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«El silencio se hizo mucho más espeso, cargado por la atención de todo el directorio de Banca Sudeste. Mateo y Lucas ya se habían enfrentado antes, pero siempre de una manera mediada por las consideraciones profesionales. Ahora ni siquiera se trataba de un intercambio de opiniones, sino de la pura oposición entre ambos, que habían esgrimido sus variantes del mismo eslogan como dos armas iguales, aunque cada una en una mano diferente». Un banco. Buenos Aires. Cariló. Uno. Cero. Uno es Mateo Bernard, director financiero en Banca Sudeste y, por vocación, profesor de Literatura en la universidad. Cero es el nombre del programa de inteligencia artificial que Lucas Ravencroft, ceo de la empresa, decide implementar con un propósito absoluto: eliminar el error humano. Esta novela narra un duelo entre inteligencias con armas cada vez más poderosas. En él reconoceremos el conflicto esencial de nuestro tiempo: no el enfrentamiento entre el hombre y la máquina, sino entre el impulso de hacer de los hombres máquinas y el deseo de que el progreso tecnológico se transforme en crecimiento auténtico. Uno contra Cero es un manual de supervivencia para lectores que, como Mateo Bernard, buscan mantener los ojos abiertos y el alma despierta.
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Seitenzahl: 315
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Fernando Colosimo
Uno contra cero
El despertar del alma en la era del algoritmo
NARRATIVAS
Colosimo, Fernando
Uno contra cero : el despertar del alma en la era del algoritmo / Fernando Colosimo. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2025.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-631-6726-27-8
1. Novelas de Ciencia Ficción. 2. Narrativa Argentina Contemporánea. 3. Ciencia Ficción. I. Título.
CDD A860
© 2025, Fernando Colosimo
Primera edición, diciembre 2025
Dirección comercial Sol Echegoyen
Dirección editorial Julieta Mortati
Asistencia editorialEleonora Centelles
Coordinadora de ediciones Jacqueline Golbert
Jefa de corrección María Nochteff Avendaño
Corrección Mariana Gómez Masía y Patricia Jitric
Diseño y diagramaciónLara Melamet
Conversión a formato digital Estudio eBook
Libro de edición argentina.
Hecho el depósito que establece la ley 11.723. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.
Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina
pampublicaciones.com.ar | [email protected]
Para Andrea. Treinta y tres años de amor. Suficiente tiempo para que algunas parejas se conviertan en extraños, pero nosotros nos volvimos cómplices. Tu amor incondicional no ha sido solo un refugio; ha sido la prueba silenciosa de que algunos milagros no necesitan ser explicados, solo vividos. En cada crisis, fuiste mi certeza. En cada duda, mi respuesta.
Para Camila y Martina. Dicen que los hijos cambian todo, pero ustedes no cambiaron mi vida: la crearon. Cada respiración mía tiene sentido porque ustedes existen. Son mi motor, sí, pero también mi vulnerabilidad más hermosa. En sus ojos veo el futuro que vale la pena construir, el pasado que vale la pena honrar.
Para mis padres, que ahora habitan mis recuerdos. La muerte no se llevó sus lecciones; las sembró más profundo. Ellos me enseñaron que la fe en uno mismo no es un lujo, sino una necesidad. Que los valores no se heredan, se eligen cada día. Desde donde estén, espero que vean que sus semillas crecieron en tierra fértil.
Por último, para Mariano, un gran hermano de corazón noble.
En esta historia, que es mi vida, ustedes son los personajes que le dan sentido a cada capítulo.
Los libros han ganado más batallas que las armas.
LUPERCIO LEONARDO DE ARGENSOLA
A raíces profundas, árboles sólidos.
LAO TSE, Tao Te Ching
Hace hoy ya más de cuarenta años, en el siglo pasado, a comienzos de la década de los ochenta, vi un anuncio que nunca olvidé. Era ingenioso, y su mensaje, claro y conciso. Dos pasajeros viajaban en tren, sentados uno junto al otro en el mismo compartimento. Uno de ellos, de aire reflexivo y sosegado, leía con gran pero serena concentración un grueso libro de tapas duras. Apenas se movía y lo más destacado en su persona era la profunda atención que dedicaba a la lectura. El otro ojeaba nerviosamente una revista, de la que leía algún párrafo, saltaba a otra página y no parecía poder quedarse quieto. Echaba una mirada impaciente por la ventana, otra a su abstraído compañero de viaje, y volvía a esa revista de actualidades con la que procuraba, en vano, entretenerse. De pronto se oía el zumbido de un tábano, sobrevolando insistente a ambos pasajeros. Fuera de sus casillas, el pasajero de la revista hacía un rollo con esta y así armado se lanzaba a perseguirlo. Daba saltos por todo el compartimento, descargando sus mandobles contra la puerta, las paredes, la ventana, el portaequipaje, sin que en ningún momento se dejara de oír el penetrante zumbido del insecto. Mientras tanto, el lector del libro permanecía inmóvil, sin que al parecer el tábano fuera capaz de distraer su atención. Hasta que, en determinado momento, agotado ya su compañero de viaje por el inútil combate que libraba, el lector cerraba de golpe su libro y el zumbido cesaba en el acto. Luego volvía a abrir el libro, dejaba caer el cuerpo del tábano al suelo y continuaba leyendo, ante la asombrada mirada del ojeador de la revista, que seguía hecha un rollo en su puño. Fin. El eslogan de este anuncio inglés que procuraba estimular las buenas lecturas era breve como un epigrama: “Get wise. Read books” (“Hazte sabio. Lee libros”). Además de un fino ejemplo de humor publicitario, daba una lección memorable y pertinente todavía hoy, casi medio siglo después.
En aquel tiempo, como hasta no hace tantos años, era común ver a la gente leyendo libros, a veces gruesos y profundos, en colectivos, subterráneos y trenes. Hoy es raro, y lo habitual es navegar con el móvil. Una navegación más parecida a la conducta del lector de la revista en el anuncio del tábano que a la del lector del libro: entrecortada, impaciente, saltando de un artículo a otro y, la mayoría de las veces, recorriendo los textos a toda velocidad, a menudo sin llegar a acabarlos. El hábito de leer en profundidad, pausadamente, comprendiendo y analizando lo leído, contraría nuestras costumbres. Nunca hubo tantos libros a disposición de todos, pero actuamos con ellos como con la memoria: así como permitimos que internet lo recuerde todo en nuestro lugar, dejamos el tesoro de la sabiduría sin abrir y sin explorar porque suponemos que es un conocimiento ya adquirido por la humanidad y hasta tememos que se nos vuelva un lastre a la hora de correr detrás de una actualidad apremiante. Arrastrados por ese viento huracanado, acumulamos capa sobre capa de información superficial, al precio de entender cada vez menos de cada texto. Los índices de comprensión lectora cada vez más bajos de los estudiantes de nivel primario, secundario y terciario son un testimonio de esta decadencia, en una época de esplendor en lo que hace al desarrollo científico y cognitivo.
Cualquiera de nosotros, en la actualidad, recibe muchos más estímulos y ataques a su poder de concentración que un mero tábano. Saltamos de mensaje en mensaje tratando de responder a tiempo y correctamente, desconcertados por la cantidad y la inestabilidad de los argumentos. Hablamos de posverdad, desesperando porque alguna vez podamos recuperarla, sumergidos en un mar de fake news. ¿Hay alguna salida de este laberinto?
Hay una llave y es la lectura. Pero no ejercida como nos lo impone esa megafonía de voces discordantes que nos asalta a cada paso que damos por la web, impulsándonos de un lado a otro sin ofrecernos un rumbo cierto, sino con la paciente concentración practicada por el cazador de tábanos. En vez de correr detrás de las novedades, esperarlas y examinarlas desde un punto de vista propio, que es necesario cultivar. Precisamente por encontrarnos en una época en la que soplan irresistibles vientos de cambio desde los cuatro puntos cardinales, para no ser arrastrados por la marea necesitamos una raíz profunda que nos permita resistir los embates. Confucio llamaba “el eje inquebrantable” a ese sentido del propósito y la orientación que provee una cultura sólida a quien la posee. Quizás, en una época tan incierta e inestable como la nuestra, es difícil adquirir semejante solidez por más conocimientos que reunamos. Sin embargo, el hábito de profundizar que otorga la lectura de los mejores libros escritos a lo largo de la historia puede ser nuestro mejor recurso frente a la sobreabundancia de datos que nos rodean y darnos esa brújula que nos ayude de verdad donde las recetas apresuradas que nos ofrecen a diario no nos sirven. Lo que ha resistido siglos, a pesar de la poca atención que le prestamos, muy probablemente resista también los desafíos de nuestro tiempo.
Esta novela cuenta la historia de un hombre que guarda en su interior el tesoro de lo mucho que ha leído y solo cuando la deshumanización de la vida contemporánea lo obliga a responder con lo mejor de sí descubre cuánto vale lo que tiene. Ese descubrimiento está al alcance de cualquiera de nosotros. Basta con asomarse a lo que han dejado escrito nuestros semejantes más sabios y no dejar que se pierda entre argumentos pasajeros, u oportunistas, que no deberían resistir la comparación.
En nosotros está el poder de cultivar esa raíz profunda y siempre vigente, capaz de mantenernos firmes ante cualquier viento que sople. No hay ningún motivo para esperar a mañana: los frutos de la lectura están siempre maduros y su asimilación solo puede acelerar el crecimiento.
Hazte sabio. Lee libros.
EL AUTOR
Le dije que jamás lograría hacerme creer que en un títere mecánico pudiera haber más gracia que en la estructura del cuerpo humano. Replicó que al hombre le era absolutamente imposible ponerse siquiera a la altura del títere en eso.
HEINRICH VON KLEIST, Sobre el teatro de marionetas
Su réplica, que consistía en perfeccionar una imitación de mi persona, se cumplía tanto en palabras como en acciones.
EDGAR ALLAN POE, William Wilson
El portazo retumbó en cada rincón de la oficina, disonante con la armonía de vidrio y metal impuesta por las nuevas instalaciones. Los pocos empleados se miraron unos a otros y luego se volvieron hacia Marisa Siri, asistente contable, desde cuyo escritorio se veía la puerta de la sala de reuniones.
Marisa cambió de postura. Una vez que las espaldas del hombre furioso desaparecieron de su vista, ya no tenía sentido estirar el cuello así. Se volvió hacia sus compañeros e hizo un ademán de estar tan perpleja como ellos. Pronto todos se inclinaron nuevamente sobre las pantallas de sus computadoras, donde sí tenían algo que hacer, y continuaron con su jornada.
El espacio en el que trabajaban era transparente, rodeado de cristales que les obsequiaban una estupenda vista del cielo y de la ciudad, aunque rara vez miraban ese paisaje repetido. Y no era todavía más luminoso para no dificultar la visibilidad en las pantallas, esenciales para su tarea. En ese ámbito diáfano, nada se interponía entre uno y otro empleado. Cada uno podía ver a los otros siete con solo dirigirles la mirada y resultaba igual de accesible para los demás. El mobiliario era minimalista, las sillas ergonómicas y las mesas de trabajo, de cristal pulido. En el lado opuesto al de los ventanales se extendía un largo panel decorado con grandes pinturas abstractas de autores desconocidos. Las oficinas de los altos ejecutivos se encontraban aparte.
—¿Volveremos a verlo? —preguntó en voz baja Alicia Molina, analista de inversiones, a Matías Laporta, broker financiero.
—Qué sé yo —respondió Matías desde el escritorio contiguo—. Lo que está claro es que lo que le proponen no le gustó nada.
—Se dejó todas sus cosas aquí —observó Alicia—. Aunque no se ve nada que parezca muy personal.
Matías miró también el escritorio desocupado. Era cierto: los rastros de una presencia humana —agenda, bolígrafos, algunos papeles— podían pertenecer a cualquiera. Aunque en los otros escritorios libres, que ya eran más de la mitad de los que había en la sala, ya no quedaban siquiera esos rastros.
—Por cómo salió —comentó Matías—, si después quiere recuperar algo, lo más probable es que tenga que retirarlo abajo.
Se refería a la recepción del edificio. Alicia asintió.
—“Así es como acaba el mundo —dijo, filosófica—. No con un quejido, sino con un portazo”.
Matías sonrió, no sin una adecuada dosis de amargura, y se inclinó otra vez sobre su ordenador. Ignoraba la cita que acababa de parafrasear Alicia. Ella no recordaba el título del poema ni el nombre del autor, pero sí la tarde en que su director financiero, el hombre al que un subordinado acababa de cerrarle la puerta en la cara, le había recitado los versos originales mientras, con la mayor paciencia, se esforzaba en disminuir su angustia ante la eventual pérdida del cliente del que ella era responsable. Entonces había tenido éxito.
No habían pasado más de tres minutos cuando Marisa volvió a torcer el cuello en la misma dirección que antes, aunque más disimuladamente. De todos modos, el hombre que apareció doblando la esquina del pasillo que llevaba a la sala de reuniones alcanzó a verla, reconocerla e incluso saludarla, con una breve inclinación de cabeza y una leve sonrisa. Al parecer, le divertía haberla pescado in fraganti en su labor de espía.
Pero lo sorprendió encontrar la puerta cerrada, porque sabía que estaban esperándolo. Llamó muy discretamente y enseguida le abrieron.
—Nahuel —lo recibió Mateo Bernard, el director financiero aficionado a la poesía, sonriéndole y mirándolo a los ojos—. Adelante.
Desde la pandemia, la costumbre de darse la mano se había perdido. De vez en cuando, como en aquel momento, Nahuel la echaba de menos. Recordaba muy bien la impresión de afirmación positiva, de fe en la mutua confianza, que Mateo le transmitía al estrechar la suya. No era exactamente un amigo, porque no se trataban fuera del ámbito laboral, pero sí era más que un cliente.
Por eso, por la alegría que siempre les daba verse y que había reconocido en sus ojos al abrirle la puerta, el modo en que lo descubrió en el momento siguiente, una vez sentados ambos en un rincón de la amplia mesa de esa sala poco apta para conversaciones íntimas, le chocó todavía más. Lo vio encogido, como bajo el peso de una carga invisible que doblaba su alta y delgada silueta. La tristeza que Mateo no lograba ocultar recordó a Nahuel el encuentro que había tenido poco antes escaleras abajo y ató cabos.
—Me crucé con Echagüe —tanteó—. Lo quise saludar pero no me vio. O le pasaba algo porque iba como alma que lleva el diablo.
Mateo inclinó la cabeza, como solía hacer cuando algo lo hacía meditar. En esos momentos apartaba la vista, porque miraba en su interior.
—Acabo de despedirlo —confesó.
Era evidente que intentaba resignarse a algo que no había querido hacer. Nahuel sintió que Mateo necesitaba hablar con alguien.
—¿Por qué? —preguntó ofreciéndose—. ¿Pasó algo con él?
—No, no… Es que…
A Mateo le costaba encontrar las palabras.
—¿Cuánto hace que trabajaba con vos?
—Cinco años. Cinco años ya.
—Pero vos no querías despedirlo.
—No fue una decisión mía. Vino de arriba, ¿sabés?
Nahuel trabajaba con Mateo desde hacía todavía más años que Echagüe. Creía conocerlo bien. No le gustaba verlo así.
—No, no sé —dijo—. Me parece raro, porque siempre me hablaste bien de él y cuando colaboramos en un proyecto me pareció muy eficiente y comprometido con el banco. El hombre que vi abajo estaba destrozado —se atrevió a decir.
Mateo volvió a inclinar la cabeza. Parecía reflexionar. Por fin habló.
—No te cité para hablar de Echagüe, ¿sabés? —dijo con cierta brusquedad, a pesar de su acostumbrada mesura.
—Me imaginé —respondió Nahuel, descubriéndose incómodo.
—Hay otra cosa de la que tengo que hablarte.
Alguien llamó a la puerta. Se volvieron hacia allí y antes de que ninguno dijera nada vieron a Marisa asomar su mejor sonrisa.
—Permiso, Mateo. Hola, Nahuel —amplió aún más la sonrisa—. ¿Quieren un café, un cortado?
A pesar de la política de puertas abiertas predicada por la empresa en los últimos años, a Mateo le molestaban las intromisiones. En especial las de los curiosos.
—Dos cortados, gracias —respondió con voz seca, conocedor de los hábitos de Nahuel—. Y la próxima vez, Marisa, pedí permiso antes de entrar.
—Perdón, Mateo. Enseguida se los traigo.
Una vez que Marisa hubo cerrado la puerta, Mateo inició su discurso.
—Nahuel, no creo que esto te sorprenda. Todo cambia y el banco también. Desde hace algún tiempo estamos experimentando con tecnologías emergentes, como inteligencia artificial, big data y otras que ya conocés. El objetivo, al que nos vamos acercando, es mejorar la eficiencia de la empresa. Lo que implica una reducción de plantilla a lo estrictamente necesario y también una contratación de proveedores mucho menor.
Hizo una pausa. La mirada de Nahuel se le hizo difícil de sostener, pero aguantó.
—O sea que Echagüe y yo estamos en el mismo barco —dijo Nahuel—. Yo no lo sabía, pero lo explicás muy bien.
La ironía le dolió.
—A mí también me costó entenderlo —se defendió—. Pero estamos en una nueva era y tenemos que adaptarnos. Ya no se trata solo de reducir costos o de mantener la estabilidad, sino de innovar para sobrevivir en un mundo cada vez más competitivo…
—No hace falta que te pongas dramático —lo interrumpió Nahuel—. Te entendí a la primera. Tampoco es tan difícil, nadie habla de otra cosa. Pero que con los años que hace que nos conocemos me vengas con ese discurso careta…
Mateo sintió vergüenza. Pero Nahuel tampoco entendía su posición.
—Nahuel —dijo—, lo más fácil para mí sería no decir nada y simplemente dejar de llamarte. O hacerlo mucho más de vez en cuando, ¿no te parece?
Antes de que Nahuel pudiera decir nada, volvieron a llamar a la puerta.
—Adelante, Marisa —dijo Mateo, dando a Nahuel tiempo para pensar—. Te agradezco —dijo a Marisa, que humildemente callada sirvió los cortados y salió.
—Pobrecita, está asustadísima —dijo Nahuel cuando la puerta se hubo cerrado tras ella.
—Seguro. Su jefe es un ogro y no ve la hora de despedirla.
Ahora el irónico era él. Nahuel volvió a mirarlo, desafiante.
—¿Vos podés garantizar su puesto de trabajo?
—Tampoco puedo garantizar el mío, Nahuel.
Esto pareció apaciguar un poco al proveedor. Probaron sus cortados. Luego Nahuel habló con más calma.
—Entiendo que se modernicen —dijo—. ¿Pero no te parece extraño que en el último año los balances del banco hayan mostrado resultados extraordinarios, que lo pregonen a los cuatro vientos, mientras vos me das a entender que si no recortan costos la competencia se los come? ¿No son líderes del mercado y todo eso? ¿Cuáles son los problemas financieros entonces?
Nahuel no era un profesional del sistema bancario como él, pero tampoco alguien completamente desinformado. Comprendía muy bien en general los conceptos necesarios para el servicio que les ofrecía y le había demostrado más de una vez su perspicacia en temas económicos. ¿Cómo explicarle?
Porque tampoco él encontraba satisfactorias las razones que podía dar.
—La competencia feroz —argumentó—. La obligación de obtener beneficios cada vez mayores para seguir estando en carrera. Tenemos que ser líderes en todo: tecnología, servicio, producto, mercados…
—Pero para crecer tienen que ser cada vez menos. Paradójico, ¿no?
Sintió que Nahuel lo estaba poniendo a prueba.
—Sí —debió admitir—. Esa contradicción es cierta, pero…
—A mí me parece coherente —lo cortó Nahuel otra vez, con una aspereza desconocida—. Cada vez más grande la torta y menos para repartir.
—No soy yo el que reparte, Nahuel. Yo también soy un empleado.
—¿Entonces por qué hablás como ellos? ¿En qué te beneficia? Yo entiendo que estás haciendo un trabajo, pero a mí no me tenés que vender el capitalismo como progreso. ¿No ves que lo que quieren es quedarse con todo? Si todavía nadie saltó es porque están todos absortos en los algoritmos de sus celulares. ¿Por qué por un momento, en vez de hablarme como director financiero, no me hablás como Mateo?
Mateo se sintió muy cansado. Después de tantos años de una relación tan amistosa, había esperado de Nahuel, acostumbrado a moverse por su cuenta, que lo comprendiera mejor que Echagüe, un hombre formado en el banco. Pero era inútil.
—Por eso te llamé, Nahuel. Para hablarte como Mateo —dijo ya sin eludir su mirada—. Podría haberte enviado un mail como hice con otros proveedores. Lo que se espera de mí es que responda por los intereses del banco y de los accionistas. Pero quise hablarte a la cara. Aunque lo que tengo que decirte es peor tal vez de lo que esperás. No vamos a renovar tu contrato, Nahuel. A fin de mes terminamos, no sé qué pasará después.
Reconoció la angustia en los ojos de Nahuel en cuanto acabó de hablar. No ignoraba que el banco era su principal cliente y casi se arrepintió de haber perdido la paciencia. Una cosa era saber que era prescindible y otra enterarse de que ya habían prescindido de él.
—¿Y tomaron la decisión ahora? ¿A menos de dos semanas? ¿Sabés cómo me deja eso?
—Lo siento, Nahuel —dijo sinceramente—. Por eso te cité con urgencia.
Era verdad. Nahuel no podía menos que admitirlo.
—Y yo que venía a una reunión de trabajo… —parecía resignarse—. No lo puedo creer.
—Espero que el mal trago pase rápido y las cosas pronto vuelvan a ser como antes…
—¿De veras lo esperás? ¿De veras pensás que van a dar marcha atrás? Si les está yendo mejor que nunca…
—Nahuel, siempre has sabido arreglártelas…
—Sí, ya me voy a arreglar. Seguro —dijo Nahuel, terminando el cortado ya frío—. ¿Pero sabés quién es más víctima del sistema que yo? —le preguntó, directo a la cara—. Vos. Porque te jodieron, Mateo. A lo mejor te jubilás acá adentro, lo que no sé si es de envidiar. Pero vas a tener que seguir siendo dos personas: el que creés que sos, el ávido lector con sentido crítico, el profesor generoso que se brinda a sus alumnos, y el que no tenés más remedio que ser, el poderoso jefe que vive para acatar órdenes y hacer lo contrario de lo que piensa. Porque no me engañás, Mateo: por más que los justifiques, vos no pensás que esto está bien. Y no lo digo por mí solo.
Mateo sintió una punzada en el estómago. ¿Cómo podía Nahuel acusarlo así? ¿Acaso no sabía todo lo que había sacrificado para alcanzar su posición? ¿Las noches sin dormir, los fines de semana trabajando en proyectos, los viajes de negocios dejando a su familia atrás? ¿Cómo no entendía que él también era un trabajador?
Sin embargo, a pesar de su comprensible estado de alteración, tal vez algo de razón tenía. ¿Qué había pasado con ese otro Mateo, el que amaba leer y escribir, el que soñaba con crear algo propio? ¿Por qué lo estaba dejando morir en su interior?
—Hasta ahora, Nahuel, te has llevado bien con los dos Mateos —respondió defendiéndose—. Pero es verdad que no me gusta tener que hacer esto.
Se sentía expuesto, como si le hubieran arrancado una máscara y ahora no supiera cómo volver a ponérsela. Verlo así parecía de pronto también difícil para Nahuel.
—Mejor me voy —dijo este por fin—. Ya hablaremos cuando estemos más calmados.
No supo qué decir. Las palabras se le atragantaron en la garganta y se sintió estúpidamente impotente. Nahuel se levantó y se dirigió hacia la puerta. El silencio hablaba por ambos. Pero antes de salir se detuvo y se volvió hacia él.
—Yo conozco un Mateo —dijo mirándolo—. Ojalá puedas dejarlo salir.
Y con esas palabras salió de la sala, dejando a Mateo con una sensación de vacío en el pecho. Se sentía completamente solo, perdido en un mundo que no sabía cómo enfrentar. ¿Había dos Mateos? Recordó el cuento de Poe sobre el hombre que mataba a su doble en un duelo y así quedaba él mismo muerto en vida. ¿Era eso lo que le estaba pasando? ¿Estaba su función ocupando el lugar de su persona, como parecía que la inteligencia artificial y las funciones digitales sustituirían uno por uno a los trabajadores y profesionales que lo rodeaban? Se dijo que eran como marionetas, manipuladas por manos ajenas y cambiadas por otras nuevas cuando resultaban obsoletas, y vino a su mente otro cuento cuyo protagonista compraba, para que lo reemplazara en su vida cotidiana y poder entregarse a sus fantasías, un robot que era un doble perfecto suyo y acababa matándolo para quedarse con su mujer y la totalidad de su vida. ¿Llegaría ese día alguna vez?
El Gran Despido había empezado unas semanas antes, con la instalación definitiva de la emergente inteligencia artificial. Muchos puestos de trabajo se habían vuelto ya obsoletos, incluido tal vez el suyo. Como jefe del área contable, Mateo había intentado conservar su equipo, pero los escritorios vacíos en la sala contigua eran cada vez más.
Permaneció en la sala de reuniones, a la espera de que sus subalternos se retiraran. Otro mal día tocaba a su fin y el siguiente no prometía nada mejor. Era como vivir en una de esas novelas de ciencia ficción leídas en su juventud, en que los seres humanos eran sustituidos por robots o se comportaban cada vez más como ellos. Pensó en Nahuel, en Echagüe, tan humanos, habitualmente tan serenos y sensatos, de pronto desbordados por sus emociones al sentirse amenazados. Como él mismo, después de todo. Sin duda era más fácil desactivar un robot.
Recordó entonces las palabras de su abuelo, que siempre le había dicho que el éxito no podía medirse solo por el dinero que se ganaba, sino también por el bienestar que se creaba alrededor de uno. Se levantó, caminó hacia la ventana y miró hacia el exterior a través de las rendijas de la persiana americana. La tarde era gris y los edificios, altos como murallas. Se sintió un prisionero. Tenía un nudo en el estómago. Sabía que lo peor estaba por venir: parecía que todo lo que pudiera ser reemplazado por la “nueva inteligencia artificial” lo sería, hasta en los casos en que no se verificara que la máquina lo ejecutara mejor que el hombre. Los gigantescos beneficios que los empresarios imaginaban como resultado de la ecuación perfecta entre redes sociales, medios de comunicación, aplicaciones, algoritmos y plataformas de streaming se imponían a cualquier otra consideración. ¿Pero la había?
A veces, entre los temas que se implantaban como tendencia, el constante streaming de series y espectáculos, los videojuegos que mantenían entretenida y distraída a casi toda la población y las apps que les volvían la vida más fácil —porque por primera vez en la historia todo estaba a dos clics de distancia—, Mateo tenía la impresión de que, por fin, como en una distopía convertida en realidad, los amos de la raza humana habían logrado dominarla sin necesidad de disparar un solo tiro. Podía parecer una ficción, pero él sabía que todas esas tecnologías estaban siendo realmente utilizadas para manipular y controlar a la población a gran escala.
Cada uno aislado en su cubículo, dependiente de los suministros de las grandes corporaciones, como él ahora, escondido y solo, precisamente en una sala de reuniones. Le pareció una metáfora perfecta. La sala era aséptica y diáfana, con grandes ventanales de vidrio que permitían la entrada de luz natural. El mobiliario era minimalista y funcional, con sillas y mesas de acero y vidrio. Todo en la habitación parecía haber sido diseñado para maximizar la eficiencia y la productividad. La única huella humana eran las tazas sucias de café que el servicio de limpieza borraría en unas pocas horas, para devolver al espacio su prístina blancura original.
Se sentía como uno de esos monos civilizados que había visto en una reserva de la selva misionera. El guardabosque le había explicado, frente a una jaula, que, una vez domesticados, los animales no pueden volver a la jungla, porque no sobreviven. Habituados al alimento y al abrigo provistos por la civilización, ya no logran recuperar su vida anterior.
La domesticación de los humanos era semejante. También él había perdido el instinto y la capacidad de tomar decisiones independientes. Se había dejado controlar por la comodidad y la seguridad que la vida corporativa y las nuevas tecnologías le proporcionaban. En eso, Nahuel tenía razón.
¿Pero qué hacer? Se quedó allí sentado, inmóvil, como si todavía tuviera algún trabajo pendiente, esperando a estar seguro de no cruzarse con nadie. Había triunfado en su carrera. Durante dieciocho años había sido un hombre importante en esa empresa, con un trabajo que le gustaba, con una posición de poder y con un sueldo más que aceptable. Ahora, todo eso había desaparecido. Se sentía como si hubiera sido expulsado de su propia casa. Aunque los dueños le hubieran encargado que se ocupara él de expulsar a otros.
La vida, allí, sería fácil, sería simple. Todas las obligaciones, todos los problemas que implica la vida material hallarían una solución natural. […] La comodidad ambiente se les antojaría un hecho incontrovertible, un dato inicial, un estado de su naturaleza.
GEORGES PEREC,Las cosas
[…] parecía una mujer de madera que funcionara de manera automática.
GUSTAVE FLAUBERT, Un corazón sencillo
La cocina, remodelada de arriba abajo algunas semanas atrás, era ahora un espacio blanco y brillante, luminoso y moderno. Níveos muebles italianos de aristas definidas, bien compensados unos con otros y armonizados entre sí. Piso de mármol que, si no hacía frío, invitaba a andar descalza, como le gustaba a Emilia cuando se sentía relajada y de buen humor.
Al entrar en casa la había recibido el aroma a lavanda floral que dejaba Susy cuando venía a hacer la limpieza. Ahora, después de un baño, tenía ganas de cocinar. En un rato Mateo habría llegado y quería recibirlo con la cena lista. Abrió la flamante heladera multifunción y fue ubicando los ingredientes sobre la larga mesada de mármol negro, iluminada cenitalmente desde debajo de las alacenas. Sabía que al día siguiente, gracias al pedido automático de productos faltantes al supermercado, una de las innovaciones que había determinado su elección, la heladera volvería a estar repleta. Lomo de cerdo, jengibre, ananá y cuanto hacía falta estaban a su disposición. Ahora solo debía seguir las instrucciones para poder ofrecer a su familia, tras una plácida espera, una cena deliciosa.
El modelo más reciente de Thermomix, que Mateo le había regalado días atrás para su cumpleaños, era una obra maestra de la tecnología culinaria: no solo saltaba a la vista como un sofisticado artículo de lujo, sino que además sus variadas prestaciones proporcionaban a Emilia todo tipo de recursos que recién empezaba a dominar. A ellos debía una síntesis en que encontraba la perfección: por un lado, se le abría un mundo infinito de sabores y combinaciones posibles; por el otro, tenía todo bajo control. Que aquella máquina fuera capaz de resolver esa aparente contradicción no dejaba de maravillarla. El brillo de la luz tenue sobre los botones y las letras redondeaba la impresión de objeto mágico que el robot le causaba.
Seleccionó una receta de cerdo agridulce con arroz blanco, entusiasmada con esa opción asiática, y siguió meticulosamente el procedimiento indicado. Cada delicado toque de sus dedos en la pantalla era un paso de finos tobillos hacia la perfección. Las palabras en la aplicación guiaban sus movimientos con instrucciones detalladas y precisas, y sus ojos se deslizaban rápidamente por la pantalla asimilando cada sugerencia. La tecnología elevaba el arte culinario a un nuevo nivel que ella, gracias a esa herramienta, alcanzaría.
—Necesito un buen tapicero cerca de casa.
Otra vez el sillón, pensó Mateo, que acababa de entrar desde la calle con su discreción habitual. A Emilia se le había ocurrido cambiar el color del sillón en que él leía: de pronto, lo encontraba a la vez viejo y anticuado. Mientras no se lo cambiaran de lugar él no tenía nada que objetar, pero lo fastidiaba un poco la insistencia de ella con el tema. De todos modos, como la oyó animada, después de dejar sus cosas fue hacia la cocina, de donde venía la voz de su mujer.
—Dame muestras de diseños y colores —oyó.
¿Con quién estará hablando?, se preguntó. Por el tono a la vez imperativo y sereno, Emilia no parecía dirigirse a Camila ni a Martina. No es que a ellas no les diera órdenes, sino que difícilmente alcanzaba ese equilibrio al hacerlo. Pero era raro que a esa hora hubiera, sin aviso, un extraño en la casa.
—Quiero ver tapizados para sillones —insistió Emilia.
Cuando la vio, de espaldas a él en su reino doméstico, Mateo entendió el porqué de ese modo de hablar artificialmente articulado, pronunciando cada palabra lentamente para asegurarse de ser entendida, como cuando se habla a un niño pequeño, un extranjero o alguien de pocas luces: era Siri a quien se dirigía, a la orden en la pantalla de la tablet sobre la mesada.
Emilia, absorta en sus tareas, no reparó en su presencia. Mateo, mirando cómo se movía organizando la cena, se sintió a la vez fascinado y perturbado. Le parecía ver al mismo tiempo un ballet perfectamente orquestado, con su prima donna en el centro de una serie de movimientos tan armónicos como precisos, y el funcionamiento de un mecanismo de relojería, con su mujer convertida en una pieza más de aquel engranaje sin fallas. El suave zumbido de la Thermomix redondeaba el cuadro.
—Solamente tapizados para sillones de lectura.
La impresión duró poco, pero fue reveladora. Fue también Emilia quien la rompió, al darse cuenta de que la miraban.
—¡Mateo! —dijo volviéndose hacia él, sonriéndole con evidente gusto de verlo—. ¿Cuánto tiempo llevás ahí?
Parecía divertida y de buen humor, de modo que él trató de contagiárselo y sonrió a su vez.
—No sé —dijo—. Perdí la noción del tiempo mirándote.
A ella le gustó lo que oyó. Sonrió y siguió con sus tareas.
—Estaba tratando de ver si actualizamos ese dichoso sillón tuyo —le dijo inclinándose sobre la pantalla, que mostraba diseños de varios colores aplicados ya sobre los sillones, mientras recogía los utensilios empleados para meterlos en el lavaplatos—. ¿Hay alguno que te guste?
Mateo se sentía abrumado por la oferta, pero trató de ocultarlo.
—Muchos —dijo—. No sabría elegir.
A Emilia le hizo gracia su evasiva.
—Así que tendré que hacerlo yo —dijo riendo—. Espero que te guste.
Su buen humor contrastaba con la angustia que él intentaba dominar. Pero, además, era ese mismo bienestar, reflejado tanto en los nuevos muebles y electrodomésticos como en la alegría que ella mostraba, lo que en él producía tanta molestia. Le parecía una telaraña invisible, tejida entrecruzando los hilos de la inteligencia artificial con los de la conectividad en continuado, en la que estaba atrapado a pesar de la gentileza y el entusiasmo de su compañera. Era la versión actualizada de aquel mundo feliz imaginado por Aldous Huxley para un futuro ya dejado atrás pero no muy distinto en lo esencial del prometido por los avances de la tecnología contemporánea: un paraíso de orden programado, en el que no había más que pulsar una tecla o pedir lo que fuera a un asistente como Siri para cumplir todos los previstos deseos.
Oía a Emilia hablar animadamente de su día de trabajo, de los asuntos de la pequeña empresa de cosmética donde era gerenta de marketing, de la próxima fiesta en el colegio de las chicas, que la mantenía pendiente de los mensajes de whatsapp del grupo de madres, de los planes y las últimas compras hechas por sus amigas, de lugares donde le gustaría viajar, pero todas esas circunstancias resbalaban sobre él, convertidas en un chorro de información y gestión que le resultaba tan dolorosamente indiferente como los conceptos estereotipados con que en su trabajo directivos y planificadores intentaban pintar el futuro.
Oyendo la voz de Emilia tratando de habitar ese vacío, dándole la misma colorida animación que proveían aplicaciones, drones y todo tipo de robots, Mateo fue asaltado por una idea desagradable: ¿y si Emilia, culminando con éxito este proceso, al fin había logrado convertirse en el aparato inteligente más sofisticado de la casa?
—Voy a darme una ducha —anunció con la intención de despejarse.
—La cena estará lista en cuanto salgas —respondió Emilia conforme.
A las ocho de la noche, como cada día en casa de la familia Bernard, Mateo, Emilia, Camila y Martina se sentaron alrededor de la mesa, listos para disfrutar de otra exquisita comida preparada por la Thermomix de Emilia. Un aroma tentador inundaba el ambiente, a la vez embriagando y despertando los sentidos de todos.
Pero, desde el primer bocado, otra percepción se fue infiltrando entre Mateo y su paladar. Irritantes como el zumbido de un mosquito, las voces del televisor, aunque estuvieran a un volumen mínimo, le abrían los oídos y los ojos a una realidad que le disgustaba. Si no la había captado antes, era solo porque la cálida visión de su mujer y de sus hijas tendía un velo sobre su mirada.
Ahora el televisor, insistente, había rasgado ese velo. En la pantalla podía leer: “IA 4.0: ¿Desastre social?”. Pero nadie en su familia parecía estar prestando atención.
En cambio, era como si estuvieran ilustrando la nota: Camila, la hija mayor, empuñaba el tenedor con la mano izquierda mientras deslizaba el dedo índice de la derecha a toda velocidad por la pantalla de su teléfono, de la que no despegaba la vista; Martina, como una copia en pequeño de su hermana, también comía distraídamente mientras no apartaba la mirada de la tablet que se había puesto delante para poder seguir viendo videos de TikTok. Hasta Emilia, evidentemente complacida con su propia creación culinaria, mantenía su teléfono celular junto a sus cubiertos y espiaba en él las evoluciones del chat de madres. La tecnología había ocupado un lugar central en la mesa, o más bien desplazado a cada comensal hacia sus propios intereses, ajenos a los de otros. Era el único momento del día que compartían los cuatro.
—Está muy rico, pero me gustaría más con un poco de charla —dijo Mateo haciéndose oír por sobre el murmullo de los aparatos.
Las tres alzaron sus miradas hacia él. Emilia sonrió, comprendiendo de inmediato, y apartó su teléfono hacia un lado. Martina, todavía una niña, lo miró desconcertada. Pero la adolescente Camila lo había entendido tan rápido y perfectamente como su madre.
—¿Y de qué hablamos? —preguntó, dejando su celular junto al plato con fastidio.
Lo miraba desafiante y disgustada. Mateo contuvo su irritación.
—¿Te gusta la comida? —preguntó sosteniendo la mirada.
Emilia apartó la suya con un gesto de cansancio, mientras Martina iba y venía con los ojos en suspenso entre papá y su hermana. ¿Qué estaba pasando?
—Está buena, sí —admitió Camila y se volvió hacia su madre—. Gracias, mamá.
—¿Le sentiste el sabor? —insistió Mateo.
Martina intentó mediar.
—Está muy buena, papá. Nos gusta mucho.
Mateo no aflojó la rienda.
—Claro que está buena. Su mamá trabajó mucho —cruzó por la comisura de Emilia una amarga sonrisa irónica—. Lo que no me gusta es que ni le presten atención y digan cualquier cosa para quedar bien.
