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Una vida de silencio nos adentra en la vida de la autora, donde la depresión y la ceguera marcarán su día a día. Superación y lucha serán sus constantes. El lector crecerá junto a la protagonista: desde su infancia hasta su adultez. Verá cómo se cae, cómo se levanta, cómo es consciente de sus problemas y cómo lucha contra ellos.
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Seitenzahl: 90
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© aleeelazo
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1068-626-7
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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«La depresión es un precio infernal
para despertar a la vida»
Matt Haig
PRÓLOGO
¿Somos conscientes de lo que implica una depresión? ¿De lo que implica padecer un trastorno de salud mental? En ocasiones, la sociedad, aunque consciente, no aprecia lo que implica un detalle, una actitud o unas simples palabras.
En su obra, la autora, que escribe bajo el seudónimo de aleeelazo, nos desvela de primera mano cómo es vivir, día a día, con una enfermedad como la depresión. La cual no discrimina: puede sufrirla tanto un niño como un adulto. A lo largo de las páginas, comprobaremos cómo la depresión ataca a todos los ámbitos de la vida, cómo la depresión no juzga, no escatima. La depresión te absorbe, te nubla.
También comprobará el lector cómo tu círculo es de vital importancia. Cómo el tener apoyo, el que te cuiden y el que te valoren es algo que no debemos olvidar y que, sobre todo, debemos practicar.
Aleeelazo no solo ha luchado contra la depresión, sino también contra la ceguera. Podemos comprobar cómo la sociedad, aunque consciente, en ocasiones no está preparada. No disponemos de los medios ni de la formación para personas que precisan de ayuda, de adaptación de los medios y recursos.
Una vida de silencio no es solo un título, es el significado de la vida de la autora. Silencio de la sociedad, silencio de la familia, silencio de los amigos, silencio como un todo. Con un lenguaje limpio, claro y sencillo, pero a la vez cargado de emoción, sentimiento y profundidad nos acerca a su vida, nos acerca a su día a día, a ella.
En estas hojas veremos una lucha, una superación, a una persona que no descansa y que sigue combatiendo para conseguir una de las cosas más simples y complejas: vivir en paz, a gusto con uno mismo.
INTRODUCCIÓN
Hace tiempo que entramos en el siglo XXI y, aun así, esta sociedad y, muy en particular mi cultura, sigue conservando ciertos estigmas y prejuicios. El tema de la salud mental o la discapacidad, por ejemplo, son asuntos vetados para muchos. Pues bien, resulta que yo me llevo el pack completo. Supongo que veo la vida de otra forma y no solo por haber nacido ciega, sino por haber coexistido con la depresión desde muy temprana edad. ¿Por qué? Ojalá fuera tan fácil de explicar o, al menos, de hacerlo entender a todos aquellos que no creen que nuestro cerebro y sus reacciones son mucho más complejas y grandes que las simples palabras. Trataré de darle una oportunidad a través de estas páginas, ya que creo que ha llegado el momento de alzar la voz. Hacerlo por mí, que tanto tiempo me avergoncé o sentí pequeña. Hacerlo por todos aquellos que, como yo, han aguantado en el centro de la tormenta en absoluta soledad, rogando para desaparecer del mundo. Hacerlo, sobre todo, por aquellos que aún sienten que hay algo malo con personas como yo, que hay que callar, ocultar o restarle importancia.
Esta es mi historia y, más allá de la discapacidad o la depresión, hablará de evolución, resiliencia y resurgir, de intentar seguir, aunque todo parezca estar en contra. Lo bonito no es mirar atrás y comprobar que has salido del abismo, sino contemplar el futuro (ese que es invisible a los ojos) y conservar la esperanza de que las cosas mejoren, la sociedad sea tolerante, comprensiva y colaborativa. Vivencias como la mía quizá ayuden a abrir un poco el camino, a romper barreras y dar a conocer mi lado de la versión, mi verdad. Por ahí fuera hay muchos ciegos que gozan del sentido de la vista, así como muchas sonrisas que esconden padecimientos terribles. Dejemos de retorcer las cosas y simplemente aceptemos que la vida no es perfecta, ni ninguno de nosotros.
Quizá todo se vuelve más cristalino cuando dejas de renegar para abrazar, reconocer y aprender.
No siempre hace falta ver para creer, basta con la honesta intención de abrir los ojos del corazón.
CAPÍTULO 0: MUERTA EN VIDA
No era la primera vez. Hacía tiempo que una parte de mí estaba agotada, hundida, harta de luchar y esperar. ¿Para qué seguir? Desde antes de cumplir los trece años ya batallaba con la depresión, sumida en un abismo oscuro del que era imposible salir. Los intentos de suicidio eran una parte más de mi día a día, aunque no salían como quería. Probablemente, una parte de mi alma, un recodo chiquitito de mi consciente o razón, quería resistir. Pero necesitaba sentir que algo sucedía, que algo podía sacudirme o generarme alguna emoción de mayor intensidad, aunque solo fuera dolor.
La genética y los antecedentes familiares de ansiedad, maltrato y trastornos obsesivo compulsivos me hicieron nacer con todas las papeletas para heredar condiciones negativas. El cómo percibes y te relacionas con la vida también es algo que se aprende. Pastillas, cortes, infinidad de pensamientos y acciones derrotistas que no buscaban llamar la atención, sino encontrarme una vía de escape a todas las emociones envenenadas que me dominaban, a esa rutina constante en la que me ahogaba. Estaba enferma y, sin embargo, era invisible. Porque nadie pareció percatarse o lanzarme un salvavidas. Por el contrario, cuando mi padre aparecía en casa sus reproches y castigos me erizaban la piel. En cuanto oía que la puerta se abría y sonaban sus pasos en la casa, un ataque de pánico se adueñaba de mí: taquicardia, angustia, opresión en el pecho, dificultad para respirar… No sabía identificarlo bien. Simplemente era la sensación de descontrol, de incomprensión, de que algo estaba mal conmigo y los demás me juzgarían por ello. Miedo. Había mucho miedo en mí. Tampoco era raro, si lo vemos desde una perspectiva madura. Mi padre era imprevisible y, en aquella época, se juntaba con muy malas compañías. Mi primer ataque de pánico fue una tarde que comenzaron a llamar a la puerta con gritos y amenazas. La vorágine de emociones fue tan descontrolada que corrí a refugiarme a los brazos de mi madre mientras me quedaba sin aire, a la par que varios hombres uniformados golpeaban para echar la puerta abajo. La policía se llevó detenido a mi padre a causa de esos trapicheos que se traía con gente de dudosa calaña. Salió liberado pronto, pero ya nada volvió a ser lo mismo. Algo andaba mal en mi padre, en mí y en nuestra casa. Un caos que acabaría pasando factura.
Estaba perdida y desorientada dentro de mí, dentro del mundo en general. No encajaba y, tal vez por eso, hacer amigos también era una tarea complicada. Nadie me entendía, nadie era capaz de leer entre las líneas de mi depresión y desesperación, así que la única forma de relacionarme era a través de la pantalla, mediante aplicaciones de internet donde chatear con personas de cualquier parte. Desconocidos que poco aportaban, más que un rato de distensión y ficción.
Fue así como di con ellos. En mi país la delincuencia y las bandas criminales son algo común, la venta ilegal de órganos ha sido durante mucho tiempo un negocio de millones. Todos sabían que había que tener cuidado pues algunos malhechores contactaban contigo, verificaban tu estado de salud, edad y tanteaban tus rutinas para secuestrarte y formar parte de esa mafia de tráfico. Cuando me di cuenta de quiénes eran, por la intensidad de sus mensajes y propuestas, no me aterroricé. Por el contrario, pensé que aquella era la oportunidad de oro para conseguir lo que quería. No me puse trabas a la hora de darles datos, direcciones y horarios. Yo no había logrado matarme, pero ellos no tendrían problema. En ese momento no pensaba, solo tenía prisa porque el malestar con el que estaba obligada a convivir desapareciera.
Pero unos días después mi madre accedió a mi tablet para hacer unas actualizaciones. Mis conversaciones en redes sociales estaban abiertas y, antes de que pudiera hacer nada para distraerla, ella leyó el contenido más brutal.
—¿Por qué le das tu dirección a personas extrañas? ¿No sabes que son delincuentes? ¡Pueden venir a por nosotros! —clamó muy enfadada.
—Mamá, no es nada solo…
—Creí que eras más inteligente —me interrumpió sin intención de escuchar mis justificaciones —. Me equivoqué. A partir de hoy no tendrás acceso a internet.
Informó sin dar lugar a réplicas. Me encerré en mi habitación a llorar y a seguir haciendo crecer esa enfermedad que cada vez me tenía más ausente.
Porque era obvio. Era más que evidente que algo estaba mal, que algo grave me sucedía. Pero hay personas que, por mucha madurez o estabilidad que presuman, son incapaces de reconocer la depresión aun teniéndola frente a las narices. Les da demasiado terror. No la entienden, no la respetan, y por eso la niegan y sacuden todavía más, como si acaso eso fuera a hacerla desaparecer por arte de magia.
Aquel día estábamos mi madre, mi hermana melliza y yo sentadas a la mesa. Como de costumbre, yo no podía probar bocado, tenía el estómago cerrado.
—Diana ya va con sus caprichos, ¡que no quiere comer! —comentó mi madre mientras mi hermana devoraba su cena.
—No es eso, si no sabes, mejor no digas nada —rebatí ofendida. Estaba harta de que solo juzgaran y señalaran. Quería paz, calma, silencio. Mi mente ya no aguantaba más.
—¿Y qué es entonces? —preguntó con tono retador.
—No lo vas a entender…—farfullé sin ganas. Porque ya tenía experiencia en el asunto, ella jamás podría comprender lo que yo sentía.
—¿Qué te ha pasado? —masculló entre resoplidos hastiados —. Antes no eras así, ¿qué fue de la niña alegre, juguetona y que no le tenía miedo a nada?
—Esa niña murió —respondí tajante, conteniendo las lágrimas y la rabia.
—¿Vas a llorar? ¡Ya te voy a castigar para que llores de verdad! —gritó dominante mientras yo me levantaba y escondía en mi cuarto tras un portazo.
Y no mentí. Fue la respuesta más sincera que había dado en mucho tiempo. Mi cuerpo estaba allí. Irremediablemente seguía allí. Pero la Diana que se había visto obligada a nacer y llegar a este mundo, la niña inocente que un día fui, la sonrisa que un día mostré y las esperanzas que alguna vez tuve habían quedado reducidas a cenizas.
Estaba muerta en vida y solo deseaba que se convirtiera en realidad.
CAPÍTULO 1: NACEMOS LLORANDO, POR ALGO SERÁ
