Verde como el hielo - Pedro Sánchez Negreira - E-Book

Verde como el hielo E-Book

Pedro Sánchez Negreira

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A través del misterio, la tragedia y el humor, el amor y el desamor, al autor nos narra una realidad en la que, muchas veces, nada es lo que parece. "El sexo y la muerte: la puerta de delante y la puerta de atrás del mundo" cita de William Faulkner con la que nos muestra desde el inicio sus inquietudes, sirve de armazón a la lectura de este libro; puerta de delante, con los micros que nos hablan de sexo y/o pareja. Puertas de atrás, que nos muestra sus relatos de muerte y las ventanas por donde respiramos micros de variadas temáticas. El matrimonio, fiel e indisoluble, de la vida y la muerte, narrado unas veces con amargos latigazos, otras veces en suaves y breves cadencias, suena en las teclas de este autor que ha encontrado su propio estilo (consolidando su propia voz) dentro del género.

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Seitenzahl: 156

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Colección Lenguas de Ornitorrinco

Pedro Sánchez Negreira

Verde como el Hielo

A Lola y Jesús, mis cimientos.

A Cholo, mi impulso.

A Pau, Andrea y Tintín, mis ilusiones, mis risas.

A Raquel, mi renacimiento, mi sístole y mi diástole.

«… culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores…»

Horacio Quiroga

La gallina degollada

«… nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo…»

Julio Cortázar

Rayuela. Capítulo 71

«… durante aquellos dos o tres segundosde descanso recomponían sus sentidos y sus almas…»

Charles Bukowski

Hijos de Satanás

«El sexo y la muerte: la puerta de delante y la puerta de atrás del mundo»

William Faulkner

[y entre ambas sólo encontramos ventanas por las que fisgar]

Desvelo

Desde hace meses, intuyo que alguien me sueña. Confieso que esto es algo que me resulta difícil de comprender, porque yo jamás he soñado o –al menos– nunca he recordado un sueño al despertar. Al principio creí que quien me soñaba era una mujer, aunque no la mía sino otra y me sentí –de una forma paradójica– halagado. Sabía que no podía ser mi esposa porque ella no sueña conmigo, o dicho de un modo más explícito, Clara no tiene sueños, sólo tiene pesadillas en las que –inexorablemente– siempre participo. Así es que disfruté durante un tiempo intentando imaginar a esa mujer que me soñaba, jugando a pensar sus deseos, pretendiendo descifrar por qué yo y no otro, preguntándome por qué no se decidía a seducirme apareciendo en el bar de siempre; se lo hubiese puesto muy fácil. Debo reconocer que durante ese período mi autoestima rozó el absurdo; pero yo nunca he sido un hombre al que la fortuna haya mimado. Hace tres semanas, en el duermevela de la siesta de sofá de los domingos, percibí que quién me sueña no es la mujer que yo creía, sino un tipo que no me gusta. Aún no sé cómo pude haber estado tan confundido, pero me sueña un hombre; fuera de toda duda. Un hombre acorchado, calvo, de dientes terrosos y olor a cieno. He intentado disimular, pero creo que ha notado que lo he descubierto. Desde entonces, él aparenta que no me sueña, que jamás me ha soñado y yo simulo que no sé quién es él y que sigo convencido de que soy real e imagino que una mujer me sueña. Ahora lo que me desasosiega es descubrir quién de los dos es quien finge ser.

Certidumbres

Si los mayores están con ella, mamá no deja de llorar; dice que ve a Pablito por toda la casa, mirándola con cara de reproche por no haberlo sacado del agua. Ni papá, ni la abuela, ni la tía consiguen que se tranquilice. Pero cuando estamos solos ella y yo, mamá no llora. Me dice que el accidente de la piscina fue la forma que eligió Dios para que Pablito le hiciera compañía al abuelo, porque eran muy parecidos. Me acaricia y me pide que no esté triste, me promete que ellos están en el cielo, juntos, esperándonos. Yo le digo que vale, pero sé que no es verdad. Lo sé porque me lo ha contado Pablito. Me ha dicho que el cielo no existe, que no hay Dios –ni nada parecido–, que al abuelo no lo ha visto –todavía– y que si mira así a mamá cuando viene es porque está enfadado con ella. Me contó que ella lo sujetó debajo del agua, en vez de ayudarlo a salir. Está convencido de que lo hizo porque él no era guapo, rubio y obediente –como soy yo y como a mamá le gusta– y yo a Pablito, le creo.

Asechanza

La primera carta –sin sello ni marcas externas, como las seis que vendrán después– la encuentras un domingo, cuarenta y ocho días antes del final, en el buzón de tu casa. La lees mientras subes en el ascensor y, preso del miedo de que alguien más la vea, decides ocultarla. La segunda –una semana después– aparece enganchada, la mañana del lunes, en el limpiaparabrisas izquierdo de tu Jaguar, aparcado en el garaje. La tercera te la da en mano tu secretaria; el martes del último Consejo de Administración. «Le han traído esto, Sr. Pose» te dice y sospechas que sabe más de lo que aparenta, mientras tus huellas se dibujan en el sobre por el sudor de tus manos. La cuarta asoma entre tu ropa en la taquilla del gimnasio del Náutico, el miércoles en que por primera vez le ganas a Capdevilla el partido de paddel. Como en cada ocasión que recibes una, la lees con las anteriores –una vez que Marga se ha dormido– y notas cómo evoluciona la semiología del texto para subir el tono de la amenaza. La quinta te la entrega ese camarero impertinente –que no soportas– de la cafetería del Club Financiero, la mañana del jueves en que se deprecian las acciones de la empresa en un catorce coma tres por ciento. «Una rubia, muy cachonda, preguntó si usted ya había pasado y al decirle que no, me pidió que le diese este sobre cuando llegase» te explica antes de mascullar «A saber en qué andará, bribón». La sexta la descubres –el viernes de la semana pasada– en la caja del pedido del Club del Gourmet, entre la bolsa del azúcar moreno y la lata de galletas danesas. La ocultas sin abrir en el bolsillo, al tiempo que buscas con la mirada a Marga, que llega preguntándote dónde has puesto el ticket de entrega. Señalas con el índice la mesa de la cocina sin decir nada porque temes que te traicione la voz. Con la séptima y última te topas hoy, al volver de la comida familiar en el chalet de tus suegros. La han dejado en la entrada principal de tu piso, bien visible sobre el felpudo. Te alegras de que Marga se hubiera comprometido a acompañar a su hermana a elegir no sabes qué. Rasgas el sobre antes, incluso, de que la puerta se haya cerrado a tu espalda. La lees despacio mientras vas en busca del resto. Te dices que ya está bien, que no habrá una octava. Con los siete sobres en la mano te sientas en el salón, acercas la llama de tu Ronson de plata a cada uno de ellos antes de dejarlos caer en el cenicero de Sargadelos –que se convirtió en sólo un adorno cuando te obligaron a dejar de fumar en casa– y observas, en silencio, cómo se consumen. Estás convencido de que vas a joderlos y bien, además. Cuando todo lo que queda de las cartas son sus cenizas, sales al balcón y aprovechando la luz mortecina del atardecer, primero las esparces al viento y luego dejas caer el cenicero, hasta oír cómo se estrella nueve plantas más abajo. Por último, saltas tú.

Derrota

A la Terraza de Arequipa.

Debería haberlo notado en su tono de voz, pero no me di cuenta. «Si tú te vas al fútbol, yo me voy a comprar el regalo para tu madre. La fiesta es mañana» me dijo, exacerbando el mohín de disgusto que se le había arraigado en la cara desde hacía unos años. ¿Cómo podía pretender que no fuera, si ayer teníamos el primer clásico en primera división después de tres años? Aunque hubiese sido mejor que la acompañara porque perdimos injustamente, con un gol de ellos en fuera de juego y tres tiros nuestros a los postes.

Cuando llegué a casa ella aún no había vuelto. La llamé, pero tenía el móvil apagado. Insistí cada media hora –para que notara mi interés– hasta que decidí cenar solo, viendo el resumen del partido. Acabé dormido en el sofá, después de cuatro gin tonics y con un cigarrillo sin apagar en el cenicero. Me desperté al amanecer y al no ver su bolso encima de la mesa supuse que ella no había regresado. Comencé a llamarla mientras la buscaba, hasta que –ya en nuestra habitación– me quedé mudo al encontrar su mitad del armario vacía. Después de quince años había desaparecido de mi vida sin una explicación.

Lo peor de todo es que hoy es domingo y no tengo un mísero regalo de cumpleaños para mi madre; aunque he de reconocer que lo que más me jode es que si al menos uno de los postes hubiese sido gol, no habríamos perdido.

Los nacimientos de Juan

Para su madre, el nacimiento de Juan entrañó reunir, al fin, la parejita con la que siempre había soñado. Para su padre, su llegada supuso cimentar la esperanza de que –a su debido momento– heredaría el mando de la empresa. Para la abuela, el poder vanagloriarse de tener un nieto que se le pareciera como una copia troquelada, con su color de ojos e idéntico pliegue en la oreja izquierda. Para el abuelo, la tranquilidad y –sobre todo– el orgullo de garantizar la continuidad del apellido. Para su hermanita, el desconcierto que siempre provoca la ambigüedad de sentimientos, quería que la dejasen jugar con él, pero –a su vez– sentía que le había robado la atención que antes le prodigaban sólo a ella. Para la secretaria de su padre, el punto final de su desengaño.

El Comandante

No sé por qué me eligieron a mí, ni puedo decir cómo llegamos hasta allí porque me llevaron encapuchado. Ni siquiera me atrevo a afirmar que entré en la casa, porque me entraron en volandas los dos tipos inmensos que –imagino– estaban de guardia en la puerta. Él apareció poco después de que yo dejara de protestar; aunque suplicar sería el término más veraz. Uniforme de faena, sin insignias. Camisa abierta hasta el abdomen. Es curioso, pero a pesar del calor, no sudaba. Dio cuatro órdenes y –después de que comenzara a funcionar el ventilador del techo– apareció un soldado con una botella y dos vasos. Él los llenó de ron, sin hielo. Un ron hecho por ellos, supongo. No sé cuánto tiempo estuvo observándome sin decir nada. Sólo me miraba con esos ojos negros que queman cuando te tocan. De pronto empujó uno de los vasos en dirección a mi lado de la mesa.

Luego se giró hacia el que me había llevado. «¿Es éste el escritor?» le preguntó, antes de escupir una hebra de tabaco que tenía pegada a su labio inferior. El otro asintió sin abrir la boca. Con un «Entonces usted le va a decir al escritor lo que queremos que cuente, si al final lo dejamos ir» comenzó su discurso. Él hablaba, el otro repetía palabra por palabra. «¿No necesitará apuntarlo, verdad?» preguntó en un momento dado y yo negué con un gesto antes de que el otro llegara a replicarlo. Habló de los rehenes, de sus condiciones, de los motivos que les llevan a seguir luchando, de la corrupción política, del imperialismo, del petróleo, de la droga y de los cambios cuando llegue la victoria. «¿Entendió todo?» preguntó y se levantó –sin esperar una respuesta– a coger una caja de madera que descansaba en una estantería sujetando cuatro libros viejos sin cubiertas. Una caja como de seis botellas de vino, con una de esas tapas que se deslizan entre dos ranuras. Volvió a su silla, dejó la caja en el suelo y después de destaparla la acercó hacia mí, empujándola con su pie izquierdo. Me costó mucho distinguir qué había dentro. Eran uñas. Uñas enteras. Cientos, quizás miles de uñas arrancadas. Supongo que me delataron mis gestos, porque fue entonces cuando se acercó a mí, clavó sus pupilas en las mías y me habló por única vez. «Si mañana lo dejamos marchar, cuando esté de vuelta allá, en Europa, a ver lo que escribe» me dijo mientras me echaba el humo del cigarro a la cara. «Piense que algún día algo le puede picar y va a querer rascarse»

Inimputable

Ahora están esperando al juez de guardia. Desde que descubrieron el cuerpo colgando del nogal el padre no ha abierto la boca, mientras que la madre no ha dejado de llorar. La mujer policía intenta consolarla abrazándola, pero ella no deja de gimotear con un constante «¡Por qué, por qué, si sólo tenía ocho años!». El otro policía, el viejo, mira al suelo y da vueltas en círculos mientras habla por teléfono en voz muy baja. Los de la ambulancia ni siquiera se han acercado.

Presumo que no tardarán en comenzar con la investigación. Preguntas y más preguntas que les ayuden a esclarecer lo sucedido y decantarse por suicidio o asesinato. Lo mirarán todo. Investigarán sus actividades, sus amigos, el colegio, el resto de la familia y el círculo de relaciones de sus padres. Nos pondrán a todos bajo sospecha.

Dudo que descubran que el que le empujó a hacerlo fui yo. Me harté de ser yo siempre el malo y él el bueno, yo el indio y él el vaquero, yo el villano y él el héroe. Me cansé de que me culpara de todo lo que él hacía mal. Y cuando se lo dije me contestó que no le importaba. Que buscaría otros amigos más divertidos que yo. Que si no quería, que no jugara más con él, que le daba igual. Y si hay algo que detesto es que me desprecien. Así que poco a poco le fui convenciendo de que nadie le quería, que no significaba nada para nadie, que sólo era un estorbo en la felicidad de los demás, que lo mejor que podía hacer era desaparecer. Cada día estaba más convencido, aunque suicidarse le daba mucho miedo. Pero esta mañana recibí una ayuda inesperada. Su papá se olvidó de que era su cumpleaños.

Pensándolo bien, supongo que tardarán mucho en llegar hasta mí. Pero aunque lo hagan, no me importa. No podrán hacerme nada. Yo sólo era su amigo imaginario.

Corvidae

«Sr. Corvidae, han tenido ustedes un ángel» me anunció la enfermera, disimulando un rictus de desconfianza, a las puertas del paritorio. Aún cautivos de la sorpresa inicial y el miedo propio de los principiantes, su madre y yo lo aceptamos como el niño que habíamos deseado durante tanto tiempo y lo criamos con todo el amor que fuimos capaces de sentir. A pesar de nuestra inexperiencia lo colmamos de cuidados. Protegimos aquellas dos alas negras que hacían que los demás le negaran su condición. Intentamos enmascarar sus diferencias y encubrir sus obsesiones; como esa costumbre compulsiva de acicalarse las plumas de sus alas. Le consolábamos asegurándole que, a pesar de esos reflejos azabache que decía no soportar, era tan hermoso como el más hermoso de los ángeles. Le sobreprotegimos y ese exceso de mimos fue nuestro error irremediable. Ayer, antes de huir y abandonarnos, nos quitó los ojos.

Efeméride

A Γοργίας, mi amigo.

Hoy celebró el vigésimo aniversario de su incorporación a la empresa. Le corresponden, por ello, dos pagas extraordinarias y una insignia de plata que le entregarán los jefes en cuanto dispongan de tiempo en su agenda para invitarle a una comida informal.

Ciñéndose a la tradición establecida, al final de la jornada invitó a sus compañeros de la oficina con pasteles y el mejor cava que logró encontrar en el supermercado del barrio.

Aunque el brindis se prolongó más de lo habitual, no se distrajo de su rutina diaria y antes de marcharse, como cada tarde, añadió una nueva razón a la carta de dimisión que, con incuria poética, escribe desde hace diecinueve años y trescientos sesenta y cuatro días.

Desapariciones

El primero fue el padre Ángel que, poco después de que su papá desapareciera, le pidió que se quedara al acabar la catequesis y entre caricias no deseadas y besos con sabor a oscuridad y cera, le dijo que esos «mimos» eran los que le mandaba Dios para compensarle la amargura de la pérdida. Que su manera de corresponderle, de ser obsequiosa con el Señor, era mantener el secreto. El siguiente fue el viejo Alfredo, el panadero, que la llevó a la trastienda con la excusa de que no podía seguir fiándoles el pan si ella no le firmaba un papel en el que ponía cuánto le debían. «¿Sabrás escribir tu nombre, verdad bonita?» le preguntó mientras su mirada se enharinaba a ella con impudicia. Cuando intentó resistirse, el viejo la sujetó por las muñecas y le increpó diciéndole si quería que todo el barrio supiese que eran unos muertos de hambre. Después fue Esteban, el del taller, que la esperó una mañana de domingo en que iba sola a buscar leche y acabó de engrasar su inocencia. Paco, el de la ferretería, fue el primero que al despedirse le puso dos billetes entre sus manos. Luego vendrían más, pero sólo con Manuel dejó de contar, cuando creyó ver en sus ojos un brillo distinto al del resto. Él le enseñó que los que fueron antes y los que vendrían después no importaban, que cuando dudara de lo que estaba haciendo, debía pensar en él, en su madre y sus hermanos pequeños y cómo, gracias a ella, podían vivir todos aunque a su padre se lo hubiesen llevado. Ahora sólo discuten cuando ella le dice que de mayor querría estudiar para ser peluquera y él, enfadándose, le grita que para qué, que así viven todos muy bien.

Desperfectos

A Daniel Paredes Della Croce.

Hacía meses que la nevera funcionaba con una intermitencia descontrolada. Tan pronto cubría las hojas de las lechugas de una escarcha densa con olor a chorizo, como parecía haberse puesto clueca y dispuesta a incubar los huevos que reposaban en la puerta.

Él, hombre previsor, metódico, sumido en una ataraxia inmutable y sin conocimientos de mecánica doméstica, bricolaje, electricidad o generación de frío, se desesperaba frente a la bipolaridad del aparato.

Ella, tan joven como despreocupada, espontánea y hermosa, ni siquiera había reparado en que algo no funcionaba bien. Toda su atención estaba concentrada en su alumno de la clase de Literatura de segundo de bachillerato. Aquel que –en arrebato temerario– le había confesado que ella era la mujer con la que siempre –un siempre de diecisiete años– había soñado. Ella hubiese preferido poder resistirse a su mirada de cómo me habré atrevido, pero lo cierto es que encalló en aquellos labios que instintivamente, como esponjas, sabían deslizarse por su cuerpo y encontrar el rincón de cada pliegue que la hacía estremecer.