Una situación comprometida - Selina Sinclair - E-Book

Una situación comprometida E-Book

Selina Sinclair

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Beschreibung

Lyon Mackenzie no podía permitirse perder a la señorita Hammond. Pero su ayudante personal, una especie de autómata hasta entonces, había dimitido... ¡ni más ni menos que para casarse! Cuando Liv se dio cuenta de que el bestia de su jefe estaba en apuros, accedió a continuar trabajando una semana más. Pero en ningún momentó contó con que tendría que cuidar de su ahijado durante esa semana, ni fingir que era la esposa de Lyon después de que el cliente más importante de este los sorprendiera en una situación de lo más comprometida...

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Seitenzahl: 162

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2000 Salimah Kassam & Lenore Timm-Providence

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Una situación comprometida, n.º 1031 - abril 2019

Título original: The Lyon’s Den

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1307-851-9

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Si te ha gustado este libro…

Capítulo Uno

 

 

 

 

 

Justo a las ocho menos diez de la mañana, Olivia Hammond salió del ascensor para incorporarse al pandemónium reinante en Mackensie Marketing. Un caos de teléfonos estridentes, máquinas de fax chirriando, periféricos de ordenadores y voces elevadas asaltó sus oídos. Se detuvo, aguzó el oído y esperó hasta percibir el familiar rugido que llegaba de la «guarida».

La «bestia» estaba en buena forma esa mañana.

Y eso estaba muy bien.

Así al menos no le sería tan difícil aliviar su conciencia por lo que estaba a punto de hacer. ¿Por qué se despertaba esta en los momentos más inoportunos siempre, se preguntó Liv?

«Porque eres tonta. Una tonta que se deja pisotear y gritar a cambio de un miserable puñado de dólares».

O no. Porque no era un puñado tan miserable. De hecho, era más que generoso. Qué diablos, por ese dineral dejaría que la pisoteara un elefante, cuanto más un hombre cuyo único parecido con Dumbo era lo alto que podía berrear en ocasiones.

En todas las ocasiones.

Por suerte para ella, a partir de ese mes ya no necesitaría el sueldo que recibía por permitirle a la bestia el privilegio de usarla como asistente personal, funciones de felpudo incluidas. Su hermana Jenny había conseguido una cuantiosa beca con la que podría costearse el último curso en la universidad y así, no teniendo que correr con los gastos de su hermana, Liv podría permitirse un respiro.

Lo que en esencia significaba que estaba decidida a asegurar el futuro profesional de un compañero de trabajo, para dimitir ella acto seguido. Si Lyon Mackensie no era capaz de reconocer a alguien con talento, no le quedaría más remedio que agarrarlo de la oreja y obligarlo a que se fijara bien.

Respiró profundo y echó a andar con paso firme, maletín en mano. Un segundo después, Annie apareció ante ella, más estresada que de costumbre.

–He pensado que debía avisarte, Liv. La bestia está que echa humo.

–Tranquila, Annie –contestó Liv, ya a la altura de su secretaria–. La domadora del zoo ya ha llegado.

–Espero que vengas preparada.

Sin tiempo siquiera para sacar del maletín los tapones que utilizaba para protegerse los oídos, Liv recibió un bombardeo de saludos:

–¡Buenos días, Liv!

Esta sonrió a todo el mundo sin dejar de andar y luego se dirigió a Annie de nuevo:

–¿Por qué está rabiando esta vez?

–No encuentra el expediente Ellison, quiere el informe demográfico del detergente encima de su mesa de inmediato y los de marketing han pedido que les pases por fax otra copia del último anuncio –Annie tomó aire y finalizó con tono ominoso–. ¡Y está lo del anuncio para el señor Tate!

–¿Qué pasa con eso?

–¿Tú qué crees? –Annie resopló–. Pasa que no encuentra el anuncio y que está que trina.

–¿Qué le has dicho?

Annie la miró asombrada.

–¿Tú estás loca? Tendría que acercarme a él para no decirle nada y resulta que hoy no me he levantado con la vena masoquista –contestó la secretaria–. Ni hablar. Yo aquí no me meto. No es que no me parezca bien el riesgo que estáis corriendo por Peter, pero prefiero mostrar mi apoyo desde lejos. A mucha distancia.

Era una lástima que las lanzaderas espaciales no admitieran pasajeros así como así, pensó Liv. Estaba segura de que muchos de los trabajadores de Mackensie habrían preferido estar en cualquier otro sitio tal día como aquel. A ser posible, en otra galaxia. La idea de recoger sus cosas y desaparecer de aquel infierno, de escapar a algún lugar adonde no llegaran los gritos ni la furia de Lyon Mackensie, se le presentó como una fantasía celestial. Se concedió recrearse unos segundos en aquella bendita ensoñación y luego regresó a la dura realidad.

Y la realidad era que no podía dejar que Lyon Mackensie descargara su cólera sobre Peter O’Brien ni sobre ninguna otra persona.

–Está bien –dijo finalmente–. Oye, tengo que hablar con Howard un segundo.

–Si vas a hablar de ya sabes qué, creo que prefiero no oírlo. Me da que cuanto menos sepa, menos sufrirán mis tímpanos a la larga.

–Cobarde.

–Lo que tú digas.

–Bueno, ¿por qué no le pides el informe demográfico a Jack y le pillas a Leroy el expediente Ellison?

Annie desapareció a una velocidad admirable.

Luego Liv sorteó una maraña de ordenadores y se detuvo frente a Howard. Tenía mal color, parecía cansado y llevaba el traje arrugado.

–Buenos días –lo saludó ella–. ¿El anuncio del señor Tate está donde debe estar?

–Sí –contestó Howard en medio de un bostezo–. En la letra D, de desaparecido en combate, tal como me pediste. Esperemos que no nos salga el tiro por la culata.

–Tranquilo. Es una idea estupenda. A la gente de Tate le encantará.

–Ojalá –respondió él. De pronto, Howard pareció inquieto–. Oye, Liv… si al final nos saliera el tiro por la culata, no le dirías al señor Mackensie que yo…

–¿Que tú qué?, ¿que tuviste el valor de intentar disuadirme, para que no cometiera el mayor error de mi fracasada carrera? –Liv sonrió y le dio una palmadita en un brazo para serenarlo–. No te preocupes, Howard. Todo saldrá bien. Ya sabes cómo es. Gruñe mucho, pero sabe rectificar. Y en cuanto se dé cuenta de la idea tan estupenda que hemos tenido, sé que nos dará las gracias. Hasta entonces, no pierdas de vista los tapones.

–Quizá te alegre saber que ya no los necesito –dijo Howard, súbitamente animado, mientras se apoyaba sobre el respaldo y cruzaba las manos tras la cabeza–. Me he inmunizado contra todo tipo de gritos, berridos, rabietas y pataletas.

–¿Lo dices por los gemelos?

–Les están saliendo los dientes –explicó Howard.

Liv recordó cuando su ahijado Sam pasó por esa etapa y puso una mueca de espanto. El pequeñajo no había parado de llorar durante días y días salvo cuando Tina lo había mecido entre sus brazos.

–Pobre Howard –se compadeció Liv–. ¿Qué tal lo lleva Kathy?

–Bien. Aunque está cansada. Quiere que me tome unas vacaciones. Supongo que tú no podrás…

–Veré lo que puedo hacer –Liv sonrió.

Howard la miró agradecido justo cuando Annie regresó, acelerada.

–Será mejor que te des prisa, Liv.

Esta miró el reloj mientras se encaminaban hacia su despacho a todo correr.

–¿Tienes el informe y el expediente?

–Sí –Annie le entregó sendas carpetas–. Liv, ha dicho que si no tiene el anuncio del señor Tate en dos minutos, van a rodar cabezas, empezando por… y cito: «esa arpía gafotas y amargada que tuve la desgracia de contratar como asistente personal».

–Cuatro mil novecientas noventa y nueve –murmuró Liv.

Annie silbó.

–¿Tantas veces te ha despedido?

La media eran dos y pico al día, aunque algunos días la bestia se superaba con creces.

–Sí.

–Pero solo llevas aquí, ¿cuántos?, ¿tres años?

–Cinco años, tres meses y veintidós días.

–No sé cómo lo haces, Liv –dijo Annie tras negar con la cabeza–. Si yo fuera su ayudante personal, creo que a estas alturas estaría en un manicomio o en la cárcel.

–A cambio, has conseguido encontrar el único lugar del universo que es como estar en ambos sitios al mismo tiempo –bromeó Liv.

–Ya te digo.

Estaban ya junto a la mesa de Annie cuando una voz seria y nerviosa llamó la atención de Liv:

–Eh… ¿señorita Hammond? –preguntó Peter O’Brien, el cual la había estado siguiendo como un perrillo faldero–. ¿Se lo ha enseñado ya?

–Ya estamos otra vez –murmuró Annie–. Creo que tampoco me conviene oír esta conversación.

–Está bien, pásales el fax ese que querían a los de marketing. El original está en la bandeja de «pendiente de archivar», encima de mi mesa.

–Vale, me largo –dijo Annie–. Y recuerda que ya te ha despedido hoy una vez –añadió justo antes de darse media vuelta y echar a andar.

Liv se giró hacia Peter:

–Espera hasta esta tarde, ¿vale? La cosa ya no tiene marcha atrás. Pase lo que pase no tardaremos en saber su reacción.

–No sabe cómo le agradezco lo que está haciendo por mí, señorita Hammond –dijo Peter mientras le daba el correo de la mañana–. Acepté este puesto porque haría cualquier cosa por trabajar con el señor Mackensie, pero sé que podría…

–Oye, que yo ya sé lo bueno que eres. No hace falta que me vendas el producto, ¿eh? –atajó Liv para animarlo–. Y créeme: si alguien debería estar agradecido, ese es el señor Mackensie. Dentro de nada habrá incorporado a un miembro brillantísimo a su equipo de creativos.

–Gracias, señorita Hammond –Peter la miró con adoración.

Liv suspiró y se preguntó si seguiría mereciéndose tal adoración al final del día.

–Es pan comido, chaval.

Después de irse Peter, Liv echó una ojeada al fajo de cartas, algunas de las cuales tiró a la papelera que había junto a la mesa de Annie.

Nada más entrar en su despacho, oyó un rugido procedente de la puerta que comunicaba con el despacho de la bestia.

–¿Se puede saber dónde se ha metido? ¡No le pago lo que le pago para que se presente cuando le dé la real gana!

Liv dejó el correo y el maletín sobre su mesa con tranquilidad, se despojó del abrigo y lo colgó en la percha de la esquina. Por fin, se situó frente al pequeño espejo ovalado junto a la percha y puso cara de desagrado. Cinco días más vistiendo como la señorita Rottenmeier y sería libre. Adiós a los moños de abuela, a los trajes grises y a las gafas de cubo que le afeaban la nariz. Aunque el disfraz la había ayudado a proteger la imagen de autómata fría y eficiente que Lyon Mackensie prefería, algunas veces Liv se preguntaba si este reaccionaría si apareciera ante él desnuda.

Aunque sospechaba que no.

Suspiró, se alisó el pelo, se estiró la chaqueta y se colocó las gafas en la nariz.

Justo a las siete y cincuenta y nueve de la mañana, recogió todo lo que necesitaba y se dirigió a la puerta que comunicaba su despacho con el de Lyon Mackensie. Se detuvo un segundo para componer la fría expresión con la que siempre lo saludaba y entró en la guarida de Lyon.

Por un momento, al ver al ver el aspecto desolador del siempre inmaculado despacho, creyó que le fallarían las fuerzas. Los archivadores que recorrían una de las paredes estaban abiertos, su contenido desparramado por todas partes, cubriendo hasta el último centímetro disponible. Había carpetas desperdigadas sobre el sofá y sobre la mesita que había enfrente. El suelo era una papelera de hojas sueltas, todas las cuales estarían irremediablemente mezcladas a esas alturas.

Y en medio del caos, tras una enorme mesa negra, estaba sentado Lyon Mackensie, cuyos brillantes ojos azules chisporroteaban de ira.

–Buenos días, señor Mackensie –lo saludó con frialdad–. ¿Quería verme?

–¡Llegas tarde! –gruñó él.

–En realidad, son las ocho y quince segundos en estos momentos –replicó Liv tras consultar el reloj.

–Me da igual la hora que sea –bramó Lyon–. Te pago para que estés aquí cuando te necesito, no cuando te parezca bien.

–¿Y puedo ayudarlo ahora en algo, señor?

–¿Qué has hecho con el anuncio del señor Tate? Tengo que marcharme en cinco minutos para reunirme con él y no lo encuentro por ningún lado.

Sin decir una palabra, Liv se dirigió al segundo archivador y localizó al instante la carpeta con el anuncio extraviado. Luego se acercó a la mesa de Mackensie y se la entregó con la esperanza de que no la abriese hasta que ya fuera demasiado tarde.

–¿Algo más, señor?

–¿Dónde está el expediente Ellison?

Liv apuntó hacia la carpeta que había sobre la mesa.

–¿Y el informe demográfico?

Liv colocó el informe sobre la carpeta anterior.

–Mándales la copia del anuncio a los de marketing y asegúrate de que la reciben.

–Ya me he encargado, señor. ¿Algo más?

–Sí –gruñó él mientras se ponía de pie–. Que alguien ponga un poco de orden en mi despacho –añadió mientras metía todo en su maletín, camino ya de la puerta.

Liv lo miró marchar con los ojos como platos.

–Que alguien ponga un poco de orden en mi despacho –repitió Liv entre dientes.

¿Quién se creía que iba limpiando detrás de él?, ¿un batallón de hadas madrinas? Liv resopló, se acercó al ordenador y empezó a mecanografiar con rabia.

No, por suerte para Mackensie, ella no era una hada. No tenía poderes para convertirlo en un sapo o en un asno como castigo. Pero, toda vez que Ralph le había pedido que se casara con él, sí tenía poder para dejar aquel trabajo y luchar por alcanzar sus sueños. Sueños que no tenían nada que ver con jefes salvajes y mucho con tener un hogar acogedor y formar una familia perfecta.

Imprimió su dimisión, releyó el sucinto mensaje que había redactado una última vez y asintió satisfecha.

De ahí en adelante, ya no tendría que organizar lo que Lyon Mackensie fuera desorganizando.

Ya no tendría que aguantar sus ladridos y sus malos humores.

Y, sobre todo, ya no tendría que seguir comportándose como si fuera un robot a las órdenes de un déspota ingrato.

Siempre y cuando sobreviviera a la pataleta con la que volvería de la reunión, por supuesto.

De lo contrario, sencillamente, ya no tendría que aguantar «nada».

 

 

Justo a las doce y cuarenta y nueve oyó un portazo en el despacho de al lado.

Liv sabía qué hora era porque había estado mirando el reloj cada dos minutos desde hacía una hora y, aunque había esperado el portazo, el golpe la sobresaltó.

La bestia había vuelto.

Annie se levantó de la silla en la que había estado trabajando y corrió hacia la puerta.

–Aquí es cuando yo hago mutis. Si necesitas algo, estoy al otro lado del interfono –Annie se detuvo en la puerta y lanzó una última mirada a Liv–. Me alegro de haberte conocido –añadió, para cerrar la puerta acto seguido.

¡Ni que fueran a echarla a la jaula de los leones!, pensó Liv.

Luego oyó un ruido en el despacho de al lado. La bestia había dejado caer el maletín sobre el suelo. A continuación sobrevino un momento de silencio, seguido del amenazante sonido de unas pisadas que avanzaban hacia la puerta que conectaba ambos despachos. Liv respiró profundo para tranquilizarse.

Sabía perfectamente cómo afrontar aquel enfrentamiento. Había estado ensayando toda la mañana y sabía que había hecho bien tomándose la imperdonable libertad de cambiar el enfoque del anuncio del equipo de creativos de Mackensie por el que había propuesto Peter O’Brien.

Era beneficioso para la empresa. Mackensie Marketing necesitaba nuevos empleados brillantes y talentosos si quería seguir creciendo. Peter tenía tanto talento como el que más y se merecía la oportunidad de demostrarlo. Además, el enfoque de Peter era estupendo; seguro que había sido bien acogido. Sí, se dijo Liv para animarse. Lo mejor sería mostrarse razonable. Esgrimir argumentos juiciosos contra el arranque de cólera de la bestia.

El pomo de la puerta giró y la puerta se abrió con violencia.

La bestia entró en su despacho con los ojos desorbitados de ira y avanzó intimidatoriamente hacia la mesa de Liv.

–¿Quería algo, señor? –preguntó esta, tratando de mostrarse calmada.

–Quiero saber a qué estás jugando.

Liv tragó saliva.

La bestia no estaba ladrando, no estaba rabiosa. Ni siquiera había elevado la voz.

De hecho, había hablado en un tono frío y amenazante que nunca antes le había oído.

Y eso le ponía los pelos de punta.

–¡Si es una idea estupenda! –exclamó Liv sin poder contenerse, levantándose como un resorte de su asiento–. Reconózcalo, ¡es genial!

–¿Genial? –explotó él por fin, al tiempo que le plantaba un folio delante de las narices–. ¿Te parece genial esta estupidez?

Liv abrió la boca, la cerró, se dejó caer sobre su asiento de nuevo y pestañeó al asimilar lo que estaba ocurriendo.

La bestia no estaba enfadada porque lo hubieran engañado con el anuncio del señor Tate. Ni siquiera lo había mencionado. No, la bestia estaba indignada por su dimisión.

Liv sintió un inmenso alivio y tuvo que contener las ganas de romper a reír.

–¡Contesta, maldita sea! –la presionó Mackensie.

–Creo que he expresado mis intenciones con mucha claridad en el papel que tiene en las manos, señor. Es mi dimisión como asistente personal.

Mackensie la escudriñó con la mirada.

–¿Cuánto? –le preguntó de repente.

–¿Cuánto qué? –contestó Liv, confundida.

–¿Cuánto más quieres ganar?

Liv estuvo a punto de soltar una carcajada. ¿Pensaba que la dimisión era un artificio para conseguir un aumento de sueldo?

–Me paga suficiente, señor, gracias –respondió por fin.

–Si no quieres más dinero, ¿a qué diablos viene esto?

Casi sintió pena por él. Por primera vez en su vida, Lyon Mackensie estaba perdido.

–Como digo en la carta, dimito por motivos personales.

–¿Motivos personales? –ladró él–. ¿Qué motivos personales?

–Me caso, señor.

Lyon Mackensie miró estupefacto a la mujer que estaba sentada frente a él y trató de imaginársela prometida, en la antesala del matrimonio.

Las neuronas le bullían del esfuerzo. Para estar prometida tenía que salir con algún hombre, besarlo, hacerle el amor… Lo cual le parecía inconcebible.

Se trataba de la señorita Hammond, por Dios: su eficiente y gafotas asistente personal, la que llevaba trajes grises y se recogía el pelo en un moño.

–Por supuesto, trabajaré una semana más, para darle tiempo a sustituirme, tal como estipula mi contrato –añadió Liv.

–¡Una semana! ¿Dónde está Smith? ¿Por qué puso esa estúpida cláusula en el contrato? No lo pago para…

–No fue Smith, señor. La puso usted.

–¿Yo?, ¿por qué iba a hacer algo tan idiota?

–Creo que su razonamiento fue muy sencillo: dijo que una asistente personal valía tanto o tan poco como cualquier otra y que, en consecuencia, era prescindible.

Lyon maldijo para sus adentros. No lo extrañaba haberse manifestado en tales términos y, en circunstancias normales, no se habría equivocado. Pero la señorita Hammond era distinta. Llevaba con él desde los comienzos de Mackensie Marketing. Era eficiente. Hacía las cosas antes incluso de que él supiese que quería que las hiciese. A veces tenía la sensación de que era capaz de leerle el pensamiento. Pero lo mejor de ella era que nunca, jamás se comportaba como una mujer; nunca gritaba ni lloraba cuando perdía los nervios, ni le lanzaba miradas de reproche que lo hicieran sentirse como si fuese un gusano. Era… bueno, lo más parecido a tener un auténtico robot como asistente personal.