Venecos - Rodrigo Blanco Calderón - E-Book

Venecos E-Book

Rodrigo Blanco Calderón

0,0

Beschreibung

En el Diccionario de americanismos de la RAE se define «veneco» como un adjetivo despectivo y popular para referirse a los venezolanos. Estos cuentos proponen un descenso y un laberinto por viajes, encuentros y desencuentros en orillas que se llegan a convertir en un diálogo fracturado. Aviones, aeropuertos, ciudades, personas… pequeñas y grandes historias que conviven con nosotros porque son parte de una épica cotidiana, o de un sueño propio de las películas. Y toda esa búsqueda, ese extrañamiento es el que también podría leerse en la intrahistoria de más de ocho millones de venecos que han dejado su país y buscan el próximo encuentro, entre la épica y el sueño.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 171

Veröffentlichungsjahr: 2025

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Rodrigo Blanco Calderón

Venecos

Rodrigo Blanco Calderón, Venecos

Primera edición digital: febrero de 2025

ISBN epub: 978-84-8393-715-0

© Rodrigo Blanco Calderón, 2025

© De esta portada, maqueta y edición: Editorial Páginas de Espuma, S. L., 2025

Colección Voces / Literatura 371

Nuestro fondo editorial en www.paginasdeespuma.com

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

Editorial Páginas de Espuma

Madera 3, 1.º izquierda

28004 Madrid

Teléfono: 91 522 72 51

Correo electrónico: [email protected]

Para Gustavo,

mi primo y hermano

Una vida distinta

–Mejor película –dijo Mariano.

Sostenía el bolígrafo, sobre el papel, esperando mi respuesta. Debía pensármelo bien porque esa categoría era la que sumaba más puntos y, en las últimas tres ediciones de los premios Óscar, él había acertado. En cada ocasión había sido como encajar un gol en el minuto noventa.

–Moonlight –dije.

–¿En serio? ¿De verdad crees que esa porquería va a ganar? Yo me la juego por La La Land.

–Esa es otra porquería.

–Sí, pero se trata de elegir la porquería más probable.

«La porquería más probable». Esa era una buena definición de lo que habían sido nuestras vidas. Escoger la porquería más probable. A veces, la más deseable. O la que estuviera al alcance, esa que te iba a volver mierda más rápido.

–¿Qué nos jugamos? –preguntó.

La premisa implicaba siempre un ataque directo al corazón. Ofrecer como presa algo muy codiciado por el otro. No pedirlo. Esa variante encerraba la clave de nuestra amistad. Así había sido en Caracas, desde la época en que estudiábamos juntos en el colegio y luego cine en FilmVen; en Miami, cuando volvimos a coincidir, yo dedicado a la música y él a seguir quemando la mensualidad que le enviaba su padre; y ahora en Los Ángeles, a donde Sabrina y yo nos habíamos mudado hacía un par de años.

En Miami le hice la música a un documental de un amigo, Armando Thilemann, el único compañero de FilmVen que de verdad tenía talento. El único, también, que no se volvió un adicto en ese mediocre instituto. Fue él quien me sugirió que con la música sí tenía un filón por el cual meterme, si quería «insistir» en el cine.

–Pero tendrías que mudarte a Los Ángeles –dijo.

Nadie había entendido esa insistencia mía. Empezando por mi padre, que siguió con orgullo mi formación en el conservatorio. Que después apoyó con reticencia mis incursiones en la música pop, en conciertos en bares de mala muerte donde solo empleaba el diez por ciento de mi capacidad. Mi pobre padre que se murió sin entender qué mosca me había picado cuando le anuncié que quería convertirme en director y no de una filarmónica.

Yo tampoco entendí nunca esa insistencia, pero ya era tarde. Ahora estaba en Los Ángeles y no había vuelta atrás. Sabrina trabajaba, todavía lo hace, en el Call Center de una empresa y le dieron el traslado sin ningún problema. Aceptó el plan no porque tuviera esperanzas de que yo lograra entrar en Hollywood por la puerta de servicio de las bandas sonoras. A ella le bastaba con que yo aportara dinero a la casa y que le diera un hijo. Esto último, lo confirmamos a los pocos meses de instalarnos, no se puede. Yo no puedo. De modo que sus aspiraciones se redujeron a que yo cumpliera con mi parte del sustento. Y a alejarnos en lo posible de Mariano. Sabrina no quería vivir en la misma ciudad que él.

En el fondo, ella tenía razón. La distancia entre ayudar a Mariano y recaer era mínima. En parte nos habíamos ido de Caracas para mantenernos limpios y empezar de cero. Y hacia allá nos había seguido Mariano, como si haber cumplido con la rehabilitación y desengancharnos hubiera sido una traición. Una segunda traición.

–¿No dices nada? Eres un cobarde. Ok. Empiezo yo –dijo Mariano. Tamborileó la mesa con el bolígrafo en la mano y anunció:

–La franela.

Yo me le quedé viendo.

–¿Estás hablando en serio?

En ese momento Sabrina salió del baño. Tenía puesta una enorme toalla que le cubría el cuerpo y otra más pequeña arremolinada alrededor de su cabeza. Los dos volteamos y fue entonces que se me ocurrió decir:

–Una noche con Sabrina.

Apenas lo dije, me arrepentí.

–Hijo de puta –dijo Sabrina. Y se perdió por el pasillo en dirección al cuarto. Después escuchamos el portazo.

–Mierda. Ya vengo –dije.

Cuando entré al cuarto, Sabrina estaba desnuda, aunque aún tenía la toalla en la cabeza. Sentí un ligero mareo. Siempre me daba vértigo ver desnuda a Sabrina. Supongo que después de todo sí la amaba. Sí la amo. Ella estaba hablando por teléfono. Al verme no se inmutó. Solo dijo «hablamos luego» y trancó la llamada.

–¿Qué quieres? –dijo.

–¿Con quién hablabas?

–Qué bolas tienes tú. Me andas ofreciendo al asqueroso de Mariano y ahora quieres saber con quién hablo. Pues hablo con quien me dé la gana.

–Tienes razón. Disculpa.

–Salte. No me interesan ni los Óscar ni su jueguito de mierda. Si quieres amanezcan ustedes ahí, pero a mí déjenme tranquila.

Volví a la sala y Mariano estaba armando un porro.

–¿Puedo?

Fui a la nevera y saqué unas cervezas. Comenzó la transmisión de los premios y nos pusimos a verla.

–Ya se le pasará –dijo Mariano al rato.

–Sí –dije.

Aunque no era solo eso lo que me preocupaba. Si Mariano me había ofrecido la franela eso quería decir que se había quedado sin nada. «La franela» era una sola: la que había lanzado Cayayo Troconis al público, a la olla, en su último concierto, un par de noches antes de que lo encontraran muerto. Cayayo era nuestro héroe. El tipo más guapo, cool y talentoso de la Caracas de los noventa. La franela había caído sobre nosotros y ambos habíamos forcejeado por quedárnosla. Al final, para que no se rompiera o se armara una trifulca, yo cedí y la solté. Mariano se quedó con la franela. Unas semanas después, Sabrina terminó con él y empezó a salir conmigo.

Me costaba seguir la transmisión. ¿Había tomado Mariano en serio mi broma y asumía que si ganaba él podía acostarse esa noche con Sabrina? También cabía la posibilidad, que no había sucedido en los últimos tres años, de que ninguno de los dos acertara el filme ganador a la mejor película, con lo cual el puntaje se decidiría en el resto de las categorías, donde yo era imbatible. Quizás lo único que podíamos ofrecernos el uno al otro era esa franela vieja y enmohecida, como los sueños de juventud que los años se encargaron de desbaratar sin esfuerzo.

Los premios se desarrollaron según esa pauta que en los últimos tiempos se había ido asentando. Como si fuésemos nosotros, con nuestras predicciones y apuestas, quienes decidiéramos la suerte de la velada. Yo continuaba acertando en esas categorías menores que nadie recuerda y a nadie importan, como «Mejor maquillaje», «Mejor diseño de sonido» o «Mejor documental corto». Mientras que Mariano ganaba pocas pero decisivas batallas: «Mejor actor de reparto» o «Mejor película de habla no inglesa».

Se estaba formando una tormenta perfecta y creo que ambos lo percibíamos. Mariano no había tocado las cervezas, pero no había parado de fumar un porro tras otro. Yo no había fumado, por supuesto, pero sí me había bebido un six-pack de Budweiser y estaba por ponerme a desgranar el segundo. Teníamos las ventanas abiertas, para que el humo no molestara a Sabrina.

«Hablamos luego», había dicho Sabrina, pero ¿a quién? Desde que me confirmaron que no podía tener hijos, el rencor se había declarado entre nosotros. Sabía que tarde o temprano Sabrina comenzaría a verse con otro hombre. Y yo sabía que no sería capaz de recuperarla o de encontrar otra mujer hasta no haber conseguido algo. Lo que sea que me transformara en una cosa distinta a este cuerpo saludable y esta alma en vela, cuyo mayor éxito era que los días se sucedieran sin sobresaltos.

Ya estábamos en la recta final. Los dos premios más importantes. Por esa extraña ley que regía nuestras relaciones, él había apostado por Barry Jenkins para mejor director, por Moonlight. Mientras que yo lo había hecho por Damien Chazelle, por La La Land. Apuesta que, como dije al principio, habíamos invertido por completo en el premio a mejor película.

Mariano estaba sudando. Viéndolo, comprendí que aquel juego se había ido convirtiendo en su única alegría y su ritual de venganza. Y que donde sea que Sabrina y yo nos mudáramos, él encontraría la manera de seguirnos y de recordarnos que, aunque hubiésemos dejado las drogas y nos hubiésemos casado y yo ahora estuviera por cumplir el sueño de trabajar en Hollywood, él y nosotros, él y yo, no éramos muy distintos. A veces la pelota cae de un lado y otras veces del otro, como en Match Point. Así de simple.

A esa altura, ya me había bebido la mitad del segundo six-pack y estaba bastante borracho. En ese instante, apareció Halle Berry y anunció el premio al mejor director:

–¡Damien Chazelle!

Pegué un brinco de emoción. Si le habían dado el Óscar a Chazelle, quería decir que el premio a la mejor película se lo darían a Moonlight. No sería la primera vez que la Academia intentaría complacer a todo el mundo. Además, el año anterior había sido el boicot protagonizado por Will Smith, Spike Lee y otros protestando por la discriminación de los actores y directores negros en Hollywood. La película de Jenkins tenía todos los elementos que el puritanismo woke exigía: era imposible que a esa historia sobre un joven-pobre-negro-gánster-homosexual no le dieran el premio. Y de esa manera, yo coronaría un doblete en las categorías que daban más puntos.

–Calma –dijo Mariano.

Y le subió el volumen al televisor.

Vimos aparecer a Faye Dunaway y a Warren Beatty. Se veían mayores, elegantes y sonrientes. Dijeron las palabras que aparecían en el teleprompter y Warren Beatty abrió el sobre. Se quedó viendo su contenido unos segundos, como sorprendido. La típica rutina para crear expectación y retardar unos segundos el anuncio. Sin embargo, la tensión se prolongó todavía más. Haciendo una extraña mueca, Beatty le mostró a Faye Dunaway la tarjeta que había dentro del sobre. Ella hizo un gesto con la mano, leyó la tarjeta y al fin dijo:

–¡La La Land!

Esta vez fue Mariano quien pegó el brinco:

–¡Yes! ¡No joda!

Al ver mi cara, fue que Mariano reparó en que yo no había hecho otra oferta. Nos quedamos unos segundos, sin saber qué hacer. Mariano se volvió a sentar y se puso a armar un porro. Yo contemplé su impecable maniobra. Lo vi encenderlo dándole unas chupadas. Cuando me lo ofreció, sabía que no podía rechazarlo. Aun cuando no hubiera probado la marihuana ni ninguna otra droga en más de cinco años. Aun cuando ya me encontraba muy borracho. Aun sabiendo que al día siguiente yo empezaría a recriminarme por haber fumado y por querer volver a fumar. Y de ahí a bajar por la escalera de la maría que conducía, en mi cerebro, a la coca, el jarabe, las pastillas y la heroína, solo había un paso.

Nos fumamos el porro en silencio y nos fuimos a dormir. Apenas me acosté en la cama, tuve que pararme rápido para llegar al baño de nuestra habitación y vomitar. Sabrina me encontró abrazado a la poceta, me levantó, me lavó y me echó de nuevo en la cama.

Me desperté al mediodía. Fui a la cocina y al ver a Sabrina supe que Mariano ya se había marchado. Esta vez, para siempre. Mi esposa estaba en pantaletas y llevaba puesta la franela.

Como ya han pasado tres meses, Sabrina acaba de anunciarle a sus padres y a nuestros amigos que estamos esperando un hijo. Yo sonrío y doy las gracias. La confirmación del embarazo ha reavivado el deseo. Hacemos el amor casi todas las noches. Después Sabrina me busca y me abraza muy fuerte, como pidiendo perdón, como perdonándome. Y yo la abrazo con amor sincero y nos quedamos dormidos.

Sin embargo, hoy me he levantado en mitad de la noche y no he parado de dar vueltas por el apartamento. Salgo al jardincito del edificio donde vivimos y compruebo que el director de esa película barata que es mi propia historia ha dispuesto con insoportable precisión una luna llena que inunda la calle con su luz, exacerbando mi insomnio. Saco el porrito que cargaba escondido y lo enciendo. Aspiro profundo y me da por pensar en la perplejidad de Warren Beatty. Fantaseo con una escena absurda. Justo cuando el elenco de La La Land sube al escenario y ya Damien Chazelle está dando el discurso de agradecimiento, se produce un revuelo detrás de él y la trama da un giro insólito, de esos que solo suceden en las películas: Warren Beatty y Faye Dunaway se han equivocado de sobre y la película ganadora es en realidad Moonlight. Y ya no estoy aquí, haciendo lo que juré que más nunca volvería a hacer. Ni estoy soñando, una vez más, con una vida distinta.

Virgen de la impureza

–Técnicamente, aún eres virgen –dijo la ginecóloga.

Lorena no lo podía creer. El milagro le había sido concedido.

La ginecóloga se quitó los guantes con fuerza. El latigazo del látex hizo que reaccionara.

–¿Eso qué quiere decir? –se atrevió a preguntar.

–Tienes lo que se llama «himen complaciente». Es decir, tu himen es más elástico de lo normal y no se rompió. En algunas ocasiones excepcionales se requiere de una pequeña cirugía. Otras veces termina cediendo a medida que la mujer sostiene más relaciones. A veces ni siquiera es necesario tener relaciones para que eso suceda. Es cuestión de que estés pendiente.

Lorena calló unos segundos y dijo:

–Pero, yo no he tenido ninguna relación.

La doctora puso cara de póquer.

–Como tú quieras. Eso no es problema mío. Dime qué quieres que le diga a tu madre y yo se lo digo.

–Gracias.

–No me des las gracias. Tienes dieciséis años, pero ya eres una mujer, ¿sabes?

Lorena se lo había confesado a su madre ese mismo día, muy temprano en la mañana. La señora Martina no pudo ver allí sino la prueba de que todos aquellos años de enseñanzas cristianas y buenos consejos, cuyo objetivo fundamental era que su hija más díscola llegara virgen al matrimonio, habían sido en vano.

Lorena le rogó que no le contara nada a su padre. Martina le dijo que no lo haría. A la hora del almuerzo, sin embargo, su padre entró a la habitación hecho una fiera y le preguntó si era cierto.

Ella entró en llanto y respondió lo único que se le ocurrió en el momento:

–No lo sé.

–¿Cómo que no lo sabes?

–Hice algo, pero no sé lo que hice. ¿Me entiendes? Yo no sé muy bien cómo se hace eso.

Semejante declaración de estupidez, o de inocencia, sirvió de tregua.

–Llévala donde Camelia de inmediato –le ordenó su padre a Martina.

La doctora Camelia Pulgar, ginecóloga y amiga de la familia, era la persona indicada. Lorena la detestaba. Era una mujer que, en lugar de médico, parecía monja. De hecho, le recordaba a las monjas de su colegio: los seres más viles, zalameros, mojigatos e hipócritas que había conocido en su vida.

Se fueron directo a la clínica sin siquiera llamar antes para pedir una cita. Camelia estaba de vacaciones. Una doctora joven, que se veía apenas un poco mayor que Lorena, le hacía la suplencia. Fue tanta la insistencia de su madre que la doctora accedió a incluirla en la agenda del día.

–Eso sí, tienen seis pacientes por delante –le advirtió.

–No es ningún problema –dijo la señora Martina–. Vamos un rato al cafetín y volvemos.

Fueron y volvieron varias veces. Tardaron más de tres horas en atenderla y en ese tiempo su madre no hizo sino repetirle lo decepcionada que se sentía. Lorena no paró de llorar hasta que de pronto le dijo:

–Llévame a una iglesia.

–¿A una iglesia?

–Quiero rezarle a la virgen.

–No seas ridícula, Lorena.

–Llévame –insistió.

Su madre terminó por preguntarle a un vigilante y este le confirmó que en la clínica había una capilla.

Lorena le pidió que la dejara entrar sola.

–No te tardes –dijo su madre.

La capilla estaba vacía. Se acercó hasta el altar con pasos temblorosos. Dos cirios rojos alumbraban la estatua de la virgen. Se arrodilló, alzó el rostro, pero la culpa hizo que bajara la cabeza. Una gota de cera, color sangre, cayó frente a sus rodillas. La cera se endureció de inmediato, como una herida curada por una mano milagrosa. Entonces pidió la intercesión divina, ya que ese era el tipo de favores que debía conceder una virgen, pensó Lorena: revertir la impureza.

Al regresar a casa y oír el parte médico, su padre recobró el color. Su madre también. Con el paso de los días, la normalidad volvió al hogar. Antes de que terminara la semana, Lorena rompió con su novio y en la capilla del colegio le hizo la promesa a la virgen de que esta vez no la defraudaría.

Los meses siguientes fueron para la señora Martina como el sol tras una tormenta de verano. El cambio operado en Lorena fue profundo. Ella era la mayor de sus tres hijas y la más problemática, la causa de sus desvelos. Pero Lorena no solo se había mantenido casta, sino que, ahora, parecía plegarse con sinceridad a las normas de la casa. Las monjas del colegio también lo confirmaban. No tenían ninguna queja. Al contrario. El comportamiento de Lorena había mejorado, al igual que sus notas.

La paz se mantuvo a lo largo de aquel año, hasta una mañana de domingo en que la señora Martina comprendió algo: extrañaba a su hija. A la Lorena que la desobedecía y la retaba, a esa que se escapaba a la medianoche para irse a fumar cigarrillos con los parqueros de la discoteca que quedaba a dos cuadras de la casa. Su esposo estaba de viaje y las gemelas estaban pasando el fin de semana en la finca de una de sus hermanas. En lugar de ir al mercado de las flores y a la misa de las doce, como solían hacer los domingos, la señora Martina despertó a Lorena y le propuso un plan distinto.

–Vamos a la playa.

Lorena, aún adormecida, no entendía.

–¿No te provoca? Tenemos mucho tiempo que no vamos al club.

La familia tenía una acción en el club Piedra Azul, en el Litoral central, a una hora de Caracas, que casi nunca usaban.

–Sí, pero no puedo –dijo Lorena.

–¿Por qué?

–Está por venirme el periodo.

–Qué broma. Bueno, pero vamos un ratico, nos mojamos los pies en el agua y tomamos un poco de sol. ¿Quieres?

Llegaron unos minutos antes de las once y lograron conseguir la última mesa con sombrilla frente al mar. Cuando se acercó el mesonero, su madre la sorprendió pidiendo dos tragos de piña colada.

–¿Vírgenes? –preguntó el mesonero.

–¿Perdón? –respondió la señora Martina.

–Que si quiere las piñas coladas vírgenes. Sin alcohol, pues. Al menos, la de la niña.

La señora Martina soltó una carcajada.

–Con alcohol, por favor. Somos dos mujeres grandes. Además, el sol está divino, ¿no le parece?

El mesonero, un muchacho moreno y de cuerpo atlético, se marchó en dirección a un bar adornado de palmeras donde se preparan las bebidas. Lorena observó cómo su madre lo siguió con la mirada. Nunca la había visto tan distendida.

El mesonero trajo las piñas coladas y las bebieron en silencio.

–¡Lore!

Una muchacha había aterrizado en la arena, frente a su silla, alzando los brazos sin poder contener la alegría.

–¿Maggie? –dijo, cuando la reconoció, aún sin creerlo. Y pegó un brinco y se abrazaron.

–Señora Martina, ¿cómo está? –dijo la jovencita, también abrazándola.

–Bien, mi amor. ¿Y ustedes? ¿Cuándo llegaron? ¿Cómo está tu mamá?

–Llegamos hace una semana. Todos bien. Me quedo en Caracas hasta la semana que viene.

Se volvió hacia Lorena y le dijo:

–Qué bella estás, Loris.

–Tú también –dijo Lorena, y se dieron otro abrazo.

–Vayan a dar una vuelta. Yo me quedo aquí –dijo la señora Martina.

Cuando se marcharon, le hizo una seña al mesonero para que le trajera otra piña colada.

Regresaron hora y media después.

–¿Y eso? –preguntó la señora Martina, señalando el bikini que su hija traía puesto.

–Lo compramos en el puestico que está en la carretera –dijo Lorena–. ¿No es demasiado lindo? Vino con este pareo y todo.