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Sophie es una bella asesina a sueldo cuyo objetivo es eliminar al Oso Azerí, un mercenario jubilado que lleva meses recluido en su vieja casona, intentando decodificar el lenguaje de un misterioso libro encuadernado en piel humana. Cuando Sophie conoce a Andrés Percival Kassler, amigo del Oso y ex agente del antiguo órgano de inteligencia de la desaparecida RDA, se desata entre ambos un romance prohibido que activará una compleja maquinaria alquímica, cuyo objetivo es consumar el rito de Bábalon y abrir las puertas de nuestro universo a los temibles Primigenios, desterrados hace miles de años. Una aventura que comienza en Santiago para luego trasladarse al litoral central y culminar en la comuna de Pirque. Disparos, explosiones, persecuciones a alta velocidad, mutantes, vampiros, y la mina de diamantes más grande del mundo, son parte de esta historia trepidante, apasionada y profunda, que te transportará a un mundo en que nada es lo que parece. ¿Podrán Sophie y Andrés sobrevivir a las ancestrales fuerzas despertadas por su lujuria y pasión?
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Seitenzahl: 348
Veröffentlichungsjahr: 2022
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© La Mujer Escarlata - El Rito de Bábalon
Primera edición, Abril 2020
© Sergio Alejandro Amira & Martín Muñoz Kaiser 2020
Edición General: Martín Muñoz Kaiser
Portada e ilustraciones interiores: Felipe Montecinos
Corrección de textos: Aldo Berrios
Diagramación: Martin Muñoz Kaiser.
© Manticora Ediciones
www.manticora.cl
@manticoraediciones
Esmeralda 957of 502. Valparaíso
Registro Nacional Propiedad Intelectual Nº: 227594
ISBN: 978-956-6021-28-5
ISBN digital: 978-956-09884-7-8
Toda modificación o promoción debe ser aprobada directamente por el autor, de lo contrario se vera expuesto a reclamación legal.
Diagramación digital: ebooks Patagoniawww.ebookspatagonia.com
A Marjorie Cameron,
pintora visionaria thelemita.
Cuando el cielo quiere salvar a un hombre, le envía amor
Lao Tse
Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz, sino haciendo consciente la oscuridad…
Carl Jung
LA MUJERESCARLATA
Andrés Percival Kassler sale a la calle y el sol lo ciega por unos segundos. La casa de su amigo le hace honor a su apodo. Es una verdadera cueva de oso, húmeda y oscura. Afuera en cambio brilla el sol y el aire, pese al smog, se siente más puro que al interior de la antigua casa. Una mujer mayor barre la acera a escasos metros, mientras un chico pasa raudo en bicicleta por la vereda contraria. A Kassler le agrada este sector del barrio República, ya que aún conserva el encanto del siglo XIX, época en la que la mayoría de las casas del sector fueron construidas. Esa fue la razón por la que su amigo, el Oso Amirov, la adquirió cuando salió a remate. La casona estaba lo suficientemente alejada del barrio universitario y era tan enorme y antigua como él.
Tras aspirar otra bocanada de aire, Kassler aborda su Tesla Roadster de dos puertas y cuatro asientos. Antes de encender el motor eléctrico del vehículo, se detiene a observar la entrada de la casa del Oso, como esperando que salga alguien. “No seas estúpido”, piensa para luego alejarse rumbo a la costanera. Tan absorto está en sus reflexiones, que solo entonces se percata de que lleva un pasajero.
−¿Y tú? −pregunta sorprendido−. ¿Cómo te colaste?
−Me aburrí de esperar a que me invitaras −suelta la pelirroja mientras se pasa hacia el asiento del copiloto. Aún viste el uniforme de mucama francesa con la que la viera minutos antes−: J’espère qu tu te fais bien lécher ta chatte −le susurra a Kassler al oído−. Je veux anus destrozes avec votre énorme morceau de viande...
Las manos de Sophie no permanecen ociosas. Libera aquello que entre las piernas de Kassler ruge por erguirse, y comienza a acariciarlo y frotarlo hasta dejarlo rígido. La piel de la muchacha, tersa y blanca como la leche, invita al Jabato a alejar las manos del volante y hundir los dedos en los terrenos húmedos que se le ofrecen. Pero alguien tiene que conducir.
−Necesito un explorador que recorra mi chemin de terre −jadea ella dejando la boca entreabierta.
−Creo que nos están siguiendo −responde Andrés.
−J’aime être dans mon cul −replica la pelirroja, bajando con lentitud, rozando el fornido torso de Kassler para terminar atragantada de carne entre sus muslos.
−No es lo mío eso de tener hombres por detrás −agrega Kassler, y acelera aún más para sacarse a sus perseguidores de encima.
Las mejillas de Sophie se hunden, sus labios dibujan un círculo hipnótico en torno al asta enhiesta que le llena la garganta. En ese preciso momento Kassler ve acercarse al primero de los Dodge Charger turboalimentados de color negro. El sonido de los V8 llena la autopista. Ya tienen a uno de ellos pegado en la cola, el siguiente se acerca por la derecha, y el tercero por su izquierda para cerrar la trampa y acribillarlos desde las ventanas. “Una técnica pasada de moda”, piensa Kassler, “lo más probable es que estos mercenarios hayan sido entrenados por el hijo de puta de Hohenstaufen”.
Horst Hohenstaufen era un viejo oficial SS que se había refugiado en el Cono Sur después de la Segunda Guerra Mundial. El Jabato le había hecho algunos “trabajos” en el pasado, y procuró mantener una relación lo más cordial posible con él, pese a lo mucho que repudiaba a los nazis. Hohenstaufen aún detentaba bastante poder dentro de la OTO y los círculos esotéricos hitleristas, por lo que era mejor tenerlo de amigo que adversario. Esto era lo que Kassler siempre le explicaba al Oso cuando su amigo le echaba en cara el haber trabajado para el viejo nazi, con quien mantenía viejas rencillas que arrastraba desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial.
Kassler da un rápido giro con el volante al tiempo que pisa los frenos y mete la mano a la guantera buscando su pistola, pasando su brazo por entre los hermosos glúteos de Sophie, que en ese momento se afana en el erecto miembro del piloto, con el culo parado y la falda arremangada en la cintura. El Tesla gira brusco a la derecha antes de que el tercer Charger le impida escapar. La pelirroja suelta un par de lagrimones, tose y babea de manera poco glamorosa intentando tragar completo el enorme y venoso instrumento del Jabato Germano. Kassler pone reversa de un golpe, los neumáticos chirrían y humean y la palanca de cambios queda entre los redondos pechos de la muchacha, que se han liberado a causa del bamboleo.
Después de acelerar y quedar al lado del primero de los perseguidores, frente a las ventanas polarizadas, y habiendo pasado bala con los dientes, Kassler descarga tres tiros de la Makarov. En consecuencia, el piloto del Charger desparrama sus sesos sobre la cara del copiloto, acelera y pierde el control estrellándose contra un Honda CRV-4 primero, y una barrera de cemento después. Kassler afirma la pistola con la mandíbula y da otro giro brusco al volante del vehículo, al tiempo que frena con fuerza para volver a la posición original, colocando segunda y luego tercera, sacando la palanca de cambios de entre los pechos de Sophie que se afirma con las piernas bien abiertas entre la guantera y el respaldo del asiento, aferrada con su mano derecha al miembro del Jabato, al tiempo que se autosatisface con la mano izquierda.
Los disparos, los movimientos bruscos, el olor a neumático quemado mezclado con pólvora y fluidos que llenan la cabina del vehículo excitan cada vez más a Sophie, que jadea como una loba en celo mientras Kassler reprime las ganas de acabar sobre las amígdalas de aquella afrodita que se estremece con un segundo orgasmo. Los otros dos Chargers negros bajan la velocidad para alcanzar al Tesla e intentar terminar la operación. Los copilotos, vestidos con ternos negros, sombreros de ala ancha igualmente negros y gafas oscuras, aparecen por los sunroof con subfusiles FN P90 automáticos. Pasan bala, apuntan y disparan.
Kassler frena para evitar el fuego enemigo y dispara a la cabeza del tirador de la derecha al tiempo que dirige el vehículo a toda velocidad contra el eje trasero del Dodge de la izquierda, que producto del impacto, da un violento giro y choca de frente con un camión Freightliner haciendo que voltee el contenedor que transporta, bloqueando la carretera. Esto les permite a Kassler y Sophie un limpio escape de las fuerzas del orden, que ya han comenzado a seguirles guardando la distancia. El Charger que aún queda, con el francotirador desparramando materia encefálica sobre el camino, se ha dado a la fuga.
El Jabato sube la capota, toma la primera salida y por fin se permite liberar el torrente que Sophie tanto anhelaba succionar. Ella levanta la cabeza, limpiándose los labios con el dorso de la mano, y mete su lengua en la boca de Kassler.
−Espero que esto no sea todo lo que tienes para darme, esta gatita aún necesita leche −dice Sophie separando sus labios de los de él, dejando que un hilo de sustancia viscosa, como baba de caracol, se estire entre ambos. Le sostiene la mano derecha y la dirige al interior de sus ardientes muslos, pero Kassler no puede concentrarse en Sophie, no mientras esté en desventaja respecto de sus perseguidores−. ¿Qué pasa? −pregunta Sophie frustrada al ver que el Jabato retira la mano para encender su móvil-pulsera, un pequeño aparato semejante a una joya alrededor de su muñeca izquierda.
−Necesito hacer una llamada −contesta él, activando la interfaz gráfica de su teléfono. Un holograma se despliega frente a sus ojos, con todos los botones y funciones de un teléfono inteligente−. Comienza la interfaz vocal −ordena Kassler, y una luz azul titila indicándole que la acción ha sido realizada−. Conéctate a la radio del automóvil −dice a continuación−, marca “Oso móvil”.
Los tonos de marcado suenan por los parlantes de la radio mientras Kassler con su índice sobre los labios le indica a Sophie que guarde silencio.
−¿Qué pasa ahora, Andrés? −se escucha decir a Amirov malhumorado−, ¿a qué debo esta nueva interrupción?
−¿Estás bien? −pregunta Kassler−, ¿no ha entrado nadie a tu casa tratando de acribillarte o algo por el estilo?
−No −contesta extrañado el Oso−, ¿hay algún problema?
−Me deshice de un par de agentes con armas automáticas pilotando autos negros −explica el Jabato−, sospecho que son del grupo de Hohenstaufen, pero no imagino por qué me querrían ver muerto.
−Llámalo y pregúntale −dice Amirov−, ese bávaro hijo de puta es amigo tuyo después de todo.
−Sabes que no es mi amigo −precisa Kassler−, y sí, pensaba llamarlo, pero antes quería estar seguro que no te hubiese ocurrido nada malo.
−Despreocúpate de mí y llama enseguida al bávaro. Luego me cuentas cómo te fue.
−De acuerdo −dice Kassler frunciendo el ceño, antes de volver a hablarle al teléfono−. Marca Hohen −suena el tono de marcado un par de veces y contestan.
−Ja −responden del otro lado de la línea−. Andreas, was für eine Freude zu hören, vor nicht allzu langer sprach.
−Estoy seguro de que te sorprende escuchar mi voz luego que mandaste a tus lacayos a matarme −dice Kassler.
−Geschäft ist Geschäft −acota el viejo soltando una risa profunda antes de continuar−. Pero confiaba en que sobrevivirías, mi buen Andreas, envié novatos. Fue la única consideración que pude permitirme.
−¿Por qué aceptaste el encargo, Hohen?
−No me pude negar... Geschäft ist geschäft.
−Deja las evasivas y dime quién te contrató.
−Andreas, aunque quisiera, no podría darte un nombre.
−Debe haber algo que puedas decirme sin comprometerte. ¿O prefieres que te haga una visita para sacarte la información a golpes? Sé perfectamente donde te ocultas...
−¡Vamos, Andreas! No es necesario recurrir a amenazas... Solo puedo decirte que se me hizo hincapié en que mis hombres vistieran de negro y condujeran vehículos negros.
−¿Por qué? ¿Me vas a decir que alguna clase de fetichista le puso precio a mi cabeza?
−Tu cabeza siempre ha tenido precio −rio Hohenstaufen−, solo que no lo suficiente como para correr el riesgo de cobrarlo. Y no puedo decirte nada sobre la identidad de mi cliente. Has trabajado para mí, sabes muy bien cómo opero, ist es nicht?
−Por ahora no iré a buscarte, viejo nazi, pero si aparecen más de tus hombres te aseguro que desearás haber muerto en la Antártica junto a tu puto führer para cuando termine contigo.
−De parte mía no recibirás más visitas. Gute nacht!
−¿Quién era ese? −pregunta Sophie.
−¡Shh! −dice Kassler−. Corta, marca, Oso móvil.
−¿Averiguaste algo? −pregunta Amirov del otro lado de la línea.
−Efectivamente eran hombres de Hohenstaufen. Aseguró que no enviará más gente.
−Su empleador entonces no te quería muerto −reflexiona Amirov.
−Lo dudo −objeta Kassler−. Los hombres del viejo Hohen disparaban a matar. ¿No podrías llamar a tu amigo ese, el de la Compañía para averiguar más?
−¿Al Viejo Toro Bill? ¡De ninguna manera! No puedo contactarlo, ¡y menos por nimiedades como esta!
−¿Nimiedades? ¡Casi me matan, Oso de mierda!
−¿Cuántas veces han estado a punto de matarnos, Andrés? Dime una cosa, ¿estás familiarizado con el concepto de la inmortalidad cuántica?
−¿De qué carajo hablas, Oso?
−Tiene que ver con un experimento imaginario propuesto por Moravec, o por Max Tegmark, no recuerdo bien. Lo leí mientras buscaba información para descifrar el libro.
−¿Pero qué mierda tiene que ver la inmortalidad cuántica con...?
−Googléalo cuando llegues a tu casa. Ahora debo seguir con mi trabajo. Mantente alerta.
−Siempre lo estoy. Qorunmaq.
−Corta −dice Kassler, desconéctate de la radio del vehículo.
El silencio dentro de la cabina del Tesla no dura mucho, la música sincopada de Miles Davis llena el ambiente. Sophie se acerca al oído del Jabato y dice:
−Sé de lo que habla le Ourse. La razón por la que dice que somos inmortales.
−Ilumíname entonces −dice Kassler.
−El experimento del que habla supone a una persona sentada con un arma que apunta hacia su cabeza, arma que a su vez es manipulada por una máquina que mide la rotación de una partícula subatómica. Cada vez que la persona aprieta el gatillo, el arma se dispara dependiendo del sentido de la rotación de la partícula: si gira en sentido horario el arma dispara, en sentido contrario no lo hace. ¿Me sigues?
−Te sigo.
−De acuerdo a la interpretación de Copenhague, cada vez que se ejecuta el experimento existe un cincuenta por ciento de probabilidad de que el arma sea disparada y la persona muera. Si a esto añadimos la teoría de los universos múltiples, con cada ejecución del experimento el universo se divide en dos: uno en que la persona vive y otro en que muere. Después de muchos disparos se habrán creado muchos universos y en todos ellos, menos en uno, la persona dejará de existir. ¿Entiendes lo que significa esto?
−Que siempre habrá un universo donde la persona seguirá existiendo.
−Tout à fait! Desde el punto de vista de la persona, por más que apriete el gatillo del arma, esta nunca se disparará, y su conciencia seguirá existiendo en uno de los universos restantes. Esto último es lo que se denomina inmortalidad cuántica.
−¿De dónde sacaste esto?
−Del mismo lugar que le Ourse, la Wikipedia.
−¿La Wikipedia? ¡Por Dios! Como sea, y siguiendo con tu teoría cuántica, tienes dos opciones: puedo llevarte de vuelta a la casa del Oso, o puedes irte conmigo. Pero si eliges esta opción puede que no llegues con vida a mañana.
−No me importa −asegura ella tomándole la mano derecha a Kassler y metiéndola entre sus cálidos y suaves muslos−. Nous sommes immortels...
−¿A qué estás jugando? −pregunta Andrés mientras sus dedos comienzan a moverse hábiles al ritmo del jazz.
−¿Juego? −dice Sophie suspirando por las caricias de él.
−Sí, juego. El Oso me dijo una vez que este era un universo basado en el juego. El juego y la guerra, que vienen a ser más o menos lo mismo. Todo juego es una batalla, una lucha para derrotar al otro.
−El juego −contesta Sophie con su sonrisa pícara−. Le jeu...
−Sí, el juego −repite Kassler salivando al ver como se endurecen los sonrosados pezones de la mucama.
−Le jeu, c’est un corps-à-corps avec le destin. C’est le combat de Jacob avec l’ange, c’est le pacte du docteur Faust avec le diable...
−Se me pone como roca cuando hablas en francés, pero no te entiendo una mierda.
−Jugadores, tiene razón le Grand Ourse, somos jugadores y los jugadores juegan... comme les amoureux aiment, comme les ivrognes boivent, nécessairement, aveuglément, sous l’empire d’une force irrésistible.
−Estaba esperando que hicieras tu jugada Sophie, o como sea que te llames, porque te investigué, revisé tus datos y no encontré nada. Sophie de Homem-Christo no existe más allá del pasaporte con el que viajaste a Chile.
−Claro que existo, aquí estoy, junto a ti… ¿O acaso este cuerpo no te parece lo suficientemente real?
−Sabes a lo que me refiero. Cuando te diste cuenta de las cámaras de vigilancia, ¿pensaste que Jamal las había instalado?
−No. Sabía que era un trabajo externo −contesta Sophie dejando escapar un pequeño gemido−. ¿Por qué lo hiciste?
−Cuando su última esposa lo dejó y se llevó a las gemelas, el Oso quedó devastado −explica Kassler−. Nunca lo vi tan mal. Pensé que se le pasaría, pero transcurrieron las semanas y se negaba a salir, comer o ducharse. Cuando despidió a la doméstica temí que estuviese a un paso del suicidio. Junto a Dharma, mi mujer, lo convencimos de que para seguir adelante debía deshacerse de todo lo que su familia había dejado: la ropa, los juguetes de las niñas, todo. Nos lo llevamos a nuestra casa y le dijimos que nos encargaríamos del trabajo. Fue entonces cuando aproveché de colocar las mismas cámaras de vigilancia que tengo en mis gimnasios, state of the art technology, que instalé en los lugares en que el Oso jamás sospecharía.
−¿No se te pasó por la cabeza que podría descubrirte?
−Si me decía algo al respecto yo le diría la verdad, que estaba preocupado por él y que necesitaba mantenerlo vigilado. Incluso a ti te llevó tiempo descubrir las cámaras, ¿no?
−En effet... −las mejillas de Sophie están encendidas y respira aceleradamente.
−Pero cuando lo hiciste, no se lo comunicaste a tu patrón.
−Me excita que me espíen −suspira ella mirándolo a los ojos−, por eso fingí que no me había percatado.
−¿Aunque no supieras que era yo quién estaba espiándote? −dice él lamiéndole el cuello.
−Supuse que eras tú… −contesta ella con la respiración entrecortada debido al juego de dedos del Jabato−. Luego que descubrí la cámara en mi dormitorio entendí por qué siempre andabas chequeando esquinas y otros lugares poco interesantes de la casa cuando venías de visita.
−¿Es que acaso no tienes pudor?
−Bien sûr, j’ai honte!, pero soy demasiado cachonda.
−¿Por qué nunca llevaste hombres a tu habitación?
−¿Te gustaría verme follar con otro hombre? −pregunta Sophie, moviendo hacia atrás y adelante el bien formado culo.
−No me hubiese molestado −contesta Kassler, que comienza a mover los dedos en forma circular sobre el clítoris de la muchacha.
−Le Ourse me prohibió llevar hombres a su casa cuando me contrató, pero no dijo nada sobre las mujeres.
−Eres una caliente de mierda −dice él introduciendo tres dedos en la húmeda y anhelante cavidad.
−Necesitaba un miembro viril, esperaba que entendieras la indirecta −replica Sophie manoseándose los pechos.
−Me gustaron tus amiguitas...
−Las escogí pensando en ti −dice ella soltando un profundo gemido.
−Me masturbé hasta el cansancio viendo cómo te las follabas, ¿sabes?
−Quería ponértela dura.
−Apenas lleguemos a casa voy a darte lo que necesitas.
−Sí, quiero que me hagas lo mismo que a todas esas mujerzuelas que llevas a tu casa, Je veux que tu me fasses ta putain −los jugos de Sophie empapan la mano que la hace gozar. Kassler la retira, se lame los dedos y la coloca sobre el volante.
−¿Por qué te detienes? −pregunta Sophie.
−Es suficiente precalentamiento por ahora −contesta el Jabato sonriendo.
−¿Cuál de mis amigas fue la que más te gustó? −pregunta Sophie abrochándose el sostén.
−La primera, la morena de las tetas grandes −responde Kassler sin dudarlo.
−Ella es peluquera −dice Sophie−, se llama Romina.
−¿Es la que te depila?
−Así nos conocimos.
−Cuéntame...
−Era la segunda vez que me depilaba, me preguntó si estaba muy caliente y yo le dije que sí, que estaba mojada. Ella me dijo que estaba hablando de la cera, nos reímos y me dijo que era la clienta más linda que había atendido en sus cinco años de profesión. No solo eso, me dijo que era la mujer más linda que había visto en toda su vida, más linda que Scarlett Johansson incluso, y comenzó a tocarme el coño. No le dije nada, la dejé hacer mientras me miraba a los ojos. Me dijo que nunca lo había hecho con una mujer, pero que siempre había fantaseado con eso. Yo no contesté, mis piernas se abrieron solas. “¡Virgen Santa, siempre quise hacer esto!”, dijo ella y comenzó a chupármela ansiosa, propinándome grandes lametones al principio como una perrita sedienta. Una vez que se calmó, comenzó a afinar la lengua y a lamer como se debe. Su respiración era agitada, estaba muy cachonda, sus duros y grandes pezones se le marcaban en la blusa. Podíamos escuchar a la gente charlando al otro lado de la cortina que separaba el depilatorio del resto del centro de belleza, y eso me excitaba todavía más. Comencé a acariciar sus pechos, le pedí que se montara sobre mi cara. Se quitó los pantalones y me enterró el coño en la nariz. Yo me comí sus jugos golosa y terminamos casi al mismo tiempo, ahogando nuestros gemidos. Nos detuvimos ahí, por miedo a que entrase alguien.
−Me hubiese encantado haber sido yo el que entrara en ese momento...
−Mientras me vestía, ella me mostró una foto de su novio, un tío guapísimo de ascendencia libanesa. Hablamos de compartirlo, me dijo que él hacía tiempo quería hacer un ménage a trois. Me describió cómo lo hacían, cómo ese semental azabache la ponía a gozar. Accedí a hacer el trío con ellos, pero el novio se arrepintió a última hora por temor a ofender a su dios...
−¿Pero no que practican la poliginia los musulmanes? Según entiendo pueden tomar hasta a cuatro esposas.
−Eso difiere mucho a lo largo del mundo islámico. Es más común en las culturas árabes tradicionales como Arabia Saudita, pero prohibida en otros estados como el Líbano, o países musulmanes no árabes como Malasia. Además que el novio de Romina no era musulmán, sino cristiano maronita. Peu importe!, cuando me di cuenta de las cámaras se me vino una idea a la mente... Quería excitarte para que vinieses por mí durante la noche. Romina me llamó al móvil para que le abriese la puerta sin que se enterase le Ourse. Estábamos de pie frente a la puerta de mi dormitorio, manoseándonos como escolares descubriendo nuestros cuerpos por primera vez...
−Y entonces apareció Jamal −interrumpe Kassler−. Hicieron tanto ruido que lo despertaron y bajó a ver qué ocurría. Lo vi en las cámaras, pero no pude escuchar lo que les dijo, ni por qué razón se rieron tanto.
−Al principio le Ourse me reprendió −dice Sophie−, pero le recordé que él había dicho “nada de hombres” y que como podía ver, Romina era una mujer, y una muy guapa además. Él se encogió de hombros y dijo que todo el asunto le recordaba un chiste. El de sang froid... ¿Lo conoces?
−No. Cuéntamelo.
−En una charla de amigos, uno trata de explicar el verdadero sentido de la expresión idiomática sang froid y dice: “Imaginen esta situación: un señor llega a su casa, al abrir la puerta encuentra a su mujer y a su mejor amigo teniendo sexo. Si el señor cierra la puerta y se retira, eso es sang froid”. “No”, dice otro, “eso no es sang froid; en igual situación si el señor abre la puerta, encuentra a su mujer y a su mejor amigo teniendo sexo y antes de retirarse les dice ‘continúen’, eso es sang froid”. “No, no, no”, replica un tercero, “eso no es sang froid; en el mismo caso el señor entra a su casa, encuentra a su mujer y a su mejor amigo teniendo sexo y antes de retirarse les dice ‘continúen’... ahora si el amigo continúa, ¡eso sí que es sang froid!”. Le Grand Ourse estalló en carcajadas, yo jamás le había escuchado reír y su risa era tan contagiosa que Romina y yo nos reímos también. Cuando dejamos de hacerlo, él dijo: “continúen en lo suyo, chicas, pero háganlo dentro del dormitorio, por favor”. Romina le ofreció unirse a nosotras, pero él dijo que solo representaría un estorbo, nos dio las buenas noches y regresó a su dormitorio.
−¡Qué lástima! −se compadece Kassler−, el Oso no está tan viejo ni tan derrotado como él cree. Pero sigue con tu historia.
−Si tú viste todo, ¿para qué quieres que te lo cuente? −pregunta Sophie.
−Porque me calienta escucharte.
−D’ accord −dice ella sonriendo−. Romina me tiró a la cama y yo me abrí de piernas para que ella me lamiese a gusto. Se entretuvo bastante rato mientras yo miraba discretamente a la cámara, esperando que entendieses que era a ti a quien necesitaba dentro de mí. Como después de eso no conseguí llamar tu atención, me fui a una disco lésbica a levantarme a algunas chicas para seguir con el juego, ahí conocí a Paula, la única chica de mi estatura que he conocido en Chile hasta ahora.
−La del cabello corto, con piernas que le salían de las amígdalas.
−La misma. Paula Catilao. Cuando me di cuenta de que se estaba enamorando de mí tuve que decirle que no era lesbiana y terminar con ella... Y tú seguías sin aparecer por mi cama, por lo que decidí hacer mi jugada final. Y aquí estamos.
−¿Me dirás tu verdadero nombre?
−Si me das lo que me prometiste, te diré todo lo que quieras...
***
Luego del largo y ajetreado trayecto, la pareja arriba a la residencia de Andrés Kassler, una réplica de la casa-cascada diseñada por Frank Lloyd Wright, amoblada con objetos japoneses. La casa es un cuadro suprematista en tres dimensiones que deja al espacio y las sombras mismas como protagonistas. La puerta eléctrica a control remoto se abre de forma automática, bajan del auto y dos rottweilers negros como la noche emergen de entre las sombras para saludar a su dueño, agitando el “chongo” que tienen por cola.
−¿No me harán nada? −pregunta Sophie.
−Lenin y Stalin están entrenados para no agredir a las mujeres −dice Kassler acariciando a sus canes−. No tienes nada que temer.
−Ojalá todos los machos fuesen así −comenta Sophie descendiendo del vehículo. Lenin no desaprovecha la ocasión para hundirle la nariz en la entrepierna, a lo que Sophie emite un grito de sorpresa.
−Lo siento −ríe Kassler−, por más entrenados que estén es inevitable que los perros terminen pareciéndose en algo a sus amos. Entra por esa puerta, a la derecha hay un baño donde puedes refrescarte para continuar con lo que tenemos pendiente.
Luego que Sophie se marcha, Kassler ingresa a otra dependencia, abre el botiquín, saca una pastilla de sildenafil de 100 mg, otras cuatro de dianabol ruso, dos de propinato de testosterona, y las engulle con un poco de agua. Acto seguido, saca una jeringa y la entierra en un frasco de boldelona, extrae 5 ml del oleoso líquido amarillento, cambia la aguja de la jeringa, se pincha el glúteo y presiona el émbolo con seguridad. Saca la aguja y presiona luego con un algodón empapado en alcohol, sintiéndose tan poderoso como Gilgamesh, señor de la Tierra de los Dos Ríos. Se quita la camiseta y contempla su bien definido cuerpo. Está listo para poner a gozar a la pelirroja que se le ha colado en el auto.
Sophie sale del baño desnuda, su blanca piel, interrumpida por algunas pequeñas pecas, contrasta con su pelo rojo carmesí y la pequeña línea de vello color cobre de su pubis. No hay un gramo de grasa de más en aquel cuerpo esculpido por los dioses del Olimpo. Sus pechos son dos bolas de suave carne bien firmes, rematadas en un par de botones de amplia areola rosada. Su cintura es minúscula y contrasta con la amplitud de sus caderas y lo voluminoso de sus apretados cuartos traseros que continúan en unas largas y torneadas piernas.
La erección de Kassler no se hace esperar. El Jabato Germano se lanza hacia su presa jadeando, mete su lengua con violencia en la boca de ella al tiempo que aprieta sus senos y pellizca sus pezones mientras pasa su otra mano entre las nalgas y acaricia desde atrás el húmedo coño.
Sophie se deja hacer. Respira acelerada mientras aprieta el miembro de su atacante que la levanta en vilo sin esfuerzo alguno, la lleva hasta una enorme cama en una habitación llena de espejos, y la deposita abierta de piernas frente a él. La toma por los muslos y hunde su rostro en la intimidad de la hembra que recibe la impetuosa lengua de su amante con total entrega. Los dedos de Kassler abren la vulva y el cunnilingus se despliega por toda la extensión de su sexo, pasando desde su ano a su vagina y luego moviéndose en círculos suaves alrededor del hinchado botón que transmite intensas señales de placer al cerebro de la pelirroja, quien acaricia el negro cabello de su benefactor mientras curva la espalda y se retuerce de placer.
La lengua de Kassler se enrosca cual pulpo en aquella apertura hinchada y febril, recorriéndola alternadamente con suavidad y delicadeza o con intensidad y rapidez; una y otra vez hasta que, en medio de espasmos violentos, los fluidos de aquella flor desbordan sus labios repetidamente. El Jabato mueve su musculoso cuello entre aquellos marmóreos muslos, concentrado en su tarea, pero entonces algo distrae a Sophie.
−Están llamando a la puerta −dice jadeando.
−No prestes atención −responde él.
−¡Pero me distrae! −se queja Sophie.
−¿Te distrae que llamen a la puerta y no que intentaran matarnos en la carretera?
−C’est étrange, n’est-ce pas?
Los golpes continúan, cada vez más fuertes.
−¡Estoy ocupado! −grita Kassler, pero los golpes no cesan. Ofuscado se levanta, se coloca sus bóxers disimulando lo mejor que puede la erección, y abre la puerta. Sundari está del otro lado. Le saca más de una cabeza de altura a su padre.
−¿Qué quieres? −pregunta él−, tengo compañía.
−¿Cuándo no? −contesta ella en tono de reproche−. Solo quiero que veas esto. −Y le entrega un sobre.
−Lo veré por la mañana.
−¡Ahora, Andrés!
Kassler abre el sobre, sabiendo de antemano de qué se trata. Es el test de ADN. Tal como Sundari sospechaba hacía por lo menos dos años, su padre biológico es el Oso Amirov.
−¿Sabes? −dice Kassler agitando el sobre−, esto es absolutamente lógico, y sin embargo jamás se me había cruzado por la mente.
−Pues a mí sí −dice Sundari−, por eso le pedí al tío Jamal que nos hiciéramos el test.
−¿Y ahora qué? −pregunta Kassler con una sonrisa de circunstancia−, ¿en vez de Sundari Arundhati Solari Kassler vas a ser Sundari Arundhati Solari Amirov?
−Vuelve a la cama con tu puta, Andrés. Supongo que mañana podrás hacerte un tiempo para que hablemos de esto cuando vuelva del cole.
−De acuerdo, mañana... Y para que sepas es francesa.
−Una puta es una puta no importa de donde provenga −dice Sundari alejándose por el corredor.
−¡Más respeto con la profesión más antigua del mundo, hija! −le grita Kassler para luego cerrar la puerta y volver a la cama. Sophie lo espera anhelante con las piernas abiertas, pero él ya no tiene ganas.
−¿Qué pasa? −dice ella.
−No soy el padre biológico de mi hija −contesta él−. Supongo que es alguna clase de justicia poética o karma −masculla más para sí mismo que para su interlocutora. Agarra el control remoto y enciende la tele. En la pantalla de plasma de setenta y nueve pulgadas aparece Giorgio A. Tsoukalos y su peinado super saiyajin nivel tres.
−¿Quién es el padre si no eres tú? −pregunta Sophie.
−El padre de Sundari es mi mejor amigo y tu patrón, el Oso Amirov.
−Entonces somos hermanas.
−¿Cómo dices?
−Yo también soy hija de le Ourse, aunque eso él no lo sabe.
−¿A ver... cómo es eso de que eres hija de Jamal?
−Le Ourse tuvo un affaire con ma mère mientras estaba en una misión bajo la identidad falsa de Nikolai Dzhurmongaliev. Estuvieron juntos cerca de un año... Luego de que le Ourse dejó Ajaccio, ella se enteró de su embarazo. Ma mère intentó hallarlo, pero Nikolai Dzhurmongaliev había dejado de existir junto a cual fuese su trabajo encubierto. Yo sabía que era hija de él, ma mère nunca me lo ocultó. Pero no tenía idea ni siquiera de cómo era su rostro, ya que jamás permitió que lo fotografiaran. En mi adolescencia supe que Dzhurmongaliev era una especie de agente secreto, pero para mí siguió siendo una presencia fantasmal. Eso hasta que los américain lo detuvieron hace un par de años. Ma mère lo vio por la televisión y le afectó mucho, jamás pensó que el hombre que ella había amado tanto fuese un terrorista internacional.
−Lo que se dijo del Oso fue una exageración de los yanquis, Sophie.
−Aun así, fue un shock para nosotras. Pero sirvió para que ma mère por fin me contase la verdad, ya que supuso que le Ourse no saldría con vida de prisión. Era tan obvio que se trataba de una trampa para matarlo...
−Pero ese grandísimo hijo de puta logró zafarse, como siempre. Y entonces decidiste que tenías que conocerlo, ¿no?
−En effet, quería estar cerca de él, y por eso viajé a Chile y postulé al trabajo de mucama. Fui la única que hablaba más de dos idiomas, tal como solicitaba el anuncio.
−Una chica que hable más de dos idiomas no postularía a ese trabajo, y menos una chica con el cuerpo tuyo... Me extraña que Jamal no sospechara.
−Sospechó, pero como no tenía motivo alguno para rechazarme, me contrató.
−Eres una perra de temer, jovencita.
−Lo soy −admite ella con una sonrisa malévola.
−Justo como a mí me gustan, locas y calientes −dice Kassler, sabiendo que Sophie aún no le suelta ni una pizca de la verdad−. Lástima que se me hayan quitado las ganas, este asunto con Sundari me afecta más de lo que pensé.
−¿Por qué te afecta tanto?
−Porque tuve a esa deliciosa adolescente a mi alcance y no la llevé a la cama −contesta Kassler, representando aquel rol de cerdo pervertido y despreciable al que está tan acostumbrado−. Aunque pensándolo bien, podría ir a buscarla a su dormitorio e invitarla a hacer un trío con su hermanita…
−Papa, yo puedo jugar el papel de la mauvaise fille si te apetece −susurra Sophie al oído de Kassler mientras juega con el entristecido miembro.
−¿Cuál es tu nombre verdadero?
−Aún no recibo mi merecido −sonríe ella.
***
¿Y qué pasa en casa del Oso Amirov en este mismo momento? Pese a haber tomado su dosis de clonex e irse temprano a la cama, Amirov se despierta con un ruido similar al tañido de una campana. Se levanta y se dirige a la habitación de la mucama.
−¿Sophie? −dice llamando a la puerta. Nadie responde.
El Oso Azerí abre la puerta, pulsa el interruptor de la luz... Allí no hay nadie.
Es la primera vez que Amirov entra en aquella habitación desde que adquiriera la casa. Lo hace con cautela, como un gato desconfiado pisando sobre cajas de huevos. Salvo un espejo de cuerpo entero no hay nada allí colgado en las paredes. Amirov repara en un libro que reposa sobre la mesa de noche. Lo toma y lo abre en cualquier página. En voz alta lee:
−Le petit prince traversa le désert et en rencontra qu’ une fleur. Une fleur à trois pétales, une fleur de rien du tout...
Amirov deja el libro en el mismo lugar donde lo encontró y se dirige al cuarto de baño. La puerta está abierta y las baldosas del suelo están mojadas, al parecer la taza del baño tiene una filtración. El Oso se acerca hasta la tina y descorre las cortinas para estar seguro. No encuentra a nadie, pero le llama la atención la pulcritud, no hay pelos rojos por ninguna parte.
Abandona el cuarto de la mucama y se dirige a su despacho, donde se sirve otro vaso de vodka polaco mientras piensa en el aviador que ha escrito aquel libro que está leyendo, o releyendo, Sophie. Ese libro dedicado a Léon Werth, “cuando era niño”.
−¡Ah!, la niñez es tan corta comparada con todo el tiempo que pasamos siendo viejos −se lamenta el Oso abriendo un cajón de su escritorio para comprobar que su pistola HK USP compacta está en su lugar. Vuelve a cerrar el cajón y toma entre los gruesos dedos el libro misterioso sin título ni autor en la portada. Lo abre en una página al azar, y observa atento aquel idioma incomprensible. “Seguro que el Viejo Toro Bill sabría de qué va esto”, piensa, “pero no puedo llamarlo, no”. ¿Cuánto tiempo había dedicado Amirov a contemplar el libro sobre su escritorio? ¿Horas? ¿Décadas? ¿Milenios? Ni él mismo lo sabe. Desde el momento en que el misterioso volumen llegó a sus manos, descifrarlo se convirtió en su obsesión. Día tras día, y noche tras noche, Jamal Alakbar Amirov se encerraba en su despacho junto al volumen. De tanto hojearlo, leerlo y analizarlo, llegó al punto en que le basta solo con mirarlo. Como si las páginas mismas, ya fuese por respeto o compasión ante su tozudez, fuesen a hablarle de pronto, transmitiéndole por fin sus arcanos secretos.
En eso estaba aquella tarde, horas antes del tiroteo entre los agentes de negro y Kassler, cuando llamaron a la puerta de su despacho, ahogando la música de Hachig Kazarian y su conjunto que sonaba a todo volumen por los amplificadores del viejo Sony ESPRIT TA-E900 del Oso. Luego de intentar ser oída por segunda vez, la mucama se tomó la libertad de abrir la puerta y le hizo señas al dueño de casa, a quien se había acostumbrado a ver pétreo como una estatua frente al libro.
−El señor Kassler ha llegado, monsieur −gritó por sobre la música.
−¿Uh? −dijo el Oso regresando de su trance.
−El señor Andrés Kassler está aquí −insistió ella bajando el volumen del antiguo equipo de música.
−¿Kassler? −contestó Amirov sin desviar la vista del libro.
−¿Está bien, monsieur?−preguntó ella.
−Sí, es solo que este libro...
El Oso calló. La muchacha lo miró fijamente y reiteró la pregunta, pero él no contestó. Algo había visto en los ojos de ella, acaso la silueta gemela de una persona muy querida escondiéndose detrás de sus pupilas.
La joven francesa de cabello rojo, un metro noventa de altura y rostro de ángel, había entrado al servicio de Amirov hace poco más de un mes y medio, luego de responder a un aviso en los clasificados de un periódico. El Oso la ha visto todos y cada uno de los días que ha estado a su servicio, sin mirarla de verdad, hasta aquel momento.
−¿Ocurre algo? −insistió ella−, ya comienza a preocuparme.
−No, querida niña −contestó él−. No es nada. Dile a mi viejo amigo que pase, por favor.
−Très bien.
Sophie abandonó el despacho cerrando la puerta. Segundos después, volvieron a golpearla.
−¡Pasa, Jabato del demonio! −dijo el Oso llenando un vaso con vodka Devil´s Spring de 96% que bebe de un solo trago.
Andrés Percival Kassler hizo su entrada. Venía de la casa matriz de su cadena de gimnasios Pumpin’ Iron, nombre elegido en honor al documental homónimo protagonizado por Arnold Schwarzenegger, ocho veces ganador del título Mister Olimpia y discípulo de Ben Weider, fundador de la International Federation of Body Builders y creador de los Principios de Weider, los cuales se convirtieron en el mantra de todo aficionado a la halterofilia. Kassler vestía de buzo y zapatillas. Es bajo de estatura, pero lo compensa con una hipertrofiada masa muscular y una poderosa caja torácica. Los rasgos aquilinos parecen cincelados en el rostro, duro como estatua de alabastro. Pese a su severo rictus, cuando sonríe es capaz de hacer que incluso los más gélidos glaciares se disuelvan.
Kassler y Amirov se conocieron durante los estertores de la Guerra Fría. El primero iba de cazarrecompenzas freelance, mientras que el segundo trabajaba como agente para la misteriosa Compañía. Luego que cayera el Muro de Berlín, el Jabato decidió que ya era hora de retirarse y emigró a Chile, tierra natal de su padre. Con sus ahorros compró el primero de sus gimnasios y contrajo matrimonio con Dharma Solari, nieta del general en retiro Mauricio Solari. El Oso por su parte, tras la disolución de la Unión Soviética, decidió seguir los consejos del Jabato y radicarse en el país que hasta ese momento era el más estable y seguro de Latinoamérica.
−Axshamın xeyir! −exclamó Amirov al ver a su amigo.
−Guten Tag −contestó Kassler acercándose hasta el magnífico escritorio de roble del Cáucaso−. ¿Qué ocurre, Jamal? ¿Por qué la urgencia? ¿Lograste descifrarlo?
−Aún no, gagash −dijo Amirov llenando otra vez su vaso−, care to join me?
−Solo tú eres capaz de beber ese aguarrás polaco.
−Tú te lo pierdes.
−¿Aún no consigues quebrar el código? −insistió Kassler señalando el volumen abierto sobre la mesa−. ¿Cuánto llevas en eso? ¿Siete meses?
−¿En qué mes estamos? −preguntó Amirov.
−Abril −retrucó su amigo.
−¿De qué año?
−Dos mil trece.
−Cumplimos ocho meses la semana pasada −contestó el Oso acariciando el cuero de las tapas del libro para luego vaciar el vodka en su garganta.
−Deberías irte a Pirque −replicó Kassler acercando una silla Luis XV al viejo escritorio−, a ese terreno que compraste y tienes abandonado. ¿No dijiste que esta casa guardaba demasiados recuerdos dolorosos? ¿Que tenías la intención de empezar de nuevo? Fresh start, me dijiste. Tus palabras.
−Antes debo descifrarlo −contestó el Oso limpiándose los bigotes con la manga de su bata−. Así me lo he propuesto y no descansaré hasta conseguirlo. Este volumen ha pasado por numerosos criptógrafos profesionales y aficionados, incluyendo especialistas en cifrados de la Segunda Guerra Mundial...
−Y todos ellos se han dado por vencidos −observó Kassler.
−No será mi caso −bufó el gigante greñudo encendiendo un habano.
−¿Pero has tenido algún avance? −preguntó su amigo.
−No −contestó Amirov aspirando con fuerza el puro−, pero he averiguado ciertas cosas sobre la encuadernación. Al parecer este no sería un libro forrado en piel humana, después de todo... Como estaba más interesado en el contenido del libro que en la tapa, dejé dicha verificación de lado. Al darme cuenta de que no conseguía avanzar en el texto, decidí pedir ayuda a un amigo anticuario que tiene una tienda en Miraflores con Santo Domingo. Él posee una pequeña colección de objetos antropodérmicos, incluyendo una lámpara que perteneció a la “Bruja de Buchenwald”, uno de los tantos objetos que esa malparida mandó a fabricar con la piel de los prisioneros del campo de concentración que su marido dirigía. A Koch lo ejecutaron los nazis el 45, en el mismo campo que dirigió.
−¿Debido a sus excesos?
−Porque era un miserable ladrón. Ella se suicidó en el 67. Si hubiese tenido la oportunidad, feliz los hubiese matado a ambos con mis propias manos...
Amirov se quedó mudo durante un par de segundos, con la vista enfocada en un punto por sobre el hombro derecho de Kassler. Estas repentinas ausencias no eran algo extraño en él, pero el Jabato debía admitir que cada vez se estaban volviendo más frecuentes.
−¿Jamal, estás ahí? −preguntó Kassler.
−¿Te he contado sobre aquella vez que vi como despellejaban vivo a un hombre? −inquirió Amirov observando cómo la punta de su puro se apagaba de a poco.
−Sí, en la estepa de Hulun Buir, durante la segunda guerra chino-japonesa −replicó Kassler. Esta confirmación no detuvo al Oso, por supuesto, que dijo:
−Hasta ese momento nunca creí en la propensión de ciertos pueblos hacia el mal. Creía que todos los seres humanos tenían el mismo potencial para infligir dolor de manera arbitraria y gratuita en sus congéneres, pero los mongoles, esos mongoles... No sé si haya existido gente con mayor vocación y deleite por matar de forma lenta y refinada que aquellos mongoles. Llevaban miles de años desollando ovejas y podían despellejar a un hombre como si fuese una naranja... ¡En fin!, luego de quemar la lámpara esa, Anatoli me enseñó una colección de octavas de Jamale Deschanel que se presumía forrada en la piel de una mujer, y que incluso contenía un certificado de autenticidad. Pero él descubrió que no era más que un fraude, la supuesta piel humana era en realidad un chagrín.
