USA! USA! - Esteban Martínez Sifuentes - E-Book

USA! USA! E-Book

Esteban Martínez Sifuentes

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No sólo en el cine y en las artes sino en la literatura de habla hispana en general, la panza de esa gigantesca nación llamada Estados Unidos ha sido poco explorada y analizada, a pesar del influjo que ha tenido en la vida contemporánea del resto del mundo, y no digamos de América y especialmente México. Siendo muy joven, llegó a las manos de Esteban Martínez Sifuentes un maravilloso libro fotográfico de la vida cotidiana estadounidense, lo cual estimuló como nunca nada su imaginación, y no mucho después cruzó la frontera..., fruto de lo cual incubó este USA! USA!, escrito años después, una serie lúcida de ensayos en los que ajusta cuentas con el inevitable vecino del norte, sus mitos y antimitos, su lado oscuro, su grandeza y sus contradiciones.

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Seitenzahl: 96

Veröffentlichungsjahr: 2024

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USA! USA!Mitos y antimitos estadounidenses vistos desde el perplejo asombro de un mexicano a caballo del siglo XX y XXI

Esteban Martínez SifuentesUSA! USA!Mitos y antimitos estadounidenses vistos desde el perplejo asombro de un mexicano a caballo del siglo XX y XXI

© Esteban Martínez Sifuentes, 2024© De esta edición, Lid Editorial Mexicana, SA de CV, 2024Primera edición: julio de 2024Editorial Almuzara • Colección EnsayoDirector editorial Almuzara México: Manuel Pé[email protected]é Editorial de Almuzara México: Luis Bugarini (presidente), Celia Teresa Gómez Ramos, Fernanda Haro Cabrero, Claudia Herrán Monedero, Miguel Ángel Juárez Franco, Raúl Martiarena, Ladislao Melchor Franco, Gabriel Mendoza García, María Eugenia Reyes Jaramillo, Angélica Ruiz-Font y Nahum Torres.Diseño de portada: Genoveva Saavedra/aciditadiseñoImágenes de portada: Md Najmul Hossen y Stylusstudio/Shutterstock.com; davidzydd en Freepik.Formación editorial: Evelia Isaura Ortiz Gonzálezwww.almuzaralibros.comLid Editorial Mexicana, SA de CVHomero, 109, 1404Colonia Chapultepec Morales11570 Ciudad de México, MéxicoISBN: 978-607-69899-2-0ISBN edición electrónica: 978-607-69899-3-7Almuzara México agradece la intermediación desinteresada de Ediciones Periféricas para la publicación de este libro.Reservados todos los derechos. Este libro no puede ser fotocopiado ni reproducido total o parcialmente por ningún medio o método sin autorización por escrito del editor.Impresión: Litográfica Ingramex, S.A. de C.V.Centeno 162-1, Col. Granjas Esmeralda, Alcaldía Iztapalapa, 09810 Ciudad de MéxicoImpreso en México | Printed in Mexico

Prólogo

En mi juventud alguien llevó a casa un grueso libro de fotografías sobre Estados Unidos; inolvidable. Una maravilla de edición y contenido. Con calidad humana y artística, reconocidos fotógrafos retrataban un día convencional en la vida de los estadounidenses. Del amanecer a la medianoche. Gente, hasta ahora las creaturas más sorprendentes y misteriosas del universo. Gente en su cotidianeidad hogareña, escolar y laboral, en sus fiestas civiles y religiosas. Niños, adolescentes, adultos, ancianos; mujeres, hombres y los que aún no eran reconocidos como comunidad LGBTTTQ. Gente con semblantes serenos, alegres, tristes, concentrados, de los más disímbolos oficios y profesiones, niveles socioeconómicos, grupos étnicos, culturales y religiosos; en escenarios diversos, costa, desierto, montaña, llanura, urbanos y rurales; de la frontera de México a la de Canadá, de la costa Este a la Oeste, más Hawái y Alaska. Sumado a lo que sabía hasta entonces, por lecturas, cine, estancias de ilegal, creí conocer a fondo ese país. No way!

Estados Unidos de América es un archirreconocido trapo sagrado de 50 estrellas y 13 franjas horizontales (el primero en la Luna), y es mucho más, infinitamente mucho más que eso. Es capitalismo feroz, consumismo, esclavitud y libertades, arte, universidades de excelencia, ciencia y tecnología, inmigrantes, apuestas, mafia, drogas, deportes, Disney, folk, jazz, rap y cine. Mucho cine. En todos los rincones del orbe e incluso, de contrabando, donde está prohibido. Se dice que Kim Jong-un, inefable sátrapa de Corea del Norte, posee una vasta colección privada de cintas estadounidenses; la tenían también Stalin y Hitler.

Su cine es punta de lanza, caballo de Troya, surtido supermercado donde todos compramos. Propaganda más o menos velada, impone modas, modelos de comportamiento, moldea nuestros anhelos y opiniones. “Hasta que llegué a México a mis 33, adquirí mis primeros liváis auténticos”, escuché decir con orgullo a una inmigrante polaca.

Los Estados Unidos son una gran nación, nadie lo puede poner en tela de juicio. Que sus gobiernos han cometido excesos de lesa humanidad en el resto del mundo por crear, conservar y acrecentar su grandeza, tampoco. Los poderosos están bien y quieren seguir estando igual, con su holgado y depredador way of life, acumulando millones, repartiéndose el pastel geopolítico-económico cada día más envenenado, jugando golf en campos de ensueño y zapatos personalizados made in Italy, produciendo las chorromil películas malas, regulares, buenas y, otro boleto, las de Keaton, Ford, Huston, Allen, Scorsese y un largo et al…

¡Bueno, ya!, nos quitaron Texas y otros territorios, nos han invadido tres veces, detonaron y exacerbaron el tráfico de estupefacientes con su consumo masivo y ponen las reglas en su combate, construyen muros injuriosos en tierras arrebatadas a sus pobladores ancestrales. Hay que ver hacia delante, sin rencores, mientras se pueda. Traducida en pequeños ensayos y cuentos, aquí está mi visión, necesariamente sesgada y fragmentaria, espero que enriquecedora, de ese país amado-odiado, grande sin discusión. In God we trust y, bueno, en el quehacer literario.

Legales o ilegales, con visa o sin ella, están ustedes invitados a pasar a la mesa con absoluta libertad, sin etiqueta ni muros ni agentes fronterizos, como ciudadanos pensantes y efímeros del Universo, que, mal que les pese a algunos, es el único y verdadero republicanismo que conocemos.

Vida salvaje

La niña se apartó de sus padres y caminó al pretil del precipicio. Como era costumbre en los visitantes, cerró los ojos pidiendo un deseo (que la fauna salvaje que habitaba alrededor no sufriera la depredación de los humanos) y arrojó con vehemencia la moneda al abismo desde el borde del Gran Cañón del Colorado. Era un quarter, una reluciente moneda plateada de 25 centavos.

Varios kilómetros río arriba, los biólogos del parque descubrieron un cóndor californiano moribundo en una ladera; tenía un ala rota pero seguía tratando de aletear, aunque el pulso de su corazón se extinguía en la negrura como una chispita. Le inmovilizaron la extremidad con lo que encontraron a mano, varas y alambre, y cargaron el animal hasta la camioneta para llevarlo al campamento, donde contaban con fármacos e instrumental médico que podría salvarle la vida.

Al llegar al campamento, el cóndor, una especie en grave riesgo de extinción, ya había expirado. Envenenamiento por plomo, coincidieron los profesionistas casi sin necesidad de palabras.

Los cazadores deportivos, con licencia o sin ella, disparaban con balas de plomo a sus presas, pumas, coyotes, venados, conejos, a pesar de las recomendaciones de hacerlo con otro tipo de proyectiles. Con el impacto las esquirlas se dispersaban en la carne del animal abatido, los cóndores comían de esa carne y morían envenenados.

Pero esta vez no era eso, descubrieron asombrados los biólogos en la necropsia. Con su ración diaria de nutritiva carroña, el ave había tragado una moneda de 25 centavos y la tenía atravesada en el esófago.

Breve juicio al automóvilA propósito de una películade Orson Welles

El cine de Hollywood no se caracteriza en absoluto por ser crítico con uno de los grandes símbolos de prosperidad de Estados Unidos: el automóvil, ni siquiera de tratarlo, digamos, con dignidad argumentativa, poeticidad o sutileza. Son raras las películas en este sentido; nombraré unas cuantas que recuerdo: Tucker: un hombre y su sueño (Francis Ford Coppola, 1988), El chofer de la señora Daisy (Bruce Beresford, 1989) y Crash (David Cronenberg, 1996), la más atípica de ellas.

Es fácil observar que, bien al contrario, el auto parece ser retratado con alegre irresponsabilidad, no se diga en las road movies y, claro, el género de acción, donde a mayor cantidad de lámina convertida en chatarra, mejor; por desbarrancamiento, aplastamiento, volcadura, explosión, colisión, ráfagas de metralleta o rayos láser. A veces como estrella indiscutible, se le usa profusamente para persecuciones de lo que sea, como fetiche sexual y de estatus, para ir y volver al futuro, como medio para alcanzar los andurriales de la venganza y como arma para realizarla. Con los cristales arriba o no y de preferencia solos, es el sitio ideal para desahogarse a gritos y el disfrute de la música o la yerba que nos prende, café, tabaco o lo que sea. Más que la alcoba o el comedor, es también espacio propicio para la gran revelación en la pareja o la anagnórisis con uno mismo.

El listado de películas donde aparece una persecución en auto sería interminable. No es raro que los fabricantes de autos paguen a los productores para que aparezca tal modelo en situación ventajosa (“product placement”). Los batimóviles más fotogénicos son exhibidos en todo el mundo. Ha habido siniestros coches malditos (Christine, John Carpenter, 1983) y autos que hablan y razonan, puerilmente (Cupido motorizado, Robert Stevenson, 1968, y sus secuelas cada vez más inanes, como la mayoría de las secuelas en el negocio).

No obstante, en escasas películas se ven los rostros de exasperación en los embotellamientos cotidianos de Los Ángeles, Chicago o Nueva York (una de las excepciones: Un día de furia, Joel Schumaker, 1993), o la negra y densa nata en la atmósfera que los autos contribuyen a formar de manera considerable; y menos aún en ninguna se retrata o alude al dolor de alguna de las 35.766 personas que murieron en accidentes de tránsito en 2020, las casi 43 mil de 2021 y la cantidad similar que lo hizo en 2022, según la Administración Nacional de Seguridad del Tráfico en las Carreteras de aquel país. Aunque ha habido intentos por dotar de aroma a las películas (Smell-o-Vision, uno de ellos), hasta ahora (¡qué bueno!) no se han olido sus deletéreas emanaciones, ni, más factible, visto el daño que pueden provocar en vías respiratorias, como sí se observa de algún modo en las películas antitabaco.

Luego de realizar El ciudadano Kane (1941), Orson Welles dirigió la menos conocida Los magníficos Amberson (1942), a pesar de ser una obra tan insigne como la primera. Si para la producción de El ciudadano los dueños del dinero le dieron vía libre al enfant terrible de Wisconsin para que materializara su fábula del hombre poderoso pero rácana y seco de afecto, y al final sólo tuvo que limar (con los abogados de William Ran-dolph Hearst) algunas escenas para atenuar el parecido de Charles Foster Kane con el magnate de la prensa de la realidad, en la segunda los productores metieron con saña la tijera y el pegamento para, según ellos, concretar una película menos incoherente y aburrida, sobre todo, se dice, en las escenas finales.

The Magnificent Ambersons (conocida también en español como Soberbia y El cuarto mandamiento) está construida, en resumen, alrededor de una opulenta familia de Indianápolis, los Amberson, que poseen la residencia más fastuosa de toda la región. Las protagonistas centrales son dos hermanas (Isabel y Fanny), una de ellas agraciada y la otra no tanto, el hijo malcriado de aquella (George) y un carismático amigo de la familia (Eugene Morgan).

Los temas de la cinta, situada cronológicamente entre las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, son varios: los celos femeninos y los masculinos, la imposibilidad del amor, la decadencia familiar, la tenacidad. El automóvil es parte medular de la historia; Morgan se dedica a desarrollar prototipos con miras a producirlos industrialmente. En un esperado paseo familiar en auto por la nieve, el rudimentario vehículo se atasca y el joven y melindroso George es orillado por los otros a empujarlo. Varias veces en la misma secuencia recibe ramalazos de humo de escape en el rostro. Esto aumenta su odio por Morgan y todo lo que tenga que ver (¿oler?) con él. Además de conducir sus propias invenciones, Morgan pretendió de muchacho a su madre y lo sigue haciendo.

Más adelante, en la sala de la magnífica residencia de los magníficos Amberson tiene lugar esta charla entre tres:

George: Dije, los autos son un fastidio inútil. Nunca serán sino un fastidio. No tenían por qué haber sido inventados.

Tío Jack: Desde luego, olvidas que el señor Morgan los fabrica. Y también ha tenido su parte en su invención. Si no fueras tan irreflexivo, te enterarías que él puede pensar que le estás ofendiendo.

Morgan: