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Ángel es un chico noble y buen estudiante de la ciudad de Belfast. En el instituto, se ve envuelto en una pelea por defender a un niño nuevo (Peter) de las injusticias y acoso por parte de otro estudiante (Mike). Un encuentro fortuito hará que en la vida de estos tres se cree un fuerte vínculo de amistad entre ellos, llevándolos a vivir situaciones divertidas como la vida misma desde la niñez, cubriendo la etapa de la juventud hasta la edad adulta. Ángel va en busca de convertirse en un respetado director de cine y de encontrar el amor perfecto. Su bondad le hace ser el amigo en el que todos pueden confiar. A Peter, por su parte, la inseguridad le hará dudar y le llevará por caminos equivocados sin ni siquiera plantearse la búsqueda del amor. La fidelidad hacia sus amigos hace de él un hombre leal. Mike, el eterno rebelde, cuyo carácter le hace ser el fuerte y líder del grupo, pero, al mismo tiempo, demuestra un grado de amistad que muchos quisieran tener. Un terrible suceso marcará la vida de Ángel, que tendrá que refugiarse entre sus seres queridos para recomponer su vida y contar con la fuerza de la amistad de Peter y Mike como motor para salir adelante.
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Seitenzahl: 529
Veröffentlichungsjahr: 2021
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Jose Manuel Gomes Mendes
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1386-252-1
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
Letrame Editorial no tiene por qué estar de acuerdo con las opiniones del autor o con el texto de la publicación, recordando siempre que la obra que tiene en sus manos puede ser una novela de ficción o un ensayo en el que el autor haga valoraciones personales y subjetivas.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
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Agradecimiento:
A Rubén Martí, por su novela Papeles con sangre, que me hizo retomar este proyecto que llevaba varios años aparcado, y por haberme ayudado en la corrección.
A mi esposa Mariángela, por la paciencia y dedicación de corregir los detalles que se me fueron escapando por el camino.
Capítulo I
Suena el teléfono móvil.
—Hola, cariño. Sí, estoy en la oficina, ¿tú por dónde andas?
—Voy saliendo del trabajo. Creo que me iré a casa, no tengo nada interesante que hacer.
—Yo estoy por salir, tengo un par de cosas por terminar aquí y me largo. Oye, ¿qué te parece si nos vemos en mi bar favorito, el que está en la esquina de Covent Garden, y luego nos vamos al cine?
—No sé, estoy algo cansada.
—Venga, anímate. Nos vemos allí. Es viernes, nos lo merecemos después de una larga semana. Además, no hemos celebrado la finalización de tus pruebas médicas. Por fin podemos decir que estas libre, no más biopsias, no más pruebas. Ya estás curada, sin nada de esa mierda en el cuerpo —insistió Ángel para animarla—. Si lo prefieres, pasa por aquí y nos vamos juntos.
—Sí, es hora de celebrar. Después de varios años, de tantas visitas a hospitales, finalmente puedo decir: «estoy curada». Aunque, pensándolo bien, mejor nos vemos allí, así veo algunas tiendas por la zona mientras te espero. Ya sabes, deleitar un poco los ojos. Aquí siempre veo lo mismo —dijo animada.
—Bueno, como quieras. Nos vemos en un rato.
—Vale, cariño, un beso.
—Otro para ti.
Al colgar la llamada, se escucha una voz que le reclama.
—Ángel, ¿tienes un minuto?
—Sí, por supuesto, Sr. Williams. En un segundo estoy en su oficina.
Al llegar a la oficina.
—Sí, dígame, Sr. Williams.
—Por favor siéntese. Pero antes, cierre la puerta.
A Ángel le pareció extraña la forma en que el Sr. Williams se dirigió a él. Solía ser menos directo a la hora de hablarle y, sobre todo, no solía ir nunca por la oficina salvo que tuvieran algo realmente importante por hacer, que no era el caso en esos momentos.
El Sr. Williams, su jefe, un hombre de unos 55 años, era el director audiovisual con el que había estado trabajando en los últimos 5 años, una persona emblemática en el mundo del cine y la televisión.
Ángel se sentó con un poco de nerviosismo. Este tipo de reuniones no pintaban nada bueno, y por el tono de voz, menos.
—Le he llamado a mi oficina para informarle de que… —hizo una pausa de unos segundos— el próximo proyecto lo dirigirá usted al completo —agregó con una gran sonrisa el Sr. Williams.
Ángel se quedó sentado, sin saber qué decir. Se había quedado de piedra. Tragando hondo, dudaba si saltar de alegría o mearse ahí mismo, necesitaba recomponerse del susto que le habían dado. Por un momento, se vio fuera de la compañía.
—Entonces, ¿no me dice nada? —preguntó el Sr. Williams.
—¡Uf! —respiró aliviado Ángel—. Me alegra muchísimo, pero todavía tengo algo del susto en el cuerpo. Por un momento, pensé que eran malas noticias.
El Sr. Williams se le acercó.
—Le he querido gastar esta broma para ver su cara. A mí me hicieron lo mismo en su momento y créame, reaccioné de la misma manera que usted. Además, viene bien ver la expresión de la cara, en los sets de filmación es lo que buscamos en ciertas escenas.
Estirando el brazo para estrecharle la mano, el Sr. Williams le dio la enhorabuena.
—Ha hecho un gran trabajo con los documentales sobre castillos medievales y hemos pensado que el próximo proyecto podrá llevarlo a cabo usted solo. Confiamos plenamente en usted, tiene un gran futuro. Continúe así.
Ángel se levantó de la silla.
—Muchas gracias por vuestra confianza, es todo un orgullo para mí trabajar a su lado y que se haya tomado la molestia de venir personalmente a decírmelo. ¿Le importa que, en vez de darle la mano, le dé un abrazo?
—Para nada —contestó con una gran sonrisa el Sr. Williams.
Ambos se dieron un abrazo fraternal.
—Muchas gracias, Sr. Williams. Se lo agradezco infinitamente.
—De nada. Ahora, vete a celebrar —le convidó con una gran sonrisa.
—Sí, es lo que hare. Le había dicho a Stacey para tomarnos unas cervezas y luego ir al cine; creo que el cine se quedará para mañana, hoy toca celebrar.
—Me parece genial. Enhorabuena nuevamente.
Ángel salió de la oficina del Sr. Williams, volviendo a la suya; necesitaba terminar de organizar un par de asuntos pendientes antes de marcharse. Su cara de felicidad irradiaba toda la oficina. Sus compañeros Timothy y Jake, al ver que no podía esconder tanta felicidad, le preguntaron a que se debía.
—Tengo dos motivos para estar muy feliz. El primero y más importante: a Stacey los médicos le han dicho que dan por finalizado su tratamiento, que ya puede comenzar a hacer vida normal. Y el segundo: el Sr. Williams me acaba de comunicar que el siguiente proyecto lo lideraré yo.
Ambos gritaron de felicidad.
—Joder, enhorabuena, qué buenas noticias. Nos alegramos por Stacey, y tú te lo mereces —exclamó Timothy—. Aparte de ser un buen profesional, eres buena persona. Joder, te lo mereces.
—Tenemos que celebrarlo. Venga, vamos a por unas cervezas al bar de aquí al lado, invito yo —dijo Jake.
—No, chicos, mejor lo dejamos para otro día. He quedado con Stacey en Covent Garden para celebrar ambas cosas con ella.
Aunque la realidad era que Stacey no estaba al corriente de esta gran noticia.
—Venga, Ángel, al menos una. Este momento no lo podemos dejar pasar —añadió Timothy—. Ella se entretendrá viendo tiendas mientras tú llegas.
—Bueno, chicos, acepto porque sois mis amigos. Pero eso sí: solo una. No la quiero hacer esperar.
Los tres se marcharon al bar a celebrar, juntando las cervezas al grito de «¡Cheers!». Todo era risa, contando anécdotas vividas durante el rodaje de los documentales y cómo el Sr. Williams le había gastado una broma al darle la buena noticia.
Mientras estaban en el bar, Stacey le llamó en un par de ocasiones. A la segunda vez, finalmente, le cogió el teléfono.
—Cariño, ¿por dónde andas? Llevo rato esperándote —preguntó Stacey.
—Me detuve con los chicos a tomar una cerveza, ya voy para allá. Tú sabes, hoy es viernes.
Se guardó el motivo de la celebración para darle la noticia en persona, pensando en que le gastaría una broma parecida a la que le gastaron a él.
—Vale, estoy algo cansada de caminar, te espero dentro del bar. Me voy pidiendo un cóctel; si vamos a celebrar, prefiero algo más fuerte —le dijo con tono festivo.
—Vale, cariño, en nada estoy allí. Un beso.
»No le he contado nada a Stacey. Cuando se lo cuente, se quedará de piedra —añadió—. Dos súper noticias en la misma semana, una de las mejores semanas de mi vida —le comentó a Timothy y Jake.
Al terminar la cerveza, se marchó, rehusando la invitación para una segunda, por mucho que insistieron ambos. Tenía que marcharse.
Al salir del bar, su felicidad era muy grande. Ángel sentía el deseo de contárselo a sus amigos. Cogiendo el móvil mientras caminaba, primero llamó a Peter, su gran amigo de infancia, que vive en Nueva York, y a su otro gran amigo de infancia, Mike, que vive en su Belfast natal.
Ambos le felicitaron, dándole la enhorabuena
—No esperamos menos de ti —le dijeron.
Llamó a Stacey para informarle de que ya estaba de camino.
—Voy de camino. Ya he atravesado el barrio de Soho y en nada estaré allí.
—Venga, date prisa, me está dando hambre. Ya llevo un cóctel, me pedí para empezar una piña colada, estaba muy buena. Mientras te espero, me pediré uno más. Creo que esta vez probaré otro, quizás un daiquiri. Cuando llegues, estaré borracha —añadió entre risas.
Apuró el paso para tardar lo menos posible. En efecto, Stacey con dos cócteles estaría muy borracha. Iba pensando en la última vez que probó una gota de alcohol; habría sido antes de que la conociera.
A medida que iba caminando, le iba informando por dónde iba.
—He dejado atrás la estación de Leicester Square, ahora estoy internándome en la Long Acre. Si te emborrachas esta noche, cuando lleguemos a casa te pondré cómoda en la cama y quizás podríamos iniciar la búsqueda del hijo que tanto deseamos tener juntos. Ya podemos iniciar, nos han dado vía libre. Con suerte, en unos meses o el próximo año tendré en casa a una niña preciosa que se parezca a ti.
—Sí, hoy podríamos. Sería una buena manera de acabar la celebración —agregó Stacey de manera pícara.
—A mi izquierda tengo la Mercer Street, ahora Langley Street —Adentrándose en ella, se paró un momento a echarle un ojo a su antigua universidad al final de la calle, dándole las gracias.
«Todo lo que sé, lo aprendí de ti y hace que sea un hombre muy feliz ahora mismo», pensaba Ángel mientras miraba el edificio.
—Cariño, finalmente, la Shelton Street.
El bar estaba a tan solo unos minutos al otro lado de la calle. La caminata le había dado mucha sed, estaba deseando llegar para tomarse una cerveza muy fría que se la calmara.
—Cariño, en nada estoy allí.
—Me acabo de terminar el segundo cóctel y quizás me pida otro, ¿quieres que te pida uno a ti? —La voz de Stacey comenzaba a sonar divertida.
—No sé, me apetece una cerveza, tengo mucha sed. Tú sabes, más refrescante. Vaya, el tercero. Tendré que sacarte de ahí cargada. Espero que no te quedes dormida al llegar a casa, tenemos que ponernos a trabajar —añadió con un toque pícaro.
—Después de una ducha, estaré lista —añadió entre risas—. Cariño, quería darte las gracias por haberme ayudado y haber estado a mi lado durante el tratamiento. Te quiero mucho.
—Yo también te quiero. Estaré a tu lado por el resto de nuestras vidas, te lo aseguro.
Después de aquellas palabras, Ángel sentía como si Stacey estuviese sollozando, pensando que el alcohol, en parte, era el culpable.
—Cariño, estoy por fuera, casi entrando.
—Vale, cariño. Te quiero.
—Yo a ti muchísi-
Antes de terminar la frase, y faltando apenas unos pasos para entrar al bar, se produjo un gran estruendo, llevando a Ángel a caer por los suelos. Al golpear el suelo, alcanzó a decir «Stacey», quedando inconsciente.
Cuando volvió en sí, sin saber cuánto tiempo había transcurrido desde que escuchó aquel sonido, al abrir los ojos, pensó en Stacey. Tras un intento por levantarse, no se pudo incorporar, todo le daba vueltas, su vista era nublada. A su lado, en el suelo, pudo apreciar a un hombre que gritaba del dolor; sangraba por un brazo y la sangre le cubría todo el costado. A su lado, una mujer gritaba despavorida que la ayudaran, que no podía ver, con un hilo de sangre que bajaba por su frente.
Intentaba mirar para un lado y para otro sin lograr ver bien lo que sucedía. Había muchos gritos a su alrededor, la gente corría espantada y restos de escombros o pequeños pedazos de piedras le cubrían el cuerpo. De fondo, se escuchaba una gran alarma, sin saber de dónde provenía; parecían los sonidos de patrullas de policía y de alguna ambulancia. Se quedó acostado boca arriba, viendo cómo el cielo se movía, un cielo gris con unos destellos de azul. Continuaba mareado, todo le daba vueltas.
Al cabo de unos minutos, un hombre le ayudaba a ponerse en pie. Tras preguntarle al hombre lo sucedido, este le contestó que se había producido un ataque con una bomba. Al girarse y enfocar su mirada en el bar, este lucía negro, producto del estallido. Se quedó congelado, un frio corrió por todo su cuerpo. Pensando en Stacey, trató de correr hacia adentro. Las piernas no se lo permitieron, con el hombre sujetándolo e invitándolo a no hacerlo.
En su mente, solo importaba Stacey, ¿qué había sido de ella?
Gritaba desesperadamente. Gracias a su fuerza, logró escapar del agarre de aquel hombre. Al llegar a la puerta del bar, la escena le hizo retroceder: había trozos de cuerpos mutilados por el bar. Se quedó allí parado sin poder actuar, su mente no podía creer lo que veía. Finalmente, el hombre lo cogió nuevamente, llevándolo a un lado, donde cayó al suelo gritando repetidamente:
«¡Stacey, Stacey!», hasta caer desmayado.
Cuando volvió a abrir los ojos unos paramédicos le atendían en el suelo. Junto a él, atendían a la mujer y al hombre. La imagen continuaba siendo nubosa. Los paramédicos se interesaron, preguntándole si estaba bien.
—Sí —contestó confuso.
A pesar del fuerte dolor que sentía en su espalda y cuello, al levantarse intentó caminar de nuevo hacia el bar. Solo le importaba Stacey, tenía que dar con ella. Uno de los paramédicos, aconsejándole, le dijo:
—Señor, mejor no lo haga. Todas las personas que se encontraban dentro del bar han muerto.
—¡No, no puede ser! —dijo con voz entrecortada.
—Lo sentimos mucho, pero, lamentablemente, tenemos que decirle que sí —replicó uno de los paramédicos.
Ahora su llanto se tornó aterrador. Cayendo de rodillas al suelo, gritaba sin parar:
—¡Stacey!, ¡Stacey!
Los paramédicos, interesándose por él, le preguntaron lo que sucedía.
—Mi novia se encontraba allí adentro. Tienen que buscarla, tiene que estar viva, de seguro lo está —replicó angustiado.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó uno de ellos.
—Venía hablando con ella por teléfono —respondió a duras penas.
Ambos paramédicos se miraron, lamentándose con la mirada. Intentaban consolarle.
—Lo sentimos mucho —alcanzaron a decirle.
Su llanto era desconsolado, sentía que el mundo se le venía encima, no se podía creer lo que le decían.
Allí quedaba, sentado, recostado sobre una pared con la cabeza entre las piernas, no queriendo ver ni escuchar lo sucedido mientras lloraba desconsoladamente, balbuceando su nombre. No paraba de repetir «Stacey».
Sentía que había muerto junto con los que estaban dentro del bar y, por supuesto, con Stacey. Por apenas unos segundos, habría muerto también. Era tanto lo que pensaba que deseaba haber llegado antes… Su vida ya no tenía sentido, no era necesario continuar con una vida sin alma. Hacía unos minutos, era el hombre más feliz del mundo; ahora, era una vida más, una vida cualquiera.
Capítulo IIHace 20 años
Se escuchaban voces de niños gritando: «Dale, dale. Golpéalo, golpéalo», mientras otros gritan: «¡Ya! ¡Ya está bien! Sepárenlos».
Se escucha una voz aguda y autoritaria: «¡Basta ya!».
Todos los niños que estaban alrededor corrieron como almas espantadas mientras los dos niños que se peleaban se levantaban del suelo con cara de haber visto al ser que más temían o al mismísimo demonio.
—Srta. O’Hara, Mike comenzó todo —decía uno de los niños al levantarse.
—No fui yo. Fuiste tú, Ángel —replica el otro niño.
La maestra los cogió por los brazos, conduciéndolos hacia lo que se conocía como «la corrección» para ellos. Este sitio no era otro que la dirección del instituto, el despacho de la Srta. O´Hara, una mujer entrada en edad y bien conocida por su carácter feroz y su nariz larguirucha a la que muy pocas veces se veía sonreír. Eran tantas las historias que se rumoreaban sobre ese sitio a través de los años que todos temían entrar. Se contaba que, una vez allí dentro, los niños suplicaban poder salir, y que lo peor era permanecer toda una tarde, donde recibían todo tipo de castigo físico.
Una vez dentro de su despacho, sentó a cada uno en una silla y, en tono directo, preguntó:
—¿Quién empezó todo esto? Quiero la verdad, si me mienten o siento que estáis mintiendo, no saldréis de aquí y el castigo será doble —añadió la Srta. O´Hara.
Ambos niños se miraron sin decir una palabra.
—No me hagáis preguntar de nuevo —Esta vez, con un tono de voz que se pudo escuchar por los pasillos, a pesar de estar la puerta cerrada.
El miedo a represalias fue superior a sentirse chivato. Tras unos largos segundos, finalmente, Mike dijo:
—Fui yo, pero él me provocó —Señalando a Ángel con los dedos—. Metió las narices donde no debía.
—A ver, quiero que me lo cuentes todo. Siempre ten en cuenta que quiero la verdad —Girándose hacia Ángel con mirada poseída, o al menos así lo sentía—. Ya te tocará a ti después explicar lo sucedido —añadió la Srta. O´Hara.
—Sr. Michael Bannister, continúe. Soy toda oídos —le dijo, llamándole por su nombre y apellido, aunque era más conocido como Mike, incluso dentro del instituto.
—Srta. O´Hara —A Mike la voz le fallaba por el miedo, teniendo que hacer un sonido con la garganta para despejarla—. Yo estaba jugando con Peter y Ángel se metió de por medio.
La Srta. O´Hara puso cara de no entender mucho, emitiendo un sonido de desaprobación.
Mike percibió muy bien aquel sonido de desaprobación y la expresión de la cara; indicaban que no le creían en nada, o al menos lo ponían en duda. No le quedaba más remedio que animarse a decir la verdad; si trataba de estirar la mentira, sería peor. Pero tampoco se echaría toda la culpa.
Se animó a decir:
—Yo estaba empujando a Peter y diciéndole lo tonto que era, y Ángel me gritó que lo dejara en paz.
—¿Qué más? ¿Eso es todo? —preguntó la Srta. O´Hara.
—Pues dejé en paz a Peter como me dijo. A cambio, lo empujé a él, él me empujó de vuelta y comenzamos a pelearnos. Yo no quería pelearme, estaba jugando con Peter.
—Insultar a un compañero, ¿a eso lo llamas tú jugar? Sabes muy bien que ese tipo de actos y comportamiento no se permiten en este instituto y nunca se permitirán. Tienes que aprender a respetar a tus compañeros y, sobre todo, a utilizar tu carácter y fuerza para hacer el bien, nunca el mal. Deberías aprender de Ángel, que es más pequeño que tú y aun así no tuvo miedo de enfrentarse a ti para defender a Peter. Eso no es lo que se espera de alguien como tú. Sé de algunos niños que te quieren y te respetan, pero una cosa es el respeto y otra muy distinta es el miedo.
Ángel continuaba a su lado sin decir nada y apenas levantaba la mirada.
—¿Y qué más pasó?
—Nada más, usted apareció a los pocos segundos —concluyó Mike.
La Srta. O´Hara daba por creíble la nueva versión. Cogió el teléfono e hizo una llamada.
—Manden a mi oficina a Peter. Sí, a Peter McGowan. Díganle que espere fuera de mi despacho.
Tras colgar, se dirigió a Mike con voz firme.
—Quiero que te disculpes tanto con Ángel como con Peter.
Mike no se atrevía a levantar la cara. En su cabeza, pedir perdón era un acto de cobardía, y él era un líder respetado y no se podía permitir el tener que humillarse, pero al mismo tiempo, su temor a la Srta. O´Hara era superior a cualquier cosa.
—Ahora toca el turno de Ángel y de Peter de dar sus versiones. Espero que no me hayas mentido. Y no quiero volverte a ver en mi oficina por un motivo similar. La próxima vez, haré que vengan tus padres para hablar con ellos sobre este comportamiento inaceptable y motivo de suspensión. Ahora, antes de terminar contigo, quiero que te disculpes.
Abrió la puerta y comprobó que Peter ya se encontraba fuera de su oficina, sentado en una silla.
Mike se levantó de la silla, haciendo Ángel lo propio, juntándose todos en la puerta. Mike continuaba cabizbajo. Se disculpó con un lo siento que apenas se escuchó, perdiéndose por el pasillo. La directora O´Hara invitó a Peter a entrar y a cerrar la puerta. Con su voz grave y autoritaria, le invitó a sentarse y contar lo que realmente había sucedido.
—Quiero todos los pormenores y los más mínimos detalles.
Ángel y Peter se miraron para ver quién iniciaba el relato de lo sucedido. En vista de que parecía que no se ponían de acuerdo, la Srta. O´Hara invitó a Peter a iniciar el relato.
—Contigo fue que empezó todo esto.
Peter, con voz titubeante, comenzó su relato.
—Yo estaba sentado tranquilo cuando sentí un golpe por la cabeza. Cuando volteé para ver quién era, vi a Mike con otros chicos, riéndose. No le dije nada y me eché a un lado, pensando que quizás aquella zona donde estaba le pertenecía o era la zona donde ellos se ponen durante el recreo, pero él vino tras de mí e intentó golpearme, hasta que apareció Ángel y le dijo que parara. Ya luego la cogió con Ángel.
La Srta. O´Hara, mirando a Ángel, le preguntó:
—¿Es eso verdad?
Ángel, que continuaba sin levantar cabeza, mirando fijamente el suelo, asintió con la cabeza.
—¿Luego qué sucedió? —Mirando a Ángel; esta vez, su mirada era algo más conciliadora.
Ángel comenzó con su relato.
—Mike me dijo que me callara, que no era mi problema, y me empujó. Le dije que era un cobarde por meterse con los más débiles y con los que no les gusta pelear. Los demás niños se echaron a reír y fue cuando sentí un golpe en la cara. M le eché encima y lo agarré para que no continuara golpeándome. Nos caímos al suelo mientras trataba de golpearme. Los otros niños lo animaban a que me golpeara hasta que llego usted.
La Srta. O´Hara, tras quedarse callada unos instantes, matizó.
—Quiero decirles unas cosas: no quiero que se metan en problemas con esos niños. Por lo que pude escuchar, deduzco que todo lo ha iniciado Mike. Les aconsejo que se alejen de esos chicos mientras estén en el recreo y, si por algún motivo ellos le provocan, búsquenme, ya me encargaré yo personalmente de este asunto. Ustedes son buenos estudiantes y han mostrado buen nivel de conducta y no quiero que otros chicos se aprovechen de esa situación. Pero una cosa también les digo: no quiero volver a verles en mi oficina por este motivo, porque les prometo que el castigo será tremendo. Ahora, pueden marcharse a casa.
Al levantarse de la silla, se dirigieron hacia la puerta de salida.
—Ángel, quédate un minuto, que quiero hablar contigo en privado —dijo la Srta. O´Hara.
Peter salió por la puerta sin mirar atrás, no sin antes agradecerle a Ángel el haber intercedido por él. Ángel se sentó nuevamente, agachando la mirada y clavándola fijamente en el suelo, pensando qué le podrían decir. En esos pocos segundos, mil cosas pasaban por su cabeza. La Srta. O´Hara esta vez se sentó a su lado.
—Tienes un corazón grande, pero tienes que aprender que no siempre puedes resolver el problema de los demás —Esta vez, su tono era conciliador. Ángel nunca hubiese pensado que esa mujer podía hablar con ese tono tan dulce.
—Es que no me gustan las injusticias —comentó con voz entrecortada.
—Desafortunadamente, hay muchas injusticias y tienes que aprender a vivir con ellas. Tienes que saber que te pueden causar más de un disgusto. Aún eres un niño, y la vida te enseñará cosas, cosas que tal vez ahora no entiendas. Quieras o no, la vida se encargará de enseñártelas, algunas, lamentablemente, no de la manera que tu quisieras. Pero ¿qué te puedo decir? Solo puedo decirte que la vida es así. Como puedes ver, soy mucho mayor que tú y sé de lo que te hablo —Mirándole, agregó—. Vete a tu casa, y espero que hayas aprendido la lección.
Ángel la miro de buena manera. El tono conciliador lo hizo entrar en confianza mientras buscaba el motivo que llevaba a una persona de su edad a vivir sola.
Capítulo III
De camino a casa, pensaba en cómo le explicaría a su madre que había sido expulsado del instituto. Tenía sentimientos encontrados por la mala experiencia vivida de haberse peleado con otro niño, aunque, al mismo tiempo, se sentía bien con él mismo por hacer el bien, por haber salido en defensa de otro niño. Era una gran batalla mental de camino a casa, mientras recordaba una y otra vez lo sucedido.
Una vez en casa, su madre, sorprendida por lo temprano que era, miraba atónita el reloj; aún quedaba media mañana para que acabase el horario escolar. Pensó que algo malo había sucedido y ella no se había enterado; durante toda la mañana haciendo las labores del hogar, no había encendido ni la radio ni la televisión.
—¿Qué haces aquí tan temprano? —preguntó la madre, algo contrariada.
Ángel, evitando mirar a su madre a los ojos, bajaba la mirada mientras buscaba palabras para explicar lo sucedido. Se decidió por contarlo todo al detalle. Con su madre existía una gran confianza y las mentiras no tenían cabida en la casa, eran totalmente inexistentes.
Su madre, con cara de sorprendida, escuchaba lo sucedido. Al final, ya una vez terminado su relato, le recriminó el hecho de meterse en problemas por defender a los demás y explicarle que hacer el bien es bueno, pero muchas veces nos puede traer muchos disgustos innecesarios y desafortunadamente. La vida no es siempre como queremos.
Para Ángel, las palabras de su madre, en cierta manera, se parecían en algo a la de la Srta. O´Hara, entendiendo que la experiencia ganada en la vida las llevaba a pensar de esa manera.
Ángel trataba de explicar de nuevo los motivos de su reacción: había sido por hacer un bien y eso era lo que más le gustaba en esta vida, ayudar a los demás.
—Cuando sea grande, quiero hacer películas. Haré muchas de policías buenos que ayudan a la gente, y si no, seré policía para pelear contra los malos —le dijo emocionado.
Su madre, con mirada triste, casi con una lágrima en los ojos, no paraba de mirar al niño. El corazón de su hijo era muy grande, y esto le llenaba de orgullo y satisfacción.
—Te voy a contar una historia de mi propia vida, de cómo, para mí, tú eres una bendición de Dios y a explicar el motivo de tu nombre —le dijo su madre con voz tierna—. Hace ya unos años, a tu padre y a mí nos dijeron que sería casi imposible que yo me quedara embarazada debido a unos problemas que yo tenía en mi cuerpo —comenzó, sin querer dar mayor explicación ni entrar en detalles; serian términos médicos que tampoco era necesario explicar—. A nosotros nos hacía mucha ilusión tener un hijo, sentíamos la necesidad de tener a un pequeño gateando y caminando por la casa, tener esa alegría que un bebé representa en una casa. La noticia fue lo más ingrata posible, pero nunca desistimos en el empeño. A veces, las cosas no son como queremos, pero siempre tenemos que insistir e insistir hasta que logras lo que realmente quieres. Muchas veces no estamos seguros de lo que se quiere y es lo más difícil, pero en este caso estábamos muy seguros de lo que queríamos.
Ángel miraba a su madre como si aquellas palabras fuese algo de lo que nunca se debería olvidar.
La madre de Ángel, viendo cómo a su hijo se le perdía la mirada y tras el relato que le hizo recordar esa etapa triste de su vida, se le acercó para abrazarlo y darle un beso, sentía la necesidad de hacerlo. Esto llevó a Ángel a abrazarla fuertemente. Su madre aprovechó el abrazo para susurrarle lo mucho que le quería y que, pasase lo que pasase, ella siempre lo querría.
—Me alegra y me hace muy feliz saber que tienes un corazón grande, pero la vida no siempre te tratará bien. A veces toca enfrentarte a esos designios y confiar en Dios —mirándole, continuó su relato—. Tras tanto insistir, felizmente quedé embarazada. Fue un regalo divino, el mejor regalo que a una mujer o a una pareja se le puede hacer. Fue una señal de Dios, eras nuestro pequeño Ángel, que venía a unirse a nuestras vidas, a nuestra familia. Así fue como decidimos que ese sería tu nombre. Eres nuestro Ángel y siempre lo serás.
La madre, tocada por su relato y por los recuerdos, no pudo contener las lágrimas, secándoselas con la mano.
Ángel continuaba allí parado, viéndola con los ojos humedecidos.
La madre, tras recomponerse, le invitó a irse a su habitación a ducharse.
—Te prepararé unas galletas de mantequilla para que te las comas mientras haces los deberes —le dijo mientras Ángel se marchaba a su habitación.
Capítulo IV
Al día siguiente, como siempre, Ángel solía despertarse con la ilusión de por fin conocer a su gran rayo de sol, que no era otra que su niña predilecta, o mejor dicho, la niña que hacía que su corazón latiera más rápido para un niño de su edad.
Al bajar a desayunar, su madre siempre le tenía preparado su plato favorito, que no era otro que sus pancakes rellenas de miel y un vaso de leche con chocolate, el cual disfrutaba y anhelaba cada mañana antes de irse al instituto. Como era ya costumbre, antes de irse al instituto su madre siempre le daba 2 besos y le decía que tuviera un buen día, que Dios siempre le cuidaría y le guiaría por el buen camino y que, sobre todo, disfrutara su día.
Ángel era un niño muy obediente, de los mejores de sus clases, y nunca estaba metido en ningún tipo de problema, salvo el día anterior que, por defender a Peter, se vio envuelto en una situación que era poco habitual para él.
La madre solía salir a la calle a despedir a Ángel y veía como este, con pasos lentos, se iba alejando en dirección a la parada del autobús escolar.
Al subir al autobús que lo llevaría al instituto, Ángel notó cómo otros niños lo miraban como nunca antes lo habían hecho, de una manera diferente. Incluso algún niño le esbozo una sonrisa, cosa que no había sentido anteriormente, ya que era un tanto reservado y bastante tímido.
Ya en el instituto, muchos más niños lo miraban con cara de «ahí va ese». A Ángel lo incomodaba un poco, pero era el niño que se atrevió a enfrentarse a Mike, y eso en el instituto era bastante extraño; nadie tenía el suficiente valor para hacerlo por su fama de problemático y de peleón.
Mike auspiciaba su fama. Era un niño un año mayor que Ángel y Peter, pero por su escasa, por no decir ninguna, implicación en los estudios estaba bastante atrasado para los niños de su edad. Todavía cursaba primero de la ESO cosa que lo hacía parecer un Gulliver en el salón de clases. En estas edades, un año significaba mucho, sobre todo en tamaño y cuerpo, por no decir experiencia a la hora de luchar, cosa que hacía muy bien y por lo que era muy famoso. Se vanagloriaba de sus infinitas peleas, le gustaba que le temieran; mientras más le temían, más era el amo y señor del instituto. Incluso lo usaba para ligar; para algunas, era el chico con quien estar: si estás con el que respetan pues también te respetan a ti —pensaban muchas de las chicas que andaban con él—.
Al salir al recreo, Peter lo estaba esperando y se acercó a él para darle las gracias por haberlo defendido y por tener la valentía de enfrentarse a Mike. Peter era un niño excesivamente tímido al que le costaba relacionarse con los demás, de muy pocos amigos y con gafas, cosa que los demás niños aprovechaban para llamarlo de diferentes maneras y darle infinidad de motes. También se le envidiaba un poco por la familia adinerada que tenía, ya que su padre era un alto ejecutivo y dueño de una prestigiosa empresa de embutidos y quesos.
El padre de Peter, un triunfador en el difícil mundo de los negocios, un gran killer de las finanzas; en cambio, su hijo era el más tímido, y quizás cobarde, de todo el instituto. Era un instituto público, a pesar de que su padre podía costearle una educación privada, incluso en la capital Londinense, y contratarle los mejores profesores particulares. Su padre provenía de una familia nada adinerada y quería que su hijo también viviera las mismas experiencias que él había vivido y le habían forjado un carácter ganador. Como él decía: «Al hombre hay que forjarlo y hacerlo fuerte para una vida llena de obstáculos y dura».
Peter había pasado de estudiar en un instituto de niños pudientes, acorde a su estatus social, a un instituto de lo más normal, y llegar con ese cartel en la frente no iba hacer fácil la adaptación, sobre todo si te tropiezas con niños como Mike, que se sienten en su jungla y solo van al instituto por obligación de sus padres.
A partir de ese día, a la hora del recreo, Peter siempre estaba a la espera de Ángel, que había obtenido una popularidad soñada por algunos, incluso con el sexo opuesto. Pero Ángel no la disfrutaba, ya que, hasta ahora, era un niño de los considerados normales, de esos que pasan totalmente desapercibidos. El enfrentamiento del día anterior lo había hecho estar en la boca de todos, y enfrentase al todopoderoso Mike había sido toda una hazaña. Muchos sueñan poder darle un buen puñetazo o partirle la boca a los bravucones, pero solo algunos son capaces de realizarlo y Ángel había demostrado que coraje tenía para este tipo de actos cuando se veía al límite y con una injusticia que lo llevaban actuar de esa manera insospechada incluso para él. Pasó a ser uno de los más conocidos del instituto, y sabía que esa fama no le reportaría nada bueno, o al menos él no la había buscado ni la quería, era feliz con ser un niño más que se dedicaba a obtener buenas notas y prepararse para un futuro mejor. Soñaba con llegar a hacer películas, darle vida a lo inimaginable. Se decía: «En el cine puedo hacer volar a la gente». En esto seguía a rajatabla el consejo de sus padres. Aunque un poco de fama tampoco le haría ningún daño. Total, todos en algún momento la buscamos de alguna manera.
Capítulo V
Al salir al recreo, Ángel iba con la intención de ver a su rubia con esa sonrisa que lo hipnotizaba, y más cuando se le marcaban dos pequeños huequitos a ambos lados de la mejilla. Se quedaba con la boca abierta y lelo, pero la falta de valor lo detenía de actuar, y la ayuda por parte de Peter era totalmente inexistente; tendría que conformarse día tras día con mirarla al otro lado del patio, viendo cómo ella se divertía con sus amigos y jugueteaba con ellos. En el salón de clases y en el recreo, la dupla era inseparable. Estaban siempre juntos y solos. En muchas ocasiones, otros niños y niñas se juntaban con ellos. A algunas niñas se les notaba el interés por Peter y por Ángel, de lo que estos no se daban cuenta o tan solo pasaban del tema, especialmente Ángel, que solo tenía ojos para su rayo de sol.
Ambos habían forjado una buena amistad. En muchas ocasiones, quedaban en casa de Peter para realizar las tareas y, por supuesto, para distraerse con los juegos que este poseía y su cuarto forrado de afiches de sus ídolos; él solo poseía uno, y era uno gigante de la película Space Odyssey que un miembro del cine iba a tirar a la basura y él lo impidió, pidiéndole que se lo diera. Era en la piscina donde se divertían gratamente; jugaban a la pelota, lanzándosela el uno al otro, y aprovechaban para aprender a nadar. También con videojuegos o cualquier otro juego que molara, que para ese momento solo Peter poseía. El piano era otra gran atracción; el poder tocar un piano y verle tocar le fascinaba, así como improvisar o inventar alguna canción mientras reían. Las visitas a casa de Peter eran muy agradables y las hacía con mucho placer.
En casa de Peter era bien recibido; a sus padres les encantaba ver que su hijo tenía un amigo y que la adaptación en el instituto comenzaba a dar sus frutos: al tener un amigo, poco a poco iría haciendo más. Les encantaba Ángel por lo educado que era, y habría que añadir que era el mejor estudiante de la clase; sabían que esto ayudaría a su hijo en el instituto. «Si te rodeas de los buenos, obtienes solo lo bueno; si te rodeas de los malos, obtendrás solo cosas malas», le decían a su hijo. En muchas ocasiones, ellos mismos alentaban a su hijo a invitarle a casa. Después de hacer los deberes o jugar, les esperaban unos ricos bocadillos, galletas y zumos que le encantaban a Ángel.
Para poder llegar a su casa, que quedaba a las afueras de Belfast, Ángel tenía que coger un par de autobuses, mejor conocidos como citybus, por lo que no siempre podía realizarlo y debía estar de vuelta más tardar al caer la tarde. La ciudad no es muy grande, llevaba una media hora en cada recorrido. Habían acordado que, en algunas ocasiones, los deberes se realizarían en casa de Ángel. Aunque no molaba tanto, debido a que no poseía los juguetes —ni que decir de la piscina—, su madre era muy buena cocinera y preparaba unas tortitas y unas galletas de muerte.
La madre de Peter, Michelle, había conocido a la madre de Ángel, Brid, en las reuniones en el instituto, cuando los padres eran citados para hablar lo concerniente al año escolar o entrega de notas. Se estableció, dada la buena relación de sus hijos, una buena relación entre ellas también, a pesar de ser ambas de creencias diferentes —Michelle, nacida en el seno de una familia protestante; Brid, por su parte, era católica—, esto no supuso un problema ni fue impedimento. Eran madres y primero estaba el bien de sus hijos. Michelle se encargaba de llevar a su hijo a la casa de Ángel y de recogerle a la hora pautada. En muchas ocasiones, si el tiempo se lo permitía, se quedaba a tomar el té mientras sus hijos realizaban los deberes. Era una casa pequeña, pero acogedora; se podía sentir el calor de un hogar. A pesar de vivir en una casa mucho más grande, no le importaba en lo absoluto, al contrario, disfrutaba la compañía de Brid. Solo el tamaño de su cocina era del tamaño de la planta baja de esta casa. Provenía de una familia acomodada, no llegando a rica o a los niveles que ahora poseía; su marido era un hombre hecho a sí mismo viniendo de una familia pobre, su historia había, de alguna forma, calado en ella y seguía sus pasos al ver que la humildad de su marido seguía intacta.
En definitiva, Peter era un niño rico, vivía en un buen barrio a las afueras de Belfast. Su padre había escogido esta zona para poder construir su casa a su gusto, rodeado de árboles y zonas verdes; estaba cansado de la vida que la ciudad proporciona. Era una casa muy grande, justo a la entrada, levantada por un muro de unos tres metros de alto recubierta con algunas plantas que descendían en forma organizada hasta casi la mitad en algunos puntos, especialmente en las puntas y en la mitad. La entrada por el garaje conducía hasta el fondo de la casa, cubierta a los alrededores por un césped bien cortado y algunas plantas. El garaje tenía capacidad para unos 5 coches. Justo al lado, hacia la derecha, había un patio enorme que servía de zona de disfrute, con mesas y sillas donde se podrían sentar un buen número de personas y disfrutar de un picnic, una gran cocina y una barbacoa de ladrillo que les servía a la hora de preparar la comida. Esta zona la habían diseñado de tal forma que no se tenía que preparar nada dentro si quisiesen, estaba equipada como una segunda cocina. Justo por delante de esta zona, había una pequeña piscina de unos 15 metros por 5 de ancho, climatizada para el disfrute de los invitados; al lado, un baño pequeño donde se podrían duchar luego de disfrutar de la piscina, o para los que estaban en el jardín. Ya una vez dentro, hacia la mano derecha, había un salón comedor amplio con unos sofás y una televisión para quien no quería continuar en el jardín o resguardarse de la lluvia intensa que solía caer según la época del año. Contaba con un piano donde Peter solía practicar por las tardes. Justo por delante, existía otro salón un poco más pequeño que servía de zona de trabajo o despacho y lectura, con una gran ventana donde se podía mirar el cielo en busca de respuestas e inspiración. Había muchos libros de diferentes autores, aunque los que más abundaban eran sobre economía, y un escritorio con un par de sillas enfrente donde, en ocasiones, se reunía para diseñar las diferentes estrategias a seguir en la compañía. Al salir de este salón, vendría la cocina con toda clase de utensilios, diseñada con todas las comodidades y una gran despensa. Luego vendría, hacia la puerta principal, otra sala comedor para recibir a los huéspedes que entraban por dicha zona y un baño justo por detrás, y ya luego vendrían unas escaleras que los llevaría a la segunda planta, donde dormían. Esta zona tenía un dormitorio principal con baño incluido donde dormían sus padres y tres dormitorios más, uno con baño incluido y dos dormitorios pensados para acoger a huéspedes o familiares que viniesen de visita, y ya luego otro baño para estas dos habitaciones y una pequeña terraza donde se podía divisar la arboleda alrededor de la casa y con una vista impresionantemente verde que recubría la casa. Poseía también unas escaleras por la parte de afuera que conducían a un pequeño sótano que servía de despensa y, justo al lado, un dormitorio para la encargada de la limpieza, un matrimonio que conocían y eran los encargados del mantenimiento del hogar y de las compras para el mismo.
Peter, dos días a la semana, tomaba clases particulares de piano. Había empezado a temprana edad, desarrollado un buen oído y destreza. Ya tocaba varias canciones por sí solo con gran soltura. Cuando su padre traía algún invitado a casa, solía tocar para el disfrute de ellos y hacer que su padre se sintiese orgulloso de su adelanto, aunque la timidez más de una vez le jugó una mala pasada. Le gustaba refugiarse en la música, era una forma de esconderse de la sociedad y su timidez con las manos. Se sentía libre, tocando lo que quisiese, y el sonido seguía fiel a sus deseos.
Para aquel entonces, ya muchos artistas brillaban en el ámbito musical y buscaba desprenderse de la típica música que tocaba en su casa —como Beethoven o Mozart, entre otros—, esa música clásica que él consideraba aburrida, y quería llegar a interpretar más las nuevas corrientes de ese rock que se apoderaba de las televisiones y radios.
The Beatles, The Rolling Stones, The Who y Elton John, que era un mago a la hora de tocar el piano. La música y el ritmo de estos artistas se habían apoderado e incrustado en su cabeza, y no era la Quinta Sinfonía precisamente, aunque la aparición de un nuevo grupo llamado Queen, con Bohemian Rhapsody, le fascinaba. Hacía pequeñas interpretaciones en casa, simulando ponerse un bigote como Freddie Mercury, líder del grupo. Tenía forradas las paredes de su habitación con afiches de todos esos grupos que, de una u otra forma, lo llevaban a volar y le encendían la imaginación cuando escuchaba su música. Se quería dedicar al mundo de la música cuando creciese y ser como ellos. Escuchaba que los famosos ligaban mucho y esto lo motivaba más a pensar que, si lo era, sería más fácil para él entrarles a las chicas, o no era necesario, vendrían ellas. En la televisión veía a sus ídolos con cigarrillos en la boca hablando de sus conciertos y dando autógrafos y esto lo ponía a soñar despierto. Quizás era una forma de escapar de la timidez y ser aceptado por la sociedad, o incluso llegar a tener amigos e ir de fiestas, cosa que le costaba mucho y que, de momento, el único con el que compartía algo de amistad era Ángel.
Peter, como hijo único que era, se llevaba toda la atención en casa. Sus padres le tenían mimado y proveían de las mejores cosas posibles; todo nuevo artilugio que salía a la venta, en poco tiempo lo tendría. Poseía una larga lista de discos de vinilo de sus músicos preferidos. Aparte de refugiarse en la música, le habían comprado un Atari que eran unos videojuegos que podía jugar cómodamente en su habitación y en los que pasaba muchas horas al día, siempre y cuando la tarea estuviese hecha y nunca hasta tan tarde, para que al día siguiente no le costase despertarse para ir al instituto. Como solía decir su padre: «Una mente fresca tiene más probabilidades de retener mejor la información», algo esencial para los estudios. Le vestían con las mejores marcas y ropa de calidad, cosa que en el instituto le causó más de un disgusto y que en alguna ocasión tuvo que ofrecer algún jersey para que lo aceptaran en un grupo o que algún espabilado le pediría prestado con la intención de no devolverlo. Su madre no se daba cuenta de la falta de alguna de estas prendas, ya que era tan larga su existencia, que ni ella misma sabía lo que poseía y nunca echaba en falta.
Peter era bastante obediente y no causaba disgusto en casa. Su padre notaba que le gustaba pasar largo tiempo solo y pensaba que debería relacionarse con los demás niños para integrarse y no vivir tan aislado; este fue uno de los motivos que lo llevó a escoger aquel instituto donde comenzaba su nuevo curso escolar. En los estudios no era un alumno brillante, que obtuviese matrícula de honor, pero mantenía las notas en un notable, que para su padre era suficiente; por debajo de esto, comenzaban los discursos en casa y aparecían los castigos.
El padre de Peter se había labrado un futuro prácticamente por sí mismo, y les daba muchísima importancia a los estudios. Provenía de una familia de granjeros en el noreste del país, en una región llamada Tyrone. Creció en una familia de seis hermanos, siendo el tercero, y con un padre alcohólico que murió cuando tan solo era un niño de 10 años. Era ágil en las respuestas, tenía una capacidad sorprendente de negociación. Sus hermanos sacaban rápido los puños y él negociaba las tareas del hogar, aunque no logró esquivar en muchas ocasiones los puñetazos de estos y la carga laboral en el hogar. Estaba pendiente de sus hermanas, menores que él, mientras su madre cuidaba del bebé, que apenas comenzaba a dar sus primeros pasos. Poseía carácter de líder y, cuando lo ejercía, los demás le seguían, aunque en innumerables ocasiones los mayores, solo por el hecho de ser mayores, deberían tener la razón.
A pesar de las malas condiciones que existían en su pueblo para asistir al instituto, desde joven denotaba cualidades para los estudios que no pasaron desapercibidas en la familia. Esto llevó a su madre a hablar con su hermana, que desde hace unos años se había mudado a Londres con su marido y lo sacarían de aquel ambiente de campo. Su tía no tenía hijos y sería tratado como ese hijo que ella nuca tuvo; a cambio, tendría que ayudarla en las labores del hogar.
Los fines de semana trabajaba en un bar cercano, sirviendo copas para ganarse un extra y poder mandarle algo de dinero a su madre y, al mismo tiempo, ahorrar para su futuro estudiantil y universidad. En esto, su tía siempre fue implacable. «Está bien que te guste ganar dinero, pero concéntrate en el futuro y no en el hoy. Hoy tienes para ayudar a tu madre, y puede que en un futuro tengas para comprarle una casa y sacarla de trabajar», le decía, hasta que en una inspección de trabajo se dieron cuenta que tan solo tenía 16 años y lo despidieron por haber mentido en la edad cuando lo contrataron. Su estatura y corpulencia lo hacían lucir superior a la edad que tenía y, como era eventual, le pagaban algunas libras en la mano o en negro, pero aquel traspié lo ayudó a entender que unas libras no lo ayudarían llegar hasta donde se había planteado, y que se debía enfocar en los estudios y no en ganar algo de dinero.
Logró conseguir, gracias a sus maravillosas notas, una beca que lo llevaría a la universidad, siempre arropado por su tía, que le ayudaba en todo momento. Tenía asumido que, si quería conseguir algo o llegar hasta donde se había propuesto, debía trabajar el doble de duro. Su único apoyo eran sus estudios y lo poco que su tía podía ayudarle. En otras palabras, le tocaba ganárselo a él y solo a él, con su esfuerzo. Al gustarle tanto los números, decidió estudiar Económicas y rodearse de grandes economistas. Ya una vez graduado, comenzó a trabajar para una multinacional en la City de Londres. La City es la zona financiera de Londres, donde está el banco de Inglaterra, la bolsa, y donde se llevan a cabo las grandes negociaciones a nivel mundial. Allí despuntaba y fue progresivamente alcanzado cuotas más altas dentro del organigrama de la empresa. Todas las negociaciones tenían que ser supervisadas por él mismo y llevadas a cabo bajo su criterio. Era tanto el poderío, que fue nombrado empresario del año dentro de su círculo; sabía llevar las negociaciones hasta niveles donde conseguiría su propósito.
La competencia en las empresas puede ser tan desleal como traicionera, y si te descuidas en lo más mínimo, hay alguien deseando que caigas para ocupar tu asiento sin ningún tipo de contemplación, sin importar si tienes familia. Lo importante es triunfar y sentirse ganador. «A veces, la ambición puede más que el dinero y la palabra «ganar» hace que la gente haga lo que sea por conseguirla; es muy poderosa en el ambiente de los lobos feroces de la City», se decía a sí mismo, o cuando recordaba entre copas su época vivida.
Nunca se olvidó de su familia. Cada vez que era posible, viajaba hasta Irlanda del Norte a visitarles; ayudó comprando equipos nuevos para el tratamiento vacuno y adquiriendo las mejores tecnologías desarrolladas para llevar a cabo las tareas en la granja. La empresa familiar, a los pocos años iba creciendo paulatinamente y poseía veterinarios propios que se encargaban de cuidar de los animales. Gracias a su ayuda, la empresa iba en aumento, incluso adquiriendo nuevos territorios para expandirla.
A Peter le gustaba visitar la granja de su familia de pequeño, el poder beber leche fresca y comerse los mejores huevos fritos que él había ayudado a recolectar. Todos esos animales en los establos le parecían un mini zoo familiar donde los pájaros cantaban durante el día y los gallos te despertaban con su cantar.
Su padre le contaba sus inicios a Peter para hacerle entender que los estudios son lo más importante, que se puede soñar incluso viviendo en un pueblo remoto. No importa de dónde seas, si te lo propones y te esfuerzas, puedes llegar a donde quieras. El conformismo mata la ilusión, y la esperanza se emborracha cuando ve a la ilusión perdida.
Estas anécdotas, con el tiempo, también servirían de inspiración para Ángel. El padre de Peter en muchas ocasiones se les acercaba al verles estudiar y alentaba de hacerlo, y le resumía cómo a través de los estudios había llegado tan lejos. Peter lo miraba en muchas ocasiones deseando que parase con las historias y de darle el coñazo con los estudios; para Ángel era lo contrario, le motivaba pensar que sí se podía llegar lejos con sueños y poniendo todo su empeño. Le era placentero escucharlo de primera mano, él era muy aplicado y quería perseguir su sueño. El padre de Peter lo veía como un niño noble y se identificaba un poco con él. La gran diferencia radicaba en el carácter, que a él le sobraba y lo había hecho un ganador; Ángel, aunque fuese un niño, no destilaba la misma garra, era muy noble para sobrevivir con los lobos feroces con los que les tocaba rodearse. Si te podían desplumar, lo harían y lo celebrarían.
Capítulo VI
En una mañana de un sábado, Ángel salió a jugar a la entrada de su casa con la pelota; le gustaba patear la pelota contra la pared y esta se la devolvía como si estuviera jugando con otro niño. Era la mejor forma de entretenerse y practicar algunos disparos, simulando cobro de faltas ejecutados por algunos de sus ídolos del fútbol, y celebrar los goles correteando con los brazos abiertos como si fuese un avión.
Mientras jugaba, estaba pendiente de ver por si alguien se acercaba, no fuese a ser que una de sus faltas terminase golpeando algún transeúnte y la celebración acabase en tragedia. En uno de esos tantos vistazos, vio a lo lejos a un niño correr en dirección a su casa. El niño venía corriendo con cara de espanto, girándose hacia atrás como si alguien lo siguiese. Al acercarse cada vez más, mientras fijaba su atención en el niño, se quedó de piedra al ver que ese niño no era otro que Mike. No sabía qué hacer, si meterse en su casa o esconderse; si este chico estaba alrededor, algo bueno no traería, siempre venía acompañado por malas situaciones. Su intuición lo detuvo a no hacer o tomar ninguna de esas opciones, decidió quedarse allí parado. Pensó que no había nada que temer, ya que estaba en su casa y, además, su madre vendría al rescate y no permitiría una agresión. Mike ya no se metía con él desde el día de la pelea en el instituto; de hecho, lo ignoraba. Solía, como siempre, intimidar a los demás niños, en parte por entretenimiento o para demostrar poderío; el rey siempre necesita mantener al rebaño con miedo para que no se escape. Con Mike nunca se sabía cómo podía actuar, era temperamental, pero todos decían que era fiel a sus amigos.
Allí estaba, parado inmóvil, con la pelota en la mano en la puerta de su casa y con la curiosidad de saber qué hacía Mike por esa zona, y la cara que traía no era nada buena. Vivían relativamente cerca, pero nuca se habían cruzado por la calle, y mucho menos por su casa.
La casa de Ángel quedaba justo en la curva, al fondo de la calle. Era una casa modesta, pequeña y sin grandes lujos, con un patio delantero pequeño y un árbol que le daba sombra, aunque en algunas épocas se quedaba sin una hoja y no ayudaba mucho con el aspecto. La casa era de un color blanco desgastado por el paso del tiempo, algo de pintura era necesaria, pero la situación económica no ayudaba mucho a acometer ese gasto. A él le gustaba sentarse en el árbol a ver pasar a la gente y coches, era una forma de entretenimiento que había encontrado, aunque, en muchas ocasiones, la madre se llevó más de un susto al ver a su hijo trepando como un monito y, con nerviosismo, apartaba la mirada al verlo. Tenía agilidad a la hora de trepar, la práctica lo hacía parecer fácil.
La casa contaba con tres habitaciones y un pequeño lavandero en el patio trasero, donde la madre tendía la ropa luego de lavarla mayoritariamente a mano, un cuarto para cada miembro de la casa y el de invitados, por si algún miembro de la familia venía de visita, cosa que sucedía una vez al año. Su padre solo tenía un hermano y dos sobrinos y su madre tenía un hermano y una sobrina; la familia de su padres vivían al otro extremo del país, específicamente, al norte, en Derry o Londonderry, y no les gustaba trasladarse a la capital, por lo que era más habitual que ellos, en época de vacaciones, se trasladasen allí para visitar a sus abuelos, tíos y primos y disfrutar un poco de la vida en el campo.
Estaba situada en una zona de clase media-baja, tenía todo lo necesario. Su padre, un contable en una pequeña empresa de la ciudad, proveía casi con su único salario a la familia; su madre, entretanto, realizaba labores sociales, por lo que no disponían de una entrada fija de dinero, quedaba siempre a la generosidad de la gente y alguna recompensa que recibía en términos de regalos como ropa de segunda mano o algún que otro utensilio para el hogar. Esto les permitía vivir tranquilos, como solía decir su padre; importante es un buen techo en un barrio tranquilo, pero lo más importante son quienes lo habitan y el amor que le dan. Para qué queremos grandes lujos en una casa si luego se vive como perros y gatos.
Mike al percatarse de que quien estaba parado inmóvil como si viese a un fantasma era Ángel, se apresuró en la carrera. Ángel sentía que algo malo le estaba por suceder, al estar a tan solo unos pocos metros, pero este no detuvo su carrera y prosiguió su escapada, dejando la casa de Ángel atrás. Ángel tragó hondo de alivio, bajando incluso los brazos y dejando caer la pelota, pero, al levantar la mirada nuevamente, vio cómo Mike echaba el freno y se giraba, ahora sí, en su dirección, casi buscándole con la mirada. Se acobardó otra vez y dio dos pasos atrás, pero ya era muy tarde, Mike ya estaba a su lado y, sin inmutarse, le dijo:
—Oye, idiota, necesito que me ayudes. Me están persiguiendo unos tíos malos y necesito que me des refugio; déjame esconderme aquí y escapar de ellos.
Ángel no sabía qué decir, y mucho menos qué hacer. No era una forma respetuosa ni jovial de pedirle ayuda, pero la situación parecía de riesgo para Mike, y para alguien que no sabe decir que no y siendo tan generoso, no quedaba más remedio que aceptar la petición.
—Venga, pasa, te voy a ocultar en mi casa. Ellos nunca te encontrarán aquí.
Tan solo habían dado dos pasos cuando Mike se percató del coche y se agachó detrás de la pared. Ángel vio pasar al coche sin poder reconocer al conductor y a los acompañantes.
—Ya te puedes levantar —le dijo Ángel a Mike una vez pasado el coche.
Tras unos instantes, este se deslizó hacia adentro de la casa, arrastrándose como una serpiente, el miedo no le permitía todavía levantarse por si se habían detenido y bajado del coche; sabían que en algún lado estaba oculto y harían una inspección ocular de la zona.
Por muy fuerte que Mike se presentaba o pareciese en el instituto, en ese momento tenía el temor invadiendo su cuerpo, su mirada era perdida y llorosa. El peligro era real.
Para Ángel, esa situación era extraña: el chico temido por la gran mayoría del instituto se encontraba en su casa con el miedo en el cuerpo y escapando de alguien que lo buscaba para hacerle daño. Esto le demostraba que, a veces, hasta los más valientes sienten temor en una situación de peligro, y que Mike no dejaba de ser un chico.
Ángel lo invitó a entrar a su casa, allí estaría a salvo. Entraron por la puerta trasera, que conducía al patio. La madre, que terminaba de hacer la colada, se quedó sorprendida de esa visita inesperada, su hijo no era el típico niño que acostumbraba a traer a sus amigos a casa. La razón era sencilla: no tenía amigos, le costaba algo hacerlos, y si se es el empollón, aún más, nadie se quiere relacionar con el sabelotodo de la clase. Para él no era un problema, lo tenía asumido, y el ser tímido tampoco le ayudaba.
La madre de Ángel, tras saludarle todavía atónita, lo invitó a pasar a casa y sentarse en la sala comedor y se fue a por unas galletas y un refresco de naranja; que a los invitados se les atendía muy bien era su lema. Aunque su madre no veía con buenos ojos al principio a Mike, con el paso del tiempo, ya una vez hechos amigos y después de tantas visitas a casa, se daría cuenta de que no era mal chico; daba la impresión de que carecía de una familia que lo educara y se preocupara por él.
Mike se sentó gustosamente un rato, el recibimiento había sido mejor de lo esperado. Observaba los cuadros familiares colgados en la pared y estos le transmitían el cariño y el amor existente en el hogar. Una gran imagen de Jesús, con un rosario colgado sobre el cuadro, le confirmaba que eran una familia católica, que les gustaba rezar en familia. La chimenea, al otro lado del salón, mantenía la casa calentita en la época de invierno. Era una casa modesta a la que no le faltaba de nada y que la madre mantenía muy limpia y ordenada.
La madre, a lo lejos, estaba pendiente de aquella inesperada visita. Notaba que entre los niños no existía un buen feeling, apenas se hablaban, estaban inmóviles mientras este contemplaba la casa cómodamente desde la silla. Brid, al acercarse con las galletas y refrescos, decidió quedarse a hablar con ellos y saber quién era el visitante inesperado.
—¿Qué tal están? —preguntó la madre de Ángel.
—Bien —contestó Mike, sin añadir nada más.
Mientras, Ángel miraba a su madre con cara de no saber qué decir.
—¿De qué os conocéis? —volvió a preguntar la madre de Ángel.
Ahora la madre entraba en un terreno que ninguno de los dos se esperaba.
Ángel contestó esta vez:
—Nos conocemos del instituto, nos conocemos del instituto —repitió con nerviosismo.
—¿Habláis? ¿Jugáis juntos?
—Él me ha ayudado a entender cosas que muchas veces no comprendo cuando lo explican los profesores —se apresuró a decir Mike.
—Bueno, no todos los días, en ocasiones hemos compartidos ratos juntos —añadió Ángel.
Y vaya si habían compartido un rato juntos: les había tocado compartir en el salón de castigos la reprimenda de la directora del instituto por haberse peleado.
