Vera Rubin - Jacqueline Mitton - E-Book

Vera Rubin E-Book

Jacqueline Mitton

0,0

Beschreibung

El retrato de una de las científicas más brillantes del siglo XX, la astrónoma que destapó dos realidades ocultas: la existencia de la materia oscura y la necesidad de igualdad de oportunidades para las mujeres en la ciencia. Vera Rubin fue una científica pionera y genial. Con sus investigaciones, logró convencer a la comunidad científica de la existencia de la materia oscura, considerado un hito científico y uno de los grandes misterios persistentes del universo, que sigue siendo una fecunda línea de investigación a día de hoy. Sus trabajos también fueron precursores en el estudio sobre la rotación de las galaxias espirales. Sin embargo, a pesar de ser una de las astrónomas más influyentes de su época y de lo revolucionario de sus descubrimientos, Vera Rubin no fue galardonada con el Nobel ni recibió en vida el mismo reconocimiento que algunos de sus compañeros. Quizás por ello Vera Rubin defendió el avance de las mujeres en la ciencia de forma implacable. En Vera Rubin. Una vida, Jacqueline y Simon Mitton brindan una descripción detallada y accesible del trabajo de la científica. Esta biografía muestra cómo Rubin aprovechó su inmensa curiosidad, su sagaz inteligencia y las nuevas tecnologías disponibles para transformar nuestra comprensión del cosmos. Pero el impacto de Rubin no se limitó a sus contribuciones al conocimiento científico, también ayudó a transformar la práctica científica, promoviendo la carrera de mujeres investigadoras. No contenta con ser una inspiración, Rubin fue una mentora. Abogó por contratar profesoras femeninas, invitar a científicas a conferencias importantes y galardonar a mujeres con premios en ámbitos que históricamente eran competencia exclusiva de los hombres. Los artículos y la correspondencia de Rubin son un testimonio vívido de su vida y trabajo, donde luchó contra la discriminación de género, formó una familia y se dedicó a la investigación a lo largo de una carrera larga e influyente. La crítica ha dicho... "Esta hermosa y apasionante biografía nos descubre a Vera Rubin, la astrónoma de las galaxias, que destapó dos realidades ocultas: la existencia de la materia oscura y la necesidad de igualdad de oportunidades para las mujeres en la ciencia. ¡Qué mujer extraordinaria, qué maravilloso ejemplo de vida!" ―Marta Macho-Stadler, editora de Mujeres con ciencia. "Los amantes de las estrellas estarán encantados con este vívido relato." ―Publishers Weekly.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 602

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



VERA RUBIN

VERA RUBIN

Una vida

JACQUELINE MITTON SIMON MITTON

Traducción de Marc Cornelis

Vera Rubin

Título original: Vera Rubin. A Life

© Jacqueline Mitton and Simon Mitton, 2021.

This edition is published by arrangement with Harvard University Press through International Editors’ Co.

© de esta edición, Shackleton Books, S. L., 2022

© Traducción: Marc Cornelis (La Letra, S.L.)

@Shackletonbooks

www.shackletonbooks.com

Realización editorial: La Letra, S.L.

Diseño de cubierta: Pau Taverna

Conversión a ebook: Iglú ebooks

ISBN: 978-84-1361-147-1

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.

Índice

Prólogo
Introducción
El encanto de las estrellas
Una aspirante a astrónoma
Cornell y el universo giratorio
Georgetown, Gamow y galaxias
Por fin, astrónoma profesional
La llamada de la cúpula
El placer de descubrir
Aventuras en Andrómeda
Una luz brillante sobre la materia oscura
El universo dinámico
Dando voz a las mujeres
Maravillosa vida
Anexo
Agradecimientos

Este libro está dedicado a la familia de Vera Rubin: sus hijos David, Karl y Allan, su hermana Ruth, sus nietos y bisnietos,

y también en memoria de Bob Rubin (1926-2008) y Judy Young (1952-2014).

Prólogo

Vera Rubin fue una destacada pionera en muchos ámbitos; su último logro ha sido ser la primera mujer que ha dado nombre a un gran observatorio. Tres años y medio después de su muerte, el proyecto del Large Synoptic Survey Telescope Project (Gran Teles­copio para Rastreos o Sondeos Sinópticos), en fase de construcción en Chile, cambió su nombre por el de The Vera C. Rubin Observatory. Es un enorme telescopio que abrirá nuevos caminos, tal como hizo la propia Vera Rubin durante toda su vida.

Una vida larga y extremadamente productiva, la mayor parte de la cual la pasó en Washington D.C., en el Departamento de Magnetismo Terrestre de la Carnegie Institution for Science (Instituto Carnegie para las Ciencias) donde, finalmente, se jubiló a la edad de ochenta y cuatro años. En mi opinión, fue una precursora en dos sentidos: por un lado, detectó la presencia de materia oscura al observar cómo giran las galaxias; y por otro lado, luchó por el reconocimiento y la inclusión de las mujeres en la astronomía.

La materia oscura, a pesar de su invisibilidad, resulta ser un componente fundamental del universo. Desconocíamos su existencia hasta que Vera, y posteriormente también algunos radioastrónomos, nos forzó a aceptar que algo invisible influye en la manera como giran las galaxias, sobre todo en sus regiones exteriores. Las implicaciones que eso conllevaba eran tan extraordinarias que, inicialmente, tuvo problemas para conseguir que se aceptaran sus datos de observación. El minucioso estudio del movimiento de las estrellas en galaxias, seleccionadas con esmero, obligaron a Vera (y a todos nosotros) a reconocer la existencia de la materia oscura. Su trabajo observacional sobre la rotación de las galaxias generó mucho respeto, y sus datos todavía se consideran extraordinarios.

Además de ser una biografía, este libro nos ofrece un relato fidedigno del desarrollo de la astrofísica a lo largo de los últimos setenta años, más en particular, del desarrollo de la astronomía extragaláctica. Contiene un contexto histórico muy útil, donde los autores describen artículos (retrospectivamente) importantes, cuya publicación inicial tuvo muy poco impacto. Pequeños relatos sobre otros astrónomos, que ella conoció o con los que trabajó, añaden contextualización al relato.

Mi recuerdo más vivo de Vera es su amabilidad y su genuino interés por las actividades profesionales de la gente. También recuerdo su tenacidad. Nunca tuvo las cosas fáciles, en gran parte por su condición de mujer, esposa y madre. Siempre estaba haciendo malabarismos con sus compromisos, mientras se aferraba (a veces, con precariedad) a la profesión que había elegido, la astronomía observacional. Y, por supuesto, no puedo olvidar lo que hizo para mejorar la posición de las mujeres en la ciencia.

Era humilde, amable, determinada (cuando era necesario), generosa y estimulante, astuta, reflexiva y persuasiva. Todo eso está maravillosamente reflejado en esta biografía. Al inicio de su carrera, en palabras de la propia Vera, Martin Schwarzschild le mostró «humanidad y amabilidad», y ella hizo lo mismo después, especialmente con otras mujeres astrónomas.

Teniendo en cuenta la generación a la que pertenecía, y siendo madre de cuatro hijos, ya es extraordinario que tuviera una carrera en sí. Su deseo de permanecer intelectualmente activa mientras criaba a sus hijos sin duda asombra. También su marido, Bob, merece mucho crédito. Afortunadamente, trabajaba en un campo (la investigación científica) donde gozaba de cierta flexibilidad y podía (y también, quería) ayudar, tanto con hechos como con palabras. Fue tan pionero como ella.

Jocelyn Bell Burnell

Oxford, junio de 2020

Introducción

El 6 de enero de 2020, la 235.ª Reunión de la American Astronomical Society (Sociedad Astronómica Estadounidense, AAS) celebrada en Honolulu recibió el anuncio oficial que declaraba que el Acta de Designación para el Vera C. Rubin Observatory se había convertido en la Ley del Congreso número 116-97 de Estados Unidos. El acta decretaba que un importante nuevo proyecto, en fase de construcción en Chile «se conocerá y será designado como “Vera C. Rubin Observatory”». Nunca antes un observatorio astronómico nacional había llevado un nombre en homenaje a una mujer. Entonces, ¿por qué Vera Rubin merecía esa notable distinción?

En diciembre de 1950, una joven e inexperta Vera Rubin había asistido a su primera reunión de la AAS, en Haverford, Pensilvania, en la que presentó algunas conclusiones controvertidas de su tesis. La mayor parte del público en aquella ocasión miraba con ojos muy críticos el trabajo de la desconocida joven veinteañera, que ni siquiera había empezado sus estudios doctorales. Sin embargo, sesenta y nueve años más tarde, en la sesión de aquella reunión celebrada en 2020, Rubin recibió el reconocimiento universal como una de las astrónomas más prestigiosas de su generación, cuya vida fue digna de conmemoración y elogios sin precedentes. Después de su muerte, ocurrida el 25 de diciembre de 2016, a los ochenta y ocho años, la División de Astronomía Dinámica (DDA, por sus siglas en inglés) de la AAS no tardó en dar el nombre de Vera Rubin a su premio de inicio de carrera recién creado, una persona extraordinaria que había contribuido a una transformación en la astrofísica y defendido el estatus de las mujeres en la ciencia. La DDA describió su decisión como «particularmente apropiada porque, aparte de ser una científica extraordinaria, también era famosa por su amabilidad hacia los jóvenes científicos y por su manera de animarlos».

La nueva designación de lo que anteriormente se llamó el Large Synoptic Survey Telescope (LSST), confirmado por el presidente de Estados Unidos en una ley, el 20 de diciembre de 2019, era un homenaje aún más impresionante. El Congreso afirmaba que «La Dra. Rubin y sus colaboradores habían utilizado sus observaciones, junto con el trabajo sobre la rotación de estrellas en galaxias espirales por astrónomos que la habían precedido, para proporcionar algunas de las mejores pruebas de la existencia de la materia oscura». Además, «La Dra. Rubin era una defensora a ultranza de la igualdad en el trato y en la representación de las mujeres en la ciencia, y mentora, apoyo y modelo que seguir para muchas mujeres astrónomas durante toda su vida». Con estas declaraciones, el Congreso describió las dos ramas entrelazadas que habían convertido a Vera en «un tesoro nacional», como la llamó Matthew Scott, presidente de la Carnegie Institution for Science (2014-2017), poco después de que Vera falleciera.

Rubin será recordada, principalmente, por sus continuos estudios pioneros de galaxias espirales. Sus fascinantes e inesperados hallazgos ayudaron a convencer a los astrónomos de que la materia oscura es algo real y, además, de que existe en cantidades ingentes. Rubin nunca reclamó haber «descubierto la materia oscura» como concepto, aunque otros, de manera errónea, le han atribuido ese logro. El cosmólogo Fritz Zwicky, por sus escritos de 1933, es reconocido como la primera persona que sugirió la existencia de algo parecido, ya que los astrofísicos de aquella época no sabían explicar cómo las galaxias se movían dentro de sus cúmulos. Sin embargo, en aquel momento, pocos daban credibilidad a Zwicky, y la idea cayó más o menos en el olvido durante casi cuarenta años. A mediados de los años sesenta, Rubin y su compañero Kent Ford decidieron investigar otro tipo de movimiento: cómo las estrellas y las nubes de gas, perteneciendo a una galaxia individual, giraban alrededor del centro de la galaxia. No tenían ninguna intención de buscar la materia oscura, pero, para su sorpresa, Rubin encontró pruebas convincentes de que las galaxias estaban inmersas en enormes halos de dicha materia. De hecho, lo cierto es que existe alrededor de diez veces más de este misterioso elemento invisible que de todas las partículas de materia ordinaria en estrellas y nubes de gas reunidas. Rubin era una observadora meticulosa que procesaba sus datos con la máxima atención para el detalle, y que, al final, se rindió ante la realidad. Incluso los críticos más escépticos no podían negar la credibilidad de los resultados observacionales en las publicaciones de Rubin y Ford, y lo que significaban esos hechos, particularmente respecto a los desarrollos en la astrofísica teórica y en la radioastronomía, que se produjeron más o menos en paralelo.

Sea como fuere, la materia oscura interactúa con la forma ordinaria, habitual, de la materia, a través de la fuerza de gravedad, mientras —por lo menos, de momento— permanece obstinadamente oscura e indetectable por cualquier otro medio. Y, sin embargo, es un componente fundamental del cosmos, central para nuestra manera de entender la naturaleza, el origen y la evolución del universo. Aunque las investigaciones de Rubin tuvieron ramificaciones en otros terrenos, su reputación científica se construyó principalmente sobre su trabajo, relacionado con el debate sobre la materia oscura. Sus meticulosos estudios de la rotación de las galaxias contribuyeron de manera significativa a lo que había sido, hasta entonces, la evidencia observacional más persuasiva para la materia oscura.

Una astrónoma puede, de manera justificada, merecer reconocimiento únicamente por sus «contribuciones significativas en la concienciación de que el universo es más complejo y misterioso de lo que nos imaginábamos», como decía la convocatoria de Rubin para la Medalla Nacional de Ciencia; sin embargo, su impacto en la ciencia, la sociedad y las vidas de muchos individuos se hacía notar a una escala más amplia. Forjó su carrera inicial, enfrentándose a numerosos obstáculos en una época en que ser mujer era una singularidad en la astronomía o, de hecho, en cualquier rama de la ciencia. Ella y su marido, Bob, también investigador científico, educaron a sus cuatro hijos mientras Vera seguía sus estudios de posgrado cerca de casa, antes de afianzarse, inicialmente de manera tentativa, como astrónoma profesional. Su trayectoria era poco convencional, pero Rubin contaba con la habilidad, la motivación y el carácter necesarios para triunfar.

Mientras avanzaba, gracias a su propia ambición para tener éxito como astrónoma, Rubin se sentía cada vez más frustrada por la cantidad de dificultades que se interponían entre las mujeres y una carrera científica satisfactoria, por lo que decidió hacer todo lo posible para salvar esos obstáculos. Ya no estaba dispuesta a quedarse al margen, viendo cómo las mujeres estaban forzadas a aceptar el statu quo que intentaban esquivar de la mejor manera posible. Rubin estaba determinada a jugar su papel en el cambio. La hija de Rubin, Judy, que también se convertiría en astrónoma, recordaba una frase que su madre repetía muy a menudo: «Los hechos hablan más que las palabras». Rubin vivía según esas palabras, no solamente pronunciándolas, sino también presionando de manera proactiva, denunciando lo que ella consideraba lenguaje sexista, proponiendo nombres de mujeres como miembros de comités, asesoras, revisoras y organizadoras de reuniones, y nominando a mujeres para galardones y premios. Todo esto lo hizo con imaginación y buen humor, incluso estando indignada por la necesidad de hacer tantos esfuerzos adicionales.

A pesar de llevar una vida tan ajetreada, Rubin siempre encontraba tiempo para hacer lo que podía para cambiar las cosas allí donde veía injusticia, o simplemente para dar ánimos y apoyo a compañeros más jóvenes o estudiantes, sobre todo a las mujeres. Con su personalidad cálida, su espíritu generoso y su entusiasmo genuino por la astronomía se ganó el agradecimiento y la admiración de los aspirantes a astrónomos que encontró en su camino. Deirdre Hunter, una compañera de toda la vida, describió como excepcional su determinación, su tenacidad y su sentido de la justicia, todas ellas características de gran utilidad en su papel de pionera obstinada, implacable en la promoción de la igualdad de oportunidades y la diversidad en la ciencia. El liderazgo de Rubin en esta causa, un asunto crucial para ella, se conmemoró en 2018 cuando la Universidad de California en Santa Cruz instauró su Cátedra Presidencial Vera Rubin para la Diversidad en la Astronomía.

Mucha gente a la que Rubin influyó durante su vida le rindió homenaje, elogiando tanto sus cualidades personales como sus logros profesionales. Para Alicia Aarnio, por ejemplo, fue un «maravilloso ser humano y una científica brillante». Rebacca Oppenheimer la recuerda como «Una persona encantadora, humilde y motivadora, además de una investigadora tan fantástica como radical». Julia Nicodemus considera a Rubin «una heroína en muchos sentidos —como feminista, como académica brillante, como alguien que parecía haber encontrado un equilibrio entre el trabajo y la vida y una mujer pionera en la ciencia». Y Scott Trager simplemente la declara «única en su especie».

Vera Rubin consiguió un lugar prominente en la historia de la astrofísica a través de sus hallazgos sobre la materia oscura. Como afirmaba Paul Dabbar, el vicesecretario para la ciencia del Departamento de Energía de Estados Unidos: «La vida y los logros particulares de la Dra. Rubin como científica seguirán siendo un modelo para todos los que intentan satisfacer la imparable curiosidad de la humanidad por nuestro universo». Al mismo tiempo, Rubin demostró claramente que el éxito científico de primera categoría es compatible con una vida de familia plena y feliz. A pesar de mostrarse firme y obstinada en su lucha para crear oportunidades para las mujeres en la ciencia, igualitarias a las de los hombres, era una amiga, compañera y mentora comprensiva y afectuosa, dispuesta a dedicar su tiempo a otros sin titubear.

La curiosidad que despertaba el universo en Rubin fue lo que encendió la pasión de su vida. Con apenas once años, se dejó seducir por lo que veía en el cielo nocturno y no tardó en tener claro que quería dedicarse por completo a la astronomía. Estaba cada vez más decidida a perseguir su sueño, por muy difícil o improbable que pudiera parecer alcanzarlo. La trayectoria que va desde una fascinación infantil por las estrellas hasta una carrera estelar narra una historia conmovedora. Historia que empieza una fría noche de diciembre de 1939.

El encanto de las estrellas

Corría el año 1939 en un distrito residencial en la parte norte de Washington D.C. Una noche de diciembre el aire era fresco bajo un cielo despejado y la tierra estaba cubierta por una fina capa de escarcha. Al otro lado del océano Atlántico se estaba produciendo el conflicto armado más importante de la historia. Seis millones de judíos perecerían. Hasta aquel momento, la mayor parte de los estadounidenses desconocía las ambiciones expansionistas y genocidas de los nazis. Todo respiraba paz en la humilde casa adosada de la calle Tuckerman NW, donde las hermanas Cooper estaban creciendo en una familia judía muy unida. Vera Cooper y su hermana mayor, Ruth, compartían uno de los tres dormitorios. Su cama amplia, colocada contra la ventana que daba al norte, ocupaba gran parte del espacio de la pequeña habitación. Hacía solo unas semanas que la familia se había mudado allí, y Ruth, de trece años, había escogido el lado de la cama más alejado de la ventana. Vera, dos años más pequeña, se tuvo que conformar con el lado de la ventana. Y así es como nació su fascinación por las estrellas.1

De naturaleza curiosa y observadora, cada vez que Vera miraba por la ventana descubría un espectáculo celestial cautivador. Aunque la mayor parte de las antiguas farolas de gas del distrito se habían sustituido por modelos eléctricos, su brillo no tenía la fuerza suficiente para deslumbrar las constelaciones más luminosas. En noches despejadas, sin un exceso de luz de la luna, el cielo estaba sembrado de estrellas.

Tras echar un vistazo al cielo en momentos distintos de la noche, con cuidado para no molestar a su hermana, Vera descubrió lo que, para ella, fue un hecho excepcional: las estrellas semueven. Como el planeta Tierra realiza un movimiento de rotación diario, el conjunto de los cielos estrellados parecen girar encima de nuestras cabezas. La ventana apuntaba hacia el centro de rotación de ese movimiento, marcado por Polaris, la Estrella Polar.

Una noche en particular, muy tarde, la tercera estrella más luminosa del cielo norteño, la brillante amarilla Capella, se encontraba muy arriba en su campo de visión. Más abajo y hacia el oeste, la forma distintiva de -W de la constelación Casiopea se encontraba bocabajo. En el este, estaban Cástor y Pólux, las dos estrellas más luminosas de la constelación Gemini, llamados así por los gemelos mitológicos. Aparte de Polaris, siempre era difícil distinguir las estrellas débiles de la Osa Menor, y el Carro de la Osa Mayor aún no se había revelado. Sin embargo, al despertarse más tarde esa misma noche, Vera descubrió que su distintivo patrón de siete estrellas se encontraba suficientemente alto para iluminar el horizonte de la ciudad. Durante las semanas sucesivas, se dedicó a observar cómo la vista estelar, enmarcada por su ventana, en cualquier momento, cambiaba entre una noche y la siguiente. A la misma hora, tres meses después, la Osa Mayor dominaba su panorama de los cielos, justo donde antes había brillado Capella. Más tarde, entendería el porqué. Cada día, nuestra Tierra avanza un poco en su órbita anual alrededor del Sol, por lo tanto, cada noche, veía el telón de fondo de estrellas remotas en el espacio desde un ángulo ligeramente distinto.

Aquella noche, sin embargo, algo inesperado le llamó la atención. Durante unos segundos, fue como si una estrella brillante marcara una línea en el aire desde el este. Asombrada por lo que acababa de ver, siguió mirando, y otra huella luminosa centelleó ante sus ojos. ¡Qué emocionante! Las reconocía como «estrellas fugaces» o meteoros. Eran granos de polvo cósmico que se estrellaban contra la atmósfera de la Tierra a muchos kilómetros por segundo. Calentados hasta la incandescencia, se evaporaban en unos pocos instantes finales de gloria. Vera se preguntaba de dónde venían: ¿provenían de direcciones distribuidas arbitrariamente o estaban, de alguna manera, conectados? Creyó interesante marcar sus trayectorias en un mapa estelar y decidió ponerse manos a la obra. Tendría que memorizar lo que veía durante la noche y hacer un dibujo de sus observaciones a la mañana siguiente. No podía encender la luz porque no quería despertar a su hermana y tampoco a sus padres les gustaría que las luces se encendieran en plena noche. Y no porque vieran con malos ojos su interés por la astronomía y sus actividades nocturnas. Todo lo contrario, entusiasmados, siempre la animaban a continuar con sus iniciativas científicas.

El interés por la ciencia y las matemáticas no era nada fuera de lo común en casa de los Cooper, ya que el padre de Vera, Pete Cooper, era ingeniero eléctrico. Superados unos primeros años difíciles gracias a la ayuda de sus familiares, él y su esposa Rose se centraron en apoyar los intereses y ambiciones de sus hijas, fueran estos cuales fuesen.

Pete había nacido en 1897, en el seno de una familia judía en la provincia de Vilna, Lituania, en aquel momento bajo el control del Imperio ruso. De niño, se llamaba Pesach Kobchefski. La suerte de las comunidades judías había tenido altibajos durante varios siglos, sin embargo, la mayor parte del tiempo, se veían ferozmente reprimidos y sus actividades duramente restringidas. Cuando Pesach llegó a este mundo, los sentimientos antijudíos estaban en un punto álgido. Solo el diez por ciento de las plazas escolares estaban abiertas para hijos de judíos, a pesar de que estos representaran el cuarenta por ciento de la población de la ciudad de Vilna.2 Como consecuencia, la educación inicial de Pesach se limitó a lo que podía aprender en la escuela hebrea, donde estudiaba la escritura hebrea y los cinco libros de Moisés de la Torá.3

Los abuelos de Vera criaban al joven Pesach y a sus hermanos en un modesto pero agradable apartamento que contaba con una enorme estufa. El señor Kobchefski había transfor­mado la habitación más grande en un taller, donde fabricaba guantes de piel. A principios del siglo XX, la desintegración del Imperio ruso dificultaba los negocios. Más de una vez descubrió que había cambiado sus guantes por cheques sin fondos que el banco le devolvía. Al final, ya no pudo permitirse comprar la piel para seguir produciendo.4

En 1903 surgió una ola de protestas antijudías en el sur de Rusia. Uno de los peores incidentes se produjo en Besarabia (la Moldavia actual). Al grito de «Muerte a los judíos», las turbas abatieron a 48 víctimas, y provocaron cientos de heridos, en medio de indescriptibles escenas de horror.5 Pero lo peor aún estaba por llegar. Con la Revolución rusa, que empezó en enero de 1905 y provocó protestas y huelgas masivas, la vida se volvió insoportable. El señor Kobchefski se negaba a que su familia tuviera que seguir soportando una vida marcada por el miedo, la desesperación y la humillación, y se planteó una alternativa: emigrar. Miles de judíos lituanos ya se habían marchado. Pero ¿adónde podían ir los Kobchefski? Para alguien como él, el destino que parecía tener más sentido era Gloversville [ciudad de guanteros], en Estados Unidos. Su cuñado ya había dado el difícil paso de abandonar su país natal y trasladarse a aquella ciudad próspera situada al norte del estado de Nueva York, donde le esperaba la perspectiva de refugio, libertad y una nueva vida. Gracias sobre todo a la habilidad y el esmero de los inmigrantes judíos, Gloversville se había convertido en poco tiempo en el centro de la industria guantera de Estados Unidos.6

Oficialmente, las autoridades rusas prohibían la emigración. En la práctica, sin embargo, organizar una salida del país no era muy difícil ni peligroso. Una red clandestina de agentes gestionaba una operación bastante eficiente, apoyada e impulsada por la población local y funcionarios de frontera corruptos. Estos agentes servían como enlace con las compañías de buques de vapor y organizaban los largos viajes de tren hasta los puertos de Alemania, Países Bajos y Bélgica.7

En 1905, el abuelo de Vera se unió a un movimiento de migración masiva con destino a Gloversville y cruzó en solitario el Atlántico. Prometió a su mujer que, en cuanto ganara el dinero suficiente para pagarles el viaje y encontrara un lugar donde pudieran vivir todos, enviaría a alguien para buscarlos a ella y a sus hijos. Tardó poco más de un año en lograr reunir las condiciones para acogerlos. Él había comprado el billete más barato posible, pero, a su familia, quería ahorrarles tener que aguantar las terribles condiciones del viaje en la clase más baja. Por eso, adquirió unos billetes de segunda clase que le proporcionó un agente en Gloversvile. Este los vendía a crédito, permitiendo que sus clientes pagaran a plazos. Así, la señora Kobchefski cerró por última vez la puerta de su apartamento en Vilna y embarcó, junto a Pesach y sus otros tres hijos, en un viaje de 8.000 kilómetros para reunirse con su marido y su hermano.8

La primera fase del viaje de Pesach hacia su nueva vida tuvo lugar a bordo de un tren de vapor, que gruñía mientras se abría camino poco a poco a través de Polonia y Alemania. Al fin, la familia llegó al puerto de Amberes en Bélgica, donde embarcaron en el vapor Kroonland,9 que cubría el trayecto transatlántico entre Nueva York y Amberes para la Red Star Line. Era un buque relativamente nuevo, construido en Filadelfia y botado en 1902. En aquel momento, era uno de los transatlánticos más grandes jamás construidos en Estados Unidos. Durante ocho o nueve días, la familia estuvo apretada en un pequeño camarote. A la hora de las comidas, se sentaban en una de las largas mesas del comedor de segunda clase, decorada con tapices y muebles de caoba.10 A su llegada a Nueva York, los pasajeros con billetes de tercera clase tenían que pasar por el famoso centro de inmigración federal en la isla Ellis, donde les esperaba una inspección exhaustiva. Como los Kobchefski tenían billetes de segunda clase, pudieron esquivar ese calvario.11 Pasaron la noche en el buque y, a la mañana siguiente, el hermano de la señora Kobchefski los recogió para acompañarlos hasta Gloversville.12

Con ocho años, Pesach descubrió su nuevo hogar, un apartamento en la segunda planta, con lujos como lámparas de gas, una bañera y estufas en la cocina y el salón. El colegio estaba a unas pocas manzanas. Como no sabía hablar inglés, primero lo llevaron a la guardería. Sin embargo, tres años más tarde, ya había recuperado el ritmo de los niños de su edad. Igual que otros miles de inmigrantes, los abuelos de Vera cambiaron de apellido por miedo a ser estigmatizados. Pesach oficialmente se convirtió en Philip Cooper, aunque su familia y amigos siempre lo llamaban «Pete».

En 1915, los padres de Pete se mudaron a Filadelfia para abrir una tienda de artículos de cuero. En aquel momento, solo le faltaba un año de instituto, por lo que se quedó y se alojó en casa de unos amigos. Al graduarse como uno de los dos mejores alumnos del curso, recibió un premio de dos monedas «quarter eagle» (valor nominal 2,50 dólares). Mucho más tarde, se las regaló a Vera y Ruth como reliquias familiares.13

El niño que se convertiría en el padre de Vera Rubin mostró una verdadera aptitud para las matemáticas y las ciencias en el colegio. Más tarde, fomentaría en Vera el mismo placer de trabajar con números y acertijos matemáticos, retándolas a ella y a Ruth con juegos de números que solía inventar para aliviar la monotonía de los largos viajes en coche. Ganó una beca para la Union College en Nueva York, pero desgraciadamente no cubría sus gastos de manutención, así que optó por matricularse en la Universidad de Pensilvania, lo que le permitía seguir viviendo en la casa familiar.14 Pete consiguió su título de ingeniero eléctrico en 1920. Por mucho que le atrajera seguir en la universidad, su sentido del deber le decía que tenía que buscar un trabajo para ayudar a su familia. Las mayores empresas industriales enviaban ejecutivos a la escuela, que competían para reclutar a los nuevos titulados en Ingeniería Eléctrica. La Bell Telephone Company contrató a Pete con una oferta de 1.200 dólares anuales para trabajar en su sede de Filadelfia.15

A mediados de junio de 1920, Pete se presentó a trabajar en el edificio donde estaban las oficinas. Apenas un día más tarde, tuvo un encuentro fortuito con una joven que ya conocía, Rose Applebaum. No hacía mucho que alguien les había presentado en una fiesta y ahora, casualmente, estaban trabajando en la misma empresa. Cuatro años más tarde, Rose se convertiría en la esposa de Pete.16 Rose también era hija de inmigrantes judíos; sus padres habían huido a Estados Unidos para escapar de la persecución del Imperio ruso. A la edad de dieciséis años, la madre de Rose (abuela materna de Vera) había viajado sola desde Besarabia para reunirse con amigos y familiares en Filadelfia. En sus últimos años, esta extraordinaria anciana aún hipnotizaba a sus nietos con el relato de su viaje. Viajando en la categoría inferior de un barco, casi murió de hambre por no querer comer nada sin estar convencida de que fuera kosher. Solo se salvó gracias a la generosidad de un oficial que le llevaba fruta. En Filadelfia, conoció a un sastre de la misma región del Imperio ruso que ella y se casó con él. Rose, segunda de cuatro hijos, nació en 1900.

Rose había estudiado en la South Philadelphia High School for Girls antes de empezar a trabajar en las oficinas de la Bell Telephone Company. Su trabajo consistía en calcular el coste de la instalación de líneas telefónicas, teniendo en cuenta la longitud del trayecto. Igual que la mayor parte de las mujeres jóvenes de aquella época, no se esperaba que fuera más que una manera de ocupar su tiempo, antes de encontrar marido.

Pete y Rose empezaron a verse con regularidad pero procurando ser discretos, especialmente en el trabajo. Bell Telephone se oponía con firmeza a cualquier relación sentimental entre empleados que trabajaran en la misma oficina. Además, la madre de Pete le insistía en que no se tomara las cosas demasiado en serio antes de que su hermana mayor encontrara una pareja adecuada, para evitar dejar en evidencia a la familia y el riesgo de comprometer sus opciones. Convenciones sociales como esas eran muy importantes para la madre de Pete, así que él y Rose mantuvieron en secreto su romance floreciente —concretamente, hasta julio de 1923, cuando se celebró el pícnic de la oficina—.17

El pícnic se organizó en una granja, a unos 15 kilómetros al norte de Filadelfia. En la oficina corrían los rumores acerca de quién vendría acompañado de quién. Pete se negaba a desvelar nada al respecto. Quería hacer las cosas con estilo y tenía una sorpresa preparada. Llegó, entre júbilos y aplausos, conduciendo el magnífico Studebaker de siete plazas que sus padres acababan de comprar. Rose estaba sentada a su lado, reluciente con una enorme pamela de paja. El secreto había salido a la luz. El incómodo problema del estado civil de la hermana de Pete se resolvió en enero de 1924, cuando esta contrajo matrimonio. Con ese obstáculo eliminado, Pete y Rose se casaron en marzo, solo unos meses más tarde, y Rose dejó de trabajar.18

Mientras esperaban que la casa que habían comprado en Chestnut Hill, en la parte noreste de Filadelfia, estuviera reformada a su gusto, los recién casados se alojaron en casa de la madre de Rose. En el verano de 1924 se mudaron a su nueva casa y organizaron una fiesta para celebrarlo con sus amigos de Bell Telephone. Uno de los regalos que recibieron fue un reloj de péndulo. Sesenta y cinco años más tarde, cuando Pete tenía noventa y dos, Vera le confesó a su padre que, de pequeña, había abierto en secreto la parte frontal del reloj para empujar las manecillas y adelantar la hora correcta, porque tenía miedo de llegar tarde a la guardería.19

Durante unos cinco años, Pete y Rose disfrutaron de una vida cómoda en la frondosa zona residencial donde habían instalado su hogar. Recibían muchas visitas de sus amigos y formaron su propia familia. Ruth nació en 1926 y Vera en 1928. Pero, en aquella época, Pete empezó a sentirse descontento y desmotivado con su trabajo y decidió dejar Bell Telephone y montar un pequeño negocio de suministros para lavanderías con su cuñado, Philip. No podía haber escogido peor momento para poner en marcha un negocio. En 1929, el crac de la bolsa de Wall Street fue el inicio de la catastrófica depresión económica global de los años treinta. Prácticamente todo el mundo, incluida la familia de Vera, sufrió los efectos. En 1933, el nivel de desempleo en Estados Unidos había subido hasta el veinte por ciento en general, y más del treinta por ciento si se excluían los trabajadores agrícolas. Mucha gente sobrevivía con trabajos a tiempo parcial mal pagados.20 Pete luchaba para llegar a fin de mes, pero su negocio empezó a fallar, y lo poco que ganaba no era suficiente para seguir pagando la hipoteca de la casa.

Llegó el día fatídico en que los padres de Vera tuvieron que reconocer que, dada la terrible situación económica que vivían, no tenían otra opción que abandonar su hogar. Durante un tiempo vivieron en casa del hermano de Rose, Philip, y de su mujer. Después de la muerte de su padre en 1934, Pete convenció a una Rose reticente para trasladarse toda la familia a casa de su madre. Como era de esperar, la relación entre suegra y nuera fue complicada. Había espacio físico de sobra, pero faltaba libertad para que Ruth y Vera pudiesen comportarse como niñas normales. Rose no podía evitar la sensación de que estaban molestando a su suegra. Para empeorar aún más la situación, el negocio de suministros para lavanderías colapsó por completo. Rose echó una mano en la tienda familiar de artículos de cuero, mientras Pete buscaba trabajo —cualquier cosa para ganar un poco de dinero—. Fue la época más infeliz de su vida matrimonial. Sin embargo, de alguna manera, consiguieron arrimar el hombro para proteger a Ruth y a Vera de la cruda realidad que estaban viviendo ellos mismos y el país entero.

Respecto a Vera, no hubo nada realmente destacable en su vida familiar durante la primera infancia. Se crio, tal como lo describió, «en medio de una diversidad alegre de abuelos, tías, tíos y primos». Desde su perspectiva, la vida en la casa Cooper fue agradablemente armoniosa —y musical—. Muy a menudo, la voz excepcional de Rose llenaba el hogar con sus canciones. Pete le había regalado un piano colín con ocasión de su compromiso y, al alcanzar la edad adecuada, tanto Ruth como Vera empezaron a cursar clases de piano.21 A veces tocaban juntas, otras, sin embargo, también se peleaban, igual que todas las hermanas. Su padre, que tenía tiempo de sobra cuando no trabajaba, les construyó una elegante casa de muñecas al estilo de una mansión colonial, con muebles hechos a mano, luces eléctricas y una radio que funcionaba. Aquella casa procuró muchas horas de diversión a las dos niñas.22

A diferencia de su vida familiar, la primera experiencia escolar de Vera no fue muy agradable. A veces, llegó incluso a ser traumática. Ninguno de los pocos recuerdos de Vera respecto a esos primeros años en el colegio fue muy feliz. La disciplina era muy estricta, y Vera odiaba las aulas viejas con sus pupitres incómodos, rígidos y fijados en el suelo. Al ser zurda, tenía problemas para trazar una letra suficientemente limpia para satisfacer a sus exigentes profesores. En tercero, un «horrible, horrible» profesor insistió en que escribiera con la mano derecha. En otra ocasión, el mismo profesor les asignó la tarea de recortar un artículo de un periódico de Filadelfia y traerlo al día siguiente. Pero la familia Cooper solía leer otro diario, y los padres de Vera se negaron a hacer una compra específica para satisfacer esa exigencia. Vera se puso mala de preocupación por culpa del miedo que le inspiraba dicho profesor.

Cuando Vera alcanzó la edad de seis años, en 1934, la economía estadounidense había empezado a recuperarse, con mejores perspectivas de trabajo. Franklin D. Roosevelt, el gobernador demócrata de Nueva York, llegó al poder con una victoria aplastante en las elecciones presidenciales de noviembre de 1932, prometiendo a los estadounidenses un new deal (nuevo trato). Derrotó al candidato republicano, el presidente Herbert Hoover, con un porcentaje récord del cincuenta y siete por ciento del voto popular, ganando en 42 de los 48 estados. Volvió a salir elegido en 1936. El 6 de mayo de 1935, Roosevelt emitió un decreto, lanzando la Works Progress Administration (Administración de Progreso de Obras, WPA). Su objetivo era la creación de empleo para la población activa a través de pequeños y grandes proyectos públicos de infraestructura. Finalmente, la WPA proporcionó trabajo para unos tres millones y medio de trabajadores. Muchos empleos se crearon en el servicio público, y miles de millones de dólares se invirtieron en programas como la construcción de nuevas carreteras, puentes, colegios y hospitales.

Gracias a esta iniciativa, el padre de Vera encontró una ocupación. Inicialmente, trabajaba en el Philadelphia Hospital for Mental Diseases (Hospital para Enfermedades Mentales de Filadelfia), también llamado Asilo de Byberry, una institución famosa por sus pésimas condiciones y abuso de los pacientes.23 Cuando el asilo se quedó sin dinero en efectivo para pagar las nóminas, Pete encontró trabajo como ingeniero eléctrico civil en el astillero naval. Pero, también ahí, la liquidez no tardó en agotarse y, a falta de algo mejor, se estrenó como vendedor de seguros.24 Cuando los amigos y familiares de Pete ya habían contratado todas las pólizas de seguro que podían necesitar, encontrar nuevos clientes se convirtió en un problema. Entonces, la suerte de Pete cambió: mientras caminaba por la calle, un día primaveral de 1938, se cruzó con un amigo que trabajaba para una empresa de ingeniería civil. Dicha empresa necesitaba a alguien que pudiera incorporarse enseguida, le dijo su amigo, para un contrato de construcción en el Selinsgrove State Colony for Epileptics (Colonia Estatal para Epilépticos de Selinsgrove), en la Pensilvania central. Rose estuvo de acuerdo en que Pete aceptara el trabajo, a pesar de estar a 250 kilómetros de Filadelfia. Sin embargo, también acordaron que un cambio de colegio a mitad del curso no sería bueno para Ruth y Vera, así que decidieron que Pete se alojaría en Selinsgrove durante la semana y viajaría a Filadelfia cada fin de semana25 con el Studebaker de segunda mano que se compró por 75 dólares.

En aquella época, muchos cupés y deportivos tenían un transportín plegable, instalado en el maletero, lo que permitía que un adulto o dos niños viajaran cómodamente al aire libre. Desde el punto de vista de Vera, un transportín era muy divertido, y se disgustó bastante al ver que el coche de su padre no tenía uno. Pete, un padre siempre indulgente, transformó el coche para que coincidiera con los deseos de su hija. Cambió las bisagras del maletero y rastreó un desguace entero de coches, en busca de un asiento que pudiera caber dentro. A Vera le encantaba la sensación, como si estuviera flotando por el aire fresco: entusiasmada, apuntaba los kilómetros que ella y sus amigos recorrían en el transportín improvisado.26

Al final del semestre escolar, la familia al completo se mudó a una casa amueblada en Selinsgrove que Pete le había alquilado a un profesor que pasaba una temporada fuera en Chicago. Fue un verano agradable y memorable. Cultivaban verduras frescas en abundancia en el enorme jardín. Tenían un perro, un gato y dos conejos como mascotas. Los fines de semana, cuando recibían la visita de sus amigos, la casa resonaba con risas y conversaciones. Rose solía preparar una buena pieza de carne para la celebración casera: los viernes, Ruth y Vera se encargaban de recoger el pedido que Rose había hecho en una carnicería kósher. Envasado con hielo seco, la carne hacía el trayecto de 80 kilómetros entre la carnicería y Selinsgrove en autobús público. En la parada de autobuses, las chicas Cooper pagaban al conductor y se subían al vehículo para transportar la carne original a casa en un cochecito de muñecas.27

Vera se crio con muy pocos libros a su alrededor, aparte de los del colegio. En la casa que su familia había compartido con su abuela desde que tenía cinco años, no había libros para niños, de manera que encontrar una enciclopedia de varios volúmenes para niños en el ático de la casa de Selinsgrove fue, para las chicas, como descubrir un tesoro inimaginable. Muy probablemente, era una de las múltiples ediciones de The Book of Knowledge (El Libro del Conocimiento), publicado por primera vez en Inglaterra en 1910 con el título The Children´s Encyclopaedia (La Enciclopedia de los Niños), editado por Arthur Mee. Esos volúmenes representaban una mina de oro, llena de información y divertimento para una niña que no paraba de hacer preguntas sobre el mundo que la rodeaba y que disfrutaba fabricando cosas.

Al final del verano, confrontada con la perspectiva poco atractiva de volver al hogar de su suegra en Filadelfia, Rose se puso firme. No quería volver. Pete sabía que todavía se podían quedar en Selinsgrove durante un tiempo, pero no tardaría en tener que buscar otro empleo. Se presentó para el Servicio Civil, que estaba en fase de expansión rápida, y en otoño le ofrecieron un cargo en Washington D.C.

El momento era perfecto. Pete acababa de recibir una visita desagradable en el trabajo de un representante sindical. Desconocía que el sindicato estaba al mando de la contratación de trabajadores en la empresa de construcción. No obstante, de alguna manera, Pete había sido contratado sin pasar por el proceso habitual. Ignoraba los mecanismos del sistema, que forzaba a los trabajadores a pagar mordidas a la corrupta máquina política de Pensilvania, solo por el privilegio de tener un trabajo. Le presentaron una factura por los importes que aseguraban que les debía desde que había empezado a trabajar en la empresa, con un ultimátum: pagar en un plazo de diez días o perder su empleo.28

Pete, indignado después de la visita del representante del sindicato, se volvió a disgustar más tarde el mismo día, cuando recibió unos telegramas. Siempre vinculaba la entrega de telegramas con el trabajo, y no estaba de humor para ocuparse de ellos en aquel momento. Pero, de repente, se dio cuenta de que uno no estaba dirigido al «ingeniero jefe» como siempre, sino a nombre del señor Philip Cooper. De hecho, ambos telegramas eran ofertas de empleo desde Washington. ¡Qué suerte! Ya tenía su respuesta preparada para el sindicalista: dejaría el trabajo antes de que lo despidieran. Pete decidió aceptar un puesto en el que debía encargarse de diseñar la obra eléctrica para un laboratorio en fase de construcción en las afueras de Washington para el Departamento de Agricultura.

A principios de septiembre, la familia cargó sus pertenencias de la casa de verano en el viejo Studebaker con su transportín y puso rumbo a Filadelfia para preparar la gran mudanza a Washington. Lo que no cabía dentro del coche se ataba fuera. El plan de Pete era que Rose y las niñas se quedaran con la madre de Rose hasta que encontrara un lugar adecuado en Washington donde la familia pudiera vivir. Mientras tanto, el propio Pete se alojaría en una pensión judía en la Calle 14. Suplicó a Rose para que se quedara en Filadelfia porque, en el fondo, estaba preocupado al saber que tenía que superar un último obstáculo, antes de considerar el trabajo realmente suyo. Con su tensión sanguínea, ¿sería capaz de pasar la revisión médica? ¿Cómo podría cuidar de una familia sin trabajo? Pero Rose se mostró infle­xible. Iría a Washington. Llegó unos días después que su marido y empezaron a recorrer las calles juntos, en busca de una vivienda. Sin embargo, lo poco que había en alquiler estaba casi siempre por encima de sus posibilidades. El padre de Vera era uno de los miles de estadounidenses que se trasladaban a Washington para ocupar puestos de trabajo recién creados por el gobierno. La población del distrito estaba creciendo drásticamente, las escuelas estaban abarrotadas y las calles congestionadas por el tráfico.29

Una noche, alrededor de las diez, cuando regresaban a la pensión, abatidos, pasaron por delante de un edificio de apartamentos en la calle Fuller, cerca de la embajada polaca. Había un letrero fuera que decía: «Llamar a la puerta del gestor». Y es lo que hicieron, disculpándose por la visita tardía y explicando su situación. Les enseñaron un apartamento en la primera planta. Tenía un salón, un comedor, una cocina y un cuarto de baño. A pesar de tener solo un dormitorio, contaba con un porche cerrado que podía servir de habitación para las niñas. Cerraron el acuerdo al momento.30 Rose volvió a Filadelfia para preparar la mudanza. Una semana más tarde, llamó para decir que llegaría al día siguiente con las niñas. Pete todavía intentó frenarla un poco, pero sin éxito. Cuando llegó al apartamento al día siguiente por la tarde, ya estaban allí Rose, Ruth y Vera, así como sus muebles. Afortunadamente, Pete pasó la revisión médica. Él y Rose ya no abandonaron Washington hasta que se jubilaron y se trasladaron a Florida en 1970.31

Los Cooper se quedaron en el pequeño apartamento durante un año. Vera, inscrita en el quinto año de la H. D. Cooke Elementary School del distrito escolar Adams Morgan, no podía creer el contraste en estilo educativo entre el establecimiento estricto que había dejado atrás en Filadelfia y su nuevo colegio. Para empezar, las mesas y las sillas no estaban atornilladas al suelo. Los niños podían reorganizarlas para adaptarlas a las diferentes actividades. Vera descubrió que la escuela podía ser divertida, y le encantaba —sobre todo, recortar y pegar, y hacer manualidades—. Sin embargo, había algo que impactaba enormemente a las hermanas Cooper. A diferencia de los filadelfianos —que vivían en la cuna de la Independencia y la Ilustración estadounidense—, los washingtonianos creían en la segregación racial. En Filadelfia, las niñas tenían compañeras de clase de todos los colores, pero aquí, por primera vez, encontraban escuelas separadas y asientos distintos en el transporte público.32

A pesar de todos los esfuerzos necesarios para adaptarse a la vida en Washington, Pete estaba contento con su trabajo. Se habían adjudicado obras eléctricas por un valor de tres millones de dólares para el laboratorio, y Pete se vio promocionado enseguida para dirigir el equipo técnico. Por fin, él y Rose tenían una sensación de mayor prosperidad y seguridad. En 1939, la familia se mudó a la casa de la calle Tuckerman, donde Ruth y Vera tenían un dormitorio de verdad para dormir, y otra habitación que podían utilizar como sala de juegos. Y cuando Pete ya no pudo reparar el viejo automóvil, lo cambió por un sedán Pierce-Arrow de seis plazas, un coche de lujo muy apreciado por las estrellas de Hollywood y los magnates. Pete había encontrado uno de segunda mano que tenía seis años y muchos kilómetros en el contador, pero que todavía estaba en buenas condiciones. El oficial de la Marina propietario del auto había puesto un precio bajo para asegurarse una venta rápida, y Pete estaba encantado de satisfacerlo.33

La sensación de bienestar de la que disfrutaba la familia Cooper, desgraciadamente, no duró demasiado. A principios de 1941, el país se vio asaltado por un pesimismo general ante la inevitabilidad de la implicación de Estados Unidos en la guerra en Europa. Los preparativos para la guerra tenían prioridad, por encima de los laboratorios agrícolas, y las obras de construcción quedaron suspendidas. El Cuerpo de Transmisiones del Ejército de Estados Unidos solicitó y consiguió la transferencia de Pete debido a su experiencia trabajando para Bell Telephone. El 7 de diciembre de 1941, el ataque japonés a Pearl Harbor provocó la declaración de guerra de Estados Unidos contra Japón, Alemania e Italia. Pete permaneció con el Cuerpo de Transmisiones hasta el final de la guerra, en 1945.34

Durante la misma época, Vera cambió la escuela primaria por la Paul Junior High School. Por aquel entonces, ya había descubierto las estrellas y sentía una atracción tremenda por ellas, era como si la estuvieran llamando. Como recordaba más tarde, no había «nada más interesante en la vida que observar las estrellas cada noche».35 La idea de convertirse en astrónoma —y estudiarlas durante el resto de su vida— empezó a tomar forma en su cabeza. Tenía que aprender todo lo posible sobre las estrellas. Cautivada por el tema, Vera se volcó en los libros de astronomía de la biblioteca pública para saciar su curiosidad. De manera ingenua, se imaginaba que, con solo leer los libros suficientes, acabaría «entendiéndolo todo».36

Los libros, pensados simplemente para plasmar en un mapa el cielo nocturno y ayudar a los lectores a identificar las constelaciones, no tenían mucho interés para Vera, porque no le contaban nada sobre las propias estrellas. Sin embargo, la experiencia visual de observar el cielo nocturno real era muy distinta. Dos fenómenos extraordinarios, que se produjeron entre 1940 y 1941, cuando tenía doce y trece años, dejaron una impresión duradera en Vera.37

La primera fue un alineamiento excepcional de Júpiter y Saturno, los dos lo bastante luminosos para ser observados a simple vista. En tres ocasiones diferentes, entre agosto de 1940 y febrero de 1941, los dos planetas se acercaban el uno al otro, antes de volver a separarse, como una pareja en un baile lento y majestuoso. Una serie de acercamientos como ese entre Júpiter y Saturno se produce, de media, solo una vez cada ciento veinte años, porque la Tierra, Júpiter y Saturno tienen que alinearse en el mismo lado del Sol de una manera específica. En aquel momento, Vera no era consciente de que estaba asistiendo a un evento excepcional que, de hecho, no había ocurrido desde 1683 (después de fallar por muy poco en el año 1821). El 8 de agosto y el 11 de octubre de 1940, y el 16 de febrero de 1941, los dos planetas estaban separados por una distancia alrededor de dos veces el diámetro de la Luna. Vera tendría la oportunidad de ver otra secuencia parecida entre 1980 y 1981; la siguiente no se producirá hasta el año 2223.3839

El segundo acontecimiento que quedó grabado en los recuerdos de Vera se produjo la noche de 18-19 de septiembre de 1941, cuando una de las tormentas geomagnéticas más intensas jamás registradas azotó el planeta y produjo una disrupción masiva del campo magnético terrestre. Un grupo excepcional de manchas solares, suficientemente grandes para ser observadas a simple vista, se había desarrollado, y la rotación del Sol las había situado en el centro de la cara solar, visible desde la Tierra, cuando la región estalló y lanzó una ráfaga de partículas con carga eléctrica hacia nuestro planeta. Cuando la nube llegó, unas veinte horas más tarde, la tremenda perturbación del campo magnético terrestre, normalmente bastante estable, tuvo consecuencias dramáticas. Auroras brillantes iluminaron el cielo, hasta en zonas tan sureñas como Florida. Era una noche despejada, sin luna, y Washington disfrutó con un fantástico espectáculo de rayos y cortinas ondulantes con tonos de rosa, verde y lavanda. Pete y Rose llevaron a sus hijas para ver el espectáculo desde Hains Point en el parque East Potomac, que dominaba la confluencia de los ríos Potomac y Anacostia al suroeste de Washington. Los transformadores gruñían y vibraban bajo las incontrolables sobrecargas que experimentaba la red eléctrica. En el mundo entero se produjeron radiointerferencias y apagones. Estados Unidos aún no estaba en guerra, pero en Europa y en alta mar los bandos enfrentados aprovecharon un cielo nocturno que estaba iluminado como si fuera de día. En ausencia de la manta de la oscuridad, los nazis torpedearon un convoy de los aliados en el Atlántico Norte y bombardearon Leningrado. Mientras tanto, los británicos tampoco perdieron tiempo y soltaron sus bombas sobre una base de suministro alemana en el mar Báltico.40

Observar esas maravillas celestiales no hacía más que alimentar el deseo de Vera de convertirse en astrónoma, pero su interés estaba en las estrellas y en las galaxias a las que estas pertenecían. En los años treinta, los astrónomos ya habían entendido la escala gigantesca y la extensión del universo, más allá de nuestra galaxia. La Vía Láctea, descubrieron, es un disco de estrellas que gira, no alrededor del Sol, sino alrededor de un punto central, situado en la dirección de la constelación de Sagitario. Nebulosas espirales, como la gran nebulosa de Andrómeda, no son luminosas nubes de gas dentro de la Vía Láctea, tal como se solía pensar anteriormente, sino galaxias separadas a distancias inimaginables de la Vía Láctea. Aún más difícil de entender era el concepto de la expansión de nuestro universo. Mientras se expande el propio tejido del espacio y tiempo, los cúmulos galácticos se alejan entre ellos a velocidades increíbles. El marco hipotético de la nueva teoría de Albert Einstein sobre la gravedad (1915) encajaba de manera convincente en las observaciones pioneras de astrónomos como Vesto Slipher, Milton Humason y Edwin Hubble, lo que confirmaba que el universo se estaba expandiendo. El estudio del universo en su conjunto a gran escala, lo que ahora llamamos cosmología, se estaba desarrollando como una rama novedosa y fascinante de la astronomía. Y era necesario explicarlo todo en un lenguaje común para el gran público: para gente como Vera.

El físico británico sir James Jeans era uno de los autores que satisfacía con más éxito la demanda de descripciones sencillas de los últimos desarrollos en la astronomía. Después de una brillante carrera académica, la mayor parte de ella en la Universidad de Cambridge, se jubiló en 1929 a la edad de cincuenta y un años, y empezó a escribir libros de divulgación. Vera los tomó prestados de la biblioteca —volúmenes con títulos como El universo que nos rodea, a través del espacio y del tiempo y Las es­trellas en sus cursos—. Había leído la explicación de Jeans: «Si conocemos las velocidades a las que se mueven las estrellas alrededor del centro [de una galaxia], podemos pesar el sistema estelar, igual que podemos pesar el Sol, sabiendo cómo se mueven los planetas alrededor de él».41 La propia Vera no pudo imaginarse que, unos treinta años más tarde, ella misma estaría pesando galaxias de esa manera, con resultados asombrosos.

Sir Arthur Eddington fue otro gran astrofísico y matemático británico con el don de la redacción divulgativa. Él también estaba en la lista de lectura de Vera. En su libro corto de 1933 La expansión del universo, abordó conceptos difíciles de visualizar, como la curvatura del espacio. Ideas estimulantes como esta eran las que realmente intrigaban a Vera.4243

Con casi total seguridad, podemos decir que el libro de Edwin Hubble de 1936, El reino de las nebulosas, también debió de impresionar a Vera.44 Estaba basado en una serie de conferencias públicas que había dado en la Yale University en 1935 y resumía tres obras de investigación de referencia que él mismo publicó entre 1925 y 1929. Hubble demostró, por encima de cualquier duda, que las distancias recién medidas de dos nebulosas espirales prominentes las situaban mucho más allá de los confines de la Vía Láctea. Además, desarrolló un sistema para clasificar las galaxias en función de su forma, y estableció que las velocidades de galaxias en recesión son directamente proporcionales a su distancia. Para lograr esos avances, Hubble había utilizado el telescopio más grande del mundo en aquel momento, el reflector de 100 pulgadas del Mount Wilson Observatory en California.

Además de leer, había otras actividades que alimentaban la ambición de Vera para «entenderlo todo». Cuando tenía catorce o quince años, quería asistir a las reuniones mensuales de un club de astrónomos aficionados en Washington. A su padre, pensando en su hija adolescente, le preocupaba que hiciera el trayecto nocturno sola. Sin embargo, tampoco quería desanimarla, por lo que decidió acompañarla a esas asambleas. Para Vera fueron veladas memorables: por primera vez en su vida, se encontró cara a cara con astrónomos famosos. Harlow Shapley y Donald Menzel eran dos nombres que recordaría más tarde, gente que llegaría a considerar compañeros. Shapley, un personaje distinguido y quincuagenario ya avanzado cuando Vera asistió a su conferencia, era el director del Harvard College Observatory. En 1919, había deducido correctamente que la Vía Láctea era mucho más grande de lo que se había considerado hasta entonces, y que su centro estaba a miles de años luz del Sol, basado en su meticuloso programa observacional para situar en el espacio las posiciones de numerosos cúmulos estelares globulares en nuestra galaxia. Menzel, más joven y también de Harvard, utilizaba sus conocimientos en matemáticas y física como teniente comandante de la Marina cuando Vera asistió a su conferencia. Trabajaba en el Servicio de Inteligencia durante la Segunda Guerra Mundial, y acabó sucediendo a Shapley como director del Harvard College Observatory en 1952. Entre profesionales, Menzel era famoso por sus estudios del Sol y de las nebulosas de gas, y también como comunicador apasionado y escritor popular.

Cuando tenía unos quince años, Vera decidió fabricar su propio telescopio. Más tarde, retrospectivamente, comentaba que era «realmente un fracaso total, pero también bastante divertido».45 Una tienda que vendía rollos de revestimiento de suelo de linóleo le había regalado el tubo improvisado. Vera lo desplazó desde la ciudad en transporte público. Ninguno de los demás pasajeros del autobús aquel día podía adivinar por qué una chica joven estaba arrastrando ese engorroso tubo de cartón. Un suministrador científico le proporcionó una sencilla lente de objetivo, de unos cinco o siete centímetros de diámetro. Lógicamente, después de montarlo en el endeble trípode de madera que habían diseñado Vera y su padre, el telescopio casero no era muy estable y, además, no estaba equipado con un motor para seguir la rotación del cielo. Vera se frustró con sus primeros intentos de fotografiar la Luna. Las imágenes impresas estaban completamente borrosas. Sin embargo, obtuvo resultados más satisfactorios cuando abandonó el telescopio y simplemente dejó su cámara apuntando hacia el norte con el obturador abierto durante unas horas. Ya era capaz de capturar el movimiento de las estrellas, que tanto había llamado su atención varios años atrás, de forma permanente. Estaba muy orgullosa de sus esfuerzos. Con mucho cuidado, pegó sus imágenes borrosas y sobreexpuestas de la Luna en las páginas negras de un álbum, junto con fotos de trayectorias de estrellas en forma de arco y del telescopio casero. Estos momentos de sus primeros intentos de fotografía astronómica la acompañarían durante el resto de su vida.

Vera, junto con su hermana y sus padres, viajaba a menudo a Filadelfia para visitar a sus abuelos, tías, tíos y primos que se habían quedado allí. Los trayectos de cuatro horas podían ser aburridos, pero Pete siempre tenía algún juego de números para matar el tiempo. Una vez, Vera se pasó todo el viaje intentando solucionar sola un acertijo matemático: cuántas matrículas de coche distintas se podían hacer con tres números y dos letras. A pesar de los largos viajes, le encantaban las visitas a Filadelfia, no solamente porque iban a ver a la familia, sino también porque era la casa del Franklin Institute.

Vera Rubin a los catorce años con su telescopio casero. (Imagen cedida por cortesía de Carnegie Institution for Science, DTM Archives, Washington.)

Huellas estelares alrededor del polo celestial norte, fotografiadas por Vera Rubin en octubre de 1943, cuando tenía quince años. (Familia Rubin.)

A los diez años, se había enamorado del museo de ciencias del instituto, y siempre volvía allí con un primo. El museo había abierto sus puertas en 1934, proyectado como un «País de las Maravillas Científico», y ofrecía exposiciones interactivas pioneras.46 Dos de ellas en particular fascinaban a Vera. Una era un conjunto de conos huecos invertidos, colgados del techo con cadenas. Los conos estaban llenos de arena, que caía por un agujero en la punta del cono. Balanceando los conos como péndulos, sus oscilaciones se hacían cada vez más pequeñas, y la arena que caía dibujaba complejas curvas en el suelo. Vera decía que se «podía pasar el día entero mirándolas», pero también quería dejar tiempo para el impresionante conjunto de espejos y luces, colocados como un caleidoscopio donde se podía entrar. En casa, Vera confiscó el equipo para decorar tartas de su madre —un perfecto tubo de aluminio con una pieza desmontable en una extremidad— para fabricar su propio caleidoscopio.

El nuevo museo incluía algo de especial interés para la futura astrónoma: el Fels Planetarium. Era el segundo planetario público que se había instalado en Estados Unidos, después del Adler Planetarium de Chicago. Estar sentada dentro de la cúpula oscurecida para una visita guiada del cielo debió de ser algo mágico para una niña que ya se había rendido a las estrellas. En lugar de tener que quedarse despierta toda la noche para ver el desfile de las constelaciones, podía ver su barrido circular en el cielo, que se desarrollaba encima de su cabeza en cuestión de minutos. El auditorio tenía quinientos asientos, colocados en círculos concéntricos alrededor del proyector Zeiss en su centro. Incluso la sala de entrada, con sus paredes suntuosamente revestidas de travertino, era muy impresionante. Había fotos de los observatorios de Yerkes y Mount Wilson en la exhibición, con una imagen en tiempo real del Sol, proyectada en una pantalla desde un instrumento instalado en el tejado. Justo antes de entrar por la puerta principal del auditorio, Vera tenía que pasar delante de un gran planetario mecánico, protegido por una cúpula de vidrio de metro y medio. El modelo representaba todos los planetas hasta Neptuno, acompañados por sus lunas conocidas. Otras exhibiciones astronómicas y un observatorio público, equipado con un telescopio reflector de 24 pulgadas, ocupaban la planta superior.47 No es de extrañar que Vera se convirtiera en visitante frecuente del planetario.

En una ocasión, antes del inicio del espectáculo, compró una postal con una foto de la Luna. Se la envió a su hermana, añadiendo unas líneas, diciendo que estaba sentada en el planetario, esperando que empezara el espectáculo y escuchando el Rhapsody in Blue de Gershwin. En 1986, Vera volvió al Fels Planetarium como celebridad para dar un discurso. La postal, conservada en la colección que habían hecho ella y su hermana, sirvió de introducción perfecta para su presentación ilustrada.

Vera Rubin (izquierda) y su hermana mayor, Ruth, adolescentes, c. 1945. (DTM, Carnegie Institution de Washington.)

Mientras que Vera recordaba la manera de presentar la ciencia del Franklin Institute como algo atractivo y emocionante, nunca pudo decir lo mismo de su experiencia con la ciencia en la escuela secundaria. A nivel social, a Vera le gustaba el instituto: era «divertido» y las clases le resultaban «fáciles».48 Tenía amigos, citas con chicos y disfrutaba redactando el yearbook (anuario escolar). Al mismo tiempo, se sentía diferente a la mayoría del resto de los alumnos, ya que tenía menos interés en las preocupaciones habituales de los adolescentes. Para ella, quedarse en casa y leer era más atractivo que salir a bailar o ir al cine.