Uvas del mar - Gastón Alejandro Martínez - E-Book

Uvas del mar E-Book

Gastón Alejandro Martínez

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Beschreibung

Uvas del mar es una geografía que nos remire a la tierra del autor. Animada por la imaginación, sus recuerdos rozan lo onírico, sueños casi realistas donde confluyen los amores iniciáticos, la playa primordial, el río y sus riberas rebosantes de criaturas y personajes. Sus versos, donde resuenan ecos del trópico, logran tocar profundamente el espíritu de lo humano, los amigos, la familia, las estaciones, y acaso su música. Mundo raro y cercano a un tiempo, en Uvas del mar todo inicia|en él conviven el mismo mar y, tal vez, el mismo río.

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Seitenzahl: 42

Veröffentlichungsjahr: 2023

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uvas del mar

UNIVERSIDAD VERACRUZANA

Martín Gerardo Aguilar Sánchez

Rector

Juan Ortiz Escamilla

Secretario Académico

Lizbeth Margarita Viveros Cancino

Secretaria de Administración y Finanzas

Jaqueline del Carmen Jongitud Zamora

Secretaria de Desarrollo Institucional

Agustín del Moral Tejeda

Director Editorial

 

Gastón Alejandro Martínez

UVAS DEL MAR

 

Primera edición, 11 de diciembre de 2023

D. R. © Universidad Veracruzana

Dirección Editorial

Nogueira núm. 7, Centro, cp 91000

Xalapa, Veracruz, México

Tels. 228 818 59 80; 228 818 13 88

[email protected]

https://www.uv.mx/editorial

ISBN electrónico: 978-607-8923-85-4

Cuidado editorial: Julián Osorno

Maquetación de forros e ilustración digital: Jorge Cerón Ruiz

Producción de ePub: Aída Pozos Villanueva

 

Esa vela inclinada hacia la luz,

harta de islas,

goleta que palea al Caribe

de camino a casa, podría ser Odiseo

de retorno al hogar por el Egeo

esa añoranza de padre e hijo,

bajo las uvas agrias y amargas.

Derek Walcott

 

I. En sentido inverso al de mis sentimientos

 

EL OTOÑO RECORRE LAS ISLAS

Vengo de una playa que parecía interminable

levemente parda por los restos

triturados de criaturas del océano,

de barcas azotadas aún por los coletazos del temporal

que lanzaba las olas rompientes hasta el filo de las dunas.

Vengo de una playa que se estrechaba

como los muslos de una muchacha que vive aún en mí

y se escapó conmigo tantas veces por la ventana

de un motel en lo alto

después de habernos poseído con delicadeza,

así lo ameritaba su estirpe

y la línea completa que dibujaban mis dedos

desde la base de su cráneo donde nacían

sus rulos espesos y oscuros

hasta los rosados promontorios debajo de las uñas de los pies,

sin importar que afuera, entre nosotros y el pudiente sol,

azotara el norte.

Vengo de una playa con conchas vacías

y diminutas huellas de tildíos,

donde crecían por todas partes las uvas del mar

y cables herrumbrosos se adentraban en el agua

como marcas de zonas conquistadas

por nieblas muy antiguas.

Regreso hasta la orilla, me descalzo,

dejo que mis pies se hundan en lodos eléctricos,

siento la vibración de las corrientes

y entran en mi cuerpo minerales

fraguados acaso en el Mediterráneo,

en las costas italianas o en los fondos de las islas

en sentido inverso al de mis sentimientos.

Ah, mirada que no llega a ninguna parte,

vida pueril que me espera en el auto,

esa otra playa de toda la gente,

el desembarco de los bárbaros,

las gaviotas al acecho, la peste.

Por un instante no escucho nada,

solo el vibrar en mis pies de los mundos que fueron

solo los cantos griegos y romanos

solo el crepitar de los huesos que aman

y no olvidan nunca los muslos de aquella muchacha.

Allá donde la playa se estrecha

y ciertamente no tiene fin.

 

EL FARO

Para mi hermano Víctor Hugo, que un día filmará esto

Nunca vimos a los niños subiendo

a risas por el caracol del faro,

escabullidos de la iglesia,

la tarde asmática de alguna misa

en memoria de la abuela materna de ella,

la primera en salir

y acodarse en la balaustrada:

su corpiño de gasa,

la blusa sin mangas contra la brisa;

él, playera de algodón desteñida

por la sal de sus correrías,

sucio pantalón remangado

hasta la rodilla,

dolorido por algo

que no estaba en su cuerpo,

mas lo sentía como un sangrar, el goce

de estar con ella, aunque no lo supiera.

Los ojos largos, decía la abuela,

alelados por el horizonte…

La gasa azucarada del corpiño,

pegada al torso de ella,

traslucía un par de velas

que bogaban en la tarde, suavemente.

Ah, la dicha marinera que confunde y duele,

lo que vive para ser descubierto

cuando ya es demasiado tarde.

Así era todo, el faro, el crepúsculo

y aquellos niños que no pudimos ver.

 

PERFUME

Las axilas del niño olían a humo.

En ese entonces las familias pescadoras

quemaban todos los residuos.

Morían los viejos

y era un quemar de palos, trapos…

El maloliente despido del mundo

se endulzaba a medida que se consumía;

las riberas del río despertaban

abrumadas de cúmulos ardientes

y presas sin embargo

de una rara energía.

El niño alzaba los brazos al paso

de barcos mercantes, camaroneros, pangas,

con su estela de aceites y toninas.

Quedaban así expuestas sus axilas

apenas cóncavas, dorado limo,

mas el humo no podía ocultar

en cada gota de sudor

el tufo inconfundible del deseo,

amasijo de noches afiebradas,

la cama a la deriva, el río de sueños,

el azahar de los párpados inquietos

antes del amanecer.

 

SOMOS DEL AGUA

Para Saúl Altamirano

Todo regresa a nosotros, decía

el viejo, mientras observaba

los torsos desnudos y prietos

de los muchachos

que pescaban jaibas en el desagüe,

pegando de gritos cada vez que alzaban una

en sus trampas desastradas.

Lo decía por la mierda

o porque cada mañana se metía al río,

abriéndose paso entre palizadas,

aceite y lodo,

con un trozo de jabón en la mano,

el viejo, al que muchas veces vimos

secarse con un trapo

y quedarse desnudo mucho rato

mirando alguna cosa

o simplemente olfateando los cambios

en el aire para saber a qué atenerse.

A veces se sentaba

en un tronco rugoso entre dos chotes,

así, desnudo,