Valparaíso Zombi - Martín Muñoz Kaiser - E-Book

Valparaíso Zombi E-Book

Martín Muñoz Kaiser

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Beschreibung

Un turista nórdico muere en las calles del puerto. Mientras le dan los primeros auxilios, se levanta para morder a los bomberos que lo asisten. El apocalipsis zombi se esparce lento, rampante y silencioso, explotando en las narices de las autoridades que no alcanzan a declarar estado de emergencia. En medio del, Javier, un escolar de catorce años, intentará llegar a su hogar poniendo en práctica el plan de contingencia Zombi, trabajado y perfeccionado durante los recreos con su mejor amigo, Weiping, hijo de los dueños de un restaurant chino. Al otro extremo de la ciudad, Claudia, ejecutiva de una multinacional, escapa de su lugar de trabajo junto a Shannon y Pedro, dos colegas a quienes apenas conoce. Juntos lucharán por llegar a Valparaíso y sobrevivir a las oleadas de no muertos que intentarán devorarlos. Valparaíso Zombie, Apocalipsis, te mantendrá tan tenso y alerta como a sus protagonistas. Una novela dispuesta a morderte y contagiarte con el virus de la lectura.

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Seitenzahl: 308

Veröffentlichungsjahr: 2022

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© Valparaíso Zombi - Apocalipsis

Colección: Zombis Chilenos

Primera edición, Septiembre 2019

Sello: Abysal

© Martín Muñoz Kaiser 2019

Edición General: Martín Muñoz Kaiser

Portada: José Canales

Corrección de textos: Rodrigo Muñoz Cazaux

Diagramación: Martin Muñoz Kaiser.

© Mantícora Ediciones

www.manticora.cl

@manticoraediciones

[email protected]

Esmeralda 973 depto 502, Valparaíso, Chile

Registro Nacional Propiedad Intelectual Nº: A-306153

ISBN digital: 978-956-09884-9-2

Toda modificación o promoción debe ser aprobada directamente por el autor, de lo contrario se vera expuesto a reclamación legal.

Diagramación digital: ebooks Patagoniawww.ebookspatagonia.com

A la memoria de Mariana

Para Javier e Iñigo.

Para que aprendan a no rendirse.

"El hombre es el lobo del hombre"

Thomas Hobbes.

"Lo grande está en medio de la tempestad"

Martin Heidegger

Prólogo

En la mesa hay cuatro platos con langostas partidas a la mitad de forma sagital, de modo que el interior está expuesto, dos salsas y dos mitades de limón acompañan una guarnición de lechuga hidropónica salpicada con alcaparras, aceite de oliva y queso parmesano rallado.

−¿Tuviste buen viaje? −inquiere un vejete calvo y demacrado, de frente prominente y nariz bulbosa sentado a la cabecera, mientras con un par de palillos de acero toma un trozo de la blanca carne del crustáceo que tiene en frente y lo unta en salsa. Tras suyo, un inmenso ventanal opaco deja ver el amplio horizonte en el cual destaca la isla Robinson Crusoe.

−Dejé todo preparado −responde Gabriel con la boca llena de pan con mantequilla−, los contenedores están en el punto de recolección, y los hangares están asegurados para cuando llegue el momento, los agentes que querías congelados están bajo tierra, el centro de comando y control ha sido desarticulado, la semilla está plantada, solo hace falta verla crecer y luego disfrutar de sus jugosos frutos.

−Podridos frutos querrás decir −sonríe el delgado anciano de traje negro, que con finos movimientos toma la servilleta de lino de su muslo izquierdo, se limpia los labios y bebe un sorbo de Chardonnay Las Pizarras, cuya botella yace incrustada en una cubeta de hielo al lado de la mesa−. Lo mejor de este país, Gabriel, son sus mariscos y sus vinos. Por eso pedí que se me asignara esta zona del planeta.

−¿Usted es el responsable?

−J, esta es mi sobrina, sobrevivió al outbreak de Valparaíso sin armas de fuego. Con un poco de entrenamiento se convertirá en un excelente agente. Claudia, estás ante la presencia del legendario agente J, él es el jefe de seguridad de la isla y el encargado de supervisar nuestras operaciones en todo el cono sur.

−Me refiero a si usted es el responsable del apocalipsis −insiste Claudia.

−Mi niña −sonríe el enjuto anciano dando un bocado, cuya vivaz mirada no se condice con el aspecto cetrino de su piel−. No sería mi primer apocalipsis, esta vez somos muchos los que hemos estado trabajando para que esto suceda, en esta ocasión yo solo soy un subalterno, tal como tu tío es subalterno mío. Aprenderás que, en este negocio, hacer muchas preguntas puede ser perjudicial para tu salud mental, en un trabajo que de por sí ya es bastante peligroso −Claudia nota con extrañeza que la irreverente Betzy come en silencio al lado del Soviet, parece intimidada por la presencia del viejo que tras una breve pausa continua−. Estamos a punto de erradicar la contaminación, el maltrato animal, la sobreexplotación de recursos, el machismo, la pobreza y la esclavitud −explica el anciano, sirviéndole vino a Gabriel, frente a quién ya han puesto un plato de cordero magallánico con papas salteadas y quínoa−. El mundo necesita un respiro, la humanidad debe hacerse responsable por el desastre al cual está llevando el ecosistema, nuestros patrocinadores se han puesto una meta tan noble como ambiciosa, está de más decir que solo personas con el dinero y el poder suficientes podrían haberse puesto tal titánico objetivo y haber asumido tal divina responsabilidad. Nuestra institución, que comparte aquellos sueños, solo ha provisto la manera de purgar el mundo de los débiles y los irresponsables. Estás a punto de ser parte de un Nuevo Orden Mundial −el vejete hace una pausa, toma otro sorbo de vino y sonríe con los finos labios apretados antes de proseguir−. Si estás de acuerdo en participar, claro está, nosotros no obligamos a nadie.

−No parece que tenga muchas alternativas.

−Claro que las tienes −interviene Gabriel−, siempre tenemos alternativas, solo los borregos no ven la muerte, el sacrificio o la lucha como alternativas. Eso es parte del nuevo orden. Cuando avanzabas por las calles infestadas de zombis tú hiciste una elección, la muerte era una de las alternativas, pero tú elegiste la lucha, el dolor y el sacrificio, y triunfaste sobre las fuerzas que se te opusieron. Eso es lo que el nuevo mundo necesita, personas que entiendan que es necesario tomar decisiones difíciles.

−Un sacrificio como nunca antes fue visto sobre la faz del mundo −exclama el anciano con sus brillantes ojos y levanta la copa−. Un brindis por los holocaustos, que despertarán a los verdaderos dueños de la tierra.

−A la salud del señor D. −lo secunda Gabriel.

−Por las voluntades primigenias −exclama el vejete y bebe todo el contenido de su copa.

Capítulo 1. El Bombero

Javier bajaba el cerro vistiendo su uniforme escolar, con la mochila colgando a su espalda. Había salido recién del colegio cuando la radio portátil que tenía colgada en la cintura dio los tonos que estaba esperando, no es que quisiera que sucediese una desgracia, pero deseaba un acontecimiento en dónde poder aplicar lo que había aprendido en las últimas semanas en la brigada juvenil de Bomberos.

Javier corrió calle abajo por Bellavista hasta llegar al centro, sin dificultad encontró la calle Huito en donde un hombre caucásico de unos cuarenta y cinco años, pelo castaño claro, ojos azules, tez bronceada y sin afeitar; había sido atropellado. El infortunado peatón vestía una camisa floreada, unas bermudas beige y sandalias. Un par de voluntarios de la Tercera compañía de bomberos habían arribado ya al lugar y comenzaban a prestarle los primeros auxilios al herido.

−¡Soy ayudante de la Brigada juvenil de la Quinta compañía de bomberos! −exclamó el muchacho abriéndose paso entre los curiosos−, mi nombre es Javier y estoy aquí para ayudar.

−Muy bien, Javier −contestó Galdámez, el voluntario de mayor rango−, mantén a los curiosos a raya mientras constatamos las lesiones de los tripulantes del vehículo y la víctima. La ambulancia está en camino, lo mismo que carabineros.

Acto seguido, Galdámez evaluó la situación general para descartar posibles peligros latentes en la escena. Una vez constatado que era posible trabajar con seguridad, se arrodilló al lado de la víctima y le examinó; el hombre no reaccionaba a ningún estímulo, la rodilla presentaba una fractura expuesta, pero no sangraba. Carecía de pulso y no respiraba, además, todo indicaba que tenía un traumatismo encéfalo-craneano grave.

−¿Está muerto? −preguntó Carmona, el segundo voluntario en llegar a la escena.

−¡No, aún no lo está! −respondió Galdámez, negándose a aceptar la evidencia−. ¡Voy a aplicarle el protocolo de Reanimación Cardio-Pulmonar!

Galdámez revisó que no hubiese nada obstruyendo las vías respiratorias, localizó el esternón y trazó una línea a la altura de las tetillas. Colocó la mano derecha justo en el punto donde se cruzan, posó la segunda mano encima y entrelazada sobre la otra e inició las compresiones. Treinta compresiones seguidas de dos ventilaciones para luego repetir el ciclo, hundiendo el esternón cinco centímetros, soplando con fuerza dentro de sus pulmones, en un intento desesperado por salvarle la vida.

Javier miraba atento la maniobra cuando, de forma sorpresiva; el reanimado levantó la mano izquierda, sostuvo la cabeza de Galdámez y le dio un mordisco que le sacó un enorme trozo del labio inferior. El voluntario reaccionó aterrado tratando de zafarse. Carmona acudía corriendo en su ayuda. El hombre, que hacía pocos minutos estaba clínicamente muerto, resucitó para atrapar a su salvador y agradecerle sus esfuerzos mordiéndole la cara.

La sangre manaba a borbotones del labio desgarrado del voluntario que luchaba por salir del mortal abrazo. Solo con el trabajo de los tres bomberos en conjunto pudieron inmovilizar al hombre que había mordido al voluntario Sergio Galdámez, quien fue retirado del sitio y recostado en asfalto, unos metros más allá, en estado de shock, bañado en sangre y con el rostro desgarrado. Al ver la cruenta escena, una mujer se acercó a Galdámez y le entrego un pañuelo, con el cual el joven se presionó las heridas tratando de detener la hemorragia, al tiempo que los otros luchaban con el agresor que lanzaba dentelladas y manotones, emitiendo rugidos sin sentido.

En ese momento llegó la ambulancia y se llevó a los dos heridos. El demente fue amarrado a la camilla con la ayuda de la policía y el voluntario fue atendido de inmediato, luego de eso, la policía se hizo cargo de la situación, la mujer del vehículo fue citada a declarar y la gente dispersada.

Javier estaba atónito, lo que se suponía era un procedimiento rutinario, terminó por convertirse en un espectáculo brutal y sangriento. Consternado, pero sin poder reaccionar de ninguna manera en específico, se dirigió a su hogar, no pretendía más emociones ese día.

Llegó a su casa temblando y, cuando por fin se decidió a contarle a su madre lo ocurrido, lloró. Su actitud le dio vergüenza y se enojó consigo mismo; para ser voluntario del Cuerpo de bomberos, él debería estar preparado para presenciar situaciones así de cruentas o peores y mantener la sangre fría para reaccionar de forma adecuada.

Estuvo conversando con su madre, ella le trajo un vaso de leche tibia y galletas para tranquilizarlo.

−Tengo miedo mamá −dijo Javier.

−Te amo hijo −lo confortó ella−, aunque tengas miedo, tú lo sabes.

−Si mamá, pero es que no podré convertirme en voluntario y salvar vidas si tengo miedo.

−Todos tenemos miedo de lo desconocido, a mí también me hubiese dado miedo lo que viste.

−Pero es que yo quiero ser bombero, no puedo paralizarme.

−¿Te paralizaste?

−No, pero me dio terror la idea de quedar congelado en el momento de ser yo quien haga el rescate o la resucitación.

−Te entiendo, y sabes que cuentas con todo mi apoyo, no sé cómo ayudarte ahora, pero si me necesitas, yo estoy aquí para ti. A mí también me da miedo que te pase algo cuando te conviertas en bombero, pero confío en que sabrás hacer lo correcto cuando llegue el momento −la mano de su madre se paseó por sus cabellos con ternura y Javier guardó silencio antes de contestar.

−Gracias mamá.

Para cuando su padre llegó al hogar, Javier ya estaba dormido.

Eran las doce y media de la tarde cuando la modorra comenzó a liberar su cuerpo, la guitarra y los amigos lo habían tenido despierto hasta tarde. Por medio de su computador y una conexión a internet se hacía fácil juntar un grupo de jóvenes de su edad y cantar como si estuviesen en la playa. Javier tenía solo catorce años.

Su madre lo había llamado para almorzar, se levantó aún mareado, se lavó la cara y las manos y bajó a reunirse con sus padres que ya atacaban la pasta humeante; se sentó, tomó la sal y sazonó los huevos fritos, que le brindarían las proteínas necesarias para un día de entrenamiento intenso en la Brigada juvenil de la Quinta compañía de bomberos de Valparaíso.

Valparaíso era una ciudad costera, tenía playas populares y un terminal de cruceros donde embarcaban y desembarcaban cada semana una buena cantidad de personas de diferentes nacionalidades que acudían a ver la particular ciudad, donde aún existían y transitaban viejos trolleys y funcionaban varios funiculares públicos, que tenían como objetivo acercar a las personas desde el centro hacia sus barrios, encaramados y escondidos entre los cerros. Jamás fundada, Valparaíso nació como un pequeño puerto en torno al cual, en un proceso caótico y desordenado, carente de toda planificación urbanística, se construyeron sus distintas casas y edificios generando un paisaje de pasadizos, escaleras y callejones estrechos, en donde se mezclaron estilos arquitectónicos sin ninguna lógica o escrúpulo. El resultado fue un mosaico único y decadente que atrajo a los visitantes, a los bohemios y a los poetas y fue nombrado por la ONU Patrimonio de la Humanidad.

Luego del almuerzo, Javier se metió a la ducha y se preparó para el entrenamiento. A los doce ya había obtenido su licencia de radioaficionado, lo cual complementaba su interés por ser parte del cuerpo de bomberos, e ingresó a la brigada juvenil de la quinta compañía de Valparaíso a los trece años por voluntad propia.

Bajó el cerro caminando, era un perfecto día de primavera; las hojas reverdecían en los árboles y el sol, aunque estaba alto en el cielo, no calentaba demasiado. El azul prístino del cielo se reflejaba en un millar de brillos sobre las olas del mar. Mientras descendía, observaba como un crucero era llevado hasta el puerto por cuatro remolcadores; una lancha de la guardia costera parecía escoltar la maniobra.

Ese día practicaron rescate y resucitación, los instructores gritaban las órdenes y les indicaban a los jóvenes dónde tenían que colocarse para simular la situación, Javier y sus compañeros se esmeraban para que el ejercicio tuviese éxito. Cuando terminó el entrenamiento, y después de cambiarse el uniforme, mientras los compañeros se gastaban las pullas comunes de esa edad, el joven se dirigió de vuelta a casa, para preparar un par de exámenes para el lunes. Mientras estudiaba, tenía encendido su aparato de radio de transmisión portátil, monitoreando cualquier incendio o accidente al cual los bomberos fuesen llamados. Mientras su padre y su madre discutían las finanzas del hogar, el noticiero local hablaba de una nueva epidemia que había comenzado en la isla de Haití. La pequeña isla en el medio del caribe había exportado su virus a América central, la Polinesia y al mundo, sin embargo, según la autoridad sanitaria, todos los focos habían sido controlados. La política contingente reemplazó aquella noticia.

El día lunes, Javier se subió sin tomar desayuno a la camioneta de su padre y se fue contándole chistes sin gracia para ver si despertaba, a esa hora su papá era un autómata que manejaba en piloto automático hacia el colegio. Solo despertaba cuando llegaba al gimnasio, minutos después que él se bajase.

−Tu mamá me contó lo del mordisco −lo interpeló su padre.

−Sí, me asusté un poco −confesó Javier.

−¿Y por eso fuiste a llorar a los brazos de tu madre?

−Bueno, yo...

−Tu deber es proteger a tu madre y luego a tu mujer cuando tengas una, no al revés, no puedes tener ese tipo de actitudes si pretendes convertirte en un hombre.

−Las cosas ya no son como antes papá, ahora las mujeres se cuidan solas, además la violencia y el machismo están mal vistos.

−La sociedad es muy frágil hijo ¿Recuerdas lo que pasó para el terremoto en Concepción, las pandillas, los saqueos y las violaciones?, eso puede pasar en cualquier momento y cuando la autoridad no sea capaz de detener a la turba, la violencia será la única forma de salvar a los que más amas. Si no estás preparado, la vida te va a tomar por sorpresa ¿Por qué crees que te insistí tanto en que tomaras clases de defensa personal?

−Pero a las mujeres de ahora no les gustan los hombres mandones, papá, les gustan los millenials veganos. Los hombres sensibles.

−Eso es una ilusión, Javier, las mujeres necesitan un hombre que les dé estabilidad a su lado, un protector. Ellas no saben lo que quieren, menos lo que necesitan. Es fácil dejar que las mujeres tomen las decisiones por uno, pero cuando el hombre se deja manejar por la mujer, se está dejando manejar por sus sentimientos, se somete a los caprichos y los cambios de ánimo de las hembras. Tu abuelo me dijo una vez, cuando aún vivíamos en la unión soviética: “un hombre que se deja mandar por su mujer, es como un pollo que corre sin cabeza, está muerto, pero aún no se ha dado cuenta.”

−Lo planteas como si fuese un juego de poder.

−Es un juego de poder, Javier. Los hombres-hembra son seres castrados, sin ánimo, sin poder interior. Tu mujer debe verte siempre hacia arriba, admirarte, idolatrarte... o temerte. Ese es el secreto de la libido masculina. El hombre que se somete a los caprichos femeninos es mirado por su hembra como un igual o como un ser inferior y eso es fatal en una relación.

−¿Por eso a las mujeres les pagan menos por hacer el mismo trabajo que a un hombre?

−Así es.

−Pero eso no está bien, no es justo.

−Cuando tengas a tu primera mujer lo vas a entender, ahora concéntrate en tus compañeras que están bastante interesantes −acotó su padre catando a las escolares que se precipitaban hacia la entrada del colegio.

−Me tengo que bajar, adiós papá...

−¡Adiós hijo, que tengas un buen día!

El adolescente abrió la puerta antes de que la camioneta se detuviese y echó a correr para que el inspector no le cerrase la puerta en las narices al sonar la campana, que marcaba el comienzo de la jornada escolar.

A Javier no le costaban las materias, poniendo un mínimo de atención en clases le alcanzaba para obtener buenas notas, por lo que aprovechaba cada oportunidad para gastarle bromas a sus compañeros o a los profesores haciendo reír a todo su curso. La escuela a la cual asistía contaba con bancos pareados y su inseparable amigo Weiping se sentaba junto a él; el pequeño compañero de bromas de Javier era de origen chino y sus padres eran dueños del restaurant “Pekín”, localizado a escasas cuadras del colegio.

Weiping, era uno de los más bajos de estatura de su clase, lo cual lo hacía vulnerable a los matones que merodeaban en los pasillos del colegio David Turner; llamado así por un pastor protestante que había llegado a predicar al puerto a principios de siglo. Javier que era un poco más fornido y había sido forzado a aprender a defenderse por su padre, se preocupaba de proteger al joven de ojos rasgados, también conocido como la “naranja molesta”. De carácter más bien retraído, pero de una energía increíble, Weiping hablaba hasta por los codos cuando se sentía a gusto. No había entablado lazos estrechos con sus compañeros de origen chileno, en su casa le habían enseñado a sentirse chino y cuidar su legado cultural era una prioridad para su entorno familiar. Solo Javier había logrado entrar en aquel círculo más bien cerrado, frecuentando su casa con la excusa de arreglar los computadores o pasar el rato jugando. Esto ponía muy contenta a la madre de Weiping, que a su vez, se había convertido en amiga de la madre de Javier, confiando solo en ella para que cuidara de su hijo durante las actividades extracurriculares del colegio.

Ese día, Javier comenzó a recibir, por medio del teléfono celular, que hablaban de una pandemia que se había esparcido por México y algunos estados de Norteamérica y Asia, con focos aislados en Europa. Las principales ciudades del mundo eran las primeras víctimas. Sin embargo, la gente estaba tranquila, pensaban que se trataba de alguna gripe como la epidemia del patógeno H5N1 en Hong Kong de 1997 o algo parecido. Nada de qué preocuparse ya que se había visto en las pasadas amenazas de epidemias que eran más un asunto inflado por los medios, que una real amenaza a escala global. Los más paranoicos hablaban de conspiraciones de las farmacéuticas para ganar dinero vendiendo vacunas para enfermedades diseñadas en laboratorios, otros hablaban de un virus que desaparecía a las dos semanas de ser inoculado si uno resistía los síntomas de la enfermedad; lo que provocaba muertes solo entre bebés, ancianos y enfermos. Ahora bien, todas estas hipótesis provenían de fuentes no oficiales, todas páginas web de carácter amarillistas y poco fiables, pero muy entretenidas.

Más tarde, durante el receso, Javier encendió su radio portátil y comenzó a escuchar la actividad en las bandas que tenía programadas. La central de bomberos daba órdenes a la Novena compañía para que avanzara en dirección al Hospital Van Buren, el principal y más grande centro hospitalario de la ciudad; médicos y policías tenían problemas conteniendo a una horda de locos, que estaban atrapados en el noveno piso de las instalaciones principales, había algunos pacientes colgados de las ventanas intentando escapar de la violencia que se estaba produciendo en el interior.

−¿Estás escuchando esto Weiping? −preguntó a su amigo. −Y te fijaste que hoy faltaron muchos compañeros, yo creo que es el rumor de la epidemia, o están contagiados o a sus papas les dio susto mandarlos al colegio, además de la situación en el hospital que las autoridades no han sido capaces de controlar...

−Sí −confirmó Weiping−, se parece al comienzo de Resident Evil.

−¿Te imaginas si fuesen zombis los del hospital?

−¡Eso sería genial!, ¡Tendríamos que activar el plan de emergencia zombi que hemos estado diseñando!

Weiping comenzó a gesticular y a repetir el plan de memoria mientras Javier masticaba una manzana y asentía con la cabeza, igual de entusiasmado. − ¿Sabes dónde aparecieron por primera vez los Zombis? −preguntó Weiping de pronto.

−En las películas de Romero −replicó Javier.

−Me refiero a la mitología, no al cine, además hay una película anterior a la de Romero donde aparecen muertos vivientes.

−Soy Leyenda, pero la versión de Charlton Heston.

−Ese es el nombre del libro, la primera adaptación al cine la protagonizó Vincent Price en 1964, el libro es como de diez años antes.

−Pero esos eran como vampiros, se supone que fue Romero el que los bautizó como zombis, ¿o no?

−¿Sabes de donde viene ese nombre? −preguntó Weiping.

−Supongo que de los haitianos −contestó Javier−, pero ellos seguro trajeron sus creencias vudú de África así que debe ser una palabra mucho más antigua.

−Se puede rastrear el origen de la palabra hasta África, pero esa historia es fome. Tengo una mucho mejor, no tienes idea de lo que encontré −dijo a continuación Weiping−, la cultura sumeria es la más antigua de la cual se tiene registro escrito, las tablillas cuneiformes que nos legaron, narran el relato épico de Gilgamesh el rey de Uruk, y su amigo y compañero de aventuras Enkidu...

−¿Y dónde aparecen los zombis?

−A eso voy, ¡ten paciencia! Juntos, Gilgamesh y Enkidu matan a un monstruo gigantesco, así como Godzilla, pero más grande todavía. Al morir Enkidu, Gilgamesh busca la fuente de la inmortalidad, pero la inmortalidad está reservada solo para los dioses. Hay una diosa sumeria que se llama Ishtar y representa el amor y la fertilidad; el culto a es diosa, implicaba la prostitución sagrada y se la consideraba a ella la cortesana de los dioses.

−¿Prostitución sagrada?

−Sí, todas las mujeres servían al menos un año en el templo de Ishtar y debían sostener relaciones sexuales con cualquiera que se los pidiera por cualquier cantidad de dinero, no importaba la cantidad.

−¡Qué lata no haber sido sumerios! −se lamentó Javier−, con el vuelto del pan ya nos hubiésemos desvirgado.

−¡No me interrumpas! −le regañó Weiping−, la cosa es que esta diosa tenía muchos amantes y a todos ellos los hacía sufrir, quién se enamoraba de ella estaba condenado a sus caprichos. Es por esto que cuando Ishtar le propuso a Gilgamesh matrimonio, este la rechazó tajante. En su despecho, la diosa prometió romper las puertas del infierno y sacar a los muertos a la superficie para que se comiesen a los vivos. Y los muertos prevalecerían sobre los vivos, porque son muchos más.

−¿Y eso es de hace más de cinco mil años atrás?

−Está escrito, ya te lo dije.

−Que ñoño eres Wei, debería darte vergüenza −rio Javier dándole un suave empujón.

−Tú mantenme al tanto de lo que pasa en el hospital −Replicó Weiping−. Si son zombis quiero ser el primero en saberlo.

−No alucines, yo te mantendré al tanto.

Para el segundo receso habían sido llamadas todas las compañías de bomberos y unidades especiales de la policía antimotines para contener la horda de locos que parecía ser cada vez más numerosa e incontrolable, los pacientes comenzaron a ser retirados del hospital y los noticieros nacionales comenzaron a transmitir imágenes escalofriantes. Cuando los jóvenes salieron del colegio y comenzaron a bajar hacía la parte plana de la ciudad, lo que los porteños llaman de manera coloquial “el plan”, todo mundo en los locales comerciales estaba pegado en los televisores, viendo en las noticias como la locura se esparcía y sobrepasaba a las fuerzas del orden que, impedidos de disparar sus armas de fuego, hacían lo mejor posible con sus macanas y escudos tratando de contener a una masa de torpes y enfermos seres humanos que se abalanzaban contra ellos. Los gases lacrimógenos no tenían ningún efecto disuasivo y algunos caminaban cadenciosos, como si estuviesen borrachos, otros cojeaban, con heridas o fracturas de las cuales aún manaba sangre. Cuando los jóvenes se detuvieron para ver qué era lo que atraía a la muchedumbre, vieron en la pantalla como uno de los lunáticos mordía a un transeúnte que se había acercado para ayudarle a cruzar la calle, la víctima trataba desesperada de zafarse, pero al contacto con la sangre y la carne humana, el lunático había cobrado rapidez y fuerza sobrehumana, el pobre hombre moría ante las cámaras de televisión.

Javier y Weiping se miraron y sin mediar palabra, entendieron lo que debían hacer.

Capítulo 2. La Oficina

Claudia miró a su oponente a los ojos, levantó su guardia, esperó la señal del sensei. Al escuchar el grito elevó la pierna izquierda veloz como un rayo, ganando espacio, haciendo retroceder a su compañera de sparring. Se movió alrededor de su presa; vio la patada en cámara lenta, detuvo el impacto con los dos antebrazos al tiempo que se inclinaba y barría la pierna de apoyo de su contrincante que cayó al suelo sorprendida. Claudia se montó sobre ella y marcó el puñetazo al rostro con un grito.

Se levantó, ayudó a levantarse a la otra mujer e hicieron una reverencia mutua y luego otra al sensei, a los pocos minutos la clase había finalizado. Claudia se dirigió a los vestidores, se desembarazó del karategui y se revisó los antebrazos amoratados por el ejercicio de parar los golpes de sus compañeros. Era buena en lo que hacía y la experiencia en combate le otorgaba seguridad y confianza; se sentía poderosa y lo que ella pensaba de sí misma era lo único que de verdad le importaba.

Claudia llevaba diez años practicando aquel deporte de contacto, sin embargo, el cinturón que estaba guardando en su mochila era verde. Le molestaba la gente que preguntaba por el color del cinturón que poseía; era la típica pregunta que hacían los neófitos cuando se enteraba de que practicaba Kárate. El interés de Claudia nunca pasó por adquirir cinturones como quien gana trofeos o colecciona estampillas; su verdadero interés era ganar las habilidades mentales y físicas que harían de ella un verdadero guerrero, preparada para reaccionar ante cualquier eventualidad.

Claudia era una mujer de tez clara, pelo corto y castaño hasta las orejas, su cuerpo era atlético, bordeaba los veinte y seis años, era ingeniero civil industrial, poseía su propio departamento y vivía sola con su gata Penélope, le había dado ese nombre porque se sentía como Ulises; siempre fuera de casa debido a su trabajo y a sus actividades, e imaginaba que la menuda felina negra tejía y destejía un tapiz mientras la esperaba. Claudia era inteligente, bella y fuerte y dichas cualidades intimidaban a la gente que la rodeaba, generando un campo de fuerza que la protegía de los detestables curiosos y entrometidos. Ella era agradable y chispeante, siempre con una ingeniosa broma en los labios para quienes se atrevían a traspasar su caminar seguro, pero esa seguridad intensa en sí misma también apabullaba a los demás; indicándoles con claridad que se sentía feliz como era y que las opiniones ajenas eran irrelevantes. Su caminar era una afirmación de sí misma.

En lo que respecta a hombres, a Claudia no le faltaban pretendientes, sin embargo, deseaba algo especial, y no cedería hasta encontrarlo. Por otro lado, reflexionaba; meter un hombre en su vida consumiría tiempo y ella amaba su vida estructurada de la manera en que estaba. Tenía algunos amigos y amigas, aun así, guardaba la distancia con todos ellos. Disfrutaba de su metro cuadrado y la libertad de tomar sus propias decisiones sin que nadie opinase al respecto y conocía pocas personas inteligentes o francas como para que ella disfrutase a plenitud de su compañía.

Terminaba de secarse después de la ducha y se estaba vistiendo cuando Carla, una morena curvilínea de pelo largo se le acercó en los camarines del gimnasio.

−Buen entrenamiento el de hoy −dijo−, estoy muerta.

−Yo también −replicó Claudia.

−¿Vas a ir al próximo torneo?

−El Sensei quiere que vayas, cree que lo harías muy bien, todos lo creemos.

−No iré.

−¿Por qué? Será divertido, te lo aseguro.

−Yo entreno para pelear en la calle, no en un torneo.

−Te entiendo, es decir, todas las mujeres que practicamos este deporte, lo hacemos para poder defendernos algún día, pero esto es una actividad del dojo, es casi un evento social.

−Justo por eso no me interesa.

−Yo voy a ir a apoyar al grupo, no soy la mejor, pero quiero apoyarlos, todos saben que eres la mejor, la verdad es que el equipo te necesita.

−Espero que les vaya bien, yo tengo que hacer ese día. −respondió Claudia vistiéndose, sin mirar a su interlocutora.

−Ahora estábamos pensando ir a tomar un jugo o algo...

−Me encantaría acompañarlos, pero tengo que trabajar temprano mañana −se excusó Claudia, tomando su bolso, saliendo del lugar y dejando a la mujer hablando sola.

Ese día, Claudia llegó a su departamento pasadas las once de la noche, encendió las luces y acarició a la gata que se paseaba entre sus piernas marcándola con las glándulas escondidas en sus aterciopeladas mejillas. Se desembarazó del bolso de entrenamiento y se dirigió a la cocina americana, encendió el televisor y abrió una lata de comida para gatos que vertió en un pequeño plato amarillo.

El programa de variedades mostraba a un malabarista ruso que flectaba su cuerpo de manera poco convencional, mientras jugaba con unos anillos de colores lanzándolos por los aires, de fondo sonaba La Cabalgata de las Valkirias de Richard Wagner.

Claudia se sirvió un vaso de leche y preparó un pan integral con jamón de pavo. Masticó tranquila, moviéndose por el departamento, ordenando las cosas para el día siguiente, planchó su camisa a rayas y unos pantalones negros, echó a lavar su karategui y cocinó el almuerzo que llevaría al trabajo. Para cuando terminó ya habían comenzado las noticias de media noche; el periodista de turno, reportaba que la ciudadanía estaba alarmada por lo que parecía ser una epidemia de locura que se estaba esparciendo desde el hospital Van Buren. Los bomberos y las fuerzas policiales habían logrado contener a los dementes dentro del perímetro, sin embargo, se reportaban focos aislados de infección en distintas partes de Valparaíso. Situaciones similares se habían estado registrando en distintas partes del mundo, sobre todo en ciudades puertos y las grandes capitales. Tahití, la Isla de Pascua, Haití y Cuba continuaban sin emitir ningún contacto y la OMS, había decretado la cuarentena de las islas polinésicas y del Caribe; nadie podía acercarse o viajar a ellas por temor a que la desconocida enfermedad se propagase hacia otras regiones.

Un agente de la organización mundial de la salud conversaba con el periodista y le aseguraba que las medidas aplicadas eran las correctas y que, si bien había que tener cuidado con la higiene y el contacto con las demás personas, no había por qué alarmarse ya que estaban trabajando en una cura para la enfermedad. Por otro lado, el grado de contagio no era tan virulento y las autoridades locales estaban aplicando los protocolos de manera adecuada.

Claudia se detuvo un momento frente a la pantalla; se dio cuenta que podría durar dentro de su casa máximo cinco días, pero tendría que preocuparse de sus padres que vivían a algunos minutos de su edificio, en los cerros. Calculó que podría reunirse con algunos amigos para pasar el tiempo si era necesario. Satisfecha con su plan de acción en caso de que la situación empeorase, decidió dejar el tema de lado pensando que estaba elucubrando demasiado al respecto de un escenario que, de seguro, estaría solucionado dentro de poco.

A la mañana siguiente, Claudia tomó un desayuno frugal y bajó al estacionamiento del edificio. Se subió a su Chevrolet Corsa Swing y se dirigió hacía Curauma; un nodo industrial ubicado a las afueras de Valparaíso. Demoró treinta minutos en llegar, aparcar el automóvil y dirigirse hacia el cuarto piso donde las oficinas chilenas de Wizzard Inc. se encontraban. Saludó a su colega con un gesto de la mano y se acomodó en su puesto. El joven de una edad parecida, estaba con los audífonos puestos y golpeaba el teclado como si estuviese interpretando una sinfonía. A los diez minutos Claudia estaba haciendo lo mismo, su concentración en la pantalla era completa, incluso se comunicaba con su compañero a través del chat de la intranet para no perder el tiempo hablando; muchos de los que trabajaban junto a ellos, pensaban que eran telépatas, ya que se movían y coordinaban casi sin hablar. La oficina donde trabajaba Claudia consistía en un gran espacio dentro un edificio moderno, con pilares de hormigón armado a la vista y vidrio, donde se acomodaban unas setenta personas en cubículos separados por paneles bajos, de modo que solo con ponerse de pie, se podía apreciar el espacio de trabajo del vecino.

Avanzada la tarde, ajena a lo que sucedía a su alrededor, Claudia luchaba por solucionar un problema bastante interesante cuando sonó su teléfono celular. Ella no acostumbraba responder llamadas de números desconocidos, pero esta vez decidió hacer una excepción.

−¿Aló?

−Claudia... −dijo una voz parecida a la de su padre, pero diferente. Se oía distante y muy baja.

−¿Tío Gabriel? −preguntó ella−, ¿eres tú?

−Sobrina, escucha... −un horrendo grito ahogó las palabras del otro lado de la línea. La comunicación se cortó y Claudia se puso de pie para ver de dónde provenía el ruido y vio a una de las compañeras inglesas gritando aterrorizada; su compañero de trabajo había manchado la pantalla plana de su computador con sangre y apoyaba la mejilla contra el teclado. De inmediato otro colega se acercó al enfermo para chequearlo, le habló y lo movió para ver si reaccionaba y, por sugerencia de un tercero, procedió a levantarle la cabeza para que no se ahogase en el vómito sanguinolento, pasando la mano por debajo de la barbilla y acomodándolo en el respaldo de la silla. El enfermo se movió rápido y dio un fuerte tarascón a quien lo estaba ayudando. Los gritos no se hicieron esperar, más y más gente se paraba de su asiento a mirar.

El mordido salió de la sala y se dirigió a los baños dejando un reguero de sangre, nadie sabía cómo reaccionar ante el extraño comportamiento del enfermo que se levantó tambaleándose, estirando la mano hacia delante con la mirada perdida.

−Está borracho −aseguró uno.

−Es la fiebre −dijo otro.

−Hay que llevarlo a la enfermería −sugirió alguien más.

Para ese momento el supuesto borracho ya se había abalanzado sobre otra víctima y le estaba mordiendo el cuello. Los gritos de asombro y de dolor llenaron la sala, dos más trataron de separarlos y también resultaron mordisqueados. El joven se había vuelto loco y había comenzado a atacar a sus compañeros sin ninguna provocación, se necesitaron tres hombres grandes para detenerlo, arrastrarlo hacia la puerta y llevarlo fuera.

Los jóvenes conducían a su desquiciado amigo hacia la enfermería del edificio, pero apenas abrieron la puerta, alguien se abalanzó sobre ellos dando dentelladas. En aquel instante, la oficina se convirtió en un verdadero caos de murmullos y gritos; los que habían sido mordidos comenzaron a sentirse mal y ardían en fiebre, mientras en la puerta se desarrollaba una lucha que no se entendía, la defensa se llevaba a cabo con poca efectividad y nula convicción. Quienes estaban atacando eran amigos y compañeros de trabajo, los defensores solo pretendían de manera inútil, evitar los mordiscos a empujones y gritos.

Para cuando Claudia terminó de analizar la voz de advertencia y aclarar sus pensamientos, se encontró con un panorama aterrador; varios de sus compañeros huían de la oficina despavoridos, otros eran comidos por un grupo de al menos quince zombis. Esa fue la única palabra que se le vino a la mente para describirlo, solo en sus peores pesadillas se le hubiese ocurrido un escenario como aquel; estaba encerrada en un laberinto lleno de seres que querían comerse su cerebro. ¿Era esto a lo que se refería su tío en su críptica llamada?