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Próxima a finalizar su estadía en el destino turístico de San Pedro de Atacama, Laura es abordada por una van que la transportará con dirección al aeropuerto. No obstante, todo da un giro inesperado cuando el verdadero transfer aparece a las afueras del hospedaje. En consecuencia, Mauricio Torres, su padre y suboficial mayor en retiro, decidirá iniciar un arriesgado viaje hacia la zona para hallarla al costo que sea, así como al principal sospechoso, a quien se le ha perdido el rastro. ¿Será el sospechoso el culpable? ¿Mauricio podrá continuar a pesar de las encrucijadas psicológicas que tendrá por delante o con las advertencias que podrían conducirlo a un desenlace imprevisible? En esta obra con historias paralelas, descubrirán que los antifaces, por más reales que parezcan siempre, decaen, y la verdad, por apesadumbrada que sea, tarde o temprano verá la luz…
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Seitenzahl: 334
Veröffentlichungsjahr: 2023
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Marisela Teresa Riquelme Pérez
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz Céspedes
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1181-856-8
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
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«El misterio de la existencia humana radica no solo en mantenerse con vida, sino en encontrar algo por lo que vivir».
Fiódor Dostoievski
Los hermanos Karamazov (1879 y 1880)
PRÓLOGO
Laura aún se hallaba al interior del pintoresco salón de eventos. Sin embargo, transcurridas unas horas, percibió como las copas de más le fueron haciendo efecto y todo comenzó a girar alrededor de ella. Por ende, de forma repentina dejó su trago en un mesón y decidió alejarse del grupo para ir a humedecer su rostro. No obstante, se detuvo a medio camino, observó su reloj y fue inevitable no pensar en la paciente que atendería a primera hora del día.
«Debo irme, ya es muy tarde», se dijo con firmeza.
A continuación, se dirigió al mesón circular con mantel beige, recogió su bolso por debajo de algunas carteras y decidió no despedirse de nadie, ya que sabía que las chicas insistirían en que se quedará. Salió del salón entrelazando sus brazos, que eran golpeteados por una brisa fría. Mientras zigzagueaba por las aceras por donde aún había transeúntes y, a distancias, oía los perros que aullaban en el interior de sus casas, a la vez reflexionaba sobre lo entretenida que estuvo la fiesta de despedida. Sin más, luego de tomar un radiotaxi y pareciendo que hubiera dado saltos en el tiempo, llegó hasta la puerta de su casa. Sacó las llaves del bolso, entró y se afirmó en la pared para quitarse los molestos zapatos de tacón, para luego arrojarlos por el pasillo. Estaba en eso cuando oyó un ruido que la alertó.
— ¿Hola? ¿Quién es? —dijo algo inquieta y estirando el cuello como una jirafa en diversos ángulos.
Prendió la luz, que se encontraba a centímetros de su espalda, y no sabía si era por el efecto del alcohol, pero la casa le pareció más bochornosa y tétrica que de costumbre. Esperó unos instantes, bostezando, y como no hubo otro movimiento, apagó todo. Fue hasta el dormitorio y se tumbó sobre la cama de respaldo imponente y revestido de tela color gris. No tardo en arquearse y localizar a ciegas su almohada rectangular azul índigo, a la que de inmediato se aferró. A continuación, siguió moviéndose entredormida en búsqueda de una posición más cómoda. No obstante, una vez más oyó algo y esta vez fue cómo la manija de la puerta dio un giro y cerró chirriando de golpe. Enseguida se hicieron presentes unos pasos que se acercaron con firmeza. Perpleja, contrajo la mandíbula con todas sus fuerzas al ver que una silueta masculina se detenía frente a ella. En el acto, este se posicionó en cuclillas y la vio con sus pupilas dilatadas, como un gato durante la noche, y acarició su cabello.
Enseguida, ella reaccionó como quien hubiera visto un fantasma y gritó consternada, aunque nadie la oyera. Entre tanto, una vibración algo lejana llamó su atención. Con desespero, comenzó a golpetear en todos los sentidos, hasta que instantes después, en un impulso ahogado, exhaló un nuevo aliento y elevó su tronco superior.
—Maldita sea, fue otra de estas horribles pesadillas —dijo agitada.
Instantes después, sintió su frente aperlada y dirigió la mano hacia la parte trasera de sus cabellos húmedos, producto del sudor que emanó su cuerpo. Observó el entorno, perturbada, aún con la respiración jadeante, y al darse cuenta de que no había peligro alguno, se fue acercando con dirección hacia el teléfono, que sí vibró y no fue producto de su imaginación. Sin embargo, estrelló su frente en el costado delantero del grueso velador. Luego, a regañadientes y soltando algunos improperios, se molestó consigo misma al no haber comenzado por encender la lámpara y después ir tras del bendito celular. Con mayor claridad y ya más calmada, tomó su celular y observó que era un correo electrónico proveniente de María José, con el inconfundible perfil que utilizaba; incluso en su teléfono tenía la típica imagen tipo carné, posada en la pared en tono ocre de su nueva casa, que intensificaba su rostro de frente estrecha y mentón alargado, donde se podían visualizar sus ojos rasgados y mirada esquiva, que se dirigía hacia el mismo sentido de su nariz aguileña y tabique desviado, con su sonrisa que parecía algo fingida e incómoda; quizá por sus típicos complejos. No cabía duda, era ella, su mejor amiga. Tan solo de ver su fotografía, sentía nostalgia al saber que ya no seguía en el país. En paralelo, se acomodó quedando entre sabanas y abrió el correo, que de inmediato desplegó asunto, cuerpo y archivos adjuntos.
«Felices 30 años, mi solterona»
Mi querida Laura:
Tardé un poco más de la cuenta en enviarte el correo, ya que hasta minutos atrás seguía afinando detalles. Te preguntarás: ¿a qué se debe tanto misterio? Bueno, no tendrás que esperar por una respuesta y de inmediato te diré. En el archivo adjunto encontrarás unos pasajes de LATAM que incluyen ida y regreso, además de una reserva en un hostal en San Pedro de Atacama con los tours planificados en una agencia de turismo. Desde ya, te aclaro que no quiero respuestas negativas como a las que estás acostumbrada. Es tu obsequio de cumpleaños, lo necesitas. Te vendrá bien salir de Santiago y conocer personas nuevas. Quizá y cambies tu pensamiento de solterona exigente y conozcas a algún guapo extranjero. Bromeo, ¿acaso también es malo? No quiero excusas, ve y reorganiza todo en tu consulta; el vuelo es dentro de un mes y medio, tiempo suficiente para que soluciones tu vida y cambies de aires.
Se despide tu fiel y querida amiga,
Cote.
Esa noche Laura apenas y cerró los ojos, el insomnio se apoderó de ella y su única alternativa fue ver el techo en medio de la oscuridad. Su mente recreaba mil pretextos para decir un «no». Sentía mucha confusión y no sabía si era lo correcto aceptar.
Finalmente, ya amaneciendo y luego de una extensa reflexión, decidió que no podía fallarle a Cote. Además, ya había organizado todo.
I
A media mañana, Kathy encendió el televisor y lo sintonizó en el canal 24 horas. En ese instante, levantaba la tapa de la olla para sumergir las papas que cocinaría para el almuerzo. Entre tanto, Mauricio aseaba las heces de Rocko en el patio trasero. Fue el encabezado del matinal lo que transformó su pacífica mañana en un caos; dejó caer la tapa, que en segundos se estrelló contra las baldosas, y a trompicones, casi sin creer lo que veía, corrió con el control hacia el living, se situó frente al televisor y subió el volumen hasta cuarenta. A medida que reclinaba su brazo, posándolo en su rostro moreno, se deshacía en lágrimas desgarradoras.
—¡Por Dios! ¡No, no, no! —exclamó, cayendo de rodillas sobre la alfombra gris.
Mauricio apareció raudo por la puerta estrecha de la cocina.
—¿Qué ocurre?
No obstante, la voz trémula de su mujer apenas era audible.
—Ve —inquirió, señalando el televisor—. Esa mujer desaparecida de la que hablan en el matinal es Laura, ¡nuestra hija! ¡Maldita sea! ¿Qué le ocurrió?
Mauricio se detuvo frente al sofá y leyó el encabezado que se hallaba junto a la fotografía de Laura y del presunto sospechoso, ya que ambos estaban desaparecidos. Mientras oía a los periodistas, su labio inferior temblaba de la misma forma que su mano gruesa frotaba ambos ojos, intentando contener el impacto que esta noticia significaba para él. Sin más, inhaló profundo y se acercó a Katherine, la levantó con delicadeza abrazándola con todas sus fuerzas y, sin titubear, la vio con sus ojos oscuros y soltó un par de palabras.
—Ve y empaca mis cosas.
—¿Qué dices? —preguntó entre lágrimas.
—Toma lo que creas prudente y empácalo. Me voy a San Pedro de Atacama; te juro que volveré con nuestra hija, esté donde esté y en la condición que sea.
—Iré contigo.
—No, esto puede ser peligroso, Kathy. Debo actuar con sutileza; confía en mí, yo conozco el lugar. Además, mi viejo amigo y colega Lalo vive allá, lo contactaré de inmediato para que me reciba en su casa u hostal. Te lo juro que cuando halle al desgraciado que hizo esto lo va a pagar.
—No digas algo así, por favor. Mauricio, ten cuidado, los tiempos no están como para estar jugando a los envalentonados.
—Tranquila —agregó mientras realizaba la llamada y se dirigía al dormitorio—. Lo único que te puedo asegurar es que mi hija no será una más del interminable listado de desaparecidos, no dejaré que eso suceda.
A la par, digitó los números de la caja fuerte y tomó del interior su Taurus Calibre 40 color arena, con la que efectuó un «clic»mientras simulaba apuntar hacia la gruesa ventana del dormitorio.
***
Fueron más de dos mil kilómetros desde Los Ángeles, lo que significó alrededor de treinta y ocho horas de conducción. Sin duda, un viaje exhaustivo. En especial cuando debió tomar la ruta 5 norte en Santiago, donde las capas de nubes grisáceas de la zona industrial sellaban el cielo y sobre las vías prevalecía el caos debido a la cantidad de vehículos en circulación y el ruido que producían los camiones de carga pesada. Sin embargo, la tensión disminuyó de forma considerable cuando salió de la capital, y volvió a ver el cielo despejado y menos automóviles en curso. Durante el trayecto, Mauricio tan solo se detuvo a cargar combustible, pasar al baño y comer en algunos puntos de gasolineras lo más raudo posible, ya que su objetivo principal era llegar cuanto antes a San Pedro de Atacama.
Considerando el horario, no debió ser más de medianoche cuando visualizó el imponente y estrellado cielo que adornaba la Cordillera de la Sal, dejando entre ver el pequeño oasis a distancia y, posterior a esto, las próximas curvas solitarias de formaciones rocosas, hasta que la vía lo llevó directo a las luces de los empalmes que iluminaban el pueblo. Dejó atrás el asfalto para ingresar por el camino nervudo de tierra. A medida que conducía, reflexionaba sobre la cantidad de años que habían transcurrido desde la última vez que trabajó en la comuna; veinticinco, para ser exacto. Pues, a su consideración, era notorio el aumento de la población, aunque la geografía seguía tal cual como la recordaba, a pesar de la escasa luminosidad. A la par, aumentaba su impaciencia y la necesidad por hallar a Laura, aunque intentaba suprimir la angustia. Para encontrar la dirección del hostal, Lalo, minutos antes, le compartió su ubicación vía WhatsApp. Por tanto, siguió en horizontal, alejándose de la zona céntrica y adentrándose hacia una población. Las aceras se hallaban solitarias, solo se oían en el interior de las casas los ladridos de perros o una que otra musiquilla casi imperceptible, hasta que se detuvo frente a un portón caoba, donde finalizaba la ubicación. Encendió las luces de emergencia de su Jeep y alzó el cuello por la ventana, donde fue golpeteado por una aireada fría y reseca, típica del desierto. Luego, tomó el celular y llamó. Lalo se encontraba expectante a su llegada y no tardó más de tres minutos hasta que chirriaron las ruedas del portón. Este le hizo un gesto con el brazo y Mauricio aceleró, adentrándose sobre el camino pavimentado; avanzó unos centímetros y se estacionó. Apenas bajó y cerró la puerta con sus gigantescas manos velludas, se encendió un foco solar y, detrás de él, apareció un hombre delgado y alto que lucía una polera colorida y de manga corta, un short deportivo negro y sandalias. No cabía duda, era Lalo, y los años parecían no haber pasado en él, aunque lo único que lo delataba era su cabello con bastantes entradas cenizas, que resaltaron cuando se vieron de frente. Hubo un silencio entre ambos y, luego, dos rostros emocionados que se dieron un fuerte abrazo en conjunto de unos golpes sobre los hombros.
—Mi viejo amigo Mauro. ¡Qué alegría de verte! Aunque lamento las causas que te han traído de forma tan repentina.
—¡Ay! Lalo, no sabes la cantidad de cosas que me vienen a la cabeza en este momento. En especial, desde que supe sobre la desaparición de mi hija.
—No faltan las desgracias, Mauro, pero la vamos a encontrar. Tú sabes que así será.
—Es lo que más quiero —dijo restregándose ambos ojos con la yema de los dedos, como si fuera a quitarles una molesta basura.
En paralelo e interrumpiendo la conversación, ambos oyeron unos rítmicos zancos que se detuvieron a corta distancia, hasta que se asomaron por completo desde la escasa luminosidad, resaltando la disminuida silueta con piernas torneadas que se revestían hasta la rodilla de un vestido color mezclilla que acentuaba su delgado cuello y rostro diamante, de nariz romana simétrica, como ambos ojos color zafiro que centelleaban como su cabello rubio cenizo.
—Mauricio.
—Norma.
Ambos se saludaron de beso en la mejilla.
—¿Cómo estuvo el viaje? —preguntó la mujer con los brazos arqueados a la cintura.
—Agotador, pero qué más da, ya estoy aquí.
—Ha de ser. Además, debes de tener hambre. Vamos a la casa, aquí ya está frío.
Mauricio los observó con un movimiento afirmativo de cabeza. Posterior a esto, los tres siguieron por el pasillo de cerámica que estaba por delante de diversas puertas que conducían a las habitaciones del hostal. Resultaba algo gracioso, ya que ambos tenían una estatura similar y, por el contrario, Norma parecía una niña entre ellos. A continuación, se detuvieron en una puerta de madera que dividía la casa del hostal. Lalo la abrió sin hacer mayor ruido y, como estaba tan oscuro, Mauricio no pudo visualizar con detención el exterior; por el contrario, sí observó con detalle el interior de la casa. Norma encabezó la entrada y abrió la puerta. Todo estaba iluminado y parecía una casa bastante confortante: las paredes horizontales estaban teñidas de color azul y las verticales, en tono hueso como el techo. En primer lugar, estaba la zona del living que fue lo primero en dejarse ver, con sus dos sofás de cuero blancos; entre ambos, una mesa rectangular, y sobre ella, revistas y un juego de ajedrez al estilo andino; apegada a la pared, una TV de gran tamaño, y al fondo del ala izquierda, que conectaba a la ventana principal, una estufa a leña con palos trozados en la parte inferior. A continuación, se hallaba el comedor de vidrio con sillas de madera y tapizado blanquecino; en el centro un florero; al costado final, un bar esquinero con variedad de tragos y copas; y a su lado, otro mueble horizontal en tono oscuro y de madera gruesa. Como si formaran una L, posterior al comedor se encontraba la cocina americana con un mesón imponente que los dividía; sobre él, una cesta con frutas, y alrededor, todos los utensilios para la cocina, sus muebles y aparatos electrónicos. Más al fondo, el baño, que es a lo primero que concurrió Mauricio; hasta ese espacio era acogedor, con las paredes con baldosas azules, y de un tamaño considerable. Probablemente, las otras puertas conducían a las habitaciones familiares. La casa se mantenía bastante fresca por el aire acondicionado y el exquisito olor a aromatizantes.
Mauricio aprovechó de humedecer su rostro y cabello. Luego, retornó hasta el comedor.
—Toma asiento —agregó Norma con su voz enérgica.
Mauricio, algo avergonzado, tomó asiento al costado derecho de la mesa.
—No trabajes de más, pronto me iré a recostar.
—Detalles. Además, cociné un lomo que está para chuparse los dedos —musitó a medida que tomaba el plato del mesón.
—¿Un vinito? —propuso Lalo, detenido frente al bar.
—Podría ser —replicó levantando el pulgar.
Lalo cogió del interior un Casillero del Diablo, Cabernet Sauvignon; extrajo tres copas de vino y se dirigió hasta la mesa; lo descorchó y vertió el vino.
—Por nuestro encuentro, amigo —brindó Lalo, alzando su copa.
Mientras, Norma acomodaba sobre la mesa el sabroso lomo con papas salteadas y ensalada chilena. Mauricio y Norma repitieron el acto y alzaron sus copas.
—Gracias —inquirió Mauricio, bebiendo un sorbo.
—No hay de qué. ¿Y cómo hallaste el pueblo? —preguntó la mujer mientras Mauricio comenzaba a trozar la carne.
—Para ser honesto, no pude observar bastante debido a la escasa iluminación, pero sí noté que aumentó bastante la población.
—Así es.
—¿Y sus hijos? —preguntó cuando fijó la mirada en un cuadro familiar que yacía en la pared.
—El mayor en Santiago, sigue ejerciendo como prevencionista de riesgo, está casado y tiene dos gemelos de cuatro añitos; y el menor hace poco egresó de kinesiólogo.
—Cómo pasa el tiempo. Cuando me fui de aquí, el mayor, Ignacio, recién dejaba los pañales, y Raúl, el menor, estaba en tu barriga —señaló viendo a Norma—. Mi Laura hace dos meses cumplió los treinta y es una gran psicóloga —sollozó, bajando la mirada con nostalgia.
—¿Y Kathy? —interrogó Lalo.
—Destrozada. Imaginen lo que significa descubrir que un hijo está desaparecido por los medios de comunicación.
—Devastador —musitó Norma con voz compasiva—. Yo no sé qué haría si me enterara de algo así.
Los tres aguardaron en silencio por unos instantes.
—Les agradezco su apoyo. Me da pena molestarlos y no sé cuánto deba quedarme —agregó con zozobra.
—Por eso no te preocupes, considera que nuestra casa es como si fuera la tuya. Aunque, para tu mayor comodidad y privacidad, te dejamos un cuarto en el hostal que puedes utilizar todo el tiempo que necesites.
—Gracias.
Entre tanto, conversaron sobre sus vidas y recordaron el tiempo en que trabajaron juntos hasta que se acabó la botella. Posterior a esto, oyeron la manija de la puerta virar; era Raúl, el hijo de Lalo, un joven alto y estilizado, de frente estrecha y barbilla retraída, y, además, con unos ojos color zafiro similares a los de su madre. Se acercó hasta ellos con algo de timidez, que se notó en sus mejillas algo coloradas. A continuación, estrechó la mano a Mauricio, a quien no conocía en persona. Sin embargo, sabía de él por las hazañas que su padre tanto le mencionó durante la niñez. Debido a que el tiempo apremiaba, se despidieron pronto y ambos amigos decidieron enfocarse en lo importante. Por tanto, se dirigieron al final del pasillo, más allá del baño, y entraron a la oficina de Lalo, quien no perdió el tiempo y aprovechó la instancia para llevar consigo unas cervezas.
—¿Qué información tienes? —interrogó Mauricio.
—Según mis contactos, hasta el momento, la única evidencia es el teléfono de Laura. La última semana solo mantuvo conversaciones con su amiga María José, es más, por la tarde del día anterior a la desaparición hay una llamada internacional con ella vía WhatsApp durante veintiún minutos y tres segundos, y la última llamada corresponde al doctor Luciano Rinaldi, el día veintinueve de enero a las ocho y un cuarto de la mañana, cuando ella viajaba supuestamente en el transfer. Esta no pudo llevarse a cabo, es posible que sea por falta de cobertura cuando intentó realizarla.
—¿Dónde fue hallado el teléfono?
—En la recepción del hospedaje.
Mauricio lo observó con atención, tocando su barbilla y sentado a su costado.
—¿Tenemos algo más? —inquirió Mauricio mientras bebía un sorbo de cerveza.
—El denunciante.
—¿Quién?
—El doctor Luciano Rinaldi.
—¿Al mismo que llamó antes de desaparecer?
—Sí.
—¿Por qué vinculan al tal Pablo Fuenzalida con la desaparición?
—Dicen que fue el último en verla. Después de que Laura fuera abordada por error en una de las Van a Tour y no por el Transfer. Es la versión que dieron el doctor e Inés de lo que Pablo les explicó en el momento. Además, debemos considerar que desde la tarde del día siguiente a la desaparición nadie más lo ha vuelto a ver. Y lo más extraño es que a la mañana siguiente de la denuncia apareció el Chevrolet Captiva de Pablo desbarrancado y hecho trizas al fondo del mirador de Kari.
—¿Cómo es eso? Rarísimo.
—Así es, Mauro. Ahora, si me preguntas: ¿cuerpos u otra evidencia? La respuesta es simple: negativo. Además, hubo una explosión que terminó por devorar el resto.
—Bastantes coincidencias.
—La denuncia del doctor, ¿crees que es verídica? —interrogó.
—No lo sabemos, pero como es hijo de un doctor reconocido, podríamos agradecerlo. Este cuando hizo la denuncia sin apoyo, fue acogida como una más del montón; ahora, a un mes de la desaparición y desde que su padre realizó algunas llamadas, todo se movilizó y la noticia se propagó como un virus.
—¿Testigos? —interrogó Mauricio.
—Según me informaron, no. Aunque se le tomó la declaración a Inés Rosales, la señora de tercera edad que trabaja con el sospechoso; al conductor, Marcos, que también fue mencionado por una posible confusión el día de la desaparición; y a Javier Fuenzalida, el hermano del sospechoso.
—¿Y?
—Cada cual, con una teoría diferente, pero que de una u otra forma señalan a Pablo Fuenzalida.
—¿Qué tenemos del conductor y la mujer?
—El conductor desmiente la acusación, negando vínculo alguno con la desaparición.
—¿De qué se le acusa?
—Conseguí una copia de la denuncia, te dejaré el documento para que lo analices con detención. Lo que me preocupa es la versión de la señora que trabaja para el sospechoso. Reafirmó en parte la declaración del doctor y, a la vez, describe a su empleador como un tipo cambiante, extraño y malhumorado. Pero también acusa a Laura.
—¿De qué? —Mauricio preguntó con asombro, tomando una postura erguida desde su asiento con las piernas abiertas y los brazos cruzados sobre el abdomen.
—Conflictiva y coqueta— añadió rascándose entre sí, ambas piernas lampiñas.
—¿En qué se basa?
—Según ella, por los comportamientos de tu hija durante la estadía. Es más, aclaró que no le extraña que hubiera algún tipo de romance entre ellos y que luego aparezcan.
Mauricio meneó la cabeza como si objetara aquel testimonio.
—En mi opinión, con esta información podemos avanzar en algo. Gracias, Lalito —agregó Mauricio sobre una nube de misterio.
Este, asintió alzando su mentón.
—Pues ya te llevo a la habitación, mañana debo madrugar —dijo entre bostezos y estirando los brazos con dirección a la espalda.
Lalo acompañó a Mauricio hasta el hostal; Norma lo más probable es que yacía dormida. Siguieron por el pasillo y abrieron la habitación ocho, un cuarto bastante cálido, teñido de color ocre con algunas decoraciones en las paredes, además de un imponente closet, una cama de dos plazas con colchón reconfortante, veladores a sus costados y, sobre ellos, unas lámparas blancas, TV e incluso una pequeña silla y mesa de metal, y al final una puerta blanca que lo dirigía a un cuarto de baño espacioso. De inmediato, cuando se retiró Lalo, Mauricio se quitó los bototos y la ropa para darse un baño de agua caliente; el sofoco y sudor durante casi dos días de conducción lo obligaban a desprender aromas poco agradables. Posterior a esto, se puso una camiseta blanca de cuello redondo y sus calzoncillos amoldados a la ingle.
II «EL VIAJE»
Era una madrugada fría en la capital de Chile. Los primeros albores en el aeropuerto Arturo Benítez Merino ya comenzaban a imponerse frente a los extensos ventanales que resaltaban las pistas de aterrizaje. Casi al final del segundo piso, se alcanzaba a definir la silueta de Laura. Cualquiera pensaría que era una adolescente por su tamaño y contextura disminuida. Vestía una chaqueta ajustada color nuez y unos pantalones de carga grises como sus zapatos de senderismo. Su rostro ovalado de tez morena acompañaba a sus ojos color avellanos y labios expresivos, en los que se figuraba la gelidez que recorría desde sus mejillas pronunciadas hasta su nariz simétrica, que lucía enrojecida. Para ganar algo de calor, se restregaba ambas manos entre sí a medida que su mirada se extraviaba observando a los aviones que despegaban y, en ocasiones, hacia las personas que circulaban por los andenes, a los niños que jugueteaban junto a sus padres, que con nerviosismo los reprendían para que se mantuvieran en los asientos cuadrados, en tono azul.
Después de treinta minutos, los pasajeros fueron llamados al andén tres. Laura acomodó parte de su cabello crespo, que yacía atrapado bajo su mochila de cuero negra, y se ubicó en la extensa fila, donde la mayoría de los pasajeros eran hombres, y el otro porcentaje, extranjeros. Cuando estuvo frente a la encargada, se identificó presentando su cédula de identidad y tarjeta de embarque. La mujer de rostro cordial asintió con la cabeza; luego de escanear los códigos, extendió el brazo para que se dirigiera por el tubo estrecho y rectangular que los llevaba hacia la conexión directa con el avión. En el extremo delantero, yacía una azafata de labios rojo pasión y de sonrisa cálida, dándoles la bienvenida. Laura corroboró su número de asiento, que se hallaba en el ala derecha; siguiendo con dirección hacia la pequeña e iluminada ventana, acomodó su bolso en la parte baja del asiento delantero y se quitó la chaqueta, que la asfixiaba; se sentía como un roedor siendo triturado por una serpiente. En los asientos restantes se ubicaron dos hombres que al parecer viajaban en conjunto, debido a la confianza en sus temas de conversación. El que tomó asiento al medio tenía rostro redondo y adornado por una capa de cejas sobrepobladas, nariz ancha y labios en forma de corazón. Este, antes del ascenso, se desplomó y comenzó a roncar; lo más incómodo para Laura era que, al cabo de algunos minutos, se ahogaba, abría los ojos, alarmados, y luego volvía a bufar. El otro acompañante se sentó en el del pasillo, y poseía un rostro curioso, lucía barba y un gorro negro que ocultaba su frente. Apenas oyó los ronquidos de su compañero, se puso unos audífonos de esos gigantes que te cubren las orejas por completo. Minutos antes del despegue, las azafatas comenzaron su ritual de instrucciones de seguridad para los pasajeros a bordo.
Durante el vuelo, Laura observó la geografía de toda la planicie mientras rememoraba el once de diciembre, día de su cumpleaños, hacía un mes y medio atrás. Aquel día que, en vez de cantar el cumpleaños feliz con una torta adornada de velas coloridas o numéricas y en compañía de alguien, fue un día común y corriente; su pastel no fue más que los tallarines con salsa que mantenía congelados en la nevera, un vaso de jugo de naranja y su mejor compañía: el computador.
«Un magnífico panorama en un día que debiera ser especial, ¿qué más podría hacer? No soy del tipo de personas con una ardua lista de amigos», pensó.
Sus pacientes se habían convertido en su único interés, se negaba a volver a confiar demasiado para luego vivir desengaños. En cuanto al amor, tres años de soltería y alejada de personas que, aunque, quisieran empatizar con ella, no traspasaban los límites que se había impuesto. Se había convertido en un as a la hora de espantar pretendientes, sentía que no era el momento para establecerse en una relación que se convertiría en un futuro martirio.
De pronto, la cabeza adormecida del pasajero ruidoso, que babeaba su hombro izquierdo, le hizo volver al presente. Cuando el hombre percibió lo acontecido, se encontró con el rostro amargo de Laura, que con la mirada lo decía todo; se disculpó, sonrojado, y enderezó la cabeza, volteándose a conversar con su acompañante, que se hallaba en un trance profundo.
Fue una hora y cuarenta minutos de viaje hasta que el piloto avisó por los altos parlantes del próximo aterrizaje. Las azafatas, de cabellos recogidos y atuendos ajustados, deambularon por el pasillo de principio a fin, asegurándose de que todos estuvieran en sus asientos con los cinturones abrochados. El aterrizaje fue tranquilo y, durante el descenso, el avión los dejó a unos metros del ingreso al Aeropuerto El Loa. Cuando descendieron, apareció un viento repentino que azotó a todos los pasajeros. Laura se cruzó de brazos como de costumbre, reafirmó su bolso y se dirigió con rapidez al departamento de equipajes. Este no demoró en salir por el orificio oscuro que deslizaba un sinfín de bolsos y maletas. A continuación, volteó hacia los extensos ventanales en sentido contrario, donde halló por la parte exterior a algunas personas con letreros. Lucían diferentes vestimentas y logos, ya que la mayoría trabajaba para algún medio de transporte. Avanzó entre las exclamaciones de ofertas y reiterando los nombres de pasajeros que esperaban según las llegadas de sus aerolíneas. Siguió observando hasta que un hombre de estatura baja, semi calvo, de polera color mostaza y pantalón de tela negro, levantó su letrero con un listado donde aparecía su nombre. De inmediato, él le solicitó que lo acompañase. Por tanto, lo siguió mientras arrastraba su maleta hasta que llegaron a un sitio ubicado al frente de las empresas de transporte. Laura vio el ventanal donde se reflejaba su silueta e ingresó, se acomodó en un sillón gris con patas de madera mientras esperaba al resto de los pasajeros. Este refugio de ambiente moderno era un rectángulo de muros color blanco; en un extremo casi al fondo, poseía una maceta con plantas artificiales; a unos metros, un dispensador de agua con vasos desechables; y al frente, unas sillas.
Trascurridos algunos minutos, llegaron tres extranjeros y, a juzgar por su idioma, parecían europeos. Además, sus rasgos típicos lo corroboraban: rubios, de estatura alta y ojos color cielo. Se sentaron mientras observaban con curiosidad el sitio. A continuación, llegaron personas chilenas de edades intermedias; dos hombres altos y una mujer delgada de cabello rojizo y estatura no más de un metro sesenta. Más bien, era casi del mismo tamaño de Laura. Ya estando listos, el conductor vino por ellos y los llevó a las afueras del aeropuerto, donde se encontraba estacionado un furgón negro con franjas, y subió los equipajes dentro del maletero. El aire candente en el interior era sofocante, aunque expendía un rico aroma a lavanda que luego se confundió con el hedor a sudor de algunos pasajeros. Por fin, el conductor encendió el aire acondicionado y el ambiente se tornó un tanto más agradable. Laura se acomodó con posición a la ventana mientras que tomaban dirección hacia la comuna.
Avanzaron algunos kilómetros de camino desértico, y la mayoría de los pasajeros estaban extasiados viendo el paisaje opaco y sus formaciones rocosas. En especial, cuando a distancia se presentó ante sus ojos el imponente volcán Licancabur con su magnífica forma de cono. Hasta ese momento, ya habían ascendido a más de dos mil quinientos pies de altura y Laura comenzó a notar algunas alteraciones en sus oídos con un zumbido chirriante similar al de una emisora radial sin señal. Al cabo de unos minutos, luego de reiteradas curvas, se acercaban con rapidez a una muy pronunciada hasta que el conductor del transfer se detuvo de forma brusca. Delante de él había dos vehículos también a la espera, y desde ahí se lograban ver balizas de emergencia: carabineros y ambulancia. Todos los pasajeros estiraban sus cuellos como jirafas para observar qué ocurría. El conductor volteó desde el asiento gris tapizado y les informó que había un accidente de tránsito, y aprovechó la ocasión para hablarles de la cuesta. Todos estaban muy intrigados.
— Cuesta «El Cuervo», así se llama —dijo, reluciendo su calvicie y ojos rasgados—. Cuando podamos desplazarnos verán las animitas en ambos sentidos. Es la cuesta más peligrosa de este camino y ha cobrado la vida de mucha gente, y los que no, han quedado con lesiones muy graves.
—¿Y producto de qué han sido los accidentes? —interrogó un joven con cabello de erizo y rostro alargado.
—Exceso de velocidad, se han dormido, choques frontales, sobrecarga de vehículos y un sinfín. En especial, cuando la han subestimado. Quienes no conocen la zona se encuentran con la curva de frente.
La mayoría lo oía con atención, a diferencia de los extranjeros, que no comprendían muy bien el español. Sin embargo, se mantuvieron en silencio y expectantes. Entre tanto, un carabinero alto y delgado, con chaleco reflectante y pantalones verde musgo, alzó su brazo izquierdo señalando para que continuaran. Posterior a esto, el conductor y los demás medios de transporte avanzaron. Todos observaban perplejos la camioneta blanca del accidente, parecía un acordeón y del conductor no se podía saber mucho. Laura se estremeció cuando transitaron por aquella área e incluso sintió escalofríos, había una cantidad de animitas en esa curva. Desde el transfer observó hacía unos metros al interior, con sentido derecho, donde halló un camión destrozado con sus partes dispersas; luego vio a mano izquierda otra anima, con la mitad de una camioneta color rojo destrozada. Siguieron y, a pocos kilómetros de ingresar a la comuna, todos fijaron su atención hacia el mirador, que tenía una vista hermosa, los cerros y sus formaciones rocosas en diferentes colores tierra. Desde lejos se contemplaba la comuna, que parecía estar en el interior de un verdadero oasis. Siguieron durante algunos minutos entre curvas insinuadas y estrechas, hasta que al fin aparecieron en línea recta frente a un gran letrero de madera a poca distancia con techumbres y bancas.
Ingresaron dejando atrás el pavimento y adentrándose a un camino de tierra y sobresaltos. El transfer recorrió diversos alojamientos. De pronto, el conductor se detuvo y le señaló a Laura su hospedaje; se detuvieron y, raudamente, este bajó su maleta para luego partir hacia las otras ubicaciones. El hostal tenía una fachada color blanco y una puerta de madera color barniz oscuro; en el costado derecho superior, el letrero con el nombre y dirección, además de un timbre color cenizo, al que presionó dos veces entre tanto se oía «rin, rin»y unas zancadas que se acercaban a la puerta.
De pronto, apareció una mano huesuda sobre el borde de la puerta que en secciones se dejó ver. En primera instancia, asomó su rostro pálido y alargado, de ojos saltones y castaños, nariz ondulada y labios finos. A continuación, se posicionó por delante de la puerta y Laura observó su silueta delgada y triangular; vestía una polera negra y ancha, jeans ajustados oscuros y bototos de senderismo en tono grafito. Este la vio de pie a cabeza y realizó algunas muecas que denotaban cierta irritación.
De primera vista, a Laura le pareció apático y quisquilloso, aunque no quiso prestar mayor atención a su apariencia, ya que desde que bajó del transfer sintió su respiración entrecortada, inestabilidad y sordera. No obstante, intentó demostrar lo contrario.
—Buenos días —rechistó el hombre, en paralelo, viéndola con el ceño fruncido, que resaltaba sus cejas de arcos poco definidos.
—Mi nombre es Laura Torres y tengo una reserva en este hospedaje.
—Laura, yo soy Pablo, el administrador del hostal. La esperamos para hoy. Aunque quisiera aclararle que el ingreso es a partir de las dos de la tarde.
—Entiendo. ¿Puedo dejar mi equipaje, aunque sea en la recepción, y regresar a la hora que corresponde? —inquirió algo lívida y nauseabunda, ya que la altura comenzaba a repercutir en ella.
—Solo quería manifestárselo. Sin embargo, su habitación ya está aseada, los turistas que la utilizaban se fueron ayer. Así que puede usarla desde ya. Es más, ingresemos. —Señaló hacia el pasillo.
—Está bien.
Cuando entraron, Laura lo siguió hasta que se instalaron en la recepción. Este le solicitó que se registrara en el libro de pasajeros, mientras él localizaba las llaves del dormitorio tres, que se mantenían colgadas en una percha de la pared. Luego, se dirigieron por el angosto y extenso pasillo con dirección a la habitación, pero minutos antes se encontraba la cocina; iban por esa área enmudecidos, con el rechino de maleta que era lo único emitiendo ruido, ya que el silencio de Pablo hacía más tensa la situación. De pronto, apareció una mujer algo andrajosa con dirección a ellos, moviéndose a sus anchas, frenética. Los años se dejaban caer sobre sus hombros robustos y desproporcionados, lucía una polera cuello redondo ajustada color beige que acentuaba sus rollizos, sus piernas gruesas eran revestidas de un pantalón de talle alto grafito con manchas a la altura de las pantorrillas. Estando a un trecho de Laura, expendió un hedor entre condimentos de cocina y sudor. Cuando se detuvo al frente, Laura observó con detención su cabello blanquecino, cejas finas y asimétricas, comparándolas con su facción redonda y sonrojada, en especial sobre los pómulos y nariz ancha. Debajo de sus labios inexistentes, cerca del mentón, para ser exacto, poseía un lunar carnoso muy similar a una verruga.
—Señorita, un gusto —dijo, viéndola con sus ojos oscuros.
Y, a continuación, estrechó su mano tosca contra la de Laura.
—Buenas, señora.
—Soy Inés, trabajo aquí. Yo aseo las piezas y soy la encargada de los desayunos. La habíamos estado esperando, acá solo se habla de usted.
—¿Sí?
—Cierra la boca, vieja deslenguada —soltó de repente Pablo.
Laura se silenció. Si no estuviera tan mareada, hubiera intervenido a favor de la anciana y confrontado al irrespetuoso administrador. No obstante, solo observó la situación.
—Es verdad, ¿por qué debo mentir?
—Deje de molestar a la pasajera y váyase a trabajar, que para eso le pagan —agregó con frenesí.
Inés retornó a la cocina, cabizbaja.
—Justo aquí —indicó a pasos del dormitorio—. Disculpe a Inés. Es muy buena trabajando, pero en ocasiones es algo inoportuna y mete las narices donde nadie la llama.
—No hay problema, fue muy amable conmigo. ¿Le puedo hacer una pregunta?
—La oigo.
—¿Usted siempre la trata así?
—¡Ah! Usted lo dice por el lenguaje que utilicé con ella. Quizá me descontrolé un poco. No obstante, hay confianza. Nos conocemos desde que era un niño.
—Entiendo.
Pablo comenzó a hacer doble giro en la manija de acero, en tono negro carbón, y ambos ingresaron al cuarto. Laura acomodó su maleta en la parte trasera de la cama, viendo el rectángulo perfecto en tono marfil decorado con cuadros rupestres.
—¿Le gusta? Acá tendrá una cama matrimonial, aunque viaje sin acompañante. Es algo que estipuló la persona que hizo la reserva, y si observa por allá —indicó señalando una puerta blanca—, ahí está el baño.
—Está bien.
Ambos se dirigieron hasta él. En el interior yacía un inodoro, lavamanos y ducha pequeña, además de algunos útiles de aseo: jabón de cortesía, dos sobres pequeños de champú y acondicionador, y toallas de mano. Luego retornaron a la parte central donde se hallaba la cama de cobertor beige, con piecera gruesa de Aguayo en tono marrón con franjas en tono cedro, acompañada de dos almohadones del mismo color. A sus costados, dos veladores de madera barniz claro. Sobre ellos, lámparas que parecían diminutas torres en tono blanco.
—Aquí está el reglamento interno. —Indicó con el índice sobre el velador del ala derecha—. Ya es hora, la dejaré para que se acomode. No olvide dirigirse a recepción en cuanto pueda, debo entregarle el itinerario de los tours, ya que hoy comienza con uno por la tarde.
—¿Hoy? —preguntó Laura, conteniendo la necesidad de ir al baño y vomitar.
—Sí, la espero —dijo mientras encaminaba el paso hacia la salida con sus piernas raquíticas.
A continuación, Laura se apresuró en ir al baño; todo giraba en el interior de su estómago. Además, estaba muy mareada y el pitido fastidioso en ambos oídos no cesaba. Luego se humedeció el rostro, regresó hasta la cama y se abalanzó de espaldas sobre ella con los brazos abiertos, observando el techo color madera. Se quedó en esa quietud, reflexionando en todo lo que estaba viviendo y en lo desagradable que le resultó el administrador. El sentimiento era típico de cuando te encuentras a alguien con vibraciones muy bajas y solo quieres huir de su lado, aunque no quería juzgar por adelantado, incluso por ética, considerando además que desde hacía tres años también esto ocurría con ella; no a todos les agradaban las personas directas y racionales.
Luego dejó su maleta en el interior del clóset, que estaba en posición vertical cerca del baño. Al frente de la cama había un televisor, el cual encendió y sintonizó en el Canal Nacional. No obstante, los temas centrales eran los femicidios, los asesinatos y la delincuencia; un sinfín. Meneó la cabeza con algo de nostalgia y decidió apagarla. No tardó mucho en acercarse a la recepción. Antes corroboró que dejaba con llave el dormitorio. Una vez fuera, volvió a girar la manija para ver si había quedado bien cerrada. Posterior a esto, llegando a la cocina, tanteó sus bolsillos para corroborar de nuevo que llevaba las llaves. Dio un vistazo rápido por si veía a la señora y poder esquivarla pronto. Sin embargo, y por suerte, no estaba. Cuando estaba a metros, observó la silueta de un hombre con piernas largas y cruzadas que vestía un pantalón recto de senderismo color gris plata, con sus brazos esbeltos codeados sobre el mesón de la recepción revestidos de una polera color nieve y cuello en «v». Al notar el acercamiento de Laura, cambió de postura a una erguida, dejando ver sus hombros firmes y su cuello estilizado. La contempló con su mirada viva y ojos color turquesa a la vez que entrelazaba las manos por sus cabellos rubios miel, atados a un moño despuntado. No demoró en exhibirle una sonrisa agridulce de sus labios expresivos, que intensificaban su rostro óvalo y blanquecino. Laura lo saludó con un gesto amable y él pronunció de su voz cantarina unas palabras:
—¿Qué tal?
Mientras Laura lo oía, observó su apariencia de galán de televisión. Le recordó un tanto al personaje Steve Royal de Marvel.
—Bien.
—¿Estás segura?
—Sí, ¿por qué?
—Para serte honesto, te ves bastante pálida.
—Puede ser. La altura quizá me afectó.
—¿Has tomado algo?
—No. Llegué hace poco.
—La hoja de coca es muy buena para regular la puna.
—¿Y eso? ¿Que no es droga?
El hombre sonrió sin poder evitarlo.
