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Mel es una joven estudiante de Derecho que trabaja en un estudio jurídico con un abogado penalista. Allí es invitada a colaborar con su jefe en el caso de un joven adicto, llamado Gonzalo, que se ve implicado en hechos ilícitos. Para ayudarlo, Mel se reúne con Ricardo, un guardiacárcel, y con un grupo interreligioso llamado Vasijas de barro, que trabaja en el penal, para colaborar con los presos y su salud emocional. ¿Podrá Mel alcanzar su objetivo? ¿Será capaz de ayudar a Gonzalo a transformar su sufrimiento? En esta historia descubrirás el poder de los gestos de amor.
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Seitenzahl: 349
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Menéndez, Marisa del Valle
Vasijas de barro / Marisa del Valle Menéndez. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
294 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-817-830-1
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas de la Vida. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
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La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022.
© 2022. Tinta Libre Ediciones
A Walter por su amor paciente.A mis padres, que me dieron la vida.
Agradecimientos
A Dios por tantas bendiciones derramadas, a Lidia Giusti por su aporte profesional y cariñoso, a Agostina Fanuz Carreño por compartir su arte.
VASIJAS DE BARRO EL TESORO
MARISA MENÉNDEZ
Velad y orad porque no sabéis el día ni la hora.
Mateo 25, 13.
CAPÍTULO I
Calle 9 de Julio, Córdoba Capital
Marzo de 2019
El día había amanecido despejado y caluroso. El silencio de la casa desierta invadía los espacios. Los ruidos de la calle, sorpresivamente apagados, no llegaban al departamento. Era como si el sol, que resplandecía imponente en la mañana, hubiera absorbido los revoltosos sonidos de la ciudad, aplacado sus estruendos y hecho impasibles sus estridencias, capaces de perturbar desde la distancia.
Un rayo de la estrella amarilla repentinamente impactaba sobre el rostro de Mel, al descubrirla apoyada en el umbral de la ventana. Podía sentir su tibio calor directamente sobre la piel, estremeciendo todo su cuerpo. Un baño cálido de sol le penetraba hasta los mismos huesos. «Me niego a ver tele tan temprano», pensó. Aquel rayo de luz despertó un torbellino en su interior. Sentía la sangre corriendo apresurada por las venas y llegando activa a oxigenar su cerebro. Su cuerpo vibraba con cada décima de segundo, manifestándose vivo y deseoso de movimiento.
Posó la mirada en la bicicleta fija. Sus ojos la recorrieron lentamente descubriendo sus formas, sus componentes. La ansiedad la embargó y tensó cada músculo de su cuerpo para ponerlo en alerta. Un poderoso deseo de moverse la dominó, aunque su cuerpo permanecía estático. El chirrido de la puerta del ascensor interrumpió sus pensamientos. Levantó sus ojos al astro rey. Inspiró profundamente, deseando tomar todo el sol de la mañana. Volvió la atención a la bicicleta. Hacía mucho tiempo que estaba allí, esperando que la estrenara.
Recordó sus días de adolescente, cuando con sus amigas salía en las siestas a recorrer el pueblo en bici. Sintió nostalgia de la vida del pueblo y de sus amigas. Su rostro dibujó una sonrisa de ternura que la animó. Impulsada por las emociones, se subió casi sin pensar a la máquina fija. Allí se quedó sentada, como esperando el impulso del disparo para largar la carrera.
Repentinamente, escuchó que ingresaban mensajes en el celular que estaba en la cocina. De un salto, salió a buscarlo. Era otro mensaje del grupo de chistes de la oficina. Miró la viñeta y sonrió mientras enviaba una carita riendo.
Decidida, volvió a subir a la bici y esta vez comenzó a pedalear. Sin darse cuenta, al ritmo de cada vuelta de pedal, su mente se encontraba transitando por su propia historia. Se pudo ver saliendo en la bicicleta a comprar galletas, un imprevisto para la comida de su mamá, una visita inesperada a sus amigas.
Por esas cosas de la vida, su destino había tomado otro rumbo y se encontraba viviendo en la ciudad, rodeada de perfectos desconocidos y donde andar en bicicleta no era tan sencillo. Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando pensó en eso. Desconocidos. Qué distinta era la vida en el pueblo. Se puso a pensar en qué la hizo irse de aquella pequeña villa serrana y no querer volver. Al ritmo del ejercicio físico, comenzaba a recordar.
Había sido lo rutinario, lo aburrido, las pocas opciones de desarrollo profesional y también lo social. Era eso lo que no le gustaba. Sentía que en el pueblo rotulaban a la gente y que era muy difícil salirse de ese marbete. La hija de…, la amiga de…, la novia de…, y así sucesivamente. Nada más alejado de sus convicciones y deseos.
Volvió a mirar la pantalla de datos. Recién llevaba quince minutos. Se sintieron como una eternidad y se bajó sin más. «Demasiado para el primer día», pensó Mel, y a paso lento se dirigió hacia la cocina. En la mesada, el celular se cargaba lentamente. Lo tomó y llamó a la empresa de buses para reservar boleto. Aquella pedaleada le despertó el ansia de volver a su pueblo.
Consiguió un pasaje para las cinco de la tarde del viernes. Para su sorpresa, un mundo de gente transitaba la terminal de ómnibus. Llevaba bastante tiempo sin viajar a Santa Rosa. Desde que sus padres se mudaron a Brasil. Ya había pasado poco más de un año desde aquella decisión familiar que no compartía. Brasil, sin dudarlo, era su lugar en el mundo, especialmente Río de Janeiro, pero vivir allí era otro tema. La facultad, los amigos. Todavía no estaba lista para soltar esos amores. Ahora, en pocos meses, sería una abogada profesional, allí vería qué hacer con su vida.
Abogacía no era una profesión para estar mudando de país. Deseaba darse la oportunidad de ejercer en Córdoba. Mel llevaba dos años trabajando en un estudio jurídico. El profesor de Derecho Penal la había recomendado al notar su pasión por la materia, pero se le estaba haciendo pesado el día a día. Era un mundo apasionante, sin dudas, pero muy duro para ejercer.
Sentada, esperando que llegara su colectivo, Mel observaba atentamente a los individuos que transitaban el sector. Una muchedumbre con ansias de viajar. Podía intuir cosas de cada uno, inventar sus historias. Por ejemplo, a la señora que llevaba a la anciana del brazo se la notaba cansada, cargaba varias bolsas y estaba permanentemente atenta a las necesidades de su compañera. Seguramente, habían viajado por un turno médico y volvían con un gran paquete de remedios.
Las chicas que hablaban sin parar, estudiantes de Ciencias Económicas, recitaban asientos contables de memoria en medio de risas efusivas y radiantes. Dos muchachos, que aparentaban ser extranjeros, seguramente de visita en el país, dialogaban animados en inglés. Podía notarse en ellos el aplomo del viajero experimentado, como así también el tipo de ropa y de equipajes, propios de otra región. En su mismo banco, un señor casi dormido volvía de trabajar, según lo mostraba su ropa de grafa, desgastada y con restos de materiales de construcción. Así, atendiendo un poquito a cada persona, era simple saber algo de ellas.
La vorágine de gente extraña que transitaba los diferentes carriles la sumergió en aquellos días, cuando viajaba a diario desde el pueblo a la ciudad. Comenzó a recordar las charlas en el colectivo y la familiaridad que había logrado entre los pasajeros habituales y los conductores. Nuevamente la nostalgia la invadió. Por un lado, su adolescencia; por otro, la innegable familiaridad del pueblo. Absorta en los recuerdos, se sintió complacida con los años pasados.
Con estruendo, el anuncio de salidas se activó:
Pasajeros a Santa Rosa de Calamuchita, por buses Cerros y lagos, diecisiete horas: salida en cinco minutos, plataforma veinticinco.
Automáticamente, se inició el movimiento. Como esparcidos por el viento, el manojo de personas que charlaban o esperaban relajadas se incorporó y salió rumbo al carril veinticinco. Mel inició la búsqueda de su tique de viaje revisando sus bolsillos. Sacó de su campera un papel arrugado y se dedicó a extenderlo. Leyó: “Asiento trece”. Una sonrisa se dibujó en su cara. Era su número de la suerte. «Comienzo bien el fin de semana», pensó y complacida inició la caminata hacia el andarivel veinticinco.
El conductor, parado al lado de la puerta del minibús, recibía los pasajes y autorizaba el paso de los viajeros. Mel se sumó a la fila. Se sintió eufórica de volver al pueblo después de tanto tiempo. Ni ella podía creer que había pasado más de un año. Se le vino a la mente la despedida de sus padres con la mudanza a Brasil. Añoró su vida en familia. A sus padres junto a ella.
Eso de ser hija única siempre había sido para Mel un tema que les cuestionaba a sus padres. Creía que, con hermanos, hubiera sido muy diferente. Si bien la vida le había regalado bellas amigas, no era lo mismo. De chica, sus primas oficiaban de hermanas, pero las cosas de la vida las habían distanciado. Ya no había una relación fluida, aunque sentía verdadero amor de hermana hacia ellas. Sumida en sus recuerdos, se evadió del momento de la fila del colectivo.
Con voz fuerte, escuchó:
—¡Señorita, señorita!, ¿va a viajar?
Extendiendo la mano para recibir el pasaje, el chofer la esperaba impaciente. Mel reaccionó rápidamente y se acercó con el boleto, que el hombre recibió y cortó para devolverle una parte.
—Asiento trece, ventanilla —dijo terminante—. ¿Quién sigue?
Sin decir palabra, Mel subió al coche. Dio una mirada general a todos los asientos. Estaba prácticamente completo. Se notaba recientemente lavado. Todas las cortinas estaban cerradas, eran azul oscuro y parecían nuevas. Los pasajeros se estaban acomodando y preparando para viajar.
Rápidamente localizó su espacio, el asiento trece. El contiguo permanecía vacío, sintió gusto de no tener que molestar a otro viajero para pasar. Acomodó su bolso en la gaveta superior y, complacida, se sentó. Corrió la cortina de su ventanilla y se dedicó a posar sus ojos en la gente que transitaba por la terminal.
Sumida en el movimiento de gente, no se percató de que ocuparon la butaca anexa. Alguien le tocó el brazo. Mel se sobresaltó. Al girar, se encontró con una sonrisa y unos grandes ojos verdes que la miraban. La joven le preguntó:
—¿Te molesta si bajo el apoyabrazos? ¡Es que seguramente me duermo y no quiero invadir tu butaca!
La respuesta de Mel fue una sonrisa mientras bajaba la pieza rebatible escondida entre los respaldos. La alegró saber que su compañera era una chica muy simpática. La muchacha inició un ritual, que parecía que tenía muy bien practicado, para ponerse a dormir. Se colocó sus auriculares grandes y mullidos, cubrió su cuerpo con una manta de viaje, calzó lentes de sol y se quedó muy quieta. Una sonrisa placentera de alivio se dibujó en su rostro e hizo resplandecer el rosado labial que llevaba puesto.
Mel volvió su vista nuevamente a la ventanilla. Jamás había podido dormir en los viajes en colectivo, sin saber el porqué de este impedimento. Revolvió en su pequeña bandolera de cuero negra y de un bolsillo sacó auriculares, que alojó en sus oídos para luego conectarlos al celular. Activó la clase grabada de derecho y se sumergió en la lección, mientras disfrutaba del paisaje, siempre renovado y formidable, de su querida Córdoba.
Repentinamente el colectivo se detuvo. Desde la ventanilla, pudo observar que el conductor bajó del coche y realizó una llamada desde el celular. Se lo notaba nervioso, caminando constantemente mientras agitaba una de sus manos como enfatizando lo que decía.
Mel volvió a distraerse, absorta en la hermosura del lugar donde se habían detenido. La montaña se ondulaba sutil y terminaba en un cerro alto, completamente verde. Al pie de la elevación, los árboles, víctimas del otoño recién llegado, comenzaban a mimetizarse en la gama de amarillos, naranjas y marrones. La imagen invitaba a recorrerla una y otra vez, llenaba los ojos y el alma de serena tranquilidad. La acompañante despertó inquieta, diciendo:
—¿Qué pasó?, ¿se rompió el colectivo? ¡No te puedo creer!
Presurosa, se quitó la manta, los auriculares y de un salto se levantó para salir rumbo a la puerta, sin darle tiempo a Mel de responder. La observó bajar del autobús y caminar decidida hasta donde el chofer hablaba por teléfono. Vio que él, bajando por un momento el celular, le dijo algo moviendo agitadamente una mano, mientras con la otra se apretaba el aparato al pecho. La muchacha volvió a subir al colectivo y regresó a su asiento. El resto de los pasajeros, inmóviles y en silencio, permanecieron en sus butacas. Daba la impresión de que la mayoría dormía.
Mel apagó su clase grabada y se quitó los auriculares. Enderezó el respaldo del asiento y quedó alerta, esperando a su compañera de viaje para ver qué novedad traía. Advirtió que volvía sonriente. Mientras se sentaba, dijo:
—Tendremos que esperar. Se reventó un neumático. Hay que aguardar al mecánico de la empresa.
—¡Oh! Qué macana, pero menos mal que estamos cerca de Santa Rosa.
—No tan cerca, todavía no hemos llegado a la mitad del camino —expresó segura la joven—. ¡Perdón! ¡Hola! Soy Caterina.
—¡Hola! —Sonrió Mel—. Me llamo Mel Alves Souza, un gusto.
—¿Souza?, ¿hija de la señorita Alice? No es un apellido muy común.
—¡Sí!, ¿fue maestra tuya?
—¡Sí!, en tercer grado. La recuerdo con mucho cariño —dijo con una tierna sonrisa—. Dice el chofer que intentará convencer al mecánico de Santa Rosa para que venga él al rescate. Aunque estamos más cerca de Córdoba que de Santa Rosa, asegura que sería más conveniente que él nos auxilie porque, indudablemente, será más rápido.
—Bueno, entonces, a esperar con paciencia.
Una sonrisa llenó el rostro de Mel, que volteó sus ojos para volver a contemplar el hermoso paisaje que la tenía encantada.
El chofer, que había terminado de hablar por teléfono, se paró adelante y, con voz potente, anunció a todos:
—Se ha roto un neumático. Tenemos al menos cuarenta minutos para que vengan a repararlo o cambiar el coche. En treinta minutos, aproximadamente, pasará el bus del próximo horario. Allí hay cinco lugares disponibles. Quien tenga mucho apuro en llegar me avisa.
La gente comenzó a murmurar. Algunos se levantaron de las butacas y bajaron del colectivo. Varios rodearon al conductor y se pusieron a charlar con él. Todos se veían relajados y nadie expresó enojo o preocupación. «Es viernes —pensó Mel—, la gente ya se ha relajado por el fin de semana».
Se acomodó de costado en la butaca y, apoyando el mentón sobre su mano, se dedicó a seguir percibiendo aquellos apacibles campos. Descubrió un sendero que subía entre la montaña. Deseó poder recorrerlo. Sus ojos hicieron el camino como si lo estuviera transitando. El suelo era un colchón de hojas que, como pintadas, embellecían la campiña. La gama de verdes, naranjas y amarillos producían contraste con el fuerte celeste del cielo, que se presentaba imponente y profundo. Se dejó envolver por la contemplación, suspirando profundo.
—¡Bello paisaje!, ¿verdad? —expresó Caterina relajada al verla absorta en la naturaleza.
Totalmente de acuerdo con el comentario, Mel sonriente giró hacia ella y le dijo:
—¡Bellísimo! Uno no se cansa nunca de mirar.
—¡Sí, así es! También lo disfruto cuando no me duermo, ¡ja, ja, ja! Es que llego muy cansada al viernes y aprovecho el viaje para dormir. Instalo la música y en pocos segundos me duermo. ¿Pudiste dormir algo?
—No. Siempre me ha sido imposible dormir en el viaje. Aproveché para escuchar una clase grabada de la facultad.
—¿Qué estudiás?
—Abogacía, ¿vos?
—Diseño Industrial. ¿Estudiás en la pública?
—No, en la privada, ¿vos?
—En la pública.
—Hermosa carrera, Diseño.
—¡Sí!, apasionante, aunque me lleva mucho tiempo. ¡Pero me encanta! Recién estoy en tercer año, ¿vos en qué año estás?
—Estoy en quinto. Comencé tarde con Abogacía. Primero me había anotado en Ingeniería Química —dijo mientras largaba una risa—. ¡Nada que ver!, pero bueno, a tiempo me percaté de que era otra mi vocación.
Las dos muchachas rieron juntas. Sabían que no era fácil elegir la profesión. A Mel le había llevado bastante tiempo decidirse por el derecho, aunque en el fondo, desde pequeña quería ser abogada. Por esas cosas ocurrentes de la vida, se había inscripto en Química cuando terminó el secundario.
En pocas palabras, Caterina relató su paso por varias carreras hasta dar con Diseño Industrial. Estaba agradecida a sus padres, que le habían tenido paciencia con los variados cambios. Ahora, ella misma podía darse cuenta de que había sido una elección complicada y de que a los dieciocho, no estaba lista para decidir qué carrera cursar. En la charla, notaron que las dos compartieron esa dificultad y coincidieron en que la orientación del secundario no las había favorecido para resolverlo.
—¿Hacés algún deporte, Mel? —interrogó Caterina sonriente, mientras sacaba de su mochila barritas de cereales, que ofreció a la compañera de viaje.
—¡Gracias! —dijo Mel tomando una barra—. ¡Qué rico! La verdad, no. Soy muy vaga para la actividad física, ¿vos?
—Bicicleta. Ando en bicicleta. ¡Me encanta!
—¡Qué bueno!, ¿salís sola?
—Depende. Si puedo, me uno a algún grupo. Hay varios en Santa Rosa. Pero si no engancho por los horarios, salgo sola, ¿te gusta andar en bici?
A Mel se le escapó una risa abierta y contagiosa, que hizo también sonreír a Caterina.
—La última vez que salí en bici tenía once años. Es decir que hace quince largos años de eso. ¡Imaginate!
—¡Ja, ja, claro! Así que tenés veintiséis años.
—Sí.
—Yo tengo veinticuatro.
Las dos bromearon con el tiempo que Mel llevaba sin pedalear. Iniciaron una charla amena, en la que recordaron los lugares por donde andaban en bici cuando eran niñas. Hablaron de las vueltas rutinarias del perro y los paseos por la costanera. Se sorprendieron por no conocerse, aunque sí tenían amigas en común.
Habían pasado treinta minutos cuando el chofer se asomó nuevamente desde los escalones. Invitó a las cinco personas que quisieran pasar al otro coche, que acababa de alcanzarlos. Las chicas permanecieron quietas, sin decir nada. Vieron caminar con bolsos a una pareja con un bebé y a dos hombres. Uno era el trabajador con aspecto de cansado, que Mel había observado en la terminal. El colectivero dijo que, con suerte y para su alegría, Nano, el mecánico de Santa Rosa, llegaría en diez minutos.
A pesar de la complicación, todo se resolvió más rápido de lo esperado. En pocos minutos más, que se pasaron volando para las muchachas gracias a la animada charla, el colectivo fue arreglado y retomaron la marcha.
A partir de allí, el viaje transcurrió fluido y sin inconvenientes. Las dos jóvenes continuaron todo el trayecto conversando divertidas. De repente, Caterina, al percatarse de que habían llegado al pueblo, comenzó a juntar sus cosas apresuradamente.
—Me bajo en la próxima parada, Mel, ¡un gusto conocerte! ¿Y tu mamá?
—Mis viejos viven en Brasil hace más de un año.
—¡Oh!, no sabía. Mandale cariños de una exalumna —dijo sonriente—. Dame tu celular, para mantenernos en contacto —pidió Caterina mientras abría su teléfono para registrar en su agenda el número de Mel.
Instantáneamente se pasaron los teléfonos y se despidieron. Mel se sintió encantada de haber conocido a Caterina. Con entusiasmo, comenzó a prepararse para bajar del colectivo. Estaba llegando a la estación terminal de Santa Rosa de Calamuchita.
***
La seductora fragancia a nardos se percibía a varios metros de la casa. Mel captó el aroma y sintió estremecer su cuerpo. Ese perfume la remitió a tardes de encuentros con sus amigas y mateadas en el parque de la casona. Se detuvo en el portal de ingreso y se dedicó a observar. Todos sus sentidos se activaron repentinamente. Aromas, sonidos, imágenes, la rugosidad del portón. Esa era su casa. Estaba igual que siempre, hermosa.
Ramona, que vivía en el departamento del fondo, se ocupaba de mantenerla en perfecto estado. Ella vivía con la familia desde joven. Enfermera de profesión, ingresó a trabajar con ellos para ocuparse de cuidar a la abuela materna de Mel, que tenía problemas de salud. Había creado vínculos muy estrechos con ellos y se convirtió en otra abuela para Mel.
Experimentó una serena añoranza de los tiempos pasados, de los años de niñez y adolescencia. Esa casona era especial para ella. Detenida en la entrada, se dedicó a apreciar su casa natal. Súbitamente, entre el rosal, apareció Ramona, exultante de alegría y muy sorprendida al verla:
—¡Mi niña, qué alegría! ¡Qué alegría!
Un fuerte abrazo fundió a las dos mujeres en un encuentro de ternura. Mel había querido darle la sorpresa. Ramona viajaba a menudo a Córdoba a visitar a Mel, que no quería volver a la casa donde ya no estaban sus padres. Como siempre, un frondoso caudal de mimos y besos fue la expresión del encuentro. Ramona, emocionada, no podía evitar llorar. Esa muchacha significaba mucho para ella. Desde que nació, se ocupó de malcriarla y llenarla de amor, era su debilidad, su nieta del corazón.
El sentimiento era mutuo. Mel no había conocido, prácticamente, a sus abuelas, que fallecieron cuando ella era muy chica. Mel la llamaba Nana y a todos la presentaba como su abuela. Adoraba a esa anciana de cabellos lacios platinados, dulce como la misma miel.
Todo en ella era perfecto. Sabía cocinar los mejores platos, con escasos ingredientes, pero plenos en sabor, tejía los más lindos pulóveres de todo el pueblo y era muy hábil con la costura y la confección de prendas. Solamente ella sabía cortar los pantalones cortos perfectos para Mel, que eran objeto de admiración de todas sus amigas. Las telas elegidas, las formas exclusivas y el calce justo.
Por sobre todas las cosas, lo que Mel más disfrutaba de Nana era que podía hablar con ella sobre cualquier tema. Ramona, además de ser una mujer muy instruida, porque le encantaba leer de todo, poseía un carácter aplomado y sereno, por lo que era un placer charlar con ella. Había acompañado a Mel en sus regocijos y desánimos, era para la muchacha un sostén emocional importante. Las dos se mantenían en contacto permanente, sin dejar pasar un día sin un saludo o una charla telefónica.
Cuando superó el momento de emoción por encontrarse en su casa, Mel dijo:
—¡Te extrañaba, Nana!, ¡te extrañaba!
—¿Por qué no me dijiste que venías?
—¡Era sorpresa!
—¡Sí! ¡Una gran sorpresa! ¡Hermosa! De haber sabido, te hubiera esperado con la merienda. Pero justo hoy cociné los bollitos que tanto te gustan.
—¡¡¡Qué rico!!! ¡Buenísimo, Nana! Lucía, mi compañera de trabajo, me pidió que le pasase la receta. Llevé los que hiciste cuando fuiste en febrero a Córdoba. ¡Le encantaron!
—¡Le hubieras dado la receta! ¿O todavía no la sabés? ¡Ya te la he dicho un millón de veces! La próxima, la haremos juntas nuevamente, pero esta vez me ocuparé de que anotes para no olvidar. Me voy a morir y te vas a quedar sin la receta —dijo Ramona sonriente, de camino al gran comedor de la casona.
El aroma de aquellos pancitos despertó el apetito de Mel. Recordó en ese momento que, desde el desayuno, no había comido nada. Era desorganizada con sus rutinas y solía pasarse por alto comer. Ramona insistía en que estaba muy delgada cada vez que le tomaba las medidas para hacerle un pantalón o una pollera. “Ya sos puro hueso”, le decía, a lo que Mel respondía: “Estoy bien, estoy bien”.
Con un metro setenta y tres de alto, pesaba sesenta kilos. La naturaleza la había dotado de una belleza especial. Esbelta, delgada y con formas muy definidas y proporcionadas. Sus profundos ojos marrón oscuro eran los protagonistas en su rostro, junto a sus labios definidos y carnosos, que dibujaban una sonrisa perfecta. La pequeña nariz estaba enmarcada en un rostro oval definido. Una abundante melena apenas ondulada de castaño claro complementaba la exquisita figura. Era una chica que a donde fuera llamaba la atención por la simpatía. Llamativamente bella y dulce.
Sin embargo, con sus veintiséis años, no tenía ni había tenido novio. Sus romances se habían limitado a amoríos de palabra en el secundario. Nada más. Del grupo de amigas de la escuela, era la única que permanecía sola y sin pareja. En varias ocasiones, se había sentido enamorada, pero en todos los casos, fueron situaciones que nunca llegaron a un noviazgo formal. La principal causa era que en los últimos años había priorizado su trabajo y el estudio. Le gustaban el cine, teatro y salir a caminar. Sus favoritos para hacerlo eran la costanera o el parque Sarmiento. La ciudad de Córdoba ofrecía variedad de lugares para la recreación tranquila, con magníficos espacios para disfrutar al aire libre.
La suave brisa hacía sonar el llamador de ángeles que colgaba en la galería de la gran casona. La edificación había sido construida por los abuelos de la mamá de Mel hacía más de ochenta años. La habían localizado en la cima de una loma, dejando abundante terreno hacia atrás y adelante.
Al frente, en la misma casona, estaba ubicado un gran salón bordeado por una galería de punta a punta. Allí los abuelos tenían un bar llamado “Janeiro”. Por su cercanía a las principales playas del río, era muy concurrido por las familias que pasaban la tarde en la costanera.
De origen brasilero, la familia se había dedicado a la explotación comercial de bares y cafeterías. El local se caracterizaba por su estilo carioca, con música en vivo y mucha alegría. Decorado como si estuviera instalado en el mismo Río de Janeiro, con varias mesas, luces y decoración brasileña, atraía a los turistas por su característica algarabía carioca. Como en el mismo Brasil, la samba, bossa nova o las baladas sonaban para animar la noche de los asistentes.
Un chalet de tres habitaciones estaba ubicado en el extremo posterior del terreno. Allí vivía Ramona. Era una casa gigante para ella sola, pero solía recibir la visita de sus sobrinas, que vivían en Buenos Aires, más o menos de la edad de Mel. Una de las habitaciones estaba acondicionada para Mel porque, desde chica, pedía ir a dormir a la casa de su Nana.
El cuarto estaba exquisitamente decorado. Al ingresar, lo primero que se veía era la cama de una plaza y media. Al fondo, una imagen realizada en relieve, con árboles y plantas en grises y blancos, ocupaba casi toda la pared. El respaldo del somier estaba tapizado en pana en la gama de los celestes, al igual que la base. Dos mesas de luz blancas acompañaban el lecho. A los pies de la cama, caía una lámpara con pantalla de mariposas blancas, de bordes grises, con base de cobre.
Toda la pared a la derecha estaba ocupada por una estantería de madera que hacía las veces de biblioteca y de repisa. A la izquierda, un gran ventanal con cortinas de terciopelo, que caían desde las molduras celestes que enmarcaban el techo. En el extremo de la ventana, una mesa de computadora con una banqueta. Y al frente, desde el ingreso, un amplio placar con un espejo adherido a la puerta.
—¿Por qué estamos merendando acá, en la casona? —preguntó Mel—. Tengo pensado quedarme en tu casa, ¿me invitás?
—¡Obviamente! ¡Me encanta la idea!
—Esta casa es muy grande para mí sola. Además, me gusta estar con vos.
Mel se levantó, tomó su mochila y la fuente con los pancitos y salió rumbo al chalet de Manuela, con el rostro sonriente y el corazón lleno de alegría.
—Nana, mañana me enseñás a cocinar estos pancitos y hago para llevarles a mis compañeras de trabajo, ¿puede ser?
—¡Por supuesto!, ¡por fin los vas a cocinar vos!
Las dos mujeres caminaban felices hacia el departamento del fondo, saboreando la emoción de estar juntas. La tarde comenzaba a despedirse. Los últimos rayos de luz iluminaban el magnífico jardín, que emanaba el aroma de rosas y nardos, efluvio divino que envolvía a las etéreas damas.
***
Un leve hilo radiante de sol atravesaba las cortinas apenas corridas. Mel abrió sus ojos y, sin moverse, fijó la vista en el pequeño rayo de luz. Había descansado como solamente podía hacerlo en aquella casa y con la compañía de Nana. Se sentía feliz y plena. En ese momento supo claramente cuánto había extrañado estar allí.
Pensó en lo rápido que se le había pasado el sábado, ya amanecía en domingo. Mañana despertaría en Córdoba, en medio del bochinche de la ciudad. Todavía no se acostumbraba al estrepitoso ruido del centro. Pensó en la vida del pueblo, en su sosiego. Quizá esa era la causa del ánimo de la gente pueblerina, serena, calmada.
Sin más, se levantó. Quería disfrutar el día y a Nana. Tomó una bata del puf junto a su cama y salió descalza hacia la cocina. Con cada paso, se adentraba en un cautivante túnel de aroma a frutas. La tradición familiar brasileña siempre se había mantenido en aquella casa. Ramona, que también era originaria de Brasil, gustaba mucho de comer frutas por las mañanas.
De paso por el comedor, miró el reloj de la pared. Eran las siete. La mesa estaba servida en la cocina, esperándola. Café, leche, yogur, pan tostado, tapioca, jamón, queso y frutas, con mucha variedad de ellas. Mel se sirvió jugo fresco de naranjas, sacó algunas uvas, puso queso en una tapioca y buscó café. Salió en busca de Nana, que seguramente andaba por el jardín con sus plantas. El aire fresco del amanecer presagiaba un hermoso día de otoño.
—¡Nana! ¿Por dónde andás? ¿Vamos a misa hoy?
Las dos mujeres se alistaron y a las siete y cuarenta y cinco estaban llegando al templo parroquial. Ir a misa era una de las actividades que Mel gustaba de compartir con su querida Nana. Sabía lo importante que era para ella la misa dominical y también sabía que le encantaba ir con ella. Esa santa mujer, devota de la Virgen María, no dejaba pasar un día sin rezar el rosario y hacer sus oraciones, sin importar dónde estuviera.
Mel siempre recordaba que, al comenzar a estudiar, fue Nana quien la acompañó a Córdoba con la mudanza. Ella le dijo: “Estoy feliz porque hay muchas iglesias cerca de tu casa que podrás visitar”, pero la realidad era que ella no asistía a ninguna. Sin saber por qué, había dejado ese hábito, inculcado por Nana, de ir a la misa dominical.
El templo estaba casi lleno. Mel dio una mirada ligera y no reconoció a nadie. Muchos turistas acudían a misa temprano, para después disfrutar el día de río. Era un espacio amplio, moderno y sencillo dedicado a Santa Rosa de Lima, caracterizado por singulares bloques de vidrio de variados colores que conformaban las paredes del altar. Con sus transparencias, permitían el ingreso de los rayos de luz al amanecer que, intrépidos, se dispersaban por el templo reflejando diversas tonalidades, como verdaderas rosas multicolores.
Marzo era el mes favorito para vacacionar de los jubilados y la gente mayor. Todos sabían que Santa Rosa en enero estaba desbordada de jóvenes, que llegaban desde la misma capital y también desde Río Cuarto, Río Tercero y otros pueblos aledaños. Desde hacía varios años, enero significaba la invasión de adolescentes de entre quince y veinte años. Se congregaban en el río, más precisamente, en el Puchuqui, y se la pasaban allí, metidos en el agua. Tomaban todo el alcoholque podían, al ritmo de la música que no paraba de sonar, para terminar la noche en el boliche del centro.
A las ocho en punto, la misa inició. Salieron dichosas de la celebración, que había sido amena y muy emotiva. Resolvieron dar un paseo por la costanera. Ramona le contaba a Mel la cantidad de actividades que este sacerdote organizaba con los niños y jóvenes, para darles protagonismo y activa participación. Dijo que hacía unos pocos días, justamente, habían pasado por el barrio misionando. Llevaban, como decía el sacerdote: “Fe alegre y comprometida” a las casas vecinas, de esa manera que solamente los niños y jóvenes podían transmitirla.
En pocos minutos, estaban frente al río. Las copiosas lluvias de marzo lo habían beneficiado con abundante agua. Se lo veía caudaloso y cristalino. Nítidamente, podía observarse el fondo de arena y piedras pequeñas, sonando tranquilamente mientras recorría su cauce. Muchos eran los turistas que habían salido a caminar y a disfrutar del hermoso día de sol.
Después de comer, Nana organizó los ingredientes para cocinar con Mel los pancitos que tanto le gustaban. Sobre la mesa, estaba la receta, escrita en un bloc de cartas enmarcado con rosas, viejo, muy viejo.
Mel compraba esos blocs para escribirles a sus amigas. En su niñez, le encantaba escribir cartas y le pedía a Nana que le comprara sobres y papeles ilustrados, que también coleccionaba. Tenía de todos los tipos y colores y algunos hasta perfumados. A Mel le pareció muy cómico ver la receta en una de esas hojas.
—¡¡¡Ja, ja, ja!!! ¡No podés, Nana, usar estas hojas! ¡Qué horror! ¿Te acordás de cómo insistía yo para que me compraras? ¡Imaginate que me lleve esta receta y la pase a mis compañeras!, ¡porque me piden la receta! ¡Seré el hazmerreír! ¡Ja, ja, ja!
Las dos mujeres rieron cómplices mientras se ponían el delantal y se preparaban para cocinar. La receta decía:
Cuando tengas ganas de acompañar tu cafecito o té con algo rico, prepara estos pancitos.
Bollitos Nana
Ingredientes:
500 g de harina
15 g de levadura
70 g de azúcar
5 g de sal
300 ml de leche
50 g de manteca
Preparación:
En un recipiente, colocar la harina. Hacer un hueco y volcar la levadura. Agregar un poquito de azúcar, para ayudar a fermentar, pero poco, un cuarto de cucharadita. Agregar tres cucharadas de agua tibia y revolver mezclando la levadura con la harina y el azúcar. Espolvorear con harina la mezcla, hacer una cruz arriba y tapar con un repasador. Esperar cinco minutos a que se levante. Agregar el resto de los ingredientes, amasar. Envolver la fuente con film o meter dentro de una bolsa plástica. Dejar levar una hora, dependiendo de la estación. Armar los bollitos y, si se desea, pintar con un huevo batido con un chorrito de leche. Llevar a horno precalentado a ciento ochenta grados por veinticinco minutos o hasta que estén dorados y sacar.
Podés comerlos solos, armar sándwiches o rellenarlos con dulce, ricota o chocolate.
Y ¡a disfrutar! Sin excesos, para cuidar la salud.
CAPÍTULO II
La mañana del miércoles se presentó gris. Era un día para salir con paraguas, porque desde temprano se escuchaba que llovía sobre el balcón. Habían pasado algunas semanas desde el viaje a Santa Rosa, pero Mel tenía ganas de volver y de paso aprovechar el feriado de Semana Santa.
El problema era la facultad. Estaba a unos pocos días de los exámenes de mayo y le faltaba bastante todavía por estudiar. Si deseaba recibirse pronto, no podía dejar pasar el turno de mayo. Su ansiedad por terminar la carrera la mantenía con mucho estrés y sentimientos encontrados la invadían por las noches. Ella necesitaba saber qué sucedería el día después de recibirse. ¿Podría tomar un caso o debería seguir ordenando, juntando y archivando evidencias y papeles para el doctor Frías? ¿Seguiría trabajando en penal? ¿O ya era momento de buscar trabajo en otra rama del derecho?
Su idea era, una vez recibida, trabajar en la ayuda a jóvenes que delinquen. También le interesaban los adolescentes y niños que sucesivamente eran detenidos por estar en la calle o en el lugar equivocado. Ella se sorprendía día a día con la cantidad de infantes que precozmente eran arrestados.
Muchos eran los llamados chicos de la calle, transformados en blancos fáciles de organizaciones maliciosas, que los usaban en sus perversos negocios. La venta de drogas, de armas, el robo de autos y la trata de personas eran flagelos que avanzaban en las ciudades y Córdoba, lamentablemente, no quedaba fuera. Con la mala fortuna de que los niños y los jóvenes eran la mano de obra barata y accesible para esos negocios sucios que prometían muy buenos ingresos.
Mel pensaba que, luego de recibirse, podría hacer un posgrado en Criminología: una ciencia auxiliar del derecho penal que incluía la antropología y la sociología criminal.
En la oficina, esa mañana, todo parecía tranquilo. El doctor Frías había recibido gente en su despacho y hacía un rato largo que dialogaba con ellos. Seguramente, sería un nuevo caso, porque se lo notaba gesticular mucho con modos explicativos. Mel podía reconocer los gestos del abogado cuando de tomar nuevos clientes se trataba.
La rutina de la jornada sumió a Mel en sus tareas cotidianas: clasificar información y guardarla cuidadosamente, tanto en papel como de manera digital. A ella le habían encomendado la labor de digitalizar los archivos de la oficina. A pesar de ser una tarea algo monótona, Mel disfrutaba hacerla, porque era allí cuando veía los distintos casos que llevaban en el estudio y los juicios importantes de otros profesionales, que el doctor Frías guardaba a modo de antecedentes. En ocasiones, se perdía leyendo alguna de las sentencias y olvidaba el entorno en donde se encontraba.
En esa oportunidad, sus sentidos se extraviaron leyendo el caso de violadores de Córdoba. Encontró una nota que relataba cómo un individuo, que aparentaba ser un correcto padre de familia, había violado a más de noventa mujeres en la ciudad de Córdoba, entre los años 1980 y 2000. El texto expresaba que se suponía que las víctimas eran más de doscientas, ya que se sabía que muchas no habían realizado denuncias.
Ese artículo trajo a la mente de Mel un relato de su mamá. Ella le había referido que en los años noventa, cuando se instaló en Córdoba para estudiar, a una compañera suya habían intentado violarla. Alice, preocupada porque su hija viviría sola en la ciudad, intentaba alertarla de los peligros que una gran urbe conlleva, recomendándole siempre estar atenta y tomar las precauciones necesarias para moverse en la capital. Vivir en un pueblo, donde todos se conocen y los peligros sociales son menores, puede hacer que se actúe sin estar prevenidos y alertas.
Alice le relató lo que una joven amiga vivió en manos de un hombre que buscaba abusar de ella. Recordar lo que su madre le contó la llevó a relacionar lo que leía con la situación de aquella muchacha. Había referido que la estudiante vivió momentos de angustia y terror.
Relató que todo sucedió una tarde de octubre, cerca de las siete y media de la tarde, cuando estaba en camino a la casa de una amiga, en la zona del parque. Allí, el hombre, en plena vereda y con mucha gente transitando por la calle, se le acercó sorpresivamente. La tomó por la espalda, sujetándola del cabello con una mano, mientras que, con la otra, le presionaba el estómago con un arma. El sujeto le dijo que debían caminar como si fueran novios y que no se preocupara, que nada malo le pasaría. Le expresó que precisaba que lo acompañara hasta la casa de su novia, ya que le urgía hablar con ella, pero que no podía llegar a tocar la puerta porque sus padres no lo aceptaban.
Con ese cuento, le hizo caminar durante más de una hora por el barrio, para llevarla finalmente hasta un terreno baldío, donde intentó violarla. Alice señaló que la chica recién supo que sus verdaderas intenciones eran malas al momento de llegar al descampado.
En ese instante, rezó a Dios, pidiendo que le enviara a su ángel custodio a protegerla. Según afirma, eso realmente sucedió, ya que en ese momento el malviviente la tiró al piso con la intención de someterla, pero la muchacha se sentó en la tierra y, cruzando sus piernas como indio, se negó a acostarse. Las fuerzas del sujeto no lograron que la chica se estirara, por lo que se sacó el cinturón y le rodeó el cuello, a fin de obligarla. Le contó que, con una fuerza inusual que excedía su capacidad física, ella metió sus manos entre su garganta y el cinto para quitárselo e impedir el estrangulamiento.
Al verse vencido, el sujeto, en estado de confusión y desconcertado por lo sucedido, se alejó rápidamente, para salir corriendo. Mientras, ella se quedó allí, tendida sobre los escombros que alojaba el sitio, asustada y dolorida. Alice dijo que la joven atribuyó el haberse librado de esa situación a la intervención de sus ángeles.
Todo lo que su madre le había contado coincidía con las anotaciones de uno de los casos archivados. Mel quedó pensativa y conmovida por los testimonios que alcanzó a leer y los recuerdos de lo relatado por su mamá. En ese momento, volvió a reflexionar sobre la cantidad de peligros que implicaban los aglomerados urbanos y la importancia de cuidarse estando alerta y prevenida cuando transitaba por la vía pública.
Repentinamente, sintió el timbre del teléfono interno y se sobresaltó. Era la extensión de su jefe. Levantó el tubo y dijo:
—Sí, doctor.
—Vení a mi oficina, por favor —respondió el letrado.
Nerviosa, se acomodó un poco el cabello, estiró su camisa, sacó un pequeño estuche con un espejo y un labial, se dio un retoque y, decidida, caminó hacia el despacho del abogado. Sus tacos retumbaban en el piso de porcelanato con paso firme, como anunciando su llegada. Se detuvo frente a la puerta de la oficina y golpeó.
—Pasa, pasa, muchacha. Toma asiento. Dame un segundo para acomodar estos papeles.
—Gracias, doctor.
Aquel espacio significaba para Mel el poder total. Era un amplio despacho con una pared completa de libros. Allí se podía encontrar vasta información sobre derecho. Todo el estudio había sido rediseñado recientemente por uno de los nietos de Frías, que era arquitecto. De ser un lugar sombrío y donde predominaban los muebles de algarrobo, había mutado a ser un modelo de vanguardismo y buen gusto, con líneas modernas y materiales de primera calidad.
Tras un amplio escritorio color crema, con tres sillones giratorios con base de acero inoxidable, recibían a clientes y colegas que se acercaban a dialogar con el prestigioso abogado. Si bien su trayectoria hablaba por sí misma, la fabulosa decoración del espacio le otorgaba, a su vez, magnanimidad.
Su jefe siempre salía victorioso en los casos que llevaba. Ella no sabía cómo lo hacía, pero lo cierto es que desde que lo conocía y trabajaba allí, todas las causas eran ganadas. Ese hombre dedicó su vida a la profesión. Llegaba cerca de las seis y treinta de la mañana y no se iba antes de las cinco de la tarde. Su familia pasaba a diario a visitarlo, saludarlo y traerle la comida.
Poseía digestión lenta y era muy sensible al momento de comer. Por ello, solamente ingería los alimentos que le traían de su casa, a veces su esposa o nietos, otras veces la empleada doméstica. Era un protocolo diario, que se mantenía en tiempo y horario, independientemente de las estaciones o el clima. Con sol, lluvia o nieve, a las doce llegaba la comida y el ritual se producía.
Le preparaban la mesa en la pequeña cocina, hábito consistente en poner mantel, jarra y copa de vidrio, platos, cubiertos italianos y servilletas de tela. Cuando todo estaba listo, y correctamente servido, le avisaban al doctor que podía pasar a comer. Él dejaba todo y se tomaba treinta minutos para el almuerzo. Quien le había acercado la comida, esperaba para retirar la vajilla. Al finalizar la comida, bebía un té de hierbas, para luego retomar su trabajo en la oficina.
Era un hombre muy correcto y formal, pero también muy amable. Nunca lo había escuchado gritar o maltratar a alguno de los empleados y todos le tenían mucho respeto. Con casi setenta y cinco años, seguía llevando el estudio y personalmente atendía a todos los clientes en la primera entrevista, ya que era él quien decidía si un caso se recibía o no. Su carrera era intachable y gozaba de gran prestigio social y académico en la ciudad de Córdoba. Cuando hubo terminado de acomodar sus escritos, mirando a Mel, le dijo:
—Te he convocado para preguntarte si te interesa trabajar conmigo en un nuevo caso que me ha llegado hoy.
