Viajes con Charley - John Steinbeck - E-Book

Viajes con Charley E-Book

John Steinbeck

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Beschreibung

"Mi plan era claro, conciso y razonable, creo yo. He viajado por diversas partes del mundo durante muchos años. En Estados Unidos vivo en Nueva York, o me voy a Chicago o a San Francisco. Pero Nueva York no es más los Estados Unidos de lo que París es Francia o Londres es Inglaterra.Así que descubrí que no conocía mi propio país. Yo, un escritor estadounidense, que escribía sobre Estados Unidos, estaba trabajando de memoria, y la memoria es, en el mejor de los casos, un depósito defectuoso y deformado. No había oído el habla del país, ni olido la hierba ni los árboles ni las alcantarillas, ni visto sus cerros ni sus aguas, ni su color ni la calidad de su luz. Sabía de los cambios sólo por los libros y los periódicos. Pero, aparte de eso, llevaba veinticinco años sin sentir el país." En 1960, Steinbeck, acompañado por su perro Charley, recorrió más de 16.000 kilómetros a lo largo de treinta y cuatro estados a bordo de su autocaravana Rocinante. Durante el viaje conversó con camioneros y campesinos, sintiendo los miedos y las esperanzas de sus compatriotas. Este delicioso libro, que llegó a ser Número Uno en ventas en su país, fue publicado poco antes de recibir el Premio Nobel en 1962. "Pura delicia; un maravilloso viaje por Estados Unidos en el que Steinbeck estudia nuestros paisajes y también a sí mismo, analizando las dificultades emocionales de hacerse viejo." The New York Times Book Review

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Seitenzahl: 404

Veröffentlichungsjahr: 2014

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VIAJES CON CHARLEY

John Steinbeck

Título original: Travels with Charley in Search of America

© John Steinbeck, 1962

© de la traducción: José Manuel Álvarez Flórez

Edición en ebook: junio de 2014

© Nórdica Libros, S.L.

C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B 28044 Madrid (España)

www.nordicalibros.com

ISBN DIGITAL: 978-84-16112-31-9

Diseño de colección: Filo Estudio

Corrección ortotipográfica: Ana Patrón y Susana Rodríguez

Maquetación ebook: Caurina Diseño Gráfico

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Este libro está dedicado a

Harold Guinzburg,

con respeto nacido de una relación y

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Autor

PRIMERA PARTE

1

2

3

SEGUNDA PARTE

1

2

3

4

5

TERCERA PARTE

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

CUARTA PARTE

1

2

3

4

5

Contraportada

John Steinbeck

(Salinas, 1902 - Nueva York, 1968)

Narrador y dramaturgo estadounidense. Estudió en la Universidad de Stanford, pero desde muy joven tuvo que trabajar duramente como albañil, jornalero rural, agrimensor o empleado de tienda. En la década de 1930 describió la pobreza que acompañó a la Depresión económica y tuvo su primer reconocimiento crítico con la novela Tortilla Flat, en 1935.

Sus novelas se sitúan dentro de la corriente naturalista o del realismo social americano. Su estilo, heredero del naturalismo y próximo al periodismo, se sustenta sin embargo en una gran carga de emotividad en los argumentos y en el simbolismo presente en las situaciones y personajes que crea, como ocurre en sus obras mayores: De ratones y hombres (1937), Las uvas de la ira (1939) y Al este del Edén (1952). Obtuvo el premio Nobel en 1962.

PRIMERA PARTE

1

Cuando yo era muy joven y sentía dentro esa ansia de estar en otro sitio, las personas mayores me aseguraban que al hacerme mayor se me curaría este prurito. Cuando los años me calificaron de mayor, el remedio prescrito fue la edad madura. En la edad madura estaba ya seguro de que con unos años más se aliviaría mi fiebre y ahora, con cincuenta y ocho, de que tal vez la senilidad lo consiguiese. Nada ha funcionado. Cuatro ásperos pitidos de la sirena de un barco aún me erizan el pelo de la nuca y ponen mis pies en movimiento. El sonido de un reactor, un motor calentándose, hasta el toc-toc en el pavimento de unos cascos herrados producen el viejo estremecimiento, la boca seca y la mirada perdida, las palmas ardientes y una agitación del estómago bajo la caja torácica. En otras palabras, no mejoro; en otras palabras más, el que ha sido vagabundo alguna vez, lo será siempre. Me temo que la enfermedad es incurable. Expongo esto no para instruir a otros, sino para informarme yo.

Cuando el virus del desasosiego empieza a tomar posesión de un hombre rebelde, y el camino que lleva lejos de aquí parece ancho y recto y grato, la víctima debe hallar primero en sí misma una razón buena y suficiente para ponerse en marcha. Esto no le es difícil al vagabundo experto. Tiene incorporado un huerto de razones donde elegir. Luego debe planear su viaje en el tiempo y en el espacio, elegir una dirección y un destino. Y debe por último abordar los detalles prácticos. Cómo ir, qué llevar, cuánto tiempo estar. Esta parte del proceso es invariable e indefectible. La expongo sólo para que los recién llegados al vagabundeo no se crean, como adolescentes con un pecado recién urdido, que lo inventaron ellos.

Después de trazar el plan, disponer el equipo e iniciar un viaje, interviene y se hace cargo un nuevo factor. Cada viaje, safari o exploración es una entidad, diferente de todos los demás viajes. Tiene personalidad, temperamento, individualidad, carácter único. Un viaje es una persona en sí; no hay dos iguales. Y los planes, las salvaguardas, el control y la coerción son todos infructuosos. Descubrimos tras años de lucha que no hacemos un viaje: nos hace él a nosotros. Guías, programas, reservas, cosas obligadas e inevitables, se hunden y naufragan en la personalidad del viaje. Sólo cuando el vagabundo de pura cepa reconoce esto puede relajarse y asumirlo. Sólo entonces se disipan las frustraciones. En esto un viaje es como el matrimonio. La forma segura de equivocarse es pensar que lo controlas. Me siento mejor ahora, después de decir esto, aunque sólo los que lo han experimentado lo entenderán.

2

Mi plan era claro, conciso y razonable, creo yo. He viajado por diversas partes del mundo durante muchos años. En Estados Unidos vivo en Nueva York, o me voy a Chicago o a San Francisco. Pero Nueva York no es más los Estados Unidos de lo que París es Francia o Londres es Inglaterra. Así que descubrí que no conocía mi propio país. Yo, un escritor estadounidense, que escribía sobre Estados Unidos, estaba trabajando de memoria, y la memoria es, en el mejor de los casos, un depósito defectuoso y deformado. No había oído el habla del país, ni olido la hierba ni los árboles ni las alcantarillas, ni visto sus cerros ni sus aguas, ni su color ni la calidad de su luz. Sabía de los cambios sólo por los libros y los periódicos. Pero, aparte de eso, llevaba veinticinco años sin sentir el país. En resumen, estaba escribiendo sobre algo de lo que no sabía, y eso en un presunto escritor me parece un crimen. Mis recuerdos estaban deformados por los veinticinco años transcurridos.

Había viajado una vez en una vieja furgoneta de una panadería, un cacharro de dos puertas con un colchón en el suelo. Paraba donde paraba la gente o se reunía, oía y miraba y sentía, y me formé así una imagen de mi país cuya fidelidad sólo estaba distorsionada por mis propias limitaciones.

Así que decidí salir a mirar otra vez, a intentar redescubrir este país gigante. Sólo así podría explicar, al escribir, las pequeñas verdades diagnósticas que son los fundamentos de la verdad mayor. En los veinticinco años que habían transcurrido, mi nombre se había hecho razonablemente bien conocido. Y mi experiencia me había dicho que la gente cambia cuando ha oído hablar de ti, favorablemente o no; se convierten, por timidez o por las otras cualidades que inspira la publicidad, en algo que no son en circunstancias ordinarias. Siendo así las cosas, el viaje me obligaba a dejar en casa mi nombre y mi identidad. Tenía que ser ojos y oídos peripatéticos, una especie de placa de gelatina en movimiento. No podría firmar en registros de hoteles, ver a gente conocida, entrevistar a otros, ni siquiera hacer preguntas inquisitivas. Por otra parte, dos o más personas perturban el complejo ecológico de un área. Tenía que ir solo y tenía que ser reservado, una especie de tortuga despreocupada con la casa a cuestas.

Teniendo en cuenta todo esto, escribí a la oficina central de una gran empresa que fabrica camiones. Expliqué lo que me proponía y mis necesidades. Quería una furgoneta de tres cuartos de tonelada, capaz de ir a cualquier parte soportando condiciones posiblemente rigurosas, y en esa furgoneta quería una casita incorporada como el camarote de un barco pequeño. Un remolque resulta engorroso para maniobrar en pistas de montaña, es imposible y a menudo ilegal aparcar con él y está sujeto a diversas limitaciones. A su debido tiempo, llegaron especificaciones detalladas de un vehículo resistente, rápido y cómodo, con un anexo incorporado (una casita con cama doble, cocina de cuatro fuegos, estufa, nevera y luces, todo ello de butano, un retrete químico, espacio de armario, espacio de almacenaje, ventanas con mosquiteros para los insectos), exactamente lo que yo quería. Me la entregaron en el verano en la casita que tengo para pescar en Sag Harbor, al extremo de Long Island. Aunque no quería ponerme en marcha antes del Día del Trabajo, cuando la nación vuelve a asentarse en la vida normal, quería acostumbrarme a mi concha de tortuga, equiparla y aprender a manejarla. Llegó en agosto, una cosa bella, potente y sin embargo ágil. Era casi tan fácil de manejar como un turismo normal. Y como el viaje que había planeado había provocado algunos comentarios satíricos entre mis amigos, le llamé Rocinante, que era, como recordaréis, el nombre del caballo de don Quijote.

Como no hice ningún secreto de mi proyecto, surgieron una serie de discusiones entre mis amigos y asesores. (Cuando se proyecta un viaje surgen enjambres de ellos.) Se me dijo que como mi fotografía estaba todo lo difundida que mi editor había sido capaz de conseguir, me resultaría imposible andar por ahí sin que me reconocieran. Dejadme que os diga por adelantado que en unos dieciséis mil kilómetros, y a lo largo de treinta y cuatro estados, no fui reconocido ni una sola vez. Creo que la gente sólo identifica las cosas en contexto. Ni siquiera los que podrían haberme reconocido en el marco que teóricamente me corresponde me identificaron ni una sola vez en Rocinante.

Se me advirtió que el nombre de Rocinante pintado en un lado de la camioneta con caligrafía española del siglo xvi provocaría curiosidad e investigaciones en algunos lugares. No sé cuánta gente reconoció el nombre, pero lo cierto es que nadie hizo ni una sola pregunta sobre él.

Luego se me dijo que los objetivos de un desconocido que anduviese recorriendo el país podrían provocar investigaciones e incluso recelos. Debido a esto metí en la camioneta una escopeta, dos rifles y un par de cañas de pescar, pues según mi experiencia si un hombre anda cazando o pescando se entienden e incluso se aplauden sus objetivos. En realidad, mis días de caza han terminado. No mato ya ni capturo nada que no pueda meter en una sartén; soy demasiado viejo para la matanza deportiva. Esta escenografía resultó innecesaria.

Se me dijo que mi matrícula de Nueva York provocaría interés y tal vez preguntas, ya que eran las únicas señales identificativas externas que llevaba. Y así fue: unas veinte o treinta veces en todo el viaje. Pero esos contactos se atuvieron a una pauta invariable; que fue más o menos la siguiente:

Lugareño: «Nueva York, ¿eh?».

Yo: «Sí».

Lugareño: «Yo estuve allí en 1938... ¿o fue en el 39? Alice, ¿fue en el 38 o en el 39 cuando fuimos a Nueva York?».

Alice: «Fue en el 36. Me acuerdo porque fue el año que murió Alfred».

Lugareño: «Es igual, no me gustó nada. No viviría allí ni aunque me pagara usted por hacerlo».

Había cierta preocupación sincera por el hecho de que viajase solo, exponiéndome a un ataque, un robo, un asalto. Era bien sabido que nuestras carreteras son peligrosas. Y he de confesar que tenía a este respecto aprensiones absurdas. Hace años ya que no ando solo, anónimo, sin amistades, sin esa seguridad que le dan a uno la familia, cómplices y amigos. Ese peligro no tiene nada de real. Es sólo una sensación de soledad y desvalimiento al principio... una especie de sentimiento de desolación. Debido a ello, llevé en mi viaje un acompañante: un caniche francés viejo y caballeroso llamado Charley. Bueno, se llama en realidad Charles le Chien. Nació en Bercy, en los arrabales de París, y se educó en Francia, y aunque sabe un poco de inglés caniche, sólo responde con rapidez a órdenes en francés. Si no tiene que traducir, y eso le retrasa. Es un caniche muy grande, de un color llamado bleu, y es azul de verdad cuando está limpio. Charley es un diplomático nato. Prefiere la negociación a la lucha, lo que es una suerte, porque lo de luchar se le da muy mal. Sólo una vez en sus diez años de vida ha tenido problemas: cuando se encontró con un perro que se negó a negociar. Perdió en esa ocasión una parte de la oreja derecha. Pero es un buen perro guardián... tiene un rugido como el de un león, destinado a ocultar a los extraños que vagan en la noche el hecho de que no sería capaz de salir a mordiscos de un cornet de papier. Es un buen amigo y compañero de viaje, y no hay cosa que le guste más que andar de aquí para allá. Si tiene una gran presencia en esta crónica se debe a que aportó mucho al viaje. Un perro, sobre todo uno exótico como Charley, es un vínculo entre desconocidos. Muchas conversaciones en ruta empezaron con «¿De qué raza es ese perro?».

Las técnicas para iniciar una conversación son universales. Yo sabía hacía mucho, y redescubrí, que el mejor medio de conseguir atención, ayuda y conversación es estar perdido. El hombre que al ver a su madre muriéndose de hambre en un camino le da una patada en la barriga para despejar la ruta consagrará alegremente varias horas de su tiempo a dar instrucciones erróneas a un absoluto desconocido que afirme que se ha perdido.

3

Bajo los grandes robles de mi casa de Sag Harbor estaba Rocinante, bello y autónomo, y venían vecinos de visita, algunos que ni siquiera sabíamos que existían. Vi en sus ojos algo que había de ver una y otra vez en todas las partes del país: un deseo ardiente de irse, de marchar, de ponerse en camino, hacia cualquier lugar, lejos de cualquier Aquí. Hablaban quedamente de que querían irse algún día, andar por ahí, libres y desligados, no camino de algo sino alejándose de algo. Vi esa mirada y oí ese anhelo en todas partes de todos los estados que visité. Casi todos los estadounidenses están deseosos de irse. Un niño, de unos trece años, volvía todos los días. Se quedaba a un lado tímidamente y miraba a Rocinante; atisbaba por la puerta, hasta se echaba al suelo y examinaba las ballestas especiales, muy potentes. Era un muchachito ubicuo y silencioso. Venía incluso de noche a contemplar a Rocinante. «Si me llevaras contigo —me dijo—, bueno, haría lo que fuese. Cocinaría, lavaría todos los platos y haría todo el trabajo y cuidaría de ti.»

Conocía su anhelo, para mi desdicha.

—Ojalá pudiera —dije—. Pero el consejo escolar y tus padres y muchos más dicen que no puedo.

—Haré lo que sea —dijo él. Y yo creo que lo habría hecho. Creo que no renunció hasta que me puse en marcha sin él. Tenía el sueño que he tenido yo toda mi vida y para el que no hay cura.

Equipar a Rocinante fue un proceso largo y grato.

Llevé demasiadas cosas, pues no sabía con qué iba a encontrarme. Herramientas para una emergencia, cables de remolque, un aparejo de poleas pequeño, un zapapico y una palanca, instrumentos para hacer y arreglar e improvisar. Luego estaban los víveres de emergencia. Llegaría tarde al noroeste y me cogería la nieve. Me aprovisioné para una semana de emergencia por lo menos; lo del agua era fácil; Rocinante llevaba un depósito de ciento trece litros.

Pensé que podría escribir un poco en ruta, quizás ensayos, probablemente notas y con seguridad cartas. Llevé cuartillas, papel carbón, máquina de escribir, lápices, cuadernos. Y no sólo eso, sino también diccionarios, una pequeña enciclopedia y una docena de libros de consulta más, bastante gruesos. Creo que nuestra capacidad de autoengaño es ilimitada. Sabía muy bien que raras veces tomo notas, y que si lo hago, o las pierdo o no puedo leerlas después. Sabía también, con treinta años de profesión, que no puedo escribir en el calor del momento. Tiene que fermentar. He de hacer lo que un amigo llama «darle vueltas» un tiempo hasta que baje. Y a pesar de conocerme tan bien equipé a Rocinante con material de escribir suficiente para diez volúmenes. Incluí también sesenta kilos de esos libros que nunca llegas a leer... y no sería capaz de hacerlo tampoco en el viaje, por supuesto. Luego, productos enlatados, cartuchos, balas de rifle, cajas de herramientas y un exceso de ropa, mantas y almohadas, y de zapatos y botas, ropa interior acolchada de nailon para temperaturas bajo cero, y tazas y platos de plástico y una palangana del mismo material, un depósito de gas de repuesto. Las ballestas sobrecargadas gemían e iban bajando más y más. Según mis cálculos actuales llevé aproximadamente cuatro veces más de lo necesario de todo.

Sucede que Charley es un perro que lee el pensamiento. Ha habido muchos viajes en su vida, y hay que dejarlo en casa a menudo. Sabe que nos vamos mucho antes de que aparezcan las maletas y pasea y se preocupa y gime y cae en un estado de leve histeria, pese a lo viejo que es. Durante las semanas de preparación andaba siempre estorbando y se convirtió en un engorro puñetero. Le dio por esconderse en la camioneta, se arrastraba dentro e intentaba parecer pequeño.

Se acercaba ya el Día del Trabajo, el día de la verdad en que volverían a clase millones de niños y dejarían las carreteras decenas de millones de padres. Estaba preparado para ponerme en marcha después de eso en cuanto fuese posible. Y se informó por entonces de que subía del Caribe en nuestra dirección arrasándolo todo el huracán Donna. En la punta de Long Island habíamos tenido suficiente de aquello como para ser sumamente respetuosos. Con un huracán acercándose nos preparamos para soportar un asedio. Nuestra pequeña bahía está bastante bien resguardada, pero no lo suficiente. Llené las lámparas de queroseno mientras Donna avanzaba hacia nosotros, puse en marcha la bomba manual para el pozo y até todo lo movible. Tengo un barco de motor de seis metros y medio de eslora, el Fayre Eleyne. Le cerré las escotillas y lo saqué hasta el medio de la bahía, eché un ancla inmensa y anticuada con una cadena de un centímetro y cuarto y lo amarré con un cabo largo. Con aquel aparejo podría aguantar un viento de doscientos cincuenta kilómetros por hora, salvo que se le partiese la proa.

Donna subía culebreando. Sacamos una radio de batería para oír las noticias, porque si Donna llegaba allí nos quedaríamos sin corriente. Pero había una preocupación añadida: Rocinante, plantado allí entre los árboles. En una pesadilla que tuve despierto vi caer un árbol sobre la camioneta y aplastarla como a un gusano. La puse a salvo de una posible caída directa, pero eso no significaba que toda la copa de un árbol no pudiese volar quince metros por el aire y aplastarla.

Por la mañana temprano supimos por la radio que íbamos a recibirlo, y a las diez nos enteramos de que su centro pasaría por encima de nosotros y que llegaría a la 1.07... en ese momento preciso. Nuestra bahía estaba tranquila, sin una ondulación, pero el agua estaba aún oscura y el Fayre Eleyne se balanceaba suave y delicadamente frente al amarradero.

Nuestra bahía está mejor protegida que la mayoría, así que vinieron a amarrar en ella muchas embarcaciones pequeñas. Y vi consternado que muchos de sus propietarios no sabían amarrar. Finalmente entraron dos barcos, muy bonitos, uno remolcando al otro. Los tripulantes echaron un ancla ligera y los dejaron, la proa de uno atada a la popa del otro, y ambos dentro del margen de desplazamiento del Fayre Eleyne. Cogí un megáfono y fui hasta el final del embarcadero e intenté protestar contra aquel disparate, pero los propietarios o no me oyeron o no entendieron o no quisieron hacer caso.

Llegó el viento en el momento preciso en que nos habían dicho que lo haría, y arrugó el agua como una sábana negra. Fue como un puñetazo. La copa de un roble se desplomó entera y pasó rozando la casa de campo desde la que mirábamos. La ráfaga siguiente rompió un ventanal. Volví a colocarlo y embutí cuñas por arriba y por abajo con una hachuela. Se fueron la luz y el teléfono en ese primer embate, como ya sabíamos que pasaría. Estaban previstas olas de dos metros y medio. Contemplamos cómo el viento se abatía sobre la tierra y sobre el mar como una jauría incontenible de terriers. Los árboles cabeceaban y se doblaban como hierba y del agua batida se alzaba una crema de espuma. Se soltó una embarcación y fue subiendo como por un tobogán hasta la orilla, y luego otra. Casas construidas en la benigna primavera y a principios de verano recibieron olas en las ventanas del segundo piso. Nuestra casa está en una loma a nueve metros sobre el nivel del mar. Pero la marea cubrió mi alto embarcadero. Cuando el viento cambió de dirección trasladé a Rocinante para que estuviera siempre a sotavento de nuestros grandes robles. El Fayre Eleyne aguantaba gallardamente, balanceándose como una veleta, alejado del viento cambiante.

Las embarcaciones que estaban atadas una a otra habían chocado entre sí por entonces, la sirga bajo la hélice y el timón, y los dos cascos golpeteaban y se rozaban. Otra embarcación había arrastrado el ancla y acabado en tierra sobre un banco de cieno.

El perro, Charley, no estaba nada nervioso. Los disparos, los truenos, las explosiones y los fuertes vientos le traen absolutamente sin cuidado. En medio de aquella terrible tormenta, buscó un lugar caliente debajo de una mesa y se puso a dormir.

El viento cesó con la misma brusquedad con que había empezado y, aunque continuaron las olas sin su acompañamiento, dejó ya de batirlas y la marea fue subiendo más y más. Todos los muelles de nuestra pequeña bahía habían desaparecido bajo el agua y sólo resultaban visibles los pilares o las barandillas. El silencio era como un sonido apremiante. La radio nos decía que estábamos en el centro mismo de Donna, en la calma silenciosa y aterradora del núcleo de aquella tormenta remolineante. No sé cuánto duró la calma. Pareció mucho tiempo de espera. Y luego cayó sobre nosotros el otro lado, el viento que soplaba en dirección opuesta. El Fayre Eleyne se giró suavemente y se situó de proa al viento. Pero los dos barcos que estaban atados perdieron su anclaje y se precipitaron sobre él, rodeándolo. Se vio arrastrado entonces, protestando y luchando, en la dirección del viento y lanzado contra un muelle vecino, y llegó hasta nosotros el chillido de su casco al chocar contra los pilares de roble. El viento alcanzaba ya una velocidad de más de ciento cincuenta kilómetros por hora.

Cuando quise darme cuenta, estaba ya bordeando la punta de la bahía a la carrera, luchando con el viento, camino del muelle donde estaban aquellas embarcaciones destrozándose. Creo que mi mujer, cuyo nombre llevaba el Fayre Eleyne, corrió detrás de mí, ordenándome a gritos que parase. El suelo del muelle estaba a más de un metro por debajo del agua, pero los pilares sobresalían y proporcionaban asideros. Fui avanzando poco a poco hasta que el agua me daba ya por los bolsillos del pecho, y me salpicaba en la boca, lanzada por el viento que soplaba hacia la orilla. Mi barco gemía y chillaba aplastado contra los pilares y cabeceaba como un becerro asustado. Logré subir a bordo de un salto. Por primera vez en mi vida tenía un cuchillo cuando lo necesitaba. Las embarcaciones incontrolables que rodeaban al Eleyne estaban empujándolo contra el muelle. Corté el cabo del ancla y la sirga y los dejé libres; se precipitaron a tierra sobre el banco de cieno. Pero la cadena del ancla del Eleyne estaba intacta y mi ancla vieja y grande aún seguía clavada abajo, cuarenta kilos de hierro con unas uñas lanceoladas anchas como palas.

El motor del Eleyne no siempre es obediente, pero aquel día se puso en marcha nada más tocarlo. Conseguí sostenerme de pie en la cubierta y avanzar hacia la rueda del timón y alcanzar el acelerador y el embrague con la mano izquierda. Y aquel barco procuró ayudar... supongo que estaba lo suficientemente asustado para hacerlo. Lo aparté de allí y subí la cadena del ancla con la mano derecha. En circunstancias normales casi no puedo izar esa ancla con las dos manos estando la mar tranquila. Pero en aquella ocasión todo salió bien. Me apoyé sobre el ancla y se inclinó y soltó sus palas. Luego liberé el barco del fondo y enfilé hacia el viento y aceleré y nos enfrentamos a aquel ventarrón condenado y le ganamos. Era como si nos abriésemos camino a través de unas gachas espesas. A un centenar de metros de la orilla dejé caer el ancla y se hundió e hizo fondo y el Fayre Eleyne se enderezó y alzó la proa y pareció lanzar un suspiro de alivio.

Y bueno, allí estaba yo, a unos cien metros de la costa con Donna aullando sobre mí como una jauría de sabuesos de bigote blanco. Tal vez ningún esquife fuese capaz de resistir su embate ni un minuto. Vi pasar patinando un trozo de rama y me limité a saltar tras ella. No había ningún peligro. Si podía mantener la cabeza alzada tenía que llegar a la orilla, aunque confieso que las botas bajas de goma que llevaba se me hicieron bastante pesadas. Antes de que pasaran tres minutos había tocado tierra ya y la otra Fayre Eleyne y un vecino me sacaron del agua. Sólo entonces empecé a temblar todo, pero era estupendo mirar hacia allá y ver nuestro barquito balanceándose tranquilo y seguro. Debí de torcerme algo al tirar del ancla con una mano, porque necesité un poco de ayuda para llegar a casa; un vaso de whisky en la mesa de la cocina también ayudó un poco. He intentado después levantar esa ancla con una mano y no he sido capaz.

El viento cesó rápidamente y nos dejó entre los restos del desastre... líneas eléctricas derribadas y una semana sin teléfono. Pero Rocinante no había sufrido absolutamente ningún daño.

SEGUNDA PARTE

1

Cuando se planifica un viaje a largo plazo creo que hay un convencimiento íntimo de que acabará no haciéndose. A medida que se aproximaba el día, mi cama caliente y mi cómoda casa iban haciéndose cada vez más deseables, y mi esposa querida incalculablemente valiosa. Cambiar esas cosas durante tres meses por los terrores de lo incómodo y lo desconocido parecía una locura. No quería irme. Tenía que pasar algo que me impidiese emprender la marcha, pero no pasaba. Podía ponerme malo, por supuesto, pero ésa era precisamente una de las razones principales, aunque secretas, de que quisiera irme. Durante el invierno anterior había caído enfermo de bastante gravedad de una de esas molestias, como se las llama delicadamente, que son susurros de una vejez que se aproxima. Cuando salí de eso recibí el sermón acostumbrado sobre la necesidad de aminorar la marcha, adelgazar, reducir la ingestión de colesterol. Les pasa a muchos hombres y creo que los médicos se han aprendido de memoria la letanía. Les había sucedido a tantos amigos míos... El sermón terminaba así: «Aminora la marcha. No eres ya tan joven como antes». Y había visto a tantos empezar a envolver sus vidas en algodón en rama, ahogar sus impulsos, ocultar sus pasiones y alejarse gradualmente de su virilidad para entrar en una especie de semiinvalidez física y espiritual. Les animan a hacerlo esposas y familiares y es una trampa tan dulce.

¿A quién no le gusta ser el centro de atención? Muchos caen así en una especie de segunda infancia. Cambian su violencia por la promesa de un pequeño aumento del periodo de vida. Lo cierto es que el cabeza de familia se convierte en el niño más pequeño de la casa. Y me he examinado a mí mismo en relación con esa posibilidad con una especie de horror. Pues he vivido siempre violentamente, bebido desmedidamente, comido demasiado o nada en absoluto, dormido veinticuatro horas seguidas o pasado dos noches sin dormir, trabajado demasiado duro y demasiado tiempo sintiéndome en la gloria o haraganeado en la vagancia absoluta una temporada. He alzado, arrastrado, cortado, escalado, hecho el amor con alegría y aceptado mis resacas como una consecuencia, no como un castigo. No quería renunciar a mi fiereza para vivir un poco más. Mi mujer se casó con un hombre; yo no veía ninguna razón por la que hubiese de heredar un bebé. Sabía que conducir una camioneta de dieciséis a veinte mil kilómetros, solo y desamparado, por todo tipo de carreteras, sería un trabajo duro, pero para mí representaba el antídoto del veneno del enfermo profesional. Y no estoy dispuesto a cambiar calidad por cantidad en mi propia vida. Si el viaje proyectado acababa resultando demasiado era hora de emprenderlo de todos modos. Veo a tantos hombres demorar sus salidas por una resistencia torpe y enfermiza a abandonar el escenario. Es teatro malo además de mala vida. Soy muy afortunado por tener una mujer a la que le gusta ser una mujer, lo que significa que le gustan los hombres, no los bebés ancianos. Aunque esta última motivación del viaje nunca se analizase, estoy seguro de que ella la entendió.

Llegó la mañana, una mañana clara con esa tonalidad parda del otoño en la luz. Mi esposa y yo nos despedimos muy rápido porque nos revientan las despedidas, y ninguno de los dos quería quedarse solo cuando el otro se fuese. Ella puso en marcha el motor y salió disparada hacia Nueva York; y yo, con Charley a mi lado, conduje a Rocinante hasta el transbordador de Shelter Island, y luego a un segundo transbordador que me llevaría hasta Greenport y a un tercero que iba desde Orient Point a la costa de Connecticut, cruzando el estrecho de Long Island, pues quería evitar el tráfico de Nueva York y ponerme ya en marcha. Y confieso que sentía una gris desolación.

En el muelle del transbordador picaba el sol y la costa del continente quedaba a sólo una hora de distancia. Se alejó de nosotros un bello balandro, el gran foque colocado como una bufanda curvada, y los barcos de cabotaje remontaban todos laboriosamente el estrecho o se dirigían bamboleándose pesadamente hacia Nueva York. Luego afloró a la superficie un submarino a media milla de distancia y el día perdió parte de su claridad. Después, más lejos, cortó el agua otra criatura oscura y luego otra; tienen su base en New London, por supuesto, y éste es su hogar. Y quizá se esté manteniendo la paz del mundo con ese veneno. Ojalá pudiesen gustarme los submarinos, y la verdad es que podría encontrarlos bellos, pero están diseñados para la destrucción, y aunque puedan explorar y cartografiar el fondo del mar, y trazar nuevas rutas comerciales bajo el hielo del Ártico, su finalidad principal es la amenaza. Y me acuerdo demasiado bien de cuando crucé el Atlántico en un barco de transporte de tropas sabiendo que en algún lugar de la ruta acechaban esas cosas oscuras buscándonos con sus ojos de un solo pedúnculo. La cuestión es que la luz se oscurece para mí cuando los veo y recuerdo hombres quemados a los que se sacaba de un mar cubierto de petróleo. Y ahora los submarinos están armados para la matanza masiva, nuestro único y estúpido medio de impedir la matanza masiva.

Sólo había unas cuantas personas aguantando el viento en la cubierta superior del traqueteante transbordador de hierro. Un joven de trinchera, cabello del color de las barbas del maíz y ojos de un azul intenso enrojecidos en los bordes por aquel viento desapacible, se volvió hacia mí y luego señaló.

—Ése es el nuevo —dijo—. Puede permanecer tres meses sumergido.

—¿Cómo puede distinguirlos?

—Los conozco. Estoy en ellos.

—¿En los atómicos?

—Aún no, pero tengo un tío en uno, y puede que no tarde.

—No va usted de uniforme.

—Acabo ahora un permiso.

—¿Le gusta servir en ellos?

—Por supuesto que sí. El sueldo es bueno y hay todo tipo de... posibilidades de un futuro.

—¿Le gustaría estar tres meses sumergido?

—Llegas a acostumbrarte. La comida es buena y puedes ver películas y... me gustaría pasar por debajo del Polo, ¿no le gustaría a usted?

—Supongo que sí.

—Y puedes ver películas y hay toda clase de... posibilidades de un futuro.

—¿De dónde es usted?

—De allí... de New London... nací allí. Tengo un tío en el servicio y dos primos. Creo que somos una especie de familia submarina.

—A mí me inquietan.

—Oh, eso se le pasaría pronto, señor. Se olvidaría enseguida de que estaba sumergido... bueno, si es que no tiene usted ya algún problema. ¿Ha tenido claustrofobia alguna vez?

—No.

—Pues entonces se acostumbraría enseguida. ¿Le apetece bajar a tomar un café? Hay tiempo de sobra.

—Sí que me apetece.

Y pudiera ser que tuviese razón él y yo me equivocara. Es su mundo, ya no es el mío. No hay cólera en sus ojos azules ni miedo ni tampoco odio, así que tal vez no haya problema. Es sólo un trabajo con un buen sueldo y con posibilidades de un futuro. No debo echarle encima al muchacho mi miedo y mis recuerdos. Quizás esta vez no vuelva a ser verdad, pero es su problema. Es ya su mundo. Quizás él comprenda cosas que nunca aprenderé yo.

Tomamos el café en vasos de papel y me señaló por las ventanas cuadradas del transbordador los diques secos y los esqueletos de nuevos submarinos.

—Lo bueno que tienen es que si llega una tormenta te puedes sumergir y no hay problema. Duermes como un niño mientras arriba se desata el infierno.

Me dio instrucciones sobre cómo podía salir de la población, unas de las pocas instrucciones correctas que me dieron a lo largo del viaje.

—Hasta la vista —dije—. Espero que tenga un buen... futuro.

—No está mal, ¿sabe?... Adiós, señor.

Y mientras iba recorriendo una carretera secundaria de Connecticut, bordeada de árboles y huertos, me di cuenta de que aquel muchacho me había hecho sentirme mejor y más seguro.

Había estado varias semanas estudiando mapas, a gran escala y a pequeña, pero los mapas no son realidad ni mucho menos... pueden ser además unos tiranos. Conozco gente que está tan inmersa en los mapas de carretera que no ve nunca el territorio por el que pasa, y otros que, después de haberse trazado una ruta, se aferran a ella como si estuvieran encajados con ruedas de pestaña en unos raíles. Conduje a Rocinante hacia un pequeño merendero mantenido por el estado de Connecticut y saqué mi guía de mapas de carretera. Y los Estados Unidos pasaron a hacerse de pronto tan increíblemente inmensos que era imposible del todo cruzarlos. Me pregunté cómo demonios me había enredado en aquel proyecto irrealizable. Era como empezar a escribir una novela. Cuando me enfrento a la imposibilidad desoladora de escribir quinientas páginas cae sobre mí una sensación morbosa de fracaso y el convencimiento de que nunca lo conseguiré. Siempre me pasa eso. Luego, poco a poco, escribo una página y después otra. Todo lo que puedo permitirme considerar es un día de trabajo, y desecho la posibilidad de terminar alguna vez. Lo mismo me pasaba entonces, mientras miraba la proyección de brillantes colores de los gigantescos Estados Unidos. Las hojas de los árboles eran una maraña tupida y agobiante en aquella zona de descanso, no crecían ya, sino que colgaban inertes esperando que la primera helada les diese un golpe de color y la segunda las condujese a tierra y pusiese fin a su año.

Charley es un perro alto. Cuando se sentaba en el asiento de al lado, su cabeza quedaba casi a la misma altura que la mía. Acercó su nariz a mi oído y dijo: «Ftt». Es el único perro que he conocido capaz de pronunciar la letra F. Esto se debe a que tiene los dientes delanteros torcidos, una tragedia por la que le están vedadas las exhibiciones caninas; debido a que sus dientes delanteros superiores encajan levemente en el labio inferior, Charley puede pronunciar F. La palabra «Ftt» significa normalmente que le gustaría saludar a un matorral o a un árbol. Abrí la puerta de la cabina y le dejé salir y se entregó a su ceremonia. No tiene que pensarlo para hacerlo bien. La experiencia me ha demostrado que en algunos casos Charley es más inteligente que yo, pero en otros es de una ignorancia abismal. No sabe leer, no sabe conducir un coche y no entiende nada de matemáticas. Pero en su propio campo de actividad, en el que se hallaba actuando entonces, el lento e imperial olisquear y ungir una zona, no tenía igual. Sus horizontes son limitados, por supuesto, pero ¿son tan amplios los míos?

Seguimos viaje en el atardecer de otoño, en dirección norte. Pensé que, al ser autosuficiente, quizás estuviese bien poder invitar a la gente que conociese en ruta a tomar una copa, pero me había olvidado de incluir bebidas alcohólicas. De todos modos en las carreteras secundarias de ese estado hay bonitas tiendas donde las venden. Sabía que había algunos estados con ley seca, pero se me había olvidado cuáles eran, y era una buena ocasión de abastecerse. Vi una tiendecita bastante separada de la carretera en un bosquecillo de arces azucareros. Tenía un huerto bien cuidado y macetas con flores. El propietario era un viejo joven de rostro gris, sospecho que abstemio absoluto. Abrió su libro de pedidos y enderezó el papel carbón con paciente meticulosidad. Nunca sabes lo que la gente va a querer beber. Pedí whisky (bourbon y escocés), ginebra, vermut, vodka, un coñac de mediana calidad, aguardiente de manzana añejo y una caja de cervezas. Me pareció que con eso podría solventar casi todas las eventualidades. Era un gran pedido para una tienda pequeña. El propietario estaba impresionado.

—Debe de ser una gran fiesta.

—No... son sólo los suministros para el viaje.

Me ayudó a sacar las cajas y abrí la puerta de Rocinante.

—¿Va usted en esto?

—Claro.

—¿Adónde?

—Por ahí.

Y entonces vi lo que había de ver tantas veces en el viaje: una mirada de añoranza.

—¡Dios mío! Ojalá pudiese ir.

—¿No le gusta esto?

—Claro que sí. Está muy bien, pero ojalá pudiera ir.

—Ni siquiera sabe usted adónde voy.

—Me da igual. Me gustaría ir a cualquier sitio.

Al final tuve que salir de las carreteras tapadas por los árboles y hacer lo posible por eludir las ciudades. Hartford y Providence y otras parecidas son ciudades grandes, llenas de fábricas, con un tráfico agobiante. Se tarda mucho más en atravesar las ciudades que en recorrer varios cientos de kilómetros. Y como en la intrincada red del tráfico has de concentrarte en procurar salir de ella, no tienes posibilidad de ver nada. He atravesado cientos de poblaciones y ciudades de todos los climas y con todo tipo de paisajes, y por supuesto son todas diferentes, y la gente tiene características distintas, pero en algunas cosas son todas iguales. Las ciudades de Estados Unidos son como madrigueras de tejón, bordeadas de desechos (todas ellas), rodeadas de montones de automóviles destrozados y herrumbrosos y casi asfixiadas por la basura. Todo lo que usamos viene en cajas de madera, de cartón, en cajones, el llamado embalaje que tanto nos gusta. Las montañas de las cosas que tiramos son mucho mayores que las cosas que usamos. En esto, por lo menos, podemos ver la salvaje e insensata exuberancia de nuestra producción, de la que los desperdicios parecen ser el índice. Pensaba al pasar que en Francia o en Italia cada una de aquellas cosas tiradas se habría guardado y utilizado para algo. No digo esto como crítica de un sistema ni de otro, pero me pregunto si llegará un momento en que no podamos permitirnos ya este desperdicio nuestro: desechos químicos en los ríos, desechos metálicos por todas partes y desechos atómicos sepultados en las profundidades de la tierra o hundidos en el mar. Cuando una aldea india quedaba demasiado sumergida en su propia basura, los habitantes se trasladaban a otro sitio. Pero nosotros no tenemos ningún sitio al que trasladarnos.

Le había prometido al más pequeño de mis hijos que le diría adiós al pasar por su colegio de Deerfield, Massachusetts, pero llegué allí demasiado tarde ya para despertarle, así que enfilé montaña arriba y busqué una granja, compré un poco de leche y pedí permiso para aparcar debajo de un manzano. El granjero tenía un doctorado en Matemáticas y debía de haber estudiado algo de Filosofía. Le gustaba lo que hacía y no quería estar en ningún otro sitio..., fue una de las poquísimas personas satisfechas que encontré en todo el viaje.

Prefiero cubrir con un velo mi visita al colegio de Eaglebrook. Es fácil imaginar el efecto que produjo Rocinante en doscientos adolescentes prisioneros de la educación, que acababan de instalarse allí para cumplir su sentencia invernal. Visitaron mi camioneta en manadas, hasta quince a la vez en el pequeño camarote. Me lanzaban corteses maldiciones con la mirada porque yo podía irme y ellos no. Es probable que mi propio hijo no me perdone nunca. Paré poco después de salir de allí, para asegurarme de que no llevaba ningún polizón. Mi ruta seguía hacia el norte por Vermont y luego hacia el este por New Hampshire y las White Mountains. En los puestos de los bordes de la carretera había montones de calabazas doradas y rojizas y cestos de manzanas rojas tan crujientes y dulces que parecían estallar en jugo cuando las mordía. Compré manzanas y una jarra de cuatro litros de sidra dulce recién exprimida. Creo que todos los puestos de la carretera venden mocasines y guantes de piel de ciervo. Y los que no, venden dulce de leche de cabra. Yo no había visto nunca puestos de venta a puerta de fábrica en pleno campo como aquéllos, que vendían calzado y ropa. Los pueblecitos son, en mi opinión, los más bellos de toda la nación, limpios y pintados de blanco (sin contar los moteles y apartamentos para turistas), y se conservan como hace cien años, salvo por el tráfico y por las calles pavimentadas.

El clima cambió rápidamente al frío y los árboles estallaron en una explosión de color, no te podías creer aquellos rojos y amarillos. No es sólo el colorido, sino un brillo especial que es como si las hojas se tragaran la luz del sol del otoño y luego la fueran soltando despacito. Había una tonalidad ígnea en aquellos colores. Estaba ya bastante arriba en las montañas antes de oscurecer. Un cartel junto a un arroyo ofrecía a la venta huevos frescos, y me metí por el camino de entrada a una granja y compré huevos y pedí permiso para acampar junto al arroyo y ofrecí pagar.

El granjero era un hombre enjuto, con eso que consideramos una cara de yanqui y las vocales borrosas que consideramos la pronunciación yanqui.

—No necesita pagar nada —dijo—. Ese terreno no se utiliza. Pero me gustaría ver ese vehículo que tiene ahí.

—Déjeme buscar un sitio llano —dije yo— y ordenar un poco, luego puede bajar a tomar un café... o alguna otra cosa.

Di marcha atrás y busqué hasta encontrar un sitio llano desde donde podía oír el ávido ronroneo del arroyo; era casi de noche ya. Charley había dicho «Ftt» varias veces, queriendo indicar en este caso que tenía hambre. Abrí la puerta de Rocinante, encendí la luz y me encontré con un caos absoluto. He estibado muchas veces una embarcación previendo los bamboleos y cabeceos, pero las paradas y arrancadas rápidas de una camioneta son un problema diferente. El suelo estaba cubierto de libros y papeles. La máquina de escribir se había aposentado estrambóticamente sobre una pila de platos de plástico, uno de los rifles se había caído y había quedado apoyado en la cocina, y una resma entera de papel, quinientas hojas, se había desparramado como nieve cubriéndolo todo. Encendí la lámpara de gas, metí las cosas caídas en un armarito y puse agua para hacer café. Por la mañana tendría que reorganizar mi carga. Nadie puede decir cómo hay que hacerlo. Se ha de aprender la técnica como la aprendí yo, a base de fallos. En cuanto se hizo noche cerrada, el frío empezó a ser glacial, pero la lámpara y los fuegos de gas de la cocina calentaban mi casita acogedoramente. Charley tomó su cena, hizo su ronda obligada y se retiró a un rincón enmoquetado debajo de la mesa que habría de ser suyo los tres meses siguientes.

Hay muchas ideas modernas para hacer la vida más cómoda. En mi barco había descubierto los utensilios de cocinar desechables de aluminio, sartenes y platos hondos. Fríes un pescado y tiras la sartén por la borda. Estaba bien equipado de esas cosas. Abrí una lata de menestra y la eché en un plato desechable y lo puse en una placa de amianto sobre una llama baja, para calentarlo muy despacio. Apenas estuvo listo el café, Charley lanzó su rugido de león. Me es imposible explicar cómo conforta el que te digan que se acerca alguien en la oscuridad. Y si por casualidad el que se acercase albergara mal en su corazón, aquel vozarrón le haría detenerse si no conocía el carácter fundamentalmente pacífico y diplomático de Charley.

El propietario de la granja llamó a la puerta y le invité a entrar.

—Está muy bien esto —dijo—. Está muy bien, sí señor.

Se deslizó en el asiento de al lado de la mesa. Es una mesa que se puede bajar de noche y los cojines se pueden extender para hacer una cama doble.

—Muy bien —volvió a decir.

Le serví una taza de café. Yo creo que el café huele mejor incluso cuando empieza a helar.

—¿Quiere echarle algo más? —pregunté—. ¿Algo que le dé autoridad?

—No... está muy bien así. Está muy bien.

—¿No quiere un chorrito de aguardiente de manzana? Estoy cansado de conducir, me gustaría también echarle un poco.

Me miró con esa alegría contenida que los no yanquis consideran reserva.

—¿Lo tomaría si yo no lo tomase?

—No, creo que no.

—No quiero privarle de él entonces... sólo una cucharada.

Así que serví una buena dosis de aguardiente de manzana de veintiún años de antigüedad y me deslicé en mi lado de la mesa. Charley se desplazó para dejar sitio y apoyó la barbilla en mis pies.

Hay una regla de cortesía cuando se viaja. La pregunta directa o personal está descartada. Pero eso es simple buena educación en cualquier lugar del mundo. No me preguntó mi nombre ni yo a él el suyo, pero había visto cómo se posaban sus rápidos ojos en las armas de fuego colocadas en los portafusiles de goma, en las cañas de pescar sujetas a la pared.

Estaba en los Estados Unidos Jrushchov, una de las pocas razones por las que me habría gustado estar en Nueva York.

—¿Ha oído usted la radio hoy? —le pregunté.

—Las noticias de las cinco.

—¿Qué ha pasado en N.U.? No me acordé de ponerla.

—Una cosa que parece increíble —dijo él—. El señor J. se quitó un zapato y aporreó la mesa.

—¿Por qué?

—No le gustaba lo que estaban diciendo.

—Parece una manera extraña de protestar.

—Bueno, atrajo la atención. Todas las noticias hablaban de eso.

—Deberían darle un mazo para que no tuviera que quitarse los zapatos.

—Eso es una buena idea. Tal vez pudiese tener la forma de un zapato, para que se sintiese más a gusto.

Bebió un sorbo de aguardiente saboreándolo con detenimiento.

—Está muy bueno —dijo.

—¿Qué piensa la gente de por aquí de todo esto de responder a los rusos?

—El resto de la gente no sé. Pero yo pienso que si estás respondiendo es como una acción de retaguardia. Preferiría que hiciésemos algo a lo que tuviesen que respondernos ellos.

—En eso tiene usted razón.

—A mí me parece que estamos siempre defendiéndonos.

Llené otra vez las tazas de café y serví un poco más de aguardiente para los dos.

—¿Cree usted que deberíamos atacar?

—Yo creo que deberíamos por lo menos coger la pelota alguna vez.

—No es que esté haciendo una encuesta, pero ¿cómo le parece que irán las elecciones por aquí?

—Ojalá lo supiese —dijo—. La gente no habla. Creo que estas elecciones podrían ser las más secretas que hayamos tenido jamás. La gente simplemente no expone su opinión.

—¿No será que no tienen ninguna?

—Puede, o puede que sea sólo que no quieren decirla. Recuerdo otras elecciones en que había discusiones bastante fuertes. Esta vez no he oído ni una discusión siquiera.

Y eso fue lo que encontré por todo el país: ninguna polémica, ninguna discusión.

—¿Pasa lo mismo... en otros sitios?

Debía de haberse fijado en mi matrícula, pero eso no lo mencionaba.

—A mí me parece que sí. ¿Cree usted que la gente tiene miedo a tener una opinión?

—Algunos puede que sí. Pero conozco a otros que no tienen miedo y no dicen nada tampoco.

—Ésa ha sido mi experiencia —dije—. Pero en realidad no sé.

—Yo tampoco sé. Tal vez sea todo parte de la misma cosa. No, gracias, ya basta. Noto por el olor que su cena está casi lista. Me voy ya.

—¿Parte de qué misma cosa?

—Bueno, por ejemplo mi abuelo y su padre... aún vivía cuando yo tenía doce años. Ellos sabían algunas cosas de las que estaban seguros. Si les dabas una pequeña pista estaban bastante seguros de lo que podría pasar después. Pero ahora... ¿qué podría pasar?

—No sé.