías vuelto.

—Volví anoche. Te he buscado esta mañana, pero no te he encontrado. ¿Estabas enferma?

Kadlin tragó saliva y dijo las mentiras que le salían con soltura. Todo el mundo había notado su ausencia por las mañanas.

—Me encontraba mal, pero, como verás, ya me siento mucho mejor.

Él asintió con la cabeza y esbozó una sonrisa un poco demasiado elocuente. Cuando su mirada se detuvo en sus pechos, muy abultados, ella se los tapó con el bebé.

—Efectivamente, es lo que dijo tu preciosa doncella.

El miedo le atenazó el corazón. Edda había sido la única que había empezado a sospechar que estaba esperando un hijo. Desde que empezó a tener náuseas, la había sorprendido más de una vez mirándole de reojo la cintura. Nadie más se había molestado en poner en duda su castidad, pero la muchacha tenía motivos para sospechar. Esa misma mañana, había llegado tarde con el agua para que se lavara porque sabía que todavía estaría en la cama.

Edda parecía un poco congestionada y desaliñada y ella se había preguntado si acabaría de dejar a un amante.

Retrocedió un paso y no pudo evitar que su mirada fuese tan cortante como sus palabras.

—Baldr, ¿crees que me parecerás más atractivo por acostarte con mi doncella?

Él se rio, aunque solo fue como un silbido que le salió del pecho, y se acercó dos pasos. Se detuvo justo delante de ella y le agarró una mano mientras un mechón de su oscuro pelo le caía sobre la frente.

—Los hombres se acuestan con ella porque es la segunda más bella después de ti. Sin embargo, deberías saber que también lo hacen porque saben que es lo más cerca que pueden llegar a acostarse contigo.

Sus dedos abandonaron su mano y le recorrieron la piel que se mostraba por encima del corpiño del vestido. Ella se apartó bruscamente y él sonrió más todavía.

—Sin embargo, eso ya no es así, ¿verdad? Alguien se ha acostado contigo y su simiente ha fructificado.

—Eres un depravado.

—Quiero que seas mi esposa, Kadlin, incluso con el bastardo que llevas dentro. Lo aceptaré como mío. Es más de lo que conseguirás de cualquiera. Más de lo que has conseguido del padre del bastardo.

Esas palabras se acercaban demasiado a la verdad.

—¡Desaparece de mi vista!

El niño se asustó y empezó a llorar. Lo abrazó con más fuerza, pero sin apartar la mirada del hombre que tenía delante.

—Nunca te querré, Baldr. ¡Jamás!

Él miró a los demás, quienes tenían que haber oído su exclamación.

—Da igual lo que quieras, Kadlin. Si lo quiere tu padre, el jefe, me aceptarás en tu vida —la miró libidinosamente de arriba abajo antes de mirarla a los ojos otra vez—. Y en tu cama.

Baldr se dio media vuelta y se marchó. Un instante después, con las manos todavía temblorosas por la rabia y el miedo, le entregó el bebé a su madre. No tenía tiempo. Su padre se enteraría antes de que anocheciera y no sabía qué hacer. Lo peor de todo era que ni siquiera podía rebatir lo que había dicho Baldr. Gunnar no reconocería a su hijo, no quería saber nada de ellos. Sin hacer caso de las preguntas de su madre, corrió hasta la casa comunal, se encerró en su cuarto y se dejó llevar por la desesperanza que llevaba mucho tiempo amenazándola… y esperó la llamada de su padre.

La llamó esa noche.

—¿Qué has hecho?

Era la segunda vez que se lo preguntaba su padre, pero ella seguía sin responderle. Estaba de pie junto a la puerta cerrada. Solo se oían los suspiros del bebé que dormía apaciblemente en la cama y los sollozos de su madre, que estaba sentada en un asiento junto a su padre. El llanto de su madre hizo que se le amontonaran las lágrimas en la garganta.

—¿Qué hombre te lo hizo?

Volvió a mirar el rostro que quería tanto, pero no era la cara amable del padre que adoraba. Tenía las mejillas congestionadas por la furia y el pelo, rubio y algo canoso, despeinado, como si se hubiese pasado las manos entre él infinidad de veces. Todo el mundo decía que la mimaba, que la consentía demasiado, y quizá fuese verdad porque nunca lo había visto tan enfadado.

—Leif, tranquilízate. ¿No ves que tiene miedo?

La voz delicada de su madre rompió la tensión y le tendió una mano, pero ella no podía moverse para tomarla. El jefe dejó escapar un improperio en voz baja y se pasó una mano entre el pelo. Cuando volvió a mirarla, la rabia había remitido un poco y había dejado paso a la preocupación.

—¿Te forzó?

Ella sacudió la cabeza y encontró fuerzas para hablar.

—No, padre. No me forzó.

—Entonces, es verdad —su padre suspiró como si hubiese esperado que la información que le habían dado fuese falsa—. Entonces, ¿te sedujo?

Ella volvió a negar con la cabeza y él volvió a enfurecerse.

—Dime su nombre.

—¿De qué sirve un nombre? Se ha marchado con todos los demás.

—Kadlin… —su madre se tapó la boca con una mano mientras asimilaba lo que había dicho—. ¿Por qué? Si te gustaba alguien, podrías haber acudido a nosotros y habríamos acordado un matrimonio antes de que se marchara.

Ella miró a su madre y habló sin alterarse.

—Porque no habríais acordado un matrimonio entre nosotros tan fácilmente y porque ni yo misma estaba segura de él. No lo había visto desde hacía años.

El jefe sacudió la cabeza.

—Te he presentado a infinidad de hombres y los has rechazado a todos, ¡hasta a Eirik! ¿Y me preguntas de qué sirve un nombre? Quiero saber quién es ese modelo de virilidad que te ha hecho perder la cordura y la virginidad cuando ni siquiera has girado la cabeza ante ninguno de los hombres que te he presentado. Un nombre, Kadlin.

Ella se puso muy recta y tomó aire. Su padre no podía matarlo en ese momento y, además, él se había marchado y no volvería jamás. No volvería a verlo, no volvería a tocarlo, no volvería a reírse con él. Estuvo a punto de atragantarse con las palabras mientras las decía.

—Fue Gunnar. Gunnar es el padre de mi hijo.

Sus padres, atónitos, se quedaron en un silencio solo roto por los sollozos de su madre. Su padre se quedó inmóvil hasta que habló.

—¿Te entregaste a un bastardo?

—Está reconocido, padre. Tiene una familia. Además, él no tiene la culpa de cómo lo concibieron. Quiero casarme con él —no, eso no era correcto. ¿Cuándo empezaría a pensar en él en pasado?—. Quería casarme con él. No sé por qué os sorprende. De niña, hablaba mucho de casarme con él. Sin embargo, había pasado años sin verlo y tenía que verlo otra vez para estar segura.

—Kadlin… —su padre sacudió la cabeza—. No es para ti. Efectivamente, su padre lo ha reconocido, pero no tiene tierras, lo único que puede hacer es empuñar la espada y contar su botín.

—Eso es verdad, padre. Tiene tesoros de sus incursiones. Lidera su propio barco, tiene medios para mantener a una familia. ¿Por qué iba a ser una elección tan mala?

Él se había marchado y eso ya daba igual, pero no pudo contener la rabia. Si su padre hubiese dado el visto bueno a su elección, eso podría no haber pasado, quizá llevasen años casados.

—¿Por qué iba a ser una elección tan mala? Contéstame a una cosa, hija. ¿Dónde ibais a vivir? ¿Tiene una casa para que tus hijos y tú estéis calientes y protegidos en invierno? No es ese tipo de hombre, Kadlin. Es errante. Vive de lo que le proporcionó la buena conciencia de su padre, pero cuando eso se termine, vivirá en cabañas o donde consiga encontrar por el pillaje, vivirá con miedo constante a que lo maten. Un día lo matarán y, entonces, ¿qué será de ti? Pasarás al siguiente hombre de la fila o su asesino te tomará como trofeo y vivirás con él hasta que también lo maten, y así sucesivamente hasta que tú también mueras. Para entonces, tus hijos estarán desperdigados según los caprichos del destino. ¿Así ves tu porvenir?

Kadlin negó con la cabeza para rechazar ese porvenir tan desdichado.

—No, estás equivocado.

—¿De verdad? Volvamos a la pregunta esencial. ¿Te ha pedido que te cases con él?

Ella se tragó el nudo que tenía en la garganta para poder contestar.

—No.

—Su acuesta contigo, un trofeo que anhela cualquier soltero, ¿y ni siquiera tiene que hablar de matrimonio para hacerlo?

—¡Basta, padre! —ella levantó una mano para repeler sus palabras—. En este momento, nada de todo eso tiene importancia. ¡Lo amé y me ha abandonado! ¿Te alegra? No habrá matrimonio. Me entregué a él y no me quiso.

Se le quebró la voz y las lágrimas le cayeron por las mejillas mientras se rodeaba con sus propios brazos para intentar que el dolor no la desgarrara. Su madre también la abrazó y ella quiso encontrar consuelo para la herida que tenía abierta en el corazón.

—Te casarás con Baldr.

—No…

—No intentes persuadirme, Kadlin —su padre sacudió la cabeza—. Se ha ofrecido y no veo otra alternativa. Tu hijo necesita un padre, un nombre.

—Padre, por favor… —Kadlin se soltó del abrazo de su madre, cayó de rodillas delante de él y se llevó su mano a la mejilla—. Él, no, por favor. No me gusta.

Él sonrió con cierta ironía y le acarició los pómulos con una mirada amable.

—No te gusta nadie, Kadlin, pero tienes que aceptar que tu hijo necesita un padre. ¿Quieres que sea un bastardo como Gunnar? Ya has visto lo complicada que es su vida. ¿Quieres que tu hijo tenga la misma vida? ¿Quieres que siempre esté en desventaja porque lo concibieron accidentalmente?

Las palabras le dolieron y ella volvió a cerrar los ojos, aunque no pudo contener las lágrimas.

—Sabes que no lo quiero.

—Entonces, cásate con Baldr. Me ha prometido que te cuidará a ti y a tu hijo.

—No, padre. Es un hombre despiadado y me da miedo.

Entonces, el enojo lo abandonó completamente y dejó paso a algo peor todavía, a la lástima. Le tomó la cara entre las manos y le dio un beso en la frente.

—Haría cualquier cosa para ahorrarte tanto dolor. Si Gunnar estuviese aquí, lo mataría con mis manos por haberte abandonado para que sobrellevaras esto sola. Te casarás ahora, no tienes elección.

Ella se estremeció con la garganta atenazada por un sollozo. Lo que había dicho su padre esbozaba una verdad que ella había querido negarse. Gunnar tenía que haber sabido que podía quedarse embarazada. Tenía que haber sabido que ella lo amaba. Tenía que haber sabido que la destrozaría si la abandonaba. Sin embargo, en ese momento, tenía que tomar una decisión por su hijo.

—Me casaré con Dagan, pero no con Baldr.

Dagan era un amigo de la infancia y lo conocía desde hacía casi tanto tiempo como a Gunnar. Era bueno y amable, también era un buen guerrero que pensaba partir hacia las tierras de los sajones antes del invierno. Aunque la idea de casarse con alguien que no fuese Gunnar le desgarraba el corazón, si tenía que casarse con alguien que no fuese él, sería con Dagan. Él entendería que necesitaría algo de tiempo antes de ser… su esposa de verdad. Otra lágrima le cayó por la mejilla solo de pensarlo.

—¿Dagan…? —preguntó su padre en tono pensativo—. Es de una familia poderosa. ¿Aceptará?

—Sí —susurró ella.

Dagan se lo había insinuado y ella lo había rechazado con delicadeza.

—Muy bien. Estarás casada antes de la próxima luna.

Tres

Tres años más tarde

Gunnar entornó los ojos e intentó distinguir la figura que había visto en lo alto de la colina. Había sido un movimiento rápido, pero demasiado grande para ser un animal. Aunque los indicios de la primavera ya estaban por todos lados, era demasiado pronto para que hubiesen salido los animales más grandes. Tenía que haber sido un sajón. Había llegado el momento de la batalla. Distraídamente, introdujo unos dedos por debajo de la túnica para acariciar el mechón de cabellos rubios como la plata que llevaba colgado del cuello. Se había convertido en una costumbre antes de la batalla, una costumbre que no podía evitar aunque había decidido dejar de pensar en ella. Más de una vez, al hacerlo, había pensado en tirar el mechón al fuego más cercano, pero nunca había conseguido hacerlo. Era insignificante, pero era lo único que lo unía a Kadlin, el único vínculo que tendría el resto de su vida. Siempre que lo acariciaba, recordaba lo que había sentido aquella noche, cuando la tomó y la hizo suya. Su olor, como la luz de sol mezclada con flores silvestres, permaneció en su cuerpo durante días y en verano, cuando el sol brillaba después de la lluvia, se acordaba de ese olor y se excitaba.

Una noche con ella no era suficiente, aunque tampoco lo sería toda una vida. Podría acariciarla todos los días de su vida y seguiría sin ser suficiente. Era la única luz que podía abrirse paso entre la gelidez que lo dominaba por dentro. Se calentaría toda la eternidad con su luz. La quería, la quería con él como no había querido nada en su vida. Su ausencia era una herida abierta que no podía ver nadie y que supuraba todos los días, pero no podía ser suya.