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«Viajar puede servir para mucho o para nada. Eso depende de cómo y por qué se viaje. Yo he viajado mucho; en ocasiones, para escapar, para borrarme y tratar de rehacerme. Ese es, por ejemplo, el viaje de este libro», dice José Alejandro Adamuz. Un viaje que fue, pero que aún no ha terminado y en el que la vuelta cobra tanta importancia como la partida. José Alejandro Adamuz recorre y recuerda geografías latinoamericanas con una intención: encontrar palabras –propias y ajenas– con las que reconocerse en el espejo, combatir el olvido y poder narrar el mundo y sus historias. Inspirado por exploradores como Darwin o Humboldt y escritores como Bruce Chatwin, Julio Cortázar, Roberto Bolaño o Rebecca Solnit, el autor traza un recorrido poliédrico y fragmentado en el que se mezclan literatura, arte, antropología, confesiones, miedos y celebraciones. Un libro ágil, contemporáneo, divertido, audaz, atrevido que, a través de fragmentos, historias de otros, recuerdos y anticipaciones, nos acerca a la emoción original del viaje.
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Seitenzahl: 208
Veröffentlichungsjahr: 2023
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A mi padre y a mi madre, sin quienes el viaje no habría comenzado.A Cris, sin quien el viaje no sería posible.A Lea, sin ella, narrar el viaje sería menos divertido.
Solo podía usar mapas imaginarioso sus recuerdos de los mapas reales, pero eso era suficiente.John Cheever
1
Ollas, sartenes, platos, cubiertos, vasos; mantas, toallas, edredones; lámparas, cuadros y un par de espejos; ropa de invierno y de verano, de fiesta o de andar por casa un día de resaca; bolígrafos y lápices, tres ordenadores, un pequeño caos de auriculares y cargadores enredados; imanes de nevera y otros recuerdos de viajes; libros leídos, no leídos, entreleídos, abandonados, envidiados: las cajas de cartón quedan apiladas para cuando volvamos. La vida es una enumeración más o menos larga, más o menos concreta, más o menos monótona, más o menos improvisada.
Todo arranca una madrugada de cielo plomizo en el aeropuerto de Barcelona. Cris y yo tenemos dos billetes para volar a Costa Rica y un nudo en el estómago. Cargamos con todo lo que imaginamos que necesitaremos en el viaje. Tras renunciar a un trabajo estable y dejar el alquiler de un «piso ideal para parejas», nuestras mochilas son lo más parecido a un hogar que tendremos en mucho tiempo.1
2
Todo viaje comienza con la urgencia de partir, cuando se abre un hiato más o menos extenso en el tiempo que es vivido con incomodidad e impaciencia hasta que por fin llega el día de la partida: el presente estorba porque la esperanza ha quedado postergada al futuro, donde intuyes la posibilidad de otra vida.
No es fácil señalar los inicios, por eso hay siempre una gran elipsis en la literatura de viajes: aparece el viajero in media res, en el avión, en el aeropuerto o directamente en el espacio geográfico donde se desarrollará su andadura. Sin embargo, el motivo íntimo de lo que lanza a alguien a dejarlo todo y asumir la incertidumbre del camino podría ser, en todo caso, la historia de una novela. Si Cervantes no hubiera dado con la solución de explicar las muchas y febriles lecturas de Alonso Quijano en el primer capítulo nada habría tenido sentido: antes del viaje conocemos cuál es la causa original, por qué un sedentario hidalgo cincuentón, un anciano en realidad cuando la esperanza de vida era de unos treinta años, de monótona existencia en una anónima aldea de la Mancha, acaba convirtiéndose en el más famoso de los caballeros varios siglos después de la desaparición de las órdenes de caballería.
«La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece…».2
Con sus escaleras infinitas, carentes de gravedad, la obra de M. C. Escher es perfecta para comprender visualmente que nada tiene un inicio ni un final, pero yo prefiero el grabado «Cielo y agua» en el que unos patos van mutando progresivamente en carpas. La cuestión parece sencilla pero, ¿cuándo dejamos de ser patos para convertirnos en carpas?, ¿cuándo fue que empezamos a pensar en el viaje?, ¿cuándo fue que empezamos a querer ser otros?
Todo cuanto sabemos en ese momento es que queremos recorrer Latinoamérica y que el vuelo a San José es lo más económico que hemos podido encontrar. Total —nos decimos despreciando las distancias en el mapa—, una vez allí ya iremos de algún modo hasta Ciudad de México. De allí partieron en dirección al desierto de Sonora Arturo Belano y Ulises Lima en Los detectives salvajes buscando a la misteriosa poeta Cesárea Tinajero.
Ciudad de México es el punto de origen que hemos escogido para viajar hasta el mismo fin del mundo por carretera, hasta Ushuaia, la ciudad más austral del continente. Como todo juego, el viaje también tiene sus propias reglas.
¿Pero dónde comienzan los viajes?, se pregunta Crispín Rueda, el protagonista del primer relato de Historia de las despedidas en el que un encadenamiento de causas y consecuencias une a personajes en distintas épocas y lugares: el breve pero definitivo aleteo de la mariposa.3
Aunque parezca que elegir México como destino es un capricho o una dejadez en la organización del viaje, acabará por ser lo más parecido a una epifanía que jamás he experimentado en la vida; pero en este momento, claro, en el aeropuerto de Barcelona, no lo puedo saber. Aún faltan meses para que todo ocurra y no podemos imaginar todo lo que acabará sucediendo.
Me gusta la explicación de «epifanía» que hace Marta Sanz en la novela Mujeres pequeñas rojas: «no es verdad que las epifanías sean revelaciones cegadoras, a veces son un runrún, la llegada a la punta de la lengua del nombre que no quería salir».
El viaje, como toda manifestación de la vida, es una apuesta por la incertidumbre, una suma de futuros alternativos: futuros posibles, probables y preferibles. Es por eso que desde el primer momento diseño una especie de marco teórico de la predicción, busco señales, algo que me indique qué va a suceder.
Tardamos casi medio año en llegar desde San José a Ciudad de México, el punto de inicio previsto de la ruta. El viaje dentro del viaje: todos los viajes diferentes que hay en un mismo viaje, ir hacia el norte para llegar al sur, trascender la linealidad, la inmediatez geolocalizada, la asepsia del viaje contemporáneo. Eso es: queríamos ensuciarnos en el camino.
3
Supongo que si a Salomon Shereshevskii le hubieran preguntado por el día de la semana que emprendió el viaje más importante de su vida habría respondido con la fecha exacta sin pestañear. También habría dicho la hora, cómo estaba el cielo, qué ropa llevaba.
Shereshevskii sufrió de hipermnesia tanto como de soledad. Contó su historia Alexander Luria en un libro que se leyó en la época casi como ficción. Si yo hubiese sido Shereshevskii habría recordado sin problemas que aquel 21 de octubre fue martes. Prefiero el olvido. No quiero morir como él, solo y amargado, conduciendo un taxi por Moscú con el hígado reventado de tanto beber.
La intención: que el viaje sea el trayecto, que el viaje sirva para conseguir volver (después de todo, Homero sabe que la aventura definitiva consiste en regresar a casa). Eso no hay forma de trazarlo sobre mapa alguno, ni siquiera en el fotorrealista Google Earth ni en ninguna de sus derivaciones tecnológicas. Por eso partimos sin tener muy clara la ruta que seguiremos.
Anticipamos el viaje con la imaginación y con las lecturas y posteriormente este se desarrollará en una tensión constante entre realidad y expectativas: los viajeros son también poetas.
Solía decir Sergio Pitol que durante muchos años de su vida sintió el viaje y la lectura como una misma experiencia, que el viaje le permitía transitar por el mundo visible, descubrir lugares maravillosos o siniestros, pero todos sorprendentes, mientras que la lectura le abría mundos interiores. Hay lectores, así, en los que el viaje y la lectura se funden y no entienden lo uno sin lo otro. Y luego hay otro tipo de viajeros como el Duque des Esseintes.4
El Duque de Esseintes se pasa las horas en la cama, consagrado al estudio en soledad. Un día, al leer a Dickens, le sobreviene un intenso deseo de romper su rutina doméstica, de hacer las maletas y plantarse en Londres: se ha imaginado en Londres y quiere estar allí. Así pues, lo prepara todo y se dirige a la estación de tren, deteniéndose primero en una librería, donde compra una guía de la ciudad, y luego en una taberna. Allí lee algunos fragmentos de la guía con los que siente transportarse efectivamente a Londres. El ambiente del bar, frecuentado por parroquianos ingleses, y la cerveza ayudan tanto a esa ensoñación que al aproximarse el momento de subir al tren y cumplir con su anhelo viajero decide quedarse, piensa que el viaje será demasiado agotador para él, que tendrá que soportar el frío y las colas y que, en definitiva, «¿para qué desplazarse cuando uno puede viajar tan magníficamente sin tener que levantarse de la silla?».
Se puede ser lector a lo Pitol o bien viajero a lo Esseintes. Tal vez durante una época de la vida apetezca ser más de uno que de otro o, incluso, puede suceder que con el invierno sea más deseable meterse en la cama a lo Esseintes y que con el buen tiempo se prefiera más ser un Pitol. Al menos, así me ocurre a mí.
4
Varios meses antes de partir contamos a amigos y familia que nos vamos a ir de viaje, que será un viaje largo, de un año, les decimos, aunque sabemos que la fecha del regreso la marcará el día que logremos llegar al lugar más al sur posible del continente americano por carretera. El viaje comienza con un engaño. Mentimos porque no hay duda de que para nuestras familias un año siempre es un consuelo frente a la incertidumbre de un viaje sin billete de vuelta. Regresaremos casi dos años después.
En navegación aérea se conoce como punto de no retorno el momento del vuelo en el que, debido al consumo de combustible, un avión ya no es capaz de volver al aeropuerto de origen. Tras superarlo, el avión no tiene más opción que seguir adelante, a algún otro lugar. Es un punto y aparte. Por la ventanilla veo el último resquicio de la ciudad. Barcelona desde las alturas ya es pasado.
5
El desencanto y la infelicidad pueden ser el origen de un viaje. «Llamadme Ismael», dice el narrador de Moby Dick al comienzo de la novela, en una especie de discurso que funciona como un alegato de los viajes y de su poder curativo. Se intuye que Ismael es un ser frágil y delicado, que sufre de episodios de depresión, que incluso llega a pensar en la muerte como escapatoria, pero que cuando eso sucede embarca en un navío y se echa al mar. «Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación de la sangre», dice.
El aspecto terapéutico del viaje lo llevó más allá del mundo de las metáforas el cineasta alemán Werner Herzog. A finales de noviembre de 1974, cogió una chaqueta del armario, se calzó unas robustas botas y metió una brújula en su bolsa de lona antes de tomar el camino más directo desde Múnich a París a pie para ver a su amiga Lotte Eisner, gravemente enferma. Estaba convencido de que, si lograba completar la peregrinación, ella continuaría con vida. De aquel caminar exorcizante surgió un diario que finalmente apareció publicado en 1978 con el título original de Vom Gehen im Eis: «No, no morirá ahora porque no morirá. Mi paso es firme. Y la tierra tiembla. Cuando camino, es un bisonte el que camina. Cuando descanso, es una montaña la que reposa».5 Herzog llegó a París el 14 de diciembre y Eisner no solo no había muerto, sino que viviría nueve años más.
En noviembre de 1856, Herman Melville pasó unos días con su admirado Nathaniel Hawthorne en Glasgow antes de embarcarse con destino a Grecia e Italia. Hawthorne anotó en su diario que su amigo se veía algo más pálido y un poco más triste que de costumbre. En esa época, Melville padecía ataques neurálgicos de cabeza y molestias constantes en las piernas. Continuaba escribiendo, pero sin el éxito de la crítica ni del público: mientras vivió, Moby Dick no agotó ni siquiera su primera edición de tres mil ejemplares. Herman Melville llegó a Roma, deprimido y arruinado, poco después de ese encuentro, en marzo de 1857. Cualquiera habría podido decir de él al verlo que iba a la deriva. El pasaje lo financió su suegro, el juez Shaw, que consideró la ayuda como un adelanto de la herencia que le correspondería a su hija.
La familia de Melville confiaba en que el viaje le animaría, que le ayudaría a mejorar la circulación de la sangre, que le curaría su malestar. Pero la fascinación que el escritor siempre había sentido por la locura comenzaba a ser alarmante a ojos de los pocos que le rodeaban. El hombre que había escrito Moby Dick paseó por Roma, contempló las estatuas del Vaticano y volvió derrotado a Norteamérica. Moriría en casa a los 72 años, ignorado y olvidado.
Al embarcar en el avión esa mañana gris de un martes laborable no podemos saber si volveremos de nuestro viaje derrotados —como lo hizo Herman Melville cuando volvió de Roma— o no: lo cierto es que estoy en el aeropuerto de Barcelona y quiero saber ya el futuro. Llevo toda la vida pensando en el futuro. Llevo toda la vida pensando en el futuro y temiéndolo.
6
No tenemos que esperar demasiado tiempo para que el futuro llegue. Lo hace once (¿o doce?) horas después de despegar de Barcelona, al aterrizar con jet lag en Costa Rica, previa escala en Madrid. Esa es la violencia de los desplazamientos en avión: dejan un borrón de ti en el cielo. Atrás quedan las virutas en forma de estela de condensación que en ocasiones permanece unos minutos antes de desaparecer del todo. En el tránsito, todos somos fantasmas.
La prueba de que estamos iniciando otra vida posible se puede ver a través de la ventanilla del coche en el que Evelyn y su marido vienen a recogernos al aeropuerto de San José. Ambos, conocidos de unos conocidos, se convierten a los pocos días en una especie de familia prestada. En la radio, el locutor canta el último gol del Deportivo Saprissa. El tráfico a la salida del aeropuerto es denso —una presa, nos dirán que ellos dicen más tarde y comenzará así ese baile de vocablos del español de allá y de aquí que se dará durante todo el viaje—. Tejados de chapa, rejas, un cielo inmenso, toda una ciudad desparramada, inabarcable. Asusta un poco. Todo el vértigo del momento queda concentrado en las matrículas de los coches que forman la presa. En ellas se lee «Centroamérica».
El carácter de Centroamérica viene determinado por su forma física: es zona de paso, pasillo de un lugar a otro, el relleno del sándwich, lo que hace que el norte sea el norte y el sur, el sur. Centroamérica es una frontera formada actualmente por siete países cuyo territorio apenas suma 520 000 kilómetros, bastante menos que muchos países del mundo.
Francia: 543 940 km²Ucrania: 603 548 km²Egipto: 996 603 km²Brasil: 8 515 767 km²China: 9 424 702 km²Escribe Robert Macfarlane en Las viejas sendas que los ingredientes habituales de todo viaje son: emoción, incompetencia, tedio, aventura y epifanía. Añado la vuelta… y el olvido.
Los ticos nos dan la bienvenida con su acento vacilón. Un par de días después de llegar, tras ocupar una habitación de la casa de Evelyn y Danny, vamos al Mercado Central de San José, un mercado de abastos fundado en 1880: tortas de pollo, chuleta de pierna, bistec bolita, camarones, dorado legítimo, merlín blando… «¡Llegó el sabor! ¡Pare, reina! ¡Pase, joven!», son los gritos de las chicas de Soda La Conquista, uno de los muchos lugares donde comer en el mercado. En el pelo, un moño recogido con un bolígrafo —siempre a mano para la nota—. Los platos humeantes salen de la cocina abierta, «¡carne de pollo en salsa!», avisa el cocinero o, más tarde,«¡pinto con lengua!» … Hay sopa negra, asados especiales, deliciosa olla de carne. La gastronomía es la experiencia más física cuando uno está lejos de casa.
7
Debido a la extensión urbana, los capitalinos fluyen a través del tráfico constante y grumoso. Lo hacen resignados, como si fuera un destino inevitable y solo en ocasiones, si la paciencia ya les falla, utilizan el claxon del auto para mostrar su enfado. La mayoría pierde varias horas del día en estos desplazamientos. Presa es, más que una palabra, un acierto gráfico.
En una retención, en el autobús que se dirige hacia el centro escucho a un chico hablar por teléfono: «Mae, solo soy un pobre humano que trabaja y vive en San José y se pasa la mitad del día yendo y viniendo de un trabajo que apenas renta para nada».6
Dice Juan Villoro que «hoy en día, moverse en Tokio, Calcuta, Sao Paulo o la Ciudad de México es un ejercicio que se asocia más con el tiempo que con el espacio».7
En San José todo está desordenado, como si las cosas estuvieran ahí porque alguien lo decidió de forma improvisada. Le pregunto a Danny por la dirección de la casa, por si nos perdemos o por si queremos enviarles una postal desde cualquier otro lugar de Latinoamérica más adelante. Enviar una postal es consecuencia de perderse.
En una nota que aún conservo, guardo la dirección de Danny y Evelyn: «San José, Costa Rica, San Sebastián, Paso Ancho. En Paso Ancho, de la entrada al parqueo de Perimercado, veinte metros sur, casa en antiguo enchape de piedra, a mano a derecha. Los carteros aquí son una especie superior».
Pasan dos semanas desde la llegada a Costa Rica hasta que veamos un atardecer en el malecón de Quepos, en Manuel Antonio: la línea del horizonte y sobre ella todas las nubes coloreándose, primero en tonos azulados y violetas, después ya de color salmón y, al poco, ascuas en un cielo palpitante sobre un mar que las refleja. Suenan las fichas de dominó sobre la mesa de piedra: cinco personas juegan sin el seis doble, quizás queriendo eternizar la partida.
Durante unos dos meses recorremos el país, los volcanes, las selvas; vemos fauna en libertad, playas, cafetales, pero siempre volvemos, una y otra vez, a San José.
Un día, caminando por la ciudad, descubro un mensaje que aparece en algunas paredes escrito en letras mayúsculas y con spray rojo: IMAGÍNATE SAN JOSÉ SIN REJAS. Luego averiguo que se trata de una intervención de Yamil de la Paz que tuvo lugar la Semana Santa del año 2011, cuando el artista calcula que repitió un total de seiscientas veces ese mismo mensaje en diferentes emplazamientos, una especie de manifiesto ultra abreviado en defensa de una ciudad libre de rejas y miedos. Le hago una fotografía a una de estas frases que está bajo la coronación de un muro rematado por una concertina: es el año 2014.
«La forma de luchar contra la inseguridad es la convivencia y apropiarse del espacio público», es lo que dice Maurice, grafitero de la capital y guía del tour para capitalinos que ha organizado ChepeCletas, una iniciativa dirigida por Roberto Guzmán que lleva más de veinte años apostando por un cambio cultural y sostenible en San José. Forma parte de una tendencia que nació en la ciudad a inicios de la década del nuevo siglo con una serie de movimientos artísticos y culturales que buscan la apropiación de espacios públicos por parte de los habitantes.
«Entre el cielo y la tierra, San José, me parece hermosa, con sus calles prostituidas, su afán de extranjería, su manicomio de carros, mendigos, ratas, humo, ratas, gatos… muertos, peces muertos…».8
El proceso de crecimiento de las ciudades en Latinoamérica es consecuente con el del resto del mundo, aunque algo más acelerado. Actualmente, la mayoría de la población es urbanita. Según un informe de las Naciones Unidas realizado en el 2003, entre 1950 y 2005 el porcentaje de la población urbana en América Latina y el Caribe llegó al 77,6 % y se estima que aumentará al 84,6 % para el año 2030.
Si se tiene en cuenta que las avenidas van de este a oeste y las calles de norte a sur, y a la inversa, de oeste a este y de sur a norte, el orden parece más claro, pero solo en el plano. En el centro, en la Calle Central, se sobreponen vendedores callejeros de todo tipo: «Fume Verdi, gorrito vale quinientos, es impermeable el delantal, cigarros sueltos, sombrillas a mil colones, a quinientos la gorra, Kolbi, Claro, Movistar», y así la cantinela se hace eterna, repetitiva, monótona. Todo el mundo parece estar haciendo algo en las calles de San José.
Me pregunto si la intervención de Yamil persistirá o si habrá sido borrada definitivamente por la erosión urbana. Busco San José en Google Street, pero cuando quiero soltar a Pegman —ese muñequito que representa nuestro deseo viajero, el dedo que de pequeños soltábamos con alegría sobre el atlas: si caía en agua, perdías— descubro que la flota de cámaras móviles de Google aún no ha mapeado la zona y no puedo engancharlo, resbalando por la pantalla sin un punto azul al que fijarlo. Solo es posible recorrer virtualmente algunas —pocas— secciones de calles: alrededores del Museo Nacional, Parque La Sabana, el Campus de la Universidad, Museo de los Niños, Centro Costarricense de Ciencia y Cultura, el Teatro Nacional. El resto es lo no turístico. Ocurre así con la mayoría de lugares de Centroamérica. No es verdad que el mundo sea cada vez más visible. En todo caso, es más pequeño.
¿Pero seguirán soñando los capitalinos con una ciudad libre de inseguridades? Escribo un mensaje a ChepeCletas a través de Facebook para averiguar si siguen las rejas en la ciudad. Me responden al cabo de un par de días:
«Hola, las rejas desafortunadamente siguen existiendo y lejos de hacer las calles más seguras dan sensación o percepción de inseguridad donde se ubican. Sin embargo, el arte urbano ha crecido para bien y se ha convertido en una manifestación artística de personas cada vez más habilidosas y creativas que vale la pena ser visto (sic). Un gran saludo!!».
8
Dice Michel Onfray en Teoría del viaje que todo viaje comienza en una biblioteca o en una librería, que antes del nómada está el lector, que la lectura es el rito iniciático.
Los libros que llevo inicialmente en la mochila son Los pasos perdidos de Carpentier, mi vieja edición anotada de Rayuela, Naufragios de Cabeza de Vaca y En la Patagonia de Bruce Chatwin: búsqueda, juego, supervivencia y sueño. En esos libros-oráculo comienzo a buscar revelaciones con más o menos éxito. Irán apareciendo muchos libros más, en una suma de kilómetros y letras que se cruzan entre sí nutriéndose: se viaja en horizontal y en vertical. También llevo un lector electrónico: una biblioteca en la mochila que calma mi trastorno de lector obsesivo compulsivo.9
Hay algunos libros hojeados como oráculos en librerías (en ellas me quedaba un buen rato anotando en mi libreta citas que aparecían al abrir páginas por azar). También hubo libros encontrados en el camino.
Una noche, en un barco que cruza el Gran Lago de Nicaragua con dirección a San Carlos, entablo conversación con Aarán Cantero, un muchacho de Managua que viaja con su primo. Él lee Cien años de soledad y yo en ese momento Los pasos perdidos. De lo real maravilloso al realismo mágico: aquello tiene tanta lógica literaria que me parece una señal de buen augurio. Cobijados del frío con mantas, en una tumbona mojada por la humedad del lago, con el cielo lleno de estrellas que giran marcando la ruta, intercambiamos los libros. Pienso en ese momento que durante el viaje todo lo que nos sucede es real pero que a veces no lo parece y que resulta mejor así.
Hay fragmentos de libros que recuerdo vinculados a lugares del viaje en una sinestesia geoliteraria. Y hay fragmentos del viaje que rememoro en un orden que nada tiene que ver con el espacio ni el tiempo seguidos en el desplazamiento.
Entrar en una librería y dejar que los libros nos encuentren es una forma de exponerse al destino. Sacas un libro, lo hojeas, lees algún párrafo suelto, alguna frase se te clava, sientes que el autor te está hablando, sientes que eso, de algún modo u otro, puede salvarte la vida.
9
Comienzo a anotar lo que ocurre durante el viaje en diversos cuadernos. No son las artesanales Moleskine que Chatwin llevaba consigo en sus viajes, sino unas libretas baratas, con distintos diseños —algunos ciertamente infantiles— en la cubierta, de tamaño bolsillo, compradas en ruta, en las más diversas y estrafalarias papelerías. También hay diferentes archivos en Word que ocupan varios megas de memoria digital con todo lo que fui escribiendo en el pequeño portátil que cargaba en la mochila. Aquella forma de escribir durante el viaje condiciona la escritura de este libro.10
Razones para escribir un diario de viaje:
Para no olvidar: «Todo acto de memoria es hasta cierto punto un acto de imaginación», dice Oliver Sacks.Para construir una autobiografía en tránsito: «La escritura como modo de captura. El impulso de atrapar pequeñas realidades al paso e interpretarlas en tiempo real», afirma Andrés Neuman.Para tener un rastro que seguir, unas huellas que buscar, unos caminos que arrancar: «No tengo caminos, solo palabras con que imaginarlos» escribe Edgar Chavajoy (pero, ¿quién es Edgar Chavajoy?, ¿por qué tengo una cita suya anotada en uno de mis diarios?)Bruce Chatwin y Luis Sepúlveda se reunieron un mediodía de febrero de 1983 en el antiguo Café Zurich de Barcelona. No le tenían miedo al vacío: ambos habían estado en la Patagonia. A lo largo de aquella reunión, se acabaron dos botellas de coñac y varias historias. Antes de despedirse, el británico le regaló a Luis Sepúlveda una de sus libretas Moleskine. Ahora El Café Zurich está lleno de turistas.
10
Nils Olof Wessberg y Karen Mogensen buscaron una vida posible en otra parte del mundo, así que un buen día de 1954 se subieron a bordo de un carguero y partieron de Suecia con dirección a América Latina. Hacía poco que se habían casado y sentían en su interior que no volverían jamás de ese viaje, pero nada dijeron de sus intenciones a sus familias.
