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Vanas repeticiones del olvido contiene —en una edición preparada por el propio autor— la obra dramática de Eusebio Calonge escrita entre 1992 y 2022 principalmente para La Zaranda, pero también para otras compañías. En palabras del propio autor, estas obras se reúnen con la intención de facilitar «una visión completa, todo el horizonte de un lenguaje. Creo que existen en el mío unas corrientes constantes: la meditación sobre el propio sentido del teatro, una cotidianidad que se rebela contra el sinsentido de su existir, siempre el conflicto con las devastaciones del tiempo, un compromiso con la dignidad humana y una búsqueda de lo trascendente». Asistir a las representaciones de estos textos es una experiencia transformadora. Una liturgia con recursos «narrativos» que le son tan propios y reconocibles como únicos, que siempre pivotan sobre los grandes temas, con un trasfondo en la muerte y la muerte en vida, y con unos personajes que se asoman constantemente al abismo, pero que de tanta negrura saben extraer una comicidad perturbadora.
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Seitenzahl: 633
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Eusebio Calonge (Jerez de la Frontera, 1963). Dramaturgo de la compañía La Zaranda desde hace más de tres décadas —con la que ha representado sus obras en más de treinta países en cuatro continentes—, ha sido premiado por la crítica de Buenos Aires, Nueva York, El Cairo, Montevideo, La Habana, Madrid, Barcelona… También recibió el Premio Nacional de Teatro con su compañía en 2010. Ha impartido cursos, dictado conferencias tanto en Europa como en América y publicado teatro, ensayo, artículos periodísticos y narrativa. Su obra ha sido traducida al francés, inglés, italiano, alemán, portugués y japonés. En Pepitas ha publicado Aquí yacen (dramatis personae). Exhumación y reducción a restos literarios de personajes de La Zaranda (2020).
Vanas repeticiones del olvido contiene —en una edición preparada por el propio autor— la obra dramática de Eusebio Calonge escrita entre 1992 y 2022 principalmente para La Zaranda, pero también para otras compañías.
En palabras del propio autor, estas obras se reúnen con la intención de facilitar «una visión completa, todo el horizonte de un lenguaje. Creo que existen en el mío unas corrientes constantes: la meditación sobre el propio sentido del teatro, una cotidianidad que se rebela contra el sinsentido de su existir, siempre el conflicto con las devastaciones del tiempo, un compromiso con la dignidad humana y una búsqueda de lo trascendente».
Asistir a las representaciones de estos textos es una experiencia transformadora. Una liturgia con recursos «narrativos» que le son tan propios y reconocibles como únicos, que siempre pivotan sobre los grandes temas, con un trasfondo en la muerte y la muerte en vida, y con unos personajes que se asoman constantemente al abismo, pero que de tanta negrura saben extraer una comicidad perturbadora.
«Eco de liturgia, tintes esperpénticos y regusto de tragedia, un humor perturbador y un compromiso poético insobornable».
—Rosana Torres, El País
Vanas repeticionesdel olvido
Pepitas de calabaza s. l.
Apartado de correos n.0 40
26080 Logroño (La Rioja, Spain)
www.pepitas.net
© Eusebio Calonge
© De la presente edición, Pepitas ed.
ISBN: 978-84-18998-22-5
Producción del ePub: booqlab
Esta obra ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura y Deporte
Primera edición, septiembre de 2022
Eusebio Calonge
Obra dramática reunida (1992-2022)
«Un maltrecho final: vanas repeticiones del olvido».
Francisco Brines
«Hazme poseer ese misterio de tal suerte que no desee ya comprenderlo».
Francis Thompson
Reunir obras en el tiempo que son mucho más que palabras, que son todas las imágenes que surgen de ellas, sus personajes caminando por los senderos de la imaginación y la memoria, desbrozando ese cruce de caminos que es el escenario.
La intención de reunirlas es el de poder facilitar una visión completa, todo el horizonte de un lenguaje. Este comienza a brotar desde la primera obra y sigue fluyendo, enriqueciéndose con el caudal de vivencias e influencias que se encuentran. Creo que existen en el mío unas corrientes constantes: la meditación sobre el propio sentido del teatro, una cotidianidad que se rebela contra el sinsentido de su existir, siempre el conflicto con las devastaciones del tiempo, un compromiso con la dignidad humana y una búsqueda de lo trascendente, lo sacro, una metafísica, por tanto.
Fueron estas obras creadas tanto en el papel como sobre el escenario no para acertar con lo que pudiera funcionar en el patio de butacas, sino para descubrir lo que el teatro tuviera que decirnos y encontrar la emoción que trasmitir, ese pálpito común que irradia de un lenguaje desvelado. Hay en estos textos, al menos tal fue su origen, una preocupación por las situaciones que generan la obra teatral y no tanto el interés literario de cara a un libro. He pensado más en actores que en lectores al escribirlos. No obstante, se le debe a la memoria de los actores la edición de no pocas obras póstumas, creadas para un elenco y no para la imprenta.
La importancia de los actores, de la compañía —por ser la que permite el desarrollo de un lenguaje—, es algo fundamental, la verdadera escuela del dramaturgo. En mi caso, los textos fueron confrontados con un grupo creativo realmente excepcional, el de la compañía La Zaranda. No hubiese podido desarrollar mi escritura sin el trabajo constante sobre el escenario con ellos, cribando así los textos de la retórica inservible, dando la intensidad que genera la actuación a las palabras, ejercitando la escritura teatral en la voz del actor, experimentada en su acontecer teatral antes de ser entregada a la lectura.
Fueron entonces estas palabras fraguándose en procesos de largos ensayos, que preservamos como un santuario, único refugio donde íbamos desgranando todo lo percibido en la realidad del mundo que cruzábamos, donde se conjugaban el trabajo en compañía con la soledad literaria, la desesperación de no encontrar dentro de uno mismo lo que se quería trasmitir, un desamparo que abría las puertas de la fe en el teatro, algo mucho más grande de lo que la experiencia profesional recaba. Así supe que había que estar muy perdido para poder encontrar la llave que nos lleva al texto, que se aprende a escribir teatro cuando este deja de ser una cuestión literaria: encerrado el mundo con palabras, en los ensayos debe liberarse.
Las palabras de un autor antes que nada deben suscitar las imágenes en que el actuar se asienta. El teatro, a la vez que se lee, se contempla y hasta se huele. Escribirse para los sentidos, expresarse con todo el cuerpo para generar acciones. Hacer fluir al presente todas las sensaciones que el arte suscita. Su poética nos devuelve la verdad a los sentidos, dimensionando nuestro espíritu al mundo, haciéndole tangible la belleza. El teatro preserva la realidad de que lo virtual nos despoja.
Escritura para que el espíritu de la obra corra por las venas de los actores, desemboque en su saliva trayendo al presente las imágenes de su memoria íntima. No para escucharse al dramaturgo, ni al actor, sino para hacer vivir al personaje, la fragilidad de su ser, apenas aliento entre las palabras del autor y la voz del actor. El latido de un pájaro que hace volar la imaginación adentrándose en lo que desconocíamos de nosotros mismos.
Textos siempre alegóricos; por tanto, más que su argumento, lo importante es lo que se pueda traslucir de ellos. Las metáforas visuales y símbolos que podían desentrañarse en lo escrito. También en el uso simbólico de los objetos, donde un carrusel puede ser la ruleta aciaga del destino, o unos carros de supermercado las cloacas de la sociedad. Lo importante es crear y, para eso, el libreto debe ser un elemento más de juego.
Solo con el juego podemos descubrir lo más hondo del texto, eso que decimos con el cuerpo. Pero poniendo algo más en juego que nuestro conocimiento del oficio, que nuestra capacidad creativa, desnudándonos del ego para mostrar nuestra intimidad, poniendo en juego la vida, nuestra memoria, nuestra experiencia, nuestras percepciones, nuestro dolor.
«Mediante el dolor la belleza entra en nuestro cuerpo», dice Simone Weil. La carencia de este conocimiento es desconocimiento de la vida. No hay vinculación profunda con la vida sin dolor. Ignorar esto nos lleva al olvido del ser, a suprimir una dimensión humana, la de conocernos en profundidad, pero también el dolor abre el espacio por el que tenemos constancia del otro.
El dolor que encontremos en las palabras debemos devolverlo hecho emoción al escenario, limpio de sensiblería; la alquimia teatral cambia el dolor del mundo en fuerza escénica.
Un dolor que a veces se libera en la risa, que es como una toma de aliento para sumergirnos en lo más profundo, y que nos deja una mueca enquistada o una carcajada helada.
Siempre me he movido en esos espacios límites, en los márgenes, si se prefiere; los del trágico que se ríe del mundo no para volcar en la obra su pesimismo, sino su fe. Una llamita débil que milagrosa me ha guiado en mitad de todos los vendavales y toda la negritud de la época que me tocó cruzar.
Han pasado muchos años desde mi primera obra y la dificultad que entraña llevar un texto al escenario sigue siendo la misma: ¿cómo lograr que las palabras no rompan el silencio, sino que del silencio tengamos una apertura hacia las palabras?
Esa apertura se nos da cuando el texto encuentra su ritmo propio no en la prosodia, sino en la propia acción que genere. La búsqueda de la naturalidad en el decir es algo que tiene que ver con el hallazgo de un tiempo propio de la actuación; por decirlo de otro modo, ocurre cuando las palabras nos hacen actuar en el espacio que nuestra propia imaginación abre. Un ritmo orgánico, cuya duración es el continuo movimiento, la vibración emocional constante. «El espacio emana de la actividad», decía Berkeley. Esta, que es la fuerza motriz del teatro, necesita del irradiar de esa energía para apagar el ruido y abrir un canal de silencio para la escucha.
Escuchar lo que el teatro tiene que decirnos, no imponer nuestra voz. Para que esta pueda distinguirse, es más efectivo el susurro que el grito, la fragilidad que la fuerza. Hacemos uso de esta cuando necesitamos encubrir la ausencia de ideas, pero con frecuencia ese vacío es el espacio que la creación necesita para manifestarse. Poner la voluntad en la espera más que la confianza en nosotros mismos, porque eso que no acertamos a expresar, a decir, es lo que nos incita a escribir, a actuar, a buscar lo inefable del misterio.
Más que otro género literario, el dramático necesita el aporte imaginativo del lector, quien deberá encontrar en estas páginas más allá de lo escrito, porque escribir teatro es un modo de esconder lo que se dice para que otros puedan descubrir a través de sus palabras las acciones, las formas, el espíritu que levanta toda esa materia de la que están hechos los sueños.
No creamos teatro para que ese espíritu se petrifique en unos diálogos de tinta, ni para que unos actores se luzcan bajo los focos, sino para que sus personajes vivan en el alma de quien contempla. Un camino que quizás perdure en la oscuridad del olvido, en el sueño de Dios, en estas páginas.
Como pienso que unas obras dramáticas se reúnen con más esperanza en lo que puedan seguir generando que en su visión retrospectiva, es decir, más con miras a que sigan fluyendo al escenario que a que se queden estancadas en algún rincón de la historia o los manuales literarios, he dejado en lo escrito hasta aquí algunas consideraciones para quien, si se diera el caso, se acerque a estas obras con el propósito de ponerlas en pie.
Al teatro llegué por azarosos caminos, y antes de escribirlo lo vi hacer, emerger de la oscuridad y el silencio, encarnarse en los cuerpos de los actores. Como organismo vivo que es, nunca estuvo desligado de las tensiones humanas de quienes lo hacen, de las dificultades materiales, de la precariedad económica, y todo eso también contribuyó a darle forma. Crearlo era una rebelión contra la indiferencia del mundo, una burocracia hostil y tantos vendedores de narcóticos culturales. Frontalmente opuesto a lo trazado desde los despachos o las taquillas, a las influencias ideológicas de una época, a sus gustos efímeros. Un teatro que no nace como desafío a los estamentos «teatrales», que no desafía a su propia cultura nace póstumo, porque el objetivo del teatro no es reconocimiento social, sino el de despertar el espíritu, la consciencia del tiempo que cruza. Una batalla quijotesca si se quiere, la pasión por lo imposible.
A los tránsitos y mudanzas de este mundo dejo expuesta mis obras; ¿quién sabe si perdurarán algo más que mi leve tiempo? De ser así, el mérito también es de todos los actores y actrices con quienes trabajé, que hicieron estas palabras suyas. Mi gratitud a ellos y, cómo no, a ti, lector, que te adentras ya entre estas páginas. Ojalá perdure en ti el eco de alguna de sus voces aquí reunidas. «Por sus obras los conoceréis», dice el Evangelio, porque es la obra quien nos va haciendo a nosotros mismos, esta desolación que sin saber yo era.
A Magdalena, faro en lo oscuro de la memoria
Esta obra se estrenó en el Teatro Juan del Enzina, de Salamanca, un 18 de marzo de 1992, por el teatro de La Zaranda (Teatro Inestable de Andalucía la Baja), bajo la dirección de Paco de La Zaranda y con el siguiente reparto:
Don Leandro
Francisco Sánchez
Don Agustín
Gaspar Campuzano
Sebastián
Enrique Bustos
Esta obra no fue escrita sobre el papel, sino sobre el escenario. Así que hasta ahora el polvo, esa piel del olvido, no se posó en sus palabras. Las frases surgían y tornaban, en un soplo, a la oscuridad o el silencio del que debieron de salir. Creo que ese soplo, capaz en un instante de erosionar nuestra razón o nuestros sentimientos, es el teatro. Y no este montoncito de páginas ajenas a ese misterio. Este trabajo se planteó como un inventario. Después de un largo periplo había que hacer recuento de qué y a quiénes llevábamos dentro. En esta suerte de desenterrar sueños de la memoria, tuve unos acólitos de excepción, La Zaranda. Con ellos, ya digo, hurgué en la memoria descubriendo el azar y el asombro, también los errores y el desánimo. Como ellos, abjuré de los triunfadores, con patente, de la escena. Con ellos sigo haciendo frente a la indiferencia de una época, inmersa en la ciega corriente de la indolencia. De ellos aprendí casi todo, y digo casi porque no me enseñaron ni la disciplina lamentable de la mediocridad ni a que la inmoralidad me creara rentas. No me siento apólogo de nada, aunque cultive el ideal desde los resplandores de la fe. Quizás una manera de hacer habitable el olvido. Por ahora, el tiempo me concede el amargo privilegio de reír el último.
Aquí, en donde lentejuelas, oropeles y purpurinas destellaban salpicando de ilusorio brillo el pasado, en donde atronadores aplausos retumbaban de la platea al paraíso y el terciopelo del telón subía y bajaba marcando los límites del ensueño. Justo aquí, en este escenario, se arrumban hoy jirones de aquel esplendor, desgarros que la memoria almacena en polvorientos baúles. Apilados como una tapia de nichos en la que las polillas, tenaces, roen los restos de utilería y decorados que el tiempo dejó varados en su precipitada y silenciosa huida. Un gigantesco marco desdorado del que se escapó el reflejo de cualquier imagen, unas pocas butacas desfondadas por el peso de la ausencia y una voz monótona y cascada anunciando, desde ni se sabe, que «faltan tres minutos para que comience la función», completan este desmantelado paisaje, esta fosa común del olvido que nuestros recuerdos ahora profanan. Como entonces, las tinieblas del escenario comienzan a disiparse bajo la luz macilenta de las diablas…
Estrepitosamente sobre las polvorientas tablas, como escapado de una chirigota, asoma un personaje con raída sotana y solanesca máscara. Marcando un baile irreverente cruza la escena, y va a darse de bruces con don Agustín, quien sombrío y hosco arrastra una carretilla con un baúl más.
Sebastián: Traigo una borrachera para todos mis muertos… para todos mis muertos.
D. Agustín:(Su voz es una brumosa retahíla que va ensartando, con la lentitud de sus pies, queja tras queja) ¡Para todos tus muertos! Parece mentira que con la que se nos viene encima todavía tengas ganas de cachondeo. Y ponte la bata ya, ponte la bata, que aquí ya se ha acabado todo. ¡Todo!
Sebastián:(Despojándose del disfraz, su bata gris de trabajo aparece debajo. Coloca la máscara y la sotana sobre una de las butacas, como si fuese un espectador de aquel desolador espectáculo) ¡Haberse acabado todo, y eso que parecía que iba a ser eterno!
D. Agustín:(Desde dentro del marco que pende en el vacío, con los brazos en cruz) ¿Eterno? ¡Eterno!
Sebastián:(Se arrodilla para recoger un trapo con que comenzar su labor. Figura un orante postrado ante este cristo rutinario) Que parecía.
D. Agustín: Que parecía, ¿no?… ¡Que parecía!
Sebastián: Que parecía que iba a ser eterno.
D. Agustín:(Entre sus brazos en cruz descubre un metro, con el que toma medidas dentro del marco) ¡Eterno! Pues no le ha durado a esto poco el dorado. Pero poco que le ha durado el dorado a esto. Y vente para arriba que te has pasado tres centímetros.
Sebastián:(Se sube al marco por una escalera canturreando y lo limpia con el trapo blanco que recogió del suelo; mientras, don Agustín sigue tomando medidas) Otro que va derechito por el camino del polvo…
D. Agustín: ¡Polvo, polvo! Aquí, por mucho que se hace no queda más que polvo… ¡Polvo! Veremos a ver cómo vamos a salir de todo esto.
Bajan del marco y se dirigen a apilar con los otros baúles el que quedó sobre la carretilla.
Sebastián:(Sigue canturreando) Otro que va derechito por el camino del polvo.
D. Agustín:(Serio, como quien acude a un sepelio. Colocando el pesado baúl encima de la pila) Parece mentira que todavía tenga ganas de cachondeo. Toda la vida cargando con el peso de otros y quién me lo va a tener en cuenta ahora que se ha acabado todo… Total, ¿para qué? Para acabar haciendo inventario de lo que nadie quiso, para acabar haciendo inventario de lo que dejó el tiempo. Toda la vida buscando… ¡Toda la vida buscando!
Sebastián: Te llevas toda la vida buscando algo que no encuentras, al final los que lo encuentran se llevan toda la vida buscando para qué sirve.
D. Agustín: ¿Cómo dice?
Sebastián: Que si te llevas toda la vida buscando algo que no encuentras, al final los que lo encuentran se llevan toda la vida buscando para qué sirve.
D. Agustín: ¿Y tú qué sabes? Yo sí que he visto pasar por aquí de todo. He visto pasar por aquí reyes, príncipes, mendigos, enamorados, profetas… De todo he visto yo pasar por aquí.
Sebastián: Pues ahora, como no vea pasar las ratas… Porque aquí ya se ha acabado todo.
D. Agustín: Y total, ¿para qué? Para acabar haciendo inventario de lo que dejó el tiempo, haciendo inventario de lo que nadie quiso. ¡Ay! Toda la vida buscando. ¡Toda la vida buscando!
Sebastián:(Chistoso, le coloca el trapo a la máscara como si fuese un barbero) Eso. Y total, ¿para qué? Si al final ya se sabe, todos cogen por el mismo camino.
D. Agustín: ¡Caminos! ¡Caminos, dice! Anda, mira si con la humedad no se ha echado todo esto a perder.
Sebastián:(Volviéndose a subir sobre la pila de baúles) Ya no hay cosa que merezca la pena.
D. Agustín: (Tapa la máscara con el trapo como se cubre la cara de un difunto y mira en derredor haciendo recuento de lo que hay que inventariar). Igualito que antes, que duraban las cosas hasta el día del juicio… Butacas desfondadas…, dos; marco dorado…, uno. Veremos a ver cómo vamos a salir de todo esto.
Empuja la carretilla hacia dentro.
Como si el implacable fuego del tiempo volviera cenizas las fronteras de la realidad, a través del marco irrumpe con la fuerza de la memoria el que fue, según parece, una vieja gloria de la escena. Llega desde el camino del olvido probando su marchita voz con un descabalado verso. Desciende con interpretados visajes. Recorre solitario el escenario.
D. Leandro: «Si hay más mundo que el de aquí… ¡Si hay más mundo que el de aquí!»… El papel ya lo tengo cogido, lo que hace falta es que suban el telón, que esta noche la voy a liar, se van a dar cuenta de lo que valgo. Se van a dar cuenta de lo que es una primera figura… Aquí parece que no hay nadie. ¿Qué es lo que pasa aquí que está todo tan abandonado? ¿Por qué está esto tan solo? ¿Y las cosas de la primera escena? ¿Y la compañía? ¿Dónde está la compañía? (Descubre a Sebastián, que andaba trasteando sobre los baúles, encontrándose con uno repleto de retratos amarillentos) Oiga, ¿qué es lo que pasa aquí que está todo tan triste? ¿Y las cosas de la primera escena? ¿Dónde están las cosas de la primera escena?
Sebastián:(Lo contempla entre asombrado y receloso, arrojándole, con no muy buena intención, uno de los retratos) ¿De qué chirigota habrá salido este?
D. Leandro:(Recogiendo el apolillado retrato) ¿Este? ¿En dónde he visto yo esta cara? ¿De qué me suena a mí esta cara? ¡Ah, sí! Si, hombre sí, este es… Sí, sí, hombre, este es el que decía lo de… ¿Qué es lo que decía este? Sí, hombre sí, este es el que decía lo del gusto del público, que había que ir con los tiempos… El gusto y el público los ha perdido usted, pero hace tiempo.
Sebastián:(Dejando caer otro retrato) ¿De qué chirigota habrá salido este?
D. Leandro: Recogiendo también este retrato. ¿De qué me suena a mí esta cara? Sí hombre, este es el de los libretos del compromiso, el de los libretos comprometidos. Pues nada, hombre, chico, compromiso es el que tiene ahora usted con la polilla. Pues nada, hombre, nada. Hasta aquí hemos llegado, ahora sí que se puede decir que hemos alcanzado la gloria. ¡La gloria!
Orgulloso de verse rodeado de tan insignes personajes, presa de su delirio senil, comienza a saludar. Mientras Sebastián vacía el baúl de retratos, actores roídos de muerte y olvido cruzan en un vuelo su último escenario.
Sebastián: Don Agustín, aquí están los retratos de los artistas. ¿De dónde habrá salido este?
D. Leandro:(Llamando a voces hasta que repara en don Agustín, que ha vuelto a entrar empujando su carretilla) ¡Ortega! ¡Ortega! Ya estaba yo diciendo que aquí no había nadie.
D. Agustín: ¿Y esta cara? ¿De qué me suena a mí esta cara?… Pero… Pero si es don Leandro. ¡Don Leandro Lapena! ¿Don Leandro?
D. Leandro: Sí, hombre, sí.
D. Agustín: ¡Don Leandro Lapena!
D. Leandro: Que sí, hombre, que sí.
D. Agustín: ¿No se acuerda usted de mí? ¿No sabe usted quién soy?
D. Leandro: Sí, hombre, sí. Ortega.
D. Agustín: Qué Ortega ni Ortega, si Ortega nos dejó hace lo menos veinte años. Agustín. Agustín el de la tramoya. ¡Don Leandro Lapena! Don Leandro, a mis brazos.
D. Leandro: Encantado. ¿Dónde está aquí el responsable?
D. Agustín: ¿El responsable? Polvo, don Leandro, polvo. Aquí, por mucho que se hace, no queda más que polvo.
D. Leandro:(Obstinado en su representación, mide ahora con sus pasos el escenario) Aquí no me va a caber la compañía.
D. Agustín: ¿La compañía? ¿Qué compañía?
Sebastián:(Coteja con la cara del recién llegado los retratos que va colocando sobre los baúles, como poniéndole un rostro a cada uno) ¿Y esta cara?
D. Agustín: ¡La compañía, dice!
D. Leandro: Sí, que aquí no me va a caber la compañía. ¿Está en camerinos la compañía?
D. Agustín: ¿Qué compañía? Seguramente habrán pasado ya por aquí, pero vamos, que aquí ya se ha acabado todo, don Leandro. ¡Aquí se ha acabado todo!
D. Leandro: ¿Qué es eso de haberse acabado todo? ¡Aquí no ha empezado nada! Esta noche os vais a enterar, se van a dar cuenta de mi categoría de primera figura. ¡Esta noche la voy a liar! A ver, que venga la compañía, el resto de la compañía.
D. Agustín:(Confuso, coge un retrato que se deshace entre la punta de sus dedos y le deja el retrato a don Leandro para que se lo sostenga) ¡Los restos de la compañía! Aquí tiene a doña Concha, doña Concha Rejife. ¡Qué gran trágica! Al verla, me dije: Pues ya don Leandro tiene que estar al caer por aquí, porque son de la misma época.
D. Leandro: ¿Qué época ni época? La compañía, ¿dónde está la compañía?
D. Agustín: A ver, el resto de la compañía…
Sebastián:(Tasando otro retrato) Esto está completamente carcomido.
D. Agustín:(Le arrebata el retrato, que también coloca a don Leandro) ¿Y tú, qué sabes? Don Casimiro, don Casimiro Porta. Inimitable. Inimitable, inimitable y graciosísimo cómico.
D. Leandro: Muy gracioso, muy gracioso; pero esto no es lo que yo me esperaba encontrar. Mire… Mire el escenario… Esta tabla se hunde… Mire… Mire…
D. Agustín:(Intentando distraer su atención del ruinoso estado del teatro, le muestra otro retrato que le acerca Sebastián) Mire usted… Mire…
Sebastián: Este está tan descolorido que ya no se sabe ni de quién es.
D. Agustín:(Bruscamente le quita el retrato) ¡Y dale! ¡Mire usted aquí!
D. Leandro: No, mire usted cómo crujen aquí las tablas.
D. Agustín:(Lee una inscripción en el pie de la fotografía) ¿¡Quiere usted mirar!? «Es hoy mucho y será aún más de lo que es»… ¡Josefita Tordesillas! Su fama traspasó las fronteras, todas las fronteras. Con eso se lo digo todo.
D. Leandro:(Apenas puede asomar la cabeza entre los retratos que con dificultad sostiene) Con eso no me dice usted a mí nada. ¡Nada! Esto está completamente hundido. ¿Cómo se ha podido llegar a todo esto?
D. Agustín: Eso mismo digo yo.
D. Leandro: ¡Completamente hundido!
D. Agustín:(Coge otro borroso retrato y también se lo coloca a don Leandro) ¿Cómo se ha podido llegar a todo esto? ¡Hay que ver cómo es la vida! Aquella Frorita que recitaba poesía en la Academia de San Dionisio ha llegado a ser nada más y nada menos que la gran… la gran Flora Pereira. ¡Hay que ver cómo es la vida!
D. Leandro: ¡Me quiere usted quitar todo este peso de encima!
Sebastián:(Guasón, le coloca el resto de los retratos ocultando a don Leandro tras sus olvidados rostros) Vaya pedazo de chirigota que vamos a montar.
D. Leandro:(Tambaleándose bajo el peso) ¡Me quiere usted quitar todo este peso de encima!
Sebastián: De muerte, una chirigota de muerte. ¡Esto sí que es una chirigota!
Don Leandro trastabilla bajo el peso de los retratos, don Agustín sigue su recorrido, hablándole aún de viejas glorias. Sebastián, mofándose, se une a ellos tarareando coplillas y estribillos de carnaval. Los tres, entre rostros de difuntos, forman una lúgubre chirigota. Hasta que don Leandro, exasperado, tira los retratos al suelo y cesa el bailoteo.
D. Leandro: ¡Esto no puede ser! ¡Esto no es lo que yo me esperaba encontrar!
D. Agustín: No se ponga usted así.
Sebastián: No se ponga usted así. Siéntese, hombre, siéntese.
D. Agustín: (Sientan sobre la carretilla a don Leandro. Recogen los retratos y se los echan encima). Siéntese y no haga usted caso de lo que se dice por ahí de todo esto. ¿Dónde va a estar usted mejor que aquí? Y si no, mire, mire este retrato de Eusebio, don Eusebio Calonge, quien a sus veintipocos, recién llegado, triunfó con Perdonen la tristeza, drama en un solo acto. Esta sí es una figura de las que marcan toda una época… (Se limpia las manos) Esto está completamente apulgarado.
D. Leandro:(Con amarga ironía) Y parecía que no iba a haber nadie.
Sebastián:(Mira a través de un marco que perdió su retrato) No es que lo parezca, es que aquí no hay nadie.
Estos dos tramoyistas, tripulantes ahora de un barco hundido, vuelven a la rutinaria labor de inventariar las tristes reliquias que amontonó el olvido. Dejándonos frente al equívoco de si estamos contemplando a dos usureros tasando el valor de la herrumbre o si en realidad se trata de dos sepultureros irreverentes que expolian al pasado su memoria.
Destapan un baúl atestado de periódicos amarillentos, quizás estos recortes de un destino contengan indicios de pretéritos triunfos.
D. Leandro:(Forcejea en la carretilla para salir de entre los retratos) Va a llegar la hora de la función y aquí no va a haber manera de empezar nada.
Sebastián:(Comenzando a deshojar periódicos desde lo alto de los baúles) La hora de la defunción. En mala hora se ha aparecido usted por aquí. Todavía no se ha dado cuenta de que aquí está todo acabado.
D. Leandro: Y dale con la retahíla. ¡Aquí no ha empezado nada! ¡Nada! He dicho que la voy a liar y la voy a liar. Os vais a enterar de lo que valgo.
D. Agustín:(Sumándose a la faena de hurgar entre los periódicos) Ahora se va a ver todo lo que vale y no vale de todo esto.
Sebastián: Poco bueno va a encontrar el que tenga que valorar esto.
D. Leandro:(Levantándose de la carretilla se dirige hacia la pila de baúles. Desde arriba caen hojas de periódicos) ¿Valorar? Ni que me fuese usted a celebrar un juicio.
D. Agustín: El juicio lo tiene usted ya perdido.
Sebastián: ¿Celebrar aquí? Hay poco que celebrar.
D. Leandro: ¿Cómo que poco?
D. Agustín:(Con el recorte de lo que parece una crítica entre los dedos) ¿Cómo que poco? Precisamente aquí celebra la crítica el mamarracho que usted hizo… Pues no hace temporadas de esto.
Sebastián:(Arroja una verdadera lluvia de periódicos que sepulta a don Leandro) Hoy en día cualquier mamarracho da la vuelta al ruedo.
D. Leandro:(Rebusca entre el montón de periódicos la supuesta crítica como quien busca una aguja en un pajar) ¡De mí no será! ¡De mí no se ha escrito nada! Se escribe de los consagrados y de los muertos.
D. Agustín: Si es de los muertos no se apure, que pronto se va a escribir de usted.
Sebastián:(Con la vista dentro del baúl) En el fondo no queda más que polilla.
D. Agustín: Como en todos, hijo, como en todos.
D. Leandro: Como en todos no, que yo no tengo nada que ver con todo esto. Yo, de polilla nada, de alcanfor tampoco. ¡Como todos, no!
D. Agustín:(Bajando de encima de los baúles) Usted ha venido como todos, a que lo aclamaran y a llevárselo todo por delante.
Sebastián:(Baja también) Como todos, con los pies por delante.
D. Leandro: Les digo que yo no tengo nada que ver con todo esto.
D. Agustín: Como todos, a que lo aclamaran…
D. Leandro: ¡Que no! ¡Que, como todos, no! Que lo mío es otra cosa, lo mío es algo vivo. ¡Vivo! ¡Vivo!
Rutinariamente, los tramoyistas sacan un baúl de la pila y lo cargan hacia el proscenio. Lo ve perplejo el delirante don Leandro, a quien se le supone un ataúd: el que contiene sus propios restos, los restos de sus sueños. Sigue en comitiva como hollando el sendero de un cementerio.
D. Agustín: No crea que no me duele a mí todo esto. ¡Ay! No está uno para cargar con peso ajeno. ¡Hasta los hombros los tengo amoratados!
Sebastián:(Señalando el baúl recién traído) Si usted quiere mirar, puede mirar; pero ahí no queda nada. Se ha ido todo.
D. Agustín: Algo tiene que quedar.
Sebastián: Se ha ido todo.
D. Leandro: Esto es mentira.
D. Agustín: Algo tiene que quedar.
Sebastián: Se ha ido todo.
D. Leandro: Esto es mentira.
D. Agustín: Algo tiene que quedar.
Sebastián: Se ha ido todo.
D. Leandro: Esto es mentira.
D. Agustín: Algo tiene que quedar.
Sebastián: Se ha ido todo.
D. Leandro:(La porfía se va agriando hasta que, fuera de sí, rompe la letanía) ¡Mentira! ¡Mentira! ¡Les digo que esto es mentira!
D. Agustín:(Serenándolo y sopesando el valor del jubón del personaje con que apareció don Leandro) No se ponga usted así, que algo saldrá de aquí. Las cosas de antes no son como las de ahora… Todavía se puede sacar de esta prenda un buen disfraz para el carnaval.
Sebastián:(Forcejea para quitarle el ropaje) No se ponga usted así, lo que tiene que hacer es quitarse el luto.
D. Agustín: ¡Eso es, quitarse el luto!
Sebastián: Y divertirse, que nadie anda en busca de tristezas.
D. Agustín: ¡Anímese y déjese llevar!
Sebastián: Eso es, déjese llevar.
D. Agustín: ¡Déjese llevar! ¡Verá como se olvida de todo!
D. Leandro:(Se resiste inútilmente a que le quiten su jubón) ¡Dejadme! Dejadme seguir mi sueño, que todo lo demás es mentira.
D. Agustín: ¡Anímese, hombre!
D. Leandro: Yo sé quién eres.
D. Agustín: Sí… Ortega, Ortega.
D. Leandro: Solo el demonio madruga para despertar a los que sueñan.
D. Agustín: Anímese y déjese llevar, que nadie anda en busca de tristezas.
Sebastián: Usted déjese llevar, verá lo que es un gran baile de máscaras.
D. Agustín:(Con el jubón que lograron quitarle entre sus carroñeras manos) Mira, está casi intacto. Todavía puede servir para el carnaval.
Sebastián:(Se asoma al baúl y saca del fondo otra máscara y una coronita de laurel marchita) ¿Y esto? No tiene carnaval esto ni nada.
Coronan a don Leandro con el laurel seco. En tono de mofa, como siempre. Sebastián le coloca el trapo de limpiar sobre los hombros. Esconden el jubón dentro del baúl y lo cierran. Así figura don Leandro, como un esperpéntico eccehomo delante de su sepelio.
D. Agustín: ¡Pero carnaval que tiene esto! Otro que ha caído en el hoyo.
Sebastián:(Contempla a don Leandro, patético sin su personaje) ¿Y esta es la primera figura?
D. Agustín:(Al ver de esa guisa a un don Leandro enmudecido le espeta su situación) ¿Usted no dice que es una primera figura? Pues a ver cómo nos saca de esta ruina, primera figura.
Sebastián: ¡Ahora sí que va a alcanzar la gloria!
D. Agustín: Ahora se va a ver lo que vales, primera figura.
Sebastián: ¡La triste figura! Ahora sí que te has cubierto de gloria. ¡Vamos a subirlo a lo más alto!
D. Agustín: ¡Vamos al cielo con la primera figura!
En tono de chanza se cubren con las máscaras y empujan a don Leandro encima de una escalera, llevándolo en andas, igual que si del traslado al Santo Sepulcro se tratara.
Sebastián: ¡Arriba con él!
D. Leandro:(Debatiéndose sobre la escalera convertida en camilla) ¡Dejadme seguir mi sueño! ¡Dejadme! ¡Dejadme!
Lo arrojan dentro del marco. Espantado de convertirse en una imagen pasto de la voraz historia, don Leandro pugna por salir.
Dentro del marco aparece don Leandro desolado. Sus ojos desencajados parecen buscar una senda que lo aleje de aquel presente que invaden las malvas.
D. Leandro:(Descolgándose del marco. Pregunta recorriendo el escenario hasta caer extenuado) ¿De aquí como se sale? ¿Cómo puedo salir de aquí? ¿Cómo salgo de aquí?
Sebastián:(Baja otro baúl de la pila y lo deja en el suelo) ¡Aquí hay muchos caminos! ¿Ve este? Este ha venido del norte.
D. Agustín:(Entra con otro baúl sobre sus hombros, que deja también en el suelo) No se apure usted, que aquí hay muchos caminos. Mire este que traigo. Este, con lo que pesa, ha tenido que venir de la capital. ¡Aquí hay muchos caminos! (Golpea otro baúl que Sebastián acaba de dejar en el suelo) Mire este otro. ¡Este no sé ni de dónde ha venido, del tiempo que lleva aquí! Usted no se apure, que aquí hay muchos caminos.
Parte de los baúles que configuraban la pila quedan repartidos por el escenario, preparados para su registro. Los huecos que dejan estos en la pila le dejan forma de tétrica escalera.
Sebastián: Lo que me parece a mí es que usted no va por muy buen camino.
D. Agustín: Déjalo hombre, que estará recordando sus buenos tiempos.
Sebastián: Que recuerde, que recuerde. Que será ya lo único que pueda hacer.
D. Leandro:(Al que de nuevo dejan solo, tocado en su orgullo. Recobra fuerzas y recita de modo afectado) ¿Lo único que pueda hacer? ¡Si ya el papel lo tengo cogido! Aparta, piedra fingida / suéltame esa mano, / que aún queda un último grano / en el reloj de mi vida…
Se le infunde oír voces que parecen salir de los baúles que forman una escalera. Y comienza a subir por sus peldaños.
¿Cómo? ¿Que ya es tarde? / ¿Que es mi entierro el que pasa? / ¿Que por mí doblan a muerto? / ¿Muerto yo? ¡Imposible! Muerto yo, imposible.
(Abre el baúl que quedó más alto) ¿Y tú, quién eres? ¿Quién eres?… No llores, hijo, no llores. Que nada de lo que pasa aquí es de verdad. No llores, hijo, no llores…
Del baúl saca el esqueleto de una cometa. Enredados de los hilos de su larga cola aparecen con máscaras y pasos de títeres los dos tramoyistas. No sabemos si esto responde a una nueva broma de estos o si toda la escena es una ensoñación de don Leandro. Los hilos de tan funestas marionetas se extienden por el escenario, formando una tela de araña que lo enreda todo.
La ensoñación acaba. Los tramoyistas reparan en el tremendo enredo que envuelve la escena, que figura una gigantesca tela de araña en donde torpes se debaten. Se quitan las máscaras que dejan sobre las butacas.
Sebastián: ¡Ea! Ya lo ha liado todo.
D. Agustín: Ya lo has liado todo. Vaya lío, vaya lío. Ya puedes estar contento, ya la has liado. Dijo que la liaba y la ha liado. Ya puedes estar contento.
D. Leandro: ¿Cómo voy a estar contento si yo vine aquí con la ilusión?
Sebastián: ¡La ilusión! ¡La ilusión!
D. Agustín:(Con brusquedad le arrebata la cometa y se la tira a través del marco) La ilusión, dice… ¡La ilusión! Si aquí todo se amontona y se amontona y no hay manera de empezar nada.
D. Leandro: No hay manera de empezar nada con el tiempo que llevo esperando.
Sebastián: ¡El tiempo! El tiempo, dice… Aquí todo se amontona, se amontona y se amontona y no hay manera de empezar nada. ¡El tiempo!
D. Leandro:(Descubre sobre las butacas las dos máscaras colocadas de tal modo que le parecen dos espectadores) No se vayan, que en tan solo tres minutos se prepara la primera escena. No se vayan…
Los tramoyistas, viendo el incordio que supone don Leandro para su faena, quien no ceja en sus ganas de empezar su fantasmal representación, le urden una pesada broma. Don Agustín abre un baúl y mira hacia su interior con misterio. Cuando se acerca don Leandro, lo cierra bruscamente. Al mismo tiempo, en el otro extremo, Sebastián golpea las butacas como si los dos simulacros de espectadores fueran a levantarse, atrayendo a la carrera al viejo cómico, que teme quedarse sin público. El juego se repite una y otra vez, llevando de un lado a otro del escenario como un péndulo a don Leandro.
D. Agustín: Mire, mire, don Leandro. ¡Ya han aparecido las cosas de la primera escena! Mire, mire aquí, en este… Parece que se estuviera moviendo…
Sebastián: Mire, mire, que se están yendo…
D. Leandro: No se vayan. No se vayan, que solo faltan tres minutos.
D. Agustín: Mire, mire. ¡Por fin aparecieron las cosas! Este le tiene que sonar a usted de algo…
Sebastián: Que se están yendo…
D. Leandro: No se vayan. ¡Esperen!… Solo faltan tres minutos…
D. Agustín: Mire, mire. Este es capaz todavía de salir andando. ¡Está casi intacto!
Al intentar cerrarle el baúl en las narices, don Leandro le arranca la tapa y saca de su interior un gran reloj, herrumbroso y sin manecillas.
Sebastián:(Le quita el reloj de las manos y lo tira a la carretilla) Traiga usted para acá.
D. Agustín:(Saca otros relojes descompuestos que también irá echando a la carretilla) ¿Y este? ¿Qué me dice de este? Todavía le brillan hasta las manecillas. Estas cosas que vienen de lejos siempre se conservan.
Sebastián:(Con una ristra de despertadores en racimo. Viendo el desengaño amargo de don Leandro sentado en un baúl frente a las máscaras) ¡Menudo tunante! No para de gastar malas bromas y después cualquiera se las devuelve. Este le da seis vueltas a cualquiera. ¡Que el demonio se lo lleve! A este se le acabó la cuerda.
D. Leandro: Me cansaría de untarme maquillaje por la cara. ¿Para qué tanto maquillaje? Si ahora al verme se me revuelve el estómago.
D. Agustín: Buen libreto; sí, señor. ¿De qué folletín era eso?
Sebastián: ¿Qué hace usted ahí con la boca abierta? Levántese y deje trabajar.
D. Agustín:(Sigue inventariando. Del baúl sobre el que estaba sentado don Leandro va sacando carcomidos libretos que arroja por el escenario) Este se ha quedado parado… Relojes averiados unos pocos… ¡Aquí está el problema!
Sebastián: Y que lo diga; más papeles, más nidos de polilla, aquí está el problema…
D. Leandro: Tanto reírte y no te has acordado de guardar un chiste para reírte de tu propia muerte.
Sebastián:(Sigue arrojando libretos) ¡Aquí está el problema!
D. Leandro: ¿Qué sientes ahora que pasan sin llamar a tu último camerino? ¿Qué queda ahora de ti?
D. Agustín: ¡Polvo! ¡Polvo! Aquí, por mucho que se hace no queda más que polvo.
Abren sus fauces otro par de baúles por los que asoman, como fantasmas rotos, vestidos de época, libreas y túnicas bordadas, tules y gasas, plumas boas. Trajes deshilachados que vistieron a reyes y bufones, bailarinas y santas, doncellas y rufianes…
Sebastián:(Saca los trajes canturreando su estribillo de murga) Otro que va derechito por el camino del polvo…
D. Agustín: ¡Qué lástima de todo esto! ¡Qué lástima! Esto no se abre desde que se hacía el teatro con velas.
Sebastián: A dos velas se ha quedado ya todo esto.
D. Agustín: Vamos a ir aireándolos.
Sebastián: Aire, aire. A este lo que le hace falta es que le dé un poquito el aire.
D. Leandro:(La mirada perdida, sentado sobre un baúl) Aire. Eso es lo único que va a quedar de todo esto. De lo que están hechos los sueños, de aire.
Sebastián: ¡Qué lástima!
D. Agustín:(Van azotando con sacudidores una librea) ¡Qué lástima de todo esto!
Sebastián: ¿Qué lástima?
D. Agustín: ¡Qué lástima!
Sebastián:(Cada vez con más saña los azotes) ¿Qué lástima?
D. Agustín: ¡Qué lástima de todo esto!
D. Leandro:(Repara en todos los trajes que llenan el espacio, colgados aquí y allá para ser sacudidos de polvo. Se siente al fin rodeado de su compañía) Ya está, hombre. Ya está. ¡Ya están! Bienvenidos, señores, sean todos bienvenidos.
D. Agustín: ¡Qué lástima lo que hay que ver!
D. Leandro: ¡Muy buenas! ¡Ya era hora! ¡Muy buenas!
Sebastián: Buena la vista de usted.
D. Leandro: A usted se le ha caído un poco el pelo desde la última vez que estuvo por aquí.
D. Agustín: Buena no, superior.
D. Leandro: Señorita, usted también por aquí, si yo la hacía de tournée por ahí arriba. ¿Cómo ha ido esa tournée?
Sebastián: ¡Qué lástima!
D. Agustín: Eso es ahora, si tú hubieses conocido esto antes. Mira qué prendas. ¡De primeras figuras!
Sebastián: ¿Que esto es de primeras figuras?
D. Leandro:(Que confunde el vestuario con los actores que alguna vez lo llevaron) ¡Primera figura! ¡A ver si no se le va la voz como la última vez a la primera figura!
Sebastián: ¿Y eso es una primera figura?
D. Agustín: ¡Una primerísima figura!
Sebastián: Una de tantas.
D. Agustín: Una primerísima figura, se lo digo yo.
D. Leandro: Primerísima figura, pero se le fue la voz en mitad del verso.
D. Agustín: ¿Se le fue la voz?
D. Leandro: A mitad del verso. Usted se tiene que acordar. ¿Cómo era aquello?
D. Agustín: ¿Dónde se le fue la voz?
D. Leandro: Si usted se tiene que acordar… Decía, decía…
D. Agustín: ¡Ya caigo! En lo del mortuorio.
D. Leandro: ¡Qué mortuorio ni mortuorio! Lo de…, de…: «Si hay más mundo que el de aquí»…
D. Agustín: Lo del mortuorio.
D. Leandro: ¡Qué mortuorio ni mortuorio! El del versito de: «Si hay más mundo que el de aquí»…
D. Agustín:(Recita engolado) ¡Ya está! «Más podré saber de ti si hay más mundo que el de aquí»…
D. Leandro:(Siguiendo los pies del recitado) «… que el de aquí»…
D. Agustín: «Y otra vida en que jamás»…
D. Leandro: «… que jamás»…
D. Agustín: «A decir verdad creí»…
D. Leandro: «… creí, creí»… Ahí justo se le fue la voz: en «creí».
Sebastián:(Mientras tanto, se ha disfrazado con un jubón, un sombrero de corista y una boa. Pisa sobre el baúl con visajes de quien pisa un escenario) Con esto voy a parecer el mismísimo don Juan Tenorio.
D. Agustín: ¿Don Juan Tenorio? Pues como no sea el de la escena del cementerio.
Sebastián: Un cementerio parece esto de lo solos que nos han dejado.
D. Leandro: Bueno, ¡vamos, hombre, vamos! Manos a la obra, que faltan tres minutos. ¡Sean todos bienvenidos y manos a la obra! ¡Vamos, vamos!
D. Agustín: Eso, manos a la obra.
Sebastián: Don Agustín, todo esto va a servir para el carnaval, ¿verdad, don Agustín?
D. Agustín: ¿Para carnaval? La cosa está como para carnaval. ¡Como para carnaval está la cosa!
Sebastián: Entonces, ¿qué? ¿Que no hay carnaval?
D. Agustín: Valiente carnaval estás tú hecho.
Sebastián:(Arremete su furia contra don Leandro. Lo empuja sobre la carretilla y le tira con desprecio a la cara las prendas del vestuario que se puso) ¿Entonces, no hay carnaval? Ahora no hay carnaval, primera figura. ¿Quién le habrá dicho a usted que es una primera figura? Lo que tiene usted que hacer es irse por donde haya venido y dejarnos trabajar tranquilos. ¡Ahora no hay carnaval! ¿O es que se cree que tiene algo que hacer aquí? Ni aquí ni en ningún lado. ¿Quién le ha dicho que quedan compañías ni teatros abiertos, ni todas esas tonterías que usted dice? ¡Váyase con la música a otra parte y nos deja trabajar tranquilos!
D. Leandro:(Se levanta iracundo al reconocer el jubón que antes le birlaron, lo coloca como un cuerpo yacente sobre un baúl) ¡Colócala en tierra! ¡Colócala en tierra! Y que de su bella e inmaculada carne broten fragantes violetas. (Amenaza a los tramoyistas empuñando una percha) Y a ti, sepulturero brutal, he de decirte que ella será un ángel en el cielo, mientras tú estés aullando en este abismo. (Se quita la corona de laurel y la coloca sobre el jubón) Con estas flores pensaba cubrir tu lecho y no esparcirlas en tu sepultura.
D. Agustín:(Aplaudiendo deslumbrado) ¡Bravo! Maravilloso, maravilloso y maravilloso. Una maravilla, se lo digo yo. ¡Una maravilla! Qué derroche de fantasía, qué derroche de decorado, qué derroche de maquinaria. Maravilloso, maravilloso y maravilloso. (Lo vuelve a coronar con el seco laurel) ¡Así se conquista a un público!
Sebastián: Una burda imitación.
D. Agustín: Un éxito extraordinario.
Sebastián: Una burda imitación.
D. Agustín: Maravilloso, maravilloso y maravilloso.
Sebastián: Una burda imitación, una burda imitación y una burda imitación.
D. Agustín: Una maravilla, se lo digo yo.
D. Leandro: ¡Escuchad! ¡Escuchad! Todavía me parece que se oyen los aplausos.
Sebastián: ¿Los aplausos? ¿Qué aplausos?
D. Agustín:(Afinando el oído) ¿Los aplausos? ¡Eso son las polillas, que desde que está el teatro cerrado se están comiendo las butacas!
Los tramoyistas comienzan a desmantelar aquel último delirio de don Leandro, retirando los trajes y vestiduras, arrojando todo a la carretilla, como cuerpos destrozados que se retiran del campo de batalla. El viejo cómico los izará como estandartes de esa época que se resiste a creer que pasó. Esta danza macabra de arrojar ropajes y volverlos a colgar, de enterrar cadáveres y resucitarlos, se irá haciendo frenética.
Al fin los tramoyistas logran amontonar el vestuario sobre la carretilla. Don Leandro arremete con lo que le resta de sus maltrechas ilusiones contra aquel revoltijo de sueños informes, contra aquella ruina, contra sus espinas, contra la indiferencia del tiempo que pasa.
D. Leandro: Mi vestuario, mi vestuario. ¿Dónde está mi vestuario?
D. Agustín: Esto me lo va metiendo todo en inventario antes de que este lo acabe de hacer todo polvo.
D. Leandro: ¿Dónde está mi vestuario?
D. Agustín: Dale ya su vestuario, que nos va a volver majaretas.
D. Leandro: A ver, mi vestuario.
Sebastián: Pero ¿cuál es su vestuario?
D. Leandro: Yo salgo detrás del coro de los ángeles.
Sebastián:(Saca una despintada túnica de ángel con alas de cartón y se la pone a don Leandro) Póngase esta.
D. Leandro: ¿Me queda bien? ¿Cómo me queda?
D. Agustín:(Le arranca el alado traje y forcejea por quitarle de las manos una mohosa trompeta que ha sacado de un baúl) ¡Esto qué va a ser su vestuario ni su vestuario! ¿No te has dado cuenta de que esto es de uno de los del coro? ¡Traiga usted para acá!
D. Leandro: No, déjemelo, no me importa figurar en el coro.
D. Agustín: ¡Este qué va a ser su vestuario!
D. Leandro: Entonces, ¿dónde está mi vestuario?
D. Agustín: Ahora viene su vestuario. Anda, llégate al depósito y tráete el vestuario del último acto… El del último acto.
D. Leandro: ¿Sabe por fin dónde está mi vestuario?
D. Agustín:(Ignorándolo, sigue su inventario) Trompetas de cinc con manguitos de piel…, cuatro.
D. Leandro: ¿Dónde está mi vestuario?
Sebastián: ¡Aquí está su vestuario!
D. Leandro:(Le ponen una bata gris de faena igual a las que llevan ambos tramoyistas. Al verse así uniformado, es consciente por primera vez de la cruda realidad. Siente que el alma se le escapa por sus recuerdos como un agonizante siente que se le va por las sangrantes heridas. ¡Esta sí me queda bien!, ¿verdad?
Sebastián: Le queda a usted que ni pintada.
D. Agustín:(Quitándole la trompeta y dándole en su lugar un sacudidor de polvo) Le queda a usted divinamente. Cuídela usted, que le tiene que durar mucho tiempo.
D. Leandro: Tiene razón. Nadie más vendrá. Así está bien. La muerte no se reparte como si fuera un beneficio. Nadie anda en busca de tristezas ni de penas ajenas. No, nadie vendrá. ¡Y yo que creí que todo esto iba a ser eterno!
Sebastián:(A carcajadas, mientas desanuda unas gruesas cuerdas atadas al marco) ¡Eterno! ¡Eterno!
D. Agustín:(Revisando las trompetas) ¡Pues no le ha durado poco a esto el dorado!
Sebastián: Don Leandro, usted perdone, pero como no se quite de ahí se le van a quitar todas las tristezas. (Acaba de desatar las cuerdas y con gran estruendo cae una vara de la tramoya)
D. Agustín: ¡Qué tristeza ni tristeza! También hemos echado nuestros buenos ratitos, ¿eh, don Leandro? Aquello sí que era una gran época. Usted se tiene que acordar… ¡Qué tristeza ni tristeza!
Sebastián:(Sopesando la vara que cayó del telar) Don Agustín, ¿esto lo va a meter usted también en el inventario? Si esto no vale ni para leña.
D. Agustín: ¡Y tú qué sabes! La de veces que habrá subido y bajado el telón esta vara. Usted se tiene que acordar, don Leandro. No se paraba de subir y bajar el telón, ni usted de salir a saludar. ¡Cincuenta y ocho veces que salió a saludar! ¡Cincuenta y ocho veces!
Sebastián: Sería lo único que sabría hacer.
D. Agustín: Una primera figura, te lo digo yo.
Sebastián: Una de tantas.
D. Agustín: Una figura de talento.
Sebastián: Una de tantas.
D. Agustín: ¿Qué sabrás tú? Don Leandro, ¿usted cree que nosotros hemos desperdiciado la vida?
D. Leandro:(Asumida su nueva condición de oficiante de aquellas exequias, limpia las dos máscaras. No le parece sino que la pregunta que le hacen sale de una de ellas) Hombre, según cómo se mire. No creo yo que hayamos arreglado el mundo.
D. Agustín: Eso, desde luego que no.
Sebastián: Eso, desde luego que no.
D. Leandro: Ni creo yo que nadie vaya a llorar nuestra muerte.
D. Agustín: Eso, desde luego que no.
D. Leandro: Pues que no lloren.
D. Agustín: Eso, que no lloren.
Sebastián: ¡Buenas obras no se puede decir que hayamos hecho!
D. Agustín: ¿Buenas obras? ¡Desde luego que no!
D. Leandro: No, buenas obras no hemos hecho ninguna. Pero ¿quién ha viajado y ha visto lo que nosotros hemos viajado y hemos visto?
D. Agustín: Aquí se ha visto de todo. Aquí se han visto reyes, príncipes, enamorados, mendigos, profetas.
Sebastián: Pues de aquí en adelante, como no vea usted pasar las ratas… Porque aquí se acabó todo.
D. Leandro: Se habrá acabado todo, pero ¿sabe usted lo que le digo? Que en este momento no me cambiaba ni por un rey si tuviera que olvidarme de mis recuerdos.
D. Agustín: Pues ¿sabe usted lo que le digo? Que yo tampoco.
Sebastián: Ni yo tampoco.
D. Leandro:(Llevando a don Agustín hacia el proscenio para señalarle el patio de butacas) Pues ni yo tampoco. ¡Y aquí no ha empezado nada! ¡Nada! ¡Mira!
D. Agustín:(Perplejo) Pero… pero… ¿todavía nos queda público?
D. Leandro: ¡Mira! ¡Mira! Ya está aquí el público.
Sebastián:(Sin salir de su asombro) ¿Que hay público?
D. Leandro:(Frenético, recorre el escenario) ¡Está aquí el público y solo faltan tres minutos!
D. Agustín:(Contagiado de su nerviosismo) ¡Que faltan tres minutos! ¡Los del coro, que pasen por el fondo y recojan las trompetas del día del juicio!
Sebastián: Los figurantes, que se preparen, que faltan tres minutos.
D. Leandro: Yo el papel lo tengo cogido: «Si hay más mundo que el de aquí»… «Si hay más mundo que el de aquí»…
D. Agustín: A ver los figurantes si están preparados…
D. Leandro: Lo único que hace falta es que me suban el telón… ¡Que suban el telón!
Tiran de las sogas subiendo la vara que antes cayó. Arrastra esta dos jirones de un viejo telón: dos ángeles envuelven la escena. Al comenzar a subir la vara, se engancha casualmente en ella el jubón del viejo cómico. Sube entre los ángeles en una ascensión milagrosa que va dejando abajo, confundiéndose ya con las sombras, los apolillados baúles, el desdorado marco, los retratos borrosos, los relojes enmohecidos, los vestidos deshilachados, las grises batas de la monotonía y hasta la voz cascada que seguirá anunciando —¿hasta cuándo?— que faltan tres minutos para que comience la función. Ahí queda la marchita memoria, la herrumbre de un tiempo, el polvo del olvido…
Mientras, los ángeles se elevan, se elevan, se elevan.
«Hijo del hombre, compón un canto lúgubre a la muchedumbre.Precipítala a las profundidades de la tierra, con los que bajan a la fosa».
Ezequiel XXXII, 18
«La verdad de la criatura humana desesperada, sin amparo, pero también sin resignación… Y al fin, la muerte no llegaba, el proceso seguía, seguía en una larga angustia indefinida. Eran agonías, confesiones de agonizante».
María Zambrano, La agonía de Europa
Esta obra se estrenó en el Teatro Instar de Nueva York, en junio de 1995, por el Teatro La Zaranda (Teatro Inestable de Andalucía la Baja), bajo la dirección de Paco de La Zaranda y con el siguiente reparto:
Juan el Loco
Gaspar Campuzano
Juan el Viejo
Enrique Bustos
Juan el Ciego
Francisco Sánchez
«Mi alma está ya dispuesta a todos los naufragios, / semejante a un esquife, juguete de la mar». Estos versos cierran «La angustia», de Verlaine. Tal vez esta obra incubara en el lejano recuerdo de este poema, en los que se mezclaba una imagen de derrota con otra de soberbia. Bien pudieran ser Homero y Defoe otros sedimentos en lo más sombrío de la memoria, que marcaron una huella que no reencontré hasta mucho más tarde, justo cuando por primera vez partía de una hipótesis de trabajo sobre acontecimientos reales: la tragedia de quienes se aventuran a cruzar el estrecho, buscando cambiar su destino y se encuentran con este, envueltos en el verde sudario del mar.
Este grumo de ideas tendió a expandirse y acabó coagulándose en torno a hechos de travesía y muerte, y bajo el signo metafórico y real del Naufragio. El por qué lo lírico y lo simbólico predominaron sobre el real y el auténtico engranaje de la historia se me escapa, es un raro misterio que poco o nada tiene que ver con las teorías del arte.
Espero, eso sí, que la historicidad del texto, ya que no oculto una humilde ambición, la de abrir una milimétrica rendija en las conciencias para que, aunque sea de un modo remoto, tengan presente estas tragedias de nuestra época, la de aquellos que no alcanzaron las costas de la opulencia, sino el reino de las sombras.
Por encima de lo hasta aquí dicho, pretendo que aparezca una experiencia: la nuestra, la de Zaranda, cuyos miembros enfrentan sus almas, cuerpo a cuerpo, dentro del frágil esquife de la escena, a la deriva en tan engañosos tiempos de bonanza.
La memoria arrastra astillas, jirones, herrumbre de días, vidas que encallaron en la niebla del tiempo, nadando contra la corriente, incesantemente arrastradas hacia el pasado.
Juan el Loco: ¡Lázaro! ¡Lázaro! ¡Eh! ¡Lázaro, levántate! ¿Dónde estás metido? Alcánzame agua. ¿Dónde estás? ¡Eh! ¡Contéstame de una vez!… Tengo la boca como si hubiera tragado tierra. ¡Este calor del infierno! Tráete el agua… ¿Por qué no respondes?… ¿Dónde estás? ¿Adónde le habéis llevado? Lázaro, ¿qué te han hecho? ¿Qué le habéis hecho? ¿Qué me vais a hacer a mí? ¡Lázaro! ¿Qué va a pasarme a mí?
Una luz brusca y fría descubre cuatro camillas, una de ellas vacía. Sobre las otras tres, sendos cuerpos se retuercen. Están solos y malditos. Arrojados, tiempo atrás, por la borda de su destino, la turbulenta marea de sus vidas los abandonó en las abruptas costas de su soledad.
Desesperados, buscaron las huellas para retroceder sobre sus pasos. Las huellas que borrara el oleaje del azar.
Juan el Viejo: ¡A ver si nos callamos y se deja descansar en paz! Aquí nadie sabe nada del Lázaro ese del demonio. Este está fatal. Buena me ha caído con este loco al lado.
Juan el Ciego: ¡Qué sueño me habéis quitado!
Juan el Viejo: ¡A callar!
Juan el Loco: ¿Adónde habéis llevado a Lázaro!
Juan el Viejo: ¿Por qué no te callas y nos dejas dormir? Aquí nadie ha visto al fantasma ese que buscas… Este está fatal.
Juan el Ciego: Volví a soñar con un puente.
Juan el Viejo: Otro que mejor baila.
Juan el Loco: Esto comienza a moverse mucho. Se está llenando todo de agua. ¿Esto se está hundiendo, Lázaro!
Juan el Ciego: ¡Santa Madre de Dios! ¿Qué es lo que está pasando?
Juan el Viejo: ¿De quién fue la idea de meter a estos dos conmigo?
Juan el Loco: ¿De quién? ¡Y todavía tienes el valor de preguntarlo! Tú y tus malditas ideas. Mira que te dije que no aguantaríamos, pero tú lo ves todo muy fácil. Te dije que no era el momento y tú, como si nada. ¡Nos estamos yendo a pique!
Juan el Ciego:(Musitando oraciones) … Ahora y en la hora…
Juan el viejo. Pues sí que se pone bien la cosa.
Juan el Loco: Te estoy diciendo que esto se pone feo, deja de hablar y saca agua si no quieres que nos hundamos… Tú y tus ilusiones. ¡Escapar!, escapar cuanto antes, ahora sí que la hice buena llevándome de ti… ¡A ver cómo escapamos de esta!
Juan el Ciego: … Y líbranos de todo mal…
Juan el Loco: Saca más agua y déjate de rezos. ¿Por qué te haría caso?… ¡Está entrando mucha agua por ese lado!… Ahora sí que lo tendremos todo, ¿eh, Lázaro? En el fondo del mar… Ahora sí seremos libres. Quien me mandaría… ¡Nos estamos hundiendo! Ahora sí que podremos elegir…
Juan el Viejo: Si pudiera elegir te iba a aguantar mucho tiempo al lado.
Juan el Loco: ¡Agárrate, que nos vamos a pique!
Juan el Viejo: Sí que te ha debido de dar de lleno el sol en la balsa. Mira que eso que te parece una balsa no es sino una camilla.
Juan el Loco: ¡No te sueltes! ¡No te sueltes!
Juan el Ciego:
