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Descubre el testimonio transformador de un alma en busca de su esencia en Viaje de regreso a Mur. Sumérgete en una narrativa vibrante que relata la odisea de veinte años en un rincón paradisíaco del Trópico, una pequeña isla que parece desvanecerse en el vasto océano del mapamundi. Este libro no es un mero relato de viajes, sino una invitación a despojarse de las capas milenarias de convenciones y a redescubrir la sensualidad y la autenticidad de la vida. Su autora, Cristina Fábregas, nos conduce por su transformación personal, donde los corsés de la educación y la cultura occidental se desatan para dar paso a una libertad de movimiento, expresión y pensamiento. En la desnudez del alma encuentra una conexión profunda con el universo, desafiando los límites impuestos por la religión y la sociedad en un baile con el más maravilloso amante de todos los tiempos, donde el lector es llevado más allá del espacio-tiempo hacia una vivencia divina. Un canto a la vida de los sentidos, un desafío a las convenciones y una revelación de lo divino en nosotros y en todo lo que nos rodea. ¿Estás listo para el viaje?
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Seitenzahl: 255
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Cristina Fábregas
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2023
VIAJE DE REGRESO A MUR
© Cristina Fábregas
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2023.
Editado por: ExLibric
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ISBN: 978-84-10076-13-6
Cristina Fábregas
Mi estancia en el Trópico termina. He vivido veinte años en un paraíso, en una pequeña isla prácticamente inexistente en el mapamundi. Ahora, de regreso a la cultura y civilización occidentales, no quiero perder todo lo que el Trópico me ha regalado. No puedo seguir viviendo en él, pero tampoco puedo vivir sin él.
El Trópico me ha enriquecido internamente después de haberme despojado de todo lo superfluo. El proceso fue largo, e incluso penoso a veces, pues nos negamos a soltar el lastre de los siglos que arrastramos. Nos aferramos a nuestros sistemas de valores, de creencias, de hábitos y costumbres ancestrales sin ni siquiera haberlos revisado, simplemente porque los consideramos parte de nosotros, válidos y apropiados, aunque hace ya mucho tiempo que han dejado de colmarnos.
El Trópico encarna la noción que tenemos del paraíso. Es este un recuerdo atávico de donde provenimos, por eso nos atrae tanto. Cuando llegué a esta pequeña isla paradisiaca, siguiendo el llamado de mi corazón, no sabía lo que me esperaba. Por supuesto, lo primero fue imponer todas las reglas culturales y de supervivencia que consideraba mías, justas y necesarias. Estaba equivocada.
Con el tiempo el corsé educacional que llevaba empezó a apretarme, empecé a ver las cosas desde otros ángulos y mi visión de la vida se expandió. Comencé a despojarme de todo aquello que sobraba: el abrigo, la bufanda, la falda, la blusa, las medias…, como símbolos de los corsés internos que me agobiaban. Pronto empecé a sentir el gusto por la libertad de movimiento, de expresión, de pensamiento. La vida de los sentidos comenzó a expandirse, todo estaba más vivo, ¡yo estaba viva! El proceso al que me había resistido por miedo a dejar de ser yo fue imparable.
Consentí que el Trópico me desnudara por completo, despojándome de capas y capas milenarias que allí no tenían sentido y, probablemente, tampoco en ninguna otra parte. Solo entonces, en esa completa desnudez del Alma, pude empezar a aceptar lo que el Trópico me ofrecía con sus amorosas manos y me entregué confiada al más maravilloso Amante de todos los tiempos. Descubrí la hermosa vida de los sentidos en una expansión de sensualidad que me ha conducido más allá del espacio-tiempo en el que vivimos.
El Universo es profundamente sensual y sexual, pues ambas cosas son lo mismo. Sin esta conexión con los sentidos físicos y con el propio cuerpo es imposible ir más allá de los límites impuestos, sobre todo por la religión, que siempre ha considerado el cuerpo como algo pecaminoso como forma de control. La conexión con el Alma empieza con la aceptación del propio cuerpo y los cinco sentidos son el vínculo sagrado que posibilita este milagro de forma natural para poder incorporar a este mundo tridimensional la inmensidad del Universo, la vivencia de Dios en uno mismo y en todo lo que nos rodea para descubrirnos un día como creadores Divinos soberanos de nuestra propia vida.
Las memorias en West Indies son las memorias de mi vida. Se da la coincidencia inexistente de que son uno y lo mismo. ¿Cómo es posible que en un punto determinado del tiempo-espacio se dé todo simultáneamente? Esta vida es el compendio de muchas vidas, de todas mis vidas pasadas probablemente.
Comienzo estas memorias por el presente, pero veo que se dilatan en un infinito pasado que se extiende hacia un infinito futuro, hasta el extremo de que pierdo el punto presente.
Cuando hace muchos años llegué a este lugar insólito, recuerdo la sacudida que se produjo en mis células. Dicen que existe una memoria celular; yo puedo dar fe de ello. Tuve la sensación de volver a casa, a un lugar conocido y benigno como una bendición del paraíso.
Sí, fue como retornar al paraíso perdido, recuperar esa sensación de estar vivo, vibrante, una bella tierra de luz y color. Siempre existió en mi fantasía la idea de la isla idílica donde todo es posible, una utopía, un país de las maravillas donde la creatividad impera en la libertad de acción, de expresión, sobre todo para aquellos que no hemos querido adaptarnos a una vida plana, convencional, vacía de contenido, en una sociedad y cultura caducas, pero sobre todo profundamente hipócritas.
Descubrir este mundo en West Indies fue para mí un salvavidas, que me proporcionó la supervivencia mucho más allá de lo que yo nunca hubiera podido imaginar. Fue como el señuelo de oro que atrae al caminante a vivir sus sueños más locos, a realizar hazañas que de otro modo nunca hubieran tenido lugar.
Me enamoré de este romántico lugar o quizás me enamoré de un sueño que iba a llevarme al encuentro conmigo misma sin posibilidad de equívocos, excusas ni trampas. La verdad al desnudo, crudamente, en toda su descarnada belleza. Nos enamoramos de nuestros sueños como excusa para ir más allá de nuestros límites personales y de otros impuestos en gran medida por un entorno acomodaticio, temeroso, que lo único que pretende es controlar a los individuos para tenerlos a su disposición.
La familia como la institución por excelencia de la distorsión de la libertad y soberanía del individuo, haciéndole creer que no existen otras vidas dignas fuera del clan que le ha dado la vida. La familia, la más eficaz herramienta de control del estado del bienestar, que mantiene a la gente como rehenes en una hipnosis colectiva de adormilada mente, sin la más mínima conciencia de nosotros mismos.
Esta sociedad y cultura que me vieron nacer no estaban hechas para mí. Demasiado angosto, demasiado apagado, demasiado rígido, demasiado todo… Nunca me sentí como pez en el agua; me faltaba el oxígeno, me faltaba la vida, la luz, la verdad. Si bien es cierto que nunca me faltó nada material, la parte espiritual dejaba mucho que desear. Desde muy temprana edad emprendí la más desesperada búsqueda del más allá. Quería recordar, recordarme, saber quién Soy Yo.
¿Quién SOY YO?
Me sentía llena de mí misma, desbordante de vida, con ideas propias de cómo deben ser las cosas, pero una personalidad así no encajaba en una sociedad convencional. Mis matrimonios fueron para mí una fuente de experiencia sin igual. Me iniciaron en la vida adulta de mujer casada, madre, ama de casa y esposa. Como mujer joven, empecé a descubrir lo que la vida tiene que ofrecer: la diversión, las salidas nocturnas, las amistades, las historias, los viajes, el sexo, el poder… Todo muy interesante, contribuyendo a formar una idea de mí misma que más tarde tendría que verificar.
Todas estas distintas vidas eran como películas en parte irreales. Yo me sentía un personaje interpretando un papel, pero sin ser realmente yo misma. Siempre tenía ese sentimiento de futilidad, de superficialidad; siempre había algo que se me escapaba, que no conseguía ver claro, algo fugaz como el Alma.
No sospechaba entonces que todo formaba parte de un entramado muy bien tejido para prepararme al encuentro más importante de mi vida: yo misma.
El desembarco en esta tierra representó para mí la libertad, la posibilidad de crear mi vida en una Nueva Tierra. No sabía entonces de qué se trataba, cuáles serían las etapas, las pruebas que superar, las obligaciones y las responsabilidades que asumir. Todo era nuevo y radiante como en un sueño que no nos muestra todavía el reverso del tapiz, donde trama y urdimbre tejen el dibujo de nuestra vida, que, en definitiva, nos permite vernos a nosotros mismos como el reflejo en un espejo.
Comprar esta propiedad y venirme a vivir aquí supuso para mí la emancipación del sistema en el que nací, me eduqué y viví la mitad de mi vida, intentado adaptarme a lo convencional sin nunca creer en ello. Yo sabía que había mucho más, mucho más que vivir automáticamente. Yo quería experimentar, realizar todo mi potencial interior a cualquier precio, pues de otra forma no valía la pena vivir.
No me sorprendió ver que nadie lo entendía. Para la gente que vive dentro del zoo es más fácil suponer que estás loca, que eres egoísta y, por supuesto, una traidora por abandonar el clan. Fue duro para mí superar esta primera prueba, pero no podía dar marcha atrás; para mí era todo o nada. Decidí poner toda mi pasión en crear un mundo a mi imagen y semejanza, sin advertir entonces que dicho mundo iba a crearme a mí. Un día me fui a West Indies, cuyo nombre era tan evocador que me hacía soñar. Eso era lo necesario, despertar del sueño para vivir creando tus sueños. Dejar de ser el que padece el sueño para convertirte en el creador de tus sueños.
Desde el pequeño cottage de madera, genuinamente caribeño, donde vivo y escribo estas memorias, escucho la música, los blues que me llegan a través de las ventanas abiertas. Celebran una fiesta en la propiedad vecina. Esta música me llena de nostalgia de un mundo que está a punto de acabar. No es que quisiera retenerlo o retornar atrás, sino que sé que lo dejo para siempre, sintiendo alegría y pena al mismo tiempo. En la expansión que mi Ser ha experimentado en los últimos tiempos cabe la contradicción simultáneamente, lo cual hace que la vida sea más rica y completa.
Recuerdo los viajes en ferry que tenía que realizar frecuentemente; embarcaciones antiguas aunque renovadas, llenas de encanto. Me veo a mí misma sentada en cubierta, vestida con un amplio vestido de algodón estampado y un ancho sombrero de fieltro en forma de hongo. La isla principal es la más grande y su capital, de antiguos edificios coloniales, me fascinaba. Solía perderme por las calles secundarias, abarrotadas de tiendas y tenderetes rebosantes de todo tipo de artículos, mezclados con el olor de especias. La gente de color, de voz chillona, mercadeaba sus productos, invitándote a comprar. No solía verse a una mujer blanca ataviada con vestido y sombrero vagabundear sola.
En los tempranos desayunos en la terraza del único hotel de la pequeña ciudad, construido con piedra vetusta de la localidad como todos los demás edificios importantes, me deleitaba al saborear el café, el zumo de naranja y las tostadas con la fresca brisa de la mañana antes de que empezara el calor del día. Luego recorría los almacenes, hacía mis compras y se las entregaba al chófer, que me seguía con su taxi. Así pasaba la mañana hasta la hora de volver al ferry para cruzar el canal y volver a casa, extenuada por el calor y la caminata.
Las horas de la siesta las recuerdo maravillosas, tan tranquilas y silenciosas. A veces acunándome en la hamaca bajo la sombra del gran mango del jardín, cuyo fruto es de excelente dulzura y su floración, de un embriagador aroma. Otras veces en la baranda de mi habitación que da al jardín, protegida por un espectacular cedro blanco, cuyas blancas flores caen sobre el césped dibujando un tapiz que te invita a retozar sobre él. Siempre la sensualidad a flor de piel, la belleza de la luz y los colores de las turquesas aguas incitándote a ir más allá de los cinco sentidos para tratar de alcanzar la raíz de la belleza suprema en constante transformación. El suave movimiento de las aguas te transporta a otros mundos o quizás sean estos otros mundos que vienen a ti.
La relación espacio-tiempo empieza a cambiar, los días vuelan y no existe diferencia entre ellos. Pierdes la noción del tiempo, te dejas llevar como en un sueño que te sueña sin esfuerzo a pesar de que los días están llenos de actividad y resolución de problemas constantes. Crear un mundo no es fácil cuando estás aprendiendo a caminar sobre ascuas.
La vida y la gente aquí son especiales. Contactar con ellos lleva su tiempo cuando eres de una cultura diferente. No te aceptan; simplemente, tienes que adaptarte a su mundo y mentalidad. Esta ha sido siempre su forma de supervivencia durante muchos años y no tienen intención de cambiar. Tampoco les importa lo que un extranjero piense de ellos. Te dicen que esta es su tierra y que el que viene de fuera tiene que adaptarse a ellos. Esta mentalidad es un problema a la hora de trabajar. En lugar de imponerse es mejor negociar, pues esta actitud les aporta una sensación de valía en lugar de derrota. Dada su historia, son muy sensibles a las órdenes o imposiciones y prefieren ser tratados con cortesía. Lo malo es que este sistema tampoco funciona a largo plazo, pues no puedes estar negociando constantemente el trabajo diario. Son gente altiva, tribal y surrealista. Entrar en su territorio implica muchas cosas, es como el viaje de Alicia al país de las maravillas.
Las dificultades para salir adelante se multiplicaban y a veces creía que no lo conseguiría, pero había quemado mis naves y el viaje era sin retorno. Esto me obligó a superar mis límites, a ir más allá de lo que yo creía que eran mis posibilidades. Esta sociedad no era distinta de aquella otra que dejé atrás, pero el hecho de ser extranjera en esta tierra, donde nadie me conocía y donde me iba a probar a mí misma, me proporcionó el escenario que necesitaba para saber quién Soy Yo.
Es increíble la imagen que nos forjamos de nosotros mismos, condicionados por una cultura y sociedad que nos moldean desde la infancia como si fuéramos plastilina, determinando nuestro camino como si no existieran otras formas de vida, manipulándonos sutilmente a adaptarnos a unas normas de convivencia de lo más estrechas: hay que estudiar una carrera para ganarse la vida, hay que casarse, hay que tener hijos, educarlos, trabajar para el sistema, ser muy felices todos juntos, celebrando las fiestas, para luego morirnos e ir al cielo como recompensa. Claro está que, dentro de esta insípida vida, hay alicientes momentáneos, como el sexo de vez en cuando, las drogas o el alcohol, para evadirnos por un momento de placer de tanta aburrida monotonía.
Y así año tras año, vida tras vida, sin nada nuevo. Toda una eternidad repitiendo lo mismo en esta hipnosis colectiva sin darnos cuenta de que vivimos en un parque temático, un zoo que nos vende la ilusión de que somos libres y tomamos nuestras propias decisiones.
¡Yo sabía que había mucho más!
Hay días plomizos y de calor agobiante. Cuando todo está seco es la peor época del año y en cada cambio de luna se espera la llegada de las lluvias. Por las tardes paseo con los perros y está todo tan seco que da pena verlo. Recuerdo estos mismos paseos con la verde hierba a la altura de las rodillas, los árboles rebosantes de frutos y las palmeras brillantes. Los palmerales me fascinan en noches de luna llena, proyectando sus sombras sobre la blanca arena. Me transportan a otros lugares fuera del tiempo, a otras vidas remotas, a otras experiencias que, aunque ya pasadas, siguen siempre vigentes.
Poco a poco descubro que este lugar está ligado a todo mi pasado. Toda vida es holográfica, conteniendo en sí misma todas las vivencias y todos los potenciales por vivir, lo cual nos convierte en seres infinitos. Lo único que nos limita es el concepto del tiempo, que nos encadena a una ilusoria realidad.
El concepto del tiempo rectilíneo, que ni siquiera está probado científicamente, nos mantiene anclados a esta dimensión tridimensional como si no existiera ninguna más. Nuestros apegos, sistema de valores y creencias están hechos de tiempo, son tiempo estancado que inmoviliza nuestras vidas dentro de un círculo vicioso de monotonía.
Durante mi estancia aquí he aprendido a liberarme de tan pesada carga. Los días pasan sin que te des cuenta. No utilizo reloj; me guío por el sol, la sensación de hambre o sueño que siente mi cuerpo y me deslizo suavemente en este fluir. Es como el movimiento continuo del mar. Yo no me muevo de lugar y el tiempo-espacio viene a mí para ser experimentado, vivido, gozado. Toda experiencia ha sido ya creada de antemano, desde siempre, y ahora la vivo con deleite.
Pero todo esto yo no lo sabía cuando llegué aquí. Mis patrones eran los acostumbrados, todo mi día estaba minuciosamente organizado y toda creación requería un gran esfuerzo. Fueron años duros, de mucho trabajo y gran esfuerzo para conseguir lo que quería: construir una nueva vida, un nuevo mundo, creándome a mí misma en el más fantástico sueño. Cuando vi por primera vez la casa de estilo neocolonial y el cottage tan genuino de la época desde la esquina derecha del jardín que da al paseo sobre el mar —en el atardecer algunas luces prendían en el interior—, me quedé absorta en la imagen de su propio magnetismo.
Más tarde la compré. Sin lugar a duda, colmaba mis fantasías. Poseía el sabor de otra época, la nostalgia del Alma, el potencial de posibilidades por realizar. Había muchas cosas que mejorar, lo cual hice en los siguientes años y no he parado de perfeccionar hasta el día de hoy. Me doy cuenta de que este proceso de embellecimiento ha sido paralelo a mi propio crecimiento interno. Todas las facetas de transformación de las diferentes estancias se asimilaban a mis propios aspectos evolutivos y de expansión en el conocimiento de mí misma.
Es una mansión muy saturnina, medio de piedra en su base y de madera oscura arriba. Tiene una energía que te pide autenticidad; cualquier falsedad salta a la vista. Es escueta, seria y digna como una reina cuya presencia todavía puede sentirse. Durante estos años he jugado con distintos elementos decorativos como el mobiliario, cuadros, objetos. Todos ellos han cambiado de lugar muchas veces, pero era fascinante ver como siempre encajaban unos con otros, complementándose en armonía. Era como jugar con diferentes piezas de un rompecabezas que se podían reordenar de diferentes formas, dando lugar a otras perspectivas, aspectos ambientales o de imagen. Paralelamente, esto me enseñó mucho de mí misma, pues en realidad no hacía más que proyectar mis propios aspectos internos, todos ellos diversos, pero con un denominador común: yo misma.
Quiero que mi próxima casa sea de un material transparente y luminoso como el Alma. Quiero vivir integrada en la naturaleza, con un inmenso árbol por tejado y alfombra de musgo en el suelo, paredes decoradas con rosales de imágenes cambiantes como las estaciones del año, donde todo vibra porque está vivo. Quiero oír todo el día el canto de las aves y ver a los encantadores animales por todas partes, dormir bajo la bóveda celeste cuajada de estrellas y ver las fases de la luna, siguiendo su pulso hasta la luna llena. Vivir en contacto con las mareas de la Tierra, sus olores y colores, rodeada de la magia del renacimiento y muerte de cada día. Quiero vivir la transformación de mi cuerpo en pura luz, disolviéndome en la hoguera de mi propia pasión.
Mis vivencias en West Indies me han enseñado la responsabilidad de mi propia vida y ahora soy libre para asumirla. La única faceta que me interesa es la de servicio, pero para servir has de permitir ser servida. He aprendido que el Universo está aquí para servirnos en abundancia, solo que no lo sabemos y en nuestra ignorancia nos perdemos a nosotros mismos.
En el solaz bajo el ventilador, que suavemente me abanica, sueño los sueños que me han soñado y me descubro tan rica, tan plena y desbordante de energía, que me niego a despertar. He empezado a escribir estas memorias sin un plan determinado, sin estructura, sin guion. Dejo que mi propia historia me recree y guíe mi pluma. Adoro la escritura, estos pequeños símbolos que se recolocan creando una unidad para alcanzar una visión más amplia, un sentido preciso. Es delicioso volar con la pluma como con la escoba mágica de las brujas, que te transporta al más allá transcendiendo lo cotidiano, los detalles aburridos, poniendo alas a la vida que recrea tu mundo. No he tenido nunca una vocación definida, excepto la de escribir. Los libros han formado siempre parte de mi vida y los héroes de los relatos me han inspirado con su acción. Desde pequeña seguí sus pasos; ser como ellos ha marcado mi camino. No me arrepiento y por arduo que haya sido han colmado mis expectativas.
En West Indies, lejos del lugar de nacimiento y su cultura circundante, he podido constatar cuán rica es la vida cuando se nutre de la creatividad de nuevas experiencias que nos permiten conocernos mejor. Quizás los tesoros que encierra nuestra Alma solo se manifiestan cuando nos ponemos a prueba y corremos el riesgo de perdernos para encontrarnos de nuevo siendo más completos. Como en el Laberinto del Minotauro, enfrentarnos a nuestros demonios nos revela más de nosotros mismos que nuestras prudentes acciones elegidas con cuidado.
No me arrepiento de nada; volvería a hacer todo lo que he hecho. Ahora que mi presente se difumina en un futuro incierto, intento seguir el hilo de mi pasado, que se remonta a mis ancestros, pero incluso ese camino se ha borrado como en las arenas movedizas de un desierto. Soltar el pasado me libera de todo lo que he sido y me brinda la oportunidad de ser todo lo que soy: infinita.
Las enseñanzas de una cultura que se derrumba tampoco cuentan, solo queda la creación del momento. Ahora puedo admirar y disfrutar sin apego la belleza del color de las aguas turquesas, el brillo reluciente de las palmeras, la hierba tan verde, las hojas tan jugosas, la arena coralina, el canto de las diminutas ranas al anochecer, la brisa del océano, las lluvias tropicales que a su paso lo dejan todo brillante de luz, las noches estrelladas y las lunas llenas.
Llevo el Trópico en la sangre que corre por mis venas, pero reconozco que vivir en él es cosa de titanes. Las gentes de aquí parecen frágiles, pero son resistentes como el cuero reseco. Han aprendido a sobrevivir con poco y han desarrollado sus estrategias, importadas por los piratas que asolaron estas costas durante siglos. No resulta muy cómoda la convivencia con ellos, pero después de todos estos años de relación llego a la conclusión de que la mayoría del resto del mundo se comporta de igual manera. Moral doble disimulada detrás de las caretas.
Sin embargo, recordaré siempre el Trópico y la magia que encierra vivirá conmigo para siempre. El contacto con esta poderosa naturaleza me ha enseñado a renacer de mí misma, renovándome cada día como un amanecer, y me ha enseñado a morir sin miedo en cada atardecer. Las espectaculares puestas de sol han llenado mi vida de color; sus frutos, de dulce sabor. El canto de las aves del paraíso me ha enseñado una melodía distinta y he adquirido una visión que va más allá de lo aprendido.
En estos espacios abiertos la conciencia se dilata, se expande y ya no sabes dónde exactamente ubicarla. He aprendido a vivir fuera del tiempo lineal y del espacio físico concreto. Aunque las paredes me contengan, no siempre estoy aquí cuando estoy aquí. La vida viene a mí sin esfuerzo. Revivir el pasado sanado se convierte en el futuro, en la vivencia simultánea del ahora. Todo converge en el ahora, toda vida vivida sigue vigente aquí. Nos encontramos con los mismos personajes con otros ropajes, otros guiones quizás, pero con la misma mirada.
Me siento como en la antesala de la Nada, donde todo acontecer es posible en un instante como en un juego de magia. Percibo las formas geométricas que adopta la energía en su danza creativa, plasmadas sobre el tapiz del espacio-tiempo como los decorados de un escenario listos para la función. Sentir la libertad de poder vivir en todos estos escenarios, pudiendo cambiar el argumento de la historia y su decorado cuando queramos, es un prodigio digno de un Creador. Crearé mil escenarios, mil Universos, y viviré en todos ellos al mismo tiempo. Ya nada me limita, toda creación viene a mí para ser vivida en el infinito júbilo de la vida. Yo Existo, Yo Soy…
Ahora, al escribir estas memorias de West Indies, me pregunto si son ciertas, si esta vida que he vivido aquí no ha sido más que una reminiscencia de una amalgama de vivencias, recuerdos, memorias de otros tiempos, que se repiten sin cesar de manera automática. La mente tiene la capacidad de recrear la realidad en la que vivimos en base a datos de otras experiencias vividas, asimilando los recuerdos al presente, pero ¿son estas construcciones mentales ciertas? ¿Hay algo real en todo esto?
Soy consciente desde hace tiempo de que esta experiencia de vida en West Indies tiene relación con otras experiencias de un remoto pasado. ¿Vine aquí a recrear ese pasado ya vivido o a crear una nueva experiencia de vida?
«Vine aquí a recordar…, a recordarme…, a soñarme para poder despertar».
¿Dónde está, pues, la puerta de salida de este sueño para poder escapar de la película repetida sin fin por la red neuronal de la mente, basada en experiencias pasadas similares, como fotogramas pegados, juntos, para montar un fabuloso argumento que es irreal? ¿Es la vida un sueño sin posibilidad de poder ir más allá?
Solo despertando, expandiendo la Conciencia, transcendiendo los cinco sentidos básicos, podemos entender la película y lo que hay detrás. Poder ser el creador, el actor y el guion al mismo tiempo es mi otro sueño: actuar siendo consciente de la actuación y poder dejar de serlo en cualquier momento.
Observo la belleza de mi gato negro como una pantera que anda por ahí con tal majestad, sabiendo que es un gato y actuando como un gato. No hay mente, no hay recuerdos, es solo presente, completo en sí mismo aquí y ahora. Él no vive en una película, vive una vida real, utiliza sus sentidos para vivir aquí y en otras realidades al mismo tiempo. Una vida rica en experiencias siempre nuevas que él crea sin cesar. Procuro seguirle en sus pasos… Me relajo, siento el confort de mi cuerpo, la respiración profunda pero suave… y de pronto ya estoy en el otro lado, en un vacío de calma absoluta. Me deslizo a la sala de proyección…
Yo soy Conciencia, el foco de proyección de imágenes sobre la pantalla, soy el escenario donde se desarrolla la historia, soy la historia y el actor. Yo no me muevo, pero la película pasa ante mis ojos, viene a mí; estoy dentro, participando de sus acontecimientos, pero ahora soy consciente de que estoy actuando, interpretando un papel para vivir una experiencia por un momento…
Ahora salgo y observo a los personajes de la historia, que no saben que interpretan un papel. Creen que son reales cuando, en realidad, no tienen existencia.
Existes únicamente como creador del guion y como actor consciente de su interpretación. Perdernos a nosotros mismos en la interpretación de un papel que ni siquiera escogemos es estar dormidos. El acto de Conciencia está en escoger lo que quieres ser en cada momento, creándolo desde la quietud absoluta del Ser.
Las memorias de West Indies son los clichés de una película rodada en off donde yo no era consciente de la interpretación de mi propia vida, dejándome llevar por el desarrollo de los acontecimientos sin dirección, tan solo una repetición de repeticiones recogidas a lo largo de mis muchas vidas y sus memorias. Memorias recolectadas e hilvanadas a otras similares, tejiendo el gran tapiz sobre el cual proyectamos nuestra historia cotidiana y limitada de esta realidad en la que creemos vivir.
¿Dónde estaba realmente Yo?
Fuera de la película, observando la interpretación sin participación real, pues el personaje desconocía Mi existencia, andaba solo por el mundo, esforzándose en ser algo de lo que, aunque siéndolo, no era consciente, durmiendo el profundo sueño de su vida.
«Toda la vida es sueño y los sueños sueños son».
«Estamos vivos cuando creamos nuestros sueños y nos soñamos despiertos».
Este sueño soñado en West Indies me ha despertado para poder seguir soñando otros sueños despertando, creando la película y su interpretación consciente. A veces es conveniente empezar por el final de una historia para comprender cómo empezó todo. En este caso, el darme cuenta de que he estado viviendo dentro de una película, de cuyo papel de actriz principal era inconsciente, me posibilita remontarme al origen para reconocerme. Los diferentes aspectos de ti mismo que recoges a medida que caminas, reconociéndote en todos ellos, sirven para comprender al final que no has vivido verdaderamente tus vidas, sino a través de aspectos, personajes, actores creados para los diferentes guiones que la Conciencia ha elegido crear para nutrirse del néctar de la experiencia sin participación directa.
Solo aspectos semiinconscientes de uno mismo viven para experimentar, sin saber que son proyecciones de un artífice real, que nunca ven y cuya existencia ignoran, que los crea y los descrea a su voluntad; sin embargo, parecen tan reales…
Al igual que esta casa y este lugar que han existido en mi sueño, aunque habiendo sido un sueño muy bello. Observo las sombras proyectadas por la luz del atardecer en el suelo, en las paredes, en los muebles, que movidas por el viento forman figuras que parecen reales, imágenes vivas como la que aparece en el cuadro pintado del naranjo, donde al ser iluminado con determinada luz se perfila un rostro que luego se desvanece para volver a ser un naranjo… y así ocurre con todo. La realidad se expande, los sentidos se refinan, la Conciencia está presente y yo estoy viva, consciente de Mí Misma…
Ahora camino en el vacío. El lienzo está limpio para proyectar de nuevo, dibujar un tapiz, escribir un libro, perderse en el laberinto de imágenes y palabras siendo yo misma y muchas otras al mismo tiempo.
Lloviznaba en la gran isla cuando bajé del ferry esta mañana. Oscuras nubes cubrían las cimas de las montañas. Practicar el desapego emocional no resulta fácil con los seres que amas, pero quedarme pegada tampoco puedo. Los dos perros y el gato sabían que los dejaba, pero son tan resignados que no han dicho nada. Saben que volveré a buscarlos, pero también saben que no volverán a lo que ha sido durante tantos años su hogar. El ciclo está cerrado.
De regreso al ferry que me lleva de vuelta a casa, me siento tan vacía como cuando terminas una obra y ya no tienes nada más que decir.
El puerto es un bullicio de gente y ruido, camiones, coches, carga y descarga de cajas y diversos materiales… Todo el mundo está tan metido en su papel que nadie me ve sentada en el fondo del coche, observando esta escena tan familiar, pero esta vez soy muy consciente del guion y del papel en el que participo.
