7,49 €
"Sería perfecto que el tiempo se detuviera para siempre en el momento de mayor felicidad, y sería mejor aún si a ese momento lo pudiéramos elegir nosotros." Braulio es un maestro de escuela ya jubilado, vive con su nieto y su nuera en una casa de clase media, pintoresca pero sin demasiados lujos. El viejo Braulio como se lo conoce en el pueblo, lleva una vida feliz, ya que tiene todo lo que necesita, el afecto de la familia que vive con él y la presencia del club de sus amores. Después de quedar viudo, cuando aún era realtivamente joven, decide no tener nunca más una compañía amorosa, pero lo que no puede evitar es el amor que siente por el club que él mismo, junto a otras personas, fundó. Braulio es feliz, pero tiene un solo sueño por cumplir antes de morir, y tal vez Ángel, su nieto, se lo puede llegar a hacer realidad con el apoyo de sus amigos y familiares.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 205
Veröffentlichungsjahr: 2021
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Juan Cariel Sequeira.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Stona, Milton Ezequiel
Una vida en blanco y negro / Milton Ezequiel Stona. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2020.
194 p. ; 22 x 15 cm.
ISBN 978-987-708-703-1
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Literatura Juvenil. I. Título.
CDD A863.9283
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,
total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución
por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad
de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2021. Stona, Milton Ezequiel
© 2021. Tinta Libre Ediciones
Para mi abuelo, Enzo, que fue más Timbuensista que yo.
Agradezco a mi amigo Juan Cariel Sequeira por el diseño de tapa.
Una vida en blanco y negro
Milton StonaTimbúes, Santa Fe
Prólogo
Desde que empecé a leer libros, tuve la necesidad de escribir algo relacionado con el club de mis amores, y seguramente esto reduzca la cantidad de gente a la que le interese leer mi primera novela, pero no lo pude evitar, necesitaba hacerlo.
Así fue que se gestó esta historia. Y si bien la idea de expresarlo en papel apareció poco antes de mis veinticinco años, el amor y la pasión por el club estuvieron a mi lado desde que nací.
Llegué a este mundo el veintiuno de febrero de mil novecientos noventa, y no había una opción diferente, era de Timbuense o era de Timbuense. Fue algo hereditario, desde mi abuelo venía el tema. Después siguió por mi viejo, que llevó por el mismo camino a mi mamá; desde antes que yo naciera, la metió en esta gran familia a tal punto que tres días antes de dar a luz estábamos en la cancha los tres, yo en la panza pero ellos dos alentando.
Recuerdos relacionados con el club, como se imaginarán, tengo infinidades. Es verdad que en cualquier orden de la vida, probablemente para las cosas secundarias en cuanto a nuestros gustos personales, hay momentos que jamás olvidaremos, otros que no recordaremos pero que ciertas personas nos lo harán saber y algunos que ni siquiera con la ayuda de los demás recordaremos. Bueno, seguramente en mi caso recuerdos del club tengo muchos de los tres.
Soy consciente de que me tocó nacer en una época difícil en cuanto a los resultados deportivos, mejor dicho en cuanto a campeonatos porque sacando números por lo alto, creo que partidos se ganaron más de los que se perdieron, históricamente fuimos un hueso duro de roer, pero el problema fue en los partidos finales que siempre faltó la última puntada para la consagración.
En lo que llevo de vida, me tocó perder alrededor de cinco finales y no ganar ninguna. Pero se me vienen a la mente los viajes de la copa de oro, definiciones mano a mano en fases finales, en las que si bien no consumamos el campeonato, el orgullo nos brotaba por los poros; o los viajes de la copa Santa Fe, los disfruté al máximo a cada uno de ellos.
Un recuerdo muy lindo, y este es uno de los que no hace falta que nadie me lo recuerde, fue un pase a cuartos de final, en el último minuto en cancha de Gaboto, tal vez algún lector recuerde esa tarde soleada. Teníamos que ganar por la mínima diferencia y estábamos cero a cero, en el minuto cuarenta y cinco aproximadamente desborda por izquierda un delantero nuestro, un pibe que recién había ingresado mete un centro bajo y la empuja otro de nuestros delanteros, pero el juez de línea que tenía toda la hinchada de Gaboto a sus espaldas a menos de dos metros decide levantar la banderita para marcar posición adelantada. Los que estábamos ahí no lo podíamos creer. Para mí sinceramente el pase había sido hacia atrás por lo que el gol no debería haber sido anulado, pero después de tantos años no lo podría decir con tanta certeza, la hinchada estaba como loca. En la jugada siguiente pasa exactamente lo mismo, una jugada calcada pero esta vez sin el final del juez levantando el banderín. Qué manera de gritar ese gol. Si me apuran preguntando cuál fue el gol que más grité, te digo ese; la gente se abrazaba tirada en el suelo. Tuvo un carácter épico, como el de esas películas malas en las que gana el que todos sabemos que va a ganar sobre el final, fue increíble e inolvidable, por lo menos para mí.
Es verdad que hace muchos años que no podemos salir campeones, pero también soy consciente de que antes del último bicampeonato también la espera fue larga, y aquella gente bancó los colores y el escudo como lo estamos haciendo los hinchas de ahora, siempre fieles como se caracteriza nuestra hinchada, seguidora en las buenas, en las no tan buenas, en las malas y en las muy malas.
Como dice una frase que leí en algún lado, “El hincha que ve trofeos se enamora de los campeonatos, pero el que ve pelear a su club en los peores momentos se enamora de los colores”.
Los hechos y personajes de la siguiente historia son ficticios, cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.
Capítulo 1
Pablo estaba al mando del volante y ni bien salieron de la estación de servicio le tiró la lengua al viejo.
—Dale, abuelo, contale a los chicos la historia del viejo Braulio así se nos pasa más rápido el viaje.
—Pero no, Pablo, no los quiero aburrir con una historia familiar, además estoy muy nervioso por el partido.
El Fiat Siena gris marchaba por la autopista a ciento diez kilómetros por hora y su próximo destino era la cancha de Belgrano de Córdoba. En su interior, viajaban cuatro chicos, uno de dieciocho años y los otros tres de veinte, y un hombre de sesenta y seis años.
Uno de los muchachos de veinte era Pablo, el nieto de Eduardo, el mayor de los pasajeros y el ocupante del asiento del acompañante.
—Dele, Eduardo, cuéntela —insistió Agustín sin verle la cara al hombre porque estaba sentado detrás— que la queremos escuchar. Pablo nos estuvo diciendo toda la semana que en el viaje usted nos iba a contar esa historia.
—Pero no, chicos, además no me gusta contarla por miedo a que no me la crean y después me traten de viejo charlatán. Los únicos que la saben con lujo y detalle son los que la vivieron en carne propia.
—Pero, abuelo, yo ya se la estuve anticipando y estos están como locos que la quieren escuchar, ¿cómo no te vamos a creer?
—Sí, Eduardo. —dijo Agustín—. ¿Por qué insistiríamos en escuchar una historia que no creeríamos?
—Y… lo que pasa es que es medio para no creer por cómo se dieron las cosas, pero bueno —y girando el torso para ver a los tres de atrás, dijo— si alguno ceba unos verdes, la cuento.
—Pasen el equipo de mate que yo me encargo. —dijo Valentín frotándose las manos, contento porque sus amigos habían convencido al viejo.
Capítulo 2
En nuestro pueblo, arrancó Eduardo, vivía don Braulio Escobar. Era un señor mayor por ese entonces, habrá tenido unos setenta y cinco, setenta y seis años. Tenía el pelo en su totalidad blanco al igual que su barba, que si bien nunca la lució muy voluminosa, desde que se convirtió en hombre y después de algunas afeitadas para sacar las primeras pelusas, muy rara vez había andado sin vello facial. Era de estatura media, siempre había mantenido su silueta delgada y hasta donde yo me acuerdo siempre usó unos lentes con marco grueso de color marrón bien oscuro.
Era una excelente persona, un hombre de trabajo. Había sido maestro desde joven y hacía ya como diez años que estaba jubilado, estuvo en más de una ocasión en las comisiones de cooperadoras de la escuela primaria; un hombre de bien, de buena fe.
Había enviudado joven, como a los cuarenta años, y desde entonces no quiso tener nunca más una compañía amorosa, pero su gran amor siempre fue el club del pueblo, el club que él mismo había fundado con amigos y compañeros de la vida.
Para el viejo, el club había pasado a primer plano en su vida, lo era todo, a tal punto que iba todos los días, no podía pasar siquiera un día sin por lo menos dar una vuelta por el club, aunque sea a saludar al bufetero diez minutos, intercambiar algunas opiniones e irse. Vivía pendiente de los partidos de la primera: qué jugador nuevo empezaba, qué jugador se les iba, las posiciones en la tabla de todos los equipos que jugaban la liga. Iba a la canchita donde entrenaban las inferiores a ver a los más chicos. El viejo, cada noche que apoyaba la cabeza en su almohada para irse a dormir, se ponía a soñar despierto. Soñaba con campeonatos, con finales ganadas sobre la hora, con el crecimiento del club, pensaba en cada detalle por mejorar, hasta quedarse dormido. Más de una vez, trasladó esos pensamientos a un sueño profundo, casi real. No había un solo día que el viejo no pensara en el club.
Hasta los cincuenta años más o menos, iba a todos los partidos que su club jugase, ya sea de local o de visitante, sea cerca o lejos, haga frío o calor, llueva, esté nublado o soleado. Pero después de cierta edad, optó por ir solo de local para evitar más que nada cualquier problema extra futbolístico entre hinchadas y un poco, tal vez, por comodidad también.
El viejo nunca pudo entender que se podía vivir igual sin ir a la cancha, aunque muchas veces se detuvo a pensar eso de pasar los domingos en familia, en alguna plaza, disfrutando de unos mates, o saliendo a caminar con el perro por el campo y disfrutar de la tranquilidad de los domingos por la tarde; enterarse el resultado por medio de cualquier vecino cuando cayera el sol o al otro día cuando vaya al kiosco a buscar el diario, pero por más que haya luchado contra eso jamás lo pudo lograr, hasta que se dio por vencido. Era una fija, llegaba el domingo y el viejo partía para la cancha.
Don Braulio en su interior tenía esa espina de no haber podido triunfar con esa camiseta, jugó apenas siete partidos porque se jodió la rodilla en una jugada desafortunada, y si bien se había operado, le dijeron que se olvidara de seguir jugando al fútbol. Si hubiese sido hoy en día, es una operación común, pero antes no había la tecnología que hay ahora. Si bien pudo caminar con normalidad, desde la operación en adelante, le dolía al correr y los días de humedad, bueno, ni se levantaba de su sillón. Convengamos también que no era un gran jugador: era un defensor de esos ásperos, esos que llegan seguido a destiempo; podía jugar de tres o de cuatro, era rápido pero sin mucha técnica. Pero bueno, él estaba convencido de que si no hubiese sido por lo de la rodilla hubiese triunfado en la primera. Algo incomprobable realmente.
Tampoco pudo darse el lujo de ver a su hijo Roberto con la camiseta del club. Roberto era todo lo contrario a su padre, él era de los líricos: pisaba muy bien la bocha, tenía muy buen dominio, era un malabarista del fútbol, ponía la pelota con el pie izquierdo a donde a él se le antojaba.
No sé si sabían, antes a las personas zurdas se los desprestigiaba, es desde ahí que vienen varias descendencias de algunas palabras o definiciones. Por ejemplo, cuando una persona juzga a un semejante, refiriéndose a que roba o va por la senda de la ilegalidad o la corrupción, puede llegar a decir que aquel o aquella la está haciendo por izquierda; o cuando alguno dice que se levantó con el pie izquierdo, no serían buenas noticias para el comienzo de su día; también al denominar a la derecha como diestra y a la izquierda, siniestra, incluyendo un sentido adicional a la segunda. Sin ir demasiado lejos, hace algunos años a los zurdos netos en la escuela se los obligaba a escribir con la mano derecha hasta que aprendieran, para que no escribieran nunca más con la zurda. Y así podríamos seguir enumerando muchas más. Pero bueno, a Roberto el hecho de ser zurdo no lo perjudicaba en absoluto, al contrario.
La cosa es que de chiquito se lo llevaron a jugar a la ciudad, vinieron los de Rosario Central y se lo llevaron, a él y a otro más de su edad. De pibito ya se notaba que era distinto al resto, tenía cosas que los demás no, jugó todas las inferiores allá. Era un espectáculo verlo con el balón.
En su segundo año de reserva, con diecisiete años, empezó a dejar de ir a entrenar todos los días, comenzó a tener demasiadas amistades en la ciudad, hacía ya dos años que vivía allá y a pasos agigantados la vida nocturna le empezó a destrozar su sueño de jugar en primera.
Además, era un muchacho muy egocéntrico, no se preocupaba por ir a entrenar porque creía que iba a jugar igual. Él no se daba cuenta de que en la ciudad si no sos vos, es uno de los muchos que está esperando atrás tuyo. No se detenía a pensar que en la ciudad no era como en el pueblo, que lo iban a buscar si no iba el día del partido o lo ponían igual si no entrenaba; en la ciudad es cuestión de números, si no jugas vos juega otro, igual o tal vez mejor, porque hay muchos y hay para elegir.
Otro punto muy importante en su trunca carrera futbolística fue que también era de contestar al entrenador y a gente mayor de mala manera. Eso era exactamente todo lo contrario de lo que le había enseñado Braulio y su madre. Estas cosas le empezaron a jugar en contra, y sus noches alocadas crecieron notablemente hasta que dejó de jugar por completo. Luego, se dedicó a ser un hombre de negocios, muy bueno por cierto, pero eso no tiene importancia en la historia de don Braulio.
El viejo tenía una particularidad futbolera, que no digo que no haya, pero son los menos los del estilo del viejo, él no era ni de Boca, ni de River, ni de Racing, ni de Central, ni de Colón; el viejo no era de ninguno de esos equipos grandes del fútbol, el viejo era hincha únicamente del club de su pueblo, del club que él mismo fundó y tantas alegrías y tristezas le había dado.
Para el tipo, desde el momento en que murió su señora, creo que de un infarto, su único amor era su club, estaba enamorado de esa camiseta, a bastones blancos y negros.
Al viejo le quedaba una esperanza de ver que su sangre y su apellido le diese victorias y campeonatos al club de sus amores, y esa esperanza tenía nombre y apellido, Ángel Pedro Escobar, ese era el nombre de su nieto, el único hijo de Roberto y Mirta.
Capítulo 3
Ángel sin dudas era el crack de la familia, la rompía en serio y ya desde muy chico, como su padre, pero este tenía muchas cosas que Roberto no, empezando por dos cosas esenciales como la disciplina y el compañerismo.
En cuanto a lo futbolístico, Ángel o Lito, como lo apodaron de chico y se le adjuntó a su persona para el resto de su vida, tenía una pegada tremenda. Si bien este era diestro, a diferencia de su padre, también hacía locuras con el esférico, tenía todas las cualidades de su padre, pero además le sumaba su ligereza con pelota dominada y la viveza y panorama que tenía para leer todas las jugadas.
Lo que no tenía el pibe, si lo comparamos con Roberto, era el juego vistoso, el lujo de más, el enorgullecer a los hinchas que les gusta el juego lírico. Lito, por lo general, evitaba ese lujo y hacía la jugada más práctica; por ahí habilitaba a un compañero de primera, en lugar de sacarse un jugador de encima con una bicicleta y después hacer la habilitación, el pibe priorizaba ganar antes que gustar.
Lito vivía con su madre Mirta y su abuelo paterno, el mismísimo viejo Braulio, ellos dos eran la familia que compartían techo con él desde que Angelito tenía tres años aproximadamente cuando se separaron sus padres y Roberto decidió cambiar de vida e irse a vivir a Rosario.
Para ser sincero, la casa quedaba en una linda ubicación del pueblo, era una de las pocas calles que estaba pavimentada en ese entonces, quedaba a dos cuadras de la escuela y a tres del club. Era una casita pintoresca, no demasiado grande pero muy acogedora. Tenía un hogar para hacer fuego en invierno, aberturas de madera, un lindo jardín muy cuidado por los tres habitantes de la casa; en el patio Braulio tenía un galponcito que usaba de taller para hacer cualquier trabajo doméstico.
Algo muy lindo que tenía la casa, bastante común en las de antes, era que los últimos diez metros de terreno estaban separados por un tejido, el cual dividía el patio de un gallinero, donde siempre tenían varias gallinas ponedoras, patos, gallos y algunos animales pasajeros como alguna oveja, algún pavo real y hasta una vez llegaron a tener un ñandú, al que una vez unos muchachos conocidos de Braulio lo fueron a buscar para llevarlo a que tenga cría con otro que tenían ellos y cuando lo trajeron de vuelta, a la semana, se murió. Braulio siempre supuso que lo habrían apretado o golpeado en el intento por capturarlo, pero nunca hubo certeza de que ese haya sido el causante de la muerte. Dentro del gallinero, había un rincón de unos cinco metros por cinco metros que estaba cercado por otro tejido, donde habían hecho quinta. Tenían de todo un poco, dependiendo de la estación del año iban cambiando la siembra.
Ángel siempre fue muy compinche con su abuelo. Desde que tenía uso de razón, estaba en todas con el viejo. Empezando por uno de los momentos más difíciles para Lito que fue la separación de sus padres, que si bien él todavía era demasiado pequeño, el viejo ya estaba ahí, tal vez ocupando de alguna manera el lugar que dejó bacante su padre cuando se fue. También estuvo en los días más felices, como en los actos de fin de curso o en sus cumpleaños, por nombrar algunos.
Lito nunca dejó de estar en contacto con su padre pero, a decir verdad, no era una relación extremadamente cariñosa: él sabía que había hecho sufrir mucho a su madre y el motivo de su separación había sido porque Roberto le había sido infiel durante muchos años hasta que Mirta lo descubrió.
Por eso Braulio, no por decisión propia sino tal vez por cosas del destino, tuvo que hacer de abuelo y padre a la vez. Pasaban tardes enteras jugando a la pelota, dibujando, muchas veces se iban al río por la mañana y pasaban todo el día pescando los dos solos. Cualquier mandado por el pueblo que tenía que hacer el viejo era la excusa perfecta para dar una vuelta con Angelito. Bien de chiquito era a la placita del pueblo, pero ya de los cinco en adelante era fija que se pegaban una vuelta por el club. Lo hizo socio desde que nació, iban siempre a ver la primera cuando jugaban de local y cuando había que ir a otro pueblo. Por ahí la madre se apoderaba del niño y salían al pueblo o a la ciudad a hacer algunas cosas, tomar un helado, ir a algún evento social para niños. Paseo dominguero entre madre e hijo.
Angelito tenía un enorme sentido de pertenencia hacia el club de su abuelo. El joven se había criado siempre con el club de por medio, quería jugar en su pueblo, no priorizaba lo que prioriza cualquier ser humano de sexo masculino futbolero. El chico no quería ser profesional, no le gustaba eso, quería jugar con sus amigos, eso sí le gustaba, lo enloquecía.
Eso era justamente lo que Roberto no quería, el padre veía el potencial de su hijo y no lo quería desperdiciar, quería que lograra lo que él mismo no pudo cuando tuvo su oportunidad, por eso se comunicó con unos contactos que le quedaron de cuando jugó en Central y a los siete años Angelito ya estaba jugando en la gran ciudad.
Si bien es verdad que a él no le gustaba estudiar, en el colegio secundario disfrutaba mucho estar con sus amigos y en los recreos siempre había alguno que aparecía con una pelotita de tenis para armar un partidito. Como la Tango era en los mundiales de Argentina del ‘78 y en el de España del ‘82, o la Brazuca en el último de Brasil, la de tenis era la pelota oficial de los recreos, o en su defecto las pocas veces que faltaba la de tenis se improvisaba con cualquier otro elemento con forma esférica, como por ejemplo un bollo de cinta de papel, por nombrar alguno.
Algo que lo ponía muy feliz era cuando en la clase de Educación Física, el profesor decidía nada más habilitarles la pelota de fútbol y dignarse con muy poco empeño a arbitrar los partidos.
Lo que no se puede negar es que ponía mucha predisposición a la hora de sentarse a estudiar, con el único fin de satisfacer emocionalmente a su madre; él quería que Mirta sienta orgullo por él, todos los días se esmeraba en eso.
La rutina de lunes a viernes de Lito era salir a las doce y cuarto de la escuela, almorzar en su casa, con su madre y con su abuelo, y una vez que terminaban de comer, a la una y chirolitas, lo iba a buscar Roberto, quien lo llevaba a entrenar en su auto, y a las cinco de la tarde, cuando terminaba de entrenar, lo embarcaba en un colectivo con destino al pueblo, para llegar a su casa, bañarse, hacer la tarea, cenar y acostarse a dormir para ir al otro día nuevamente a la escuela. Todos los días la misma historia para Lito y obviamente el mismo viaje para su padre.
Ángel, desde muy pequeño, ya tuvo bien claro dónde estaba su felicidad, él sabía que estaba allí, en su pueblo, junto a sus amigos, sus familiares, su barrio, sus costumbres, esa era su felicidad, no necesitaba ningún lujo.
Es muy raro que un chico desde temprana edad se dé cuenta de que la felicidad está en esas cosas, en las más simples. Pero Lito era un privilegiado al avivarse antes que fuese tarde, como le sucede a la gran mayoría de los seres humanos que se da cuenta de que la felicidad está en las pequeñas cosas cuando ya pasó muchísimas sin disfrutarlas como tales y, muchas veces, algunos jamás logran descifrar ese acertijo y la siguen buscando en otras que les cuesta mucho conseguir y no valen ni la mitad de lo que vale un abrazo de un ser querido o una simple sobremesa familiar.
Él quería que sea todo como era antes, salir de la escuela y a la tarde juntarse a jugar unos partidos con sus amigos, salir a cazar cuises y palomas con la gomera, andar en bicicleta, cosas sencillas y que no requieren el mínimo centavo, pero que sin dudas un chico podría pasarse el día entero entretenido sanamente.
En el grupo eran varios varones, pero el trío de él era con Marquitos y el Colorado, ¡qué trío! Para colmo, hacían un excelente complemento futbolístico, porque el Colorado era un tremendo arquero, nunca, jamás, ni cuando era bien chiquito tuvo miedo a que la pelota le pegue en la cara, gran ventaja para un joven arquero; encima se animaba a volar y revolcarse sin atenerse a las consecuencias que eso conllevaba, y Marquitos era un muy buen defensor que también te podía jugar en el medio porque ponía e iba para adelante como un león. Así que siempre que se armaba el picado, era fija que se ponían los tres juntos, más alguno que acompañaba. Ya tenían un equipazo, había uno bueno por línea, eran inseparables, y estaría un rato bastante largo para enumerar las macanas que se mandó esa terna.
Capítulo 4
Tardes de bicicletas, jornadas completas haciendo de las suyas, tenían tiempo hasta que alumbraba la luz solar, una vez que se prendían las luces del alumbrado público se terminaba cualquier actividad que estuvieran haciendo y partía cada uno para su casa. Ese era el reloj.
Un tiempo, tuvieron una casa en un árbol, al lado de la casa de la abuela de Marquitos, en el terreno pegado al de doña Eulogia, tenían su casita y a tres cuadras estaba la del otro bando, que eran un año mayor que ellos. Siempre había discordia, guerras de chicos, pero un día el trío este se pasó de la raya. Los otros se habían ido a jugar un partidito de fútbol a un barrio que quedaba a varias cuadras y estos los ficharon y se fueron a la casita que estaba deshabitada y se la quemaron, literalmente.
Se la mandaron feo en esa. Los vecinos, muy asustados, llamaban a los bomberos, fue un caos el momento porque la gente grande no sabía por qué se había incendiado y lo más preocupante era que no sabían si había algún niño dentro, fue bravo. Eso les costó su propia casita, el padre de Marquitos se la tiró abajo ese mismo día.
