Unida a la bestia - Grace Goodwin - E-Book

Unida a la bestia E-Book

Grace Goodwin

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Beschreibung

Tras la muerte de sus dos hermanos en la guerra contra la implacable amenaza alienígena que pone en peligro a toda la Coalición Interestelar, Sarah Mills se ofrece como voluntaria para sumarse al combate en un intento de llevar a casa a su único hermano vivo. Sin embargo, cuando la procesan por error como una novia en vez de un soldado, opta por rechazar a su pareja. Pero su compañero tiene otras ideas…

Dax es un señor de la guerra de Atlán, y al igual que todos los hombres de su raza, una bestia primitiva vive en su interior, lista para aparecer en la furia de la batalla o en la intensidad de la fiebre de apareamiento. Al enterarse de que su novia ha elegido luchar en las líneas de fuego en vez de quedarse en su cama, parte para encontrarla y reclamar lo que la bestia necesita.

Sarah no se muestra muy contenta cuando una imponente bestia, que afirma ser su compañero, llega repentinamente en medio de una batalla; y su descontento se transforma en ira cuando la presencia de Dax interrumpe su misión y da lugar a la captura de su hermano. Pero luego de que su oficial superior se niegue a autorizar una misión de rescate, la única esperanza de Sarah para salvar al único pariente que le queda es aceptar la oferta de Dax para ayudarla, incluso si eso significa entregarse a él como recompensa.

A pesar de su felicidad por haber encontrado a su rebelde novia, Dax rápidamente descubre que Sarah no se parece en nada a las mujeres dóciles y sumisas de su mundo. Si la quiere, deberá dominarla; así tenga que usar su firme mano sobre su trasero. Pero Dax no solo quiere a Sarah, sino que la necesita. ¿Podrá ella satisfacer la temible bestia que se encuentra en su interior antes de que pierda el control por completo?

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Veröffentlichungsjahr: 2018

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Unida a la bestia

Programa de Novias Interestelares®: Libro 5

Grace Goodwin

Índice

Boletín de noticias en español

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Español – Libros de Grace Goodwin

Inglés – Libros de Grace Goodwin

Boletín de noticias en español

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Sobre Grace Goodwin

Boletín de noticias en español

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Copyright © 2018 por Grace Goodwin

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida o transmitida de ninguna forma ni por ningún medio, ya sea eléctrico, digital o mecánico, incluidas, entre otras, fotocopias, grabaciones, escaneos o cualquier tipo de sistema de almacenamiento y de recuperación de datos sin el permiso expreso y por escrito del autor.

Publicado por Grace Goodwin con KSA Publishing Consultants, Inc.

Goodwin, Grace

Unida a la bestia

Diseño de portada por KSA Publishers 2020

Imágenes de Deposit Photos: ralwel, Improvisor

Este libro está destinado únicamente a adultos. Azotes y cualquier otra actividad sexual que haya sido representada en este libro son fantasías dirigidas hacia adultos solamente.

1

Sarah, Centro de Procesamiento de Novias Interestelares, planeta Tierra

Mi espalda estaba tocando algo liso y duro. Contra mi pecho había algo igual de duro, pero mientras lo tocaba con mis manos noté que era cálido. Podía sentir el latido de un corazón debajo de la piel empapada en sudor y oír el ronroneo de placer en su pecho. Sus dientes mordieron el sitio en el que mi hombro y mi cuello se unían; la sensación era intensa y un poco dolorosa. Una rodilla empujó y separó mis rodillas, y mis dedos de los pies apenas tocaban el suelo. Estaba muy bien acorralada entre un hombre, un hombre muy grande e impaciente, y la pared.

Sus manos se dirigieron hacia mi cintura, y luego más arriba, para sostener mis senos y pellizcar mis pezones endurecidos. Mi cuerpo se derritió al sentir sus hábiles manos, y me sentí agradecida por la pared y su firme soporte. Sus manos avanzaron, alzando mis brazos hasta que tomó mis dos muñecas con una de sus fuertes manos, y las mantuvo elevadas sobre mi cabeza. Estaba completamente inmovilizada. No me importaba. Debía importarme, pues no me gustaba que me tocasen, pero esto… Oh, cielos, esto era diferente.

Se sentía tan bien estar contra la pared.

No quería pensar en tomar el control, ni en saber lo que sucedería a continuación. Solo sabía que sea lo que sea que estuviese haciendo, quería más. Era salvaje, indomable y agresivo. La presión de su grueso miembro se sentía cálida contra la cara interna de mi muslo.

—Por favor —gemí.

—Tu coño está tan húmedo que gotea sobre mi muslo.

Podía sentir lo mojada que estaba; mi clítoris pulsaba, mis paredes internas se contraían con gran impaciencia.

—¿Quieres sentir mi polla llenándote?

—Sí —grité, asintiendo con la cabeza contra la dura superficie.

—Has dicho hace un momento que nunca te someterías.

—Lo haré. Lo haré —jadeé, yendo en contra de todo lo que conocía.

Yo no me sometía. Me valía por mí misma, me defendía con mis puños o con el filo de mis palabras. No dejaba que nadie me dijese lo que tenía que hacer. Había tenido suficiente de eso con mi familia, y no lo soportaría más. Pero este hombre… le daría todo, incluso mi sumisión.

—¿Harás lo que te diga?

Su voz era áspera y profunda, una combinación de un hombre dominante y excitado.

—Lo haré, pero por favor, por favor, fóllame.

—Ah, me encanta oír esas palabras en tus labios. Pero sabes que tendrás que calmar a mi bestia; mi fiebre. No te follaré solo una vez. Te follaré una y otra vez, con fuerza, justo como lo necesitas. Haré que te corras tantas veces que no recordarás ningún otro nombre que no sea el mío.

Entonces gemí.

—Hazlo. Fóllame.

Sus palabras eran tan obscenas que debí haberme sentido avergonzada, pero solo me calentaron más.

—Lléname. Puedo aliviar tu fiebre. Soy la única que puede hacerlo.

Ni siquiera sabía qué significaba eso, pero sentía que era cierto. Era la única persona que podía aliviar la impaciente cólera que se escondía dentro de él, bajo sus gentiles caricias, bajo sus suaves labios. Follar era una vía de escape para su intensidad, y era mi trabajo, mi rol, ayudarle. No es que fuese una molestia; estaba desesperada por que me follase. Quizás también tenía la fiebre.

Me alzó como si no pesara nada, mi espalda se arqueaba pues sus manos sujetaban firmemente mis muñecas, mis pechos sobresalían como una ofrenda mientras me retorcía para estar más cerca de él, para obligarle a que me llenase.

—Pon tus piernas alrededor de mí. Ábrelas, dame lo que quiero. Ofrécemelo.

Hincó sus dientes suavemente sobre la curva de mi hombro, y gimoteé con necesidad mientras su enorme pecho rozaba mis pezones sensibles y su muslo subía cada vez más arriba, forzándome a cabalgarlo, haciendo presión contra mi sensible clítoris en un despiadado ataque para hacerme perder el control.

Usando sus manos como palanca, elevé mis piernas y me posicioné sobre él hasta que sentí la cabeza de su enorme pene en mi entrada. Tan pronto como lo tuve en donde quería, crucé mis rodillas sobre la curvatura de su definido culo y traté de acercarlo a mí, de empalarme en él; pero era demasiado grande, demasiado fuerte, y gemí con frustración.

—Dilo mientras te lleno con mi polla, compañera. Di mi nombre. Di de quien es la polla que te está llenando. Di el nombre de la única persona a la que te entregarás. Dilo.

Su miembro comenzó a introducirse en mí, separando mis labios vaginales y ensanchándome. Podía sentir su solidez, su calidez. Podía sentir el olor almizcleño de mi excitación; el olor a sexo. Podía sentir cómo su boca chupaba la sensible piel de mi cuello. Podía sentir la enorme fuerza de las manos con las que me sujetaba, y la sólida pared a mis espaldas que me impedía escapar de la dominancia de su vigoroso cuerpo. Podía sentir su fuerte erección mientras lo estrechaba con mis muslos. Sentía el movimiento de los músculos de su trasero mientras me embestía.

Eché mi cabeza hacia atrás y grité su nombre, el único nombre que significaba todo para mí.

—Señorita Mills.

Aquella voz era suave; tímida, inclusive. No era la suya. La ignoré y pensé en cómo su polla me estaba llenando. Jamás me habían agrandado tanto antes, y nunca había sentido el escozor que me provocaba, ni el placer de sentir aquella acampanada cabeza deslizándose dentro de mi sitio más sensible.

—Señorita Mills.

Sentí una mano sobre mi hombro. Fría. Pequeña. No era su mano, porque sus manos se habían posado sobre mi culo en el sueño, apretando y estrujando mientras entraba en lo más profundo de mí, inmovilizándome contra la pared.

Me desperté, sobresaltada, y aparté mi brazo de la sudorosa mano de un desconocido. Pestañeando un par de veces, comprendí que la mujer que estaba frente a mí era la guardiana Morda. No el hombre de mis sueños. Oh, cielos, había sido todo un sueño.

Jadeé y traté de tomar aire mientras la miraba fijamente.

Ella era real. La guardiana Morda estaba aquí conmigo en esta sala. No estaba siendo follada por un hombre dominante con una polla enorme, ni escuchaba las palabras de un amante exigente. Ella tenía la expresión de un gato estreñido, y quizás era la mirada en mi rostro lo que la hacía retroceder. ¿Cómo se atrevía a interrumpir un sueño como ese? El mejor sexo que había tenido ni siquiera se comparaba con aquello. Vaya, había sido un sueño caliente. Jamás había tenido ese tipo de sexo en el que golpeaban mi cabeza y me tiraban contra una pared, pero ahora quería tenerlo. Mi sexo se contrajo, recordando cómo se sentía ese miembro. Mis dedos ansiaban tocar esos hombros de nuevo. Quería envolver esa cintura con mis tobillos y clavar mis talones en ese trasero.

Esto era una locura, un sueño sexual. Aquí y ahora. Dios mío, qué humillante habría sido si fuese real. No, era humillante porque se suponía que me procesarían para luchar en las líneas de fuego de la coalición, no para un trabajo como actriz porno. Supuse que el procesamiento sería alguna examinación médica, implantes anticonceptivos, o quizás algún chequeo psicológico. Ya había estado en el ejército antes, pero nunca en el espacio. ¿Qué tan diferente podría ser? ¿Qué clase de procesamiento tenía la coalición para hacerme tener un sueño porno? ¿Era por ser mujer? ¿Querían garantizar que no me follaría a ningún soldado? Aquello era ridículo, pero, ¿entonces cuál sería la razón para aquel excitante sueño húmedo?

—¿Qué? —espeté, sintiéndome enojada todavía por haber sido apartada de aquel placer, y avergonzada de que me hubiera atrapado en un momento tan emocionalmente vulnerable.

Ella retrocedió, claramente poco habituada a la crudeza de los nuevos reclutas. Era algo extraño, pues se ocupaba de ellos diariamente. Había dicho que era nueva en su trabajo en el centro de procesamiento, pero qué tan nueva era, lo desconocía. Vaya suerte que tenía, probablemente era este su primer día.

—Siento haberla alterado.

Su voz era débil. Me recordaba a un ratón. Monótono cabello castaño oscuro, liso y largo. Nada de maquillaje, su uniforme la hacía lucir amarillenta.

—Su prueba ha sido completada.

Bajé la mirada, frunciendo el ceño. Me sentía como si estuviera en el consultorio del doctor con esta bata de hospital con logo rojo que se repetía como un patrón sobre el áspero material. La silla era como una de las que estaban en el dentista, pero las correas que sujetaban mis muñecas se sentían desagradables. Tiré de ellas, verificando su resistencia, pero no cedían. Estaba atrapada. No era una sensación que disfrutara, no en lo absoluto. Me hacía pensar en el sueño en el cual él había inmovilizado mis manos sobre mi cabeza; pero aquello lo había disfrutado. Bastante. Excepto cuando me había obligado a decirle que quería entregarme a él y darle el control. Eso no tenía sentido, porque odiaba darles el control a otras personas. Era yo quien conducía cuando salía con mis amigos. Era yo quien organizaba las fiestas de cumpleaños. Solía hacer las compras para mi familia. Tenía un padre, y tres hermanos; y todos eran mandones. Aunque me habían criado siendo tan mandona como ellos, jamás me permitían decirles qué hacer. Me molestaban, se burlaban de mí, y hacían huir a cualquier chico que estuviese remotamente interesado en mí. Se alistaron en el ejército, y yo fui la siguiente. Anhelaba tener el control tanto como ellos.

Ahora, con estas malditas ataduras me sentía atrapada. Inmovilizada y sin escape. Fulminé a la guardiana con la mirada.

Sus hombros se aflojaron, haciendo que se encogiera uno o dos centímetros.

—¿Mi examinación ha acabado? ¿No está interesada en mi puntería? ¿Combate cuerpo a cuerpo? ¿En mis habilidades como piloto?

Se relamió los labios y se aclaró la garganta.

—Sus… esto… sus habilidades son impresionantes, estoy segura de eso; pero a menos que sean parte de la prueba que acaba de realizar, entonces… no.

Mis habilidades de combate eran extensas, pues tenía años de experiencia, probablemente más que cualquier otro recluta de la coalición. Según lo que sabía, todas las pruebas eran realizadas por medio de simulaciones como la que acababa de experimentar; lo cual era extraño, pero quizás era más rápido que probar las habilidades de los soldados en el polígono de tiro o en una nave de verdad. ¿Esto del sexo era alguna clase de prueba nueva? No era ninfómana, pero tampoco rechazaría a un tío guapo si la ocasión lo permitía. Pero sabía que había una diferencia entre la cama y el campo de batalla. ¿Por qué tendrían interés en conocer mis inclinaciones sexuales? ¿Pensaban que una mujer humana sería incapaz de resistirse a un alienígena increíblemente sexy? Demonios, había estado cerca de hombres dominantes toda mi vida. Resistirme a ellos no sería ningún problema.

¿O era que estaban tratando de probar que había algo mal en mí, pues había imaginado a una mujer siendo dominada e inmovilizada contra la pared por un hombre impaciente y bien dotado? No me había obligado. No le temía. Yo misma lo había deseado. Le había rogado que me tomara. No ocurrió ningún estallido, a menos que tomaran en consideración el hecho de que casi me había corrido cuando tocó fondo en mi interior. Contraje los músculos de mi sexo nuevamente, lo vívido del sueño me hacía desear el calor del semen del hombre llenándome.

Ahora era yo quien se aclaraba la garganta.

Un nítido golpe a la puerta hizo que la guardiana se diera la vuelta con prisa.

Otra mujer con un uniforme idéntico entró a la sala, pero tenía mucha más confianza y un porte competente.

—Señorita Mills, soy la guardiana Egara. Veo que ha completado su prueba.

La guardiana Egara tenía el cabello castaño oscuro, ojos grises, y el porte y postura de una bailarina. Mantenía los hombros rectos y su cuerpo esbelto y erguido. Todo en ella expresaba a gritos que era educada, segura de sí misma, refinada. Exactamente lo contrario del barrio en el que había crecido. La guardiana dirigió una mirada a la tableta que traía con ella. Supuse que la inclinación de cabeza indicaba que estaba satisfecha, pero su expresión había sido cuidadosamente entrenada y no delataba nada.

Deseé tener la mitad de su compostura cuando sentí que mi gesto se torcía.

—¿Hay alguna razón por la que esté encadenada a esta silla?

Lo último que recordaba era estar sentada frente al ratoncillo —quien ahora se escondía, prácticamente, detrás de la confiada guardiana— y haber cogido una pequeña píldora que estaba en sus manos. Me la tragué con una taza de papel llena de agua. Ahora, debajo de mi bata estaba desnuda —podía sentir mi trasero contra el duro plástico— y atada. Si necesitara tener algún tipo de vestimenta, no debería ser esta ridícula bata de hospital, sino un uniforme de guerrera para mi inducción como soldado de la coalición.

La guardiana me echó un vistazo y me obsequió una sonrisa eficiente. Todo en ella parecía ser profesional, a diferencia del ratón.

—Algunas mujeres tienen reacciones más fuertes al proceso. Las cadenas son para su propia seguridad.

—¿Entonces no le importará quitármelas ya?

Sentía que perdía el control con mis brazos inmovilizados. Si había algún tipo de peligro podía patear a mi atacante, pues mis piernas estaban sueltas, pero definitivamente verían una linda imagen cuando alzara mi pierna.

—No hasta que hayamos acabado. Es lo que dice el protocolo —añadió, como si eso cambiara algo.

Tomó asiento en la mesa que estaba frente a mí y el ratoncillo se alivió, sentándose a su lado.

—Debemos hacerle algunas preguntas de rutina para poder proceder, señorita Mills.

Traté de no rodar los ojos, pero sabía que las fuerzas armadas eran fanáticas del papeleo y la organización. No debería estar sorprendida de que una organización militar formada por más de doscientos planetas aliados tuviese algunos obstáculos que tendría que superar. Mi inducción en el ejército de los Estados Unidos había tomado varios días de papeleo, y eso había sido un país pequeño en un pequeño planeta azul de entre los cientos que existían. Caray, tendría suerte si el proceso de coalición de los aliens tardaba menos de dos meses.

—Bien —repetí, deseosa por acabar con esto.

Tenía a un hermano que encontrar, y el tiempo se estaba agotando. Cada segundo que permaneciera aquí en la Tierra era otro segundo en el que mi demente y rebelde hermano podría hacer algo estúpido y acabar muerto.

—Su nombre es Sarah Mills, ¿correcto?

—Sí.

—No está casada.

—No.

—¿Tiene hijos?

Puse los ojos en blanco. Si tuviese hijos, no me ofrecería como voluntaria en el servicio militar del espacio exterior luchando contra los aterradores ciborgs. Estaba a punto de firmar sobre la línea de puntos para irme por dos años y jamás dejaría a ningún hijo. Ni siquiera por la promesa que le había hecho a mi padre en su lecho de muerte.

—No. No tengo hijos.

—Muy bien. Ha sido asignada al planeta Atlán.

Fruncí el ceño.

—Eso está muy lejos de las líneas de combate.

Sabía en donde se estaba produciendo el combate porque mis dos hermanos, John y Chris, habían muerto en el espacio, y mi hermano menor, Seth, aún estaba luchando.

—Eso es correcto. —Miró sobre mi hombro, y tenía una vaga expresión de alguien pensativo—. Si no me equivoco con la geografía, Atlán está a tres años luz de la base del Enjambre más cercana, aproximadamente.

—¿Entonces por qué me dirijo hasta allá?

Ahora era el turno de la guardiana de fruncir el ceño, sus ojos estaban fijos en mi rostro.

—Porque allí es donde está tu compañero asignado.

Me quedé boquiabierta y miré a la mujer; mis ojos estaban tan cargados de impacto que sentía como si estuvieran a punto de salirse de sus órbitas.

—¿Mi compañero? ¿Por qué querría un compañero?

2

Sarah

Mi tono de sorpresa y mi expresión horrorizada eran, claramente, una novedad para la mujer. Echó una mirada al ratoncillo, y luego a mí nuevamente.

—Bueno, esto… porque estás aquí para el procesamiento y emparejamiento del Programa de Novias Interestelares. A veces hay mujeres que tardan más que otras en recuperarse de la prueba y pueden despertar sintiéndose… confundidas. Sin embargo, es usted la primera mujer que olvida la razón por la cual vino aquí. Encuentro su pregunta preocupante. ¿Se siente bien, señorita Mills? —Se volvió hacia el ratón—. Llama a los otros. Me parece que necesitamos repetir el encefalograma.

—No necesito uno. —Me senté y luché contra las esposas, pero no podía moverme. Mi forcejeo hizo que las dos mujeres se quedasen rígidas sobre sus sillas, y continué—: Me siento bien. Creo que ella… —Abrí mi puño y apunté al ratón, quien se mordía su labio y apretaba el borde de la mesa—. Ha cometido un grave error.

La guardiana Egara se mantuvo imperturbable mientras sus dedos se movían en todas direcciones sobre la tableta. Transcurrió un minuto, y luego otro. Alzó la mirada para verme.

—Es Sarah Mills y se ha ofrecido voluntariamente para ser una novia en el Programa de Novias Interestelares.

Estallé en risas. Probablemente era algo bueno estar atada.

—Ni hablar. Soy la última persona que necesita estar con un hombre. Crecí con tres hermanos y un padre sobreprotector que estaban metidos hasta el cuello en mi vida personal. Eran endemoniadamente mandones y asustaban a cualquier chico de la Tierra que siquiera pensara en mí de alguna manera sexual.

Sí que descubrí como mantener ciertas cosas en privado, incluyendo a los hombres, pero ojos que no ven, corazón que no siente.

—¿Por qué motivo necesitaría un compañero?

—No sería alguien de la Tierra. —Levantó la voz el ratoncillo.

Girando la cabeza, la guardiana Egara fulminó al ratón con la mirada, y me sentí bastante impresionada. No conocía a muchas mujeres civiles que pudiesen dominar aquella mirada asesina. Sin embargo, la guardiana era toda una profesional.

—¿Entonces por qué está aquí?

La guardiana enfocó su atención en mí nuevamente y ladeó su cabeza como yo si fuese un enigma que estaba intentando resolver.

—Ahora me pregunto dónde es aquí, pero me ofrecí voluntariamente para formar parte de los efectivos de la Tierra como soldado de la coalición.

—Pero es mujer —contestó el ratón, con los ojos muy abiertos.

Bajé mi mirada para contemplar mi cuerpo mientras respondía. Era fuerte, no esbelta. Mis huesos eran grandes, y había pasado casi tantas horas en la sala de pesas como los hombres de mi unidad. A pesar de todas las horas de entrenamiento, aún tenía curvas, suntuosas caderas y pechos grandes; y era imposible confundirme con un hombre.

—Sí, mis hermanos se complacían en recordármelo.

Pensé en ellos; dos ya se habían ido, y el otro estaba en el espacio luchando contra el Enjambre. En aquellos tiempos había detestado sus burlas, pero con John y Chris muertos, haría cualquier cosa —incluyendo luchar contra el Enjambre por mi cuenta— por tener a Seth fastidiándome. Seth aún estaba allí, en algún lado. Y yo le encontraría y le haría regresar a casa. Eso es lo que mi padre quería, lo que me había hecho prometerle antes de morir.

—Pero no hay mujeres voluntarias. —El ratón se movía incómoda, su rodilla izquierda se agitaba como un subibaja.

—Eso no es verdad —contestó la guardiana, con una voz nítida y enojada—. Este es tu segundo día en este trabajo, y por eso ignoras muchas cosas. Ha habido mujeres de la Tierra que se han ofrecido voluntariamente para luchar contra el Enjambre, aunque no han sido demasiadas. Señorita Mills, me parece que le debo una disculpa.

—Gracias.

Mis hombros se relajaron y sentía que podía respirar de nuevo. No quería ni necesitaba un compañero. No quería ir a Atlán. Quería y necesitaba ir a matar las cosas que habían matado a mis dos hermanos. Mi padre se revolvería en su tumba si abandonaba esta guerra y pretendía ser una mujer débil y asustadiza que necesitaba que un hombre cuidase de ella. No había sido criada de esta manera. Mi padre y mis hermanos se aseguraron de que supiese cómo cuidar de mí misma, y esperaban más de mí.

—¿Cuándo partiré? Estoy lista para luchar contra el Enjambre.

Sabía que la mayor parte de las mujeres racionales pensarían que había perdido la cabeza. ¿Quién rechazaría a una pareja perfecta, a un compañero que estaría total y completamente dedicado a mí por el resto de mi vida? ¿A un hombre fuerte que me daría hijos y un hogar, en vez de la batalla y, probablemente, la muerte?

Supongo que yo.

—Ha sido asignada a Atlán —aclaró—. Las pruebas han sido realizadas. Basándonos en su análisis psicológico y la examinación del programa de asignación, su pareja será elegida de entre los hombres solteros en el planeta Atlán. Allí las cosas se hacen de una manera un poco diferente...

—No. Pero... —interrumpí, pero no había terminado.

Suspiró y alzó su mano para detener cualquier argumento.

—Será transportada a otro planeta sin su consentimiento. Presumo que no lo tengo.

—No. No lo tiene —respondí, muy claramente—. No necesito un hombre alienígena, ningún... compañero diciéndome lo que tengo que hacer.

—Tendrá un oficial superior, probablemente un hombre, diciéndole exactamente lo que deberá hacer durante los próximos dos años —replicó el ratón.

Tenía razón, pero no le diría aquello. Además, había una enorme diferencia entre un compañero que, según las leyes de la coalición, estaría legalmente autorizado a darme órdenes por el resto de mi vida y un oficial superior que se marcharía luego de dos años.

—Haré lo que sea necesario para encontrar a mi hermano. Es el único hermano que tengo que ha quedado con vida luego de esta batalla con el Enjambre. Le he hecho una promesa a mi padre y nada va a impedir que cumpla mi palabra.

Las dos mujeres me observaron con los ojos abiertos, probablemente asombradas de mi vehemencia. No estaba de coña. Quería encontrar a Seth y quería matar tantos soldados del Enjambre como pudiese por haber matado a John y a Chris. El Enjambre no había matado a mi padre de verdad, peroel dolor por las muertes de mis hermanos ciertamente había contribuido a acabar con él.

—Muy bien —replicó la guardiana, moviendo su dedo sobre la tableta, lo cual hizo que las correas me soltaran—. Dado que no tengo su consentimiento en cuanto a ser una novia, puede ir al centro de pruebas del Batallón Interestelar y comenzar su procesamiento para ser juramentada.

Hablé mientras frotaba mis muñecas:

—Entonces, ¿todo ha sido para nada? ¿Tengo que empezar allí desde cero?

Suspiró.

—Me temo que sí. Lo siento.

—Mientras que todo este asunto del compañero esté aclarado, está bien.

Me sentía mejor al conocer la razón detrás del sueño sexual. Por un minuto, me había preguntado si existía una mujer reprimida y pervertida que no reconocía ocultándose en mi cabeza. Fue un alivio saber que no era mi culpa. No había hecho nada para que aquellas imágenes sexuales salieran a flote.

Me moví en la silla y puse mis pies sobre el frío suelo. Mis piernas estaban temblando, pero me negaba a pensar en la razón de aquello. ¿Por qué tener una pareja mandona era más aterrador para mí que luchar contra unos despiadados, inhumanos ciborgs alienígenas?

Vale, para empezar, si un ciborg me hacía enfadar podía volarle la cabeza y marcharme. ¿Pero una pareja? Bueno, me haría enojar y tendría que quedarme con él por siempre, hirviendo como un volcán sin poder estallar... Y solo Dios sabía que tenía carácter. Me había metido en más de un lío. Pero eso también había salvado mi vida. Seth solía fastidiarme con eso, diciéndome que terminaría siendo inmortal solo porque era demasiado testaruda para morir.

—La acompañaré personalmente hasta allá para garantizar que esta vez esté, efectivamente, en el lugar correcto —me dijo la guardiana, pero observando al ratoncillo avergonzado—. Y que todos los protocolos hayan sido cumplidos al pie de la letra.

Le ofrecí al ratón una pequeña sonrisa.

—No sea demasiado dura con ella —respondí—. Es nueva. Y tuve un sueño espléndido.

Joder, ya lo creo que sí. Si el hombre al que habría sido asignada se parecía en algo al enorme y agresivo amante de mi sueño... Ese pensamiento hacía que mis pezones se endurecieran.

La guardiana enarcó una ceja.

—No es demasiado tarde para cambiar de opinión, señorita Mills. Debería saber que eso no ha sido un sueño, sino información del centro de procesamiento experimentada por otra novia durante su ceremonia de unión con un hombre de Atlán.

—¿Información de procesamiento?

La guardiana se ruborizó, sus mejillas se volvieron de un color rosa brillante mientras trataba de asimilar qué significaba aquello exactamente.

—Sí. Cuando se les envía fuera de este mundo, a las novias se les implanta una unidad de procesamiento neuronal. Lo mismo con los soldados de la coalición. —Elevó su dedo y dio un golpecito sobre la huesuda prominencia sobre su sien, en el cráneo—. Le ayudará a aprender y adaptarse a todos los idiomas que existen en la Coalición Interestelar.

—¿Podré hablarle a cualquier persona?