Una vez siempre - Virginia Martínez - E-Book

Una vez siempre E-Book

Virginia Martínez

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"Que una novela tenga una voz contundente quizá sea lo que más me atraiga para comenzarla. Después, todo lo que necesito es que no aburra, lo cual sucede pocas veces. No pido tanto como que me emocione. Si no aburre y emociona, ya no la olvido más. Una vez siempre condensa todo eso" (Luis Mey). "Una vez siempre narra el vínculo amoroso y crepuscular de Luca Jorge y Mela, dos adolescentes en el lodazal de los años 1989/1990. Estas páginas desgranan el momento exacto en que esas dos vidas en estado de floración comienzan a tallar su educación sentimental, la voracidad de sus deseos, sus pasiones salvajes e ingenuas. A veces suave y encantada, otras veces afilada hasta el corte, esta novela en estado de gracia es el viaje iniciático de una historia de amor a la intemperie, escoltada por una ciudad fantasma. Cómica y dolorosa, etérea y áspera: una novela heroica en un mundo sin héroes. Una crónica sobre el reino perdido de la inocencia. Una épica sobre la revuelta adolescente y sobre la potencia del amor en la edad insumisa" (Andrés Gallina).

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Seitenzahl: 191

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Virginia Martínez

una vez siempre

NARRATIVAS

Martínez, Virginia

Una vez siempre / Virginia Martínez. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-8924-29-8

1. Literatura Argentina. 2. Narrativa Argentina. I. Título.

CDD A863

© 2022, Virginia Martínez

Primera edición, mayo 2022

Fotos de cubierta Nora Leguizamón

Diseño y diagramaciónLara Melamet

Corrección Martín Vittón y Karina Garofalo

Conversión a formato digital: Libresque

Canción citada: “Cisne cuello negro”, de Purificación Casas Romero y Manuel Álvarez-Beigbeder Pérez.

Hecho el depósito que establece la ley 11.723. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.

Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina

[email protected]

www.pampublicaciones.com.ar

A mi familia B., que nunca fue un segundo plan, sino un tercer pulmón.

Negrito, cuando yo bailo

si bailo de noche y día

a todos los vuelvo locos

con mi pollera amarilla.

A todos los vuelvo locos, mamá,

con mi pollera amarilla.

Al negro lo vuelvo loco, mamá,

con mi pollera amarilla.

Un pasito para acá,

un pasito para allá,

moviendo mi cintura,

moviendo sin parar.

Un pasito para acá,

un pasito para allá,

moviendo mi cintura,

moviendo sin parar.

 

TULIO ENRIQUE LEÓN

I

No sé de qué arrepentirme ni de qué defenderme ni por qué atacar. La mina me busca por todo el baile. ¿Qué hice? Parece un perro asesino, un perro en celo, esos de mandíbula rastrillo y la boca llena de espuma. La de ella es de la Itatí, espuma brava de la Itatí. Llevo una hora escondida en el baño, pero ya me olfateó. Entra pateando puertas, diciendo hija de puta te voy a matar. Me lo dice a mí, pero no sé por qué, no la conozco; ella dice que sí, que sabe quién soy y lo que hice. ¿Quién soy? Que me lo diga porque ahora no sé ni mi nombre, nada más que esta me persigue, que metida acá hice pis sin ruido y que tengo mucho miedo. Nunca en la vida sentí tanto miedo. Salí, hija de mil millones de recontra putas; y sigue pateando puertas. Yo estoy parada en el borde del inodoro vomitado. Entra otra, ¿la encontraste? ¿Dónde se metió? No sé, pendeja puta, le voy a tajear toda la cara. Y se rompe un vidrio, una botella, no sé, algo. Sigo agachada para no sobrepasar la altura de la puerta que se está abriendo ahora, en este momento. Me abrazo fuerte a mi cuerpo, cierro los ojos y quiero rezar, pero no me acuerdo ningún rezo, me pongo dura, más dura no puedo, se me deforma la cara, y la voz de un pibe: ¿sos vos? Entreabro el ojo más valiente, un pibe de pelo largo y flequillo por la nariz, delante mío, parado.

Un segundo me quedo pensando ¿y este? Es el baño de mujeres, le digo. Y al otro segundo me doy cuenta de que el perro de la Itatí me va a encontrar. ¿Soy yo quién?, le digo. ¿Sos la amiga del Ale? Creo que pregunta. Lo agarro de la remera, justo de la parte de las cadenas porque es la de Oktubre y lo meto conmigo adentro. Callate, no sé qué Ale, le digo, pero me están por matar, no hagas ruido, subí al inodoro. No, mejor hacé que meás así te ven los pies. No hagas, pero hacé de cuenta. No hay nadie, me dice. Y se ríe. Lo miro un rato, me molesta que se ría.

—Me van a sacar la piel si me encuentran.

—Acá no hay nadie.

—¿Me ayudás?

—¿A qué?

Lo miro con cara de perrito maricón, comparado con el otro de la espuma. Un acorde; empiezan a tocar. La gente grita y retumba todo, no nos escuchamos. Ahora es cuando se amontonan frente al escenario. Por eso se fueron, es mi oportunidad.

—¿Sos la amiga de Vale?

—¿Del Ale?

—De Vale.

—¿Vos qué querés?

—Un saque.

—No tengo. ¿Me ayudás?

—A qué.

—A correr.

—A dónde.

—A la calle.

—Está bien.

Me agarra la mano, salto del inodoro y vamos rápido para la puerta. Me resbalo porque tengo las zapatillas sucias, pero no me caigo, estoy agarrada tan fuerte a la mano del pibe. La guitarra llora, nada como la cumbia santafesina. Tengo que irme justo cuando entra la voz.

Cisne cuello negro

Cisne cuello blanco

Corremos un par de cuadras; cruzar abajo del viaducto vale como una. Pasando por Los Tres Ases se resbala él, pero tampoco llega a caer; las manos pegadas con La Gotita tenemos, igual lo agarro más fuerte. Siempre patina la cuadra de la pizzería, cuando estás careta también. Cada vez más lejos, ya no escucho la música. Todavía es de noche y hace frío. Me pierdo la mejor canción.

—¿De dónde sos? —me dice.

—De acá, de Sarandí. Para el otro lado de Mitre. ¿Vos?

—De Caballito.

—¿Eso es Capital?

—Sí.

—¿Y qué hacés acá?

—¿Nos sentamos ahí un toque? No puedo más.

Me fijo si nos sigue alguien y no, así que nos sentamos en un escalón, la entrada a la casa de una vieja de mierda que tipo siete siempre te echa. Pero es temprano todavía. Y estamos agitados. ¿Te acompaño a tu casa?, me ofrece. Qué raro es este pibe.

—Es que no puedo volver. Dije que dormía en lo de mi prima.

—Ah.

—Es lejos tu casa, ¿por qué venís al baile acá?

—Nunca había venido. Caí de casualidad.

—Ah.

—Es mi cumpleaños hoy.

—Hoy qué es.

—23 de abril.

—Sí, abril ya sé. No sabía 23. ¿Cuántos cumplís?

—Dieciséis.

—Me llevás uno. Bueno, feliz cumpleaños.

—Gracias. ¿Cómo te llamás?

—Mela.

—¿Mela?

—Melanie Nadine Rodríguez. “La Mela” me dicen.

Un silencio medio largo. Muy largo, en realidad. Es raro pero lindo él, igual no lo estaba queriendo mirar así. Entonces rápido para que no se vaya le pregunto ¿y vos? Luca, dice antes de que yo termine de preguntar. Se ve que también le incomoda el silencio o que tampoco se quiere ir.

—¿Luca solo?

—Luca Domo.

—El segundo nombre te digo. No el apellido.

—No tengo.

—No puede ser.

—No tengo.

Y se ríe. Cuando termina su parte se ríe él.

—Todos tienen dos nombres. Y más también. Yo tengo el Carina aparte, Carina con ce. Pero ya es muy largo, por eso no lo digo.

—¿Y dónde va? —me pregunta.

—Ni me acuerdo —le digo—, no lo uso, no sé por qué te conté. Decime el tuyo. Tu segundo.

—No tengo —dice.

—Todos tienen —insisto.

—Jorge. Por bautismo. Pero yo no creo, entonces Luca solo. Eso dice el DNI, así que me llamo así. Mi vieja es psicóloga, pero cree, y me bautizó. No sé. Bueno, ella me puso el Jorge, pero no le doy bola.

Yo sí creo. Igual no me importa que él no. Es raro pero lindo, pienso. Ya lo pensé dos veces. De a ratos me mira haciéndose el Don Johnson, como que sabe que es lindo pero se tapa la cara con el pelo. Dije lindo de nuevo, son cuatro con esta, pero la última no cuenta porque la usé para explicar. Son tres. Capaz no sabe que es m-m, no lo voy a decir. Pero es. Entonces saco del bolsillo mi papelito plateado y le digo tomá. Raspalo si querés. Me mira y se empieza a reír, dice que le mentí. Yo no le mentí. Bueno, más o menos. Tampoco es que tenía. Solamente tenía el papel, pero ya no había más. Lo guardé de cábala. De recuerdo. Raspalo le digo, un poco sacás. Y me dice ya fue, tengo porro, ¿querés? Y entonces se hizo de día. De repente amaneció. Pero de repente en serio, estaba todo negro y en un toque, ¡chau!, de día. Como cuando Moisés abrió las aguas del Mar Rojo, que se paró frente al océano desde lo alto de una colina con un bastón en la mano y miró serio al agua y fue abriendo los brazos como festejando un gol de Arsenal en cámara lenta, pero sin gritarlo, y milagro. Bueno, parecido. Este se paró en el escalón donde estábamos sentados, se metió la mano en el bolsillo y con un finito entre los dedos subió apenas la mano —un poco más se pareció a Jesús ahí— y en medio segundo le prendió la luz a todo. Aunque Luca Jorge no crea, él puede amanecer. El chico del pelo en la cara puede convertir la noche en día. Porque, en serio, no era la hora todavía. Fue algo que hizo él. Así que ni lo pensé, me salió: te llevo al arroyo, le dije. Y fuimos. Mientras, él prendía el porro y yo cantaba la canción.

No hay un lago negro ni un lago blanco, ni un lago blanco.

Hay un lago inmenso lleno de fango, lleno de fango.

No hay silencio negro ni llanto blanco, ni llanto blanco.

Hay solamente silencio y llanto, silencio y llanto.

Él camina arrastrando un poco los pies. Yo avanzo dando pasitos, como si estuviera dentro del baile. Mientras, sigo cantando.

—Cantás bien —me dice.

—Es que mi papá es cantor —digo yo.

No hay un campo negro ni un campo blanco, ni un campo blanco.

Hay un campo inmenso para sembrarlo, para sembrarlo.

No hay camino negro ni canto blanco, ni canto blanco.

Hay solamente camino y paso, camino y paso.

Cisne cuello negro.

Cisne cuello blanco.

Que se van hiriendo,

que se van besando.

Hay alegría y llanto.

No hay un mundo negro ni un mundo blanco, ni un mundo blanco.

Hay un mundo inmenso que hay que cuidarlo, que hay que cuidarlo.

No hay quejido negro ni canto blanco, ni canto blanco.

Hay solamente quejido y canto, quejido y canto.

Las cabezas medio juntas en la tierra, porque ni pasto crece ya por el arroyo de tanta pisada. El cielo demasiado grande. Los árboles amarillos. El pato punk ahí cerca. Le digo punk porque no le alcanza con no saber volar. Se hizo cortar un ala. Se la hizo cortar él. Escuchó una apuesta que hacían dos borrachos una tarde y la perdió a propósito. Porque entiende todo ese pato. Yo sé que podría haberla ganado, pero eligió perderla. Y la perdió.

—Es un pato guapo entonces, no punk —me dice.

—Es un pato triste —le digo—, por eso vengo. Ahora no, pero cuando estoy así vengo acá y se me pasa, no se puede estar más triste que él.

—Un arroyo de lágrimas, como el de los cisnes —flashea Luca Jorge.

Le explico que hacen vino patero acá a la vuelta, que debe ser más de meo que de lágrimas este. Aunque las dos cosas son dulces. Él se ríe. Se ríe tanto. Yo me río un poco nomás, supongo que me contagio. Y pregunto.

—¿Cómo es el que vos decís? ¿Existe de verdad?

—Sí. Pero es lago, no arroyo.

—¿Y dónde queda?

—En el Colón. Ahora en el Colón.

Se vuelve a reír. No entiendo muy bien, pero no me molesta. Creo que hay un Colón en Entre Ríos, el ex cuñado de la hermana de mi prima era de ahí. No te podés meter al lago, dice, porque hay mucho cisne. Es más para contemplar, por eso fueron a hacer un pícnic para el cumpleaños de Sigfrido.

—Sigfrido es peor que Jorge.

—Bastante, sí. La cosa es que el chabón estaba en el jardín del palacio, de joda con los amigos, y corte que cae la vieja, que era la reina. Con las damas de honor y todo eso, y le dice que organizó un baile en el castillo, para la noche siguiente, y que ahí va a tener que elegir a su futura esposa.

—Ah, qué perra.

—Sí. Entonces el príncipe se queda re bajón y uno le dice salgamos, y se van de cacería. Se preparan, van para el lago este, y cuando Sigfrido camina hacia los cisnes que hay ahí aparece una minita, la más hermosa del mundo. Corte la Miss Cisne. El quilombo es que no se entiende bien si es un cisne o una chica porque tiene plumas en la cara.

—Era hincha de River.

—En realidad, era las dos cosas. Cisne y chica, quiero decir. (Aparte es del Rojo, pero eso no se lo dice todavía.) Entonces la cisne está por huir, porque vio a los chabones de cacería y está asustada y él le pide que por favor no se vaya, que se quede. Bueno, ella se presenta, le dice que es la reina de los cisnes y que está hechizada. Y acá viene lo importante: le dice que ese lago está hecho todo de lágrimas, de lágrimas de su mamá. De todo lo que su vieja lloró cuando un hechicero le convirtió a la hija en cisne.

Los dos giramos hacia adentro y nos miramos un poco. No nos reímos tanto como antes. Ahora tenemos los cachetes y una oreja en la tierra, el cielo somos nosotros. Le pedí el final. Y me lo dio.

—La reina de los cisnes le explica a Sigfrido que entre la medianoche y el amanecer se vuelve humana. Pero que sólo ese rato. Y que el maleficio se puede romper si un chabón piola se casa con ella.

—Ah, se la re hizo.

—Pero él quiere. Se re enamoró. Entonces le pide que vaya al baile la noche siguiente.

—El que organizó la madre de él.

—Ese, sí. La cuestión es que se hace la fiesta en el castillo y está llena de gente, pero él está como loco esperando a Odette, es a la única que quiere ver.

—¿Quién es Odette?

—La reina cisne, la chica.

—Ah, está bien.

—Y llega. En realidad, parece que llega cuando cae un tipo, que es el hechicero camuflado, con una piba igual a Odette pero que no es Odette. Y logra confundir a Sigfrido, que cree que es ella pero es Odile. Y Sigfrido le termina pidiendo casamiento a Odile.

—No me digas los nombres porque me confunde. Decime la cisne o la impostora.

—Bueno, Sigfrido le pide casamiento a la impostora, entonces chicacisne empieza a bailar como loca para hacerse ver, pero Sigfrido no la ve y la impostora aprovecha y acepta la propuesta. Entonces ahí se pone todo el cielo negro, más negro que la noche, porque triunfó el mal. Y justo el príncipe gira y a lo lejos ve a chicacisne en versión persona, no entiende nada y corre a la orilla del lago a buscarla, pero de camino se hace de día y la piba se va convirtiendo en ave. Él se desespera porque el lago está repleto de cisnes blancos y la pierde, pero al final la encuentra y ella le explica que lo engañaron, él le pide perdón llorando, le jura amor infinito y ella lo perdona, pero le dice que ya decidió morir, que prefiere eso antes que vivir como cisne para siempre. El chabón entonces elige morir también. Entra al agua, se hunde con chicacisne y viven juntos, muertos, amándose por toda la eternidad.

 

 

Nos quedamos un rato callados. Un rato largo. Ni tristes ni riéndonos. Nada más ahí. Es re culto Luca Jorge. Ya me había dado cuenta cuando pensaba que es raro, pero ahora se lo digo.

—Sos re culto.

—Tengo una tía bailarina.

—¿De balé?

—Sí, danza clásica.

—La mía baila de odalisca. Pero no le sale muy bien. ¿Te vas a tomar el 98? Ese te deja en Once y de ahí seguro tenés otro. O te puedo acompañar a Constitución, ¿cuál dijiste ahí?

—El 65.

No sé por qué me apuré, pareció que lo quise echar, como la vieja de la calle Nueva York. Y no. Creo que me puse nerviosa porque nos mirábamos mucho sin reírnos más. Se levanta. Se sacude la cabeza y la cara, llenas de tierra. Mira al pato. Pobre, me dice, andá a saber qué le pasó. Yo sé qué le pasó. Pero no se lo voy a decir.

Se limpia la mano en la remera, después la estira para mí y me levanta contra él. Quedamos parados uno enfrente del otro, muy cerca, y se pone más nervioso que yo. Entonces manotea una pregunta de las que te desconcentran.

—¿Para qué vas a ir a Constitución?

—Así hago tiempo —le digo.

—Pero vas a ir para atrás.

—Es que si voy para adelante es peor.

No aceptó. El pibe es optimista. Le presté para el boleto porque él gastó lo que tenía en fainá para los dos. Esperamos juntos el colectivo. Me pidió el teléfono en la parada, pero como no tengo, le di el de una vecina y le pedí el suyo. Él sí tiene y me lo dio. Subiendo al bondi me saludó con la mano y sonrió. Qué lindo es qué lindo es qué lindo es. Fue al fondo, se sentó atrás, abrió la ventanilla, asomó la cabeza, el viento por fin le corrió un poco el pelo y me saludó otra vez. Me olvidé de contarle que de nena yo hacía danza también, y tenía mi tutú. Era blanco como el de chicacisne. Me quedaba hermoso, pero una tarde mi mamá lo sacó del agua desinflado y verde limón. Imposible creerse cisne con eso. Ahí llega la cotorra me decían, hasta que dejé balé. Esa tarde fue la primera vez que visité al pato. Tenía las dos alas todavía. Yo el tutú verde, enrollado en la mano. Había dos hombres.

 

Volví a mi casa con el tutú puesto, verde limón y tierra húmeda, convertida en uva. El pato se quedó en el arroyo. Y de sus dos alas, una.

Me revisa el pelo, la campera y las Topper. Es como entrar con mis propias llaves a la Comisaría 10. Mi vieja cree que así puede saber. Se fija si tengo “césped”; si tengo, quiere decir que estuve cogiendo, tirado en alguna plaza. Lo de tirado en la plaza puede ser, tiene lógica si encuentra pasto. ¿Pero lo de cogiendo? Todavía no la puse.

Me huele. Si huelo a faso o a Mariposa, se da cuenta. Lo de las zapatillas no lo termino de entender, supongo que controla las capas de barro, pero ¿eso le sirve para deducir qué? Lo importante es que de la pala no se aviva porque no tiene idea, así que todo bien. Si notara que no quedan libros en mi biblioteca porque a todos los hice guita en el parque, podría sospechar algo. Pero como en el Normal aprobé… Por suerte le preocupa más la perra que tenemos hace dos meses y de la que ya se quiere deshacer. Bueno, la perra se come su mierda. Eso muy querible no es. Tampoco es su culpa, supongo. Mi vieja dice que es psicológico, pero que igual la saque porque tiene que hacer.

—Si se la come —le digo—. ¿Para qué la voy a sacar?

—Porque es un animal, necesita salir. Y de paso vas al almacén.

Cuando en mi casa se pronuncia esa palabra, mágicamente aparece mi hermana. La aparición de hoy tiene un diente menos que ayer. Suerte para ella. Fiorella es un caso clínico, dicen; sus dientes de leche les ganan en fuerza a los que vienen después y no se caen cuando se tendrían que caer. La consecuencia de eso es que los nuevos no salen; o salen, pero están obligados a convivir —no se sabe por cuánto tiempo— con los que permanecen. Los definitivos, sin espacio, se van acomodando como pueden en las encías. Mi mamá dice que es psicológico porque a mi hermana le cuesta desprenderse de lo que ya no necesita. Salió a mi vieja, que le cuesta desprenderse de las cuarenta fotos de mi papá que todavía tiene en la habitación. Aunque es psicológico, más de una vez la escuché rezar para que Fiore pierda los dientes. Parece que le reza a su San Lacan por cómo habla. Pero reza, al final es igual. Hoy mi hermana tiene una paleta menos y era hora, porque está por cumplir ocho.

—Felicitala, que está contenta.

—¿Y la perra? ¿Se la vas a desaparecer?

—¿Cuándo les desaparecí una mascota yo?

El silencio contesta bien casi todas las veces. Así que me callé.

—No hay que ser egoísta, necesita más espacio. No se halla acá.

—Mide veinte centímetros, mamá.

—Porque es cachorra todavía. Quizás le venga mejor una casa con jardín.

—Es salchicha. Con toda la furia se agrandará quince, diez más.

—Andá al almacén.

Y voy.

—¿Quién sigue?

—Dame tarta, jamón y queso.

—¿Cuánto de jamón?

—Doscientos. Andá afuera, Fiorella. Cinco veces dijiste hola ya. Andá con la perra.

La pendeja me mira como si le hubiera clavado un puñal y sale. Pero no puede estar acá. Es un túnel que medirá dos o tres veces más que la perra. Si te movés a la izquierda, tirás las latas de galletas apiladas en estantes infinitos; ya me pasó una vez. Y si te movés a la derecha, te fracturás, directamente, con las heladeras de madera y el mármol ese que no sé qué es. Sos un playmobil acá adentro.

—¿Así la feta está bien?

Le hago sí con la cabeza. ¡Yo qué sé! ¿Estás con ganas de hablar hoy? Estoy concentrado en Mela; parece Marisa Mondino, pero petisa y con tetas, mucho mejor. Y esa cola re parada, nunca viste una cola así, y el lunar al lado de la boca que se la chuparía toda y qué me importa tu jamón.

—Un poco más de doscientos. Te completo dos cincuenta.

Apenas muevo la cabeza respondiendo. Entra de nuevo Highlander. Los huevos, dice.

—¡Andá afuera, Fiorella!

—¿Por qué?

—Porque sí.

No puede ser más asfixiante este lugar. Es un pasillo en el que vas avanzando hacia el mostrador, que es donde te espera un pelotón de fusilamiento. El soldado que corta el fiambre pregunta por mi vieja. Sí, está muy bien la señora mayor por la que preguntás. No viene porque tiene un hijo pelotudo que viene por ella. ¿Te importa mi mamá a vos? ¿Qué onda? Tiene más de cuarenta, desubicado. ¿Qué preguntás? Pienso en Mela, callate. Desde Malvinas no hablás, ¿por qué insistís hoy?

Yo era como mi hermana cuando fue Malvinas. Ahora me falta un año para el sorteo. ¿O un poco más? Él estaba en la colimba y le tocó.

—¿Queso, cuánto?

—Ni idea.

—¿Medio te doy?

—Está bien.

—Un poco menos porque te va a sobrar.

—Está bien.

Dicen que si estás loco zafás. Mi vieja capaz me consigue un certificado trucho de loco, pero ¿y si no? El novio de mi tía bailarina se hizo el trolo. Dice que por trolo te bochan también. Pero para mí no se hizo, porque te ponen lo de OAD. Y el OAD… Lo tenés o no lo tenés. ¿Eso cómo lo truchás? Te lo miden, no podés mentir.

—¿Qué más querías?

—Tarta.

—Masa.

—No sé, para hacer una tarta.

—Masa querés.

—¡Huevos!