2,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 2,99 €
Ya puede besar a la novia... Eleanor Silks Rose solía soñar con aquellas palabras, pero el tiempo la había obligado a olvidarlas del mismo modo que había tenido que olvidar lo que sentía por Dillon Stone. Lo que no entendía era por qué se había sonrojado de aquel modo cuando el guapísimo viudo le había rozado los labios en la fingida ceremonia. Y, cuando las citas y la boda en la que estaba participando por una causa benéfica se convirtieron en realidad, ¿por qué comenzó a soñar con la idea de convertirse en la esposa de Dillon para siempre? Dillon andaba buscando a la esposa perfecta, pero no podría ni haberse imaginado casado con la irresistible Eleanor. Lo que necesitaba no era pasión, sino una madre para su hija. ¿Sería aquella la mujer que le daría el amor y la ilusión que tanta falta le hacía?
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 193
Veröffentlichungsjahr: 2015
Editado por HARLEQUIN IBÉRICA, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Susan Lute
© 2015 Harlequin Ibérica, S.A.
Una vida perfecta, n.º 1816 - abril 2015
Título original: Oops… We’re Married?
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Publicada en español 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-6329-3
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Si te ha gustado este libro…
Eleanor Silks Rose, sentada en el banco de la iglesia, hubiera deseado más que nada en el mundo ser ella la que se iba a convertir en la esposa de Dillon Stone. No era justo que Joan Butler, la niña bonita del instituto, con su belleza morena y su serena personalidad, hubiera conseguido que el hombre más perfecto del mundo la llevara al altar.
Incómoda en sus medias por la falta de costumbre, Eleanor busco el asiento más retirado desde el que poder ver el pasillo central de la iglesia, dónde la pareja iba a pronunciar sus votos. Ajena a la suave música, a la serenidad de las velas encendidas y al murmullo que esperaba expectante, solo oyó las palabras del sacerdote uniendo para siempre en matrimonio a Joan con el hombre que ella había amado en secreto desde el momento que lo conoció, como el amigo de su hermano adoptivo.
Eleanor tenía entonces solo catorce años, y aun así, habría dado cualquier cosa por llevar puestos aquellos blanquísimos zapatos de piel. Y eso que normalmente prefería unas cómodas zapatillas de deporte a cualquier cosa con tacones. La verdad era que no era culpa de Joan que Dillon nunca se hubiera fijado en ella, una marimacho, que prefería siempre ir a caminar por las montañas o ir con los chicos a pescar a hacer cosas de chica, como ponerse guapa delante del espejo, limpiar la casa o cocinar. Si alguien la hubiera obligado a hacer algo más complicado que meter comida congelada en el microondas, se hubiera muerto de hambre.
Joan, por supuesto era una perfecta ama de casa.
Eleanor se colocó un mechón de pelo que insistía en escaparse de la sofisticada trenza que le habían hecho por primera vez para la ocasión y bajó la mirada para no tener que ver a Dillon besando entusiasmado a la novia.
Cuando empezó la alegre música que anunciaba que dos personas habían puesto sello a su compromiso, levantó la vista para ver cómo la feliz pareja salía radiante caminando por el pasillo, entre las felicitaciones de todos los invitados.
Sus padres adoptivos insistían en que tenía toda la vida por delante, pero Eleanor no lo veía así.
Se negó a llorar.
Su corazón no estaba roto.
Otra mujer se había llevado al único hombre en el mundo con el que ella hubiera considerado vivir toda la vida. El rey Arturo de Camelot y Superman, todo en uno. Dillon siempre sería el único amor de su vida.
Jake Edward Solomon. Tú no eres mi padre.
–No, Ely, pero soy tu hermano mayor, ¿me vas a hacer ese pequeño favor, o no? –dijo Jake en tono humorístico.
Eleanor hablaba sujetando el teléfono entre la cabeza y el hombro. Estaba sentada tras su escritorio. Le dio la vuelta a su silla giratoria para mirar, sin ver, el parque al que daba la ventana de la oficina.
Jake sabía que se saldría con la suya. Eleanor deseó poder resistirse, al menos esa vez, a las locas ideas de su hermano adoptivo. Detestaba que la chantajearan emocionalmente, especialmente si lo hacía la única persona en el mundo a la que podía considerar familia.
–No estoy diciendo que lo vaya a hacer, pero ¿podrías repetirme qué es lo que quieres que haga?
Eleanor ya se había resignado a ayudarlo en ese apuro, como siempre. Pero esta vez, estaba decidida a hacerlo luchar por esa victoria.
–El cuerpo de elite de la policía está organizando una cena de beneficencia, y por el precio del cubierto vamos a celebrar un espectáculo-concurso de cita a ciegas, y habrá una boda simulada al final…
–No puedes hablar en serio… –Eleanor era consciente de que había subido mucho el volumen de su voz al darse cuenta de las intenciones de su hermano, pero no le importó.
–Sí que hablo en serio, Ely. Lo tenemos todo preparado para el sábado por la noche y resulta que ahora, una de las chicas se ha echado atrás.
Eleanor ignoró el tono suplicante con el que Jake intentaba convencerla. Era un tono que ya conocía de innumerables ocasiones. Jake lo usaba siempre que quería salirse con la suya.
–Supongo que no estarás insinuando, que reemplace yo a esa chica en esta payasada tuya. Sabes que no me gustan las citas, ni ciegas, ni de beneficencia, ni de ningún otro tipo –aseveró con firmeza, con la esperanza de hacerlo desistir.
Esperanza inútil.
–Venga, Ely. Ya te dije que estoy en un lío con este asunto. Te necesito. Esto es muy importante para muchas personas… y también para mí.
Eleanor detestaba que Jake usara esa voz suave que parecía decirle «nadie te quiere como yo», y que venía usando desde sus años de adolescencia. Chantaje emocional. Eso es lo que era. Y aunque la sacaba de sus casillas, siempre terminaba cediendo.
–Está bien, Jake. Lo haré por ti. Esas otras personas no me interesan, no significan nada para mí.
–Claro que no. Gracias, Ely. Eres la mejor y una …
–Sí, ya, claro –interrumpió Eleanor, que no quería aceptar su victoria de niño consentido.
–Mira –dijo Jake–, nos vemos mañana por la tarde en Harbor Room para hablar de los detalles. He quedado con una amigo a las cinco, pero para las seis habré terminado. Te quiero, hermanita.
Y todo lo que quedó de Jake y su disparatado plan fue el tono del teléfono en el oído de Eleanor.
* * *
Dillon Stone observó a su amigo con suspicacia en la tenue luz de Harbor Room. Era imposible que Jake conociera sus planes de encontrar esposa.
Su hermana se había casado hacía un mes, y desde entonces andaba a la búsqueda de una mujer. Ver a Ryan adaptándose a su nueva casa cerca de la universidad lo afianzó en su decisión.
Dillon recordaba la muerte de su madre cuando apenas era un adolescente, lo perdido y solo que se había sentido. La echaba mucho de menos. No quería que Ryan creciera con el mismo sentimiento de pérdida.
Inmerso en sus recuerdos, Dillon, secaba con el pulgar la humedad de su jarra de cerveza. No buscaba amor. Había sido muy afortunado. Había conocido el amor una vez. Eso no era algo que ocurriera dos veces en la vida. A lo más que aspiraba era a conocer a alguien a quien pudiera respetar, y con quien pudiera vivir a gusto. Era algo factible. Muchas personas se casaban por mucho menos.
Dillon se acordó de las dos listas que ocultaba en el despacho de su casa. En una, había escrito todas las cualidades que buscaba en una esposa. En la otra, todas la mujeres solteras que conocía que podían cumplir esos requisitos. Esta última no era muy larga, pero era un comienzo.
–… así que, como puedes ver, estoy en un aprieto
–¿Qué aprieto? –Dillon se llevó la cerveza a los labios, lamentando tener que admitir que se había perdido una buena parte de la conversación de su amigo.
–Necesito que me hagas un favor. Necesito un hombre para el sábado por la noche –Jake hablaba despacio, como si hablara con un niño pequeño, y dejó la jarra de cerveza en la mesa.
–Lo siento, pero tengo muchas cosas en la cabeza. Hay un caso muy complicado que estoy revisando –no era del todo mentira.
–Ya no trabajas en los tribunales, eres profesor de Derecho en la universidad. ¿Qué caso es ese?
Dillon no tenía ninguna intención de hablar de su último proyecto con Jake. Cuando se le metía una idea en la cabeza, era como un perro con un hueso. Recordando todas las citas ciegas en las que su amigo lo había embarcado en el instituto, antes de empezar a salir con Joan el último año, le dio un escalofrío de imaginarse con qué tipo de mujer estaría intentando liarlo.
–¿Cómo está tu hermana? –preguntó Dillon con la intención de distraer a Jake.
–¿Ely? Está bien. Oye, tienes que hacerlo por mí…
Por una décima de segundo sintió una punzada en el estómago. No era posible que Jake quisiera que saliera con su hermana. La recordaba como una tímida chiquilla que los seguía a todas partes. Si la memoria no le fallaba, poco después de su boda con Joan, ella se había ido a la Costa Este para ir a la universidad.
–¿Hacer qué por ti? –preguntó con cautela.
–El departamento esta preparando una cena de beneficencia para el Refugio para Mujeres de East Side. Habrá una subasta y un poco de baile, pero la mayor parte del programa va a consistir en un concurso de cita a ciegas, y el tipo del departamento que iba a concursar se ha echado atrás en el último minuto.
Dillon dio un trago largo de su cerveza con alivio. Su mejor amigo no estaba intentando emparejarlo con su hermana pequeña. El mismo Jake le había contado que se había convertido en una adicta al trabajo.
–¿Qué le pasó a ese tipo?
–Se casó, y ahora su esposa no quiere que participe.
–¿Y no hay otros?
–Están todos de servicio, y yo, como seré el maestro de ceremonias, voy a estar demasiado ocupado para concursar, así que ni preguntes.
Como miembro de un cuerpo de elite de la policía, Jake se tomaba sus misiones muy en serio, incluida esta.
–¿Y cuándo tiene lugar este importante «acontecimiento»? –preguntó Dillon, incómodo por el retraso que sufrirían sus propios planes. Pero tenía que encontrar un hueco para hacerlo. Le debía demasiado a Jake. Sin su fiel amigo, no sabía cómo podría haber superado la muerte de Joan.
–Este sábado. Siento avisarte con tan poco tiempo, pero estoy desesperado. Y, a lo mejor, después del espectáculo, tú y la afortunada dama podréis pasar algún tiempo juntos… –Jake, que era un romántico incurable, ya le había insistido hasta la saciedad en que era hora de que empezara a salir de nuevo y a conocer mujeres.
–No creo que sea muy probable, si tenemos en cuenta el tipo de mujeres que sueles conseguir para estos líos tuyos –durante unos instantes, Dillon se preguntó si estaba loco por dejarse embaucar en algo así.
«Es por una buena obra, Stone», se dijo.
–Está bien, lo haré. De todas formas, no tenía nada que hacer esa noche.
–Genial –dijo Jake levantando su cerveza en el aire–, por el triunfo, y porque encuentres la mujer perfecta.
Dillon tenía ciertos recelos; pero era imposible que Jake supiera que él estaba buscando esposa. Aquello no era más que otro de los planes chiflados aunque bienintencionados de su amigo.
Mientras terminaba su cerveza, echó un vistazo a su alrededor y su mirada se detuvo en una mujer que acababa de entrar. La mujer permaneció inmóvil con el rostro tapado por una sombra durante un instante, como una delicada figura de porcelana.
Sin poder evitarlo, se despertó en Dillon su instinto de macho depredador. ¿De dónde había salido esa mujer? La curiosidad lo dominaba, no podía evitar recrearse en aquella visión que iba eclipsando al resto de las personas del bar.
El cabello rubio le caía por debajo de los hombros como una pálida cascada. Un fino flequillo mantenía el pelo alejado de los ojos, enmarcados en gafas de alambre. La mujer tenía los labios apretados, como en forma de corazón, mientras escudriñaba el lugar a conciencia, mesa por mesa.
«Está buscando a alguien», fue lo primero que pensó Dillon, mientras observaba con toda su atención la silueta grácil de la mujer. Su mirada fue bajando por el cuello, largo y esbelto, pasando por unos hombros desafiantes, para terminar centrándose en su figura inolvidable, que lo cautivó con sus curvas, que el serio traje de chaqueta que llevaba no ocultaba en absoluto.
La mujer dio entonces un paso hacia delante.
Todos los sentidos de Dillon se estremecieron al vislumbrar sus piernas larguísimas y delgadas, realzadas a la perfección por unos zapatos prácticos y poco convencionales. Al levantar la vista después de un examen tan exhaustivo, se dio cuenta de que ella lo estaba mirando a él. Sintió una punzada en el estómago. Por un breve momento, ella permaneció quieta, como sorprendida, pero enseguida volvió la mirada hacia su amigo.
Dillon no estaba acostumbrado a que lo ignoraran como a un periódico viejo, y , por alguna razón, no le gustó nada. La mujer avanzó, con un gesto de suspicacia cada vez más evidente, hacia la mesa de ellos.
«Se avecinan problemas» fue la segunda cosa que pensó Dillon, acomodándose en la silla. La mujer se acercaba con un gesto de rabia apenas contenida en el rostro.
«Esta mujer no es ninguna amita de casa perfecta» fue la tercera cosa que pensó de ella.
–Jake –el tono de voz de Eleanor, frío y calmado, no conseguía ocultar su ira. Sabía que Jake se traía algo entre manos. Y allí estaba la prueba.
Sabía que Jake terminaría trayéndola algún día ante ese hombre por el que una vez habría removido cielos y tierra. Aquel enamoramiento infantil se había terminado el día en que Dillon se casó con Joan. Habían pasado nueve años y le parecía algo lejano. La verdad es que ella había seguido adelante con su vida y le había ido muy bien.
Ahora, en una décima de segundo, lo observó hasta el último detalle. Sus vaqueros desteñidos le quedaban muy bien. Y también la trenca de tweed marrón. Llevaba el pelo tan despeinado, que daban ganas de pasarle los dedos por la cabeza para peinárselo. Y además, tenía una mirada tan penetrante que le daba la impresión de que podía ver hasta sus secretos más íntimos.
Eleanor sintió un vuelco en el corazón al recordar el interés impúdico con el que la había mirado al entrar en el bar.
¡Cuántas veces había luchado por no quedarse mirando la foto de boda que Jake le había dado! Se sentía fascinada por el amor con que el joven Dillon miraba a la otra mujer, su esposa, una criatura de cabello oscuro, bella y delicada, a la que rodeaba con su brazo protector.
Aunque sabía que era imposible, durante un tiempo había buscado un amor así para ella. Finalmente, convencida de que no iba a tener tanta suerte, enterró la foto en el fondo de su caja de recuerdos, y con ella el sueño de encontrar el amor verdadero. Comenzó entonces una vida independiente y llena de éxitos en la que no había lugar para esa emoción impredecible llamada «amor».
–Hola, Ely –saludó Jake poniéndose de pie y abrazándola cariñosamente. Su metro ochenta apenas rebasaba el metro setenta y cinco de ella.
Con el rabillo del ojo, Eleanor vio cómo Dillon también se levantaba. Era bastante más alto que Jake, y sus ojos, del color de un espeso bosque, la miraban cautelosos. Después, sus duras facciones se tornaron inexpresivas y la tensión que recorría su cuerpo desapareció.
–¡Suéltame, Jake! –exclamó empujándolo.
–De acuerdo –Jake agarró la silla que tenía más cerca, invitándola a sentarse. Sus ojos brillaban con malicia–. Recuerdas a Dillon, ¿verdad?
Eleanor le lanzó a Jake una mirada asesina y tendió la mano al hombre que había esperado no volver a ver en su vida.
–Claro que sí –dijo tratando de mostrar desinterés. Sin embargo, al contacto de su mano creyó que algo se derretía en el centro mismo de su alma.
Rápidamente, Eleanor retiró la mano y se la puso detrás de la espalda, donde él no pudiera volver a tocarla. Él la observó de nuevo con sus penetrantes ojos verdes y enseguida la reconoció.
–¡Hola, Eleanor! ¡Cuánto tiempo sin verte!
A juzgar por su expresión, Eleanor dedujo que no le agradaba demasiado ese reencuentro. No le importaba. Eleanor se sentó en la silla que Jake le ofrecía. Las piernas no la sostenían. Desde la última vez que vio a Dillon, se había enfrentado a muchos peces gordos en salas de reuniones y había salido victoriosa. Podía enfrentarse perfectamente a ese hombre, que no significaba ya nada para ella, sin que nada alterara la ordenada vida que se había construido.
–Jake, tengo que irme. Tengo que volver a casa con Ryan. Eleanor, me alegro de volver a verte.
Eleanor vio a Dillon alejarse intranquila.
Se sentía profundamente decepcionada. Era evidente que ella le resultaba tan poco atractiva ahora como hacía años, cuando lo seguía a todas partes con el corazón en la mano.
–Creo que esta vez te voy a matar de verdad –advirtió a su hermano adoptivo. Se dio cuenta de que las manos se le habían quedado blancas de tanto apretar los puños.
Dillon se acercó al espejo intentando concentrarse en el nudo de su pajarita. No entendía por qué, pero desde que se había ido, o mejor dicho, huido de aquel encuentro con Eleanor Rose, no podía concentrarse ni en sus clases, ni en sus listas ni en nada.
Por centésima vez, pensó en ella con curiosidad. Se había dado cuenta de su intento de mantener las distancias, de su estudiada indiferencia cuando se vio obligada a saludarlo.
Aquella mujer que había visto en el Harbor Room, se parecía poco a la adolescente que él recordaba. Había cambiado. Y mucho. Aquel chicazo de mal genio al que Jake siempre estaba protegiendo se había transformado en una consumada mujer de negocios. Para su gusto, era demasiado distante e independiente, no reunía los requisitos para entrar en su lista de esposas potenciales. Entonces, ¿cuál era el problema?
No entraba en sus planes sentirse atraído por una ejecutiva agresiva. Pero no podía apartar de su cabeza aquellos ojos del color del whisky, ni aquella esbelta figura de piernas largas y tentadoras, que él imaginaba rodeando su cintura, ni la fantasía de pasar sus dedos por aquella cascada de cabello dorado. ¿Qué había sido del chicazo que recordaba?
Un escalofrío le recorrió el cuerpo al sorprenderse aferrado a estas imágenes que atentaban contra su sentido común.
–Papá, no puedo atarme esto.
Dillon vio el reflejo de su hijito de seis años en el espejo. Ryan le recordaba mucho a Joan. Le traía recuerdos de su esposa, que ya no eran dolorosos, pero que lo hacían sentirse solo y vacío por dentro. Aunque hacía ya cuatro años de su muerte, echaba de menos su risa y la alegría de volver a casa cada día y encontrarse con el amor y la seguridad que ella le daba.
Apartó de su mente el alud de recuerdos que tanto había luchado por aceptar y se puso en cuclillas junto a Ryan para hacerle el nudo de la pajarita.
–Estás muy elegante, campeón.
Se puso de pie y miró de nuevo al espejo. El niño parecía una versión pequeña de su padre. Los dos llevaban traje negro, camisas blancas y tenían los mismos ojos verdes. Uno era más joven e inseguro, el otro más triste y sabio.
–¿Vamos a encontrar una mamá esta noche? –la vocecita de su hijo interrumpió sus fantasías sobre rubias distantes con ojos del color del whisky.
–No. Recuerda que te dije que va a ser de mentirijillas. Es para recaudar fondos para…
–Una buena obra. Pero pensé que ya que ibas a elegir una mujer imaginaria…
–Imaginaria, tú lo has dicho –dijo Dillon con firmeza. Se preguntaba si no habría sido un error invitar a su hijo a la velada.
–Ya lo sé –dijo Ryan con un apenado suspiro infantil; pero enseguida se animó–. A lo mejor puede ser también mi mamá imaginaria.
A Dillon casi se le rompió el corazón al ver esa esperanza en la cara del chiquillo. No le gustaba que Ryan no recordara a su madre. Se parecía a ella en tantas cosas: tenía su pelo oscuro, su sonrisa, el sentido del humor. Estaba claro que Ryan quería una mamá, igual que la tenían sus amiguitos.
–Todo va a salir bien, campeón. Oye, ¿quieres ayudarme a elegir mi esposa imaginaria? Dillon lo dijo sin pensar, pero por nada del mundo hubiera retirado la pregunta después de ver la emoción de Ryan.
–¿De verdad?
–De verdad –esperaba que a Jake no le importara un pequeño cambio en el programa del juego.
–¿Crees que podremos encontrar una a la que le gustemos?
Dillon se miró junto a su hijo en el espejo por última vez.
–Claro que le gustaremos. ¿Qué dama podría resistirse a dos tipos estilo James Bond, tan guapos como nosotros? –preguntó Dillon contento de haber hecho sonreír al pequeño con su respuesta.
–James Bond –repitió el niño.
Ryan se puso firme, echando los hombros para atrás, mientras su padre le ajustaba la pajarita, y dijo imitando la voz de James Bond:
–Estoy preparado.
«Muy bien, porque yo no sé si lo estoy», pensó mientras se dirigía hacia su camioneta.
–Es una gran idea. Una pareja de padre e hijo solteros.
Jake condujo a Dillon a las cabinas del concurso.
–Desde aquí no podrás ver a las concursantes femeninas. Siéntate aquí. Empezaremos cuando la cena esté servida.
–Parece que has conseguido llenar esto –observó Dillon. Si tenía que participar en las tonterías de Jake, al menos lo alegraba que fuera por algo importante.
–Sí, esto está abarrotado. Vamos a sacar un montón de dinero para el refugio esta noche. Tengo que ir a sentar a las damas en sus cabinas. Ryan, siéntate aquí con tu papá. Si quieres, hasta puedes hacer alguna pregunta.
–¡Vaya! –exclamó el niño encaramándose a su asiento.
Dillon se sentía aliviado de que a Jake no le hubiera parecido un problema que llevara al crío.
Jake despeinó cariñosamente al niño mientras le colocaba el micrófono. Después miró sonriente a Dillon.
–Mucha suerte. Apuesto a que esta noche vas a encontrar a la mujer perfecta.
Jake lanzó una carcajada y desapareció detrás del panel que los separaba de los demás concursantes, dejando a Dillon lleno de recelos.
Acababa de abandonar Seattle para instalarse en Portland, una ciudad más pequeña y cómoda. Y lo había hecho en parte debido a Jake, que insistió en que necesitaban un cambio, Ahora, tenía la sensación de que su amigo se traía algo entre manos. Era muy propio de él.
Desde su cabina, Dillon veía a los elegantes invitados llegar a las mesas que quedaban dentro de su campo de visión.
