Una pausa en el intento - Diego Rodriguez - E-Book

Una pausa en el intento E-Book

Diego Rodriguez

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Beschreibung

Esta podría ser la historia de un amor o de cómo viven su romance dos jóvenes enamorados. Si no es así es porque los miedos de Julián y Amelia, los personajes principales, siempre se interpusieron a sus intenciones de declararse lo que sentía uno por el otro. Sentimientos recíprocos que nunca llegan a los oídos de quien los provoca. Entre sus propias cavilaciones, mientras buscan el momento oportuno para confesarlo, van cursando el ritmo habitual de sus vidas: primer día de clases, salidas con amigos, amores equívocos y, sin que puedan sospecharlo o siquiera imaginarlo, el mundo se va topando con el inicio de la pandemia al mismo tiempo que la mejor amiga de Amelia desaparece sin dejar rastro alguno.

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Seitenzahl: 304

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Rodríguez, Diego Ezequiel

Una pausa en el intento / Diego Ezequiel Rodríguez. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

284 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-441-9

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas Románticas. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Rodríguez, Diego Ezequiel

© 2023. Tinta Libre Ediciones

Una pausa en el intento

1

Aún no había amanecido y Julián ya estaba despierto. Solo un destello anaranjado, apenas perceptible, asomaba a lo lejos, desde la ventana que había olvidado abierta. Miró la hora en su celular y se sorprendió al comprobar que había despertado media hora antes de que sonara la alarma. «Bueno, tal vez sea mejor contar con algo de tiempo extra para decidir qué ropa usar en el primer día de clase», susurró mientras se sentaba en la cama.

Era una mañana de finales de verano, de esas en las que, de a poco, comienza a amenazar un leve frescor. Estaba ansioso y sabía que eso se debía a la llegada del que sería un día especial para él. No era solamente porque volvería a la secundaria Santo Tomás luego del receso de verano, sino porque, finalmente, vería a Amelia en clase, iluminando el aula con su sonrisa, perfumando el aire con el vaivén de su largo cabello. Nada podía ser más perfecto y a la vez atemorizante que volver a tener cerca a la persona a quien amaba en secreto.

También estaba distraído y nervioso. Se dio cuenta al acercarse al vestidor y ver el uniforme escolar colgado en una percha; le dedicó una sonrisa irónica a su rostro en el espejo tras notar que había pensado de gusto en el vestuario. Ese traspié era un vestigio de las largas horas en vela que había pasado durante la madrugada, insomne y anhelante, y todo porque, cuando se tumbó en la cama pasada la medianoche, le resultó imposible conciliar el sueño. Una y otra vez, había estado pensando en Amelia, y no solo porque llevara varios días sin verla de cerca, sino porque estaba decidido a que, en cuanto tuviera la oportunidad, se lanzaría en el intento de hablar con ella. Aunque no fuera, en un primer momento, para declararle su amor, sino solo para lograr de a poco que ella pudiera conocerlo mejor.

Por ese motivo, y porque era muy tímido para esas cuestiones, pasó un par de horas imaginándola caminar hacia él con una sonrisa en los labios y preguntándole con entusiasmo que qué tal, que cómo estaba, y fantaseando con que, en ese momento, él comenzaría a hablarle locuazmente, soltando algún que otro chiste, resultándole simpático y divertido en esa primera impresión.

Pero al rato volvía a poner los pies sobre la tierra y se daba cuenta de que eso no sucedería de ese modo, al menos hasta que él reuniera el coraje necesario. Así que, abatido por su miedo, tomaba el celular, la buscaba en las redes sociales y, ahí sí, como quien espía a alguien desde atrás de un árbol, podía suspirar por la enorme sonrisa que Amelia Miranda tenía en cada una de las fotos sin que el miedo al fracaso lo invadiera. Así había estado hasta entrada la madrugada y, por si fuera poco, había despertado antes de lo planeado.

De la misma manera que encontró resuelto el tema de la vestimenta al ver el uniforme listo, notó que tampoco debía preocuparse por el desayuno. Lo comprobó al salir de su cuarto y bajar las escaleras rumbo a la cocina, cuando comenzó a sentir el aroma de las tostadas que preparaba su padre y que, además, le daban a esa mañana de finales de verano el tono matutino suficiente como para reafirmar que ya habían terminado las vacaciones. Igualmente, la parte del desayuno no le resultó novedosa o impredecible. Cada mañana, su padre se levantaba a la misma hora y preparaba el mismo menú: café y tostadas. Lo hacía casi como un ritual para energizarse antes de comenzar su día laboral.

Mientras se acercaba a la cocina, podía oír la voz de su mamá. Ella estaba bajando por las escaleras que él había recorrido apenas unos segundos atrás, y llamaba a su hermana para que no demorara más y se levantara antes de que se hiciera tarde. Julián no lo había notado antes, cuando pasó al lado de ella al salir de su cuarto. «Sin duda, ese es el efecto que causa el aroma de las tostadas combinado con el del café recién hecho», pensó. Aunque, también, el hecho de no haberse percatado de la presencia de su madre podría haberse debido a que él aún dormitaba mientras caminaba por ese pasillo.

Permaneció en silencio mientras desayunaba, aunque su padre no paraba de iniciar conversaciones. Primero por el clima. Luego siguió por los deportes. Más tarde intentó evocar sus años en la secundaria. Para cuando Julián lo notó, ya estaban los cuatro integrantes de la familia sentados alrededor de la mesa de la cocina, cada uno en su asunto. Su padre hablando, su madre organizando papeles, su hermana aún intentando despertar y él en silencio. Si bien la relación que tenían entre ellos era excelente, en ese momento cada uno estaba sumergido en su propio plan.

Julián moría de ganas de mirar, una vez más, mientras jugaba con la cuchara, el rostro de Amelia en alguna red social, pero se contuvo por miedo a que alguien, principalmente su hermana (que para esas cosas tenía un sexto sentido), lo descubriera en el acto. Y no fue porque le diera por pensar que lo pudieran considerar un acosador o algo por el estilo, nada más contrario a eso. Lo que no quería era verse en el aprieto de tener que confesar sus sentimientos por su compañera de escuela frente a los demás integrantes de su familia. Lo que él sentía era un enamoramiento del más puro, de ese que te hace ver el mundo de colores agradables, y quería que fuera a Amelia a quien se lo confesara por primera vez. Sin escalas previas.

2

Un fin de semana de primavera, cuando ya un verdor espeso comenzaba a cubrir las veredas interminables del barrio de la casa de la familia Rivero, un par de meses antes del cumpleaños número doce de Matilda, la hermana menor de Julián, los cuatro integrantes de la familia salieron, embarcados en un pequeño viaje familiar, rumbo a una ciudad junto al mar. Solo un delgado destello de claridad iluminaba desde el este a esa hora de la mañana, mientras la marcha del auto emitía un zumbido leve que adormecía a los dos hermanos. Poco tiempo después de haber salido, ambos habían caído presos del cansancio de haber madrugado tanto aquella mañana.

Mientras transitaban la avenida que los llevaría hacia la ruta por la cual deberían viajar durante algunas horas, pasaron por el viejo parque de diversiones, que, ya sin el brillo de otras épocas, mantenía su fachada tal cual años atrás. Al verlo, Hernán y Alicia, los padres de Julián y Matilda, se miraron con un gesto de complicidad en sus rostros.

Sin mucho más que eso, Hernán hizo el típico comentario en voz alta: “¡Qué tiempos aquellos!”. Y fue tan alto el volumen de su acotación que sirvió para espabilar a sus dos hijos, que, a poco rato de haber salido, ya estaban casi dormidos. Por el espejo del parabrisas, el padre de los dos incipientes adolescentes vio cómo giraban sus cabezas al mismo tiempo, en un movimiento casi coreográfico, para dirigir su mirada a ese lugar en el que aún quedaban vestigios de épocas pasadas. Atento al asombro con que sus hijos miraban aquella fachada, Hernán comenzó a relatar acerca del día en que conoció a Alicia, que había sido, justamente, en ese parque de diversiones, cuando ellos eran jóvenes y cientos de luces de colores decoraban aquel lugar en declive.

Desde pequeño, Hernán Rivero había sido un experto para la contabilidad y las finanzas. Tal era su habilidad que, en su adolescencia, fue el encargado de la tesorería de su clase. Junto a su amigo Gustavo Pizarro (quien, gracias su gran altura y el ancho de su espalda, oficiaba de seguridad), formaban una dupla exitosa cuando se trataba de administrar los fondos que se encargaban de recaudar y preservar hasta la llegada del viaje de egresados. Así que, en bailes y ferias de verano, que organizaban entre toda la clase, trabajaban para tal fin, cada cual en la función para la que se consideraba más apto.

Fue en una de esas ferias de verano cuando Hernán vio por primera vez a Alicia. Sentada en el caballo de un pequeño carrusel, junto a una amiga, divirtiéndose de la manera en que lo hace alguien que está recordando un juego que le gustó mucho de chico. Se enamoró al instante. Esa misma noche, un par de horas después de verla por primera vez, se acercó a ella con una excusa cualquiera. Se miraron fijamente a los ojos durante un par de segundos y, desde ese momento, sin decírselo uno al otro, sintieron ese flechazo que cala hasta lo más profundo.

Comenzaron a conversar, ambos sonriendo, mientras caminaban por los corredores de la feria, de un juego hasta otro, mirando cómo se divertían los demás, mientras se contaban detalles de sus vidas. Desde detalles mínimos hasta anécdotas disparatadas, todo lo decían para darse a conocer y descubrir al otro. Entre tanto, Hernán le dijo que le gustaría ser contador y tener un gran estudio contable en la ciudad. Alicia le contó acerca de lo avanzados que iban sus estudios de inglés particular y que estudiaría el profesorado para poder dar clases, tal como siempre había soñado.

Cuando las luces de los juegos comenzaban a apagarse y vieron que, a pocos metros de distancia, estaba la amiga de Alicia esperándola para irse juntas del lugar, los dos enamorados se dieron cuenta de que ya era momento de despedirse. Así que, entre el bullicio de la gente, los gritos de los niños y el sonido de los pasos por el pasto, acordaron encontrarse al día siguiente en la plaza principal de la cuidad para seguir conversando. Así, luego de una larga despedida en la que no dejaban de mirarse y sonreírse, aun cuando Alicia ya iba con su amiga rumbo a la salida, comenzaron a contar las horas para reencontrarse.

Los dos hermanos conservaban el mismo gesto en su rostro, ese que entremezcla asombro con ilusión, al comprobar que la historia que ya habían oído varias veces tomaba una forma tangible al ver desde lejos, en distancia y en tiempo, aquel viejo parque de diversiones que tanto había marcado la infancia y la adolescencia de generaciones enteras. Al mismo tiempo que quedaba cada vez más atrás el parque de diversiones, la voz de su padre iba dejando los últimos detalles de aquel primer flechazo a medida que el automóvil seguía avanzando y los juegos que asomaban a lo alto se perdían en la distancia.

3

Cada vez faltaba menos para el momento de entrar al aula. Aun así, los minutos parecían durar una eternidad para Julián. Y como si mirar una y otra vez la pantalla de su celular sirviera de algo, lo bloqueaba y lo desbloqueaba, imaginando que en cada ocasión en la que la pantalla le mostraba su imagen de fondo se desvanecía un minuto. Pero, asimismo, quería hacer solamente eso con su celular, usarlo como un simple reloj al cual echar un vistazo intermitentemente. Tenía miedo de que, si se dejaba llevar por la tentación de mirar fotos de Amelia en alguna de las redes sociales y sin querer presionaba en algún lugar que lo delataba, se generara una incomodidad que hiciera que cruzársela en el aula no fuera tal como él lo había estado imaginando, una y otra vez, durante la noche anterior.

Media hora antes de las ocho de la mañana, Julián escuchó una motocicleta acelerar dos veces al estacionarse sobre la vereda de su casa. Miró por la ventana, como si hubiera necesitado corroborar que se trataba de Álex, su amigo desde que tenía uso de razón. Tomó la mochila, que era la misma que había usado durante el curso pasado, y salió al encuentro de su amigo, quien lo estaba pasando a buscar pese a que el día anterior él le había dicho que no era necesario, que no tendría problemas en ir caminando hasta la escuela. Pero como Álex había intuido que Julián le había dicho eso porque no se había atrevido a decirle la verdad (que a sus padres no les hacía mucha gracia cada vez que lo veían aparecer en su motocicleta de cilindrada tan grande), ignoró lo que Julián le dijo. Igualmente, más allá del tema de la moto en particular, Julián tenía bien en claro que sus padres adoraban a Álex porque aún veían en él al simpático hijo de Gustavo Pizarro, que desde el preescolar se volvió inseparable de su hijo.

Luego del deseo de buen comienzo de clase de sus padres, los dos amigos salieron rumbo a su destino esa mañana en la que el sol se avecinaba desde el este con la impaciencia que tiene los últimos días de verano. Durante el camino, la brisa de la mañana y el ruido del motor de la motocicleta convergían en una escena que parecía de película, pero que para ellos suponía algo habitual. Si bien no podían conversar demasiado, menos aún con los cascos al estilo segunda guerra mundial, algún gesto a un lado o a otro permitía que se entendieran casi sin pronunciar palabras.

Las calles de la ciudad, a esa hora de la mañana, se colmaban de un insólito caudal de tránsito, más aún ese día, en el que comenzaban las clases y muchos padres llevaban a sus hijos a la escuela. Además de eso, estaban los de siempre, los que iban, como todas las mañanas, rumbo a su trabajo, con cara de sueño, con apuro o como fuera. Luego de las vacaciones de verano, Julián volvía a encontrarse con esa escena de la vida cotidiana que para muchos pasaba inadvertida, pero que él (tal vez por su manera de ser tan reflexiva y por ver las cosas de una forma casi poética) disfrutaba como quien no tiene más que hacer que detenerse a saborear del presente, como si el futuro fuera a ser el resultado de todo lo que apreciara ese momento.

Así pasaban las cuadras. La brisa en su cara era un baño de realidad, pero también un anuncio de lo que vendría, del momento que tanto había estado esperando desde la noche anterior y que, tanto como la luna, lo había acompañado durante toda la noche. Se dijo a sí mismo que, durante lo que quedaba de trayecto, iba a intentar no pensar en Amelia. Por más que cada vez que cerraba los ojos ahí la tenía, frente a él, con su sonrisa y todo, como si el viento que rozaba su cara fuera el que le movía el pelo a ella, a un lado y a otro, en sus pensamientos. “Tan enamorado estoy”, dijo para sí, a modo de afirmación, no de pregunta. “¿Qué?”, contestó Álex. Julián abrió los ojos, pero no dijo nada, sin saber si su amigo veía su rostro por el retrovisor de la moto.

4

Cuando Álex Pizarro tenía apenas cinco años, ya daba muestras de sus habilidades deportivas. Sin dudas, las había heredado de su padre, Gustavo Pizarro, profesor de Educación Física en la secundaria Santo Tomás. Álex tenía interés por el fútbol, el básquet, el atletismo y el tenis, y para cada uno de esos deportes demostraba facilidad de aprendizaje. Además, al ser alto y de contextura atlética, siempre obtenía alguna ventaja física que le permitía obtener buenos resultados.

Pero no era solamente eso lo que había heredado de Gustavo Pizarro. A medida que fue creciendo, fue adquiriendo otro aspecto en el que, sin saberlo, era igual a su padre. Llegada su adolescencia, Álex se convirtió en un casanova que causaba suspiros al pasar caminando frente a cualquier grupo de chicas. Y, gracias a esos dotes de galán, conquistó a la chica más llamativa de la escuela, que era un año más grande que él.

Con ella tuvo una relación de poco más de un mes, que se terminó cuando la chica lo encontró besándose con una de sus amigas. Ese hecho fue uno de los más comentados durante esa semana en todos los rincones de la secundaria Santo Tomás. Más aún porque esta nueva enamorada también lo descubrió besando a otra adolescente mayor que él antes de que terminara esa misma semana.

Lo que se podía notar en cada una de sus conquistas era su interés por las chicas mayores que él. Sus amigos, con quienes no tenía secretos por entonces, se lo decían. Ellos opinaban que su preferencia, aunque fuera inconsciente, se debía a lo mucho que extrañaba el vínculo con su madre. Ella se había divorciado de su padre cuando él era muy chico y había iniciado una nueva familia, en la misma ciudad, pero lejos de Álex y Gustavo Pizarro.

Aunque le había dado dos hermanas que él adoraba, el ensamble con esa nueva familia había generado que se perdiera el vínculo continuo y fluido que siempre lo había unido con su mamá. Antes de eso, él sentía que, a pesar de vivir en casas separadas, su madre estaba a su lado en cada momento. Esa falta de afecto materno fue sumergiéndolo en una rebeldía adolescente que se complementaba con su campera de cuero y su motocicleta. Si bien sus calificaciones eran buenas y nunca causaba ningún disturbio, fue alejándose de los deportes. Solo los realizaba como actividad curricular en la escuela.

Pero esa acumulación de corazones rotos fue lo que hizo que las chicas de toda la secundaria fueran perdiendo el interés por Álex, quien parecía no tomar en serio ninguna de sus relaciones y lo único que dejaba era amargura y rabia por todos lados. Hasta que, casi sin buscarlo, se encontró con una experiencia que lo hizo sentirse enamorado por primera vez.

Fue un viernes, en un concierto de su banda favorita. Él estaba cerca del escenario buscando a Julián, que se había perdido entre la multitud, cuando vio que una chica, a la que no pudo reconocer entre la penumbra y las intermitencias de los juegos de luces, lo miraba de a ratos y le sonreía mientras bailaba al ritmo de las últimas canciones del show. Él le dedicó una sonrisa desinteresada y nada más.

Un poco más tarde, Álex estaba sentado en una vereda cerca del lugar donde había sido el concierto. Había quedado en soledad luego de que sus amigos se hubieran ido. Terminó el cigarrillo que estaba fumando y decidió que era hora de irse de ahí. Al ponerse de pie, vio que la chica del show se acercaba a él y, sin decir una palabra, rodeó su cuello con un brazo y lo besó en los labios. Luego, le propuso llevarlo en su coche a donde fuera que él se dirigiera.

Álex lo dudó por un instante porque notó que ella había bebido y no estaba apta para conducir, pero terminó accediendo porque no tenía ánimo para caminar hasta su casa a esa altura de la noche. La chica llevó a Álex en su automóvil, pero no a la casa de él. Un rato después de librarse del tumulto de automóviles, los dos estaban en el departamento de ella. Sin mediar muchas palabras, se besaron, se desnudaron y esa noche Álex tuvo sexo por primera vez. Ella, con más experiencia que él, lo guio y lo hizo sentir especial, aun cuando se notaba que todavía estaba bajo los efectos del alcohol.

Al día siguiente, ya en su casa, Álex no podía sacar de su cabeza lo vivido la noche anterior. Una y otra vez, venían a su mente imágenes del cuerpo desnudo de esa chica de la que solo pudo conseguir su nombre. Sara, así se llamaba. El color de su piel, que se aclaraba en sus senos y por debajo de su cintura. Su pelo enrulado rozando sus hombros. Sus manos inquietas acariciando todo su cuerpo. Su espalda lisa decorada con un pequeño tatuaje a la altura de la cintura. La piel de Álex olía a Sara, su cuerpo aún pertenecía a Sara.

Esa misma noche, tal como lo habían acordado, volvieron a encontrarse en el departamento de Sara. Esta vez, menos nervioso, Álex se sintió más seguro de sí mismo. Y, amparado en esa confianza, mientras estaban abrazados en la cama, ya mirando el techo, se atrevió a indagar más sobre ella. Comenzó preguntándole su apellido, su edad, a qué se dedicaba. Pero, de todas esas preguntas, ella solamente respondió la del apellido. A él le resultó conocido, pero en ese momento no supo por qué. Luego hicieron una vez más el amor y se marchó a su casa con una sonrisa en el rostro, lo que hacía que su personaje rebelde pareciera cosa del pasado.

El lunes siguiente a ese fin de semana lujurioso, al llegar a la secundaria Santo Tomás, Álex comprendió el motivo por el cual le había resultado familiar el apellido de Sara. Al entrar al salón de clases de Teatro, tal como lo había anunciado el director la semana anterior, los esperaba la nueva profesora, quien suplantaría a la anterior mientras estuviera de licencia por un problema de salud. La profesora suplente era Sara.

5

Minutos antes de que sonara el timbre para indicar que debían ingresar al colegio, ya estaban en la vereda de la secundaria Santo Tomás. En el instante en que se quitó el casco, Julián sintió el abrazo de esa atmósfera característica que tiene el primer día de clase, en el que la mayoría de los alumnos y profesores lucen sonrientes y predispuestos a la cordialidad, logrando que el verano pase a ser un recuerdo distante en un abrir y cerrar de ojos.

Él se sentía igual que la mayoría. Pero el motivo que a Julián le dibujaba una enorme sonrisa en el rostro no era, precisamente, el entusiasmo por volver a las aulas. Lo que a él lo tenía radiante de felicidad era la inminente e inevitable posibilidad de cruzarse con Amelia Miranda, de encandilarse con el brillo de sus ojos claros y ver su pelo castaño balancearse sobre sus hombros al compás de sus pasos ligeros. Era la posibilidad de saludarla tal como lo había ensayado mil veces durante las últimas horas, sin carraspear y sin que se note su timidez y su falta de experiencia para acercarse a una chica que le gustaba.

Mientras Julián esperaba que Álex terminara de fumar un cigarrillo, lo sorprendió, dándole un fuerte abrazo por la espalda, su amigo Gabi, quien siempre era tan demostrativo para dar afecto, ya que poseía esa personalidad de chico efusivo y desinhibido que a todos les resultaba divertida. Enseguida, Gabi le quitó el cigarrillo a Álex y le dijo que eso lo iba a matar. Rodeó a sus dos amigos por el cuello, uno con cada brazo, y juntos cruzaron la puerta de entrada de la secundaria mientras el timbre sonaba.

Una vez sentados en la sala de conferencias, esperando a que todos los alumnos ingresaran y se ubicaran en un asiento, Julián comenzó a recorrer el enorme salón con la vista. Mirando a un lado y a otro, fue reconociendo las caras de sus compañeros y las de los chicos y chicas de los demás cursos, que, de a poco, iban copando los lugares vacíos. Obviamente, Gabi enseguida se dio cuenta de qué era lo que buscaban los ojos de su amigo, pero como sabía lo reservado que Julián era para los asuntos amorosos, solo se arriesgó a decir, haciéndose el distraído: “¡Miren, pero si esas son Olivia y Amelia! ¡Están divinas!”.

Julián, en un intento por parecer despreocupado, le contestó con un gesto que trató de que fuera de indiferencia, pero nunca habían sido buenas sus dotes actorales. Lo cierto es que ya tenía el lugar hacia dónde voltear disimuladamente y, si su timidez no gobernara tanto sus actos, le habría agradecido fervientemente a su amigo por regalarle la ubicación de esa maravillosa vista.

Poco le importaron a Julián las palabras de bienvenida del director. Pasó la mayor parte del tiempo pensando en cómo saludaría a Amelia al toparse con ella. Sabía que eso podría ocurrir en cualquier momento. Ya fuera antes de entrar a clase o adentro del salón, las posibilidades eran muchas.

Pero, lamentándolo profundamente, notó que todas las palabras que había pensado durante el último tiempo se le habían borrado por completo. Tan solo con ver de lejos a la chica que tanto amaba, su mente quedó atrapada en una laguna que lo dejó al borde de la desesperación. De repente, comenzó a sentir que se había saboteado a sí mismo y que todos los planes, que en su mente habían parecido fáciles, se habían vuelto una idea absurda y disparatada. Una inquietante sensación de inseguridad le comenzó a introducir ideas que hasta el momento no había tenido. Una voz en su interior le preguntaba quién demonios se creía que era para fantasear con que una chica tan linda y decidida se pudiera fijar en él, que era sumamente tímido y serio, que el único deporte que hacía era salir a trotar un par de veces por semana y que leía literatura norteamericana en sus ratos libres.

Los aplausos de todos los alumnos al director, en cuanto terminó su discurso, trajeron a Julián de regreso al lugar en el que estaba. Intentó darse ánimo a sí mismo, diciéndose que no debía dejar que el temor lo gobernara, y se paró de un salto para salir rumbo a la primera hora de clase junto a sus amigos. Recorriendo el pasillo del establecimiento, fue sintiéndose un poco más calmado y, sin dejar de alentarse, pensó en que debía disfrutar de ese primer día en vez de sentirse prisionero de su miedo.

6

Una noche de verano de esas en que la alta temperatura del día brota del asfalto aun a medianoche, Gabi Marqués, en aquel momento un joven de catorce años, fue al centro de la ciudad a encontrarse con sus amigos. Al llegar al lugar acordado, descubrió que ellos no estaban solos. Álex había invitado a la chica con la que salía en aquel momento. Bueno, en realidad, a una de las chicas con las que salía en aquel momento. Y Clara (así se llamaba ella) había ido a la cita acompañada por dos amigas más.

Gabi, que desde siempre había contado con la habilidad innata para entrar en confianza con desconocidos, enseguida se adaptó al grupo ampliado y comenzó a conversar con naturalidad, entre el ir y venir de los autos por la calle, frente a ellos. Si bien él había ido al centro creyendo que irían a tomar un helado, Álex les propuso de ir a su casa, que estaba vacía porque su padre se había ido a visitar a unos amigos a la costa y no volvería por dos días. Con la excusa de tomar algo fresco y mirar una película, los seis salieron rumbo a la casa.

Una vez en el lugar, en donde solo los esperaba el silencio de la casa vacía, su amigo tomó un par de cervezas de la heladera y comenzó a servirlas en vasos para todos. Teniendo en cuenta que eran chicos de catorce años y percibiendo también la cara de asombro de Julián, Gabi le preguntó si estaba seguro de lo que estaba haciendo. “Tranquilo, no es la primera vez que voy a compartir una cerveza con Clara y sus amigas, y ahora, por suerte, con ustedes dos también”, contestó Álex con una risa burlona.

Así que todos comenzaron a beber y conversar. Con el pasar de los minutos y la recarga de los vasos, las risas de todos eran cada vez más fuertes y largas. Al poco tiempo, estaban bailando con la música a todo volumen. Poco después, se habían dividido en tres parejas: Álex con Clara, cada vez más fogosos, estaban en el sillón besándose apasionadamente; Julián charlaba con una de las amigas, sentados a la mesa, mientras tomaban un café, y Gabi seguía bailando con la otra amiga de Clara, quien en un momento determinado le preguntó dónde quedaba el baño. “Es por allá”, le indicó él mientras le señalaba el corredor. “Acompáñame”, le ordenó ella. “OK, te sigo hasta la puerta”, contestó y la escoltó en silencio por el pasillo en penumbras.

Al llegar a la puerta del baño, Gabi se detuvo y le indicó cuál era. La chica lo miró, le sonrió y le tomó la mano, haciéndolo entrar con ella, y cerró la puerta. Sin decir palabras, comenzó a besarle el cuello, luego la boca, mientras una canilla goteaba a la par de ellos. Le quitó la remera y recorrió su espalda con las manos.

Para él, eso que estaba sucediendo era totalmente nuevo y, tal vez por inexperiencia o por la sorpresa, no hizo mucho más que quedarse quieto. Luego, la ávida joven le bajó el pantalón, dejándolo totalmente desnudo, y comenzó a desvestirse ella misma mientras él la miraba inmóvil.

Cuando quedaron los dos desnudos, frente a frente, la atrevida chica le tomó la mano e hizo que él le recorriera el cuerpo con las yemas de los dedos. Sin mucho más preámbulo y siguiendo ella con el dominio de la situación, se recostaron sobre el piso frío del baño y tuvieron sexo casi sin decir palabra alguna.

Al día siguiente, los tres amigos despertaron en la casa de Álex, encandilados por la claridad que entraba por la ventana que habían olvidado abierta. Las tres mujeres se habían marchado antes del amanecer. Gabi permaneció toda la mañana en silencio, desconcertado por todo lo que había vivido la noche anterior. Había algo que lo inquietaba, se sentía completo y vacío al mismo tiempo, invadido de culpa por no sentirse contento luego de haber tenido su primer encuentro sexual.

Un par de semanas después de la noche en casa de Álex, Gabi salió al centro a encontrarse con sus amigos. Su padre le había prestado el auto, a pesar de ser menor para obtener la licencia de conductor y de tener poca experiencia al volante. Por ese motivo, llegó media hora antes al lugar en el que siempre se encontraban, confundido por la costumbre de calcular el tiempo andando a pie. Como era de esperarse, sus amigos aún no habían llegado, así que decidió quedarse ahí a esperarlos. Sentado en soledad en un banco de la plaza mientras otros grupos de amigos reían a lo lejos, no hacía más que mirar a la gente pasar.

Pero su soledad duró poco tiempo. Menos de quince minutos después, un chico se sentó a su lado y comenzó a conversar con él. El tono enérgico que ese desconocido tenía para hablar le resultaba divertido y familiar, y se debía a que en cada una de sus oraciones podía sentir que se escuchaba a sí mismo. Definitivamente, ese chico que le contaba anécdotas sin parar de hablar se sintió como un alma gemela para Gabi. Quizá fue por ese motivo que, sin anunciárselo, encandilado por ese repentino sentimiento de bienestar, lo besó en la boca.

Contrariamente a lo sucedido en la casa de Álex, Gabi se sintió con confianza, decidido a tomar la iniciativa. La atracción que le generaba ese muchacho de rasgos seductores era totalmente diferente a lo que había sentido en aquel otro momento. Lejos de intimidarse, el chico también se dejaba llevar por lo que estaba sucediendo en ese momento.

La extrañeza de lo desconocido sumergió a Gabi en un estado de aislamiento que le hizo sentir que no había nada más que ellos dos en varios kilómetros a la redonda. El bullicio de los demás a lo lejos, el vaivén de los autos por la calle, la música del bar a media cuadra, todo se apagó de repente en su mente. Mientras tanto, sus labios sentían el calor de la boca de ese chico que le había generado una horda de nuevas sensaciones, inmensamente superiores a las que, ni por asomo, le habían producido los besos de la amiga de Clara aquella noche en casa de Álex.

7

Una vez adentro del salón de clase, se sentaron en la misma ubicación de años anteriores: en el último banco de la fila contra las ventanas, Julián y Álex, y por delante, Gabi. Este se pasaba gran parte del tiempo de espaldas al pizarrón, haciendo comentarios graciosos o contándoles a sus amigos anécdotas que se le venían a la mente en cuanto algún profesor mencionaba el nombre de una persona o de un lugar. Así, Marie Curie le parecía igual a su tía Rosana, que siempre andaba con el pelo frisado por la humedad, y San Sebastián le recordaba el verano que había pasado en Mar del Plata con su madre y su abuela. Esas repentinas ocurrencias de Gabi muchas veces habían logrado que los tres estallaran en carcajadas y que terminaran obligados a pedir disculpas al profesor de turno y a contarle al resto de la clase el motivo de su risa. Y era el mismo autor de la disparatada comparación quien, con su desenvuelto carisma, la compartía con todos en el salón.

En el primer banco de la fila del medio, se sentaban Amelia y Olivia. Desde el primer año, habían elegido esa ubicación para estar cerca de los profesores y, de ese modo, estar atentas a cada explicación. Sin embargo, Olivia nunca perdía detalle de lo que sucedía detrás de ellas dos. Así fue como varias veces, durante el curso anterior, había pescado a Julián mirando a su compañera de banco. A pesar de que en cada ocasión ella le había dedicado una sonrisa de ternura, él nunca lo había notado; su vista siempre había estado enfocada en el vaivén del pelo castaño de la chica de la que estaba enamorado, y su pensamiento, volando por las nubes, inmerso en un universo en el que solo estaban ellos dos corriendo de la mano.

En ese primer día de clase, las dos compañeras, una sentada y la otra aún de pie, estaban acomodándose en sus lugares cuando Olivia, que era la que ya estaba sentada, advirtió que Julián miraba casi sin pestañar a Amelia. Pero, a diferencia de las ocasiones anteriores, él sí se percató de que Olivia lo vio y de que, además, le dijo algo a Amelia. Ella, entonces, giró sobre sus talones, intentando ser disimulada, lo miró, bajó la vista y se sentó en su lugar. Esa breve escena, para nada usual, disparó en él los pensamientos más pesimistas, dejándolo nuevamente sumergido en el mar interior de sus dudas. Comenzó a sentir que le faltaba el aire y que, finalmente, todo lo que había pasado por su mente la noche anterior no sería más que una ilusa utopía que nunca se concretaría.

En eso estaba absorto cuando el profesor de Música atravesó la puerta y le pidió al curso que le diera la bienvenida a Isa Oviedo, una nueva compañera. Ese fue el puntapié para que todos comenzaran a hacer bullicio, celebrando con aplausos y silbidos, en una especie de ritual de bienvenida. A la chica recién llegada esto le pareció divertido y, sin sentirse intimidada y con actitud rebelde, hizo una reverencia y, por si acaso, mostró su dedo medio a todos. Esa muestra de carácter enloqueció a Gabi, quien enseguida se paró y exclamó: “¡Genia! ¡Por aquí, corazón! Siéntate a mi lado, reina”.

Al acercarse Isa a su flamante lugar, Gabi se presentó y le señaló a sus mejores amigos: Julián y Álex. Al saludarlos, la chica nueva se quedó un instante mirando a Julián, casi sin pestañar. Durante ese momento, la joven rebelde no fue más que una risueña muchacha de pómulos rosados. Todos percibieron el momento que habían tenido los dos jóvenes que acababan de conocerse, hasta hubo algunos que emitieron un sonoro suspiro. También Amelia notó que se generó ese soplo de vibra momentáneo y frunció los labios, como mordiendo cierta decepción. Enseguida, recibió una palmada de consuelo en su pierna de parte de su amiga Olivia, quien le guiñó un ojo a modo de darle fuerzas, intuyendo un bajón anímico de su mejor amiga.

8

Desde niña, Amelia Miranda ayudaba a su mamá en la librería que tenía en el centro de la ciudad, frente a la plaza principal, un poco más allá del cine y a algunos pocos metros de la galería de tiendas. Para ella, pasar horas en el local no significaba un trabajo, lo tomaba como una diversión. Su madre, más que pedirle ocasionalmente que le hiciera algún recado, no le exigía mucho más. Así que Amelia solía pasar varias horas leyendo, sumergida en el universo de alguna historia romántica o repasando cuentos de misterio que había leído más de una vez. Algunas veces, tomaba un libro y cruzaba la calle para pasar el tiempo de lectura en el banco de la plaza que daba justo al frente de la librería o sobre el césped, a la sombra de un árbol mientras el viento le volaba el pelo.