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"Siempre será un albur saber con certeza si esta historia, al ser revisada en su escenario natural y otra vez enmendada en el papel, con una actitud más de escribano que de artista, va a alcanzar el significado que genere su olvido. Y, así, librarme de seguir viéndome en ella como uno de sus muertos presuntos, el desvelado por la culpa sin pausa de los que se salvan por un pelo." Lucho, el protagonista y narrador de Unquén, el que espera, revisa incansablemente su historia personal. Al hacerlo, no puede evitar que las semanas en torno al golpe cívico militar de 1973 y Unquén, el lugar donde le tocó vivirlas, se conviertan en el prisma para juzgar toda su existencia. Conviene advertir cuán inútil resulta suponer de antemano que ese quedarse pegado en un momento crucial empaña la agilidad de esta novela. Por fortuna, la evidente obsesión de Lucho no impide la gran amenidad de su relato. Este se encuentra cruzado por diversos escenarios, variadas voces, risas, situaciones azarosas, patéticas o eróticas, en medio de aquello que sin duda hace parte de la mayor tragedia de nuestro país.
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Seitenzahl: 276
Veröffentlichungsjahr: 2020
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INFANTE, SERGIOUnquén, el que espera/Sergio InfanteSantiago de Chile: Catalonia, 2021
ISBN 978-956-324-840-1ISBN Digital:
Diseño de portada: Guarulo & AlomsImagen de portada: Jorge Kuhn, Última Obra, 2020.Dirección editorial: Arturo Infante Reñasco
Diseño y diagramación eBook: Sebastián Valdebenito M.
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información, en ninguna forma o medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin permiso previo, por escrito, de la editorial.
Primera edición: abril 2021
© Sergio Infante, 2021
© Catalonia Ltda., 2021Santa Isabel 1235, ProvidenciaSantiago de Chilewww.catalonia.cl – @catalonialibros
A Benjamín
La literatura siempre es inactual, dice en otro lugar, a destiempo, la verdadera historia, Ricardo Piglia
¡Oh memoria, enemiga mortal de mi descanso!, Miguel de Cervantes
Volví a Unquén después de darle más vueltas a mis días en ese puerto que al mundo. Veintidós años en Suecia no llenaban ningún mundo; en cambio, mis días de Unquén, si bien apenas sumaban año y medio, no tenían deslindes de tanto enseñorearse en las horas de mayor soledad o en las tertulias monocordes con los pocos amigos que me quedan. Volví a aquella ciudad llamada Unquén en un bus interprovincial y no en El Rápido, como lo disponía una costumbre adormilada: sentir que los vagones en su avance hacia el Sur le arrancaban el sopor a la noche y templaban la espera. En febrero de 1996 ya no llegaban trenes a Unquén.
Me había propuesto hacer este tramo del viaje –verdadera razón de mi visita al país– sin compañía alguna, pero la Berit, temiendo que la emoción fuera superior a mis fuerzas, se había obstinado en ser mi sombra y, luchando contra toda aprensión, prefirió dejar a Gunhild y a David Ernesto en la capital con mis padres que abandonarme a mi suerte. Su fidelidad, aunque en ese momento yo la sintiera como un lastre, venía una vez más a desmentir el nefasto vaticinio hecho por Reñasco cuando le anuncié que me casaba con nuestra profesora de sueco: "Compadre, el caballo y la mujer de su tierra han de ser". No le aguanté ni el menor "era una broma, viejito" y la incipiente amistad con Reñasco empezó a flaquear desde ese día. ¡Basta! Mis tiras y aflojas con ese tipo son otra historia.
La que aquí se escribe comienza y termina en Unquén. Una obsesión, dirán. Puede ser. Admito que ahora me da no sé qué el desconcierto con que mis padres, apenas pasados los brindis del reencuentro, escucharon mi decisión de continuar rumbo al Sur al día siguiente; el desengaño que debieron sentir ante la imposibilidad de expresarme un afecto largamente atesorado, además de la incertidumbre que debió causarles el hecho de que fuera Unquén el lugar de mi destino, según se desprende de los reproches de mi
hermana Isabel en una carta: "Ellos nada te dijeron, tú sabes, Lucho, que ellos nunca dicen nada, pero no olvides que allí te pilló el Pronunciamiento del 73, metido en el Despelote como andabas. No olvides que desde allí salió la orden de capturarte. No olvides que, aunque no lo hayas vivido porque no estabas (claro, cuándo ibas a estar tú), todo aquello significó el bochornoso allanamiento de nuestra casa la tarde en que iba a ponerme las argollas, cuando ya había llegado la familia del innombrable y únicamente esperábamos al padre Matte".
A cualquiera puede parecerle que me pasé de la raya, que después de más de veinte años sin verlos, nada me costaba quedarme los primeros días con los viejos. Actué completamente convencido de lo que hacía y las dudas que, a ratos, pude tener cuando ya llevaba días en Unquén obedecieron a las presiones de sentimentalismos ajenos, a la prédica de mal abortados deberes filiales esgrimidos y lagrimeados por la Berit: "Como hijo, les has dado a tus propios hijos un pésimo ejemplo. Pero, Berit, si ya son unos viejotes. Por eso mismo, Lucho. Estarán mortificando a tus padres con sus carretes hasta las tantas y a ti te da lo mismo ”. ¡Huevadas! Nadie, ni siquiera la misma Berit, por más que se haya empeñado, llegará a comprender que una persona, en el fondo tan hecha a lo urbano como yo, necesitara viajar cuanto antes a esa ensenada perdida donde, en honor a la verdad, nunca me había quedado más de tres meses seguidos. Nadie llegará y entenderá a la primera lo sagrado de aquella prisa, incluso sabiendo que la historia de espectros que me vincula a Unquén es el centro de las cosas por las que he vivido y desvivido en Estocolmo.
Siempre será un albur saber con certeza si esta historia, al ser revisada en su escenario natural y otra vez enmendada en el papel, con una actitud más de escribano que de artista, va a alcanzar el significado que genere su olvido. Y, así, librarme de seguir viéndome en ella como uno de sus muertos presuntos, el desvelado por la culpa sin pausa de los que se salvan por un pelo.
Viajé con esa ilusión. La tarde anterior al vuelo se lo había estado repitiendo a Benjamín, ¿a quién otro si juntos corrimos esa suerte? Cansado de oírmelo, me replicó medio burlón: "Lucho, estás como los chamanes: para arrancar el mal te pegas flor de chárter a su origen".
Y con esa ilusión bajé del bus interprovincial aquella luminosa mañana de febrero, casi olvidando la presencia de la Berit, aunque no tardé en soltar la maleta para aferrarme a su brazo al sentir el hálito salino y de una pura ojeada captar la bahía, las casas, las cuatro colinas. "¡Me recuerda Lofoten!", exclamó la Berit indicando unos islotes desgranados en la lejanía. Lo dijo por decir algo, para que yo escuchase su voz y me tranquilizara. "Puede ser, le respondí, pero aquí mis muertos están ebrios de una lluvia aún más antigua, aún más sucia".
Porque iba siendo la hora, María Chila cerró los fuelles de la cocina, puso la última horneada en la canasta y la cubrió con un paño. La esperaba un día incierto. Aparte del pedido que le habían hecho en el Bávaro, las otras ventas serían cuestión de suerte. Necesitaba esa suerte. Por eso, volvió a abrir los fuelles, tiró unas cuantas astillas sobre las ascuas reviviendo las llamas. Enseguida sacó de su delantal un puñado de cáscaras de ajo que fue esparciendo sobre el mayor de los hornillos. Observó cómo se retorcían entre chisporroteos y se escapaban en unas serpentinas de humo mínimo. Las siguió con la vista para cazar en ellas la fortuna. Un optimismo risueño la invadió y le hizo creer que las ventas de ese domingo serían las mejores. El alegrón sin embargo se le borró de la cara cuando al lavarse las manos notó que apenas quedaba agua y, tal como había ocurrido durante las últimas semanas, Benjamín no podría acarreársela.
Años más tarde, ya reunida con su hijo en el exilio, ella confesará: “La verdad es que en esos días era lo de menos tener que arreglármelas sola. Lo más era lo otro: el que usted, Benja, faltara. Por mucho que me hubiese mandado razón con el Carancho, me pesaba que nos fuese imposible estar cerca. Me traían loca unos sueños en que andaba buscándolo para advertirle del peligro. Pero usted, si es porfiado hasta cuando una lo sueña, apenas lo aguaitaba se me metía en medio de un resplandor y quedaba distante. Se hacía el cucho yéndoseme por entre una nieve de caída tan lenta y tupida, que en nada se parecía a aquella nevisca que azotaba en la cara y a mí me arrancaba los achichíos de la boca y a usted unos berridos que había que guarecerlo entre el piño de ovejas para que tomara calor y se calmase. Qué se va a acordar, hijo, si no pasaba de guarisapo cuando vivíamos en El Páramo. Qué más da, total no era así esta nieve que le digo. Me asustaba verlo a usted metido en ese berenjenal de fríos encerrados. No se le ocurría nada mejor que
esconderse detrás de unas estatuas que había por todas partes. Y en los asomos para ir de un bulto a otro, de cuando en cuando aparecía una chiquita que lo tironeaba de la parka. Se notaba que ella me había visto y quería que usted las parara. Pero el señor estaba en otra cosa, ¿cuándo no? La niñita, como disculpándose por usted, me hacía señas y sonreía. Esa era la única parte alegre. Empecé a soñar eso la noche misma del allanamiento y lo seguí soñando hasta que me vinieron con lo de las muertes.
Pero antes de que le avisaran lo de esas muertes –la de su hijo, la del cojito, la mía–, aquel domingo en que estaba por salir, María Chila se quitó el delantal y lo colgó de un clavo que servía de percha. Al lado, directamente pegada a la pared, había una foto reciente de Benjamín, pequeñita, recortada de una mayor como si lo hubiesen querido apartar de toda compañía. Era casi la de un hombre esa cara burlona y tal vez por eso no estaba a su lado. "Así son estos diablos, crecen y parten", se consoló a sabiendas de que se contaba una mentira; intuyendo que aquella forma precipitada de crecer, de llenársele el cuerpo de ademanes y palabras de adulto, ahora, perseguido como andaba, se volvería en contra del chico. Acorralado como estaría debía de necesitarla, o sufriría imaginando que a ella podía haberle sucedido lo peor. Si en ese momento ella hubiera sabido, por puro saber que fuera, dónde se encontraba su hijo, no hubiese sentido que el abandono se le iba enhebrando a la piel y poco a poco la sumaba a la negrura que esos días ponían sobre el mundo. Si ella pudiese, como hacía la joven de un cuento que siempre le había fascinado, preguntárselo a los vientos; ordenar simplemente: ¡Travesía, dime dónde está el Benja! Pero ya ni los vientos eran como antes; ahora se hacían los sordos o respondían llenándole la casa de crujidos.
"La pasó mal mi vieja, Lucho –me iba a contar Benjamín, años después, un sábado en que asistíamos al festival de volantines en Gärdet y, por asociar el mayo sueco con la primavera nuestra, dimos con aquel septiembre, sin cometas ni nada que se elevase al cielo, que tanto nos había marcado–. La pasó muy mal porque pensaba que yo era incapaz de arreglármelas sin ella. Y porque en el fondo estaba segura de que no soportaría envejecer teniéndome lejos. Esto último, sobre todo, me lo dio a entender muchas veces, especialmente al final, cuando ya no podía con el cáncer y los médicos en el Karolinska la mantenían a morfina y afectos rutinarios."
María Chila miró las dos mesas de lo que fuera su comedor y su orgullo. Las vio tan tristes, tan vacías, iluminadas por la luz que con regaño entregaba ese domingo mezquino. Le habían prohibido seguir con el negocio. Ya no volvería a recibir a esa gente de comer alegre, amiga de celebrarle los pataches: obreros de vialidad, carreros, estudiantes, empleados públicos recién llegados a la provincia y nosotros, claro, los camaradas del Benja, a quienes la gula nos hacía violar los rigores de la compartimentación y nos íbamos allegando a la maravilla de esos mesones (Escribo esto y me parece que, por un segundo milagroso, revivieran mezclados aromas, sabores, sudores, ilusiones. Cae otro segundo, esta vez de mala onda mezclada con nieve sueca, y todo se borra. Todo. ¡Igual lo escribo, miéchica! Aquello que en su hora fue tan intensamente verdadero merece serlo para siempre. Y conste que lo escribo cagándome en Reñasco y en los Consagrados de la Colonia, que si un día se dignan a leer estas páginas, apuesto lo que quieran a quién quiera, me acusarán de cebollero. Me destruirán, me harán pebre – deconstrucción dirán ellos, vanidosos hasta para los eufemismos–, siempre dispuestos a negarme, rápidos como son para bajarse los calzones ante cualquier teoría en boga con tal de esgrimirla en mi contra. Pero en esto debo seguir el eterno consejo de la Berit: calmarme. Calmarme. No más sea para no ensuciar las célebres páginas de Unquén con las huevaditas de acá).
A María Chila le hubiera gustado retroceder hasta antes de ese tiempo recién degollado y que la casa se le llenara de voces, de risas, de apetitos felices. Que ese tiempo difunto, que algunos ya negaban y otros maldecían, levantara la cabeza y explicase adónde habían ido a parar todos los afanes, todas las ilusiones. Pero el cadáver de ese tiempo ya había sido retirado y de él apenas quedaba una leve huella, un rectángulo que el humo de la cocina no tardaría en borrar, donde estuvo el calendario con el rostro del hombre que entregaría los sueños, y que ella misma había arrancado de la pared y echado al fuego hacía dos semanas.
"No basta con quitar el puro retrato; también hay que hacer humo los días y los meses", le había dicho el Carancho cuando vino a avisarle que Benjamín debería esconderse por un tiempo. Ella, esa mañana, al escuchar por la radio despedirse para siempre al hombre que traía los contentos, supuso la ausencia del hijo pero no había atinado a cambiar nada en la casa. "Tome en cuenta, doña, que andan persiguiendo a medio mundo", le advertía el Carancho mientras la ayudaba picando un poco de leña. "En cualquier momento pueden dejarse caer por aquí. ¿Acaso no oye el retumbar de la balacera por el lado del barranco?" El Carancho se empinaba sobre su adolescencia para aconsejarla haciendo suyo el mensaje de Benjamín. Hablaba y hablaba, sin parar, siguiéndola por toda la casa mientras ella se afanaba en dar con todo lo que resultara comprometedor. Al poco rato, además del calendario, la cocina se había tragado afiches, panfletos y un atado de papeles que apareció dentro de un viejo cacharpero.
Entre esos papeles había una libreta con direcciones que María Chila recordaba haberle visto a René Carmona. Este, al que en cada rincón de Unquén se le conocía con un nombre diferente, se dejaba caer de vez en cuando y alababa los pataches con promesas entrecortadas por unos silbos de asmático. El Carancho miró con fascinación la libreta, le acarició la cubierta de plástico azulino y empezó a hojearla con ímpetus rapaces. "Parece importante; mejor es que me la lleve y la esconda". María Chila lo sacó de sus ensueños advirtiéndole que andar con eso en el cuerpo era ponerse bajo las patas de los caballos. Se lo dijo pensando en esos supuestos amoríos que Carmona tenía con la mujer de un comandante de la FACH, cuya única evidencia era una Citroneta verde que ella le facilitaba casi a diario. Se lo dijo, además, recordando la sonrisa fácil de Carmona y lo que Benjamín llamaba, con ambiguo sentimiento de admiración, labia y muñeca, reviviendo aquella vez que René Carmona estiró el brazo para que ella le sirviera otra porción de caldillo, al tiempo que prometía conseguirle una pensión de viudez y le preguntaba por vinito blanco para pasar el marisco. "Huele a cacho quemado", comentó el Carancho cuando la cubierta de plástico entró en contacto con el fuego. "Se me hace que a Carmona lo andan correteando de muchas partes", susurró María Chila y metió otro leño en la cocina.
Me acuerdo de cada palabra dicha por Benjamín acerca de aquel domingo en que su madre salió a vender sus empanadas y se encontró con Evaristo Aldana. El carrero amigo había andado buscándola por toda la ciudad para contarle lo que él mismo llamaría triste y jodido rumor. Se las he hecho repetir a Benjamín hasta hacerlas mías. Por eso, ahora que puedo decir volví a Unquén, ahora que he hablado con Aldana, con el Carancho, con el padre Oyarzún, con todos los que he podido, ya en Estocolmo escribo con todas las voces. Las he cultivado en mis insomnios sin remedio para desde la sangre verlas pasar a las letras donde vuelvo a ser Lucho el poeta, un escuchador, como dijo Aleixandre, y me nutra de esas voces.
“Entro en la pieza para recoger el abrigo. La pieza es lo peor, sus tablas de puro viejas se cansan altiro cuando las pelea el viento. La Travesía una noche le volará un par de fonolas a la techumbre; después, el Norte, unas tejuelas a la negrura del cielo para que se desborde el aguacero, se inunde todo y me ahogue soñando con el lago de las nutrias. Estaría bueno, pero el viento de Unquén no sirve para maldita la cosa.
“Tiene que irme bien. El pedido de Matías Schulz servirá para matar el chuncho. No es mala gente el rucio; yo no sé por qué este hijo mío le tiene tanta bronca. Un día me dijo que hasta le encontraba cara de facho, que tuviera cuidado con lo que conversaba. Y empezó a darle con la letanía del no pregunte ni permita que le pregunten. Se la corté inventándole que al gringo lo único que le interesaba saber del Perla era si le fallaba o no la escopeta cuando le hacía los puntos a la nueva vendedora de El pollo pituco. Pucha que se picó el Benja.
“Tengo que cambiar este espejo. Buena cosa con el envalentonado del comisario Jaramillo. Si me lo pienso bien, cuatro tiras eran como mucho para registrarle la casa a una viuda. Julián Báez, el muchacho que traían, venía esposado y con la cara hinchada de tanto golpe lavado con el llanto. Tartamudeó al reconocer tu vestón pata de pollo, Lucho. Entonces me preguntaron: ¿Dónde está ese tal Lucho? Respondí con la verdad, dije que no te veía desde mediados de marzo. Me callé que fue cuando llevaste a la mujer del profesor Barrientos. El Julián reconocía cosas y un tira flacuchento, me parece mucho que recién llegado al pueblo, las amontonaba arriba de la cama para llevárselas como pruebas. Puro hacer daño. Hasta querían rajar las tablas y ver si hallaban armas escondidas entremedio. Jaramillo le dio una patada tremenda a una pared, pero apenas logró que se cayera el espejo, y casi pierde el equilibrio, se notaba que venía medio puesto. Cabreado, habló de ir a buscar un diablito que tenía en la camioneta. Me puse firme, les grité que no me jodieran la casa. Se carcajearon pero no me tocaron una tabla. Únicamente empezaron a revolverme las cosas con más furia. El inspector Núñez parecía loco sacando y sacando cosas del cacharpero, sin lograr vaciarlo, sin hallar nada de lo que hubiera querido. ‘Deje, Núñez’, ordenó Jaramillo. ‘Y tú, vieja diabla, ¿dónde fondeaste el vino que vendes para callado, acaso junto con las armas de los violentistas?’, me preguntó haciéndose el gracioso. Todos le celebraron el chiste, incluso Julián Báez se empeñó en reírselo con algo que parecía un ataque de hipo. Yo respondí a la preguntita con la mudez, aunque para mis adentros le retrucaba al comisario diciéndole que ese vino mentiroso me lo había tomado a la salud de su gobierno y a él no le había dejado ni pizca, por leso. La insolencia, por muda que fuera, se me notaría en la cara, digo, porque hasta Núñez me miró bien feo con esos ojos de vaca Clavel que tenía. Y al Julián lo volvían a golpear para que dijera cosas del Benja delante mío. Inventaba lo que le pedían; a lo único que se resistía era a mirarme, sería la vergüenza. En cambio, yo pasé un buen rato sin poder dejar de mirarlo, mientras más lo miraba más me ponía a rogar a los santos que el Benja estuviera lo más lejos posible y que jamás le tocara vivir lo que este guachito estaba viviendo. Cómo serían de zorros viejos esos diablos que algo notaron y con el fin de mortificarlo todavía más, lo obligaron a mirarme. ‘Reconoce a la vieja, gil aternerado’, le gritaban. Como si en Unquén no fuéramos todos conocidos; de no, parientes. Como si estos mismos tiras no hubieran estado nunca en mi casa comiéndose un patache; sobre todo el glotón del inspector Núñez, a quien le habíamos puesto "El- que-rico-está-el-causeo-poh". Ahora haciéndose el que no me conocía, se botaba a guapo luciéndose delante del jefe, mechoneaba y cacheteaba a ese pobre chiquillo echándole la cara hacia atrás para que así me mirara. Y Julián Báez con los ojos enrojecidos, con ese emplasto de lágrimas y mocos en la cara, por fin cedía y me miraba, aunque como si implorase perdón. Me vino por pensar fuerte en el Benja y cerré los ojos para no dañar a Julián con un martirio aún peor. Me olvidé de sus idas de lengua; de poder, lo hubiera consolado, ofrecido un mate dulce con cedrón siquiera.”
Dijeron que le cerraban la cocinería, inventando que su negocio no era más que una pantalla de extremistas. "Es por su bien, dentro de muy poco será Inteligencia Militar la que se encargue de estas cosas, ahí me la quiero ver". Medio año más tarde esa advertencia se hizo realidad, justo cuando María Chila se encontraba pasando unos días en San Carlos de Chachay, con Nicolasa, la hermana ciega del padre Oyarzún. El joven teniente que iba al mando de la operación declaró la vivienda abandonada por desbande del enemigo, y en una espontánea muestra de generosidad se la regaló a su sargento primero. A este le bastó un mes para obtener el título de dominio, reducir a astillas la parte más vieja de la casa y transformar el resto en un galpón. Allí, un sobrino de él quedó a cargo de lo que muy pronto llegaría a ser el taller de mecánica automotriz Minerva; es decir, el germen de lo que, unos ocho o diez años después, empezaría a ponderarse como un ejemplo de prosperidad e iniciativa empresarial: The King of the Screw, con una veintena de talleres y locales de exposición y venta de automóviles distribuidos por todo el Sur.
Mientras afuera sigue una incesante nevazón, escribo que estoy en mi primer día en Unquén. En compañía de la Berit me he parado frente al The King inaugural, un edificio de tres plantas, con rampas en los costados, ventanales enormes, gigantografías de vinilo, donde no queda vestigio alguno de lo que fue la vivienda de María Chila ni del sitio que la rodeaba. Y pienso en la madre de Benjamín hasta rescatarla en su casa aquel domingo en que Evaristo Aldana le llevará el rumor de nuestras muertes. La imagino en el momento en que está a punto de salir y se acomoda el rebozo mirándose con temor en un espejo roto, apenas del tamaño de un cuaderno escolar, pensando que con la ganancia de ese día lo primero que hará será comprarse otro, uno donde no se le vea una mejilla como cortada por la sombra de un puñal; uno en que sus ojos no le digan lo mucho que se le parece el Benja. Y que, por eso mismo, los siete años de desgracia que vaticina ese espejo roto podrían ya estar cayéndole a su hijo.
Chasqueó la lengua al tiempo que agitaba las riendas rozando el lomo del animal y el carretón comenzó a rodar calle abajo. Conducía de pie, como se acostumbraba, aunque esta vez de buena gana hubiera ido sentado. "No me he oreado bien.”, se dijo aspirando la niebla que venía de la costa. Quería que su humedad le despejara la cabeza, necesitaba atar lo que había dicho Zeballos entre tanto titubeo y escudarse insistiendo en que repetía lo que otros habían oído. Evaristo hubiera querido olvidar, tomar el asunto como un simple rumor, callárselo como se había callado tantas cosas, pero era imposible: verdad o mentira, María Chila tenía derecho a enterarse.
El zangoloteo del carretón no lo dejaba pensar, le dolían las sienes y por todo el cuerpo le andaban los vinos de la noche reciente. Un día, lo dejarían sin hígado esos sábados a puertas cerradas. Con el toque de queda no había más remedio que pasarse métale brisca y trago, en compañía de Chepe García y el peluquero Zeballos. ¿Con quiénes otros? Los demás pensionistas: dos obreros de Vialidad se habían marchado de Unquén en cuanto perdieron el trabajo, y al estudiante Jaime Bahamondes se lo suponía escondido. Los dueños, don Lalo y la señora Marieta, andaban en el campo "porque ya es tiempo de ir arreglando la huerta, y ustedes quedan en su casa. No se les pase la mano con el vinito, y la algazara sobre todo ténganmela en cuenta por eso de las patrullas. Especialmente tú, Chepito, que cuando te entonas cantas Paso del Norte a grito pelado. No vaya a ser que se cabreen y nos cierren".
No le dio por los corridos al Chepe, sino que por molestar toda la noche a Zeballos con la misma cantinela: "¡Chuá! ¿Quién va a querer pagarle, ahora que es gratis aunque corten a la fuerza?” El estibador García abrazaba a Zeballos mientras lo embromaba y el peluquero parecía un niño raquítico al lado de aquella figura enorme y fornida. Se cuidaba Chepito de largar sus ocurrencias mirando hacia el techo para así capear las oleadas de mal aliento que le salían a Zeballos. "¿No le parece, Evaristo, que cuando aquí vaya al campo a buscar su clientela, va a encontrar que hasta los mampatos andan tusados al cero?" A Chepe siempre se le pegaba el disco con algo, por eso el peluquero no le hacía caso y jugaba las partidas de brisca sin perder la calma. Pero cuando se vieron obligados a estar casi una hora con la luz apagada, porque se escucharon demasiado cerca unos tiros de arma corta ensordecidos por ráfagas de ametralladora, y para servirse el vino se valían únicamente de la lumbre, Zeballos empezó a interrumpir las bromas de Chepe, convertidas ahora en un cuchicheo interminable, con un "a propósito de eso" al que seguía un "bueno, a lo mejor" y un negar con la cabeza. Se notaba que algo buscaba decir el peluquero, pero no se animaba; ni siquiera cuando se atrevieron a prender nuevamente la luz. Para entonces, ya se les habían pasado las ganas de seguir jugando, aunque ninguno daba por terminada la noche. Y permanecían en la cocina como amarrados a un silencio más grande aún que el de afuera, donde ya ni los perros ladraban y hasta el cachorro, que había estado gimiendo y rasguñando la puerta desde que se escucharon los balazos, se había calmado.
Evaristo Aldana se quedó traspuesto hasta que el frío de la madrugada lo despabiló. Entonces, avivó el fuego y cebó el primer mate. Chepe se puso a silbar medio desganado Ranchera de mi corazón y el peluquero Zeballos, que había ayudado a meter todo ese tedio con su "bueno" enmudecedor, se levantó diciendo que volvía enseguida. Regresó con una botella de ron Mitjans a la que le faltaban dos dedos, que pudo haberse despachado a las desesperadas antes de volver a la cocina. "Hagamos la mañana con un poco de fuerte –dijo apenas entró–. Busque las cañas, Chepito, usted que es más de la casa". Aldana estuvo a punto de negarse, las mezclas de trago le caían pésimo. Cuando irían por la tercera caña, Zeballos prendió un cigarrillo y mirando hacia la ventana dijo que hacía rato que estaba por contar una cosa medio delicada.
Evaristo Aldana tomó la avenida costanera aún sin saber cómo le diría a María Chila las palabras entrecortadas pronunciadas por Zeballos. Le saltaban en la cabeza tal como le habían saltado al rato de oírlas, cuando con medio cuerpo bajo el chorro de agua helada creyó captarlas descubriendo la intención que escondía el entramado de sus dicen. Sin embargo, ahora Evaristo tampoco superó la duda de si todo era terriblemente cierto o simplemente una trampa para agarrar al Benja. En ningún momento se le ocurrió que, aun en una ciudad donde casi todos se conocían, unos muertos, según Zeballos baleados en la carretera, podían ser tomados por otros. Tenía claro, sí, que fuera como fuese urgía decírselo a María Chila.
Antes de enganchar el caballo, había vuelto a entrar en la casa para hablar una vez más con Zeballos. El peluquero no había tenido fuerzas suficientes para irse a su cuarto y dormía acurrucado como un perro junto a la cocina a leña. El poncho que le había tirado Chepito antes de salir apenas le cubría media pierna. Evaristo Aldana se agachó para remecerlo, tenía el pálpito de que iba a despertar a alguien que dormía abrumado por una pesadilla. Pero el sueño de Zeballos era más pesado de lo que él creía y sólo logró que el peluquero emitiera un ronquido acompañado de ese intenso tufo a algas descompuestas que ni el vino borraba. Evaristo se sintió impulsado a despertarlo con un par de patadas. Se frenó al pensar que el peluquero no se explicaría mejor por más que él perdiera la calma. Ni diría más, aunque supiera más de lo que ya había contado. "Comprendí, señor, que a ese hombre se le nublaban los miedos en el alma. Pero jamás llegué a imaginarme que, apenas unos meses después, me haría sentir vergüenza de haberlo conocido". Lo había cubierto con el poncho y se había ido al cuarto de Chepe; pensaba que García, a pesar de sus constantes payasadas, tenía buena cabeza para el trago y quizá hubiera retenido algún detalle que a él se le hubiese escapado. Pero el estibador no estaba y ni siquiera había llegado a acostarse en su cama. "Evaristo, lo que mentó Zeballos me dejó medio saltón. Se me fue entristeciendo la mona y me eché su lagrimeada. Salí al patio creyendo que un poco de aire me calmaría. No me equivoqué. De pronto, sin saber cómo, agarré viento en las huilas: un surazo que no era el de siempre, porque el cielo seguía encapotado, pero que silbaba como diciendo 'hay que vivir, compadre; no sea huevón, sáquese las penas'. Le hice caso: haciéndole fintas a las patrullas, a puro mazo parado, me fui a cantarle Contigo aprendí, en el oído, a la Felicinda Norambuena", le explicaría Chepito esa misma noche, cuando ya era tarde, cuando él ya le había contado a María Chila todo lo que creía saber.
Siempre me contradice Benjamín alegando que Zeballos nunca fue a almorzar adonde su madre, pero yo recuerdo haberlo visto en más de una ocasión. Su figura no podía escapárseme, de muy mala gana me había cortado el pelo con él en la peluquería Téllez. Creo que ya alguien me había comentado lo de su halitosis; debo aclarar que aquella vez en nada me alteró este detalle. Mi mal humor tenía otro motivo: la tarde anterior había estado en Unquén el guatón Urrutia, quien en calidad de miembro de la Comisión Política venía a darnos la línea. Durante toda la reunión había estado mirándome de reojo y había contestado a mis preguntas con manifiesto desagrado. Al finalizar el encuentro me llamó aparte y me dijo que por mucho que fuera Lucho el poeta –y subrayó lo de poeta como diciendo por encima de toda compartimentación te conozco mosco–, no estaban los tiempos para que un cuadro medio anduviera disfrazado de hippie; debía considerar, además, el pésimo ejemplo que con mi actitud les daba a todos esos jóvenes provincianos que llenos de pureza revolucionaria aspiraban a engrosar las filas de la Organización. Sin darme tiempo a réplicas, siguió con una larga perorata en la que el consabido "origen burgués" iba y venía como Pedro por su casa. Como al cojito Camero, que llevaba el pelo hasta los hombros, no le había dicho absolutamente nada, era evidente que Urrutia se vengaba de un hecho que para mí no solo era remoto, sino que hasta el momento mismo de la reprimenda –“recuerde, compañerito, que este es un partido político-militar y no estamos para melenitas”– se encontraba relegado al olvido. Pertenecía a la época en que el guatón iniciaba su carrera política, tiempo en que yo me ganaba la vida en cualquier cosa, especialmente en nada, y escribía poemas en servilletas. Habíamos coincidido en una fiesta, un cordero al palo al que el guatón Urrutia llegó en compañía de una periodista belga, paloma de excepcional belleza –que como la Cenicienta desapareció a eso de la medianoche, claro que acompañada de este pechito–. Mis enardecidos versos, recitados bajo el parrón y con un vaso de pipeño en la mano, la habían cautivado mucho más que lo que ocurría en el living de la casa, donde, según testigos, Urrutia les hablaba de la estrategia correcta a unos liceanos mientras sorbía una agüita de bailahuén para la digestión.
